• Era un verano tórrido y Adrián, un muchacho rollizo y un poco raro, aunque servicial...

  • Se llamaba Vera. Era morena y esbelta. Sus ojos negros preservaban una timidez joven y ensombrecida...

  • Mi corazón se ha vuelto de hielo, mi espíritu es el de un luchador noqueado.

  • El rumor del viento acompaña, los rayos del sol cortan la espesura...

  • Hacía un día invernal, tan limpio y claro, que los rayos del sol en lugar de proporcionar calidez, cortaban la respiración.

  • Por las noches me arrebujo y mientras mi pulso se acelera y mi corazón palpita...

  • Recorrida la mitad de su vida, Tariq Alhamar seguía transitando en un mundo de incierta...

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lunes, 28 de enero de 2008

2

Ella... Adivinan quién es? Ella.

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1

Junto a la Casa de la Moneda

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miércoles, 23 de enero de 2008

11

Josef en Santiago de Chile

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Hola, ya estoy aquí. O allá, según se mire. saludos a todos!

jueves, 17 de enero de 2008

15

....Silencio. fin del Trayecto.

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Te pones en marcha. Dispones la mochila e inicias el primer movimiento. Llevas esperando demasiado esta circunstancia. Exactamente el intervalo de un empleo absurdo, relaciones transoceánicas que sucumben a manos de una árida e inapelable distancia, y textos publicados en editoriales que no alimentan. No, no volverás a crecer sin moverte. A veces para vivir basta con eso, no con ser un eterno e inmóvil creyente. Por fin encuentras un lugar. El aire sólo huele a madera y la brisa, aunque hoy no sople precisamente del sur, es favorable. Pues impulsa y estimula con suavidad en la espalda. Por el reverso se inyectan algunas de las noticias más agrias; en cambio, uno las expele y depura por las yemas de los dedos. Al teclear con suavidad sutiles notas matizadas de música y tinturas internacionales. Al devolver la armonía a ese griterío altoparlante en que se ha convertido el discurso de las naciones y tal vez de nuestras vidas.

Hay una roca – tranquila – en la montaña. Siempre estuvo así, serena, imperturbable. Acudes a sentarte en los ratos en que deseas aprender del silencio. Es bueno cultivarse junto a el. A veces uno grita, pero al hacerlo por dentro ya es sólo silencio y no violencia descarriada. A veces uno gime, pero si permanece en silencio, no encontrará motivos que le den lugar a proseguir haciéndolo.

No hay que confundir silencio y soledad. La soledad es un estado de angustia, desamparo e incomprensión… El silencio, en el peor de los casos, manifiesta desdén o menosprecio. Aunque esa clase de silencio suela dejarse oír como un murmullo y llegué a inducir un martilleo doloroso.

El silencio que uno estima es un silencio pedagógico. Ayuda a reconstituirse, a meditar con claridad por qué está de nuevo sobre la roca mundana; o por qué la brisa es del norte cuando debería ser del sur; o por qué el invierno es largo y duro; o por qué nació en el círculo polar ártico y no en el antártico. O por qué la mayoría de sus amigos son letras: Arial, Garamond, Gerorgia, Times Roman... Y por qué se deja de creer en este mundo tan pronto. Y sobre todo ¿por qué, pese a llevar horas firmemente asentado, la piedra continúa estando fría y se hace de noche y uno sigue sin encontrar la luz?

Te incorporas, continúas el camino. Al fin y al cabo la vida es una eterna búsqueda de soluciones que en el mejor de los casos nunca se hallarán. Porque encontrarlas tal vez pueda acarrear disgustos innecesarios. De modo que lo mejor es dejarse llevar. Abandonarse a las gélidas e incomprensibles corrientes del norte, pues serán ellas, quienes meciéndote como una pluma te transportarán hasta las suaves brisas sureñas, quienes de forma agradable y sin darte una tregua de desidia, te alzarán para depositarte sobre un refulgente y preclaro manto de constelaciones en el más absoluto silencio… Fin del trayecto.


José Fernández del Vallado. Josef.

El autor de este blog se permite el lujo de tomarse unos días de retiro. Se marcha para hacer realidad algunos sueños pendientes. Y en el camino, nacerán nuevos más…

Volveré recargado. Infinitas agracias a todos aquellos que me visitáis y… ¡lo sé! ¡Os debo un montón de visitas! Descuidad. Cuando cambie de pilas, nada más de energía (seguiré siendo el mismo) vendré y no dejaré piedra sobre piedra sin remover. En el mejor de los sentidos, ¡por supuesto!


¡¡¡Besos y abrazos!!!


José Fernández del vallado. Enero 2008.



viernes, 11 de enero de 2008

14

En tus sueños, el amor…

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Habita refugios irreconocibles
se afana sin honorarios,
obtiene premios sin laurel
se sueña pero no se palpa…

Dona tesoros inexistentes.
Escribe historias,
escapan a la memoria
las noches turbias de insomnio.

Escribe porque detesta llorar
y llora porque no sabe escribir.
Persigue a su sombra cuando se oculta del sol
pero hace feliz al crear rayos de luz…

Camina en un mundo complejo
no más que los laberintos de las mentes.
Camina por trayectos imprecisos
los límites los dicta la conciencia.

Suele calentar como fuego,
un solo roce te puede abrasar.
Adora a quien lo ama y a quien no,
también es capaz.

Existen quienes lo envuelven y abrazan
y otros no lo alcanzan a palpar…
Existe una realidad inexistente
y otra que lo ahoga en su verdad.

Existe dulzura tras su dureza
fortuna y fatalidad,
deseos antes que inapetencias
sinceridad antes y después de su hipocresía.

Es de materia dulce el fluido que atrapa
en sus sueños.
Son una ilusión sus brazos al estrechar
bocanadas de aire junto al mar...



José Fernández del Vallado. Josef. 11 enero 2008.

jueves, 10 de enero de 2008

8

El balcón

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Me asomé, abrí la boca y por el balcón de la casa proclamé a los cuatro vientos que había aprobado, pero nadie me creyó...
En el mismo balcón durante la época de la invasión, sembré la diminuta cosecha de patatas. Mis hermanos y vecinos me lo agradecieron con discretas palabras de aprobación.

También allí medité las mejores estrategias de ataque y repliegue, y en las jornadas de tregua, organicé excelentes festejos. Y luego, el día en que mi padre murió, mantuve la boca cerrada durante el velorio que se celebró.

En uno de aquellos festejos conocí a la que luego fue mi mujer, y de pronto y sin saber bien por qué, una encarnizada y absurda discordia arruinó nuestra relación.

Cierto día, el enemigo sospechó de mí y como el balcón les parecía un sitio seguro, allí me encerraron. Luché durante meses mientras trataba de matar el tiempo en soledad. Recorrí un millón de veces sus cinco metros de anchura; primero caminaba de lado a lado, luego iba en cuclillas y después haciendo el pino. Conté y reconté sus baldosas y baldosines. Recé oraciones que creía olvidadas de la infancia, y comencé a balbucear palabras extrañas, surgían de mi boca como abscesos insolentes. Día tras día fui torturado y sometido finalmente hablé. ¿Que otro remedio quedaba?
Luego, con la boca entreabierta en una mueca de dolor, escuché las ejecuciones en la plaza.
El sistema cambió pero seguí sin salir del balcón, pues alguien dictaminó que yo era un hombre difícil y por lo tanto, peligroso.
Me proporcionaron libros y estudié durante años tres materias al tiempo. Y el día en que proclamé haber aprobado, allá abajo, en la oscuridad de la noche, solo un perro ladró al tiempo que mi celador aplaudía sonriente y me ofrecía un mugriento cigarro.
Y que otra cosa pude hacer, sino gemir como un condenado, como el condenado que era, mientras aceptaba el cigarro como el premio mayor de mi vida…

José Fernández del Vallado. Josef. 2008.

sábado, 5 de enero de 2008

16

Lisboa… Hoy.

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Veintinueve de diciembre, Lisboa.
¿Ella? No está...

Quedan…
pasajes que arden de frío
ahogados en confusión difusa e insólita.
Empedrados centenarios y húmedos,
ingratos para el ene/a/migo/ español.

Treinta de diciembre, Lisboa.
Ella… estuvo.

Sirenas proclaman en la neblina
su oscuridad pálida y rompible.
Buques perdidos navegan sus calles.
Tranvías sin parada ni rutina,
esculturas con miradas de ónice
versos encajados en mármol de Carrada…

Sonrisas sin resuello
candores enterrados
ornamentos inconclusos
Se mascan añejas las saudades...

Treinta y uno de diciembre, Lisboa.
Cual fotografía convulsa y desgastada.
¿Ella? Tal vez en Fortaleza o la misma fortaleza…

Vuelo hacia donde una vez
hallé su esencia analizada
en versos indagantes de retorcida brillantez.
Mi mirada, vacía,
mi corazón silencioso.
No encuentra eco en resonancias
sin estigma
que rebotan con injuria
y lujuria de mi memoria
a la del mismo Américo Vespucio.

Uno de Enero, Lisboa, hoy.
Dónde queda el ayer...
si tal vez nunca existió.

José Fernández del Vallado. Josef. 5 enero 2007.

jueves, 27 de diciembre de 2007

28

Estela vestida de azul...

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Llego a clase por las mañanas y ya está en su sitio: Estela vestida de azul...

Distingo su silueta, le sonrío, aunque ella nunca se fija en mí y ni siquiera me observa. Me siento justo tras ella, aspiro su fragante perfume mientras adivino su perfil fino y ajustado dentro de su prenda.
A veces alargo una mano y con disimulo rozo su espalda durante breves instantes, ella no se da cuenta, y mi materia se estremece del placer.

La profesora nos invita a leer ciertas veces en alto párrafos de Cervantes y otras de García Lorca. Interpretados por la tenue, inaccesible voz de Estela, los versos del poeta asesinado apenas suenan audibles, pero no son sólo hermosos, sino intensos, y exhalan esencias a libertad y a promesa.

A Estela se le cae un objeto del pupitre: un lápiz, el bolígrafo, el sacapuntas; yo acudo a recogérselo y se lo deposito de nuevo en su lugar. Suelo hacerlo antes de que ella se aperciba, pues no merezco que me dé las gracias ya que para mí tenerla ahí, tan cerca de mi existencia, ya es un enorme regalo.

Vuelvo los atardeceres y ya está en su sitio: Estela vestida de azul…

Admiro su difusa figura y sonrío. De improviso abandona su aspecto de sombra absorbida en la opacidad, parece advertirme, y sonríe también. Es en ese momento cuando en mi percepción sus contornos cobran vida; sus ojos se tornan de diáfano cristal azulado; sus labios palpitan como anémonas carnosas y sonrosadas; sus mejillas se impregnan de escarlata, sus manos pálidas, suaves, recorridas por arterias azulinas que discurren cual frágiles ríos sinuosos, se alargan en un intento de tocarme y entonces la veo como siempre la sueño: "Estela vestida de azul." Y nos falta un tris para encontrarnos. Sé que la amo y ella también a mí. La imagino tan bella… Todo en ella me impresiona. La deseo, quiero besarla, sé que no hay nada en el mundo igual a un beso suyo. ¡Y ella está delante de mí!:
Estela vestida de azul…

La profesora deposita el libro sobre la mesa sin hacer ruido; porque en mi vida no existe el sonido y el mundo puede ser un lugar muy silencioso. Pero hoy mi corazón está alegre y canta muy alto, lástima que ni ella ni nadie puedan oírlo.

Nosotros lo palpamos, lo abrimos, colocamos los dedos sobre las páginas en relieve de Braille y comenzamos a descubrir los fascinantes conceptos de Neruda. Mientras, ante mí, no ceso de entrever admirado el radiante halo que exhala el contorno de Estela vestida de azul…


Dedicado a los invidentes y sordomudos de este mundo. Quienes pese a sus carencias y precisamente, debido a ellas, alcanzan límites de sensibilidad que nosotros nunca podremos inventar o tan siquiera imaginar...

José Fernández del Vallado.Josef.2007.

viernes, 21 de diciembre de 2007

37

Sergio.

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Sergio era un chico menudo, el más bajito de la clase tal vez. Sus brazos frágiles como palillos de dientes y su tez blanquecina, contrastaban con su cabellera negra y brillante, como la de un can de pura raza. De andares humildes, pasaba desapercibido para cualquier ser normal. Pues caminaba siempre con la cabeza inclinada y los ojos… aquellos ojos negros y vivaces de ave rapaz, anclados al suelo.
Conocí a Sergio – aunque realmente dudo llegara a conocerlo nunca – cuando solo tenía catorce años. Las raras veces que se soltaba a hablar, con una convicción alarmante que a mí me intranquilizaba porque no entendía ni estaba preparado para semejante audacia, él confesaba lo qué iba a ser de mayor.

“Seré abogado de penales.”

Manifestaba, con una seguridad tan apabullante, que yo jamás me atreví a poner en duda.

Aquel verano fue cálido en la meseta septentrional de Castilla. Mis padres decidieron alquilar un chalé en un pueblo solitario y aburrido. Al menos en lo que a mí concernía, siendo un chico joven y con inquietudes. Sin embargo, para ellos escapar de la ciudad, supongo, debió ser una delicia.
Me agobiaba. Los días se sucedían calcados unos a otros, de tal forma creí morir de aburrimiento.
Hasta que un día recibí la sorpresa. Me avisó mi madre. Era una llamada de un tal Sergio, me dijo. No pude dar crédito cuando oí su voz al otro lado del cable. Y más cuando me aseguró estar cerca, muy cerca; a apenas quince kilómetros, en un pueblo donde casualmente también veraneaba su familia.
Entonces me enteré de lo del empleo de su padre. Era algo importante en la “RENFE” y para venir a visitarme, apenas le costaba el billete del tren de cercanías.
De tal forma las expectativas de aquel verano aburrido dieron un giro de noventa grados.

Sergio venía a verme a diario, y por unas breves, aunque aleccionadoras y entretenidas semanas, llegamos a convertirnos en uña y carne. Él no varió un ápice su forma de ser, en cambio yo aprendí a disfrutar con sus largos silencios mientras, por ejemplo, observábamos evolucionar a una mantis y nos instruíamos en sus terribles métodos de caza. Durante los días de letargo y más inclemente bochorno del verano, nos rociábamos con el agua helada de la manguera del jardín entre risas y exclamaciones; exploramos la vieja casona abandonada y ocultos en su frondoso jardín nuestra imaginación dio forma a bellas damas, fantasmas y extraterrestres.
Dirimimos por Natalia, la chica guapa del pueblo, quien a veces fue nuestra compañera y nos instruyó cómo había que besar.
Ciertos días en que él se quedó a dormir en casa, acurrucados ante una puesta de sol, entre toses y arcadas sin desenfreno, me enseñó a tragar el humo de mis primeros cigarrillos, y más tarde, en la oscuridad silenciosa de la noche, inició a mis sentidos a embelesarse con la brillante y dulce sonata de los grillos. Y ya, en la habitación instantes antes de acostarnos, a bajo volumen, pinchaba en el tocadiscos lo que el consideraba su joya: el Tubular Bells de Mike Olfield. Escuchando y soñando su música nos dormimos tantas veces...

Y así fue como, sin ser consciente, llegué a quererlo admirarlo y protegerlo como al hermano que no tuve; porque, pese a ser débil como una pluma, resultaba tan valioso o más que un tesoro.

Recuerdo la primera mañana que lo esperé en la estación y no apareció. Al volver a casa lloraba de rabia. Me encerré en mi habitación sin querer hablar con mis padres.
Al día siguiente tampoco llamó. Me dio igual, acudí a la estación por si se trataba de una de sus bromas excéntricas.
Lo estuve aguardando toda una semana. Iba por las mañanas y esperaba un par de horas sentado en un banco viendo pasar trenes.
El primer lunes, transcurrida la primera semana, me llamaron. Por fin, estaba seguro ¡sólo podía ser él!
Escuché una voz tan parecida… aunque no era la suya. Dijo ser su hermano mayor. Entonces me contó lo del accidente del tren y colgó.

Volví a encerrarme en mi habitación y ya no salí de allí hasta casi el final del verano. Cuando lo hice ya era el penúltimo día de estancia en el pueblo. Sin que mis padres tuvieran conocimiento, lo primero que hice, fue regresar a la estación a esperar. Aguardé durante horas sentado hasta que me quedé en duermevela. Entonces vi llegar un tren. Se detuvo pero no salió nadie. Volvió a arrancar y de pronto, en una de sus ventanillas, lo vi. ¡Allí estaba Sergio asomado! Entre sus frágiles manos tenía un pañuelo blanco y sonreía al agitarlo, se despedía y decía:

“¡Recuerda bien esto y que no se te olvide! Cuando sea mayor seré abogado de penales. Nos veremos, pronto, muy pronto….”

Abrí los ojos, y por primera vez en muchos días me sentí tranquilo y relajado. Salí del hangar de la estación y me sorprendió un día soleado, en el cual antes ni siquiera había reparado. Y, además, ya eran más de las dos de la tarde. Volví corriendo a comer a mi casa...


¡FELIZ NAVIDAD A TODOS LOS QUE VISITÁIS ESTE BLOG!


José Fernández del Vallado. 2007

jueves, 20 de diciembre de 2007

8

Reflexiones sin refracción.

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Los rincones de la casa son dobleces de intrincada simetría. Busco localizar amaneceres en los que reflejar la doble helicoidal de una filosofía desahuciada a través de una eternidad en declive no cueste excesivo trabajo.
Reflexiono - ¿qué soy?- Cuando no merecí existir más que quien aún no existió y nunca existirá...
Pero estoy. Cuando apenas discerní por completo su significado, ya que ni siquiera se qué representan las terminologías axiomáticas: “Estar y aquí.”

Me miró sin ver mi realidad cada mañana. El espejo desgastó mi imagen y la transformó en fortuita a base de refractarla. Recorro espacios inventados en un hogar que creía conocer y me resulta desconocido cada, hora, minuto y segundo...
Me basta girar el juicio una fracción decimal negativa y cambia el panorama. ¿Para qué necesito ir más lejos? Cuando puedo estar cerca o a décadas de distancia con apenas mover un dedo la mente.

Trato de sorprender por su reverso al amor. ¿Cómo es el amor si lo sorprendes por el envés? ¿Puedes atrapar al amor y hacerlo tu prisionero? Apresar una circunstancia. ¿Es el amor circunstancia designio o fatalidad? ¿Hay amor en mi hogar en mí o en la vida, o todo es una farsa para sobrevivir al paso de un tiempo inexistente? “Sabemos” que hay “tiempo” porque decidimos medirlo o porque lo sentimos. Pero... ¿es posible sentir? O es una ocurrencia que se nos escurre... ¿Existen los sentimientos? O tan sólo es una palabra. Siento miedo porque me enseñaron a copiar qué es el miedo, siento alegría porque la copié... ¿o estaba ya dentro de mí?
Afuera está la calle, yo estoy dentro. Sin embargo no necesito estar dentro para descubrir si vivo fuera o dentro de la vida. ¿Estoy dentro de la vida o fuera? ¿Dónde están los límites? ¿Estuve vivo antes de vivir...?
Mañana entrará un nuevo día. ¿Y por qué hoy no es ya el mañana? ¿Acaso no podemos estar dentro de o fuera de cuando lo deseemos...?

¡Hasta pronto!

José Fernández del Vallado. Josef. 2007

lunes, 17 de diciembre de 2007

13

Búsqueda.

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Trato de conciliar mis buenos sentimientos con los malos.
Todos los días desayuno en un centro comercial pequeñito y apartado de una población llamada “Pozuelo,” en un bar que llevan unos filipinos, y veo como trabajan sin dar otro descanso a su mente u otro alimento mejor y de más categoría, que la pobre y banal ración de especular sobre cuántos cafés servirán, o cuántas hamburguesas prepararán, o a cuánto ascenderá la caja.
En otros tiempos dirigí un restaurante y sé que piensan de esa forma, porque yo discurría de manera similar: Cuántas reservas tendría, comidas daría y caja haría…

Hoy día ese tipo de reflexión ya no colma mi existencia ni me resulta suficiente, pues ni tan siquiera alivia en un ápice mis sentimientos inquietos y preocupados por saber más de... ¿todo?

Me doy cuenta de que he alcanzado una edad que podríamos calificar de seria (no se rían o háganlo, da igual) ya que nunca pensé que al hallarme en los cuarenta y tantos años, mi mente iba a embarcarse en una búsqueda que le diera, si no más sentido, sí más consistencia a mi vida. Lo confieso. Dejé un trabajo que todo el mundo aseguraba era genial. Pero yo me revolvía con desespero miraba una y otra vez arriba, abajo, para los lados, y solo veía paredes vacías, cabezas socavadas, y escuchaba conversaciones muertas sobre unas máquinas que no me importan un bledo, para al final recibir una mísera paga que en comparación con las ocho horas de extenuación sin sentido que soportaba, no colmaban mi tiempo.

Yo, al contrario que unos cuantos de vosotros, quienes sabéis casi enseguida – al tercer día de nacer – algo como por ejemplo, que vais a casaros y a tener chupetones, todavía no sé qué es lo que busco en este mundo.

Hace poco creí que tal vez una familia me situaría dentro del estatus social y sería reconocido como un tipo ¿normal? o quizá ¿vulgar? Hoy vuelvo a dudar; a caminar sobre la cuerda floja, dicen, quienes creen conocerme. Y tal vez tengan razón. Pero si lo hago es porque siento que eso es lo que deseo en la vida: luchar por la continuidad de mi existencia, mientras me debato allá arriba. No. Vivir para el trabajo se acabó para siempre. Por eso habito al mínimo de exigencias, y en realidad necesito muy poco para conformarme.

Ahora, con el dinero que he ahorrado, he decidido salir de mi tierra y viajar. Al fin y al cabo, lo reconozco, puedo hacer algo que muchos no pueden o no podéis permitiros; disfrutar de mi entera libertad.

En dos meses o menos saldré a la vida y formaré parte de ella. Me mezclaré con toda clase de gente, me arriesgaré disputar los peligros de la vida del errante, y veré como es este jodido mundo fuera de las pantallas de la televisión. Al fin y al cabo, no quiero irme sin antes haberme dado un garbeo por ahí… Pero eso sí, no desde la posición del turista. Ésos no ven ni conocen nada de un pueblo, sino mezclándome con la gente, y siendo uno más. Al fin y al cabo, así es como he viajado siempre. Así recorrí el norte de África y conocí a los enemigos – menuda ironía – de los occidentales. Viajé por Francia, Portugal e Italia…
Aprenderé de la vida cuanto ella quiera darme y tal vez en alguno de esos rincones perdidos de la tierra, encuentre el lugar idóneo donde recostarme a tomar el sol para siempre.

Un saludo. ¡Felices Fiestas!


José Fernández del Vallado. Josef. 2007

jueves, 13 de diciembre de 2007

14

Corazonada.

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Había coches en los semáforos y la calle estaba saturada de sombreros grises que sonreían. Podía sentir la sensación mientras me abría paso entre la multitud, la Navidad había llegado y aún así faltaba algo ¿pero qué? Llegué a mi casa, fui al ordenador y con el programa Search de Google abrí una ventana sin encontrarlo. Salí, me senté en el sofá y sin pensar encendí el televisor sin programación y me quedé contemplándolo. Los puntitos no paraban de agitarse como si tuvieran vida. Surgían desaparecían, se perseguían. No me hizo falta seguir, lo supe. Estaba nevando...

José Fernández del Vallado. josef. 2007.

domingo, 9 de diciembre de 2007

26

Volvíamos de África.

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Volvíamos de África tras recorrer tortuosos paisajes en Marruecos y Mauritania.
Desafiando peligros inadvertidos recorrimos el perfil de las montañas del Atlas, donde antaño habitaron leones de espesas melenas oscuras, los más hermosos y fieros del mundo, hoy, dicen ya, extintos.

Y visitar suntuosos palacios deslumbrados de promesas y de hechizos, pertenecientes a dinastías tan antiguas o más que las europeas; y compartir te de menta junto a hombres de aspecto reflexivo, mientras nos dejábamos seducir con sus imaginativas promesas inexistentes; y disfrutar del relax de los baños turcos; y adentrarnos en fiestas de libro de las mil y una noches, sintiéndonos vigilados por ojos ocultos tras delicados velos de raso; y continuar día a día un camino no apto para seres humanos, sudar blasfemias, en tanto tratábamos de reparar cualquiera de las múltiples averías del auto; descubrir las mortales cobras o encontrarnos inmersos en una plaga de langostas en el grandioso desierto del Sahára, lugar con lunas de hielo y días brillantes de sofoco agotador.
Pero sobre todo aprendimos a reconocer la nobleza del alma del pueblo bereber, cuando fuimos invitados a sus hogares y en sus poblados todavía sin luz eléctrica.

Volvíamos con los deberes aprendidos, o así lo creímos al menos. Tan sólo nos restaba afrontar las rebeldes aguas del estrecho. Pero hasta aquella noche en realidad nunca las vimos hervir.
Al embarcar en el Ferry que nos llevaría de vuelta a España nuestro deseo se sintetizaba en beber una cerveza bien fría, algo que no habíamos hecho en un mes.
Entramos en el bar. Unos japoneses se disponían a cenar. Soplaba un enérgico vendaval, el mar estaba convulso y sospeché lo que les iba a ocurrir.
El barco zarpó y nada más dejar atrás los diques protectores de puerto, aquello comenzó a parecerse a una noria sin freno. Nuestras cervezas danzaban de un extremo a otro de la mesa, y olas violentas comenzaron a barrer la cubierta. Los confiados japoneses ofreciendo un espectáculo patético, comenzaron a vomitar y al final desaparecieron dejando la mesa en estado de abandono.
Mientras tanto, acostumbrados a aquellos duros vaivenes, un par de marinos echaban una partida de naipes.
Mis amigos se encontraron mal y aligeraron. Finalmente, de madrugada, el Ferry atracó en puerto español. Conduje yo. Cruzamos la aduana sin problemas.

Aún lo recuerdo como si fuera hoy. La noche era oscura y sin luna. Una fina lluvia que brotaba de la oscuridad barría la calzada mientras que el vendaval no cesaba de airear con ímpetu. En a carretera ni un automóvil, ni una luz, ni un ser vivo, excepto nosotros.
Sucedió al entrar a una curva a derechas no demasiado pronunciada pero sí muy amplia, el coche comenzó a deslizarse y pude percibir como flotábamos; e igual que si navegáramos sobre un colchón de agua, comenzamos a girar sobre la calzada. Viramos una, dos, tres, cuatro veces en redondo durante casi cinco segundos, y de forma automática, volvimos a detenernos.
Durante un rato imperó un silencio sepulcral en el interior, en el cual tratamos de reencontrarnos en la penumbra, y preguntarnos unos a otros qué había sucedido. Entonces y solo entonces nos asomamos a las ventanillas y con espanto lo vimos. Habíamos realizado aquellas terribles piruetas al borde mismo de un acantilado que caía a pico sobre el mar y sobre el cual nos habíamos detenido…
Por fortuna no había tráfico, y de haberlo habido sólo Dios sabe qué habría sucedido.
A continuación arranqué y conduje hasta que unos kilómetros más adelante tuve que hacer una parada en un área de descanso, pues de pronto comencé a sentirme mal. Ellos tampoco estaban bien, pero yo me sentía responsable. Ahora sé lo que tenía: ¡Era pánico! Me atacó de una forma tan fuerte que después ya no pude recuperarme y conducir en toda la noche. Tuvieron que hacerlo mis compañeros y amigos.

Hoy sigo aquí y puedo contarlo. Así es la vida. Una lotería en la que igual te sale: “Sigue viviendo” o la eterna papeleta: “Muerte irreversible…”


José Fernández del Vallado. Josef. 2007.

lunes, 3 de diciembre de 2007

23

El perfíl de nuestra generación.

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Me da miedo el perfil de nuestra generación inventada a base de pilas de litio, coca cola soda y whisky cutty shark con limón. Me dan miedo los amaneceres turbulentos en los que ves discurrir nubarrones grises más rápido que los propios pensamientos. Me da miedo mirarme en el espejo de la vida y no descubrir mi identidad. Vivo con miedo a vivir porque el miedo se introdujo en el porqué de mi vida cuando por simple descuido lo dejé infiltrarse en mí interior. Duermo estirado como un palo de yeso que suda, camino acurrucado como una tortuga en su caparazón, no me gusta el granizo cuando golpea en la uralita del tejado y menos los rayos del sol que causan costras en mi piel. Soy de cartón piedra y me desintegro con el sonido que produce la vida a cientos de decibelios.

Solía ir a ver a Rudy al chalé en donde la tenían. Estaba siempre en el mismo lugar; los ojos abiertos, la mirada diáfana, cristalina, con la expresión impertérrita desde el día en que el accidente la hizo enmudecer.

Me sentaba a su lado y si había suerte y el firmamento se invertía en constelación contábamos las estrellas anaranjadas sobre su oscuridad palpitante. Decían que su corazón había muerto volviéndose frío como el acero y no era cierto, pues una vez al año, el día de los Santos Inocentes, recordaba la broma que Felipe le jugó en la noria al bajarse de ella en marcha y dejarla arriba llorando y lloraba, pero de felicidad.

Felipe se marchó a la guerra. La que perdió la humanidad contra los hombres. Allí murió para siempre el ser más grandioso y pesado del mundo, con sus ciento treinta y cinco kilos de masa y metro noventa de estatura. Ardió como un coloso en llamas entre pilas de archivos, cuando las bombas sentimentales le resquebrajaron el alma.

Dicen que desde entonces Rudy es incapaz de amar, de hablar de caminar... ni tan siquiera de percibir los colores y menos, claro está, los olores. Y allí permanece, sobre su silla de ruedas de tracción mecánica, en la terraza donde la tienen, siempre en el mismo lugar desde el día del accidente.






Lo sabemos; la vida nos lo arrancó todo; promesas, deseos, anhelos, ilusiones y sobre todo cariño, pero acabamos de descubrir que, aunque en pequeñas dosis y frágil, tenemos algo precioso; es todo lo que nos queda, nadie podrá arrebatárnoslo. Aparece de pronto nos habla y une y aunque sepamos que la vida nos desnudó y laceró para siempre nadie lo logrará.
Me siento a su lado y si ninguno estamos demasiado dopados, cuando sabemos que nadie podrá vernos, nos miramos a los ojos en la penumbra y esbozamos una sonrisa; al menos ella lo hace mientras una de sus manos raquíticas, casi atrofiadas por la parálisis, recorre mi semblante y se posa en mi regazo. Entonces tenemos una certeza que ni siquiera las paredes vacías y grises del psiquiátrico, la mirada gélida de los celadores que nos manejan como a maniquís desmembrados, o la vasta crudeza de los despertares fríos en resquebrajada soledad matinal, serán capaces de encubrir. Quien nos visita no ha muerto y aunque no recordemos su nombre, lo sabemos, quien nos visita no ha muerto, y alivia nuestras vidas en dosis suficientes como para hacernos vislumbrar que no moriremos sin haber hecho algo grande en la vida...

José Fernández del Vallado. Josef. Diciembre 2007.

lunes, 26 de noviembre de 2007

20

Porqué estoy en guerra.

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Ayer quise escribir sobre la guerra que nunca he vivido y que nunca... ¿viviré? Una guerra que sin embargo asola a mi mundo y sin quererlo, también hoy a mis entrañas. Porque por mucho que crea o me digan que no estoy en guerra es una burda patraña. Pues sí, lo estoy...

Estoy en guerra contra una iglesia que proclama: “No mentirás”, mientras utiliza el lenguaje del doble rasero, negocia con el rico y dice ayudar al pobre, a quien ni siquiera presta una mísera porción de su cada vez más abultada fortuna, que oculta y atesora con celo en su fortaleza del Vaticano,y que utiliza tan sólo, para engrosar el caudal de altos cargos eclesiásticos.

Estoy en guerra contra los Estados que hablan de paz, de mejoras, de ayudas, de vida y de bienestar... en falso; mientras fabrican y venden armas, crean nuevas guerras, y encima ahora parecen haberse confabulado en dirigir una campaña que deje en mal lugar a las ONG (únicas asociaciones que ayudaban al tercer mundo) y casi lo están consiguiendo.

Estoy en guerra contra “las multinacionales.” Las cuales venden estabilidad económica cuando en lo que se afanan de verdad es en su particular carrera por crecer y lucrarse, en tanto esquilman y desestabilizan los recursos naturales de nuestro planeta y de las naciones en las que depredan.

Estoy en guerra contra la creencia errónea de nuestra sociedad occidental que considera correcto e ideal todo aquello que hace. Cuando no es capaz de admitir de igual a igual, con tolerancia y amplitud de visión, ideologías o culturas tan antiguas o más que la occidental, y que en lugar de compartir, asumir y aprender, erradica.

Estoy en guerra contra los vehículos y máquinas a combustión originados a partir de los hidrocarburos, pues considero que este combustible daña el sistema ecológico, y dado el nivel de tecnología alcanzado, sustituirlo por cualquier energía limpia de forma casi inmediata resultaría sencillo. Si esto no se ha llevado a cabo hasta la fecha, sólo es debido a los intereses de las multinacionales y a las naciones ricas implicadas en ello.

Estoy en guerra contra la industria farmacéutica, quien con fines de lucro y debido al elevado coste que impone a los fármacos, necesarios para salvar a millones de seres humanos, no hace sino reconducir nuestro mundo hacia un espantoso holocausto.

Estoy en contra de nuestra sociedad; pues a la vez que se pavonea de su democracia se maneja de forma dictatorial, y funda su avance en una mentira sostenida e increíble que de hecho hacen creer quienes participan directamente de ella; es decir, aquellos que están en la cúspide social. Tal teoría recibe el nombre de: “Bienestar Social,” y resulta aplicable tan sólo a ellos mismos: magnates y financieros. Mientras que el resto: funcionarios y trabajadores, vivimos sometidos a un régimen clasista y esclavista, amarrados o lo que es lo mismo estafados, mediante el compromiso del capital. Nada más sencillo que involucrarnos en la trampa del “mercantilismo a plazos” para atraparnos de por vida en un quehacer rutinario, interminable y diario, que de resultar vulnerado, de hecho, culmina considerando al sujeto como un delincuente peligroso y un vago.

Estoy en guerra contra la hipocresía de una humanidad que sigue creyéndose superior, cuando todavía no ha demostrado nada en absoluto, sino todo lo contrario. Destruye su entorno, es cruel con sus congéneres animales con quienes trata de desmarcarse y quedar por encima, y consigo mismo, mientras cava su fosa a diario. Los protocolos sobre el clima y demás hasta ahora sólo han resultado acontecer como meras pantomimas para aplacar los ánimos de quienes reclamamos acciones, y poco o nada se ha hecho cuando hace tiempo que el planeta nos advierte mediante claros síntomas, que no soporta ni podrá soportar más nuestro maltrato diario, anual, centenario y milenario.

Por último estoy en guerra contra la misma guerra y contra el egoísmo del hombre, pues mi deseo es vivir en paz. Pero... ya que de las premisas anteriormente citadas no se cumple una sola ¿será posible vivir en paz en la Tierra alguna vez? Sinceramente creo que no. De modo que permanezcan en sus cómodos sillones y aguarden el torbellino fatal de desgracias que, de no invertirse la tendencia, sufriremos en sólo unas décadas.
Por suerte “Yo no veré ese final...” ¿o si? Resulta tan fácil y egoísta expresarse de esa manera -¿verdad?- y sobre todo cuando una gran mayoría lo hacemos así. Pasamos el testigo y declaramos: “Yo no lo veré.” Pero lo cierto, y aunque nos pese, es que ya hemos empezado a vislumbrarlo. Háganse idea. Así pensamos los arrogantes seres humanos: “Yo no lo veré...” Pero ¿quiénes vienen a continuación? ¡Nuestros hijos! ¿Y es esta la herencia que les vamos a dejar...? Un “¿Yo no lo veré?”

Para que esto no sea una falacia apúntate a mi guerra... Desde ahora es ya tú guerra. Empieza la lucha hoy mismo. Si cada uno de nosotros hace otro tanto y piensa de la misma manera tal vez podamos invertir la tendencia... ¡Ahora! – “Tú sí lo verás” –
Erróneo o no, al menos es un planteamiento diferente al... - “Yo no lo veré.”-

Un saludo. Nos vemos en el siguiente capítulo de este Planeta, porque deberíamos lograr que así fuera. ¿Habrá un hasta siempre en lugar de un... jamás?

José Fernández del Vallado. Josef. Noviembre 2007.

jueves, 22 de noviembre de 2007

22

- La cita. - Relato con dos finales a elegir.

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El aeropuerto rebosaba, había mucha gente. Provenientes de lugares distantes e impensables. Tras más de veinticinco horas de viaje Emilio había llegado, finalmente estaba allí, en los confines del mundo. Esperándola, inquieto y pensativo, sin cesar de dar vueltas en el apeadero donde convinieron. Sujetaba el ramo de rosas rojas que ella misma le había solicitado entre sus manos sudorosas, mientras su corazón palpitaba deseando taladrar su débil caja torácica.

Recordaba el rostro de Ivana en el webcam: Alegre, despierto y siempre feliz. Acarreando su frágil espíritu hacia lugares de infinitos matices y posibilidades. Él era sólo uno entre millones, y sin embargo, ella lo había elegido.

Se sintió absurdo al preguntarse de pronto qué dudas podría tener y a qué su falta de fe después de casi tres años de relación intachable.

Antes era agnóstico, pero gracias a la fuerza interior que ella le fue transfiriendo, comenzó a ser buen y noble creyente. Y, últimamente, algunas respuestas se habían ido materializando y resolviendo con absoluta sencillez en su mente. ¿Si existiera vida más allá? Entonces podría gozar junto a Ivana eternamente. ¿Si existiera un Dios sabio y benevolente? Al infierno los desalmados e injustos del mundo. ¿Si el mundo sólo era el paso previo a un paraíso colmado de bondad, sabiduría y sublime belleza? Adiós a las horribles máscaras de indignidad que devastaban la tierra. Para ellos, los creyentes, sería el Paraíso.

Transcurrió más de una hora, oró plegarias a Dios, pero su móvil continuaba sin sonar, sin enviarle la respuesta que necesitaba. ¿Por qué ni siquiera una señal?

De madrugada, apenas sin vuelos, sin gente, con los guardias de seguridad observándolo con recelo, permanecía en la terminal aferrado al ramo de rosas. Los ojos acuosos, la fe medio descalabrada, los ánimos en franca caducidad.
No tenía nada de ella. Ni dirección, ni teléfono, ni siquiera un posible lugar a donde ir. Tampoco entendía un ápice del idioma de aquel lejano país.

Se le ocurrió de pronto. ¡Había una sala de internet! Con manos temblorosas se conectó y con sorpresa y a la vez desesperación, hizo el descubrimiento. Ivana no estaba en línea, pero no le importó, aguardaría. Resistió firme casi toda la noche.
A la mañana siguiente el ramo de rosas se hallaba marchito sobre la mesa del monitor, donde también reposaba la cabeza de Emilio. Abrió los ojos, un enorme desamparo se apoderó de su alma. ¿Existe una esencia en verdad, un ser que nos acompaña y ayuda en los momentos difíciles? Entonces ¿Cómo era incapaz de sentir la presencia a su lado?
Apenado, pero sabiendo que la respuesta al problema estaba en su mano, se dirigió al mostrador y adquirió un billete de vuelta.

Cuando el avión despegaba sonó el móvil y Emilio escuchó la voz. Y mientras la oía su semblante, hermoso como siempre, se dibujó radiante en su percepción y sonrió con amplitud. Esto fue lo que oyó:


1er Final.

- Amor aquí estoy, en el aeropuerto. Tal como convinimos. ¿Recuerdas? Sólo que ahora contemplo como te vas para siempre.

Y prosiguió.

- Perfecto Emilio, cumpliste. Me has demostrado tu absoluto amor y fidelidad hasta el último instante. Sólo tú podías hacerlo. Me resultaba increíble que un hombre en principio agnóstico, con un trabajo fijo, buena reputación, dinero e intereses, pudiera dejarlo todo y venir a verme al otro lado del mundo. Has dado el primer paso y con ello has puesto la primera piedra, no te desanimes. Estás en el camino de hallarme y me hallarás. Sigo esperándote, sigue buscando, soy toda tuya.

¡Te quiere! Tu amada Ivana…


2º Final.


- Amor aquí estoy, en el aeropuerto. Tal como convinimos. ¿Recuerdas? Hoy es el día. ¿Has llegado ya? ¿Dónde estás? No puedo verte…

Emilio contuvo un sobresalto. ¿Era posible que se hubiera equivocado en un día? Trató de hablar pero ella se adelantó y prosiguió.

- Bien, me alegra que hayas cumplido. Sabes... Me has demostrado tu absoluto amor y fidelidad hasta el último instante. Sólo tú podías hacerlo. Me resultaba increíble que un hombre en principio agnóstico, con trabajo fijo, buena reputación, dinero e intereses, pudiera dejarlo todo y venir a verme al otro lado del mundo. Has dado el primer paso y con ello has puesto la primera piedra, no te desanimes. Estás en el camino de hallarme y lo harás. Sigo esperándote, sigue buscando, estoy aquí en la terminal cerca, muy cerca de ti. Y por fin soy toda tuya…! ¡Te quiero..! En segundos vamos a encontrarnos… Emilio ¿Estás…?

La comunicación se interrumpió. El avión no hacía escalas. Al regresar a su país quiso conectar por internet, pero instantes antes de hacerlo, en el mismo aeropuerto, encontró a una mujer. Estaba perdida y parecía preocupada. La acompañó en su coche hasta el centro de la ciudad y como no tenía lugar donde comer fueron a un restaurante. Después siguieron hablando y pasearon durante el resto de la tarde, cenaron. Y en el transcurso de esas horas intimaron. Esa misma noche la pasó con Leticia.

A la mañana siguiente Emilio entró en un ciber, debía hablar con Ivana, pero tampoco la halló conectada. En el msn encontró el siguiente mensaje:

- Sigo esperándote. ¡Te quiero! Tu amada Ivana…

Pensó en responder, pero de pronto se encontró incapaz de hacerlo. En cambio, de forma inconsciente se dio de baja en el correo y ocultó la existencia de Ivana a Leticia. Mientras, en el fondo calmado, pensaba: Así son y serán siempre los designios del Señor: Inescrutables...


José Fernández del Vallado. 2007.

sábado, 17 de noviembre de 2007

2

El padre de la bomba atómica.

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J. Robert Oppenheimer camina por las calles de su ciudad en solitario. Es muy pronto, apenas las seis de la madrugada de una mañana invernal en el estado de Nuevo Méjico. Marcha embutido en su pelliza, las manos protegidas en gruesos guantes y el rostro impávido y pensativo, cubierto tras la bufanda. Se siente angustiado, pues ese mismo amanecer de forma inmutable, la horrible pesadilla se ha vuelto a repetir y lo acaba de despertar. Huye de la cama con un profundo malestar y temor a dejarse vencer por el sueño de nuevo y caer en la misma celada de la mente. El sueño está fresco y se reproduce de forma inevitable en su memoria:

“Se encuentra sentado en un trono de oro macizo, encumbrado en lo alto de una gigantesca colina teñida de rojo y... ¡osamentas! Su vestimenta es una túnica blanca con el símbolo nuclear impreso en su zona ventral. Sonríe, se siente orgulloso, lo ha logrado; y es plenamente consciente de su hazaña. Convertirse en el mayor criminal en serie de la historia junto a Hitler. Alza la vista a un cielo fúnebre, color gris plomo, y saluda a la formación de "Enola Gay" que sobrevuelan su tarima, camino de arrojar cien mil “Little boy” sobre otras tantas ciudades de la tierra.”

Entra en un bar, apenas hay gente; en silencio se acomoda a una mesa donde pide una botella de güisqui. A las nueve y pico sale por fin. Las mejillas sonrojadas y una sonrisa de victoria dibujada en su semblante. Por fin, lo ha superado. Entre dientes canturrea una melodía; el himno de la nación victoriosa que salvó al mundo del desastre. Camina rápido, alza los brazos al cielo, eufórico echa a correr y deja escapar un gutural alarido de triunfo que se convierte en otro de dolor y desdicha al tropezar y caer de bruces al suelo.

A la mañana siguiente de nuevo es muy pronto. En una célebre sala de congresos, sobre una tarima y con gafas para encubrir el derrame en el ojo, el físico observa el mar de calvas de las eminencias ante las cuales va a pronunciar su discurso sobre la bomba. De pronto sus ojos se dilatan, no da crédito y siente un pavor ancestral, se marea y aferra con desespero al borde del atril, pues es capaz de verlos, están ahí, han venido a escucharlo. Cientos de cráneos blancos, despellejados, sin ojos en sus cuencas hundidas, lo observan en el silencio más sepulcral.

Demudado, mediante un fino hilo de voz débil y muy temblorosa, Oppenheimer comienza a hablar y para sorpresa de todos expresa su hondo pesar por el fallecimiento de víctimas inocentes cuando las bombas fueron lanzadas y, ante el entusiasmo de los presentes, se opone de forma rotunda a “su bomba” y a la carrera armamentista entre Estados Unidos y la Unión Soviética.

Al día siguiente su actitud provoca la ira de los políticos. Se le despoja de su nivel de seguridad; pierde acceso a los documentos militares secretos y es relegado a un segundo plano. Aún así, continuará dando charlas en las que tratará de redimirse sin éxito. El daño ya está hecho, y las pesadillas jamás lo abandonarán hasta su muerte el 18 de febrero de 1967 del siglo pasado.

Descanse en paz con Dios y el Diablo.

José Fernández del Vallado. Josef. Noviembre 2007.




sábado, 10 de noviembre de 2007

22

RENACIMIENTO.

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Amalia iba detrás, junto a Juan, se encuentra bien. Por fortuna el accidente no revistió mayor gravedad para ella y después de seis meses de recuperación de las fracturas de tibia y peroné pudo volver a caminar. A juan le costó algo más; iba sentado tras el asiento del copiloto y su rostro golpeó contra el asiento de delante. Se partió la nariz, al tiempo, al echársele encima el asiento, se rompió dos costillas y se fracturó ambas piernas a la altura de las rodillas. Rosa, mi novia, que iba de copiloto, tuvo menos suerte y, debido al fuerte traumatismo cráneo encefálico que sufrió tras el choque frontal, entró en coma y definitivamente quedó en estado vegetativo. En cuanto a mí... de forma inexplicable, y quizá porque no me puse el cinturón, resulté ileso al caer bajo el salpicadero del coche, lo cual me libró por milímetros de que el chasis del vehículo me hiciera pedazos. Los bomberos me extrajeron de debajo del camión donde quedé atrapado durante cerca de tres horas.

Esta madrugada, tal como suelo hacer cuando su familia no está – ellos no permiten que la vea – acudí a visitarla. La mantienen con respiración asistida y la alimentan mediante sonda nasogástrica. Le hablo acerca de la suerte, si así puede llamarse, que tuve al encontrar trabajo en la fábrica, pues en realidad estoy condenado en la trampa de la sociedad y mi salario no dará para cubrir de por vida la sanción que me impuso el tribunal. Sé que cometí una tremenda irresponsabilidad y no tengo perdón. Pero también veo, como cada día, mientras
TRÁFICO elabora recuentos cada vez más abultados de muertos y accidentados, la televisión continúa emitiendo anuncios de nuevas y veloces máquinas de la muerte. Y yo no soy nadie; acaso una mera pieza más en el mortal y cínico mecanismo mercantilista de una industria con una ambición desmedida. En cuanto a Rosa... ella es un alma en pena atrapada por leyes absurdas que la impiden morir con DIGNIDAD (EUTANASIA), porque no tiene uso de palabra ni razón para expresarse.

Pero por fin esta madrugada, tras diez años de sufrimiento, la liberé. En realidad nos liberamos los dos, y no dude en hacerlo. Tras mirar sus ojos inexpresivos los vi suplicarme y llorar atrapados tras la coraza inútil de su cuerpo. No había nadie; estábamos solos. Le retiré la respiración asistida, le saqué la sonda, le quité la vía que la mantenía unida al suero y entonces percibí como su cuerpo se relajaba por completo. Levanté las sábanas que la cubrían e hice lugar a su lado, y pasando un brazo por su nuca me tendí junto a ella. Y por primera vez en años, estuvimos donde tantas veces soñamos. La playa era hermosa, de arena fina, suave y blanca. Los rayos del sol acariciaban nuestros párpados proporcionándoles el calor y la tibieza que no encontraron en años, las aves marinas graznaban, y el rumor de las olas era un constante aliento de vida. Mientras que el cielo, azul intenso, como un fino paño de lino, enmarcaba un horizonte ilimitado... Y en mi boca, el sabor dulce y casi agradable, de la barra de chocolate mezclado con el amargo cianuro de muerte...

José Fernández del Vallado. Josef. Noviembre 2007.



jueves, 8 de noviembre de 2007

15

EL NACIMIENTO DE LA TIERRA Y SU EVOLUCIÓN.

Deseo que mediante este vídeo vuestros corazones puedan encontrarse, aunque sea unos segundos, un poco más felices y sobre todo, relajados... Saludos a la humanidad superviviente.


sábado, 3 de noviembre de 2007

14

Dimitri Petroff.

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Dimitri Petroff había llegado; estaba solo en la tienda. Era el primer ser humano sobre la superficie erosionada y roja de Marte. Fuera, un vendaval con vientos helados a doscientos kilómetros hora.

Mientras descendía, pudo ver el estrecho y profundo cañón por el que discurría el caudal. Era cierto, había agua. Es más, a solo veinte kilómetros por debajo, protegida por el micro clima que el cañón propiciaba, el agua discurría sin helarse.
Sonrió para sus adentros: ¡Amierikantsi! Tanto pregonar que iban a ser ellos los primeros, y una vez más, los rusos habían vuelto a dar la campanada.


Contempló la foto y el autógrafo superpuesto. ¡Ahí estaba! Aunque lacio, debido al paso del tiempo, pero sonriente, su ejemplo y estrella el Zar de la natación, Dimitri Popov. Recordó el día en que aquél fuera a visitarlo para prestarle su apoyo a la dacha de Zivonosk. Lo que le sorprendió nada más verlo, no fue su formidable estatura, sino que pese a ella, no resultara torpe sino estilizado, con el físico proporcionado de un delfín. De forma impulsiva agarró la petaca de vodka, la alzó, brindó por él y lo supo. Cuando la tormenta cediese también él iba a ser el primero; y dio un trago más.
De súbito el viento cesó de soplar. ¿Si así finalizaban las tormentas marcianas de qué forma comenzaban? Se preg
untó impresionado.
Con precaución abrió la cremallera y resguardada por el “Volpus Anti Frío,”sacó una mano al exterior, volvió a introducirla y la insertó en el procesador de alteraciones térmicas, el cual informó: Temperatura: – 65ºC. Espirometría: 0kms/h. Humedad relativa del aire: 0,5%. Posibilidad real de supervivencia: 25%.

Se comprimió en el equipo heliogénico y realizó una comprobación de rigor; las membranas funcionaron sin problemas. Salió de la tienda. A sus espaldas, de forma automática, se desmanteló y se plegó en un estuche de quinientos gramos exactos. Lo recogió y lo depositó en el Sznov.
Debido a la profunda erosión, bajo sus pies, el suelo cedía como un denso almohadón de polvo blanquecino de micro cristales, y los bordes del cañón parecían cascadas de pulimentado cristal amarillo.
Se dejó arrastrar por la tracción del equipo, y pese al estatismo del aire, se arrojó al abismo sin miedo. A su paso, como si quisieran tocarse, los extremos del cañón se iban uniendo y sus paredes cada vez más angostas, comenzaban a exudar filamentos de agua en principio amarilla, luego incolora, hasta resultar cristalina. Pensó en la expedición sueca “Larsson” de hacía diez años. Habían sido los primeros en advertir su existencia. Murieron al tratar de aterrizar, nada más comunicar el hallazgo. Aunque nadie los creyó. Los americanos dictaminaron que estaban ebrios debido al oxigeno contaminado que se filtró en los tanques de la nave; y los suecos, tras el esfuerzo baldío, se sumieron en un hermético mutismo.
Podía ser cierto lo que dijeron, reveló después la agencia Tass de exploración. Y ahora, tras diez años de intriga, aparte de resultar más rentable, un hombre solo podía ser más eficaz que cuatro. Sin diferencias, sobre todo, se evitaban controversias que podían generar la tergiversación de los hechos y el fracaso de la expedición. Además, con el desarrollo de la energía solar como principio motriz, la tecnología actual, basaba sus fundamentos en aspectos más desarrollados.

Fascinado, pudo verlo. El caudal discurría de forma ordenada a apenas cien metros bajo sus pies, era un río de aguas azul esmeralda. Sí, así resultaba, un río de proporciones nada desdeñables; como el Tamesis, el Sena o el mismo Yang-Tse, en el corazón de la china profunda. Un caudal que podía parecer inclus
o común, excepto si teníamos en cuenta, que estaba situado en un cañón de veinte kilómetros de depresión por dos mil de longitud, en un planeta tan poco común como Marte.
Por primera vez, intuyó con claridad el alcance de su objetivo. Se trataba de una meta con la que jamás habría soñado Popov. ¡Iba a ser el primer nadador alienígena en Marte! Si es que Marte contaba con vida capaz de sobrevivir a su clima.

Allá voy, se dijo.
Cuarenta, treinta y cinco metros, descendiendo.
¿Estaría fría?
Treinta, veinticinco…
¿O puede que esté en ebullición?
Veinte, quince, diez….

Y qué más da. Llevo puesto el equipo heliogénico.
Cinco, cuatro, tres, dos, uno…¡cero!
Se zambulló .

Volvió a emerger a la superficie. Estaba... en un punto ideal. No parecía fría o caliente, sino templada. Asimismo no resultaba densa ni en exceso fluida y tampoco salada. Y…se podría beber. ¿Podría beberse en realidad? Se preguntó mientras accionaba el convertidor “Tomarem – Nemod2” el cual le indicó su potabilidad instalada en un margen óptimo del 97%, y comenzó a saciar su sed, igual que solía hacer en el río Vologda que atravesaba su pueblo natal.
Nadó de espaldas, braceó unos instantes y terminó en un croll frenético, hasta alcanzar la orilla de una ribera color cárdeno. Salio a trotecitos y se tumbó boca arriba, resollando sobre la arena, hasta cubrirse de granos azulados. Permaneció inmóvil mirando el cielo rojo con ojos entrecerrados y a las estrellas naranjas, y pensó en Anastasia y una vez más en cuales habían sido las razones que lo indujeron a dejarla a cambio de beneficiarse con aquello. Y, ahora, con el convencimiento de haber cumplido sus anhelos, esas razones, ya no le parecieron tan relevantes como a menudo las juzgó.

Un destello fugaz le obligó a volverse de lado. Algo brillaba o había producido un fulgor a su izquierda, al lado de un formidable peñón cercano. Se incorporó, desenfundó el fusil apalachiev y por su vertiente más lisa, empezó a escalar el peñón. No era posible, se repitió asimismo una y otra vez y tuvo razón. No había vida.
Superada la anfractuosidad de la piedra, a sus pies, se topó con la expedición “Larsson” al completo, y supo que no habían muerto al aterrizar, sino horas o tal vez minutos después, y que por tanto, no había sido el primer hombre, ni siquiera el primer nadador sobre Marte. Y por alguna razón desconocida, tal vez la engañosa y bella inocuidad del paisaje, o la tentación de bañarse sin ropa, se habían desprendido de sus equipos de protección térmica, quedando expuestos al efecto de ionización “Linn.” Un rayo que barría la superficie marciana cada cierto tiempo, invisible al ojo y sensibilidad humana, y que por aquel entonces, la ciencia aún desconocía. En apenas una fracción de segundo, c
ualquier cuerpo humano o animal desprotegido, resultaba carbonizado.
Cuatro esqueletos desollados parecían saludarlo sin cesar de batir sus mandíbulas sonrientes. Pero aquello tan sólo era un mero efecto óptico. Todos yacían junto al cilindro espacial. E incluso uno aún sujetaba entre sus manos, el móvil Eriksson T 7000 CK, el mismo que produjo el destello que había visto desde la orilla.
Tras comprender que había dejado de ser el primer humano en hollar la superficie erosionada del planeta, y el primero en nadar en sus aguas, una mezcla extraña de resignación y dolorosa pereza, se adueñó de Petroff. ¿Qué hacer...? Deseaba existir, ¡perdurar! No ser uno más en una lista. La idea le sobrevino por sí sola; sería el primero... en atravesar a nado la corriente que discurría por el cañón... “¿Larsson?,” las aguas del río "¿Petroff?" Sí, para empezar no eran malos nombres.

Se hallaba en la orilla dispuesto a arrojarse, cuando se le ocurrió. El equipo era una carga innecesaria. En breves segundos realizó los cálculos y supo que dispondría de margen suficiente para alcanzar la orilla opuesta, no así para volver. Le pareció suficiente.
Una vez se desprendió del equipo reconoció que para hallarse en un lugar tan aislado hacía un día único; espléndido y relajante, con un micro clima envidiable, y un oxigeno limpio de cualquier impureza.
Ni siquiera dudó. Con tranquilidad se introdujo en el agua, y comenzó a bracear con la elegancia de un delfín solitario…


José Fernández del Vallado. Josef 2005. Arreglos Noviembre 2007.

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