• Era un verano tórrido y Adrián, un muchacho rollizo y un poco raro, aunque servicial...

  • Se llamaba Vera. Era morena y esbelta. Sus ojos negros preservaban una timidez joven y ensombrecida...

  • Mi corazón se ha vuelto de hielo, mi espíritu es el de un luchador noqueado.

  • El rumor del viento acompaña, los rayos del sol cortan la espesura...

  • Hacía un día invernal, tan limpio y claro, que los rayos del sol en lugar de proporcionar calidez, cortaban la respiración.

  • Por las noches me arrebujo y mientras mi pulso se acelera y mi corazón palpita...

  • Recorrida la mitad de su vida, Tariq Alhamar seguía transitando en un mundo de incierta...

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miércoles, 31 de enero de 2007

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Brisa cálida, Tifón...





Brisa cálida, azul intenso, océano de ensueño. Jorge llega a la playa es un día entre semana de finales de septiembre; no ve a nadie más. Hace buen tiempo, un aroma a algas y sal envuelve sus sentidos y lo traslada hasta una infancia ya desconocida. Despliega la sombrilla mientras entre sus pies se escurre una arena de platino. De su mochila saca una toalla verde con estrías de colores azulados, la extiende, se tumba sobre ella toma un paquete de Chesters rubios se prende un cigarro, a continuación extrae su tesoro, el libro de Joseph Conrad Historias del mar: Tifón, y comienza a leer:

"El capitán Mac Whirr, del vapor Nan-Shan , tenía una fisonomía que, a juzgar por las apariencias materiales, era una réplica exacta de su carácter…"

Oye retumbar a su espalda. Se incorpora a medias sobre sus codos, gira la cabeza y la ve. Es una mujer de pelo rizado pelirrojo y suelto pero arreglado. Al verla curtida por el sol, Jorge se da cuenta que debe acostumbrar a dejarse caer por la playa, pero… ¿desde cuando? La cuestión es que su fisonomía es admirable, pues presenta uno de esos arquetipos “multinacional Coca – Cola” en el que despuntan delirantes valles y ondulaciones. Durante un instante sus atisbos se entrecruzan; ella baja la vista para observarlo, se aprecia una mirada directa en sus ojos verdes. Sobre su cabeza porta una diadema de paño oscuro, suave y sedoso. La acompaña un perro “Baset” que va a investigar a Jorge sin recelo, con cortesía sincera, mientras su rabo no cesa de ondear. Jorge lo acaricia, ella lo llama, su voz deja entrever un acento indígena; tal vez holandés o alemán.

Para sorpresa de Jorge la mujer no se aleja demasiado. La ve acomodarse a unos metros de distancia. Vuelve sobre su lectura.

"El capitán Mac Whirr, del vapor Nan-Shan , tenía una fisonomía que, a juzgar por las apariencias materiales, era una réplica exacta de su carácter…"

- ¡Perdgón!

Alza la vista y descubre, primero el pubis, cubierto por una pequeña pieza roja, luego, unos senos de impresión de la mujer, quien sin rubor se ensalza ante su cuerpo inclinado sobre la toalla.

Vuelve a alzarse sobre los codos, deja el libro a un lado.

- ¿Sí?

- ¿Tiene un cigago? He visto tu fumá y me muego del mono, dice ella con una sonrisa marciana.

- Oh sí… Tome. Llévese un par.

- Grasia. Uté bueno. Sugiere ella.

Hace un ademán de irse… Se detiene y retorciéndose los dedos, añade.

- Sabe…

- ¿Qué?

- No todo españole como uté… Recalca dibujando una mueca de Gioconda.

- Ah jajaja. Sonríe Jorge, mostrando un rictus de absoluta estupefacción.

- Chao…

El bombón regresa a su lugar mediante un trotecillo desgarbado. Nadie es perfecto, piensa Jorge. Y retoma la lectura…

"El capitán Mac Whirr, del vapor Nan-Shan , tenía una fisonomía que, a juzgar por las apariencias materiales, era una réplica exacta de su carácter…"

Una risa frenética lo distrae de su atención. Es ella otra vez. Está de pie. Ha sacado de una bolsa a flores una pelotita amarilla, como de tenis, y se la lanza al perro que corre tras ella. De pronto se lleva las manos a la cintura, sujeta la piecita roja, se contorsiona y se desnuda por completo.
A continuación profiriendo grititos y a saltitos, entra en el agua, el perro la sigue a nado entre las olas sin aparente temor.
Al cabo de diez minutos sale. De pronto mira en dirección a Jorge y lo saluda batiendo ambas manos sin cesar de sonreír. No es tonta ni ingenua, sabe lo que se hace piensa Jorge, en tanto se descubre mirándola con embeleso. Saluda con timidez y prosigue:

"El capitán Mac Whirr, del vapor Nan-Shan , tenía una fisonomía que, a juzgar por las apariencias materiales, era una réplica exacta de su carácter…"

Trata de centrarse de nuevo.

"El capitán Mac Whirr, del vapor Nan-Shan , tenía una fisonomía que, a juzgar por las apariencias materiales, era una réplica exacta de su carácter…"

- ¡Hola!

¡Es ella! Ahora está tumbada a su lado. ¡Desnuda! Jorge no se atreve a moverse mientras la mira de reojo como un insecto al acecho. Ella se ha dado una crema y su piel reluce brillante como la de un delfín.

- Sabes…

- ¿Sí?

- Mi llamo Franciska krammenkerk

- Ah… Yo Jorge.

- Encantida. Mi hollandisa.

- Ah…

Sonríe Jorge, quien ya es un raro espécimen de bicho palo totalmente tenso.

- Sabes…

- ¿Sí?

- Mi… ¡gusta tú!

Jorge, avergonzado, muestra un claro rictus de estupor y pánico a lo desconocido. Nunca le ha pasado nada semejante. Qué ocurrirá con María. Tendrá que contárselo. Él nunca la ha mentido. ¡Jamás!

- Vaya… Murmura.

- Vaga… Imita ella. Mientras brota una risita de su garganta. Le toma una de sus manos y acaricia sus dedos.

- Y… ¿Qué hace tú ahoga aquí solo?

- ¿Yo? Nada. Sólo leo…

- ¿Sólo lee… solo? Pregunta ella. Le acaricia el pecho. Añade

- Me gusta, mucho pelo. Y se ríe.

Ella separa las manos, las mueve cimbreándolas de forma expresiva y pregunta.

- ¿En qué tú trabaga?

- ¿Yo?

- Sí tú. ¿Quién va a ser si istamos solo…?

- Bueno… Hem. Soy panadero.

- ¿Panadego?

- Sí. Yo hago pan “bread” o “broad”. Cómo se diga. Youuuu… ¿Comprendes?

Ahora está de rodillas. Jorge puede ver con el rabillo del ojo el abundante vello de su pubis color zanahoria. Ella tuerce el torso hacia atrás y lanza una carcajada.

- ¡Oh! Clago… Panadero. Pan, pan, pan… Siiii clago. Mi comprende.

- Verás… Trabajo por las noches y duermo por el día…

- ¡Ah! Y cuándo… Cuándo vive mi niño. ¿Tú no haceg el amog nunca de noche? Tú… ¿igual que vampiro?

- Bueno yo…

- ¡Claro! Tú guapo. Mucho guapo vampiro jajaja.

- Ya…

De pronto su expresión cambia.

- Oye.

- ¿Qué?

- ¿Tiene oto cigago?

Jorge asiente y le ofrece el paquete. Solo quedan cuatro cigarrillos. Ella lo mira cariacontecida.

- ¡Oh!

- ¿Oh qué? Dice él muy serio.

- ¡Solo cuato! Deja…

- ¡No! ¡Toma, todos para ti!

Los ojos verdes de la chica brillan de emoción. De un rápido gesto toma el paquete le da un beso en los labios y sale corriendo hacia su lugar. Jorge trata de leer de nuevo:

"El capitán Mac Whirr, del vapor Nan-Shan , tenía una fisonomía que, a juzgar por las apariencias materiales, era una réplica exacta de su carácter…"

Pero se siente incómodo, le falta algo. ¡Es el tabaco! No… ¡Es ella! Da igual aún le quedarán tres y seguro ¡volverá! Aun le resta el aperitivo más deseado piensa, desea. Sigue leyendo.

"El capitán Mac Whirr, del vapor Nan-Shan , tenía una fisonomía que, a juzgar por las apariencias materiales, era una réplica exacta de su carácter…"

Y... ¡¿Cómo?! ¿No vuelve? ¿No la tenía cautivada? Mira en su dirección. ¡Allí sigue! Se ha echado sobre la toalla y parece estar muy relajadita. Es igual tendrá que ir él.
Se incorpora. Se acerca a ella. El perro sentado a su lado comienza a gruñir y le enseña los dientes. Ella lo mira, y le sonríe con expresión… ¿preocupada? Se incorpora y rápidamente se cubre el sexo con la toalla.

- Sí… ¿Pasa aljo?

Jorge está un poco desarmado. Sólo acierta a decir mientras mira en todas direcciones.

- No, nada de importancia…

Ella lo mira como si se sintiera incomoda.

- ¿Pues entonce qué?

- Nada…

- ¿Nada? Interpela ella.

Bueno ya que somos amigos… Esperaba que vinieras y…

- ¿Y…? Inquiere ella. De pronto chasquea los dedos y añade.

- ¡Ah! ¿Tú piensa que yo ahora a follá contigo verdá?

- Bueno… No exactamente, dice Jorge mirándola empequeñecido.

- ¡¡Jajajajajajaj…!! Lo sorprende ella con una risa macabra e histérica.

- ¡¡Todo hombre igual!! Yo digo gusta tú y tú piensa, amo contigo.

- Oye. Perdona… Yo solo quería pedirte… un cigarrito.

- ¡¡¿Un cigago?!! ¿Cuando tú regala a mí caja? ¡¡No!!

- ¡Vete malo hombre!

Jorge la mira extrañado, ofendido, sin entender. Y contesta.

- ¡No me da la gana!

- Bueno… ¡¡Pues mi sí voy!!

Con rapidez inusitada ella recoge sus cosas y se termina de cubrir con un pareo. Llama a su perrito y se marcha.

Jorge vuelve a su lugar y se tumba frenético, lanza puñados de arena, atrapa la mochila la arroja al aire cae abierta y un montón de objetos se desparraman por la arena. Tras quedarse cruzado de brazos un buen rato, comienza a recogerlos, y de repente descubre la otra cajetilla de Chesters completa. Claro… ¡Ni se acordaba! Rápidamente la abre prende un cigarrillo y traga con ansiedad.

Al cabo de un rato, calmado, recoge el libro de nuevo, se acomoda, y empieza a leer Tifón:

"El capitán Mac Whirr, del vapor Nan-Shan , tenía una fisonomía que, a juzgar por las apariencias materiales, era una réplica exacta de su carácter…"

José Fernández del Vallado. Sept 2006. josef.









domingo, 21 de enero de 2007

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El volcán.


Era un ascensión arriesgada y dura, íbamos en fila india aferrados a nuestros piolets que hundíamos en la nieve helada casi con delirio. Lo confieso, yo antes nunca utilicé crampones pero a partir de los 6.400 metros, debido a la continuidad de las capas de hielo, se hizo preciso emplearlos.

Ascendíamos laderas heladas e inclinadas como paredes. Si observaba sobre mí descubría el cielo; estaba ahí, a apenas unos metros, muy cerca, tanto que si quisiera podría incluso palparlo con mis manos. Su azul intenso y poderoso penetraba hasta lo profundo de mi alma volviéndola del revés. En cambio, si miraba en torno a mí, todo era duro, vasto, blanco y vacío. El blanco difuminaba las formas, las deshacía y confundía con el horizonte. El blanco al contrario que el azul resultaba hermético, enigmático e incluso atroz…

Primero el sol brilló con fuerza y ocasionó que nuestros rostros protegidos por las oscuras lentes de montaña, rompieran a sudar. Un hombre, uno de los dos expedicionarios del tandem brasileño, desfalleció. Entre varios lo apostamos al abrigo de una gruta de hielo, lo dejamos con agua y provisiones y delimitamos bien el lugar. A nuestro regreso volveríamos por él.

Según ascendíamos, un viento gélido comenzó a soplar con fuerza. Antes ya había soplado viento, pero no se trataba del viento de ahora, era aquel un viento suave y sin peligro; en cambio este viento traía impreso consigo el sello inconfundible de la muerte y un aviso de que quien dictaminaba era la montaña y nosotros nadie; o acaso meros parásitos que trataban de chupar un pedacito de su jugoso y efímero néctar.

Santiago Areces un chileno, santiagueño de nacimiento, y escalador de contrastado historial, abría paso al frente. Era un hombre que a primera vista aparentaba ser igual a cualquiera, e incluso más frágil. Pero una vez en su elemento, la montaña, se transmutaba de tal forma que nadie se explicaba de dónde sacaba aquellas reservas de tesón inexpugnables. Tras él iba yo con la lengua fuera. No sabía qué hacía allí. Pero aquella hazaña necesitaba de un periodista que la narrara y aquel imprudente era yo. Cubriéndome las espaldas estaba Charlie el australiano de los catorce ocho miles, tras Charlie Paulo Abrantes, otro brasileño fuerte y bravo como Ronaldo el del fútbol, solo que éste, mil veces curtido e irrompible; y tras Paulo Picard el suizo, un monstruo que lo había subido todo e incluso practicaba la escalada libre sobre edificios en las ciudades.

Pero ahora no estábamos en ninguna ciudad, escalábamos el Palta Amarú, el volcán más joven de la historia y también el más alto y peligroso. Un macizo de piedra de 8.600 metros y perfecta arquitectura cónica que se había erigido en tan solo una semana en mitad de los Andes, haciendo trizas los estudios y teorías más avanzadas sobre vulcanología, geología, y demás valoraciones actuales.

La carrera había empezado pronto y ya habían fallecido y fracasado en el intento nada menos que seis expediciones.

Curiosamente ninguno de los que estábamos progresando en aquella pared éramos amigos. Al contrario, incluso había odio y rivalidad entre algunos. No obstante, la casualidad nos había reunido a todos en la base del volcán. Y en tanto unos aguardaban la llegada de sus acompañantes de cordada, la meteorología siempre caprichosa había señalado que el momento tal vez único de tímida paz entre la montaña y el ser humano se daría ahora.

Formamos la cordada observándonos con caras afectadas. Cada cual quería ser el primero en llegar la cima; cada cual excepto tal vez Santiago Areces y yo. Santiago estaba allí porque su estado natural eran las montañas; con él no iban los juegos de ser primero o último, y lo único que tal vez le interesaba era sumergirse en la montaña y lentamente descubrir sus aristas, recovecos, precipicios y formas que dominaban la soledad imperial del lugar, y paladearlas; hoyar con su mirada de azor lo insondable y después de caminar catorce o quince horas, sentarse en un risco pelar una banana en absoluto silencio y estar ahí.

¿Los demás…? Eran distintos… Cazadores de récord arropados en sponsors de multinacionales, forrados de pasta, acostumbrados a celebrar rutinarias francachelas y estúpidas soflamas acerca de sus hazañas. De ellos, el peor aunque se guardara de proclamar su arrogancia era Picard, y lo demostró al alcanzar la cota de los 7.000 metros situándose delante de Santiago mediante una pasada de libro, como si estuviera en las 24 horas de Le Mans.

Sin embargo ¿cuántos de aquellos intrépidos hombres habían acariciado la cantidad de faldas laderas y conos de volcanes que había pisado Santiago? Porque en el caso de jactarse, si es que alguna vez llegara a hacerlo el chileno, eso era de los innumerables volcanes a que había ascendido. En realidad Santiago Areces era, sin títulos que lo avalasen, el especialista en vulcanología por excelencia. Y posiblemente no había en la cordillera andina, con sus más de doscientos volcanes, uno sólo al que no se hubiese aupado. Por descontado que eso no lo tenía claro ni él; lo sabía yo, José Hernández, el único que lo había entrevistado en el que quizá fuera el primer y último diálogo de su vida y de nuestras vidas pensaba ahora agotado y casi aterido.

De súbito Santiago se detuvo y balbuceó
.

“Nieve inestable, peligro de grietas. Alto.”

Picard lo oyó perfectamente pero ni tan siquiera se dignó hacerle caso. Los demás sí, porque al ir tras nosotros no tuvieron más remedio que detenerse un momento antes de pensar en sobrepasarnos.
En apenas quince segundos Picard nos había sacado un espacio de diez metros cuando sucedió. Bajo sus pies gorgoteo siseante la nieve y cedió, tragándose con ella el cuerpo de Picard.

Ahora, ante nosotros, una mortal trampa de nieve se desvelaba al completo. Se trataba de una grieta de unos doscientos metros de anchura y cincuenta de profundidad.

Santiago nos ordenó permanecer en el lugar. Lentamente se acercó hasta su borde y profirió por tres veces el nombre del desafortunado. Nadie respondió y él tampoco dijo más, ya estaba todo aclarado.

Nos hizo una señal y con lentitud comenzamos a bordear la amplia grieta. Cuando la dejamos atrás ninguno se lamentó ¿y hacerlo tendría ya objeto? No, si en cualquier instante la montaña podía tragarnos a todos también.

Nadie más osó adelantar a Santiago. Pese a sus sponsosors y soflamas la mayoría de aquellos hombres sabían que en la montaña individualidad era símil a muerte; y de pronto, sin proclamarlo, percibieron el liderazgo de Santiago.

Mantuvimos nuestras posiciones y cuando estuvimos a 8.000 metros en medio de una ventisca violenta, Santiago decidió establecer un campo base antes de atacar la cima.

Medio derrotados por el temporal emplazamos dos tiendas de alta montaña.
En una descansarían Paulo Abrantes y Charlie en la otra Santiago Areces y yo.
Nos acomodamos y rendidos como estábamos, enseguida el sopor nos venció.

Hacia la madrugada me despertó un espeluznante fragor. Una masa pesada de nieve atrapó nuestra tienda y mis extremidades y supe que habíamos acabado bajo una avalancha. Grité o traté de hacerlo. De pronto percibí algo moverse. Era el cuerpo de Santiago. Estaba sobre mí. Provisto del piolet excavaba con frenesí hacía el supuesto exterior. De súbito se abrió una vía de luz, de aire ¡el exterior! Salimos afuera, la tormenta había cesado pero tan sólo unos metros a nuestra derecha, donde debiera estar la tienda de nuestros compañeros de cordada, la avalancha había barrido la zona de pleno. Excavamos durante una hora tras la cual dimos con ambos cuerpos atrapados, asfixiados, azules…

Yo cedí y abatido ahora sí lloré como un niño sin fuerzas. Entonces percibí un brazo que me estrechaba y una voz me dijo con suavidad:

“Escucha José, sé lo que sientes. Yo también lo he sentido ya miles de veces. Es la montaña. Se lleva consigo amigos y enemigos… Se lleva el amor de las personas. Es egoísta, pues siempre quiere estar sola. Pero yo la comprendo. Es celosa de sus cosas. ¿Nunca subiste a lo alto de un gran volcán?”

“No… no…nunca”.
Dije lagrimeando. La voz persistió inquebrantable.

“Sígueme… Yo te enseñaré lo que se siente. Todo aquello que puedes sentir. Te juro que no será en vano. Y lo haremos por ellos… Ellos también lo deseaban y hubieran hecho otro tanto…”

“¡Subamos al cielo!”

Miré a su semblante y juro que allá arriba Santiago Areces ya no era tal sino un ángel alado.

Me tomó de la mano tiró de mí y comenzamos a caminar en zig zag. Marchamos catorce horas o más sin detenernos y a las seis de la tarde yo vomitando bilis y esputos, él con su semblante impasible, pisábamos la cima.

De los bordes del volcán surgían vapores de azufre. Y al fondo, como suponíamos, una gran laguna de lava ardiente borboteaba sin descanso.

Nos abrazamos sonrientes, como liberados de un gran peso.
A continuación Santiago extrajo algo de su cintura, lo desenrolló y lo clavó en el mismo borde del cráter. Era una pequeña bandera chilena.

“¿Cómo tú un nacionalista exacerbado?” Le dije.

Él me sonrió y añadió.

“No…” Lo hago por mi ex mujer. Ella sí adoraba su bandera.

“¿Dónde… está ahora?”
Le pregunté dubitativo.

Él alzó la mirada contemplándome con seriedad. A continuación se incorporó, extendió los brazos y con la vista perdida en el infinito, exclamó:

“Bien. Ahora que estoy en el más alto de todos los volcanes ya puedo decirlo.
Amor: ¡Yace para siempre en una de estás cimas ardientes. Desde aquí yo te santifico para toda una eternidad!”

Y lo comprendí. Entendí que pese a no ser creyente de fondo, a fuerza de presenciar tantos accidentes y tanto dolor en soledad, Santiago Areces se había convertido en un hombre, aparte de rudo, impregnado de un fuerte halo de misticismo.
Se volvió a mirarme y frunciendo las cejas me preguntó.

“Bueno amigo español. Y ahora que estás en el cielo dime… ¿Te apetece descender al mundo terrenal de los irrespetuosos seres humanos?”

Sonreí por primera vez en días. Encogí los hombros y asentí.


José Fernández del Vallado. Agosto 2006 josef.

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Hacia el fin del mundo.


Conduje toda la noche sin detenerme. ¿Un objetivo? Alcanzar el fin del mundo si era preciso, ya casi lo olía, lo entreveía. Cielo caprichoso. A veces parecía encapotado, otras libre y con claros que me permitían contemplar las constelaciones brillantes cual basiliscos relucientes en movimiento. Brisa fresca de noche, ronroneo constante con sabor a diesel, olores irreconocibles invadiéndome de forma inalterable; caminos nunca vistos, oscuridad ciega, permanente.

Atrás… la dejé a ella. Cerré la última ventanilla sin permitirla introducir su cabeza delgada, frágil, angulosa… Se quedó allí arrastrándose, gritando a la noche: ¡No te vayas! ¡No huyas! ¡Español! ¡Te quiero! Aunque ella lo sabía. Debía haberlo presentido. Yo no era carne de su tierra y ni siquiera nací en su religión…

Hay un puerto de montaña en el camino. No aparece en los mapas… ¿O sí? Me vuelvo, busco a Lathia con desespero, pero ella ya no está a mi lado.
Me dijo: “Elige entre una vida aquí en Marruecos junto a mí o huye ahora...”


- ¡Sus ojos verdes! -


Asciendo a lo alto del puerto, arriba me deslumbra una claridad reveladora, es la luna, me mira con amargura. No, aquí no hay almas benditas. Me detengo un momento a orinar. Antes – ¿hubo otros tiempos? – Sí, en que por estas montañas señoreaban leones…


- Su cabello…negro azabache. Espeso como el de aquellas míticas fieras del Atlas, aunque quizá mil veces más delicado… -


¿Les llevaré suficiente ventaja…?
Se trata de los seis hermanos de Lathia, no creo que esto les haya encantado. Vendrán pisándome los talones; conocen bien el terreno. Están en su casa, en su hogar. En cambio yo… Claro, que por el puerto… Por el puerto a nadie en su sano juicio se le ocurre meterse en pleno mes de febrero.


- Amor dime ¿que buscas en mí?
- Solo eso…nada más… Amor -


Voy en dirección correcta ¿verdad Lathia? Sí, sí... Ella me lo dijo.
¡Vaya! ¿Y qué rechina ahora bajo el Land Rover? Me asomo por la ventanilla y las descubro. Son planchas. Mortales planchas de hielo que acechan en cada curva de descenso del puerto. Lo sé. Sé lo que debo hacer. No frenar bruscamente o perderé el control…


- Su piel… oscura, suave, tersa. No debiste perder el dominio. Ja… Demasiada idiotez… ¡Demasiada vida tentándome! Sus senos… sabían… dulces. -


Cuidado, esa curva es cerrada. ¡Uf! Estuvo cerca.

Llego abajo. Ahora me basta con tirar a todo tren hacia el norte, alcanzar la general el Ferry y a España. ¡Menuda aventura!

Transcurridas un par de horas supe algo. La cosa no iba bien. Continué en marcha toda la noche sin detenerme, hasta que lo entendí. Iba en la dirección equivocada. Pero en fin, se lo debía a Lathia. Era lo que yo había querido hacer siempre, así se lo expliqué mientras la amaba. Ella supo entenderme. Y ahora, al fin iba a encontrarme de forma definitiva con el fin del mundo. Dios así lo había querido.


- Y Lathia… ¿me comprendió realmente? -


Los pueblos, había pueblos… Poco a poco dejaron de ser construcciones a base de ladrillos y comenzaron a ser curiosas edificaciones de adobe ubicadas entre palmeras. Empezó a amanecer. La floresta se desvaneció absorbida por las sombras y pasó a transformarse en roquedos que con las primeras luces del alba originaban tonalidades que iban del ocre al marrón. Luego, esos mismos roquedales fueron escaseando, disminuyeron de tamaño y en su lugar una arena fina invadió lentamente la carretera asfaltada hasta hacerla desaparecer en algunos tramos cubriendo todos los espacios.

La carretera ascendió una colina descendió y cuando llegó hasta su base se internó en una enorme explanada donde progresivamente fue desdibujándose hasta desparecer por completo.

Tenía los ojos poblados de arterias enrojecidas. Conducía como una máquina. Ese amanecer tuve el extraño convencimiento de que había dejado de pensar para siempre. Hasta que aquello tuvo que suceder...


- Ah, sus carnes vigorizadas… ¡Maravillosas! -


Pisé a fondo el pedal del freno. Debía ir a más de setenta. El coche chirrió efectuó varios derrapajes y por fin se detuvo atrapado en la arena.


– Brazos enlazados a mi cuerpo, suspiros profundos, fragancias de un nuevo amanecer. –



Salí en silencio y de repente comprendí. No iría más lejos. Estaba a las puertas del fin del mundo. Me subí al capó del auto y fascinado contemplé el desierto mayor que jamás haya visto. Había dunas, dunas infinitas como olas en el mar. Dunas de colores tornasolados… blancos, amarillos grises…


- Solo faltaba Lathia. ¿Dónde quedaban ya sus besos con sabor a dátiles a miel a promesas ocultas? -


Permanecí así hasta las doce del medio día. Entonces oí chirriar las ruedas de varios coches a mis espaldas. No me volví. Supe que eran ellos. Estaban detrás de mí.

Lentamente me incorporé y sin volverme grité.
- ¡Decirle esto a Lathia! ¡Decirle que Juan sin Fronteras encontró el fin del mundo! ¡Y decirle que nunca la dejé! ¡Que la espero allí!

Y ofreciéndoles las espaldas comencé a caminar hacia las entrañas del desierto. Hacia el fin del mundo…



- ¡Te amo Lathia, siempre te amaré…!-



José Fernández del Vallado. Abril 2006.

domingo, 14 de enero de 2007

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Tras una Bruma Velada.



Mañanas frías de invierno, primaveras brillantes, veranos sofocantes… Cinco años permanecí tras los barrotes de aquel reformatorio. Se trataba de que aprendiéramos a ser mejores hombrecitos.Nos convirtieron en tipos duros, formados en todo, menos en el trato que habríamos de darle a una débil y pura mujer… como la que yo iba a conocer cuando salí de allí.
Me matriculé en la Escuela de Cerámica, el único lugar que cubría el estado, y el único rincón donde pasar desapercibido y sobrevivir lejos de las pandillas del barrio.Recuerdo aquella mañana en la clase de lo alto de la torre. Clase de historia de la cerámica. Segunda clase, estábamos todos sentados y apareciste tú; morena, piel de barniz repujado, cabellos largos, sueltos, ojos grandes y almendrados; con tu impermeable azul oscuro brillante. Una mano aferrada a un paraguas y la derecha en el bolsillo.Te sentaste a mi lado porque era el único lugar que permanecía libre. Y a partir de ahí yo ya no pude hacer otra cosa que degustar tu fragancia a libertad, a promesa a vida, y pensar en ti.
Se sucedieron muchas más clases. Si tú faltabas yo dejaba de escuchar y me convertía en una especie de fósil abstracto. Si tú venías mi corazón se desbocaba, te hacía un guiño, te preparaba una silla a mi lado y tú acudías con una sonrisa que refrescaba y saciaba mi angustia. Tu impermeable radiante y la mano izquierda siempre viva y gesticulante, la derecha en el bolsillo. Y aquella vez en que me quedé esperándote para acompañarte y cruzamos nuestras miradas. Tus ojos insondables cincelados en azabache refulgente impregnaron mi ser con el espejo puro de tu alma. Tu forma de caminar siempre desenvuelta, tu pelo recogido en rodetes perfectos de los que sobresalían pequeños bucles de seda. Pero siempre aquella mano derecha en el bolsillo y yo sin atreverme a preguntar…
Sucedió una mañana a las ocho. Bajaba por el paseo de Rosales, iba raudo hacia la Escuela. Doblé unas escaleras, detrás había un chaflán allí te divisé; forcejeabas con un hombre. Le hacías frente con el paraguas. El hombre estaba de espaldas a mí. Lo agarré por el hombro y traté de hacerlo girar de forma apresurada al tiempo que articulaba.¡¡Oiga usted!! ¡¡Deje a la señorita en paz!!¡¡
La señorita es mi hermana!! Gritó él.El hombre, se volvió de forma brusca me miró y nos reconocimos, en cierto modo con sorpresa. Hubo una pausa de silencio en la que solo se escucharon nuestras respiraciones agitadas. Luego el masculló.¡¡Hijoputa!! Al fin te he pillado. ¡¡Esperaba este momento!!Sacó una navaja. Yo solo tenía ojos para él. Mi mente giraba en tromba. Sabía que era el enemigo más acérrimo de aquel horrible pasado, y lo reconocía, aunque apenas lo alcanzaba a ver oculto tras una bruma velada, pero ya no estaba preparado para defenderme ni para ser luchador callejero. Había dejado de luchar con el físico y ahora lo hacía con la mente..
El hombre no habló más; se abalanzó sobre mí como un animal y me asestó los navajazos. De nada me valió proclamar un ¡basta! Luego, se retiró, le dijo algo a ella que no entendí y salió corriendo. Caí y me dejé arrastrar sobre los escalones y de repente estaba tumbado en el suelo y ella sobre mí. Me acariciaba y besaba y comenzó a llorar. Entonces sucedió algo. Por vez primera pude ver su brazo derecho al completo. Olvidándose de todo lo había sacado de su bolsillo y también me acariciaba con… el muñón donde una vez hubo una mano...
De forma fulminante las cortinas que velaban mi cerebro se corrieron y recordé un atardecer de hace ya años. Había un grupo de críos sucios, abandonados, adictos al pegamento novoprem y al speed; sin más educación que una ley; la validez de la violencia. Rodeaban a una cría de apenas cuatro años. Pretendían darle una lección por ser la hermana menor de su más enconado enemigo.Y yo estaba allí, entre todos ellos. Por aquel entonces el jefecillo de aquel grupo de infelices era a quien todos admiraban por ser el más cruel hijoputa del mundo. Cogí un cuchillo de cocina y mutilé a aquella cría indefensa…
Mi fisonomía no pudo soportar más. Un shock hipovolémico sacudió mi organismo; solo tuve tiempo de decir. Amor amor… ¡¡Perdona…!! Aunque ya no exista el perdón para mí, verdad... Ella sonrió presa del nerviosismo. ¡Era tan hermosa…! Tomé sus manos las puse entre las mías y agonizante, convertido en un pringoso pantano de lágrimas, besé su muñón con todo mi amor…




José Fernández del Vallado. 1 Agosto 2006.

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Vuelo 2002







No tengo historia. No te necesito. El aire me infla las alas y sacude amablemente mis antenas, despojándome de los últimos restos de envoltura larvaria que aún cubrían mi cuerpo. No tengo noción de cuando he volado, aunque hace mucho las luces donde me retuve a reposar, ya no se divisan. Sólo que ahí voy de nuevo, luego de pasar un cable eléctrico. No tengo un plan de vuelo diseñado, tan solo me voy, me interesan las luces más grandes y potentes. Desde lo incontenible y desfasado, atravesando cientos de construcciones amorfas y cúbicas, contemplando decenas de cínicas cordialidades matutinas, arrugas y miradas gélidas y perdidas a través de los cristales de los buses y los enormes ventanales de los sanatorios.No se si alguno más lo habrá captado, pero en esas observaciones se esconden verdades gigantescas, inmensas montañas:Mi raza es testigo y lo fue de aquello, postergado, de lo externo a lo mostrado, lo que no se debe ver, lo que se oculta. De las moscas sobre la sangre de Cristo, de los chicles en la arena sobre el desierto de Irak, del olor a semen en las camas de algún motel. Mis ojos han visto lo que lo imperios niegan, el barro y el olor a axila, los mocos, los ronquidos, los discapacitados física y mentalmente, los busca huesos en los cementerios, en medio de la cofradía de seres planos que como reptiles tratan de sostener la institución. Tantas veces tuve que soportar los palmazos a mis vuelos de aquellos demonios que desde un sillón ordenaban, premiaban, castigaban, enjuiciaban y demolían. Desde allí, sus diafragmas emitían palabras y adjetivos de curiosas y extrañas sintonías. Yo en tanto, con la mierda comprimiéndome los intestinos, cambiaba de colores, banderas y símbolos con tal de que me dejaran en paz. Y resultaba que todo estaba ordenado y escrito como en una opereta. Era sólo una cuestión de roles y claro, actuar para esa audiencia era casi sencillo.Era hasta hoy mi única defensa.Y ahora que puedo volar, ya no me importa si es verde, gris o amarillo, si es una peineta o un cd, si almorcé el 15 de enero, o si el calcetín está roto o limpio. Da lo mismo la gabardina con un botón o cuatro, si son las ocho o hay viento norte, porque al fin y al cabo, sea lo que sea, vendrá de igual modo y aunque intentara negarlo estará allí como todas las cosas que nos otorga el destino. Lo importante es que más allá de lo que viene, mi opción consiste en volar y amar la luz.Más allá veo luces y grietas oscuras y a otros seres alados como yo, que eligen una u otra posibilidad, sin cuestionarse mayormente. Yo seguiré tal vez algunas de sus opciones de ruta, pues soy una de ellos. Y no soy tan diferente. La pobreza de estos tiempos, lo misérrimo de chances, la ausencia de claridad de estos enormes edificios, también a mi me aplastan las ideas y me presionan a elegir una meta rápida.Hay ruidos, voces, risas, estímulos por centenares. Desde lo alto se ve como funciona el gran circo: Unos compran, otros venden, todos mienten. Es viernes porque las pupilas de las mujeres brillan a coito de fin de semana, programado y aséptico. Y los hombres a diferencia de otros días, repletan los bares. Lo cierto que esta noche , cada brillo me seduce y me lleva como un tobogán consumista de energía, de aquí a allá y vuelta a subir y bajar. Vuelo entre sombras móviles, siluetas, cuadraturas, semáforos, luminosos y un sin fin de olores a maní, sandwich, cerveza. En Babilonia voy como una vulgar puta dejándome llevar a lo que sea: Esa es mi libertad y mi condena. Mi contradicción.Si los tiempos larvarios pudieron servirme de algo es que aprendí de almas bienaventuradas, de malditas almas bienaventuradas, a como un demócrata debe ser capáz de tolerar todas las expresiones y opiniones. Que el libre juego de las ideas. Que el pluralismo, que el libre mercado, que el postmodernismo, que la historia a muerto y tantas hojas inservibles. Mi madre debió haber estado borracha de insecticida o aerosol, cuando me hizo devorar tantas de estas hojas, que hasta ahora desarrollé panza. ¡ Inútil panza ¡ Allí se disolvieron políticos, vanidosos, ilusos, fanáticos, fascistas y mequetrefes de la palabra, que gracias a que Dios me dio un buen sistema digestivo, pude cagarlos a tiempo.Aún así, muchas de sus palabras de cuando en vez repiquetean en mi cabeza: conciencia, consecuencia, pueblo, siempre aparecen junto al olor rancio agusanado de los alimentos que piden a la entrada del metro, o rebotan en las monedas de las niñas que venden rozas en las noches, o las releo en los viejos diarios que envuelven el neoprén y la pasta base de la mala allá en Lo Espejo o en Pudahuel. A veces son invitadas a los banquetes de los niños y viejos en los tachos de basura en las afueras de los Mc Donalds. Sí y también las he visto huir despavoridas, parada sobre la cadena trash que implacable vomita su ira de no ser, nunca ser, sobre los cráneos vivos y muertos.Así cansada y atareada me detengo muchas veces al lado de la esperma caliente de los velorios y cumpleaños y he observado siglos de risas y llantos, que en esas penumbras flotan como nubes difusas.Y luego sigo el recorrido, guiado por las estrellas hacia mi destino que no puede ser otro que la luz, que de todo el universo es lo único cierto para mí.Y ahí voy de nuevo.La polilla detuvo su interminable aleteo frente a la gran vidriera fría y húmeda del viejo bar de San Diego. Sus ojillos negros, más abiertos que nunca, fijos en la gran bola de fuego de la lámpara a alcohol a un lado de la barra. Su cuerpo hizo una extraña contorsión para colarse a través de un minúsculo orificio de ventilación a un costado y voló por entre ajenas y enormes cabezas humanas, humo, gritos y aire ácido. El calor era cada vez más intenso y la luz más brillante, pero su aletear no se detenía; y la esfera se venía encima más y más grande y caliente atrapando su pequeña existencia con una misteriosa gravedad de fuego. Sólo cuando estuvo a unos milímetros comprendió que la muerte venía, sensual y tenue, silenciosa y atractiva.Con sus extremidades ardiendo y retorciéndose, envuelta en terribles punzadas de dolor, comenzó a caer. En un postrer esfuerzo trató de incorporarse, pero ya se le iba la vida y ahí se quedó. El mesón de madera olía vino viejo agrio y sudor humano. Más allá al borde de un vaso semi vacío una mosca, burlona le miraba, en tanto una araña se aprontaba a caer sobre ella.En la agonía sus ojillos se fijaron en la entrada. Dos hombres llegaban a beber, uno traía un grueso, ajado y oscuro libro que dejó caer displicentemente sobre el inerte cuerpo de la criatura, la que al ver la inmensa mole que se le venía encima, casi apenas pudo leer Santa Biblia.

sábado, 16 de diciembre de 2006

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LOS GRANDES ESPACIOS DE NEW YORK




Los espacios son muy grandes, todo ocupa más espacio, incluso el frío parece distinto, es mucho más enérgico y cortante. Y esos espacios sin rellenar, lugares que en mi tierra siempre están ocupados; ya sea por un perro, un viejo, la llanta desinflada de un neumático o un pedazo de plástico sucio...
Perros grandes, portales grandes, grandes rascacielos, cochazos y calles extensas, de cuatro carriles, frías y abombadas.
¡Estoy en Harlem! De aquí parten sonrientes algunos de esos chicos excéntricos que van a Irak sin saber porqué lo hacen. Excepto porque de tan grande como es su país el mundo parece quedárseles pequeño. De aquí parten los paquetes de dinero destinado a cubrir guerras inútiles y a curar heridos, que lo fueron, con sus propias armas. Y aquí, sobre una ciudad como ésta, reflejó Orwell en su profético libro “1984” lo que iba a pasar y ahora ya sucede:
El Gran Hermano se hace llamar “George Bush”, y necesita mantenerse en guerra permanente e inexorable, mediante cualquier pretexto o mentira, y estamos a las puertas del año 2007.
En Brooklyn también hace calor. Hace el calor de la mentira. De la gran mentira americana. EEUU dejó de ser la panacea para los necesitados a fines de los años setenta. Hoy día deja morir a los pobres de Nueva Orleáns y al mundo entero...
Cuando camino cerca de Wall Street continúo sintiendo el peso de aquellos dólares ilusionantes sobre mi nuca. Pero ya no son lo que fueron: Dólares salvadores, prometedores, fascinadores… sino dólares corruptos.

Se habla el inglés pero a la vuelta está el chino, se paga en dólares pero el dólar ya no manda y compite con el Euro con el Yen y pronto lo hará con el Yuan.

Me embarco en el Ferry que me conduce a la magnífica Estatua de la Libertad y la encuentro agobiada, más chica o encogida de lo normal y con la antorcha apagada. ¿Hay restricciones de energía? ¿Es esta la protagonista de alegres llegadas a la tierra prometida?

Salgo a cenar por la noche. El Empire State reluce iluminado como un viejo mastodonte que se resiste a caer, pero ya nadie le secunda…
No veo pandillas de jóvenes, ni grupos de gente, ni el menor movimiento en la calle. La ciudad parece muerta y todo el mundo – o las viejas glorias de antaño – circulan en limusinas de vidrios ahumados.
A la mañana siguiente regreso al viejo aeropuerto John Fitzgerald Kennedy. Aunque de majestuoso ya sólo le quede el nombre.
Embarco. Y pese a que lo intento desde arriba tampoco consigo ver dónde estuvieron las Torres Gemelas...


José Fernández del Vallado.

domingo, 10 de diciembre de 2006

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Coldplay - The Scientist

Una de mis preferidas creo que te gustará...Escucha!


martes, 5 de diciembre de 2006

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tom petty and the heartbreakers - refugee

The Best!!! Eran otros tiempos, el siglo pasado, ahhhh... vivíamos! Finales de los setenta...


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La maldición de Chaital Puirica.



Es un amanecer incongruente, antagonista, en el lago Chaital Puirica donde Pablo, el pescador de misterios, sentado sobre el hoyuelo de una roca acecha caña en mano la llegada del pez que nunca se pudo pescar.
Hay mil amaneceres distintos pero sólo uno le basta para reconocer su providencia.Salpicando la extensión aún ocre del lago, de vez en cuando, exotéricas burbujas rezuman en superficie y le indican la llegada del pez, quien describe círculos concisos y concéntricos en torno a su cebo asentado en el fondo.
El pescador lleva más de ocho meses fraguando que la dificultad de un momento impreciso se torne favorable; y tan sólo le queda un mes. Debe hacerlo antes que su primer hijo varón nazca; mientras, siente como desde algún rincón inescrutable de la tierra las puertas del vacío se le abren y llenan de sentido. De pronto la nostalgia de lo inalcanzable lo abruma, como aquella vez en que su padre le encomendó bajar con la red a por el pez y lo vio. El animal lo miró con su perfil milenario y de sus ojos brotaron lágrimas de esfuerzo. Deseaba vivir después de vivir casi una eternidad porque existir es una droga que atrapa. Así lo sintió Pablo al ver ondularse el volumen de un animal que por primera vez conocía lo que es estar desprotegido y respirar el oxígeno contagiado y sucio del aire. Estuvieron cerca. El pez inmenso y antediluviano si quisiera podría haberse tragado a Pablo como la ballena hizo con Jonás; no lo hizo. Escapó y desapareció como si nunca hubiera existido.
Pablo se arropa y permanece pensativo. Hace generaciones que el pez es una herencia maldita de la familia Pedrosa Huasca; y nadie más sabe de su entidad. Incluso después de posteridades sin verlo dudan de su misma existencia. Mientras se recrea en sus manos ásperas asidas a la caña le envuelve la nostalgia y piensa en Iorana, su primera novia de labios suaves de pulpa y mirada de cielo, con la que compartió bolsas de pistachos y dulces besos impregnados de ternura y timidez. Y el día que fueron al lago en verano y ella quiso bañarse. Pablo sintió desasosiego y se lo dijo. Le habló del monstruo que habita esas aguas y su maldición, en tanto ella lo escuchaba con aparente seriedad; y claro lo tomó por una broma no le creyó y se bañó.Dos meses más tarde Iorana comenzó a desvariar, luego a sentirse mal y quedó ciega.
Una mañana, para desvanecer el maleficio Pablo la acompañó hasta el lago y volvió a bañarla. A los dos días Iorana falleció.
Su mente va aún más lejos; cuando era un chico de diez años y toda su familia, incluido su abuelo Andrés Pedrosa López y su abuela Chital Huasca, transportados en camillas, viajaron al lugar para rezar a Dios y a los dioses por la suerte de una familia maldita.Abre los ojos y la oscuridad abisal de las aguas le devuelve a la realidad del momento. Ahora tiene cuarenta y pico años y ya no es un crío, conoce el amor y sabe lo que es amar a Lílian su mujer. Recuerda cuando la desnudó para amarla y juró acabar con el monstruo. Mientras el irradiar aromático de ella colmaba sus sentidos y Pablo abrazaba su precioso cuerpo con una caricia placentera juraba; mientras primero con suavidad luego con urgencia y al final con ardiente brusquedad la penetraba juraba; y en tanto el frenesí de ardor finalizó y ambos reposaron explorándose con ojos de satisfacción, ¡juró!
De detrás de las montañas nace un sol alborotado y llameante que, como un eterno suplicio comienza a proyectar su aureola de calor sobre la superficie del lago. Pero algo bulle en el fondo. El pez, que sin demostrar el menor indicio de necesidad estuvo observando el cebo más de una hora sin tocarlo, de pronto, sacudido por una urgencia de siglos lo toma y parte hacia lo más profundo del lago.
La caña de bambú salta y se tensa formando una U, al tiempo que Pablo sale de su trance y agitado comienza a soltar sedal. Cuando ha cedido cien metros de pronto tensa y recibe el primer tirón inesperado por lo brutal. Cae de la roca y se mete hasta la cintura en las aguas del lago, mientras de forma angustiada suelta de nuevo sedal a su vital oponente. Poco a poco logra retroceder hasta alcanzar el borde del lago y desde allí plantea un nuevo contraataque.Tensa de nuevo y resiste a duras penas el empaque del segundo tirón. La maniobra se repite tres cuatro diez, veinte, treinta, cuarenta veces…
El atardecer cae sobre el lago cuando a cincuenta metros una forma gigantesca emerge por primera vez coleteando cansada. Transcurren dos horas más y Pablo tiene a sus pies a un pez de cerca de seis metros que lo mira con… ¿dulzura? ¿comprensión? ¿Mendiga acaso piedad? ¡Imposible maldición! Agarra el arpón y de un desenvuelto y brusco movimiento se lo clava.Y todo ha acabado…
De pronto se gira. No sabe donde está. Pero se siente nuevo, ágil, poderoso y sobre todo, libre. Una oscuridad, un aire envolvente y fresco lo va atrapando hasta hacerlo suyo, y Pablo desciende y sigue descendiendo, se desliza entre aguas muy frías pero acogedoras para instalarse en su nuevo hogar: las profundidades del lago...
José Fernández. Agosto. 2006. josef.


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COLDPLAY-A message

Un mensaje de amor y esperanza... tal vez?


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Cold Water


lunes, 4 de diciembre de 2006

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Como casi siempre…




Dedicado a todos aquellos que sufrimos, de vez en cuando, la inexplicable agresión física y verbal de aquellos que confunden la acepción entre libertad de expresión y libertinaje.


Todo estaba como casi siempre. El valle verde y pujante a nuestras espaldas. El cielo claro, de un azul intenso y envolvente. Los perfiles afilados como guillotinas de las montañas nevadas; y a menos de un kilómetro de nosotros, un rebaño de unas diez espléndidas cabras del Himalaya, con su pelaje de color marrón oscuro a marrón amarillento y las bandas que separan la parte superior de la inferior de un color más blanquecino.
Mientras se desplazaban con soltura entre los peñascos nos era posible escuchar el tamborileo de sus pezuñas rechinando.
Y allá, en lo profundo del valle, donde una vez estuvieron nuestros hogares, resonaban con estruendo salvas del ejército invasor y victorioso. Habían venido a hurtar nuestros esfuerzos, violar a nuestras mujeres, quedarse con nuestras familias, mientras enterraban tradiciones milenarias y se apropiaban de un pedazo de tierra que no tenía más valor que el sentimental. Pero ése es el más alto precio que puede tener cualquier objeto u organismo en esencia…
Todo estaba como casi siempre excepto los cañones de aquellas pistolas asentados sobre las nucas de mi hermano Kahu, yo y otros tantos.
Les dijimos que nos quitaran las vendas de los ojos pues queríamos morir como hombres y todo estaba como casi siempre.
Miré a mi hermano y él, aunque algo más pálido que de costumbre, también me observaba. Me sonrió. Le devolví la sonrisa. Y ambos lo supimos: ¡No habíamos perdido! Lama era fuerte, invencible; y nosotros estaríamos eternamente acompañándole…

Jose Fernández del Vallado. 2006.

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Cronica confidencial de un periodista.




Lo encontramos en lo alto de una colina. Su talla de algo más de un metro noventa sobresalía por encima de una roca donde, con expresión de soberbia, se mantenía erguido y silencioso. Con la brisa de la mañana sus cabellos dorados se ondulaban igual que un océano encrespado; y en su semblante, sus facciones anglosajonas contrastaban con su nariz aguileña. Un machete reluciente pendía de sus pantalones de miliciano. La camisa color ocre y una mueca maliciosa cincelada en su semblante. Pero sobre todo, escrutando la selva como si fuera de su propiedad, cabría resaltar sus ojos: profundos e inquietantes como el vacío de una sima.

Se llamaba Otto Van deer Bruck. Aunque por esas tierras era conocido como “Otto el asesino de gorilas.” Y es más se rumoreaba – respecto a lo de homicida – que también lo había sido de un desafortunado que había osado interponerse en su camino. Y a su lado, en cuclillas, escrutándonos con una sonrisa velada, estaba un individuo descomunal; de amplias espaldas, ojos saltones, cuello de toro, labios carnosos y abultados como larvas de gusano y las manos mayores que jamás he visto. Aquel tiarrón era su ayudante: David Litongó.
Dándose la vuelta Otto clavó su mirada glacial en nosotros: Mi compañero y amigo el cámara Juan Pérez y yo, José Mari Forner; periodista sin otro historial que el que me estaba forjando en esos instantes.

Preguntarse qué hacíamos perdidos al lado de esos hombres en la selva de Camerún es algo que ahora, reflexionando con la serenidad que me proporciona el hecho de estar agonizando lenta, aunque también dulcemente en el camastro de un ruinoso hospital de Calcuta, no deja de atormentarme. No... Aún no estoy tan mal como para que la enfermedad me prive de escribir, pero ya que siempre he vivido al límite, percibo un fin confuso y saturado de lagunas. Pese a todo, aún soy capaz de formularme preguntas inevitables. La primera: ¿Qué indescifrable trama me indujo a creer que el “Kuhará” no era una quimera? Y la segunda. ¿De dónde o de quién partió la ocurrencia de viajar al África Occidental con la misión de filmarlo? De momento sólo creo estar seguro de algo: Yo fui el primer inductor. Aunque a fecha de hoy tener que admitir semejante incongruencia sea algo que mi mente se niega a aceptar.

Antes de continuar me siento en la obligación de aclarar lo siguiente. No sé qué me induce a escribir esta columna. Quizá lo haga para reconstruir un incidente que ya jamás podré olvidar, y que al evocarlo, revivo en toda su crudeza. Aunque a lo mejor sólo es mi costumbre de escribir por escribir. Pero todavía hay otra pregunta… y quizá la más importante: Aquel sueño – o mejor dicho – aquella pesadilla ¿fue real? Por increíble que parezca nunca he estado seguro de ello; de hecho, debo reconocer que incluso alimenté la esperanza de que fuera un delirio ficticio fraguado de forma involuntaria por mi imaginación. Pero, dado que mi mente se empeña en decirme lo contrario de forma obsesiva, no me queda más remedio que aceptarlo. Sí... ¡Lo sé! Y aunque me cueste trabajo aceptarlo... ocurrió. Y ahora, si de algo estoy seguro es de lo siguiente: “No permitiré que este artículo vea la luz. Lo cual significa que “bajo ninguna circunstancia se hará público” y su destino no ha de ser otro que el de morir conmigo.” Aclarado este punto me limito a seguir.

El caso es que un vaporoso día de febrero del año mil... ¡no sé cuántos! los conocimos. Y allí estábamos: emocionados. Casi en posición de firmes. Igual que un dúo de inexpertos cadetes ante sus superiores. Ofreciéndoles nuestra más conciliadora disposición, y por qué no decir también, con bastante intranquilidad. Mientras que a nuestros pies la selva más fascinante que haya visto, florecía. Y si digo “florecía” es porque después de aquello ya no he vuelto a ver más selva que la que proyectan los documentales.

Sucedió antes de lo que voy a contar. Anduvimos durante semanas y presenciamos hechos y situaciones ante las que cualquier hombre con un margen de tolerancia debería sentirse avergonzado. Para empezar fuimos conscientes de algo esencial: La selva estaba amenazada y el virus que la devastaba éramos los hombres. Las compañías madereras eran la lacra. En su pugna por abastecer el insaciable mercado que genera el “primer mundo” talaban sin tregua. Grúas gigantes, apisonadoras, motosierras y enormes bolas de acero, abrían túneles y pistas. Modestos poblados de nativos que la maquinaría no respetaba eran arrasados. Los hombres engañados, las mujeres esclavizadas y obligadas a degradarse en burdeles de improvisadas ciudadelas, a donde después de emborracharse, acudían los obreros de la tala. En cuanto a los hijos; las prometedoras generaciones de nativos, forzados a abandonar sus costumbres, sin un sentido o rumbo claro en sus vidas, dejaban de parecerse a hombres y se convertían en parásitos; sin más salida que adaptarse a la civilización o… morir.

Con tal panorama podrán hacerse una idea sobre cual era nuestro estado. Además de una sensación de inseguridad, la cual nos indujo a sospechar toda una suerte de adversidades, según los fuimos conociendo – me refiero a aquellos individuos – nos dimos cuenta de que si bien tenían cualidades: Parecían valerosos, prevalecían sus defectos. Ya que eran violentos, inconstantes y de poco fiar. Excepto, claro está, si lo que atendían eran sus intereses.
Por supuesto el hecho de acompañarlos nos supuso desembolsar una fortuna. No obstante, sus aires de contrariedad, me revelaron algo que no me esperaba. Aceptaron el pago; pero pese a mis aclaraciones lo consideraron, digamos… como si se tratara de una primera entrega. Sin duda su instinto de usureros y especuladores les incitaba a exprimirnos al máximo. Por tanto si decidían que ya no éramos, por decir de algún modo, “útiles” ¿qué podría ocurrirnos? Con seguridad cualquier cosa. Así estaba la situación. Y en nuestras circunstancias, no sólo en el plano económico sino también en el de credibilidad, aquello era algo que no podíamos tolerar.
Comencé a formularme preguntas: ¿Qué más podrían obtener de nosotros? Y sobre todo ¿de qué manera? Todo lo cual a su vez me indujo a establecer una premisa: ¿Hasta dónde transigirían los límites de su supuesta honestidad con los de su ambición? Ya que una vez inmersos en la jungla la extorsión y el asesinato eran algo habitual.

De modo, que sin que nadie lo supiera, ni siquiera Pérez, cierta mañana me encaminé al mercado de Yaundé, y en la trastienda de un deteriorado bazar conseguí hacerme por un precio razonable con un viejo Colt. ¡Ja…! El cacharro eral igual a los de las pelis del Oeste. No me preocupé demasiado por su aspecto o funcionamiento puesto que ni siquiera se me pasó por la cabeza pensar que en un momento determinado mi vida podría depender de un trasto así.

Debo hacer aquí un inciso para aclarar algunos aspectos. Como dije antes el objeto de nuestra misión era encontrar y si nos fuera posible filmar por vez primera (si existía) al “Kuhará”. Por cierto “Kuhará” en dialecto “fular” significa “sombra.” Lo sé, se estarán preguntando: ¿qué clase de animal u organismo era “eso”? Pues bien, ahí radicaba el enigma. Dado que ni nosotros teníamos una noción clara de qué podía ser lo que buscábamos. Pero ateniéndome a los datos que reuní en los poblados que visitamos, conseguí formarme una idea, que dada la situación pasó a engrosar el fardo de preguntas sin respuesta. La suposición era la siguiente: ¿El espécimen o variedad en cuestión podría ser un pariente cercano a los homínidos? En consecuencia, y siempre que mi estimación fuese acertada ¿estábamos ante una insólita variedad de eslabón perdido... vivo?

Atendiendo a su descripción que resultó coincidente entre los nativos que aseguraron haberse topado con la criatura “eso,” – en cuanto a dimensiones me refiero – debía ser grande y fuerte. Pues deduje que su envergadura – insisto – en ningún caso eran datos de fiar, fuera tal vez similar a la de... ¡¿un par de gorilas adultos?!
Aunque lo inverosímil del asunto fue que ni un solo hombre me supo facilitar, es más, ni siquiera precisar la forma ¿comprenden?, el “perfil” del animal, ser, o lo que fuera…
Como es natural semejantes vacilaciones me llevaron a un punto. La realidad estaba distorsionada. Por lo tanto todo era embuste o torpe invención. Pues la unión como siempre perjudicial entre “miedo e ignorancia” se bastan para modificar cualquier visión fuera de lo habitual en una ilusión extravagante. Pero era joven y ante todo idealista, y pese a la frustración que para mí supuso confirmar tantas vaguedades, continué renegando. Un hecho me animó a seguir creyendo. Los “supuestos avistamientos del espécimen” nunca se originaban en un mismo lugar. Así pues y si al final era cierto que “eso” existía, debía tratarse de un “animal” desconfiado y huidizo. Pero quizá, y aunque ahora me suene a sensiblería inmadura el argumento fundamental que me indujo a continuar la búsqueda fue una corazonada. Si en realidad existía ¿por qué no podría tratarse de un pariente cercano y cuyo hábitat radicara en la jungla al mítico Yeti?

A primera vista no me resultó complicado darme cuenta de la clase de pasta en que estaba forjado Otto: Era un hombre ambicioso que vivía al orden del día. Así pues en lo que atañe a ésa, “llamémosle leyenda o superstición”, mientras no le hallara forma de sacarle partido – a su modo de ver – carecía de cualquier interés. Por lo demás pese a su incredulidad, el hecho por el cual nos unimos a ellos resultaba obvio. Conocían la selva y sabían desenvolverse en el medio. Cualquier animal que se situara en la mira de sus fusiles podía ser blanco idóneo. Ya fueran: puercoespín, chimpancés, serpientes o todo tipo de aves. Todo era comestible y tenía un precio, pero el objetivo principal eran los gorilas. El esqueleto y la carne de un solo gorila suponía el doble o el triple del salario mensual de un trabajador.

Todo discurrió sin incidentes hasta la tercera semana. Una noche Otto nos despertó. Durante el día habían estado colocando trampas sin cesar, mientras con una sonrisa reservada impresa en la comisura de sus labios, observaban las porciones de cielo gris a través de las copas de los árboles. Sabíamos que en cualquier momento llovería, pero no nos decidimos a preguntar a santo de qué su entusiasmo. Esa noche lo comprendimos…

- ¡Los gorilas! Nos dijo Otto radiante. Y nos invitó a seguirle.

Salimos a rastras de la tienda. Diluviaba. La selva era un caldo espeso que filtraba olores densos y extraños. El suelo cubierto de hojarasca rezumaba a nuestro paso. Nos dirigíamos por señas pues apenas podíamos oírnos, ya que debido al estruendo del agua al batir sobre la maleza resultaba imposible hablar. Enseguida lo tuve claro. Bajo la lluvia tanto el olor como el ruido eran imperceptibles; de ese modo los gorilas no advertían las trampas.
Escuchamos los gemidos cuando estuvimos encima. Delante estaba Litongó. Sostenía su lanza y se reía de una forma nada agradable. Y a sus pies, la silueta ensangrentada de un gorila... ¡No! De una gorila hembra, gemía igual que un ser humano. Mientras que aferrado a ella un pequeño gorila aullaba asustado.

Confieso que por aquel entonces no estaba debidamente insensibilizado como para presenciar algo así. Era joven y hasta la fecha siempre viví en la comodidad de los despachos. Sí… jamás había visto nada parecido. Por eso mismo en esos instantes aquella escena se me insinuó tan brutal e indigna como puede serlo y de hecho (ahora lo sé) es el crimen de un hombre indefenso. Estaba conmovido. Me volví hacia donde suponía que debía hallarse filmando Pérez y lo vi terso como un cadáver. Sin duda él no estaba mejor.

Abriéndose paso entre nosotros a empujones Otto separó a la cría de la madre. Fue en ese instante, cuando haciendo valer sus últimas fuerzas la gorila profirió un alarido desgarrador. Y Litongó, como si por primera vez se sintiera asustado, le clavó el arma en el corazón. Volviéndose a nosotros Otto nos dijo satisfecho:
- ¡Buena pieza! Por este pueden pagar diez mil...
- ¡¿Diez mil francos?! Exclamé.
- Sí; diez mil...
Un chillido interrumpió sus palabras. Escuché unos golpes que retumbaron en la selva con la gravedad de un alboroto de tambores. El follaje comenzó a restallar se abrió y de su oscuridad surgió un gorila que moviéndose con insólita rapidez se abalanzó sobre Otto, y de un empellón le arrebató la cría. A continuación volvió a reintegrarse en la maleza y desapareció. Otto se desplomó con la mirada vacía y la cabeza reposando como un colgajo sobre el tórax. ¡Tenía el cuello partido!

Contemplándolo absorto y a la vez con toda atención, Litongó se acuclilló junto al cuerpo yacente.
Hoy, debo reconocer, que ver a un gigante como aquél consternado de esa forma: cabizbajo, sin dejar un instante de gesticular y mesarse con nerviosismo el cabello mientras, con el desconcierto de un niño se volvía a mirar una y otra vez el cadáver del que había sido su Patrón y en cierto modo – imaginé – un padre para él, además de dejarme perplejo me hizo reflexionar sobre lo que quizá rondara su cabeza. Tal vez se preguntara: ¿cómo era posible que su Patrón se hubiera dejado el pellejo de una forma tan ingenua? Pero lo de Otto no era sino el desenlace inevitable al que estamos todos abocados. El traspaso del velo oscuro de la muerte.
La boca de Litongó se abrió y durante unos instantes me dio la impresión de que iba a comunicar algo importante, y tal vez decisivo, pero de su interior sólo salió un murmullo que de forma gradual aumentó hasta convertirse en un lamento desgajado. Levantó la cabeza y miró o ni siquiera lo hizo. Porque en realidad no parecía ver. Pues su mirada, era una mirada extraviada, privada de razón, que sin conseguirlo trataba de centrarse en algo, y que asimismo sin lograrlo, parecía esforzarse por recuperar la lucidez perdida. Sólo duró un par de segundos, lo recuerdo con claridad, porque así es como lo vi. Tras esa mirada, de forma fugaz, fui capaz de captar la tristeza y el dolor más conmovedor y a la vez sincero que jamás haya visto en un hombre.
Volvió a incorporarse y soliviantado comenzó saltar. ¿O tal vez danzara? Mientras que sus piernas, como resortes metálicos, le obedecieron con precisión. Con ojos desorbitados se dejó llevar por el odio; porque estaba no lleno, sino saturado de odio. Empezó a caminar hasta que sin contenerse más echó a correr en pos de su “demonio.” Del gorila que de golpe acababa de segar la estabilidad de su vida. Iba dispuesto a encontrarlo y de hacerlo no había dudas sobre lo qué haría, cuando algo le hizo detenerse. Y así permaneció: inmóvil; como si se hubiera estrellado contra un invisible muro de cemento.

Entonces... ¡lo vi! ¡Estaba ahí! Ante nosotros… Cerrándole el paso a Litongó. Era un bulto informe, oscuro y denso como una fronda de espesura. El africano lo observaba indeciso; hasta que un gorjeo, una retahíla incomprensible se liberó de su interior y congestionado por la ira, o lo que ya era demencia cerval, arrancó blandiendo la lanza contra él... ¿¡Kuhará!? Porque al parecer eso era...
No lo sé... no puedo precisar con exactitud como ocurrieron las cosas… Pero en un abrir y cerrar de ojos el cuerpo del africano era pura carnaza. ¡Fue tan rápido! Quise reaccionar y vi a Pérez esforzándose por escapar. Se deshizo de la cámara como de un juguete infectado y echó a correr, pero lo hizo... o más bien no lo hizo… ¡¿Acaso no lo vio?! ¿No fue capaz de ver aquella inmensa oscuridad? Por desgracia, cuando a uno le puede el miedo deja a un lado razones sentimientos y cautela. Y Pérez, cegado por el terror ni siquiera debió ver y tampoco fue capaz de detenerse a pensar. Fue un roce. ¡Lo juro! Y con la levedad de un muñeco de trapo voló, golpeó contra un árbol y allí quedó... desarticulado…

Tras el delirio de esos instantes el lugar permaneció en silencio. Ya no llovía. Ahora sólo estábamos “éso” y yo. Estaba oscuro pero vi brillar lo que parecían ser… ¿unos ojos? Se detuvo en la penumbra delante del cuerpo inerte de la hembra de gorila. Lo observó y olisqueó con curiosidad. En cuanto a mí ¿qué hice? No, yo no voy a mentir ni a exagerar ¿de qué me serviría? Sencillamente permanecí paralizado. Por el contrario yo sí pude pensar y hasta quizá demasiado, pero hay situaciones en que pensar apenas sirve de nada. Sobre todo cuando a uno no le queda ni valor ni margen de maniobra aceptable para reaccionar. Y ese era mi caso. Estaba aturdido y en tensión. De hecho me sentía como un fardo, incapaz de dar un paso adelante. Ya que presentí que de intentarlo el ser se abalanzaría sobre mí. Aunque dadas las circunstancias me dio igual; porque fui consciente de que las piernas tampoco iban a responderme. ¡Estaba a su merced! A fin de cuentas ese instante resume lo que en adelante ha sido mi vida. Moviéndome en todo momento con cautela, y a veces, sintiendo con vergüenza mi propia impotencia para afrontar las cosas como debe de ser. En realidad igual que cualquier hombre cuando está a merced de la naturaleza. Claro que... pongamos por caso ¿Y si yo estaba enfermo, padecía las fiebres y ni siquiera fui consciente de lo que vi y aluciné? Pudo no haber sido más que eso y aquello que vi en realidad sólo fue un… gorila. Quizá mayor de lo normal pero... ¡de algo estoy seguro! Debía ser endiabladamente ágil, porque sin apenas hacer ruido lo tuve junto a mí.
Estaba casi a mi altura cuando se detuvo y me escrutó con curiosidad... o temor. ¿El mismo temor que yo sentía? Tan próximo que pude escuchar su profunda respiración. Tan cerca que pudo haberme destripado con sus fuertes extremidades. Y yo, no supe hacer otra cosa que gemir. Y eso... ¿me salvó? El hecho es que de algún modo ese “ser”, aquella pesadilla espantosa y deforme, no llegó a tocarme.
De repente fui consciente ¡en mis manos tenía el arma! El Colt empezó a deslizarse entre mis dedos sudorosos se me escapó y fue a parar al suelo. Sólo hubo un leve contacto. Luego ¡la detonación! Y en un abrir y cerrar de ojos, o yo desperté de un mal sueño, o el Kuhará o lo que fuera se había evaporado. Lo irónico es que ni siquiera fui capaz de utilizarla por mí mismo.

Pero ahí no acabó la historia sino hizo solo que empezar ¿Cuánto tardé? ¿días? O fueron semanas el tiempo que invertí en abrirme paso hasta dar con una pista. ¡No lo sé! El hecho es que aquellos momentos, los que habité, dormí y me alimenté en la selva los recuerdo como la experiencia más dura y terrible de mi vida. ¿Cómo fui capaz sobrevivir? Ni siquiera hoy alcanzo a comprenderlo. Mi ropa acabó hecha jirones de deambular perdido entre la maraña. Como estiletes, los espinos laceraban cualquier fracción de mi cuerpo hasta que mi carne llegó a ser una masilla podrida y sudorosa, llena de heridas que olían a muerto y dolían tanto como si me atravesaran con púas los tendones. Sólo fui capaz de superar aquel trance mediante una voluntad desconocida y aún hoy difícil de imaginar.
Los mosquitos chupaban mi sangre a placer… De noche me recogía entre las rocas, siempre con temor a ser mordido o picado por un reptil o insecto venenoso. Pero si había algún dolor insoportable ése fue el dolor mental al que estuve todo el tiempo sometido. Y veía brillar ojos. Ojos de fieras que pasaban cerca, y en muchos casos no entenderé por qué, me descartaron como fácil alimento. Hacía calor sofocante de día y frío por la noche en la selva. Me detenía solo las veces que mi cuerpo extenuado me obligaba a alimentarme para no morir de hambre, o para descansar y no reventar de agotamiento. Me alimentaba de cualquier cosa que al azar se pusiera a mi alcance; ya fueran insectos, gusanos o raíces. Así era mi dieta y me daba igual qué comiera o si era o no repulsiva. Vivía siempre con miedo y las noches que la pesadilla duró, percibí siempre su presencia y supe que estaba ahí: escrutándome, o quizá jugando conmigo como si yo no fuera más de lo que en realidad era o sentía ser: una débil presa al borde del colapso.
Pero lo logré. Alcancé una pista. Una de esas pistas desiertas y kilométricas que jalonan la selva. Y una vez allí, primero comencé a esperar con aliento y luego a desesperar. Aguardé días y noches de luna llena e impactante claridad, en las que nunca dejé de tener presente que del lado de la maraña “eso” continuaba observándome o me esperaba. Sentado como alma en pena miraba de reojo hacia el lugar donde sabía… y escuchaba ruidos, chasquidos extraños... No podía dejar de temblar porque tenía miedo y estaba enfermo y también porque al final tampoco tenía esperanzas de sobrevivir. Seguro. ¡Un día más y hubiera muerto...! Pero esperé, supe esperar hasta el día en que encontrándome al borde de la locura y el desfallecimiento me recogió el camionero.

Era de noche cuando subí al camión de un hombre sobre todo valiente. Sí, porque ahora sé que para recorrer esa ruta de noche hay que ser o valiente o un loco. Y... ¡no! No quería mirar atrás porque sabía que “eso” estaría ahí: observándome; contemplando cómo me iba si es que no se había encaramado al camión. ¡De golpe volví la vista atrás! Lo sé. Reconozco que solo el hecho de sugerir esa posibilidad provocó que el miedo me atenazara. Y “eso” estaba ¡ahí! En el camino. Justo en el lugar donde segundos antes me había recogido el camión. No, por supuesto, no le dije nada al hombre. Ni una palabra. ¿De qué habría servido? ¿Para que se riera de mí? O para estimular su codicia. Pero por desgracia no hizo falta que yo hablara. Lo aseguro. Él mismo lo descubrió sin que yo se lo dijera. Y avivado por la curiosidad o su propia e inmensa idiotez, nada más verlo – yo lo había juzgado un hombre sensato – empezó a girar. Quería... ¡pretendía volver a encontrarse con el horror! Y ¡Por Dios! ¡Eso nunca! “Por favor no lo hagas” le supliqué al principio con moderación. Y a continuación, como siguió en sus trece, se lo advertí. Le sugerí con dureza: “¡Retrocede! Retrocede ahora. ¡Aún puedes!” Entonces murmuré. “No... No me harás volver otra vez al infierno.” Él me miró con sorpresa. Pero no entendió o no quiso hacerlo. Como Otto, como Litongó y como todos los hombres de por allí, vivía a su aire. Tomaba lo que quería sin respetar más que lo que le dictara el deseo: El capricho era su ley. No hubo tiempo para explicaciones ni reflexiones. Jamás... ¡Nunca podría permitírselo a él ni a nadie! Pero él no se dignó escuchar. Y esa vez tuvo que ser la primera que yo utilicé un arma. Y créanme. Al percutir el gatillo no sentí dolor ni desesperación, ni tan siquiera un leve malestar por lo que hice sino sólo – y así fue en realidad – un profundo alivio...


José Fernández del Vallado García Agulló.16/06/2002.


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