• Era un verano tórrido y Adrián, un muchacho rollizo y un poco raro, aunque servicial...

  • Se llamaba Vera. Era morena y esbelta. Sus ojos negros preservaban una timidez joven y ensombrecida...

  • Mi corazón se ha vuelto de hielo, mi espíritu es el de un luchador noqueado.

  • El rumor del viento acompaña, los rayos del sol cortan la espesura...

  • Hacía un día invernal, tan limpio y claro, que los rayos del sol en lugar de proporcionar calidez, cortaban la respiración.

  • Por las noches me arrebujo y mientras mi pulso se acelera y mi corazón palpita...

  • Recorrida la mitad de su vida, Tariq Alhamar seguía transitando en un mundo de incierta...

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domingo, 9 de diciembre de 2007

26

Volvíamos de África.

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Volvíamos de África tras recorrer tortuosos paisajes en Marruecos y Mauritania.
Desafiando peligros inadvertidos recorrimos el perfil de las montañas del Atlas, donde antaño habitaron leones de espesas melenas oscuras, los más hermosos y fieros del mundo, hoy, dicen ya, extintos.

Y visitar suntuosos palacios deslumbrados de promesas y de hechizos, pertenecientes a dinastías tan antiguas o más que las europeas; y compartir te de menta junto a hombres de aspecto reflexivo, mientras nos dejábamos seducir con sus imaginativas promesas inexistentes; y disfrutar del relax de los baños turcos; y adentrarnos en fiestas de libro de las mil y una noches, sintiéndonos vigilados por ojos ocultos tras delicados velos de raso; y continuar día a día un camino no apto para seres humanos, sudar blasfemias, en tanto tratábamos de reparar cualquiera de las múltiples averías del auto; descubrir las mortales cobras o encontrarnos inmersos en una plaga de langostas en el grandioso desierto del Sahára, lugar con lunas de hielo y días brillantes de sofoco agotador.
Pero sobre todo aprendimos a reconocer la nobleza del alma del pueblo bereber, cuando fuimos invitados a sus hogares y en sus poblados todavía sin luz eléctrica.

Volvíamos con los deberes aprendidos, o así lo creímos al menos. Tan sólo nos restaba afrontar las rebeldes aguas del estrecho. Pero hasta aquella noche en realidad nunca las vimos hervir.
Al embarcar en el Ferry que nos llevaría de vuelta a España nuestro deseo se sintetizaba en beber una cerveza bien fría, algo que no habíamos hecho en un mes.
Entramos en el bar. Unos japoneses se disponían a cenar. Soplaba un enérgico vendaval, el mar estaba convulso y sospeché lo que les iba a ocurrir.
El barco zarpó y nada más dejar atrás los diques protectores de puerto, aquello comenzó a parecerse a una noria sin freno. Nuestras cervezas danzaban de un extremo a otro de la mesa, y olas violentas comenzaron a barrer la cubierta. Los confiados japoneses ofreciendo un espectáculo patético, comenzaron a vomitar y al final desaparecieron dejando la mesa en estado de abandono.
Mientras tanto, acostumbrados a aquellos duros vaivenes, un par de marinos echaban una partida de naipes.
Mis amigos se encontraron mal y aligeraron. Finalmente, de madrugada, el Ferry atracó en puerto español. Conduje yo. Cruzamos la aduana sin problemas.

Aún lo recuerdo como si fuera hoy. La noche era oscura y sin luna. Una fina lluvia que brotaba de la oscuridad barría la calzada mientras que el vendaval no cesaba de airear con ímpetu. En a carretera ni un automóvil, ni una luz, ni un ser vivo, excepto nosotros.
Sucedió al entrar a una curva a derechas no demasiado pronunciada pero sí muy amplia, el coche comenzó a deslizarse y pude percibir como flotábamos; e igual que si navegáramos sobre un colchón de agua, comenzamos a girar sobre la calzada. Viramos una, dos, tres, cuatro veces en redondo durante casi cinco segundos, y de forma automática, volvimos a detenernos.
Durante un rato imperó un silencio sepulcral en el interior, en el cual tratamos de reencontrarnos en la penumbra, y preguntarnos unos a otros qué había sucedido. Entonces y solo entonces nos asomamos a las ventanillas y con espanto lo vimos. Habíamos realizado aquellas terribles piruetas al borde mismo de un acantilado que caía a pico sobre el mar y sobre el cual nos habíamos detenido…
Por fortuna no había tráfico, y de haberlo habido sólo Dios sabe qué habría sucedido.
A continuación arranqué y conduje hasta que unos kilómetros más adelante tuve que hacer una parada en un área de descanso, pues de pronto comencé a sentirme mal. Ellos tampoco estaban bien, pero yo me sentía responsable. Ahora sé lo que tenía: ¡Era pánico! Me atacó de una forma tan fuerte que después ya no pude recuperarme y conducir en toda la noche. Tuvieron que hacerlo mis compañeros y amigos.

Hoy sigo aquí y puedo contarlo. Así es la vida. Una lotería en la que igual te sale: “Sigue viviendo” o la eterna papeleta: “Muerte irreversible…”


José Fernández del Vallado. Josef. 2007.

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