• Era un verano tórrido y Adrián, un muchacho rollizo y un poco raro, aunque servicial...

  • Se llamaba Vera. Era morena y esbelta. Sus ojos negros preservaban una timidez joven y ensombrecida...

  • Mi corazón se ha vuelto de hielo, mi espíritu es el de un luchador noqueado.

  • El rumor del viento acompaña, los rayos del sol cortan la espesura...

  • Hacía un día invernal, tan limpio y claro, que los rayos del sol en lugar de proporcionar calidez, cortaban la respiración.

  • Por las noches me arrebujo y mientras mi pulso se acelera y mi corazón palpita...

  • Recorrida la mitad de su vida, Tariq Alhamar seguía transitando en un mundo de incierta...

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viernes, 25 de marzo de 2011

22

Imperio.

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Me costó años darme cuenta. Vivía atrapado en una jaula de la que no deseaba salir. El hecho es que ni siquiera me interesaba entablar relación con los humanos. Mi nave se había estrellado y averiado de forma irreversible hacía cuarenta y ocho años, y los cabronzuelos de los norteamericanos, no me desvelaron que era alienígena hasta pasados los cuarenta.

Ahora, era un viejo extraterrestre, sin nada que aportar a la NASA ni a la humanidad.

Con toda mi familia fallecida en el accidente y criado en reclusión desde que fui bebé, tenía poco que hacer. Por su puesto; mi sexualidad se fue desarrollando mientras crecí. Empecé a ser un problema cuando  constataron que era capaz de fertilizar a cincuenta mujeres al tiempo sin que fueran conscientes, se asustaron bastante ante la perspectiva. Yo en cambio, no lo encontré tan extraño, podían haberme metido a Jeque en un país árabe. Por el contrario, tuve que conformarme con mi vida monástica hasta el día que descubrí que podía entablar conversación con las hormigas. A partir de ese momento, me dispuse a organizar un Imperio, ya que averigüe que lo mismo que estaba capacitado para preñar a cincuenta mujeres humanas, podía hacerlo con  cien mil ejemplares de la variedad: Hormiga del Fuego, la cuales, al atacar, inyectan un veneno que causa una irritación importante. Por otra parte, no llegué a entablar relaciones satisfactorias con la: Hormiga Argentina, demasiado apegada a su tierra, ni con la Hormiga Loca, que además de estar mal de la chola, apenas soporta los rigores del clima; y menos con la Hormiga León, en exceso, belicosa.

Tras constatar que había demasiadas variedades de hormigas, y, al igual que los humanos, jamás se pondrán de acuerdo, abandoné mis planes y me dediqué a la aburridísima empresa en la que ahora me veo inmerso. Se trata de seducir a una sola mujer. Creo que dominar esta ardua tarea me llevará el resto de mis días. Ah, un detalle. Tampoco sé mi fecha de caducidad. ¿Comprenden lo que eso supone? Tal vez me resten todavía, por poner un ejemplo, tres mil años humanos de vida... ¡Menudo rollazo! ¿No?

José Fernández del Vallado. Josef.

miércoles, 16 de marzo de 2011

6

Arcoiris.


















Los niños jugaban a atrapar la luz del arcoiris. Sucios de barro, ascendieron una nueva colina y tampoco lo hallaron. Kiwana se sentó sobre una roca y se preguntó: ¿por qué no se deja atrapar? El estallido de un trueno seguido por un destello de chispeantes hilos en el horizonte, rasgó el silencio y provocó que alzara la cabeza. Su hermano Kiwa, echó a correr colina abajo, desapareció tras un matorral. Una manada de antílopes inició una estampida. A su lado unos ojos verduzcos la observaban. No se movió y lo entendió. El Dios león acababa de apresar el arcoiris...






martes, 15 de diciembre de 2009

65

Ultimas Percepciones.

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Cada vez me costaba más adaptarme a las nuevas condiciones. Cuando menos lo pensamos el clima cambió sin motivo aparente; las flores comenzaron a marchitarse, el aire se volvió irrespirable; el sol se había vuelto en una débil bola de fuego.
De la misma forma y poco después murió mi gran amor.
Éramos pocos y vivíamos igual que topos en madrigueras.
Éramos pocos y vivíamos peor que ratas enclaustradas...
Perdí a mi amor y vivir era como permanecer aferrado a un témpano de hielo. Los refugios no servían y los asilos mentales jamás se inventaron.
Había días en que la cantidad y calidad de suicidios sobrepasaba la tasa de muertos por hambre y vejez. Vejez... Era una palabra olvidada y vida un término sin siquiera sentido. Pero vivíamos. No sabíamos por ni para qué...

Desesperados, Andres, Lucas, Forlán y Luis Miguel, se ofrecieron para hacerme el amor. Me sentí rastrera, como una pornostar sin talento. Los rechacé, no les dejé poner una sola extremidad siquiera en mi cubículo; desde entonces me odiaron. Desde entonces yo también odié a los seres rastreros zánganos que rondaban mi refugio.
Había pocas posibilidades de irse de allí sin que se enteraran. Sus dos ojos compuestos y sus tres simples vislumbrándome a modo de mosaico, me espiaban. Así pues la mejor posibilidad era permanecer para siempre.

Tuve la idea mientras desde mi sección observaba los millones de celdillas exagonales iluminadas por la tenue luz fosforescente.
Soldé mi celda herméticamente y por primera vez supe lo que era el calor y también la belleza de una flor. Me encogí sobre mi misma ingerí las pastillas de miel y evocando mi retrato pálido y risueño yo, Adelaida, la dulce abeja reina, cerré los ojos para siempre.


Si no fuera porque Einstein dijo: " Si la abeja desapareciera del planeta, al hombre solo le quedarían 4 años de vida" (pues sin abejas no hay polinización, plantas, animales, ni hombres) y a que cada día vemos más las consecuencias del cambio climático y de la destrucción de especies, este relato apenas causaría impresión.


José Fernández del Vallado. Josef. 2009.

viernes, 2 de octubre de 2009

33

Barbarismo exonerado.

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Tras más de dos días al acecho atrapé a mi vecino Mario Abasolo por sorpresa. Lo tenía ante mí encadenado. Pensar en lo delicioso que sabría cuando me lo comiera conseguía que la boca se me hiciera agua.
Estaba dispuesto a trincharlo cuando me hizo la propuesta. Si lo soltaba me conduciría hasta su mujer y sus hijas. Me detuve un instante; no era mala idea. Me daría un festín y de paso tendría reservas y calorías de sobra para pasar el invierno cebándome sin dejar de follar.
A pesar de todo tenía hambre y dudas. Le corté un dedo me lo comí y le dije que por cada vez que me tratara de engañar lo mismo haría con el resto. Asintió aterrorizado y acepté. Aquello pareció aparte de dolerle, disgustarlo, aunque no tuvo más remedio que acceder y someterse.

Hacía una tarde fresca y rojiza de otoño o de cualquier estación. Daba igual, los ciclos estacionales eran ya mera anécdota. Los tocones de los árboles y los matorrales muertos arañaban la piel al atravesar los jardines deshabitados. Su casa se hallaba cuarenta manzanas en sentido oeste. Reconozco que escalar cúmulos de escoria de más de trescientos metros de altura sintiendo la brisa ardiente del sol, no era una labor agradable, pero cuando divisamos el hogar todo cambió.

Llegamos de noche. Abrimos la puerta, todas dormían. Le hice entrar ante mí. Cuando estuvimos dentro, aguijoneándolas con la lanza, grité:

— ¡Todo el mundo de pie!

La red cayó sobre mí y tras ella, un grupo de salvajes rabiosos.
Cuando volví en si permanecía desnudo, boca arriba, los pies y las manos atadas a una barra de acero.

Comenzaron bebiendo y riendo, conversaban en sueco, tal vez en húngaro o vasco. Descubrí con sorpresa que la familia de los Abasolo se había unido a la de los Engstrom y aquellos a su vez a la de los Németh. Me vino a la cabeza de pronto. Y no cesé de preguntarme como no presté atención a lo que había leído en antiguas enciclopedias que encontré en el sumidero:

“El ser humano es un individuo sobre todo sociable. El mayor éxito que le ha permitido prosperar y alcanzar notoriedad entre las demás especies de seres, radica en su capacidad para unirse y formar comunidades.”

El plan para capturarme vivo, a mí, el ser solitario e insociable, había resultado perfecto.
Festejaban el éxito de su unión y desde luego tenían derecho a ser felices, cuando la base principal del festín iba a ser yo.
Espécimen: Solitario. Actitud: Irascible. Relación personal con el resto de supervivientes: Nula. Estatura: Metro noventa y dos. Peso: Ciento treinta kilos. En resumen: ¡Todo un manjar!
No me hizo ilusión morir carbonizado como un cerdo salvaje, pero eso era en lo que, a fin de cuentas, me había convertido.

José Fernández del Vallado. Josef. Octubre 1. 2009.


viernes, 11 de septiembre de 2009

30

En Primavera.

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En primavera cumplí veinte años y decidí que quería vivir. Nunca olvidaré la primera vez que la vi; rubia y frágil, tan risueña... como una trampa mortal, y caí...

Los años pasaron y a los treinta supe lo que es degustar un café caliente en las mañanas frías de invierno, lo que es amar despacio, encauzando la pasión en una sola dirección, lo que supone abrirte a nuevos horizontes, todos accesibles ante ti. Nunca olvidaré la primera vez que la vi; pelirroja y frágil, tan risueña... como una trampa mortal, y caí...

A los cuarenta conocí un amor, lo traté con cariño, lo amé despacio, aguardando encontrar el intermedio y comenzar un principio duradero y sin fin. Nunca olvidaré la primera vez que la vi; morena y frágil, tan risueña... como una trampa mortal, y caí...

En primavera cumplí ochenta años,caminaba por el bosque cercano a mi chalé, ya no esperaba conocer un amor cuando apareció; alta, frágil y pálida, reverente y cariñosa. Me ofreció su amor y acepté. Dejó su guadaña, me tomó del brazo y me preguntó: ¿Vamos...? Asentí.


El hombre es el único animal que tropieza no dos sino tres o más veces en la misma piedra.


José Fernández del Vallado. Josef. 2009.




sábado, 1 de agosto de 2009

29

Paréntesis

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Antes nunca me había sucedido. A las tres de la mañana estaba hablando por msn con Rita, una atractiva mujer – o al menos así parecía – que había conocido en una página web en la que ambos publicábamos. Charlábamos sin cesar sobre las dificultades que encontrábamos para puntuar adecuadamente nuestros relatos; entonces me fijé. Tras pronunciar una frase, en la comisura de sus labios se formaron...; es decir, podía tratarse de una oración subordinada, interrogativa, exclamativa, desiderativa; la cuestión es que en cada ángulo surgieron los signos de puntuación.
Como es natural me inquiete. Me detuve unos instantes, di un trago a mi cerveza; me froté los ojos. Los abrí y cerré varias veces. Miré la cerveza ¿sabía raro? En absoluto. Me pregunté qué había cenado. La respuesta estaba clara: Atún en escabeche. El envase podría estar caducado y yo alucinando. Me levanté, fui a la cocina y comprobé que su fecha de caducidad era la adecuada. Regresé, me senté, me palpé. ¿Nada extraño? Se me ocurrió alargar una mano y rozar la pantalla. Su superficie parecía suave como la piel ¿qué piel? Si era una pantalla plana de cristal líquido. Volví a tantear. Rita continuaba hablando sin detenerse, parecía no verme, en realidad no me prestaba atención, estaba a lo suyo: La dificultad de las “comas,” explicaba. De pronto vi mi mano; estaba ahí, sobre ella. Se detuvo en la comisura de sus labios, atrapó al vuelo un punto y aparte. La saqué y observé el puño cerrado con aversión, sin saber exactamente el porqué lo llevé a mi nariz, abrí la palma de mi mano y olí. No olía. Sin pararme a pensarlo lo engullí y quise hablar pero mi conversación se truncó y pospuso en una serie absurda de puntos y apartes.
Sentí una necesidad, un dolor de estómago me obligó a incorporarme, entré en el water, doblado me senté sobre la taza defequé y ahí estaba ¡El maldito punto y aparte! Apenas eché un vistazo, tiré de la cadena y aliviado regresé frente a la pantalla. Rita continuaba sermoneando. Traté de explicarme y aclararle que a veces los signos de puntuación no son buenos. Pero ella ¡escupía signos sin cesar! Alarmado apagué y encendí el msn; seguía estando en la misma situación.

Metí la cabeza y las dos manos en la pantalla, luego el tórax, los pies, entré en su habitáculo, la tomé por la cintura la levanté de la silla y la tumbé sobre la cama. Le desabroché la camisa y comencé a masajearla. Entre tanto ella no cesaba de hablar sobre los puntos y cada vez surgían más. Llegó un momento en que estábamos envueltos en un mar de signos y comenzó a ponerse colorada. ¡Estaba atascada! Me tomé un punto y aparte, resoplé, exclamé. Hice un paréntesis con puntos suspensivos entre dos comas y un punto y seguido y sin pensarlo junté ambos puños y la golpeé sobre el pecho. Dejó de hablar, abrió los ojos de par en par, y comenzó a respirar de forma pausada. Puse un oído sobre su pecho, sus latidos eran rítmicos, normales, abrí y cerré su boca varias veces; ni rastro de signos.
La tomé entre mis brazos, la situé de nuevo ante el ordenador y volví a salir de la pantalla.


Cuando la volví a mirar su rostro hilvanaba un ademán placentero, de la comisura de sus labios brotaban unos leves y casi borrosos rastros de puntos suspensivos. Me percaté al instante, se recobraba. Entre exclamaciones, le dije:

— Rita... ¡Mañana volvemos a empezar!
Asintió relajada.
Y añadí:
— Es solo un paréntesis.
Sonrió me dio las gracias, y pusimos punto y final a nuestra conversación.

José Fernández del Vallado. Josef. Julio 17 2009.


lunes, 8 de junio de 2009

31

La Batalla Definitiva.

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Ese amanecer dejamos atrás la tierra; habíamos fracasado. En los rastrojos de un mundo reseco y maltratado quedaban desmenuzados para siempre sentimientos de derrota: Romances, pasiones, promesas, anhelos, amores sin rumbo...
La ambición el egoísmo y el odio ganaron la partida, fueron siempre un paso por delante. Dejábamos atrás el planeta que nos acogió y vio nacer durante milenios, y pese a superar adversidades y vencer a enconados enemigos, habíamos sido incapaces de preservarlo. Partíamos rechazados por una naturaleza que nos expulsaba como lo que éramos: Parásitos, virus, bacterias devastadoras. Con los corazones deshechos dejábamos el lugar que una vez fue un paraíso, donde amamos, odiamos, sentimos y en definitiva, donde aprendimos a ser quienes éramos.

Me aferré a la escotilla, desde la que podía ver el jardín de mi infancia, mi cuerpo temblaba enfebrecido. ¿Qué jardín podría sobrevivir a un lugar donde las plantas habían sucumbido a los rayos gamma y el sol abrasaba? ¿Qué ser vivo podría continuar subsistiendo en un planeta colapsado por novecientos mil billones de seres? En cambio, los círculos de aluminio que conformaban el túnel por el cual discurrí, estaban donde siempre y allí permanecerían.

Por fortuna me quedaba ella. Desde hacía un buen rato se había instalado junto a mí y allí seguía, en silencio, compartiendo mi profunda amargura. Superamos siempre los trances más difíciles y en cambio ahora ¿por qué la voluntad de una raza de espíritu indomable se veía de pronto doblegada? ¿Por qué deshojar tanta belleza tras tenerla al alcance y haberla disfrutado? Lo sabía. No había más alimentos. Y donde no hay alimentos, con tal de echar un bocado, los espíritus desarrollan formas malignas e irracionales. El desorden y el canibalismo se habían extendido y ahora no quedaba nada. ¡Nada qué hacer ni por lo cual luchar! Todo estaba perdido. ¿Todo? ¡No! Iríamos a Marte. Allí había hombres que nos esperaban. No tenía miedo, estaba tan seguro de mí mismo como de nuestra estirpe.

Giré sobre mí y nuestras miradas se encontraron. Allí estaba Lisa. Sus ojos negros como el azabache brillaron con intensidad al mirarme, y su pelo rubio pareció lustrarse sobre su preciosa nuca. Su embarazo estaba ya en avanzado estado de gestación. No lo dudaba, pensé con renovada esperanza, iba a ser un orgulloso padre de una prole de diez ratas, o tal vez más...
Pronto estaríamos listos. Volveríamos a luchar y a vencer en la batalla definitiva...


José Fernández del vallado. 2 Septiembre. 2007. Arreglos abril 2009.

miércoles, 29 de abril de 2009

62

Hacer algo nuevo.

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Cuarenta y seis años, soltero y cansado de involucrarme en empleos sin sentido, falseando e incluso mintiendo por mandato supremo de la operativa del banco o empresa en la que trabajara. No sé de donde surgió la idea, pero decidí hacer algo nuevo. La sugerencia partió de una amiga que tenía conexiones con ciertas ONG.

Me destinaron a Angola, a un lugar situado en Lunda Sur, provincia diamantífera al nordeste. A un centro de asistencia para menores refugiados. Conocí a personas valiosas, como: La Superiora María dos Santos, el doctor Mavinga Péres, y sobre todo a una joven enfermera atractiva y muy agradable, llamada Alexandra Kamuenho.
Aparte de desempeñar tareas de contabilidad ayudaba como auxiliar de enfermería, y empecé a trabajar codo con codo con Alexandra.

Un día ella estaba poniendo una vía a un paciente, me pidió que le alcanzara la botella del suero. Me acerqué por detrás, acababan de baldear el suelo, resbalé y sin querer caí en posición indecorosa sobre sus nalgas. Atorado por los nervios traté de solventar la situación y no hice sino entorpecerla, resbalando de nuevo y buscando asidero en sus senos. Para mi sorpresa se giró y mirándome de una forma endiablada, me besó.

Desde aquel día mi vida cambió. Por las noches venía a mi barracón y la armábamos. Nuestra situación pasó a convertirse en un secreto a voces. Otra vez vino a mí sonriente, me abrazó me besó y tomándome con ímpetu de la muñeca, emocionada, puso mi mano sobre su vientre. Estaba embarazada.


Los meses transcurrían y éramos felices. Un fin de semana se nos ocurrió escaparnos de excursión, íbamos cantando en el coche, sus ojos negros brillaban radiantes de felicidad. Apagó el casete un instante y con timidez confesó que me quería, pero necesitaba orinar, me reí divertido, la carretera era nuestra. Paré, bajó corriendo hacia la maleza. Salí a respirar aire fresco, di la vuelta al vehículo y me quedé paralizado frente a un cartel de logotipo inconfundible: Una calavera. Debajo en letras rojas, ponía: ¡PERIGRO MINHAS!

Me volví hacia Alexandra y ¡no estaba! Alguien canturreaba más allá. Aterrado miré y la descubrí entre el verdor de aquel prado. Estaba riéndose y me hacía señas alegre. Chillé que no se moviera, comprendió y su rostro se oscureció de terror. Vi sus huellas, no había espacio para las dudas. Caminado sobre ellas me adentré y logré alcanzarla y tomándola en brazos, palpitando, regresé por el mismo camino.
Para colmo, varios hombres que pasaban por allí, en lugar de tranquilizarnos, daban gritos de alarma.
Me recuerdo con los pies sobre el firme llorando y riendo, acariciando y besando a Alexandra, los hombres también reían bebían y cantaban de felicidad.

Me quedé en Angola. Ahora “vendo zapatos de bebé, sin usar.” Excepto el par que compré para nuestro bebé, un muchacho ya mayor. Coloqué sus zapatitos sobre el secreter, junto a los retratos de familia. Los miro, los palpo, los beso, y entiendo que hicimos algo nuevo. Volver a nacer.

José Fernández del Vallado. josef. abril 2009.



domingo, 11 de enero de 2009

44

Verano Austral.

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Despacio, poco a poco, fue cayendo el sol sobre las calles; seguí avanzando sin explicarme el porqué, con el presentimiento implícito de que si no me movía mi corazón se detendría en cualquier momento sin avisar. Había llegado a aquella ciudad enclavada en el sur profundo del sur esa misma mañana ¿buscándolo? Lo hice de forma inconsciente y deliberada, como actuamos a veces, aguardando encontrar un motivo o respuesta a nuestros porqués.

Un vendaval congelado me golpeaba sin clemencia, me refugiaba en mí mismo, cada vez más irritado, pensando en las bellezas que había soñado hallar allí. ¿Por qué a veces nos empeñamos en hallar belleza en lugares inhóspitos, donde solo hay ignorancia y crueldad? ¿Había algo más? Buscaba, era pleno mes de febrero – verano Austral – y apenas hacía cinco míseros grados centígrados. ¿Había hombres capaces de sobrevivir a aquella climatología? Hombres hay para todo, y para emplearse en las peores tareas o aferrarse como lapas a la desolación más y mejores que para cultivar el bien...

Deambulé hasta el fondeadero, contemplar el puerto y dejar volar mi melancolía degustando el aroma salobre del mar era cuanto anhelaba. Un militar uniformado me cerró el paso y me pidió la documentación. La realidad cayó a plomo sobre mí. La de un mundo militarizado que, progresivamente, y de forma estúpida o “humana” se arrastra a su juicio final. Aquella ciudad estaba tomada. Pero mi sueño continuaba vivo. Mi sueño... Ni siquiera vislumbraba cuál. Lo busqué caminando en solitario por calles despojadas de corazón, matizadas con témpanos de hielo que se incrustaban de lleno en mi alma. En un bar moderno y vacío me refugié y tomando un café de dos horas, observé tras los ventanales mi locura reflejada. ¿De qué me servía encontrar más soledad a catorce mil kilómetros de mi vida? y ¿qué era y es mi vida? Mi vida era esa, la de viajar y buscar sin saber qué. Estuve buscando varias horas por la ciudad hasta que al final doblé una esquina y frente a mí se presentó aquel portal. Sin hablar ni pensar, hacía horas que había dejado de hacer ambas cosas, saqué la cámara y tomé la única fotografía que hice aquel día. ¿Había encontrado algo? ¿No me fijé o sí me fijé? No lo recuerdo. Claro, que, sin premeditarlo, algo me hizo caminar en dirección a la estación de autobuses, donde saqué un billete para el norte y escapé. ¿Para siempre?


(Se recomienda fijarse detenidamente en la fotografía de la parte superior del post.)


José Fernández del Vallado. Josef. Enero 2009.



viernes, 19 de diciembre de 2008

5




viernes, 4 de julio de 2008

16

Una fiesta.

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Aquel monte intrincado de mi infancia, donde aprendí a seguir el rastro de los habitantes a menudo invisibles que lo habitaban, donde comprendí que quietud no es sinónimo de silencio, donde presentí mi primer deleite cuando quedé perdidamente enamorado de su hechizo invisible, y donde olvidé para siempre ciertos sueños de gloria manifiesta e inalcanzable.

La noche de la fiesta, una oscuridad cálida de verano en la que podían distinguirse con facilidad (aparte de sombras presentidas y deseadas) distintos aromas de las plantas y flores del monte que circunvalaba el lugar donde el baile se desarrolló, supe dirimir mis desavenencias con la vida y me abracé a ella de nuevo si cabe con más fuerza.
Sólo hice que sentarme, inhalar y recoger unas boqueadas de pura intensidad, permitiendo que el aire colmara mis pulmones.
Entonces dejé de soñar imágenes borrosas y viví mi delicada realidad; dejé cuentas pendientes a un lado y conté pasteles de trufa; dejé de escribir con un teclado y diseñé sonetos de fácil discernimiento; dejé de manejar carros de fuego en metrópolis desalmadas y reconduje mi alma al puerto indicado; dejé de ser ese tipo extraño y antipático encerrado en mí mismo para volver a ser mi yo más cercano...

La noche de aquella fiesta a base de horas de soledad y de encierro no me apetecía hablar; había perdido el gusto, pero lo necesitaba, deseaba el calor humano a mi lado.
Conocí a Estela sin apellidos, pues para mí no tuvo más que un nombre: Amor.
Nada más sentir su resuello lleno de vida me enamoré de ella.
La acompañé a lo alto de una terraza y cuando estuvimos a solas, bajo las constelaciones, echados en un dosel sin hablar, la besé en los labios y le susurré un ardoroso te quiero. Ella, sin hablar, con una mirada de suplica me inquirió desde cuando, y yo respondí desde siempre, puesto que supe que casi toda la vida había esperado un momento como aquél.
Rodeó mi cuello con sus brazos, suspiró profundo, se abrazó a mí con fuerza y me besó con anhelo e intensidad. Estuvimos jugando con nuestras lenguas durante enérgicos instantes de pasión, luego me dio las gracias, permaneció a mi lado unos instantes se levantó y se marchó...

Permanecí pensativo; pensaba en los demás amores y en sus singularidades ¿dónde estarían?
Que pensarían ellas que fui o pude ser yo en sus vidas ¿quedaría algo de mí?
Pensé en qué clase de fórmula provoca que de repente sientas algo por una mujer a la que jamás has visto en tu vida. Pensé en sus nombres, los de todas; en sus rasgos, en sus sonrisas, en sus formas de arreglarse; en aquellas miradas que habían logrado que mi corazón latiera al doble de revoluciones e intensidad; en aquellas risas que me habían inducido sublimes estallidos de felicidad; en aquellas caricias tiernas y eternas; en aquellos ojos negros, claros o azules, y en sus voces distintas... discretas, agudas o fieras.
De repente descubrí que el mejor amor no es el más anhelado sino el más circunstancial e imprevisible, pues no sólo había conocido sino experimentado un amor intenso y cesado de tenerlo en apenas minutos, pero también aprendí otra cosa. Cuando el amor golpea con dureza en las puertas de tu corazón no es bueno sentirse tan solo.

Bajé las escaleras y me sumé de lleno a la fiesta. Estela sin apellidos, no estaba; no me importó, me sentí feliz por ella y le deseé lo mejor. Luego me sentí feliz yo mismo, y ya no paré de bailar y de reír hasta altas horas de la madrugada.
Cuando salí me sentía libre, había conseguido romper las cadenas que me apresaban y liberarme.

Recuerdo que al entrar en el coche puse la radio; la sonata Claro de Luna de Beethoven siempre mágica, imperial, daba inicio. Fue un magnífico broche para cerrar una fiesta y adentrarme de nuevo en el rigor casi cáustico de la vida diaria.

José Fernández Vallado. Josef. Julio 2008.



lunes, 30 de junio de 2008

13

¿Campeones?

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Increíble. El fútbol volvió a ganar en mi país España, después de 43 años. ¿Será esto una premonición sobre un futuro mejor, o que la catástrofe está más cercana?
Yo sólo pienso una cosa, es un deporte cualquiera. Claro que viendo como lo idolatra la gente, a estas alturas, el mundo tiene dos dioses: el dinero y el fútbol. ¿Y lo demás? Lo demás es otra historia.
Así que salgan a la calle métanse en su coche y hagan lo que por aquí hacen todos ahora: tocar el claxon con desenfreno y proclamar a voz en grito: ¡Somos campeones!
Pero de qué ¿de la idiotez o del desastre, de la iniquidad o el despilfarro?
Prefiero pensar una cosa y seguiré haciéndolo mientras viva: Me gustan los deportes; y el fútbol no es más que un deporte, hay cosas más importantes.

Un saludo amigos del mundo!


miércoles, 11 de junio de 2008

32

Lo presiento.

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Tu brillo es lo que presiento cuando las noches son claras aquí…

Tu devuelves la sensibilidad a mis encallecidas percepciones y me haces recordar que aún vivo en un mundo real donde hay elementos bellos, elementos dignos, así como también elementos aborrecibles y odiosos. Un mundo paralelo poblado de factores a tomar muy en cuenta...

Me recuerdas los ojos de la mujer que una vez amé y me amó, me recuerdas que existe vida fuera, me recuerdas que no hay porqué temer a la oscuridad, me recuerdas las tierras rojizas del desierto, me recuerdas el canto de los pájaros, me recuerdas las olas del mar resplandeciendo al atardecer, me recuerdas la perfección de la vida prevaleciendo sobre la muerte, de la ciencia sobre la enfermedad y del amor ¿y qué del amor…?

Me recuerdas dónde perdí mi amor y como de grande llegó a ser ese amor, y como de tibios y apasionados fueron nuestros besos, y como hicimos el amor durante días…

Pero también me recuerdas como fue ese último día, me recuerdas a causa de qué lo perdí, me recuerdas que desobedecí, y sobre todo me recuerdas a un esclavo indigno de amar a alguien como tú…

Y sin embargo… ¡Ven! ¿Por qué no vienes? ¿No deseas venir a por alguien que te ama? Por una vez desciende de tu altar y libérame de mis cadenas…

Estoy condenado a no salir de este oscuro pozo. Preso de las tormentas y del mal y sé que sólo tú puedes hacerlo. Aunque sea por una vez hazlo. ¡OH por Dios Luna! Desmonta de tu pedestal deja al mundo sin luz y rellena mis ojos arrancados por amar a quien estaba prohibido con un haz de luz para decirle a quien quiso robarme el amor, que puedo ver y que veré siempre con toda claridad el camino de la libertad y de la vida…

José Fernández del Vallado. Josef. Dic 2005. Arreglos junio 2008.

sábado, 7 de junio de 2008

20

Con todo mi amor, de tu amor…

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Hola cariño. Confieso, que no es fácil ni aún para un escritor consagrado como yo expresar desde aquí los sentimientos de belleza, calor, armonía y bienestar, que con solo pensar en ti emanan en mi interior de forma espontánea y del modo más natural que mi corazón puede percibir, fluyen hacia tu ser. Te quiero. Quizá esa expresión resuma en dos cortos vocablos muchas más percepciones de las siquiera imaginables.

Al principio y desde que llegué a la ciudad, tu ciudad, descubrirte no fue solo algo hermoso; implicó mucho más. En mi interior profundamente enterrado bajo un manto de invierno gris e impenetrable, se produjo una inusitada revolución que dio lugar a un resquebrajamiento de las frías y pertinaces capas de hielo que con el tiempo habían ido acumulándose hasta embotar mis sentidos. Comprendí que algo importante me estaba sucediendo, dejé a un lado todas mis asignaciones y comencé a dedicarme a ti. Y cuando por fin las ligaduras cedieron, pude ver los brotes tiernos de una primavera floreciente, e intuí en ti a la persona que eres; mucho más compleja, por supuesto, que una dócil e ingenua mujer bondadosa. Puesto que tu interior oculta de forma celosa y magistral riquezas que solo día a día y gota a gota se van abriendo a la perplejidad de mis ojos de hombre maravillado.

Comencé a citarme contigo a diario, siempre en el mismo lugar, que parece ser destino de tu preferencia; y sólo permaneciendo a tu lado aprendí a descubrir la multiplicidad de tu bello interior y empecé a comprender. Mis ojos se fueron abriendo con una nueva alegría que irradió por completó mi espíritu dañado y pude cerciorarme de como aquel primario: “Te quiero” se estancaba en la nada en tanto yo me iniciaba en un nuevo segmento del proceso, el cual, ante mi creciente asombro y deslumbramiento, se transmutaba en un: "Te amo." Y así fue. Me di cuenta de que el amor es la reacción consecuente que cada célula, partícula, átomo, de mi débil cuerpo de humano experimenta por ti y hacia ti. Así pues cada vez que hablaba contigo desebaba con más fervor tocarte, besarte, amarte, mientras suspiraba por ti, por tenerte a mi lado, y ser capaz de abrazar esas hermosas formas de tu cuerpo y tú… tú, seguías manteniéndote altiva en tu lugar.
Soñaba contigo despierto. ¿Cómo sería palparte? Sentir tu tacto, tu piel, ese cabello broncíneo, esos ojos grandes de mirada serena, esa boca de labios finos bien delimitados y esas manos delicadas con dedos largos y precisos. Pero sobre todo admiré la serenidad que destilaba tu semblante.
Así es cariño. Soñé con el día en que por fin estaríamos juntos contemplando las estrellas y solo entonces y tal vez, las respuestas a tantas preguntas que todavía asaltaban las entrañas y nuestros corazones, obtendrían su respuesta de una forma contundente.
Yo me diría:

“¿Es esta hermosa y correcta mujercita que se recuesta sobre mí y a quien acaricio con ternura, la mujer de mi vida?”

De las estrellas me llegaría una respuesta breve pero clara:

“Sí, lo es. Por descontado.”

Y cuando al tiempo tú te hicieras la misma pregunta obtendrías una respuesta similar.

Sólo entonces, y sin decirnos palabra, hablándonos con la mirada, nos aceptaríamos mediante un beso suave, dulce y concluyente, que sellaría nuestra unión por el resto de nuestras vidas.

Cariño queda una sola pregunta y una sola duda. ¿Por qué no viniste a reunirte conmigo el día en que me arrojé a las aguas para ir junto a ti? A veces me resultas un poco fría. Aunque lo sé. Las aguas del mar de Copenhague están heladas y yo casi perezco de hipotermia. Claro que a día de hoy comienzo a preguntarme: ¿Debo mostrarme agradecido a estos hombres por haberme salvado la vida? o ¿Hasta qué punto desean realmente ayudarme estos señores de las batas blancas? Sabes. Ellos dicen cosas malas. Injurias sobre ti que no me agradan en absoluto. A veces insinúan… que estás muerta y que tan sólo eres ¡una escultura!: ¡La sirenita de bronce de Copenhague! sostienen. Menuda locura, menuda desfachatez ¿verdad mi amor? Ja… Los dos sabemos que tú eres una sirena pero real como la vida misma.
Claro que amor, una última pregunta. No te enfadarás ¿verdad? Dime ¿Por qué nunca contestas a mis cartas? ¿Acaso ya no me amas? ¡Yo en cambio siempre te querré!

¡Mil besos! De tu amor:

Enrique López Mesa.

viernes, 6 de junio de 2008

9

Treblinka.

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AVISO.
AUNQUE HE PROCURADO SUPRIMIR DETALLES MORBOSOS, ESTE DOCUMENTO REFLEXIÓN PUEDE O PODRÍA RESULTAR ALGO DURO EN SU CONTENIDO. RUEGO ABSTENGANSE DE LEERLO LAS PERSONAS SENSIBLES O FÁCILMENTE ALTERABLES.
GRACIAS.

Hoy, a cierta hora de la mañana, de pronto un nombre se instala en mi cabeza: Treblinka. Abro Google busco y descubro que fue un campo de prisioneros, más adelante averiguo que fue más que eso; se trató de un campo de exterminio. Comienzo a leer un documento que refiere lo que fue aquel lugar. Tras encarar los primeros párrafos me detengo un instante –necesito hacerlo – trato de escribir una sola palabra, no lo consigo; me doy cuenta enseguida, no hay palabras para definir los horrores que van quedando impresos en mi mente; las imágenes desoladoras, crueles, infames. Pienso, trato de pensar en la humanidad, sin ser capaz de imaginar o tan siquiera abarcar la magnitud de las barbaries cometidas por nuestra gran y civilizada humanidad. Al fin y al cabo quienes lo hicieron fueron seres como yo y vosotros mismos…

Quiero aclarar algo; no hago esto como mero panfleto publicitario. No soy judío – y aunque lo fuera – según mis principios, nunca podría estar de acuerdo con el comportamiento y la política actual beligerante del gobierno que representa a un estado, supuestamente, sionista. Sólo leo, me limito a leer algo que fue una realidad espantosa y aplastante. Pienso en aquellos vagones atestados de gente inocente y los veo. Leo mientras los veo:

“Tres trenes llegaron en dos días, cada uno con tres, cuatro, cinco mil personas a bordo, todas de Varsovia... Así que llegaron tres trenes, y desde que la ofensiva contra Stalingrado estaba en su apogeo, los convoyes de judíos eran dejados a un lado de la estación de tren. Lo que es más, los vagones eran franceses, hechos de acero. Así que mientras cinco mil judíos llegaban a Treblinka, tres mil morían en los vagones. Tenían las muñecas cortadas, o simplemente estaban muertos. De los que bajaban del tren, la mitad estaban muertos y la otra mitad locos…”

No entiendo y apenas comprendo… ¿Cómo se puede y se pudo llegar a algo de una magnitud tan espeluznante? Trato de escribir, de racionalizar, pero las imágenes de lo que debió ser aquello me lo impiden… No, no puedo seguir. Escribir sobre esto me asquea y sobrepasa, es superior a mis fuerzas. Aún así sigo leyendo:

“Los apilábamos [en la rampa]. Miles de personas apiladas una encima de la otra en la rampa. Apiladas como madera. Además de esto, otros judíos, aún vivos, esperaban ahí durante dos días: las pequeñas cámaras de gas no podían dar a basto. Funcionaron día y noche durante aquel período.”

Voy a cerrar el documento, pues no hay debate en torno a esta horrible masacre, y comenzaré a vivir otro tiempo. ¿Otro tiempo? De pronto me doy cuenta, no es cerrar el documento y el debate lo que debe de hacerse sino abrirlo ¡abrirlo! para que toda la podredumbre que encierran las arcas de aquella matanza despida sus olores hediondos: “El hedor de los cuerpos en descomposición se podía oler hasta a diez kilómetros de distancia” e invadan hasta sofocar y quien sabe si tal vez alumbrar nuestros decrépitos y desorientados cerebros de una vez por todas. Pues dado el camino que llevamos caeremos, volveremos a hacerlo, nos revolcaremos de nuevo en nuestra propia vergüenza.

Como humanidad hemos batido todos los record posibles de degradación, como humanos hemos resultado ser un fracaso y estamos a punto de culminar nuestro ciclo acogotados por el mayor castigo de la fuerzas de la naturaleza que jamás hayamos experimentado y que nosotros mismos, mediante nuestra torpeza y enaltecimiento (proclamándonos siempre la raza superior), hemos desencadenado. Muchos seguimos siendo egoístas y nos vanagloriamos, no llegaremos a verlo, pero ¿qué hay de nuestros hijos, de nuestra descendencia, de nuestra simiente, de la carne de nuestra carne? Ellos sí sufrirán las penalidades. Prosigo leyendo, no puedo ya dejar de hacerlo…

“Los pasajeros del tren eran salvajemente sacados del convoy, separados por sexo se les ordenaba desnudarse a la llegada a los campos de concentración o de exterminio. En invierno, la temperatura comúnmente caía a menos - 4ºC. Las SS escogían a quienes irían a la enfermería. La técnica consistía en apresurar el proceso completo mientras golpeaban a todos los recién llegados…”

¿Cómo nos hemos entronizado? Qué clase de sitial hemos conquistado y quién… ¿¡quién nos lo ha concedido!? ¿Nos lo regaló nuestro omnipotente Dios occidental el Dios Alá del Islám o el Buda hindú? Nadie. Nadie nos ha adjudicado nunca jamás, nada. De hecho estamos solos en esto y como tal debemos pensar y actuar. En cuanto a todos aquellos que apelan a la responsabilidad mientras viven su doble vida, la doble moralidad, he conocido gente así; quienes por un lado leen la Biblia y por otro maltratan o castigan a los débiles niños en los colegios. Profesores autosuficientes que hacen de la doble moralidad su ley; así vivían los nazis. Por un lado eran terribles asesinos de niños, mujeres, ancianos, familias enteras, y por otro, padres modélicos. Yo me pregunto ¿cómo puede ser que el humano sea tan cínico y a la vez tan estúpidamente engreído, cuando a excepción de la tortuga el caracol y algunos insectos sin comparación, somos los seres más lentos y torpes que existen sobre la tierra? Sigo leyendo:

“En septiembre de 1942 se construyeron nuevas cámaras de gas. Podían liquidar a tres mil personas en dos horas. En 1965, después de un informe del Dr. Helmut Kraunsnick, director del Instituto para la Historia Contemporánea en Múnich, la Corte de Casación en Düsseldorf concluyó que el número de personas asesinadas en Treblinka ascendía al menos a 700.000. En 1969, la misma corte, después de tener nueva evidencia revelada en un informe por el experto Dr. Sheffler, elevó el número a 900.000. De acuerdo con los guardias alemanes y ucranianos que estaban estacionados en Treblinka, se cree que el número de víctimas estuvo entre 1.000.000 y 1.400.000…”

Estamos barajando cifras astronómicas 1.400.000 equivale a liquidar a una ciudad completa y respetable en cuanto al número de individuos… Estamos confirmando que algo desproporcionado, una masacre sin parangón, se cometió de forma premeditada en el día a día. La verdad, me horroriza solo pensar si hubiera tenido que ser uno de esos judíos que se encargaban de recoger a los muertos y limpiar los vagones, sabían que estaban muertos, dado que ellos mismos debían considerarse cadáveres andantes inmersos en una espantosa pesadilla o refriega que no le deseo ni al peor de mis enemigos. Hoy en día, de una forma u otra, casi todos tienen o tenemos enemigos. Pero una cosa es tener enemigos de una manera más o menos civilizada y estúpida, ya que no podemos ser mejores, y otra el asesinato bestial, irracional y discriminado que unos humanos llevaron a cabo contra otros hombres en su día de la forma más vergonzosa y rastrera… posible.

Hoy, aquí, en mi casa, sentado cómodamente mientras escribo, me resulta tan difícil de concebir. Por desgracia siempre he dicho que la realidad supera a la ficción; mis ojos se detienen llorosos en especial sobre un párrafo:

“Los hombres por un lado y las mujeres y los niños por el otro, debían desnudarse. Un camino vallado y camuflado, conocido como el “tubo”, llevaba del área de recepción a la entrada de la cámara de gas, situada en el área de exterminio. Las víctimas eran obligadas a pasar desnudas por este camino y entrar en las cámaras de gas, señalizadas falsamente como duchas. Una vez que las puertas de la cámara estaban selladas, un motor que se encontraba fuera del edificio bombeaba monóxido de carbono al interior, matando a todo el que estuviera dentro."

Cierro el documento. No hay más que añadir. Excepto algo en lo que hemos de seguir incidiendo aunque nos suene a tópico reiterado, pues por desgracia, la matanza étnica ya se ha producido de nuevo en algunas zonas del mundo:

“Por muy
DESAGRADABLE que RESULTE y por mucho que nos AVERGÜENCE, informarse de aquello que COMETIMOS Y SUCEDIÓ, ES FUNDAMENTAL. Para que nunca, JAMÁS, vuelva a ocurrir.”

José Fernández del Vallado. Josef. Junio 2008

viernes, 30 de mayo de 2008

19

El Miedo de Iván.

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Iván era uno de esos muchachos a quienes tras echarles un vistazo tu instinto te permite presagiar que no vivirán para contarlo. Era un hombre algo más que extraño, era desconcertante e insólito.
Conocí a Iván o mejor dicho me conoció él a mí el día en que se me ocurrió apuntarme a unos cursillos de escalada libre y me quedé atrapado sin poder subir ni bajar en medio del escarpe de un barranco.
Llevaba dos horas estancado en aquel lugar endiablado y ni tan siquiera el profesor del cursillo se atrevía a venir a por mí cuando apareció; llegó hasta mí, me invitó a un cigarrillo, y me contó que su novia le había dejado. Y a continuación me preguntó si le podría ayudar a recuperarla. Naturalmente le dije que a cambio de que me sacara de allí. Él miró hacia el vacío y sin sentirse afectado, me dijo.

- ¿De aquí? ¡Pero si no hay nada!

Y luego con la seriedad más absoluta dibujada en su semblante, me preguntó.

- Dime… ¿Qué viniste a buscar?

Mi respuesta fue una mirada de pánico y desconcierto total.

La cuestión es que Iván era un hombre forjado con el carácter y la estirpe de los héroes. Era el tipo con menos miedo que haya conocido jamás. Practicaba toda clase de deportes de alto riesgo con una naturalidad pasmosa. Mientras te veías a ti mismo y a los demás tensos por el miedo minutos antes de saltar de un avión a tres mil metros de altura, lo descubrías a tu lado leyendo; eso, cuando no te estaba contando cualquier banalidad; como las lechugas podridas que había comprado en el mercado aquella misma mañana.
Iván practicaba escalada libre, saltaba en paracaídas, hacía puenting, rafting, karting, apnea, salto de trampolín olímpico de diez metros, buceo entre escualos y trabajaba en un terrario de víboras venenosas en el cual, al llevar a cabo la selección de empleados, solo se presentó él porque nadie estaba tan loco como para desear acabar revolcándose podrido tras recibir un recuerdo emponzoñado de uno de aquellos exóticos bichos letales.

Sin embargo, a pesar de todo, Iván era un ser humano averigüé en seguida. Y como todos los hombres, se caracterizaba por poseer ese instinto que nos convierte en potencialmente imbéciles y peligrosos: “El miedo.”

Iván solo le tenía miedo a una cosa, pero era un miedo cerval, un miedo que le hacía ser un hombre sin amigos. Bueno, con apenas uno: Me tenía a mí. El día en que descubrí su pavor por primera vez lo encontré vulnerable, desvalido, y sentí dolor y apego por él. Porque su miedo era el peor que pueda sentir un hombre; le tenía miedo al AMOR.
Naturalmente aquella novia que prometí ayudarle a recuperar resultó irrecuperable; él mismo la dejó desahuciada. Hablé con ella y me comentó que estaba loco, pues días antes la había hecho saltar desde un puente borracha. Por otro lado me pareció algo engreída y me sentí confortado de que la cosa no hubiera prosperado. Pero a partir de ahí iba a presenciar un lento suplicio que nunca pensé que un hombre pueda padecer, y lo vi sufrir como nunca.

El caso es que al héroe le encantaban las mujeres y se moría de deseos por tener una novia. Cabe decir que al menos, en apariencia, en principio todo empezaba bien de cara a mitigar sus anhelos. Pues el hecho de ser un hombre intrépido lo condujo a establecer ciertos récord. Unos de caída libre, otros de acrobacias, apnea, etc. Por ello le surgían numerosas admiradoras con ganas de probar el sabor de un hombre valioso y valeroso. Aunque ¿es lo mismo valioso que valeroso? El hecho es que cada semana lo veía salir con aquellas mujeres tras cualquier día de hazañas; eran auténticas preciosidades, que cualquiera querría tener para sí. Pero pasadas unas horas, invariablemente sobre las once de la noche, nunca más tarde, lo contemplaba aparecer en el chalé que ambos compartíamos en la sierra. Y cuando le preguntaba que tal le había ido, casi siempre me contestaba la misma retahíla.

- ¡Bah! A ésa solo le interesaba saber si cuando batí el récord del mundo de caída libre sentí miedo.

- ¿Y tú qué le dijiste?

- Que sí, claro. Todos tenemos miedo, ¿no?

En realidad desvelé que Iván había aprendido a decir esas palabras guiado por la inercia de los demás. Pues se le notaba a la legua su impasibilidad al pronunciarlas. En cambio, cuando abordaba el tema en concreto, sus rasgos cambiaban y exteriorizaban un actitud de él que muy pocos conocían.

- ¿Y la besaste? Dime. ¿Acabarías por besarla no?

Llegado a ese punto crucial su semblante se contraía en una mueca dolorosa y tartamudeando murmuraba.

- No… no…

Y ahí se quedaba, de piedra, encogido sobre el sofá, con la cabeza hundida entre las rodillas. Recluido en el silencio y avasallado por el terror que lo embargaba. En realidad no supe que aquello era miedo hasta la vez en que volví a insistirle sobre el amor. Empleando un tono de burla, se me ocurrió decirle.

- ¡Vamos! ¿No me digas que un hombre como tú ha sido incapaz de amar a una mujer tan preciosa como esa?

Su respuesta fue el silencio. Continuaba en su postura, con la cabeza hundida entre las rodillas. Lo miré con asombro. Entonces repetí casi gritando.

- ¿¡Que no la amaste…!?

Comenzó a balbucear algo con cierto frenesí. Escuché con atención. Como si estuviera deletreando negaba con la cabeza y repetía para sí.

- No, no, no, no y no…

Me acerqué hasta él lo agarré de los brazos y le dije.

- ¡Venga…! No me dirás que un hombretón como tú…

Se revolvió como un muñeco de goma y me soltó un latigazo en la mandíbula.

Décimas antes de recibir tuve el tiempo justo de vislumbrar sus ojos anegados en una expresión que nunca le había visto: Pavor. Y lo supe. Entendí que al hombre de hierro algo grave le ocurría: Conocía el miedo. Dejé de reírme de él y pasé a sentir compasión. Mientras, comencé a intimar con una chica me enamoré de ella y contraje matrimonio, él siguió como siempre. Viviendo en soledad, incomprendido, batiendo récord imposibles y siendo considerado un hombre extravagante, peligroso y envejecido, porque los años no pasan en balde.
Un día, recién cumplidos mis cuarenta y pico lo llamé, quedamos y fui franco con él. Le dije que a su edad – tenía un año más que yo – no podía continuar practicando deportes de alto riesgo. Me contestó con orgullo que seguía siendo el mejor (y era cierto) y que el no había nacido para ser un hombre de ciudad y si renunciara a hacer aquello se moriría de angustia. Se incorporó de la silla y me dejó plantado con el sabor de un mal café.

Se sucedieron los años y se hizo responsable: Profesor de paracaidismo. Yo solía saltar en su escuela de vez en cuando. El día en que ocurrió yo no estaba, pero alguien muy cercano a él me lo contó.
Sucedió una mañana, muy pronto, a primera hora. De hecho no había llegado nadie aún excepto el piloto e Iván. Una mujer extranjera, joven, de unos treinta y pico se presentó en la escuela y preguntó por él. Hablaron. Le dijo que su deseo era saltar desde una altura de diez mil metros. Iván le contestó que en su escuela solo se saltaba desde los tres mil, pero la chica era terca replicó que tenía dinero y al final lo convenció.
Cuando uno hace una propuesta así se supone que ya es un consumado saltador, e Iván así lo interpretó. Aunque, por una vez en su vida, su afinado celo intuitivo, falló.

El hecho es que la mujer saltó. Minutos antes, tanto el piloto como Iván ya estaban recelosos, pues la observaron demasiado nerviosa y lo supieron al verla caer desmadejada. Aquella mujer era una irresponsable y no tenía idea de cómo se debía de saltar.
De inmediato Iván se arrojó tras ella y en escasos segundos se plantó a su lado, la sujetó de las manos y de pronto se sorprendió. La chica estaba ¡riéndose! Pero no lo hacía a causa del nerviosismo ni del miedo calibró, sino de pura y simple felicidad.
En seguida estuvieron ambos mirándose atentamente – todo esto pudo oírlo por la radio el piloto y seguirlo con unos potentes prismáticos desde tierra un técnico – quien nada más llegar fue informado de la eventualidad y salió a realizar el seguimiento.

Pasado el primer minuto de contemplación, en silencio, sus semblantes fueron acercándose y de repente… se besaron. A continuación Iván le indicó a la mujer que tirara de la anilla del paracaídas. La chica lo hizo pero algo falló y no se abrió. Sin perder la tranquilidad volvió a indicarle que utilizara el de seguridad. Esta vez el paracaídas salió pero no llegó a desplegarse. Entonces, aún conociendo las graves consecuencias, Iván tomo una arriesgada decisión. Se abrazó al cuerpo de ella y al tiempo que la besaba, desplegó su paracaídas mientras con voz muy serena, le expresó lo siguiente.

- No temas cariño, estoy junto a ti. Y no hay que tener miedo porque te amo y todo va a salir bien.

Y se perdieron de vista en una zona de bosques y barrancos.

Tras una búsqueda que duró todo un día, al anochecer, sin encontrar indicios de ellos todo el mundo los daba por fallecidos.
Finalmente, muy temprano, a la madrugada del día siguiente un pastor de cabras oyó algo al otro lado de un risco. Se asomó y divisó un espectáculo asombroso. Sobre las ramas de un viejo árbol que milagrosamente crecía sobre la pared del barranco, se hallaba enganchado el paracaídas. Pendiendo sobre el vacío había una mujer y un hombre. No se habían movido durante horas pero aún permanecían abrazados, sin dejar de besarse…


José Fernández del Vallado. 2006. Arreglos 2008.



domingo, 25 de mayo de 2008

17

El trino del ruiseñor.

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Desde pequeño, Lorenzo habitó en una casa de campo, en un lugar tranquilo al que se accedía por caminos de arcilla, sin vías asfaltadas y sin apenas vehículos.

Cerca había un pueblo pequeño con comercios caseros y gente pausada, acostumbrada a la lentitud de la vida relajada y sin bullicio.
Rodeado por una naturaleza en estado puro gustaba de observar y disfrutar los sonidos y colores del silencio. La pareja de lagartos ocelados estirados como serpentinas de color que acudían a tomar el sol sobre la cantera; cuando penetraba en el hierbazal el aleteo de las perdices y faisanes susurrar en su interior igual que el abanico de las damas en el oratorio durante los días febriles de agosto; las liebres al brincar como artistas sin trapecio; las bandadas de estorninos trazando en el cielo cuadros de arena movediza; el canto del cuco al rebotar entre la brisa revolviendo la chopera. Pero sobre todo, en primavera, despertaba a las cinco de la mañana arrullado por el armónico trino del ruiseñor de su jardín.

Creció y también creció su entorno y la ciudad casi alcanzó su jardín. El hierbazal se convirtió en centro comercial, los caminos de arcilla en pistas de dos vías y dos direcciones, el pequeño pueblo pasó a ser suburbio de bloques grises nuevos de metal y hormigón, en cuanto a él comenzó a desempeñar su trabajo de barman en la ruidosa nueva Avenida de las Españas, donde los decibelios de música, los motores y claxon de los vehículos, y el discurso a grito partido eran nueva sensación. Enseguida hizo amigos con quienes acudió a conciertos de música rock, partidos de fútbol, y a festejos de cientos de comensales, así entró a formar parte de la vida moderna.

Ahora, rodeado por una fauna en estado puro de agresión y frenesí, gustaba de participar y disfrutar de los ruidos y colores de la bronca y el barullo. La pareja de gays que danzaban acicalados como serpentinas de color en el pub “La Cantera;” o cuando penetraba en el local “El Hierbazal” el aleteo de los brazos y la voz de las lesbianas y extranjeras pitar en su interior igual que el acoplamiento de una guitarra eléctrica mal sintonizada; las chicas enloquecidas sin cesar de brincar como fieras sin trapecio; las pandillas de pendejos repartiendo palizas contra gente peor tratada que sacos de arena movediza; o presenciar la película de “Alguien voló sobre el nido del cuco” a las tres de la mañana con el estómago revuelto.


Pero sobre todo, en primavera, despertarse a las cinco de la mañana y escuchar cada vez más lejano el precioso trino del ruiseñor que todavía cantaba en su jardín. Hasta que cierto día, tras acudir al doctor, averiguar que debido a su progresiva pérdida de audición en apenas meses volvería a introducirse en su mundo del silencio, donde descubrió con pavor, dejaría de escuchar un sonido por el cual merecía la pena vivir; el añorado trino del ruiseñor...

José Fernández del Vallado. Josef. 2008.

jueves, 15 de mayo de 2008

31

¿Mi nombre?

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¿Mi nombre? Apenas importa. ¿Mi trabajo…? Sobre mi empleo diré que llevaba meses colocado de camarero en un restaurante de “Alta Cocina Francesa,” en un lugar de la costa española, donde ponían como requisito para entrar saber algo de francés y de inglés. Pero yo fui listo y atrevido y los engañé. Les dije las cuatro palabras que sabía de cada idioma y picaron. No pagaban mal ni bien, pero ganaba más que en cualquier lugar de tierra adentro, y sin embargo estaba hastiado. Harto de atender con un calor infernal al mismo tipo de clientes, seguido siempre de cerca por Martina la maitre del local. Una catalana que más que maitre era un auténtico sabueso con un olfato del demonio para todo, menos para intuir mi secreto.

Meses de absoluta soledad, acudiendo los días de descanso a banquetes de bodas estrafalarias donde presencié escenas dignas de la película: “El gran Restaurante” de Louis de Funes. Y de vez en cuando, si tenía suerte, alguna chica horriblemente engalanada pero hermosa, aunque con la que en la vida real jamás llegaría a sintonizar, me sacaba a bailar borracha. Los jefes relajados, con el trabajo cumplido, me sonreían y dedicaban una serie de halagos que sabía solo irían a parar a un saco roto; pues no era más que eso: un vulgar “extra,” y un extra en una sociedad capitalista es nada. Sí, ni tan siquiera alcanzaba la calidad de simple “lameculos,” aunque suene así, tan mal.

Mientras, la temporada estival iba calentándose, cada vez había más trabajo. Lo cual equivalía a más regresos al piso agotado y con las manos vacías después de noches saturadas de estridente sonido de vajilla, fogones despidiendo el olor acre de la carne al asarse, o el penetrante sabor de las sardinas a la brasa, y de últimas, sesión de equilibrismo con bandejas y manos pringosas tras servir mil marcas de licores, risas tontas y cansancio. Y el tono de las conversaciones, unas veces sin juicio, otras estúpidas o sólo aburridas, de hombres huecos que derrochaban millones sin sentido. Y siempre aquellos semblantes gruesos, pálidos, oscuros, amarillos, verdosos, rancios, afilados, pérfidos, indolentes, abotargados, ávidos, crueles, inocentes, entre los que destacaba el de alguna cliente, la cliente por excelencia, con la que soñabas durante la hora larga que permanecía en el local para luego verla marchar imponente, deseándola para toda la vida cuando solo había sido o estado un momento en tu imaginación.

Otra vez, otra jornada de vuelta a tu piso. Octavo piso de una avenida junto al mar. La luna ya salió y se marchó. Estás sentado a oscuras, deseas dormir pero sabes que mañana será igual. Los cocineros franceses te han dicho: “En el pueblo de al lado hay fiestas ¿Vamos?” Les dijiste que no, siempre dices que no, no sabes por qué rechazas a la gente.

- Oye.
- ¿Qué?
- Sabes… Debes hacer algo para cambiar. ¡¡Vamos, sal ya!!”

Sales. Tomas el vehículo y llegas hasta el pueblo en cuestión. Aparcas y vas directo al mogollón. Allí está la plaza con el toro “embolado” en el centro. Te detienes junto a las barandas y lo miras estupefacto, el animal está asustado ¡muy asustado! Desde luego… A quién se le ocurre prenderle fuego en las astas y luego dedicarse a divertirse a su costa. ¿Es esto lo divertido? Por un momento deseas que atrape a alguien y lo voltee. Al final te cansas, te da pena mirar a alguien que sufre más que tú en esta vida.

Entras a un bar. Apenas hay nadie, están todos fuera jodiendo al animalito. Pides una cerveza luego otra. Sales abrumado. ¿De modo que esto son las fiestas? Doblas una esquina, oyes una algarabía confusa. Ves un garito del que sale luz, entras. Descubres que hay un concurso de cerveza. Te encaramas a la barra, pides una birra y te pones a observar a los participantes. La cosa no parece difícil; se trata de ver quien bebe en menos tiempo un par de litros de cerveza. Al cabo de un rato nadie consigue pasar una marca establecida. Una chica se acerca a ti sonriente y te ánima a participar, deniegas.

De pronto oyes risas, gente que aplaude. Luego alguien te dice: “¡Vete, sal de aquí campeón. Sabes, ya estas bien puesto. Has ganado jajaja!”

De nuevo las risas. Pero tú no sabes donde estás y lloras. Te encuentras llorando sentado en un portal frente a tu automóvil. Quieres irte, volver a casa. Estás solo. Pero ni tan siquiera eres capaz de atrapar tus llaves porque no sabes donde están.

De pronto alguien habla y te dice.

“Soy policía.” Y sigue “Le hemos retenido las llaves señor.” Y prosigue. “Márchese a su casa. Mañana tendrá su coche en el depósito de automóviles, cuando esté recuperado pasa a recogerlo.”

¿Recuperado? ¿Cómo? Si ya estás recuperado le dices y añades: “Solo deseo irme a casa….”

Nadie contesta. Silencio. ¿Despiertas? Todavía es de noche, pero ya puedes ver. Mas allá está la plaza, sin un alma o ¿sólo sombras borrosas? Son más de las cinco. Comprendes, los festejos debieron terminar hace tiempo. Deseas marcharte pero ¿y las llaves? ¡Claro! La poli. Ellos te las arrebataron. ¿Con qué derecho? Estás furioso. Vas hasta tu auto, compruebas que ni siquiera está cerrada la puerta, abres y tocas el claxon. Una, dos, tres, cuatro veces. El pueblo es pequeño. Al cabo de un rato surge un coche patrulla. Apurado, les comunicas lo que sucede, que deseas irte, y que ellos te retuvieron las llaves. Te dicen con seriedad que así es, pero que no las tienen allí. Entonces les explicas que tu piso está en el pueblo de al lado. Te dicen que puedes pedir un taxi. Les contestas que a esa hora no hay taxis y que si por favor te pueden acercar. Pero no parecen dispuestos. Les repites que estás bien y que desearías las llaves. En ese momento uno de ellos te las muestra y agrega que no te las darán, que no eres de fiar. De repente el otro te sujeta de los brazos y te explica como si fuera un “Mesías” que te van a esposar. Te llevarán a comisaría por resistencia a la autoridad, alegan. Forcejeas, compruebas que contra ambos no tienes nada que hacer y aparentando calma les dices: “De acuerdo. Está bien.” Aflojan. Justo en ese momento aprovechas para escabullirte a la carrera mientras te dan el alto. La cosa está clara para ti. ¡Por una estupidez no piensas ir a la cárcel! Detrás escuchas como si un vidrio se hubiera quebrado, luego la misma estridencia. Te detienes. No sabes por qué. Ahora tan sólo caminas. ¿Te sientes ya tranquilo? El hecho es que te cuesta respirar, te tanteas en el pecho, está mojado; es el asqueroso sudor, claro. Descubres tus manos pringosas, igual que cuando se empapan con el licor del sherry Oloroso, piensas, ríes y te las miras. Están rojas ¿del licor? Pero hueles y hueles a... ¿orina? Tus pantalones también están mojados. ¡Vamos! ¿Ya no controlas ni el esfínter? Entonces la ves; está delante de ti. Es la chica de la noche; la hermosa cliente te espera, ha vuelto junto a ti. Te acercas y la recibes con un hola de pasmo, y sin evitarlo tus brazos se extienden y la abrazas, la besas y la abrazas hasta que ella te dice que estaba en un coche y que esa noche cayeron por un puente y tú la miras sin dar crédito una y otra vez, y le preguntas.

- Y si estás muerta chica ¿por qué vienes a mí?

Y ella te responde:

- Vi como te fijabas en mí esta noche y tú también me gustaste.

- ¿Y..?

- Y pensé que nunca más nos veríamos… En cambio ahora sé que estaremos juntos para siempre…

Y lo supe. Supe que estaba muerto y había nacido de nuevo cuando contemplé a los “señores de la ley” dar la vuelta a mi cuerpo justo detrás de mí… Desde luego la cosa no iba a quedar así. Les iba a caer un buen palo por asesinar a un inocente borracho y encima, desarmado, ja...


José Fernández del Vallado. Josef.

lunes, 12 de mayo de 2008

29

La consulta.

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Aquella tarde, mientras aguardaba en la sala de espera de mi psiquiatra, las Navidades se acercaban de nuevo imparables y yo me preguntaba: ¿Por qué estaba allí? Qué había sucedido para que una persona en perfecto estado mental tuviera que asistir a un psiquiatra. Eché cuentas y me espanté. Llevaba acudiendo a la consulta diez años. ¡Diez! Una década y para qué, si yo era un hombre normal. De hecho me había forjado una familia, tenía un puesto de trabajo, una mujer adorable, mis mascotas Timi el perro y Candy la gata, y a las cuales Adela, mi hija de cuatro años, adoraba... Tenía todo cuanto un hombre puede desear en la vida.

Helena, la psiquiatra, me hizo pasar. Era un despacho pulcro y cuidado en una zona céntrica y cara de la ciudad. De hecho, cada sesión me costaba un riñón. ¡Uf! Me arruinaba, aquello me quemaba. Debía hacer algo y terminar con esa situación... ¿estresante? No. ¡Vamos! Si yo no estaba estresado. Ni siquiera entendía qué quería decir aquella absurda palabra.

Me invitó a sentarme mientras me ayudaba a despojarme del abrigo, hacía frío en la calle, en cambio allí dentro todo era cálido, tranquilo e incluso relajante. Se sentó donde siempre, frente a mí, en su lugar al otro lado de la mesa de cristal. Ella, siempre correcta, atenta, de hecho perfecta; sabía guardar las distancias. Sí, sabía comportarse y transmitir bienestar mediante esa mirada preciosa y aquel rostro firme y siempre... aburrido. ¿Aburrido? ¿Acaso yo la aburría? ¿Qué pensaría de mí? ¿Sería uno más en su ajustado horario de consultas? Nunca me lo había dicho y en realidad no sabía nada de ella, ni siquiera si estaba casada y tenía un marido insulso listo vago o imbécil. En cuanto a los fines de semana ¿iría de compras a los almacenes como hacía la mayoría de la gente mediocre? En cambio yo le contaba todo. Diez años dibujando con esmero los detalles más procaces bellos e insulsos de mi vida, diez años de sumisión y había olvidado el porqué estaba allí...

Me enfrenté a su mirada, me traspasaba, era capaz de hacerlo sin esfuerzo, estaba seguro. Me conocía mejor que a cualquiera de sus hijos si los tuviera ¿o los tenía? Hice un esfuerzo por mantenerme sereno y le pregunté.
- Helena. Dime. ¿Por qué estoy aquí?
No se inmutó. Moviendo los hombros, tan sólo contestó.
- Tú sabrás...
Permanecí mirándola en silencio, mientras me frotaba las manos. Estaban frías y tensas. Sobre todo tensas. Diez años y la seguía temiendo. ¿Y por qué la temía? ¿Por qué no se lo decía y acababa de una vez? “Helena te temo. Tu mirada me desconcierta y descentra por completo.” ¿Por qué en todo ese tiempo no fuimos capaces de compartir un solo café ni hicimos un esfuerzo para intentar ser amigos? Y por qué después de cada consulta tenía que dejar sobre la mesa esos ciento cincuenta papeles. ¿Por qué el dinero? ¿Por qué? ¡Exigía saberlo!
Claro... No exigí nada. En cambio, le contesté.
- No lo sé bien.
De nuevo sus ojos estaban clavados en mí. Utilizando su fascinante expresión de Madonna me dijo.
- No lo sabes, o no quieres saberlo.
El qué... ¿Qué era aquello que no quería saber? Dónde residía el misterio de mi vida, de mi pasado. Que yo supiera mi actitud como persona, como ser humano, había sido siempre intachable. Al menos mejor que la de cualquier desgraciado de... Mi mano izquierda comenzó a temblar. Con disimulo la oculté bajo mi brazo derecho. Eran ellos, los echaba de menos, los medicamentos. Para colmo no recordaba qué ración había olvidado tomar aquella mañana.
- Cuéntame... ¿Y cómo te va? Me preguntó.
Y qué... Qué contar cuando en mi vida no pasaba nunca de nada. Si era un continuo fluir del trabajo a casa y de casa al trabajo. Pero para esa clase de pregunta si estaba prevenido y llevaba respuestas preparadas. Utilicé una que tal vez sonara bien y conviniera.
- ¡Oh! Ja... Sabes. Ayer le compré un gatito a la Candy.
Permaneció mirándome inquisitiva unos segundos, sus labios esbozaron una sonrisa... ¿burlona? Y mirándome divertida, me inquirió.
- ¿Le has comprado una gatita a tu gata?
Mierda... Sin querer debía de haberme tomado el doble de ración de Orfidal y la memoria me fallaba. Sonreí nervioso y corregí.
- No... En realidad fue a mi hija. Sí, a mi hija...
- ¡Ah! ya. Y dime. ¿A cuál de tus cinco hijas se lo compraste? Me preguntó con renovados ojos de felicidad.
¿Cinco hijas? No tenía sólo... ¿una? Ya no había duda. Algún medicamento me estaba afectando, me inducía efectos contraindicados. Sin duda era culpa mía, por no leer una vez más los detalles de las posologías.
- A Adela... Sí, a Adela. Respondí, mientras hacía un esfuerzo para no gritar del miedo y la ansiedad.
Pero Helena ya se había dado cuenta. Nada pasaba inadvertido a aquellos ojos de ave rapaz ¿o de buitre?
Haciendo una mueca dolorosa, lo dijo. Preguntó exactamente lo que tenía que decir y lo que yo, retorciéndome los dedos, esperaba que dijera.
- ¿Necesitas que te extienda alguna receta?
Resoplé con júbilo encubierto. Al fin se producía lo que deseaba y en realidad lo único por lo cual acudía de nuevo a la consulta. Me apresuré a responder dando los datos que estaban a mi alcance.
- Pues sí doctora, en realidad necesito que me extienda unas cuantas. Verá... Se me terminó casi todo...
- Veamos, dijo ella. Hagamos un repaso a lo que estás tomando para ver si estás debidamente reforzado. Y comenzó.
- Humm... Para estabilizar tu estado ansiolítico tomas dos pastillas de Orfidal Wyeth. Una por la mañana y otra antes de dormir. ¿Correcto?
- Sí...
- Tres grajeas de veinticinco miligramos de Topamax antes de dormir como tratamiento preventivo contra las migrañas asociadas a tu stress. ¿Correcto?
- Sí...
- Dos Frosinor de veinte miligramos después del desayuno y dos más de Deanxit para la astenia y para prevenir la depresión crónica. ¿Correcto?
- Si. Bueno... no exactamente. Tuve que añadir un par más...
- ¿Cómo? ¿Un par más? ¿Te sentías tan... mal?
Sus ojos me exploraron de forma huraña y amenazante, me puse a temblar.
- En realidad yo... No lo sé. Solo sé que tuve que añadirlas...
Pareció relajarse de pronto y me miró con aprobación. Se echó hacia atrás sobre el respaldo de su cómodo sofá y añadió.
- Bueno... No es problema. Si te van bien continúas así. Sigamos.
Para regular los estados anímicos alterados y restablecer la percepción real del mundo que te rodea tomas las ocho capsulas durante la comida de Tropargal que te prescribí. ¿Correcto?
- Si, si...
- Ah, y además te voy a recetar seroxat, un antidepresivo de nueva estructura química, cuatro pastillitas diarias. ¿Podrás? Y para tu memoria que veo te flojea vitamina B1 y B12. Por supuesto no olvides vacunarte de la gripe este año también. No te me vayas a enfermar...
Resultaba curioso pero tampoco recordé haber enfermado de nada grave jamás...

Me pasó las recetas. Las guardé con manos temblorosas. Me ayudó a ponerme el abrigo y me acompañó hasta la puerta. Esbozó una sonrisa en cierto modo prescrita y me extendió una mano distante, que ya no formaba parte de su aséptica e intachable consulta. Era Navidad, aún así ni siquiera permitió que la despidiera dándole un beso.


José Fernández del Vallado. Josef.

domingo, 4 de mayo de 2008

47

Aircangel Happy Illusion.

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Lo llamaron Air, de aire, Ángel de ángel, y Happy Illusion: Feliz ilusión.

A Aircangel Happy Illusion lo hallaron lloriqueando en las bodegas del mayor avión de línea conocido, el Airbus A 7000. Obviamente, alguna madre embarazada y solitaria lo debió de engendrar durante el transcurso de horas que la aeronave empleaba en dar la vuelta al mundo sin repostar. Y, aunque buscaron y dieron con su posible madre entre los más de siete mil pasajeros que componían el vuelo, cuando la hallaron días después, su cuerpo ya era una especie de pasta en emulsión que flotaba en las veredas del Támesis.

Aircangel Happy Ilusion fue adoptado con cariño e ilusión por la tripulación del Airbus. Creció a caballo entre múltiples aeropuertos, tales como: Barajas, Jhon fitzgerald Kennedy, Gatwik, Orly, Santiago de Chile, Xinhua, Ezeiza Ministro Pistarini, Ciudad de México, Jorge Chávez etc…
Confinado siempre en la división de carga del avión, tenía una pequeña sección que habitaba y muy pronto encontró su lugar en la nave.

Todo comenzó una tarde mañana o anochecer a la vez; puesto que el avión se desplazaba a una velocidad tal que cubría en apenas veinticuatro horas tres vueltas completas a la tierra, en tanto realizaba escalas puntuales de apenas quince minutos de demora en cada aeropuerto. Ya que todo se realizaba con una precisión y velocidad asombrosa, digna de dichos tiempos futuribles.

Aquel día la estrella era “Luciano Tabanetti,” un violinista italiano. Se hallaba en el interior del avión, en el gran salón de conciertos decorado con revestimientos de raso en rojo y una hermosa araña central de la cual pendían dos millones de lágrimas que relucían con el brillo y transparencia de cristalinos fragmentos de hielo. Alzado en una tarima, en el centro del escenario, en tanto su público consumía una opípara cena, deleitó al personal sin apenas descanso durante las horas que duró la velada, y cuando se dispuso a finalizar, observó a un chico menudo de pelo oscuro, ojos negros y profundos, brazos delgados y planos como fetuchinis, sentado en una silla junto a una columna, que sin quitarle el ojo de encima lo observaba con cara de fascinación.
Resuelto a amenizar la velada de forma original y decidido a hacer la gracia de momento, haciéndose el generoso, invitó al chico a que tomara el violín y tratara de sacar una nota.

Quienes presenciaron aquella noche dicen, que en el momento en que Aircangel Happy Ilusion entró en contacto con el violín experimentó una sacudida similar a un espasmo o calambre, que suscitó que la gente riera a carcajadas y que a su vez Luciano Tabanetti se sonrojara de complacencia con su feliz ocurrencia. Pero a continuación, y anticipándose a que el maestro se diera el gusto de impartir una clase sobre el manejo del violín, el muchacho ya lo había situado con precisión entre el hombro y la barbilla; y mucho antes de que asimismo le enseñara a situar el arco sobre las cuerdas, ya arrancaba unas primeras notas que mantuvieron en silencio abrumador el inmenso salón.

Las notas que Aircangel Happy Ilusion obtuvo del violín de Luciano Tabanetti eran, aparte de desconocidas, de un preciosismo y delicadeza tan increíbles, que a Luciano Tabanetti se le escapó de la boca el cigarrillo que se acababa de encender. Aquella melodía parecía fluir por sí sola y llenaba los espacios de una belleza y armonía jamás experimentadas con anterioridad. Aircangel prosiguió en su estado de gracia durante casi un cuarto de hora, y cuando terminó, el aplauso fue tan apabullante que Luciano Tabanetti supo de antemano que, debido a su ingenua estupidez, acababa de perder el empleo.

Viajar en el Airbus A 7000 en el que Aircangel Happy Ilusion interpretaba se convirtió en un acontecimiento vedado sólo a personalidades, millonarios, y empresarios de toda índole. Quienes, después de escuchar su música salían no solo cautivados, sino curiosamente transformados en mejores personas.

La música de Aircangel llegó a hacerse tan célebre que las multinacionales discográficas se peleaban por obtener los derechos de autor y obtener su música grabada en CD. La sorpresa: Aircangel no parecía demostrar el menor interés en grabar ni en ganar dinero, ya que como él mismo aseguró a sus paternos de la compañía, con estar allí y tocar ya era sumamente feliz. De modo que fueron ellos, la gente de la compañía, quienes finalizaron por convencerlo de que registrar su música podría ser beneficioso, no sólo para él sino para toda la humanidad.
Aircangel accedió con una condición. No saldría a grabar a tierra, la grabación habría de realizarse en directo y en el interior de la nave.

Y así fue. No obstante, cuando se hubo completado, los técnicos de sonido comprobaron con asombro que sus instrumentos de grabación no habían obtenido un solo registro. Desconcertados, al día siguiente decidieron repetir la función; finalizó con idénticos resultados.
Tras meses de estudio expertos en registros y mediciones de todo el mundo alcanzaron una conclusión. La música de Aircangel ciertamente existía, pero trascendía como si tuviera lugar en un plano diferente perceptible sólo para el sofisticado oído humano, y no así para los instrumentos de grabación que pese a sus múltiples avances, todavía estaban un paso por detrás de la naturaleza.

La vida de Aircangel continuó relajada, puesto que a una gran mayoría de personalidades no les sentaba bien aquello de que les variase su temperamento – aunque fuera para bien – y sobresaltados, lo iban dejando un poco de lado.
Aircangel contrajo matrimonio con Monica una bella mejicana que se topó en su camino a los vestuarios y lo encandiló con su mirada dulce y serena. El enlace tuvo lugar, como no, en el avión. De aquél salieron al mundo Air Fast Gonzalez y Bell Fast Gonzalez niño y niña respectivamente.

Cierto día comunicaron a Aircangel una noticia que lo entristeció. El Airbus A 7000 era ya un avión antiguo e iba a realizar sus últimas tres vueltas a la tierra.
Se encerró en su cabina y se negó a salir de ella en todo el viaje.
Entonces sucedió lo impensable. Durante el trayecto de su penúltima vuelta a la tierra el Airbus A 7000 sufrió una avería eléctrica irreparable en su único y enorme motor, y por primera vez en más de cincuenta años, el que fuera considerado como el avión más seguro del mundo, quedó fuera de control, planeando a una altura de veinte mil metros y en descenso hacia un accidente irreversible.

De los siete mil hombres que componían el pasaje sólo había paracaídas disponibles para trescientos. Todo parecía perdido cuando, surgiendo entre una multitud que descompuesta por el pánico corría hacia ninguna parte, portando el violín en sus manos, allí mismo, en el centro del salón y corazón de la nave, se situó Aircangel Happy Ilusion y comenzó a interpretar una dulce y a la vez exotérica melodía. Y tanto niños como mujeres y hombres, fascinados, se fueron sosegando, olvidaron su pavor y se acurrucaron a sus pies. En breves instantes el salón entero estuvo colmado por siete mil almas que escuchaban en silencio, con ojos encandilados, el violín de Aircangel; mientras, la melodía alcanzaba en madurez e intensidad, las notas mecidas y acariciadas por aquellas manos mágicas fluían y flotaban, se extendían por sí solas y se iban condensando en un hermoso in crescendo que envolvió a la multitud hasta conformar un solo magnífico que adquirió la intensidad de un grandioso huracán de cálido viento y provocó que muchos lloraran de regocijo y alzaran sus ojos al altísimo techo del aparato. A continuación, el sonido emitido fue un tañido musical moderado, muy moderado y moderato cantabile… precioso, sin igual, dulce y arrullador...
Pasajeros y tripulación, incluido su comandante, cayeron en un sueño envolvente y profundo y para cuando despertaron, el avión reposaba cómodamente en medio de una preciosa playa en un espléndido atardecer trópical.

Los primeros en salir parpadeando los ojos al crepúsculo de un astro escarlata que dominaba el horizonte, fueron el comandante y la tripulación. Perplejos descubrieron en la distancia una sombrilla y bajo ella perfilarse un físico ligero. Era Aircangel Happy ilusion, quien por primera vez en su vida había sido capaz de salir del avión y nada más hacerlo, parecía haber hallado un lugar en perfecta sintonía con su música, donde establecer su alma junto a la de su mujer y sus hijos para el resto de sus días. Y así sucedió.



José Fernández del Vallado. Josef. Noviembre 2007. Arreglos mayo 2008.

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