Un libro abierto es un cerebro que habla;cerrado un amigo que espera;olvidado,un alma que perdona; destruido, un corazón que llora. Proverbio hindú.

viernes 2 de octubre de 2009

Barbarismo exonerado.



Tras más de dos días al acecho atrapé a mi vecino Mario Abasolo por sorpresa. Lo tenía ante mí encadenado. Pensar en lo delicioso que sabría cuando me lo comiera conseguía que la boca se me hiciera agua.
Estaba dispuesto a trincharlo cuando me hizo la propuesta. Si lo soltaba me conduciría hasta su mujer y sus hijas. Me detuve un instante; no era mala idea. Me daría un festín y de paso tendría reservas y calorías de sobra para pasar el invierno cebándome sin dejar de follar.
A pesar de todo tenía hambre y dudas. Le corté un dedo me lo comí y le dije que por cada vez que me tratara de engañar lo mismo haría con el resto. Asintió aterrorizado y acepté. Aquello pareció aparte de dolerle, disgustarlo, aunque no tuvo más remedio que acceder y someterse.

Hacía una tarde fresca y rojiza de otoño o de cualquier estación. Daba igual, los ciclos estacionales eran ya mera anécdota. Los tocones de los árboles y los matorrales muertos arañaban la piel al atravesar los jardines deshabitados. Su casa se hallaba cuarenta manzanas en sentido oeste. Reconozco que escalar cúmulos de escoria de más de trescientos metros de altura sintiendo la brisa ardiente del sol, no era una labor agradable, pero cuando divisamos el hogar todo cambió.

Llegamos de noche. Abrimos la puerta, todas dormían. Le hice entrar ante mí. Cuando estuvimos dentro, aguijoneándolas con la lanza, grité:

— ¡Todo el mundo de pie!

La red cayó sobre mí y tras ella, un grupo de salvajes rabiosos.
Cuando volví en si permanecía desnudo, boca arriba, los pies y las manos atadas a una barra de acero.

Comenzaron bebiendo y riendo, conversaban en sueco, tal vez en húngaro o vasco. Descubrí con sorpresa que la familia de los Abasolo se había unido a la de los Engstrom y aquellos a su vez a la de los Németh. Me vino a la cabeza de pronto. Y no cesé de preguntarme como no presté atención a lo que había leído en antiguas enciclopedias que encontré en el sumidero:

“El ser humano es un individuo sobre todo sociable. El mayor éxito que le ha permitido prosperar y alcanzar notoriedad entre las demás especies de seres, radica en su capacidad para unirse y formar comunidades.”

El plan para capturarme vivo, a mí, el ser solitario e insociable, había resultado perfecto.
Festejaban el éxito de su unión y desde luego tenían derecho a ser felices, cuando la base principal del festín iba a ser yo.
Espécimen: Solitario. Actitud: Irascible. Relación personal con el resto de supervivientes: Nula. Estatura: Metro noventa y dos. Peso: Ciento treinta kilos. En resumen: ¡Todo un manjar!
No me hizo ilusión morir carbonizado como un cerdo salvaje, pero eso era en lo que, a fin de cuentas, me había convertido.

José Fernández del Vallado. Josef. Octubre 1. 2009.

viernes 11 de septiembre de 2009

En Primavera.



En primavera cumplí veinte años y decidí que quería vivir. Nunca olvidaré la primera vez que la vi; rubia y frágil, tan risueña... como una trampa mortal, y caí...

Los años pasaron y a los treinta supe lo que es degustar un café caliente en las mañanas frías de invierno, lo que es amar despacio, encauzando la pasión en una sola dirección, lo que supone abrirte a nuevos horizontes, todos accesibles ante ti. Nunca olvidaré la primera vez que la vi; pelirroja y frágil, tan risueña... como una trampa mortal, y caí...

A los cuarenta conocí un amor, lo traté con cariño, lo amé despacio, aguardando encontrar el intermedio y comenzar un principio duradero y sin fin. Nunca olvidaré la primera vez que la vi; morena y frágil, tan risueña... como una trampa mortal, y caí...

En primavera cumplí ochenta años,caminaba por el bosque cercano a mi chalé, ya no esperaba conocer un amor cuando apareció; alta, frágil y pálida, reverente y cariñosa. Me ofreció su amor y acepté. Dejó su guadaña, me tomó del brazo y me preguntó: ¿Vamos...? Asentí.


El hombre es el único animal que tropieza no dos sino tres o más veces en la misma piedra.


José Fernández del Vallado. Josef. 2009.



sábado 1 de agosto de 2009

Paréntesis


Antes nunca me había sucedido. A las tres de la mañana estaba hablando por msn con Rita, una atractiva mujer – o al menos así parecía – que había conocido en una página web en la que ambos publicábamos. Charlábamos sin cesar sobre las dificultades que encontrábamos para puntuar adecuadamente nuestros relatos; entonces me fijé. Tras pronunciar una frase, en la comisura de sus labios se formaron...; es decir, podía tratarse de una oración subordinada, interrogativa, exclamativa, desiderativa; la cuestión es que en cada ángulo surgieron los signos de puntuación.
Como es natural me inquiete. Me detuve unos instantes, di un trago a mi cerveza; me froté los ojos. Los abrí y cerré varias veces. Miré la cerveza ¿sabía raro? En absoluto. Me pregunté qué había cenado. La respuesta estaba clara: Atún en escabeche. El envase podría estar caducado y yo alucinando. Me levanté, fui a la cocina y comprobé que su fecha de caducidad era la adecuada. Regresé, me senté, me palpé. ¿Nada extraño? Se me ocurrió alargar una mano y rozar la pantalla. Su superficie parecía suave como la piel ¿qué piel? Si era una pantalla plana de cristal líquido. Volví a tantear. Rita continuaba hablando sin detenerse, parecía no verme, en realidad no me prestaba atención, estaba a lo suyo: La dificultad de las “comas,” explicaba. De pronto vi mi mano; estaba ahí, sobre ella. Se detuvo en la comisura de sus labios, atrapó al vuelo un punto y aparte. La saqué y observé el puño cerrado con aversión, sin saber exactamente el porqué lo llevé a mi nariz, abrí la palma de mi mano y olí. No olía. Sin pararme a pensarlo lo engullí y quise hablar pero mi conversación se truncó y pospuso en una serie absurda de puntos y apartes.
Sentí una necesidad, un dolor de estómago me obligó a incorporarme, entré en el water, doblado me senté sobre la taza defequé y ahí estaba ¡El maldito punto y aparte! Apenas eché un vistazo, tiré de la cadena y aliviado regresé frente a la pantalla. Rita continuaba sermoneando. Traté de explicarme y aclararle que a veces los signos de puntuación no son buenos. Pero ella ¡escupía signos sin cesar! Alarmado apagué y encendí el msn; seguía estando en la misma situación.

Metí la cabeza y las dos manos en la pantalla, luego el tórax, los pies, entré en su habitáculo, la tomé por la cintura la levanté de la silla y la tumbé sobre la cama. Le desabroché la camisa y comencé a masajearla. Entre tanto ella no cesaba de hablar sobre los puntos y cada vez surgían más. Llegó un momento en que estábamos envueltos en un mar de signos y comenzó a ponerse colorada. ¡Estaba atascada! Me tomé un punto y aparte, resoplé, exclamé. Hice un paréntesis con puntos suspensivos entre dos comas y un punto y seguido y sin pensarlo junté ambos puños y la golpeé sobre el pecho. Dejó de hablar, abrió los ojos de par en par, y comenzó a respirar de forma pausada. Puse un oído sobre su pecho, sus latidos eran rítmicos, normales, abrí y cerré su boca varias veces; ni rastro de signos.
La tomé entre mis brazos, la situé de nuevo ante el ordenador y volví a salir de la pantalla.


Cuando la volví a mirar su rostro hilvanaba un ademán placentero, de la comisura de sus labios brotaban unos leves y casi borrosos rastros de puntos suspensivos. Me percaté al instante, se recobraba. Entre exclamaciones, le dije:

— Rita... ¡Mañana volvemos a empezar!
Asintió relajada.
Y añadí:
— Es solo un paréntesis.
Sonrió me dio las gracias, y pusimos punto y final a nuestra conversación.

José Fernández del Vallado. Josef. Julio 17 2009.

lunes 8 de junio de 2009

La Batalla Definitiva.


Ese amanecer dejamos atrás la tierra; habíamos fracasado. En los rastrojos de un mundo reseco y maltratado quedaban desmenuzados para siempre sentimientos de derrota: Romances, pasiones, promesas, anhelos, amores sin rumbo...
La ambición el egoísmo y el odio ganaron la partida, fueron siempre un paso por delante. Dejábamos atrás el planeta que nos acogió y vio nacer durante milenios, y pese a superar adversidades y vencer a enconados enemigos, habíamos sido incapaces de preservarlo. Partíamos rechazados por una naturaleza que nos expulsaba como lo que éramos: Parásitos, virus, bacterias devastadoras. Con los corazones deshechos dejábamos el lugar que una vez fue un paraíso, donde amamos, odiamos, sentimos y en definitiva, donde aprendimos a ser quienes éramos.

Me aferré a la escotilla, desde la que podía ver el jardín de mi infancia, mi cuerpo temblaba enfebrecido. ¿Qué jardín podría sobrevivir a un lugar donde las plantas habían sucumbido a los rayos gamma y el sol abrasaba? ¿Qué ser vivo podría continuar subsistiendo en un planeta colapsado por novecientos mil billones de seres? En cambio, los círculos de aluminio que conformaban el túnel por el cual discurrí, estaban donde siempre y allí permanecerían.

Por fortuna me quedaba ella. Desde hacía un buen rato se había instalado junto a mí y allí seguía, en silencio, compartiendo mi profunda amargura. Superamos siempre los trances más difíciles y en cambio ahora ¿por qué la voluntad de una raza de espíritu indomable se veía de pronto doblegada? ¿Por qué deshojar tanta belleza tras tenerla al alcance y haberla disfrutado? Lo sabía. No había más alimentos. Y donde no hay alimentos, con tal de echar un bocado, los espíritus desarrollan formas malignas e irracionales. El desorden y el canibalismo se habían extendido y ahora no quedaba nada. ¡Nada qué hacer ni por lo cual luchar! Todo estaba perdido. ¿Todo? ¡No! Iríamos a Marte. Allí había hombres que nos esperaban. No tenía miedo, estaba tan seguro de mí mismo como de nuestra estirpe.

Giré sobre mí y nuestras miradas se encontraron. Allí estaba Lisa. Sus ojos negros como el azabache brillaron con intensidad al mirarme, y su pelo rubio pareció lustrarse sobre su preciosa nuca. Su embarazo estaba ya en avanzado estado de gestación. No lo dudaba, pensé con renovada esperanza, iba a ser un orgulloso padre de una prole de diez ratas, o tal vez más...
Pronto estaríamos listos. Volveríamos a luchar y a vencer en la batalla definitiva...


José Fernández del vallado. 2 Septiembre. 2007. Arreglos abril 2009.