Posted in
amor,
sirena.
Hola cariño. Confieso, que no es fácil ni aún para un escritor consagrado como yo expresar desde aquí los sentimientos de belleza, calor, armonía y bienestar, que con solo pensar en ti emanan en mi interior de forma espontánea y del modo más natural que mi corazón puede percibir, fluyen hacia tu ser. Te quiero. Quizá esa expresión resuma en dos cortos vocablos muchas más percepciones de las siquiera imaginables.
Al principio y desde que llegué a la ciudad, tu ciudad, descubrirte no fue solo algo hermoso; implicó mucho más. En mi interior profundamente enterrado bajo un manto de invierno gris e impenetrable, se produjo una inusitada revolución que dio lugar a un resquebrajamiento de las frías y pertinaces capas de hielo que con el tiempo habían ido acumulándose hasta embotar mis sentidos. Comprendí que algo importante me estaba sucediendo, dejé a un lado todas mis asignaciones y comencé a dedicarme a ti. Y cuando por fin las ligaduras cedieron, pude ver los brotes tiernos de una primavera floreciente, e intuí en ti a la persona que eres; mucho más compleja, por supuesto, que una dócil e ingenua mujer bondadosa. Puesto que tu interior oculta de forma celosa y magistral riquezas que solo día a día y gota a gota se van abriendo a la perplejidad de mis ojos de hombre maravillado.
Comencé a citarme contigo a diario, siempre en el mismo lugar, que parece ser destino de tu preferencia; y sólo permaneciendo a tu lado aprendí a descubrir la multiplicidad de tu bello interior y empecé a comprender. Mis ojos se fueron abriendo con una nueva alegría que irradió por completó mi espíritu dañado y pude cerciorarme de como aquel primario: “Te quiero” se estancaba en la nada en tanto yo me iniciaba en un nuevo segmento del proceso, el cual, ante mi creciente asombro y deslumbramiento, se transmutaba en un: "Te amo." Y así fue. Me di cuenta de que el amor es la reacción consecuente que cada célula, partícula, átomo, de mi débil cuerpo de humano experimenta por ti y hacia ti. Así pues cada vez que hablaba contigo desebaba con más fervor tocarte, besarte, amarte, mientras suspiraba por ti, por tenerte a mi lado, y ser capaz de abrazar esas hermosas formas de tu cuerpo y tú… tú, seguías manteniéndote altiva en tu lugar.
Soñaba contigo despierto. ¿Cómo sería palparte? Sentir tu tacto, tu piel, ese cabello broncíneo, esos ojos grandes de mirada serena, esa boca de labios finos bien delimitados y esas manos delicadas con dedos largos y precisos. Pero sobre todo admiré la serenidad que destilaba tu semblante.
Así es cariño. Soñé con el día en que por fin estaríamos juntos contemplando las estrellas y solo entonces y tal vez, las respuestas a tantas preguntas que todavía asaltaban las entrañas y nuestros corazones, obtendrían su respuesta de una forma contundente.
Yo me diría:
“¿Es esta hermosa y correcta mujercita que se recuesta sobre mí y a quien acaricio con ternura, la mujer de mi vida?”
De las estrellas me llegaría una respuesta breve pero clara:
“Sí, lo es. Por descontado.”
Y cuando al tiempo tú te hicieras la misma pregunta obtendrías una respuesta similar.
Sólo entonces, y sin decirnos palabra, hablándonos con la mirada, nos aceptaríamos mediante un beso suave, dulce y concluyente, que sellaría nuestra unión por el resto de nuestras vidas.
Cariño queda una sola pregunta y una sola duda. ¿Por qué no viniste a reunirte conmigo el día en que me arrojé a las aguas para ir junto a ti? A veces me resultas un poco fría. Aunque lo sé. Las aguas del mar de Copenhague están heladas y yo casi perezco de hipotermia. Claro que a día de hoy comienzo a preguntarme: ¿Debo mostrarme agradecido a estos hombres por haberme salvado la vida? o ¿Hasta qué punto desean realmente ayudarme estos señores de las batas blancas? Sabes. Ellos dicen cosas malas. Injurias sobre ti que no me agradan en absoluto. A veces insinúan… que estás muerta y que tan sólo eres ¡una escultura!: ¡La sirenita de bronce de Copenhague! sostienen. Menuda locura, menuda desfachatez ¿verdad mi amor? Ja… Los dos sabemos que tú eres una sirena pero real como la vida misma.
Claro que amor, una última pregunta. No te enfadarás ¿verdad? Dime ¿Por qué nunca contestas a mis cartas? ¿Acaso ya no me amas? ¡Yo en cambio siempre te querré!
¡Mil besos! De tu amor:
Enrique López Mesa.

Con todo mi amor, de tu amor…
Posted in
amor

Habita refugios irreconocibles
se afana sin honorarios,
obtiene premios sin laurel
se sueña pero no se palpa…
Dona tesoros inexistentes.
Escribe historias,
escapan a la memoria
las noches turbias de insomnio.
Escribe porque detesta llorar
y llora porque no sabe escribir.
Persigue a su sombra cuando se oculta del sol
pero hace feliz al crear rayos de luz…
Camina en un mundo complejo
no más que los laberintos de las mentes.
Camina por trayectos imprecisos
los límites los dicta la conciencia.
Suele calentar como fuego,
un solo roce te puede abrasar.
Adora a quien lo ama y a quien no,
también es capaz.
Existen quienes lo envuelven y abrazan
y otros no lo alcanzan a palpar…
Existe una realidad inexistente
y otra que lo ahoga en su verdad.
Existe dulzura tras su dureza
fortuna y fatalidad,
deseos antes que inapetencias
sinceridad antes y después de su hipocresía.
Es de materia dulce el fluido que atrapa
en sus sueños.
Son una ilusión sus brazos al estrechar
bocanadas de aire junto al mar...
José Fernández del Vallado. Josef. 11 enero 2008.

En tus sueños, el amor…
Posted in
amor,
drama
Me da miedo el perfil de nuestra generación inventada a base de pilas de litio, coca cola soda y whisky cutty shark con limón. Me dan miedo los amaneceres turbulentos en los que ves discurrir nubarrones grises más rápido que los propios pensamientos. Me da miedo mirarme en el espejo de la vida y no descubrir mi identidad. Vivo con miedo a vivir porque el miedo se introdujo en el porqué de mi vida cuando por simple descuido lo dejé infiltrarse en mí interior. Duermo estirado como un palo de yeso que suda, camino acurrucado como una tortuga en su caparazón, no me gusta el granizo cuando golpea en la uralita del tejado y menos los rayos del sol que causan costras en mi piel. Soy de cartón piedra y me desintegro con el sonido que produce la vida a cientos de decibelios.
Solía ir a ver a Rudy al chalé en donde la tenían. Estaba siempre en el mismo lugar; los ojos abiertos, la mirada diáfana, cristalina, con la expresión impertérrita desde el día en que el accidente la hizo en
mudecer.
Me sentaba a su lado y si había suerte y el firmamento se invertía en constelación contábamos las estrellas anaranjadas sobre su oscuridad palpitante. Decían que su corazón había muerto volviéndose frío como el acero y no era cierto, pues una vez al año, el día de los Santos Inocentes, recordaba la broma que Felipe le jugó en la noria al bajarse de ella en marcha y dejarla arriba llorando y lloraba, pero de felicidad.
Felipe se marchó a la guerra. La que perdió la humanidad contra los hombres. Allí murió para siempre el ser más grandioso y pesado del mundo, con sus ciento treinta y cinco kilos de masa y metro noventa de estatura. Ardió como un coloso en llamas entre pilas de archivos, cuando las bombas sentimentales le resquebrajaron el alma.
Dicen que desde entonces Rudy es incapaz de amar, de hablar de caminar... ni tan siquiera de percibir los colores y menos, claro está, los olores. Y allí permanece, sobre su silla de ruedas de tracción mecánica, en la terraza donde la tienen, siempre en el mismo lugar desde el día del accidente.

Lo sabemos; la vida nos lo arrancó todo; promesas, deseos, anhelos, ilusiones y sobre todo cariño, pero acabamos de descubrir que, aunque en pequeñas dosis y frágil, tenemos algo precioso; es todo lo que nos queda, nadie podrá arrebatárnoslo. Aparece de pronto nos habla y une y aunque sepamos que la vida nos desnudó y laceró para siempre nadie lo logrará.
Me siento a su lado y si ninguno estamos demasiado dopados, cuando sabemos que nadie podrá vernos, nos miramos a los ojos en la penumbra y esbozamos una sonrisa; al menos
ella lo hace mientras una de sus manos raquíticas, casi atrofiadas por la parálisis, recorre mi semblante y se posa en mi regazo. Entonces tenemos una certeza que ni siquiera las paredes vacías y grises del psiquiátrico, la mirada gélida de los celadores que nos manejan como a maniquís desmembrados, o la vasta crudeza de los despertares fríos en resquebrajada soledad matinal, serán capaces de encubrir. Quien nos visita no ha muerto y aunque no recordemos su nombre, lo sabemos, quien nos visita no ha muerto, y alivia nuestras vidas en dosis suficientes como para hacernos vislumbrar que no moriremos sin haber hecho algo grande en la vida...
José Fernández del Vallado. Josef. Diciembre 2007.


El perfíl de nuestra generación.