• Era un verano tórrido y Adrián, un muchacho rollizo y un poco raro, aunque servicial...

  • Se llamaba Vera. Era morena y esbelta. Sus ojos negros preservaban una timidez joven y ensombrecida...

  • Mi corazón se ha vuelto de hielo, mi espíritu es el de un luchador noqueado.

  • El rumor del viento acompaña, los rayos del sol cortan la espesura...

  • Hacía un día invernal, tan limpio y claro, que los rayos del sol en lugar de proporcionar calidez, cortaban la respiración.

  • Por las noches me arrebujo y mientras mi pulso se acelera y mi corazón palpita...

  • Recorrida la mitad de su vida, Tariq Alhamar seguía transitando en un mundo de incierta...

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domingo, 25 de mayo de 2008

17

El trino del ruiseñor.

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Desde pequeño, Lorenzo habitó en una casa de campo, en un lugar tranquilo al que se accedía por caminos de arcilla, sin vías asfaltadas y sin apenas vehículos.

Cerca había un pueblo pequeño con comercios caseros y gente pausada, acostumbrada a la lentitud de la vida relajada y sin bullicio.
Rodeado por una naturaleza en estado puro gustaba de observar y disfrutar los sonidos y colores del silencio. La pareja de lagartos ocelados estirados como serpentinas de color que acudían a tomar el sol sobre la cantera; cuando penetraba en el hierbazal el aleteo de las perdices y faisanes susurrar en su interior igual que el abanico de las damas en el oratorio durante los días febriles de agosto; las liebres al brincar como artistas sin trapecio; las bandadas de estorninos trazando en el cielo cuadros de arena movediza; el canto del cuco al rebotar entre la brisa revolviendo la chopera. Pero sobre todo, en primavera, despertaba a las cinco de la mañana arrullado por el armónico trino del ruiseñor de su jardín.

Creció y también creció su entorno y la ciudad casi alcanzó su jardín. El hierbazal se convirtió en centro comercial, los caminos de arcilla en pistas de dos vías y dos direcciones, el pequeño pueblo pasó a ser suburbio de bloques grises nuevos de metal y hormigón, en cuanto a él comenzó a desempeñar su trabajo de barman en la ruidosa nueva Avenida de las Españas, donde los decibelios de música, los motores y claxon de los vehículos, y el discurso a grito partido eran nueva sensación. Enseguida hizo amigos con quienes acudió a conciertos de música rock, partidos de fútbol, y a festejos de cientos de comensales, así entró a formar parte de la vida moderna.

Ahora, rodeado por una fauna en estado puro de agresión y frenesí, gustaba de participar y disfrutar de los ruidos y colores de la bronca y el barullo. La pareja de gays que danzaban acicalados como serpentinas de color en el pub “La Cantera;” o cuando penetraba en el local “El Hierbazal” el aleteo de los brazos y la voz de las lesbianas y extranjeras pitar en su interior igual que el acoplamiento de una guitarra eléctrica mal sintonizada; las chicas enloquecidas sin cesar de brincar como fieras sin trapecio; las pandillas de pendejos repartiendo palizas contra gente peor tratada que sacos de arena movediza; o presenciar la película de “Alguien voló sobre el nido del cuco” a las tres de la mañana con el estómago revuelto.


Pero sobre todo, en primavera, despertarse a las cinco de la mañana y escuchar cada vez más lejano el precioso trino del ruiseñor que todavía cantaba en su jardín. Hasta que cierto día, tras acudir al doctor, averiguar que debido a su progresiva pérdida de audición en apenas meses volvería a introducirse en su mundo del silencio, donde descubrió con pavor, dejaría de escuchar un sonido por el cual merecía la pena vivir; el añorado trino del ruiseñor...

José Fernández del Vallado. Josef. 2008.

jueves, 15 de mayo de 2008

31

¿Mi nombre?

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¿Mi nombre? Apenas importa. ¿Mi trabajo…? Sobre mi empleo diré que llevaba meses colocado de camarero en un restaurante de “Alta Cocina Francesa,” en un lugar de la costa española, donde ponían como requisito para entrar saber algo de francés y de inglés. Pero yo fui listo y atrevido y los engañé. Les dije las cuatro palabras que sabía de cada idioma y picaron. No pagaban mal ni bien, pero ganaba más que en cualquier lugar de tierra adentro, y sin embargo estaba hastiado. Harto de atender con un calor infernal al mismo tipo de clientes, seguido siempre de cerca por Martina la maitre del local. Una catalana que más que maitre era un auténtico sabueso con un olfato del demonio para todo, menos para intuir mi secreto.

Meses de absoluta soledad, acudiendo los días de descanso a banquetes de bodas estrafalarias donde presencié escenas dignas de la película: “El gran Restaurante” de Louis de Funes. Y de vez en cuando, si tenía suerte, alguna chica horriblemente engalanada pero hermosa, aunque con la que en la vida real jamás llegaría a sintonizar, me sacaba a bailar borracha. Los jefes relajados, con el trabajo cumplido, me sonreían y dedicaban una serie de halagos que sabía solo irían a parar a un saco roto; pues no era más que eso: un vulgar “extra,” y un extra en una sociedad capitalista es nada. Sí, ni tan siquiera alcanzaba la calidad de simple “lameculos,” aunque suene así, tan mal.

Mientras, la temporada estival iba calentándose, cada vez había más trabajo. Lo cual equivalía a más regresos al piso agotado y con las manos vacías después de noches saturadas de estridente sonido de vajilla, fogones despidiendo el olor acre de la carne al asarse, o el penetrante sabor de las sardinas a la brasa, y de últimas, sesión de equilibrismo con bandejas y manos pringosas tras servir mil marcas de licores, risas tontas y cansancio. Y el tono de las conversaciones, unas veces sin juicio, otras estúpidas o sólo aburridas, de hombres huecos que derrochaban millones sin sentido. Y siempre aquellos semblantes gruesos, pálidos, oscuros, amarillos, verdosos, rancios, afilados, pérfidos, indolentes, abotargados, ávidos, crueles, inocentes, entre los que destacaba el de alguna cliente, la cliente por excelencia, con la que soñabas durante la hora larga que permanecía en el local para luego verla marchar imponente, deseándola para toda la vida cuando solo había sido o estado un momento en tu imaginación.

Otra vez, otra jornada de vuelta a tu piso. Octavo piso de una avenida junto al mar. La luna ya salió y se marchó. Estás sentado a oscuras, deseas dormir pero sabes que mañana será igual. Los cocineros franceses te han dicho: “En el pueblo de al lado hay fiestas ¿Vamos?” Les dijiste que no, siempre dices que no, no sabes por qué rechazas a la gente.

- Oye.
- ¿Qué?
- Sabes… Debes hacer algo para cambiar. ¡¡Vamos, sal ya!!”

Sales. Tomas el vehículo y llegas hasta el pueblo en cuestión. Aparcas y vas directo al mogollón. Allí está la plaza con el toro “embolado” en el centro. Te detienes junto a las barandas y lo miras estupefacto, el animal está asustado ¡muy asustado! Desde luego… A quién se le ocurre prenderle fuego en las astas y luego dedicarse a divertirse a su costa. ¿Es esto lo divertido? Por un momento deseas que atrape a alguien y lo voltee. Al final te cansas, te da pena mirar a alguien que sufre más que tú en esta vida.

Entras a un bar. Apenas hay nadie, están todos fuera jodiendo al animalito. Pides una cerveza luego otra. Sales abrumado. ¿De modo que esto son las fiestas? Doblas una esquina, oyes una algarabía confusa. Ves un garito del que sale luz, entras. Descubres que hay un concurso de cerveza. Te encaramas a la barra, pides una birra y te pones a observar a los participantes. La cosa no parece difícil; se trata de ver quien bebe en menos tiempo un par de litros de cerveza. Al cabo de un rato nadie consigue pasar una marca establecida. Una chica se acerca a ti sonriente y te ánima a participar, deniegas.

De pronto oyes risas, gente que aplaude. Luego alguien te dice: “¡Vete, sal de aquí campeón. Sabes, ya estas bien puesto. Has ganado jajaja!”

De nuevo las risas. Pero tú no sabes donde estás y lloras. Te encuentras llorando sentado en un portal frente a tu automóvil. Quieres irte, volver a casa. Estás solo. Pero ni tan siquiera eres capaz de atrapar tus llaves porque no sabes donde están.

De pronto alguien habla y te dice.

“Soy policía.” Y sigue “Le hemos retenido las llaves señor.” Y prosigue. “Márchese a su casa. Mañana tendrá su coche en el depósito de automóviles, cuando esté recuperado pasa a recogerlo.”

¿Recuperado? ¿Cómo? Si ya estás recuperado le dices y añades: “Solo deseo irme a casa….”

Nadie contesta. Silencio. ¿Despiertas? Todavía es de noche, pero ya puedes ver. Mas allá está la plaza, sin un alma o ¿sólo sombras borrosas? Son más de las cinco. Comprendes, los festejos debieron terminar hace tiempo. Deseas marcharte pero ¿y las llaves? ¡Claro! La poli. Ellos te las arrebataron. ¿Con qué derecho? Estás furioso. Vas hasta tu auto, compruebas que ni siquiera está cerrada la puerta, abres y tocas el claxon. Una, dos, tres, cuatro veces. El pueblo es pequeño. Al cabo de un rato surge un coche patrulla. Apurado, les comunicas lo que sucede, que deseas irte, y que ellos te retuvieron las llaves. Te dicen con seriedad que así es, pero que no las tienen allí. Entonces les explicas que tu piso está en el pueblo de al lado. Te dicen que puedes pedir un taxi. Les contestas que a esa hora no hay taxis y que si por favor te pueden acercar. Pero no parecen dispuestos. Les repites que estás bien y que desearías las llaves. En ese momento uno de ellos te las muestra y agrega que no te las darán, que no eres de fiar. De repente el otro te sujeta de los brazos y te explica como si fuera un “Mesías” que te van a esposar. Te llevarán a comisaría por resistencia a la autoridad, alegan. Forcejeas, compruebas que contra ambos no tienes nada que hacer y aparentando calma les dices: “De acuerdo. Está bien.” Aflojan. Justo en ese momento aprovechas para escabullirte a la carrera mientras te dan el alto. La cosa está clara para ti. ¡Por una estupidez no piensas ir a la cárcel! Detrás escuchas como si un vidrio se hubiera quebrado, luego la misma estridencia. Te detienes. No sabes por qué. Ahora tan sólo caminas. ¿Te sientes ya tranquilo? El hecho es que te cuesta respirar, te tanteas en el pecho, está mojado; es el asqueroso sudor, claro. Descubres tus manos pringosas, igual que cuando se empapan con el licor del sherry Oloroso, piensas, ríes y te las miras. Están rojas ¿del licor? Pero hueles y hueles a... ¿orina? Tus pantalones también están mojados. ¡Vamos! ¿Ya no controlas ni el esfínter? Entonces la ves; está delante de ti. Es la chica de la noche; la hermosa cliente te espera, ha vuelto junto a ti. Te acercas y la recibes con un hola de pasmo, y sin evitarlo tus brazos se extienden y la abrazas, la besas y la abrazas hasta que ella te dice que estaba en un coche y que esa noche cayeron por un puente y tú la miras sin dar crédito una y otra vez, y le preguntas.

- Y si estás muerta chica ¿por qué vienes a mí?

Y ella te responde:

- Vi como te fijabas en mí esta noche y tú también me gustaste.

- ¿Y..?

- Y pensé que nunca más nos veríamos… En cambio ahora sé que estaremos juntos para siempre…

Y lo supe. Supe que estaba muerto y había nacido de nuevo cuando contemplé a los “señores de la ley” dar la vuelta a mi cuerpo justo detrás de mí… Desde luego la cosa no iba a quedar así. Les iba a caer un buen palo por asesinar a un inocente borracho y encima, desarmado, ja...


José Fernández del Vallado. Josef.

lunes, 12 de mayo de 2008

29

La consulta.

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Aquella tarde, mientras aguardaba en la sala de espera de mi psiquiatra, las Navidades se acercaban de nuevo imparables y yo me preguntaba: ¿Por qué estaba allí? Qué había sucedido para que una persona en perfecto estado mental tuviera que asistir a un psiquiatra. Eché cuentas y me espanté. Llevaba acudiendo a la consulta diez años. ¡Diez! Una década y para qué, si yo era un hombre normal. De hecho me había forjado una familia, tenía un puesto de trabajo, una mujer adorable, mis mascotas Timi el perro y Candy la gata, y a las cuales Adela, mi hija de cuatro años, adoraba... Tenía todo cuanto un hombre puede desear en la vida.

Helena, la psiquiatra, me hizo pasar. Era un despacho pulcro y cuidado en una zona céntrica y cara de la ciudad. De hecho, cada sesión me costaba un riñón. ¡Uf! Me arruinaba, aquello me quemaba. Debía hacer algo y terminar con esa situación... ¿estresante? No. ¡Vamos! Si yo no estaba estresado. Ni siquiera entendía qué quería decir aquella absurda palabra.

Me invitó a sentarme mientras me ayudaba a despojarme del abrigo, hacía frío en la calle, en cambio allí dentro todo era cálido, tranquilo e incluso relajante. Se sentó donde siempre, frente a mí, en su lugar al otro lado de la mesa de cristal. Ella, siempre correcta, atenta, de hecho perfecta; sabía guardar las distancias. Sí, sabía comportarse y transmitir bienestar mediante esa mirada preciosa y aquel rostro firme y siempre... aburrido. ¿Aburrido? ¿Acaso yo la aburría? ¿Qué pensaría de mí? ¿Sería uno más en su ajustado horario de consultas? Nunca me lo había dicho y en realidad no sabía nada de ella, ni siquiera si estaba casada y tenía un marido insulso listo vago o imbécil. En cuanto a los fines de semana ¿iría de compras a los almacenes como hacía la mayoría de la gente mediocre? En cambio yo le contaba todo. Diez años dibujando con esmero los detalles más procaces bellos e insulsos de mi vida, diez años de sumisión y había olvidado el porqué estaba allí...

Me enfrenté a su mirada, me traspasaba, era capaz de hacerlo sin esfuerzo, estaba seguro. Me conocía mejor que a cualquiera de sus hijos si los tuviera ¿o los tenía? Hice un esfuerzo por mantenerme sereno y le pregunté.
- Helena. Dime. ¿Por qué estoy aquí?
No se inmutó. Moviendo los hombros, tan sólo contestó.
- Tú sabrás...
Permanecí mirándola en silencio, mientras me frotaba las manos. Estaban frías y tensas. Sobre todo tensas. Diez años y la seguía temiendo. ¿Y por qué la temía? ¿Por qué no se lo decía y acababa de una vez? “Helena te temo. Tu mirada me desconcierta y descentra por completo.” ¿Por qué en todo ese tiempo no fuimos capaces de compartir un solo café ni hicimos un esfuerzo para intentar ser amigos? Y por qué después de cada consulta tenía que dejar sobre la mesa esos ciento cincuenta papeles. ¿Por qué el dinero? ¿Por qué? ¡Exigía saberlo!
Claro... No exigí nada. En cambio, le contesté.
- No lo sé bien.
De nuevo sus ojos estaban clavados en mí. Utilizando su fascinante expresión de Madonna me dijo.
- No lo sabes, o no quieres saberlo.
El qué... ¿Qué era aquello que no quería saber? Dónde residía el misterio de mi vida, de mi pasado. Que yo supiera mi actitud como persona, como ser humano, había sido siempre intachable. Al menos mejor que la de cualquier desgraciado de... Mi mano izquierda comenzó a temblar. Con disimulo la oculté bajo mi brazo derecho. Eran ellos, los echaba de menos, los medicamentos. Para colmo no recordaba qué ración había olvidado tomar aquella mañana.
- Cuéntame... ¿Y cómo te va? Me preguntó.
Y qué... Qué contar cuando en mi vida no pasaba nunca de nada. Si era un continuo fluir del trabajo a casa y de casa al trabajo. Pero para esa clase de pregunta si estaba prevenido y llevaba respuestas preparadas. Utilicé una que tal vez sonara bien y conviniera.
- ¡Oh! Ja... Sabes. Ayer le compré un gatito a la Candy.
Permaneció mirándome inquisitiva unos segundos, sus labios esbozaron una sonrisa... ¿burlona? Y mirándome divertida, me inquirió.
- ¿Le has comprado una gatita a tu gata?
Mierda... Sin querer debía de haberme tomado el doble de ración de Orfidal y la memoria me fallaba. Sonreí nervioso y corregí.
- No... En realidad fue a mi hija. Sí, a mi hija...
- ¡Ah! ya. Y dime. ¿A cuál de tus cinco hijas se lo compraste? Me preguntó con renovados ojos de felicidad.
¿Cinco hijas? No tenía sólo... ¿una? Ya no había duda. Algún medicamento me estaba afectando, me inducía efectos contraindicados. Sin duda era culpa mía, por no leer una vez más los detalles de las posologías.
- A Adela... Sí, a Adela. Respondí, mientras hacía un esfuerzo para no gritar del miedo y la ansiedad.
Pero Helena ya se había dado cuenta. Nada pasaba inadvertido a aquellos ojos de ave rapaz ¿o de buitre?
Haciendo una mueca dolorosa, lo dijo. Preguntó exactamente lo que tenía que decir y lo que yo, retorciéndome los dedos, esperaba que dijera.
- ¿Necesitas que te extienda alguna receta?
Resoplé con júbilo encubierto. Al fin se producía lo que deseaba y en realidad lo único por lo cual acudía de nuevo a la consulta. Me apresuré a responder dando los datos que estaban a mi alcance.
- Pues sí doctora, en realidad necesito que me extienda unas cuantas. Verá... Se me terminó casi todo...
- Veamos, dijo ella. Hagamos un repaso a lo que estás tomando para ver si estás debidamente reforzado. Y comenzó.
- Humm... Para estabilizar tu estado ansiolítico tomas dos pastillas de Orfidal Wyeth. Una por la mañana y otra antes de dormir. ¿Correcto?
- Sí...
- Tres grajeas de veinticinco miligramos de Topamax antes de dormir como tratamiento preventivo contra las migrañas asociadas a tu stress. ¿Correcto?
- Sí...
- Dos Frosinor de veinte miligramos después del desayuno y dos más de Deanxit para la astenia y para prevenir la depresión crónica. ¿Correcto?
- Si. Bueno... no exactamente. Tuve que añadir un par más...
- ¿Cómo? ¿Un par más? ¿Te sentías tan... mal?
Sus ojos me exploraron de forma huraña y amenazante, me puse a temblar.
- En realidad yo... No lo sé. Solo sé que tuve que añadirlas...
Pareció relajarse de pronto y me miró con aprobación. Se echó hacia atrás sobre el respaldo de su cómodo sofá y añadió.
- Bueno... No es problema. Si te van bien continúas así. Sigamos.
Para regular los estados anímicos alterados y restablecer la percepción real del mundo que te rodea tomas las ocho capsulas durante la comida de Tropargal que te prescribí. ¿Correcto?
- Si, si...
- Ah, y además te voy a recetar seroxat, un antidepresivo de nueva estructura química, cuatro pastillitas diarias. ¿Podrás? Y para tu memoria que veo te flojea vitamina B1 y B12. Por supuesto no olvides vacunarte de la gripe este año también. No te me vayas a enfermar...
Resultaba curioso pero tampoco recordé haber enfermado de nada grave jamás...

Me pasó las recetas. Las guardé con manos temblorosas. Me ayudó a ponerme el abrigo y me acompañó hasta la puerta. Esbozó una sonrisa en cierto modo prescrita y me extendió una mano distante, que ya no formaba parte de su aséptica e intachable consulta. Era Navidad, aún así ni siquiera permitió que la despidiera dándole un beso.


José Fernández del Vallado. Josef.

domingo, 4 de mayo de 2008

47

Aircangel Happy Illusion.

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Lo llamaron Air, de aire, Ángel de ángel, y Happy Illusion: Feliz ilusión.

A Aircangel Happy Illusion lo hallaron lloriqueando en las bodegas del mayor avión de línea conocido, el Airbus A 7000. Obviamente, alguna madre embarazada y solitaria lo debió de engendrar durante el transcurso de horas que la aeronave empleaba en dar la vuelta al mundo sin repostar. Y, aunque buscaron y dieron con su posible madre entre los más de siete mil pasajeros que componían el vuelo, cuando la hallaron días después, su cuerpo ya era una especie de pasta en emulsión que flotaba en las veredas del Támesis.

Aircangel Happy Ilusion fue adoptado con cariño e ilusión por la tripulación del Airbus. Creció a caballo entre múltiples aeropuertos, tales como: Barajas, Jhon fitzgerald Kennedy, Gatwik, Orly, Santiago de Chile, Xinhua, Ezeiza Ministro Pistarini, Ciudad de México, Jorge Chávez etc…
Confinado siempre en la división de carga del avión, tenía una pequeña sección que habitaba y muy pronto encontró su lugar en la nave.

Todo comenzó una tarde mañana o anochecer a la vez; puesto que el avión se desplazaba a una velocidad tal que cubría en apenas veinticuatro horas tres vueltas completas a la tierra, en tanto realizaba escalas puntuales de apenas quince minutos de demora en cada aeropuerto. Ya que todo se realizaba con una precisión y velocidad asombrosa, digna de dichos tiempos futuribles.

Aquel día la estrella era “Luciano Tabanetti,” un violinista italiano. Se hallaba en el interior del avión, en el gran salón de conciertos decorado con revestimientos de raso en rojo y una hermosa araña central de la cual pendían dos millones de lágrimas que relucían con el brillo y transparencia de cristalinos fragmentos de hielo. Alzado en una tarima, en el centro del escenario, en tanto su público consumía una opípara cena, deleitó al personal sin apenas descanso durante las horas que duró la velada, y cuando se dispuso a finalizar, observó a un chico menudo de pelo oscuro, ojos negros y profundos, brazos delgados y planos como fetuchinis, sentado en una silla junto a una columna, que sin quitarle el ojo de encima lo observaba con cara de fascinación.
Resuelto a amenizar la velada de forma original y decidido a hacer la gracia de momento, haciéndose el generoso, invitó al chico a que tomara el violín y tratara de sacar una nota.

Quienes presenciaron aquella noche dicen, que en el momento en que Aircangel Happy Ilusion entró en contacto con el violín experimentó una sacudida similar a un espasmo o calambre, que suscitó que la gente riera a carcajadas y que a su vez Luciano Tabanetti se sonrojara de complacencia con su feliz ocurrencia. Pero a continuación, y anticipándose a que el maestro se diera el gusto de impartir una clase sobre el manejo del violín, el muchacho ya lo había situado con precisión entre el hombro y la barbilla; y mucho antes de que asimismo le enseñara a situar el arco sobre las cuerdas, ya arrancaba unas primeras notas que mantuvieron en silencio abrumador el inmenso salón.

Las notas que Aircangel Happy Ilusion obtuvo del violín de Luciano Tabanetti eran, aparte de desconocidas, de un preciosismo y delicadeza tan increíbles, que a Luciano Tabanetti se le escapó de la boca el cigarrillo que se acababa de encender. Aquella melodía parecía fluir por sí sola y llenaba los espacios de una belleza y armonía jamás experimentadas con anterioridad. Aircangel prosiguió en su estado de gracia durante casi un cuarto de hora, y cuando terminó, el aplauso fue tan apabullante que Luciano Tabanetti supo de antemano que, debido a su ingenua estupidez, acababa de perder el empleo.

Viajar en el Airbus A 7000 en el que Aircangel Happy Ilusion interpretaba se convirtió en un acontecimiento vedado sólo a personalidades, millonarios, y empresarios de toda índole. Quienes, después de escuchar su música salían no solo cautivados, sino curiosamente transformados en mejores personas.

La música de Aircangel llegó a hacerse tan célebre que las multinacionales discográficas se peleaban por obtener los derechos de autor y obtener su música grabada en CD. La sorpresa: Aircangel no parecía demostrar el menor interés en grabar ni en ganar dinero, ya que como él mismo aseguró a sus paternos de la compañía, con estar allí y tocar ya era sumamente feliz. De modo que fueron ellos, la gente de la compañía, quienes finalizaron por convencerlo de que registrar su música podría ser beneficioso, no sólo para él sino para toda la humanidad.
Aircangel accedió con una condición. No saldría a grabar a tierra, la grabación habría de realizarse en directo y en el interior de la nave.

Y así fue. No obstante, cuando se hubo completado, los técnicos de sonido comprobaron con asombro que sus instrumentos de grabación no habían obtenido un solo registro. Desconcertados, al día siguiente decidieron repetir la función; finalizó con idénticos resultados.
Tras meses de estudio expertos en registros y mediciones de todo el mundo alcanzaron una conclusión. La música de Aircangel ciertamente existía, pero trascendía como si tuviera lugar en un plano diferente perceptible sólo para el sofisticado oído humano, y no así para los instrumentos de grabación que pese a sus múltiples avances, todavía estaban un paso por detrás de la naturaleza.

La vida de Aircangel continuó relajada, puesto que a una gran mayoría de personalidades no les sentaba bien aquello de que les variase su temperamento – aunque fuera para bien – y sobresaltados, lo iban dejando un poco de lado.
Aircangel contrajo matrimonio con Monica una bella mejicana que se topó en su camino a los vestuarios y lo encandiló con su mirada dulce y serena. El enlace tuvo lugar, como no, en el avión. De aquél salieron al mundo Air Fast Gonzalez y Bell Fast Gonzalez niño y niña respectivamente.

Cierto día comunicaron a Aircangel una noticia que lo entristeció. El Airbus A 7000 era ya un avión antiguo e iba a realizar sus últimas tres vueltas a la tierra.
Se encerró en su cabina y se negó a salir de ella en todo el viaje.
Entonces sucedió lo impensable. Durante el trayecto de su penúltima vuelta a la tierra el Airbus A 7000 sufrió una avería eléctrica irreparable en su único y enorme motor, y por primera vez en más de cincuenta años, el que fuera considerado como el avión más seguro del mundo, quedó fuera de control, planeando a una altura de veinte mil metros y en descenso hacia un accidente irreversible.

De los siete mil hombres que componían el pasaje sólo había paracaídas disponibles para trescientos. Todo parecía perdido cuando, surgiendo entre una multitud que descompuesta por el pánico corría hacia ninguna parte, portando el violín en sus manos, allí mismo, en el centro del salón y corazón de la nave, se situó Aircangel Happy Ilusion y comenzó a interpretar una dulce y a la vez exotérica melodía. Y tanto niños como mujeres y hombres, fascinados, se fueron sosegando, olvidaron su pavor y se acurrucaron a sus pies. En breves instantes el salón entero estuvo colmado por siete mil almas que escuchaban en silencio, con ojos encandilados, el violín de Aircangel; mientras, la melodía alcanzaba en madurez e intensidad, las notas mecidas y acariciadas por aquellas manos mágicas fluían y flotaban, se extendían por sí solas y se iban condensando en un hermoso in crescendo que envolvió a la multitud hasta conformar un solo magnífico que adquirió la intensidad de un grandioso huracán de cálido viento y provocó que muchos lloraran de regocijo y alzaran sus ojos al altísimo techo del aparato. A continuación, el sonido emitido fue un tañido musical moderado, muy moderado y moderato cantabile… precioso, sin igual, dulce y arrullador...
Pasajeros y tripulación, incluido su comandante, cayeron en un sueño envolvente y profundo y para cuando despertaron, el avión reposaba cómodamente en medio de una preciosa playa en un espléndido atardecer trópical.

Los primeros en salir parpadeando los ojos al crepúsculo de un astro escarlata que dominaba el horizonte, fueron el comandante y la tripulación. Perplejos descubrieron en la distancia una sombrilla y bajo ella perfilarse un físico ligero. Era Aircangel Happy ilusion, quien por primera vez en su vida había sido capaz de salir del avión y nada más hacerlo, parecía haber hallado un lugar en perfecta sintonía con su música, donde establecer su alma junto a la de su mujer y sus hijos para el resto de sus días. Y así sucedió.



José Fernández del Vallado. Josef. Noviembre 2007. Arreglos mayo 2008.

domingo, 27 de abril de 2008

30

Margot.

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Conocí a Margot por msn. No, en realidad no la conocí, la leí...
Me enamoré de ella desde la primera tecla hasta la última.
Con ella me dormía y despertaba a ella conectado.
Sus primeras fotos transformaron mi crudo invierno interior en jardín de primavera. Sus perspectivas por la web y su belleza desenfocaron mi punto de vista hasta demudarlo por completo.

Conocí un nuevo mundo aislado entre cuatro paredes a miles de kilómetros del mío, y supe que más allá de mis propios sentimientos, había una vida paralela, y supe que de un planeta llamado tierra, apenas conozco su débil superficie exterior.

Conocí a Margot en persona varios años después… No, en realidad no la conocí, nos encontramos. Me enamoré de ella desde el primer bucle de su cabello rizado hasta su esbozo de sonrisa burlona. Con ella dormí y desperté haciendo el amor.

Sus primeros desplantes transformaron mi cálido verano interior en un vasto erial de incomprensión. Sus perspectivas sobre la vida chocaban contra mis razonamientos hasta desorientarlos y deshacerlos por completo.
Me dejó por otro hombre sin una sencilla explicación. Y por lo mismo, sin una mera aclaración, pagó con su vida.

Hoy, entre cuatro paredes, a miles de kilómetros de donde ella yace, conozco un mundo aislado. Y sé que su vida paralela se apagó para siempre; no así mis sentimientos de amor. Y sé que de un planeta llamado tierra, apenas conozco su débil superficie exterior, en cambio mi interior es ya una caldera que abrasará eternamente…

José Fernández del Vallado. Josef. 2008.


sábado, 19 de abril de 2008

22

El Vaticinio.

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La isla era un segmento de tierra de apenas cincuenta kilómetros de largo por treinta de ancho, donde un verdor de voluptuosa limpieza solventaba con suavidad regios contornos, cuyas siluetas y cortaduras delineaban una superficie de trazos abruptos.

Mo, joven de piel blanca, cabellos negros, radiantes ojos de malaquita con iris alumbrados en pirita y una piel tersa y lustrosa era la imagen plausible y cesionaria de una dinastía de monarcas en declive. Mientras contemplaba con atención como la superficie del mar más allá de los arrecifes adquiría un matiz azul oscuro, para finalmente, en la línea del horizonte, regenerarse en índigo y difuminarse en gamas que iban del delicado jade a la turmalina y esmeralda, tomaba en consideración las palabras que su padre pronunció en la última gran asamblea. Había dicho:
“Llegará el día en que la estirpe de los guanohais cederán su dominio a seres de cabellos de sol llegados del mar en canoas de ébano con alas de plata.”
Y mantenía el convencimiento de que el final de ese tiempo, estaba allí, en su interior.

Recordó la primera vez, cuando las naves de los extraños surgieron de las tinieblas blanquecinas del horizonte. En principio le parecieron sublimes y silenciosas. Pero a continuación distinguió auspicios inquietantes. El ímpetu de los vientos no suspiraba a su paso, tampoco el arroyo declaraba con agrado su deleitable y singular murmullo de paz, ni siquiera la esperanza que trae consigo un fresco y nuevo amanecer irradiaba su fuerza proverbial, sino al contrario. Los tensos y agotados organismos que tripulaban las embarcaciones eran osamentas oscuras que invocaban chillidos radicales, similares a los de esos seres que habitan en las simas de la muerte.

Desembarcaron sin dejar de enarbolar el estigma de su Dios, un ser iracundo, que proclamaba con ostentación su indiscutible poder superior. En cuanto a los demás… ¿dónde quedaban? No había cabida para nadie en su mundo. Mo, joven de piel clara, en cierto modo como la de aquéllos dudó, pero los aceptó porque concluyó que quienes se proclamaban portadores de la fe de un Dios poseedor de la suprema sabiduría con tal certidumbre, debían de estar en el camino equilibrado.
Cuando raptaron a su padre y le conminaron a él y a parte de la población, antes de ser ajusticiados, a postrarse ante aquel Dios de agonía y guerra Mo y seis mil guerreros decidieron ampararse en las montañas y luchar.
Durante años se revolvieron con la furia intratable del huracán y las cumbres fueron suyas. Pero los valles, los remansos de los ríos, las praderas florecientes, las playas de fino y suave grano, y, en definitiva, los mejores espacios, permanecieron en manos de los hombres de cabellos amarillos; y sin esos terrenos una reina guanohai estaba abocada al desastre.

Los seres de cabellos rubios se hallaban tan exaltados con quienes se habían atrevido a desafiarlos que semana tras semana, mes tras mes, los perseguían con todo su ardor, hostigando y poniendo a prueba la habilidad de supervivencia de la hueste de aguerridos guerreros. Se produjo una fulgurante y atroz batalla, y de nuevo vencieron. Al atardecer, cuando el cielo se tiñó de escarlata como la sangre de los cadáveres, transportaron al jefe de cabellos rubios malherido hasta su refugio. En tanto, rencoroso, aquel Dios perverso no cesaba de aullar clamando venganza y destrucción.

Mo, acompañada de su guardia personal y su pequeña cohorte de servidores se presentó y presenció con fascinación la belleza salvaje del hijo del Dios maldito. Delirante lo tomó entre sus manos y lo retiró a sus aposentos donde lo atendió personalmente, hasta recuperarlo.
Mo y el hijo del Dios comenzaron a vigilarse de forma insidiosa e incluso angustiosa; hasta que los amaneceres empezó a vérseles vagar sobre las crestas de los farallones y barrancos que ahora constituían el reino inaccesible de Mo. Se obró el milagro, todos lo supieron, el amor había penetrado en sus corazones. Por lo tanto, según las leyes guanohai, a partir de ese instante sus deseos estarían unidos para siempre, y el pueblo indígena ya no podría continuar su lucha contra una raza que había dejado de ser enemiga.
Un amanecer, suspirando, el jefe de cabellos amarillos tomó con suavidad las manos a Mo y le hizo una firme promesa. No habría represalias aseguró, sino perdón, y la restitución de sus derechos incautados.

Descendieron a la semana siguiente. Y hubo perdón, aunque inmisericorde. La mitad resultó ajusticiada después de besar el santo crucifijo; en cuanto a los restantes fueron esclavizados. En lo que respecta al jefe de cabellos amarillos, cabe resaltar, cumplió su palabra. Murió condenado como “hereje y traidor” en la hoguera.
Mo, joven de piel blanca, cabellos negros, radiantes ojos de malaquita con iris alumbrados en pirita y una piel tersa y lustrosa, imagen plausible y cesionaria de una dinastía de monarcas en declive, derramó unas lágrimas cristalinas y cesó de escudriñar desde las celosías de la torre donde permanecía confinada de por vida, y apremiada por el dolor acuciante de su vientre agrandado tras nueve meses de embarazo, comenzó a estancarse en un viejo cofre de recuerdos hirientes. Pero, pese a las circunstancias, no se limitó a sentirse desgraciada sino al contrario. Ya que mientras alumbraba con ayuda de la partera, pensó. “Es verdad, los seres de cabellos rubios y su Dios han logrado imponerse, pero en el fondo son estúpidos.”
Lo cierto es que en su comunidad en primer lugar se habrían asegurado de ejecutarla para acabar con su descendencia. En cambio, aquel Dios único guerrero y de infinita sabiduría, para su asombro, había decretado que una vez gestada la vida no podría detenerse. Por lo tanto Mo era feliz, pues alumbraría a su sucesor.
Entre sudores, espasmos y gritos de dolor sintió con gratitud y alegría como su hijo Moa entraba en el nuevo mundo. Y recordó el mensaje de su padre:
“Llegará el día en que la estirpe de los guanohais cederán su dominio a seres de cabellos de sol llegados del mar en canoas de ébano con alas de plata.”
Y ante el pasmo de las beatas y la partera por primera vez olvidó la prohibición de pronunciar el idioma del Diablo, y entonando con ademán sonriente palabras suaves como susurros, sus labios dulces se abrieron y evocaron con mimo aquella cadencia desconocida para subrayar:
“Y llegará de nuevo el día en que la estirpe de los guanohais recuperarán su libertad arrebatada, entonces los seres de cabellos de sol llegados del mar en canoas de ébano y alas de plata, se unirán a nosotros, o bien se verán relegados a partir sin volverse a mirar jamás el lugar por el cual se revelaron...”

José Fernández del Vallado. Mayo 2007. Arreglos Abril 2008




lunes, 14 de abril de 2008

23

Reafirmación.

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ES ESTA UNA HISTORIA DURA, FUERTE. QUIZÁ HAYA QUIEN NO LA SOPORTE; LO COMPRENDERÉ. SIN EMBARGO NO ES REAL SINO FICTICIA, PERO EN NUESTRA SOCIEDAD HERIDA E INMADURA MUY BIEN PUEDE HACERSE REALIDAD...

Me di la vuelta en la cama, abrí los ojos, inquieto. Encendí la luz y comencé a sollozar, tomé el libro de la mesilla de noche y lo abrí; mis ojos enrojecidos se centraron en sus páginas mientras mis sentimientos se enroscaban en torno a mí. Cuando lo cerré me sentí normal e incluso hueco. Me incorporé de la cama me vestí y salí a la calle.

Era muy tarde, serían casi las cinco de la madrugada de un día de fin de semana. Sentía un vacío inmenso desde que Paula se fue.
Comencé a caminar, la luna brillaba intensa y soplaba una brisa triste de agosto. En el parque unos jóvenes reían divertidos su todavía alegre borrachera. La recordé allí, subida al tobogán, la mañana de invierno en que nos escapamos de clase; descendiendo con la bufanda, los guantes, y su sonrisa abierta, como una gran pintura que decoraba un rostro feliz.
Llegué junto al mar y proseguí por la avenida. Podía sentirlo dentro de mí, estaba ahí. En algún lugar de mi interior; pugnaba por salir y expresarse. El malestar del fracaso. Lo intentamos todo para tenerlo. Nuestro hijo. El bebé que ella y yo deseamos... sin éxito.

Inhalé el aroma salobre del mar, el aroma de la derrota. Me senté un momento en uno de los bancos y allí permanecí, escuchando el rumor persistente de los cantos rodados mecidos por las olas. Saqué la petaca de güisqui y tragué con ansiedad, intentando olvidar la mañana en que los doctores dictaminaron mi impotencia. El fluido pastoso recalentó y reconfortó mi garganta.
La Recordé tratando de aplacarme. Pensó que adoptar a una niña africana podría ser la solución, y tampoco eso logró cambiarme. Ya no me importaba, dejé de ser hombre para convertirme en mutilado, en medio hombre. Volví a beber y me sentí mejor, con fuerzas. Continué caminando, desde ahora miraría hacia delante, el pasado estaba perdido... o en ruinas. Pero... ¿Y qué de mi presente?

Al cabo de un rato mi mente estaba vacía, encharcada en alcohol. De acuerdo, no pensaba, así era mucho mejor. Dejé la Avenida Marítima y me interné en los callejones del puerto. De forma mecánica mis piernas me condujeron al lugar. Allí estaba, existía. El cartel con luces de neón y aquel nombre sórdido, adecuado. Dentro manos de chicas ávidas pelearon por mí. Lo hice dos, tres veces, sin dejar de beber. Reafirmé mi condición montándomelas hasta que mi órgano, agotado, cesó de bombear esperma inútil y vacuo.
Salí con los bolsillos vacíos y la dignidad... no importaba. Había dejado de entender qué representaba aquella palabra y comprendía otra mejor: Soledad. Estaba solo. Aunque en realidad medio mundo lo está, me dije. O quizá más de medio mundo, insistí tratando de animarme... sin éxito, por que ya nada era igual. Mientras caminaba por mi senda secreta me reí satisfecho por como había follado. Ya era un hombre. ¿Había encontrado mi hombría? Sí, ahora era eso. Un “rara avis” que recuperaba su sexualidad durante noches de orgía.
Al cabo de un rato deambulaba perdido. Para ser francos, me encontraba bastante borracho. Reconocí la autopista. ¿Cómo había ido a parar a aquel lugar? Se interponía y para volver necesitaba cruzarla. Cómo hacerlo. Traté de atravesar corriendo. Pero los vehículos, sobre todo camiones, circulaban demasiado rápido. Entonces vi el pasadizo, me adentré, y al doblar una esquina me encontré con la escena.

Estaban tendidos en el suelo, o el tipo sobre ella, gemía o ¿sollozaban? Eran novios, aunque... ¿novios haciéndolo en un infecto pasadizo que rebosaba de mierda? El individuo se dio la vuelta y la hoja de la navaja brilló. ¿Violación? No lo pensé más y tampoco dispuse del tiempo para hacerlo. Cuando el hombre quiso levantarse yo ya estaba sobre él y la verdad, me pillaba en mal día. Calzaba botas de montaña. Pisé su cabeza como quien aplasta a una cuca. De forma salvaje, sin compasión y con miedo, mucho miedo. Pero miedo... ¿a qué? No lo sabía, pero lo olía. Estaba allí, instalado, junto a mí. ¿Era miedo a morir? Cuando ni siquiera me importaba. Incluso hasta podría resultar un alivio. Busqué a la chica. No estaba, había desaparecido. En cambio yo no cesaba de babear y de aplastar a aquel... genio que presumía de macho forzando a los débiles...

“¡Toma machote! Mascullé. Ahora ya no eres tú quien jode. Estás jodido. ¿Verdad?”

El hombre suplicó y no tardó en dejar de hacerlo. Me detuve, mi cuerpo temblaba. Llamé a la chica de nuevo. Nadie respondió. Me encontré sin aire, salí rápido al exterior me apoyé sobre una farola y aspiré hondo. Encendí un cigarrillo. Miré a mi alrededor. Arriba estaba el firmamento iluminado por el matiz ocre del alba y abajo el pueblo. En las casas y jardines colindantes las últimas luces nocturnas comenzaban a apagarse mientras su perfil se delimitaba entre la bruma. Fue un pensamiento fugaz. Allí, acogidos bajo los tejados de uralita de los chalé me aguardaba toda esa vida sonriéndome feliz. De repente me sentí nuevo, con una claridad en la mente que jamás tuve con anterioridad. Tiré el cigarrillo y volví sobre mis pasos. Necesitaba hacerlo. Allí estaba el hombre. Cogí la navaja. No me tembló el pulso cuando lo castré. Metí sus órganos en la tela de su bolsillo, me los guardé y me marché sin cesar de reírme entre dientes. Al fin, ¡podía sentirlo...! Era un hombre nuevo. Estaba repuesto. ¡Volvía a ser hombre!

José Fernández del Vallado. 2 Sept. 2007.


miércoles, 9 de abril de 2008

16

Balada al ritmo de swing.

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Un dos tres… Dejo todo atrás,
nada permanece en mí, no hay vida interior; sigo caminando
adelante, corro, vuelo, soy casi fugaz... Voy rápido, veloz hacia la desembocadura de la vida. El último amor sucede y se desvanece de la noche a la mañana, y no soy yo quien reclama olvidarlo. Es el mismo amor y su urgencia quien declara que en la vida cada vez hay menos – espacio/tiempo – para hacer el amor. Puedo sentirlo. El goteo del tiempo como un suero intravenoso conectado a mí organismo. Acelero, esquivo al hombre rendido; descalabrado yace ante mí con ojos arrancados.

Ella… me quedan sus palabras, suspiros tenues en la noche, y ni un ronquido que delate imperfección. Más nada es perfecto, solo se adecua al precipicio que marca la calle. ¿Hace frío o calor? No, ni tiempo para pensar. Tomo la ducha me rasuro desayuno como ceno me acuesto y me vuelvo a despertar mil veces pero… ¿dónde? Tampoco hay espacio para las interrogantes y sí un latido frenético apresurado por una drogadicción dolorosa de cocaína en alza liberal.
Un dos tres… me proyecto. Mis brazos son garfios que se enganchan a las ranuras de los quicios; camino como un ser letal, abro ascensores y asciendo a rascacielos de alturas desmesuradas sin olor ni personalidad. Asisto a reuniones Yet Set: caviar congelado, salmón de criadero, una copa light y “speed” son sus nuevos eslogan. Es la vida a límite, la vida de aquel quien gusta deleitarse y ensalzarse al ritmo desgarrador que pide la humanidad. El Euro y el yuan pisan fuerte ¿dónde está el dólar? sino es bajo la alfombra de un viejo Saloon del Oeste. Irak danza al ritmo de las armas y en Afganistán se crían las amapolas más bellas y mortíferas que nunca se vieron…
Ella… me quedan sus palabras ¿a qué idioma las traduzco? si nunca hablamos el mismo. Es lo malo de este mundo, anhelas vivir bien y el vecino lo hace por ti, deseas reír y te sientes demasiado imbécil como para hacerlo, para llorar siempre hay tiempo, para entenderse ninguno y para amar… ¿cuándo? Si ya lo hiciste ¿no? O nunca fue así…



jueves, 3 de abril de 2008

17

Retrocediendo en el tiempo...

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Crei que retrocediendo en el tiempo volveria a encontrar ese calor que echo de menos... me equivoque. Ese calor o amor no existe ni aqui ni alla ni en ningun lugar posible a menos que lo genere yo de mi organismo, ahora, en decadencia constante. Crei que hubo un alma que una vez me comprendio.... me equivoque. Apenas sabe de si y de aquellos que le rodean, luego, como saber de mi? Al menos, busca lo suyo con determinacion, se arrima a quien de verdad le da calor; y eso, ya es algo muy valioso... Yo no aprendi a generar calor... Aunque me hubiera gustado aprender... Hoy ya es tarde.
Hoy estoy frio, asi es como me siento, frio por dentro y abrasado por fuera. ¿Por que crei que el amor me podria salvar y redimir? Me equivoque. Redime solo a quien estima necesario y de verdad lo merece... Puedo verlo dondequiera que voy, mi pasado me persigue, me cerca y acorrala en mi vida de ostraicismo a mas ostraicismo...
Volvere, una vez mas, el alma dolida, los postulados trastocados; otra aventura en la que no cosechare mas que una estima superflua; si la obtengo, y soy capaz de merecerla. Volvere a ser yo y de nuevo yo. Espero tener a alguno de vosotros a mi lado, ya que por ahora, las palabras no me sacian demasiado, pero me basta una fraccion de vuestra voluntad. No necesito estima para seguir adelante un blog en solitario. De nuevo, el bloggero, de nuevo.... blogger.


jueves, 27 de marzo de 2008

15

Libertad...

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I
Nos pusimos en marcha temprano. Tras meses sin vernos pasamos una noche inquieta y apenas cesamos de fornicar en la tienda ubicada sobre la pared. Pero ahora era preciso continuar…

Liang Xu era bella y salvaje. No podría permanecer mucho tiempo junto a ella sin fornicar o pelearme. Entre nosotros no existían límites. Quizá por eso el sistema nos buscaba sin tregua. Habíamos desafiado a lo establecido en un mundo que proclamaba: “Elige libremente lo que quieras.” Yo elegí luchar y ¿por eso ya no era libre? Algo sonaba a chamusquina. Algo no funcionaba. Todos se creían libres y estaban sujetos y vigilados. Nadie era libre. Todo estaba cercado y lleno de ojos.

Liang era adorable y salvaje. Los mejores instrumentos contra el sistema eran mi cizalla y ella. Nadie como ella.
Día tras día atravesábamos fronteras, cortábamos cercos y penetrábamos en mundos libres y prohibidos. Eso era el capitalismo. Un mundo libre y prohibido. Una paradoja.

Había millones de habitantes libres que, sujetos al sistema, proclamaban que el socialismo había sido fatal porque no permitía más que aspirar a tener una bicicleta. Ahora, en cambio, podías aspirar a tener cuantas quisieras, ya que como se rompían cada año, debías comprarte una nueva. No sabía diferenciar qué era mejor, si aspirar a la eterna bicicleta o a cien mil motocicletas de papel.
Nosotros no éramos políticos. Apenas sabíamos lo que eso quería decir; lo habíamos olvidado. Nosotros éramos “rompe cercos.”

Me fijé en la complexión de Liang Xu. Durante la escalada libre ella iba siempre delante. En las paredes no había cercos; por eso escalábamos, porque allí éramos libres y únicos. A la mayoría de la gente no le gustaba sentirse única. Preferían pertenecer a la masa. Actuar como la masa, y hablar como la masa.
Nosotros no hablábamos; actuábamos. Liang estiró sus brazos de chicle y se prendió de lo inaprensible. Necesitaba verlo para poder repetirlo. Yo era muy bueno escalando y ella, genial. Ahí radicaba la diferencia abismal. Quisieron atraparnos en el sistema; su sistema. Nosotros no hablábamos. Ni concedíamos entrevistas a programas imbéciles. Descubrieron que filmarnos les salía barato y lo hacían cuando les interesaba.
Los helicópteros nos molestaban, por eso huíamos siempre. Durante días o meses nos perdíamos el uno del otro.
Aquella había sido la última vez, pero nos habíamos reencontrado.
Liang realizó un giro de noventa grados sobre un saliente a más de trescientos metros del suelo. Había llovido y el mármol estaba resbaladizo; me costaba seguirla. Ella era una arácnida; la reina de las arañas.

II
Antes de vernos me atraparon. Las manos de la masa me sobaron por primera vez en años. Sentí repugnancia, miedo y lloré y vomité. No quería decírselo. No debía enterarse de que acudí a aquel programa y hablé… sobre ella. Les conté que ella no era como los demás. Era pura. Un genio dedicado a su vida en las paredes. Nadie podía follarla excepto yo, porque jamás lo consentiría (eso último, no lo dije).
Me ofrecieron dinero por atraparla. Oro. Nunca había visto el oro. Era amarillo y brillaba más que mil soles. ¡Me prometieron que si la atrapaba construirían un muro de oro donde podría vivir en libertad! Que no estaba bien ir de rascacielos en rascacielos, que comprendiera el significado de la palabra, prohibido.

III
¿Cómo hacerla bajar? Jamás la había visto en el suelo. Sólo yo bajaba. Y ella… se alimentaba de huevos de los nidos que encontraba y de insectos, aunque de vez en cuando aceptaba alguna manzana. ¿Cómo explicar que existía un muro de oro sólo para nosotros? No lo entendería, lo material para ella nunca había existido; ni siquiera tenía sentido. En cambio yo… lo descubrí cuando el niño me regaló la moneda y me explicó que con ella podría comprar. Desde entonces entraba en los supermercados con sigilo, nadie se fijaba. Descubrí el pan, la leche en tetra brik, la mermelada. Se lo llevé todo, y ella nunca quiso nada, lo dejaba caer con desprecio, excepto algunas manzanas y huevos.

Descubrí a la mujer pálida y con cabellos rojos en un callejón. Me insinuó que por treinta monedas... No supe qué decir. Estuve meses haciéndolo y me enamoré. Por vez primera perdí a Liang quien continuó merodeando en las cimas de los edificios más altos y fríos. Allá abajo, con Dress, me sabía arropado, hasta que se marchó y me dejó. Entonces me atraparon.

Ahora, hoy, me cuesta seguirla. Sé que estoy enfermo. Como sé que la he matado, a ella, a mi amor. Igual que Dress hizo conmigo. Y la quiero muchísimo. Ella es mi único amor. Siempre lo fue. Lo sé. Como sé que no existen los sueños con muros de oro. También ahora lo sé. Vivo en un mundo libre en el que está prohibido ser libre y donde la libertad está llena de cercos. Sólo aquí arriba somos libres. Sólo aquí, en el cielo, y cuando echemos a volar…

José Fernández del Vallado. Josef. 25 marzo 2008.

domingo, 23 de marzo de 2008

17

Santiago III. Antes de este episodio más abajo en el blog están los dos anteriores: I y II este es, de momento, el final.

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Aterricé en Chile vacío de sentimientos, de impresiones, de emociones…
Por lo menos así me percibí tras soportar un periodo de abstinencia sexual y encierro tan frío como si me ocultara de mí mismo en el interior de una caverna. La pregunta consiste en saber: ¿Por qué lo hice? He buscado esa solución, pero no encuentro más respuesta que una: Amor.

Amé tanto, que hubo días en los que la pasión llegó a proyectarse como alimento cotidiano y mágico de mi existencia. Como cuando desde Valparaíso viajamos a reconocer la casa de Isla Negra. No claudicamos y antes, a resguardo de una covacha, entre afilados peñascos, olas del mar rompiendo a nuestras espaldas, y los cochayuyos envolviendo nuestros cuerpos, consumamos el amor. Posteriormente, visitamos la fabulosa “mansión” de Neruda, dejándonos arrastrar por la exaltación de un placer todavía integrado a nuestros sentidos. En la sala de los mascarones de proa imaginé al gran hombre, acomodado entre reliquias y satisfecho con lo que logró cimentar en su fructífera vida. Sí… Aquellos fueron momentos brillantes; solazados por el ímpetu estuvimos a punto de zambullirnos y dejarnos arrastrar por unas olas que no tenían nada de afectuoso. A continuación, consentí complacido en que un caricaturista me hiciera un retrato que conservo ya para siempre.
El ocaso nos sorprendió entrelazados en el bus de vuelta a Santiago.

Y caminatas en busca de la paz de sus cerros, transitar en un metro impecable, siempre ceñidos; su cabeza reposando sobre mi hombro, mi mentón en sus cabellos rizados. Mis ojos detenidos en su mirada clara y profunda; charlas distendidas, atisbos de reconocimiento mutuo, roces, insinuaciones, risas y besos a la vuelta de las esquinas, rodeados de gentío, en soledad, en la oscuridad; besos de energía ilimitada…
Apenas soy capaz de describir con precisión lo que vino a continuación. Sé que no resultó ser más de una semana; quizá tres días a lo sumo, pero también sé que a mí me cundió como si fueran ¡cinco, doce meses!
Las noches que pasamos bajo las constelaciones; los instantes reservados al silencio durante los cuales yo observé fascinado como sus cabellos rizados y suaves se mecían al viento; los amaneceres duros y silenciosos, escuchando la lluvia de claxon y motores en combustión – la vida de Santiago – tras otra noche de ensueño amoroso increíble y difícil de imaginar. Su hombro torneado, su piel suave, sus labios siempre a mi lado. Nuestras cortas y lejanas (en la mente) aunque siempre cercanas en la geografía, excursiones a lugares de ensueño; los contornos de carne joven y dura de su cuerpo al arquearse sobre el mío; los excelentes desayunos que levantaban a un muerto después de una noche encendida; la ternura de sus besos con sabor a sal, con sabor a dulce, con sabor a bombón de crocante, con sabor a realidad, con sabor a irrealidad, con sabor a promesa, con sabor a placer…

La cuestión es que con el ritmo en que los días progresaban hacia la invariable cita final, se aceleró mi pasión. Así fue. ¿Me enamoré yo, hombre difícil, o tal vez más enamoradizo de lo que supongo? No lo creí en principio. Pero, cuando estaba de vuelta en el avión, con consternación cercana a la locura, descubrí que así era. La quería. Y a día de hoy sigo igual; enganchado al tren del amor. Por fortuna entre ella y yo nunca hubo ni habrá últimos días, pues, cosa rara, no vislumbré el final hasta que estuve embarcado en un despegue certero. Aunque sí… por medio hubo un domingo quizá, melancólico.

En resumen este es el final de una historia sin final, porque no ha terminado; así como la vida no se termina, pues tiene siempre su continuidad en quienes piensan y actúan como nosotros, o en mi caso, como yo. Lo sé... Tal vez no exista nadie parecido a mí en ningún rincón del planeta; quizá sea único. Pero, pese a mí misoginia, no lo creo así. Hay algunos que incluso me señalan como al doble del deplorable o magnífico actor “Jhon Travolta.” ¿Su doble…? Jaja... Otros, piensan y seguirán pensando siempre, que soy un excéntrico, vago e inútil, que no escogió el camino debido; aquella senda que sigue una gran mayoría, porque así lo enseñan y deciden desde que uno es niño. En todo caso elegí o me concedieron por imposición un itinerario que no es patrimonio de nadie: Vivir. Y estoy aquí con vosotros para escribir y ser un poco mejor cada día. Al fin y al cabo, un sabio y excelente solista en una canción memorable, dice algo así:

“Para hacer más efectiva la búsqueda del corazón, aviva esa pasión dormida, revívela, y encontrarás sentido a esta vida…”

Un saludo. Hasta pronto...


José Fernández del Vallado. Josef. 14 marzo 2008.

miércoles, 19 de marzo de 2008

25

Santiago II.

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Ocurre en todas las grandes poblaciones. Desde el instante en que uno pasa a formar parte de Santiago advierte ese cambio de ritmo del sosiego del campo al trasiego acelerado y descompuesto que tiraniza la ciudad. Autos y más autos; toneladas de aleación de chatarra fluyen por sofocantes trazados de metal fundido que reciben el nombre de avenidas, calles, paseos…

Dejo de ser conductor y consigo el carné de peatón. En Santiago fui un peatón generoso; sin el inexcusable ritmo de las horas sobre mis espaldas, porque no trabajaba, sin cansancio, porque descansaba lo necesario, y sobre todo sin esa soledad opresiva y agónica que muchas veces nos escolta. Estuve bien acompañado, pues ella estuvo a mi lado, siempre a centímetros. En Santiago fui un peatón también muy afortunado – en realidad éramos dos en uno – pues por una vez tuve la oportunidad de ver una ciudad, no de refilón, sino con ojos bien abiertos.
Recorrí el Paseo de Ahumada fijándome en los detalles y pintorescos géneros de humanos que nos cercaban; deteniéndonos a degustar un helado o un café, caminando sin cesar. Porque ella es gran caminante de ciudad y también del terruño.
El cerro de Santa Lucía y el de San Miguel a nuestros pies, aunque en el último, fueron casi nuestros pies quienes se dejaron derretir por el calurosísimo sendero de bajada.
Cuesta arriba, cuesta abajo, esquivando perros que dormitaban en esquinas o el mismo centro del pavimento, divisando catedrales en sus plazas y plazas que sientan cátedra; siguiendo la divina Providencia o alumbrando la Alameda. El Mapocho nos enseñó sus dientes podridos de líquido envenenado. Conquistamos la ciudad día tras día un poco más; para al atardecer regresar al punto de partida y dejarnos caer el uno sobre el otro en el hotel. Acariciándonos, mansamente al principio, buscándonos luego, besándonos despacio, con deleite, sin prisa, con el tiempo dominado y en el bolsillo… Alguna mano se escapa y de nuevo el delirio de un placer cotidiano.

Amanecer soleado y fresco, oportuno para salir. ¡Vamos! De caza a los Sacramentinos. Una iglesia que bien pudo ser catedral Bizantina, pero de cemento. Y por Dios, he visto construcciones alucinantes, pero lo que allí llevó a cabo la iglesia, menudo derroche de imaginación, talento… y dinero. Deslumbrado, tomo un libro entero de fotografías…
Otra vez, la noche es nuestra, y en realidad nunca fue tan nuestra. No soñamos, vivimos al día, amamos al día, pertenecemos al sueño eterno, un sueño que está en nuestras manos y va en pos de nosotros mismos.
Esa noche nos amamos, si cabe, más y mejor todavía. Y a la mañana siguiente escapamos a Valpo. Somos libres; nadie nos detiene. La semana nos pertenece y es casi una vida entera. Muy pocas veces se viven siete días con la intensidad de doscientos.
Valpo nos recibe con diez grados menos de calor y diez más de fiebre alocada. Maravilla de ciudad. ¿Por qué decirlo? Si ella misma lo sabe. Escalar sus cerros y visitar la espléndida Sebastiana, hogar de ese gourmet de la vida que fue Pablo Neruda, compruebo, tras la visita en Santiago a su excelsa Chascona. Y amarla un poco más, cada día un lazo más sin que ella se de cuenta; yo tampoco lo hago, sólo, lo intuyo…
Almorzar en un cuchitril, al lado del chulo extranjero y su prostituta de lujo, resulta incluso divertido, pero no conviene pasar allí toda una vida. Se hace tarde y es necesario atender la visita concertada a Viña, para encontrarnos con una bloguera cariñosa y meritoria. Nos citamos en un Mall gigantesco – cosas de viña y sus cantidades industriales de niños y niñas guapitos. – La visita es entrañable, ella genial y sus padres maravillosos.
El retorno apresurado por el anochecer. La búsqueda de un lugar donde descansar se convierte en una lucha contra un frescor paralizante que no conocía desde que llegué al verano santiaguino. Ella tiembla, yo disimulo muy mal.
Calle Pedro Montt: “Hostal Valparaíso.” Entramos, escalamos unas escaleras y sin ser conscientes acometemos el laberinto del Minotauro. Jamás vi maraña de pasillos que suben, bajan, se bifurcan, tan excelentemente entramados. ¿Vive allí una gran araña de rincón? La señora que nos atiende, lo parece, no lo es. Nos acompaña a la habitación. Cuando llegamos, ya estamos perdidos. No importa. Nuestro objetivo: despertar temprano a la mañana siguiente para tomar el desayuno que acompaña la estancia, porque ni siquiera hemos cenado.
Una vez en el camastro, extiendo un brazo sobre sus cabellos, rodeo su nuca con delicadeza y huelo su aroma a mujer. Ella se acurruca junto a mí y me acaricia. Que conste: Estamos muy cansados, agotados. Pero la hora del amor llama, y cuando lo hace, nada es capaz de interponerse…

(Continuará.)

José Fernández del Vallado. Josef. 11 marzo 2008.

viernes, 14 de marzo de 2008

33

Placer con el jazz….

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Una mano delante, la otra detrás; calor asfixiante. Las faldas alzadas, sus ojos brillantes. Aroma a color, miradas de sorna, murmullos de amor. Carolina del sur. Un trueno en la estancia.

Revueltos sobre la estera; lluvia en los canalones. Pechos húmedos en mi rostro, sonrisas oscuras, gemidos de bebé, ladridos de perro. Suspiros profundos, manos que buscan sin encontrar y encontrándose; corazones a mil revoluciones, besos temblorosos, saturados de saliva y lascivia. El sexo mojado, dedos que se impregnan; sabor a pantano. Dolor al empezar, placer con el jazz…


José Fernández del Vallado. Josef . 14 marzo 2008


martes, 11 de marzo de 2008

16

Santiago.

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Cohabité conectado a ella de forma permanente durante más de año y medio. Despertándome con ella (al otro lado del monitor) acostándome con ella (al otro lado del monitor), viviendo mutuas tragedias, disfrutando nuestros espacios de soledad compartida; felicitándonos, enviándonos besos que atravesaban fronteras del tiempo y distancias enormes. Conociendo detalles de las habitaciones desde las que nos conectamos; de la suya, esa puerta gris que da acceso al resto de un piso para mi desconocido y misterioso, y el armario que queda a su izquierda. Exponiendo también cómo nos vestimos, lo que comemos, y hablando de las personas que nos rodean y nos importan...

Y ahora, casi no lo creo. ¡El avión aterriza! Han tenido que transcurrir años y aquí estoy, en Chile. Todo me resulta en cierto modo cálido y conocido; los pacos, los trabajadores, el sencillo pero práctico diseño del aeropuerto. Escapado de mí invierno, es otra vez verano, pero… hay algo diferente.

¿Ella? Está en algún lugar esperándome, muy cerca. Jamás estuvimos tan próximos pues siempre nos hallamos separados por miles de kilómetros, y ahora, de pronto, soy consciente. Tal vez sólo nos separe una última y delgada franja internacional.
Recojo mi mochila, recuerdo sus palabras de forma mecánica:
“Sales por el lado derecho; no lo olvides. Allí estaré yo.”
Ella… la mujer que ni siquiera sé cómo es y de la que creo saberlo… ¡todo! Percibo la sensación del momento. Es como echar una moneda al aire y contemplarla caer hasta que se detiene de canto. Estoy en ese impás. La cargo en un carrito, camino dominado por nervios que creía tener sometidos.
Salgo al exterior, aguardan cientos de personas, todos me miran. Durante unos instantes me reconozco en la piel de una estrella de cine o del rock. Abandono la pasarela de metal, me mezclo con el público. Mi cabeza gira perturbada en ambas direcciones. ¿Dónde está? Una voz pronuncia un nombre. ¿Mi nombre? Me giro y me encuentro frente a una mujer menuda, muy bella, de cabellos castaños y rizados, que me recibe con una sonrisa de ángel y una expresión recordada. Despierto de mi sueño o caigo en el; la reconozco. ¡Es ella! ¿Ella entre mis brazos? La recibo, me dispongo a apresarla y ya se ha liberado. Maldigo mis reflejos. Todo ha sido perversamente rápido. Pero así es como suceden las maravillas de la vida; mediante detalles maliciosos y veloces. Progresamos rápido hasta el vehículo, una camioneta. Olvido su color, su marca ¡no sé nada! Pero es que estoy junto a ella. En el camino hacia Santiago cruzamos palabras intrascendentes.

La camioneta nos deja ante el hotel. Ella desciende a mi lado. ¿A mi lado por primera vez en más de año y medio? Se me hace raro tenerla ahí, cuando todavía no me he liberado de su aura cibernética y continúa siendo casi una imagen.
En recepción palabras de formalidad. Firmo el libro de registros. Me dan la llave de una habitación interna. Ella pregunta por otra con ventanas a la avenida. Asiento afirmativamente, deseo verla. Nos la enseñan; no es la que queremos. Perdón, la que deseo.
Entramos en mi habitación. Cierro la puerta, giro el cerrojo y me vuelvo. Se ha sentado sobre la cama. Abro una bolsa y le muestro unos regalos, sus regalos; es decir, los que le entrego y ella recibe, aunque presiento que me falta algo por entregar. Me levanto inquieto, sin atreverme a enfrentar sus ojos, y empiezo a deshacer la maleta. Me detengo. Sigue ahí sentada, no se ha movido de lugar. Un impulso desconocido hace que mis piernas me proyecten a su lado, le susurro.
- Sabes, tengo algo que decirte…
Nos miramos. Ella contesta.
- ¿El qué…?
Mi garganta es un tenso nudo corredizo del cual las palabras no alcanzan a salir. Como una sombra mi volumen se desliza hacia ella y tomándola del rostro, mediante mis manos, sin cesar de palpar, le expreso aquello que quiero decir sin palabras. Nuestras lenguas se cruzan, abrazan, y reconocen entre sí en un beso cuyo ímpetu es a la vez delicado y fervoroso. Sólo entonces me doy cuenta, cuanto tiempo esperé y soñé este momento. Nos besamos sin desligarnos durante cinco, diez, quince minutos. Finalmente, cuando lo hacemos, me siento delirar. Mi cabeza está al fin deshogada y a la vez es un cúmulo de sensaciones. Alguien dice.

- Vamos, debemos salir…

Soy feliz. Sí, puedo afirmar sin miedo a equivocarme: Lo soy por completo…

(continuará)

José Fernández del Vallado. Josef. Marzo 2008.


jueves, 6 de marzo de 2008

18

En la Patagonia, sucede...

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En Puerto Montt tomo un avión, me conducirá unos tres mil kilómetros al sur, a la Patagonia chilena. ¿Encontraré allí esa libertad idílica e ilimitada que en el fondo busca mi alma. Esos parajes desérticos, bellos, deshabitados; alejados de toda civilización y su imposición monetaria?

Consigo una plaza junto a la ventanilla. El viaje en avión es casi un placer para la vista. Primero descubro asombrado el campo de hielo norte, pero mi asombro no tiene límites al ver a mis pies la capa de hielo del enorme campo sur. Del cual parten glaciares tan excelsos como el Grey, el Perito moreno, etc.

Deseo estar ahí, y estaré cerca. Pero – lo desvelo ya – no llegaré a cumplir mis sueños al completo. ¿Una razón? Puerto Natales es indudablemente una población conmovedora, pero claro, estoy en época de verano y el turismo… el inapelable turismo, lo invade todo. Con lo cual Puerto Natales resulta una ciudad enclavada en un paraje precioso, pero de lo más caro de Chile. ¿Otra razón? Ella no está. ¿Suficiente? No, demasiado.

En los próximos días veré montañas alucinantes por las que tendré que pagar; glaciares increíbles que desaparecerán y hoy echarles un vistazo cuesta casi como pagar cinco mil helados de limón; ríos de belleza casi selvática, impagable, por los cuales pagué por recorrer sus riberas… ¡Nada que hacer! Chile está como mi pobre España; conquistado por el materialismo acalorado, que mutila todo de raíz de forma salvaje. Los anglosajones, dueños del mundo, poseen dinero a raudales; por ser atendidos pagan cantidades que luego también nos hacen pagar a nosotros, otra clase de turismo que sufrimos las consecuencias de convivir con los florecientes. Debido a este problema, el chileno medio y no digamos el pobre, no puede ni podrán ver más que fotografías del sur de su país. ¿Y la humildad de la población natalina o natal, dónde queda, cuando todos sus habitantes se pelean como buitres por cazar al turista para enriquecerse? Sí, me alegro por ellos y por su fortuna. Pero de seguir así es… ¿ilimitada? Lo dudo.
Esto es lo que vi; tal vez hubiera más. Y lo había. Terrenos extensos, sin casas, sin hogares, bellos, preciosos, de una belleza desoladora; una vez habitados por indígenas hoy exterminados. Los terrenos a los que llegaron los españoles. ¿La culpa de esto la tuvieron nuestros/mis, antepasados? No lo sé, solo recordaré lo siguiente, tomen nota:

Durante los actos de conmemoración del V Centenario del Descubrimiento de América, se cuestionó y se condenó a España, ¡con razón! por su violenta conquista y posterior dominación que destruyó culturas, imponiendo un nuevo orden y una nueva religión a sangre y fuego.
Pero, curiosamente, tampoco se condenaron las matanzas y el exterminio o explotación de pueblos indígenas enteros, a partir de la Independencia de las nuevas Repúblicas Iberoamericanas. Quienes, con variantes de grados, continuaron las peores costumbres del régimen español, a pesar del ropaje republicano y democrático de los nuevos estados.
Así pues alacalufes, yaganes, kawéskar, onas o selkam, fueron exterminados. Y donde antes reinaban – sus territorios patagónicos y fueguinos – hoy sólo quedan… ovejas, ñandúes, zorrillas, y algún zorro intrépido.

Me gustaron mucho Las Torres del Paine; majestuosas, imponentes, ya conquistadas. Me agradó que se hagan esfuerzos por mantener todo eso, pero tal como ocurre en la España mediterránea, por más empuje que se le de, al final la fiebre monetaria, acabará barriéndolo todo.
De hecho, ya van a por ello, pues unos cientos de kilómetros al norte, en la región de Aysen, para empapelar la crisis energética, nuestra gran hidroeléctrica Endesa, pretende represar y ahogar para siempre extensos y preciosos valles, tal como sucedió aquí con el dictador Francisco Franco durante las décadas de los años cuarenta y cincuenta.

Espero que en los próximos años la situación que yo he visto crecer, varíe. ¿Cómo se hará? Está en manos de los políticos. Quienes por cierto, hasta ahora (en todo el mundo) sólo han demostrado su torpeza, escaso tacto y percepción, para amasar otra cosa que no sean fortunas. En manos de ellos estará “moldear” el futuro de la Patagonia chilena. Sigue siendo una tierra muy hermosa. Todavía hay tiempo, pero se acaba. A mí se me acabó el viaje y volví recordando las torres del Paine cuando todavía eran de los ancestros indígenas; recordando el temor con el cual contemplarían y “adorarían” glaciares tan vastos como el Perito Moreno o el Grey…; recordando sus fiordos y todas esas bellezas que nuestro mundo materialista está destruyendo. ¿Merece la pena ya ver unas cataratas del Iguazú pobladas de gente? Para mí resulta casi como viajar a los polos sin hielo. Pero no… Yo sólo deseo que esos lugares que pertenecen ya al patrimonio mundial sean libres y estén financiados, por poner un ejemplo, por el FMI (Fondo Monetario Internacional). ¿Tal vez así en lugar de ser sobre explotados serían atendidos de verdad? La idea, por supuesto, es una utopía, ya que el FMI no financia nada que no sean explotaciones, misiones a la luna, y sólo Dios sabe a dónde carajo va a parar esa inmensa cantidad de dinero. Al fin y al cabo, no es más que metal de la tierra y papel de los árboles… ¿no? Lo cual también está amenazado.

Volveré al sur. A esa parte que me falta; porque hay más lugares me consta, y sé que quizá todavía… Tal vez… Un saludo.

José Fernández del Vallado. Marzo 2008.




domingo, 2 de marzo de 2008

19

Puerto Montt

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Conocí tan bien Chiloé…. Cuando lo dejé fue como si hubiera estado una eternidad en un lugar concebido a medida. Las ensenadas y recovecos que conformaban las islas eran una extraña mezcolanza de tierra ajena y sabida. Sin duda pude alcanzar el sentimiento de pasión que mis antepasados experimentaron cuando llegaron a su litoral. Recorrer medio mundo y encontrar un lugar tan semejante a aquel del cual procedían resultaba tan increíble. La Galicia del sur la llamaron con asombro y maravilla. Los poderes ocultos y la hechicería, contenidos en aquellos parajes de España desde hace milenios, viajaron con ellos y en ellos, y una vez allí se fusionaron con otros no menos añejos, los del ritual indígena, unidos constituyeron una pócima de un simbolismo vigoroso y atrayente en ocasiones, pero quizá letal en otras. Lo supe en seguida. Allí encontraron bastante más que una nueva Galicia, pues pese a que en apariencia todo era igual, en realidad no dejaba de ser más que un sueño de coincidencias quiméricas. Estaban en una tierra diferente, impregnada de magia y de poder, y cuando se dieron cuenta de ello, el mismo lugar los mantuvo apresados en la belleza de su simiente...
Dejé con tristeza aquella tierra de la que mis antecesores de la izquierda moderada tuvieron que echar a mis antecesores de la derecha inmovilista a tiros, pues los últimos fueron incapaces de declararse chilenos sin antes desprenderse de su deslumbrante poder de atracción demoniaca e imperialista.

El ferry hendió las cortantes aguas del estrecho. Acomodado en la baranda contemplé discretamente el paisaje azul marino. Llevaba dos noches sin dormir y no lo ignoraba, iba a encontrarme con ella. Permanecía atento en cubierta; el perfil de verdor fascinante de Chiloé me impedía articular un solo gesto. Como para saludar nuestro paso, unos lobos marinos asomaron sus hocicos en superficie. Nunca había visto focas en mar abierto y me impresionó reparar en aquellos bañistas tan similares a nosotros, pero con semejantes extremos de gracilidad.

El autobús salió a la calzada y aceleró con ligereza por un terreno diferente; me di cuenta, la tierra de por allí era negruzca, estábamos en dominios volcánicos.
La terminal de Puerto Montt es un mundo multicolor de movimiento que funciona acorde al de los grandiosos buses transterritoriales que salen hacia el norte, el sur, y viajan a la vecina Argentina.
Como una pulga gigante escupida de su interior me aventuré solo en una ciudad en pendiente donde todo aparece nuevo, brillante y admirable, e incluso el frío, pues una brisa del norte te hiela las mejillas cuando te atreves a desafiarla caminando frente a su poder de seducción de claro origen antártico.
Nada que hacer. El taxi más barato no bajaba de las tres lukas. Una voz cercana murmuró a mis oídos. “¡Bah, el hostal está cerca, muy cerca!” Y fui yo quien se dejó engatusar y por lo tanto, a caminar.
Caminar resulta fácil si se tienen buenas piernas, pero si se carece del entrenamiento adecuado, se porta una mochila de casi treinta kilos a las espaldas, y encima vas cuesta arriba, ya es otro cantar.
Resuellos y unas escaleras de mil escalones. ¡Válgame Dios! ¿Tantos? Arriba una vista divina, siempre que a uno no se le adhiera un mochuelo a su espalda. Me interno en una calle, pregunto por el hostal. Nada. ¿Nadie sabe…? Pues no. En Puerto Montt la población sobrevive impertérrita a las designaciones de las calles; ¿las desconocen? Esa impresión me dio. ¿Y cómo harán para llegar a sus hogares? Al instante lo entiendo; existen dos opciones, dos sentidos posibles; arriba y abajo. A los de arriba les basta remontarse por encima del cielo y a los de abajo dejarse caer en su mullida pendiente hasta llegar junto al mar. Más allá, vigilante y majestuosa, aguardando el día del juicio final, sobresale la cima del volcán Osorno quien ya te cuenta entre sus posibles víctimas y… ¡Basta! ¿Acaso deliras? Algo parecido representas cuando alcanzas el hostal en lo alto de la loma.
Entras sudoroso y te inmovilizas clavado ante una vista alucinante. No puede ser… ¿Ascendiste a los cielos perpetuos? Un ventanal inmenso cede paso a una visión espectacular que, acostumbrados a verla, nadie contempla excepto tú, y con ojos desorbitados. De pronto tienes a un par de monos a tus pies que te observan con seriedad. Te preguntan. ¿Tú… vienes aquí? Pregunta lógica si se tiene en cuenta mi aspecto de criminal planetario. Asiento. Los chicos se retiran y me recibe una mujer menudita que de forma cariñosa me invita a firmar en el libro de inscripciones. Pido un refresco, cualquier cosa vale, necesito líquido. Me ofrece un zumo de naranja. Lo consumo de un trago. A continuación le explico que estuve a punto de reventar en la ascensión. Se ríe; más por seguir el rollo que por admiración. Seguro. Estará acostumbrada a subir y a bajar todos los días. Le ruego me muestre la habitación, pues mi deseo no es otro que el de tomar una ducha y tumbarme a descansar.
Ascendemos unas escaleras que parecen salientes en un barranco de cabras. Abre una puerta estrecha, tan angosta que apenas puedo introducirme con la mochila y ¡oh! La habitación entera es una cama; es decir la cama ocupa la habitación. En cuanto a la ducha, no es más que una mezquina miseria reservada a cucarachas hambrientas. Me da una llave de los cuentos de Andersen y se retira. Permanezco petrificado sobre la cama. Mi frente es un torrente de agua, mis pensamientos cascadas inmortales, mi vida, un sueño eterno. No, no puedo quedarme en ese estado. Qué hacer… ¿Llamo a los bomberos y que me saquen de allí con tenazas? Al fin me desprendo de la mochila y me doy cuenta de que puedo caminar. ¡Internet! Necesito internet soy un internetiano; debo encontrar un lugar adecuado. Mi móvil resulta inútil para hablar, de modo que escribo un mensaje y le pido que llame. Lo hace al instante. Le explico las inconveniencias. Me dice que no dispone de saldo como para hablar más tiempo y que lo resuelva como sea. ¿Como sea? Corta, y me quedo colgado de un hilo quebrado con la mente en blanco.

Deposito la mochila en un rincón, bajo los escalones de alta montaña con precaución, y me veo inquiriendo con desesperación por un ciber a la dueña. Una mujer peligrosa (si le desvelo mis propósitos). Me cede un ordenador en una habitación y al encenderlo me doy cuenta de que se trata de un Pc quinceañero; tal vez de su hijo adolescente, el escritorio es todo un escaparate de monstruos propios de la guerra de las galaxias. Accedo a Google, pregunto por hostales en Puerto Montt, se plasman una docena, pero ¿cómo reservar en tan sólo unas horas? Imposible, necesito desplazarme al centro, y cuanto antes mejor.
Salgo de la habitación, doy las gracias, y exhibiendo una sonrisa de pocker traidor, matizo que voy a dar un paseo.
Desciendo, la calle parece la ramificación de un glaciar en picado, accedo a una arteria principal. Allí comienzo a bracear a todo móvil que se pone a mi alcance. Finalmente un taxi se detiene; de momento estoy a salvo, o eso creo; pues el taxista que me recoge se maneja como un desalmado de fórmula irreflexiva. Lo miro con espanto y la idea brota espontánea.
- Oiga verá… Encontré un hostal por internet. Está ahí, en lo alto de la loma. En aquel barrio. Lo ve...
Se asoma a la ventanilla de forma imprudente, asiente y declara
- ¿Allá? Es un lugar peligroso por la noche.
Me estremezco.
- Ya… Pues verá… En realidad tiene una panorámica de la ciudad excelente. (no quiero resultar grosero en exceso). Prosigo.
- Pero la verdad, la habitación es un desastre y a mi mujer no le va a gustar. La conozco de sobra y…
Me mira.
- ¿Y dónde está?
- Quién…
- Su mujer.
- ¡Ah! Jaaaja. Se reunirá conmigo esta tarde. Viene de lejos.
- Ya…
- La cuestión es… Ya que usted se maneja todos los días por esta bella ciudad. No podría… ayudarme y recomendarme un… hotel u hostal.
- ¿Hotel?
- No… En realidad nos bastaría con un lugar medio.
- ¿Medio? Medio qué…
- Pues sí, quiero decir… Ni demasiado caro ni muy barato. Pero sobre todo que quede por el centro. Mi mujer me ha dicho que en el centro.
Maneja concentrado. No contesta de inmediato. De repente sonríe. Se detiene en un semáforo, se vuelve y comienza.
- Mire… usted (weon debe pensar). Ahora estamos cerca del centro y aquí apenas dos cuadras más adelante hay una calle en la que hay dos albergues. Quizá sean de su gusto.
- Ok, déjeme entonces aquí.
Al cabo de media hora estoy por fin acomodado en uno de ellos. ¿Adivinan como se llama? TORREMOLINOS: El nombre de la ciudad más horrenda y turística de mi mediterráneo español. ¡Nunca imaginé…! No… En la vida imaginar tampoco es suficiente…
Ella llega unas horas más tarde. La recojo. Anochece y el cielo de Puerto Montt muestra un espléndido arrebol. Hace un frío helador y ella está más bella que de costumbre. Aunque no viene sola, la vida está plagada de sorpresas. La acompaña Martita, su pequeña de seis años…


José Fernández del vallado. josef. febrero 2008.

sábado, 1 de marzo de 2008

3

En Chiloé: Ancud...

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Este texto no refleja ni mucho menos todo lo que sentí al explorar en casi su totalidad la isla de Chiloé. No pretende atacar Ancud, una ciudad hermosa pero triste (a mi manera de juzgar) y con un halo de historia y de misterio imborrable...
Quien sepa leer entre líneas captará lo que trato de hacer ver o sentir al lector; puesto que de sentimientos se trata, y de ningún modo son malos, sino quizás varias cosas a la vez...

Estaba en Ancud y alli estuve. Y pude olerlos, sentirlos, e incluso los percibí caminar por sus calles… sucias, saladas, con aroma al puerto podrido de muerte que una vez fue; cuando la guerra y los cañonazos del fuerte de San Antonio y más allá, el de San Miguel, retumbaron escupiendo viejos hierros cargados de dolor y sufrimiento…
Dicen, es un hecho consumado, que allí se gestó la derrota de los últimos españoles; de mis antepasados…

Vagué por sus calles impregnado de insólita tristeza desconocida. Caminaba alumbrado por una especie de halo místico, sin ser capaz de tomar fotos de una ciudad ¿inexistente? De hecho tengo muy pocas, apenas dos o tres tomas y todas ellas realizadas desde el mismo ángulo. Algo me impidió… ¿Su gente? ¿Me avergonzó contemplarlos? No; fue distinto. Al volver las esquinas descubría, me topaba con sobresalto, con personajes extraños; todos ellos portaban un retazo de antigüedad casi mítico. Eran individuos alcoholizados por una derrota o la euforia de una victoria que no trajo consigo riqueza alguna a una población que permanecía todavía… ¿a la espera?
Así fue. Encontré una localidad paralizada trescientos años antes, que no formaba parte del Chile moderno y actualizado. Una ciudad ¿poblada por seres ultraterrenos?
Luego, la tercera noche, hubo un apagón generalizado. Estaba en un ciber y no me di cuenta de golpe porque mi ordenador no se apagó de inmediato, tardó algo más de lo debido. ¿Estaba solo o demasiado abandonado…?
Ella no quiso venir. ¿Acompañarme a Chiloé? No, no podía. Exactamente no recuerdo que me diera un porqué. En cambio afirmó conocerlo bien y parecía como si deseara, si, ¡deseaba! que yo lo descubriera por mí mismo. Daba la impresión de que admitía sin recelos el hecho de que yo estuviera lejos… ¿O cerca? Porque estuve pisando el suelo que hoyaron sus antepasados, nuestros antepasados… quienes no lo olvidemos, privaron a los indígenas mediante un mestizaje brutal, cercenando ritos e imponiendo los ¿debidos o indebidos…?
No se lo dije, ¿por qué decírselo? Ancud me impresionó. ¿Me dio miedo o me superó? Desde luego aquella noche, la del apagón, cuando volví caminando entre ánimas, me achiqué. Al avanzar en la oscuridad el terror impregnó mis sentidos y movimientos, pues consiguió ocupar mi silencio con un murmullo bronco, casi demencial. ¿Y los pobladores de Ancud? Por más que me esforzaba en encontrar su calor, al pasar junto a ellos, no lograba sentirlos ni escucharlos… ¿Gemían? Toda la ciudad era y fue un lamento profundo y quejumbroso del que yo no podía ni pude liberarme...
Descendí el callejón hasta mi hostal dando traspiés, intuyendo sombras que levantaban un halo de frialdad al pasar a mi lado. ¿Me reprochaban que yo, un español estuviera allí? Regodeándome de mi recién adquirido estatus de turista en aquellas calles aún infestadas de ratas, aroma a pescado violaciones y derrota, sin hacer nada por ellos...
La historia más brillante del olvidó de una ciudad victoriosa está impresa en Ancud. A la mañana siguiente todo era igual. El mismo y radiante sol me acompañó los cinco o seis días que allí permanecí, la misma sensación de desasosiego, pero a la vez también de euforia, magia oculta, belleza, y quizá de la peligrosa fascinación que casi me atrapó.

Adelanté mi regreso - ¿temí quedarme allí para siempre, o me agradó demasiado la idea? - un par de días. En realidad quien me llamó fue ella. Además, una invasión de pulgas me devoraba y apenas podía dormir.
Me citó en Puerto Montt. ¿Curioso verdad? ¡Justo al otro lado del canal! A salvo de la isla. Y Puerto Montt, ¿qué fue Puerto Montt? Fue otra historia muy distinta de la que, más tarde, cuando recupere el aliento, hablaré…

José Fernández del Vallado. Josef. 27 febrero 2008



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