• Era un verano tórrido y Adrián, un muchacho rollizo y un poco raro, aunque servicial...

  • Se llamaba Vera. Era morena y esbelta. Sus ojos negros preservaban una timidez joven y ensombrecida...

  • Mi corazón se ha vuelto de hielo, mi espíritu es el de un luchador noqueado.

  • El rumor del viento acompaña, los rayos del sol cortan la espesura...

  • Hacía un día invernal, tan limpio y claro, que los rayos del sol en lugar de proporcionar calidez, cortaban la respiración.

  • Por las noches me arrebujo y mientras mi pulso se acelera y mi corazón palpita...

  • Recorrida la mitad de su vida, Tariq Alhamar seguía transitando en un mundo de incierta...

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viernes, 27 de abril de 2007

2

De La Locura...





Estaba perdido. Envuelto en el laberinto que formaban las cepas de un árbol que como lenguas de serpiente me atrapaban. Había salido a buscarla, y desde el principio todo se había vuelto en mi contra. No lo ignoraba, era ella. Ella quien lanzaba dardos ponzoñosos para herirme y detenerme. Ella quien dejaba estelas de alquitrán a su paso en las aceras y esquelas fúnebres invitándome a desaparecer absorbido por mil tifones salvajes. Ella quien rechazaba mis pobres debilidades humanas; las mismas que me habían llevado a sucumbir ante la belleza de su hermosa figura de mármol, y a enamorarme. Las mismas que me habían llevado a auto flagelarme tratando de penetrarla. De invadir sus sentimientos hasta colonizarlos. Y revolcarnos junto a la estatua del jardín botánico aquella hermosa mañana de mayo. Aquella sublime figura me hizo temblar de emoción, partirme en infinitos sentimientos contradictorios. ¡Dios! como la amé.

Y ahora estaba solo otra vez. Perdido en medio de una oscura confluencia de mil veredas diferentes. A punto de saltar al abismo de lo irracional y sin embargo me daba cuenta que aún me retenía el laberinto que formaba en torno a mí. Quería volver a hablar con ella pero ya hasta las palabras me salían absurdas por la boca. Y los besos se escurrían en mi lengua antes de alcanzar la suya. No, ya casi no quedaba lenguaje en mí, ni entre nosotros. Ella ¿estaba hecha de una materia diferente? Y sin embargo ¿antes no éramos iguales? ¿No fuimos uno solo? ¿No se fundieron nuestras arterias lo mismo que metal licuado? ¿No hubo sonrisas en el aire? ¿Y qué de las promesas? ¿Y qué de los besos sellados con fuego? ¿Y qué de nuestra religión compartida en secreto? ¿Tuvimos esa religión? ¿Tuvimos esa fe? ¿Tuvimos esa paz? ¿Tuvimos ese gozo? ¿Tuvimos esas alas? ¿Tuvimos esa fuerza? ¿Tuvimos ese mundo propio…?

Quiero llorar y no me sale una lágrima de amor. Quiero reír mi estupidez congénita que es la de todo el ser humano enamorado y tampoco lo consigo. Estoy enredado; enredado en un mar de raíces. Sujetan mis miembros para que no pueda cometer más estupideces de las que ya una vez cometí. ¿El amor es estúpido y loco a veces? No… Si… Si es así desearía volverme loco para siempre con tal de verla una vez más…






José Fernández. Josef.2004.

jueves, 26 de abril de 2007

2

Pink Floyd - Wish You Were Here

En mayo harán catorce años que una persona muy querida dejó este lugar donde hoy nos toca estar, seguir, avanzar... Esta era su canción del alma. Espero que dondequiera que esté si, acaso está, siga escuchándola. Saludos amigos!


1

silence is easy

Bien. Hace tiempo subí un texto que titulé: "Silencio. Final del trayecto." Hoy encuentro una canción de Starsailors un grupito americano desquiciado que nos habla de que el silencio es sencillo... Juzguenlo ustedes mismos!


martes, 24 de abril de 2007

4

Cúspide.




Abrió los ojos y lo supo. Sus sueños se habían hecho realidad, estaba en la cúspide; había ganado, era ¡el mejor…!

Tras una puerta blindada una turba compuesta por millón y medio de seres frenéticos poseídos por un fervor histérico y sin límites, se arremolinaban deseando ver aparecer el perfil del mejor de todos los tiempos. Aunque ¿el mejor en qué especialidad? Francamente en ninguna y en todas a la vez: Era, simplemente, el mejor.

A partir de que el suceso diera lugar ya jamás habría nadie equiparable, puesto que absolutamente todos eran inferiores y su estrella sobresalía con insólito esplendor. Había sido un golpe de mano inconcebible para una civilización en decadencia, en la cual él, el mejor, se había hecho con el monopolio indispensable de la perfección.

No desayunó, puesto que no existe desayuno capaz de saciar perfección con exacta perfección. No orinó, puesto que evacuar o excretar resultan prácticas anacrónicas y a años luz de cualquier perfección. No se duchó afeitó ni arregló, pues un cuerpo perfecto genera células en su organismo por sí mismas, y la purificación de por sí se convierte en innata.

Tampoco le hizo falta volverse de espaldas a la entrada para diferenciar con suma nitidez entre millones, la voz de su manager – desde ese preciso instante ya – su ex – manager. Le invitaba a que saliera al balcón y expresara un comunicado de aliento y paz a la humanidad.

El hombre que incluso hasta un día antes se había llamado Carlos Lázaro Proud, renunció a su propio nombre. Pues ¿podría acaso encarnarse bajo nombre alguno la suma perfección? Miró a donde debería estar el balcón y supo que nunca había existido tal emplazamiento, puesto que la excelencia no necesita de sustentos materiales a los que encaramarse. A continuación extendió ambos brazos, pero de su boca no surgió palabra alguna, pues la perfección tampoco precisa expresarse para comprender y dar a comprender cuales son los designios de la humanidad, y lo que la misma requiere o no.

Se volvió levitando y lágrimas cristalinas de simetría inigualable, de una pureza libre de cualquier germen de duda, se deslizaron sobre un semblante inmaculado. Y entendió lo que ya entendía.

Lentamente, o tal vez en micro milésimas de segundo, puesto que la excelencia se halla por encima del tiempo, acomodó su voluntad superior sobre la mullida almohada del dormitorio de la impoluta sala donde se hallaba. Entonces las paredes imperfectas se difuminaron, los ángulos se transformaron en rectas infinitas, lo material se hizo inmaterial, sus párpados se cerraron pero su línea visual capaz de atravesarlos, no tuvo que efectuar un solo y vago movimiento más en una vida donde moverse resulta una imperfecta pérdida de tiempo, y donde el tiempo, una y otra vez, se oculta del mismo tiempo.

En segundos, o tal vez sucedieron milenios, su mente alcanzó un sueño profundo y sublime; tan elevado en su excelencia y perfección que ya no le fue necesario despertar durante una eternidad...

Mientras, si acaso hubo un mientras, la humanidad se extinguió. O quizá estuvo sin hallarse nunca del todo presente…



José Fernández del Vallado. Josef. Abril 2007.

2

Daniel Powter - Bad Day

Con esta canción me desperté hoy. Me dije, ¿quién es? Ya lo sé. Un tío que sabe cantar.


viernes, 20 de abril de 2007

5

K219 Adagio...





La noche y el día se invierten, se transmutan… La oscuridad usurpa la luz como un leve manto de franela.


Una nave planetaria se desplaza a una velocidad de 108.000 kms hora mientras gira sobre su eje cual peonza una vez cada 23 horas, 56 minutos y 4,1 segundos, y logra que nos olvidemos de que estamos embarcados en un largo viaje de 4.600 millones de años, de los que apenas presenciamos, si la suerte nos toca: sesenta, ochenta años, y tal vez ni siquiera…


La insoportable levedad del ser de Milan Kundera es nuestra insoportable levedad de ser en la vida.


Otro día… ¿ha sido otra noche? Me incorporo con ojos angustiados, salgo a la calle, al trabajo aunque… ¿Acaso hay un lugar en mi vida o esto es sólo una farsa? A veces descubro miradas que son solo desnudas preguntas ingenuas; otras aparentan ser mapas en los que hay trazadas hermosas y complicadas constelaciones de una longevidad sutil e irreversible.


Camino bordeando precipicios en los que, de cuando en cuando, mis piernas resbalan y desaparezco perdido. Entonces unas manos firmes me rescatan y devuelven al paisaje de la vida.


Soy solo eso... Un ente entre tantos que desfilamos por la existencia tratando de parecernos a jubilosas y radiantes hormigas.


Hago planes. Me paso días, años, urdiendo planes para salir del agujero negro en que está apresado mi grasiento y macerado cerebro.


De vez en cuando, una estrella viene a visitarme e ilumina mi vida; me brinda sus colores e ilusiones, después el firmamento estalla y todo vuelve a oscurecerse.


Es marzo, abril, mayo. Llueve. Sobre las desgastadas tejas de cerámica de mi casa oigo el incansable gemir de una riada de sonrisas deprimidas que terminan por explotar como cascadas. ¡Están ahí! Violines en mi interior. Me proponen que salga, renazca y parta hacia una mentira mil veces maravillosa...


He abierto la puerta de mi mundo. Fuera hay otra puerta y más gente: ¿otro mundo como el mío?




Anoche soñé que venía. Era el Adagio, ¡El adagio K219 Adagio…!






José Fernández del Vallado. Josef.

miércoles, 18 de abril de 2007

5

Porque Ya No Te Percibo...




Extremidades dúctiles
Ojos de ámbar
Piel, ceniza calcinada
Cabello forjado en láminas de pirita.



Porque ya no te percibo
Rosa negra del desierto
Estoy desterrado al olvido más terrible.



Lo sé, escrito estaba
en la leyenda.
Blanco de vida, negro de muerte.



Sangre azul subsahariana.
Inmortal y limitada
en sentimientos humanos.



Navegaste a mi lado,
veinte mil albas inciertas;
simple error de tu existencia.



Y porque ya no te percibo
me arrastro y soy esclavo
de duelos y privaciones



amores sin amor
suspiros que levitan
atmósferas agotadas
bajeles sin rumbo fijo
estrellas desconocidas
océanos infernales.



Sangre azul subsahariana.
Quiero vivir en tus pensamientos
y así dejar de padecer
por mi mismo y para siempre
tu incompatible amor…


José Fernández del Vallado. 2006.

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jueves, 12 de abril de 2007

2

El renacer de Alweka


Barriada vieja, calles angostas, puertas menguantes, sin quicio y astilladas. Casas de barro desmenuzado y ladrillo se abren a descampados oscuros como grietas de un infierno disoluto.



Y en medio, cual naves sin rumbo, farolas...
Cuando no se hallan quebradas sus haces iluminan epidermis amarillentas, bajo las cuales, se esconden residuos de seres humanos de apariencia mortecina o excitable.



En el ángulo que forma el muro de dos casas derruidas, una hoguera. Cajas de madera inservible sacian lascivas lenguas disfrazadas de matices, cuyo delirio ilusorio, presta calor pasajero a unas adolescentes tendidas en el suelo. Cubren sus cuerpos con una gruesa manta de tejido; descansan del par de días que llevan en vela sin cesar de fornicar.



De pie, otra chica más joven, cubre mediante una chaquetilla desgastada su volumen resuelto y delgado. Su cabello trenzado cae por su espalda y casi roza la abultada curvatura de unas nalgas apretadas, ceñidas por una minifalda elástica, de talla ínfima, como su insolente atrevimiento trece añero. Estira sus manos largas, con dedos como remembranzas de raíces quebradizas; tratan de robar un soplo de aliento al calor.
Una cartera beige pende de su hombro, calzado de tacón de quince centímetros, medias oscuras y a cuadros, cadenas de oro, crucifijos al cuello, anillos en los dedos y aretes en las orejas…



Es Alweka casi mujer pero niña, de senos generosos, pezones dilatados, piernas pulidas, cadera quebrada, cutis ataviado cual arlequín policromo de lujo y una mirada de ébano.



Una noche cualquiera, un día cualquiera, de un mes invernal de su primer año en un país que se dice civilizado.Aguarda a un cliente. No conoce otro trabajo, sus dientes de leche castañetean como los de una calavera sonriente ante cada coche que se detiene, y canturrea la misma melodía:

– “Alweka guapa. Buena haciendo amor. ¿Pasar rato feliz?”



Desfile de conciencias ahogadas en alcohol, despojadas de toda vergüenza. Carcajeantes, ordenan se aproxime y muestre su perfil. Ella obedece. Le soban el cuerpo. Algún que otro viejo amargado se detiene, la recoge y Alweka soporta con descomunal estoicismo, unas ávidas manos transpiradas sobre su piel e inútiles forcejeos de un babeante borracho por gozar lo que nunca logrará...


Alweka no sabe qué es el cariño, en realidad nunca lo supo, jamás tuvo tal oportunidad. No diferencia entre un mimo y un guantazo, nadie se lo enseñó. No conoce lo que es un beso bien entregado, porque las mayores le aseguran que sólo podrá besar al hombre que la ame, si alguna vez se diera el caso. Por lo cual tampoco sabe, y jamás supo, qué es el amor verdadero…


De su pasado conserva tres ajadas fotos. Supone que son de sus padres, alguien se lo dijo alguna vez. Es todo cuanto tiene. Con insólita devoción las contempla a todas horas.


Nadie la enseñó a soñar y sin embargo ninguno se explica como es que un día aprendió a anhelar su tierra. Aunque tampoco supiera cómo hacer para volver a un lugar del que tan sólo evoca una designación que a ella misma le resulta extraña. Pero por una vez en su vida, decidió improvisar. ¿Estaba haciéndose mayor?


Una noche cualquiera, de un día cualquiera, de un mes invernal, dicen que hizo auto stop.


Transcurrieron varios meses y un día cualquiera, de un mes en pleno verano y a pleno sol, la encontraron en la garganta de “Despeñaperros.”


La hallaron en cuclillas, abrazada a sus rodillas, en posición fetal. Tenía los ojos cerrados, la boca apretada, los labios cortados y el cuerpo cubierto de sangre, sudor y moratones. Estaba allí, petrificada, mientras aguardaba su suerte sin emitir un solo lamento de lástima.


La llevaron a comisaría y la interrogaron con traductor. No tenía papeles dinero ni pasaporte. No abrió la boca más que para pedir agua y comida. Dos meses estuvo en la misma situación hasta que averiguaron su procedencia. Entonces hicieron lo que deseaban: La embarcaron en un avión de carga y la enviaron de vuelta a su país.

Al recibir la noticia sus amigas no se entristecieron, sino al contrario. Se reunieron y alborozadas – lloraban de la alegría – comenzaron a entonar una bella melodía en la cual proclamaban que su alma había vuelto a renacer pues tuvo la suerte de ser de nuevo niña.

Despojada, eso sí, de las riquezas materialistas del mundo supuestamente civilizado, pero inmensamente dichosa en felicidad, hoy Alweka retoza en libertad su sencillez por los verdes paisajes de su patria…

José Fernández del Vallado. Josef. 11 Abril 2007.

viernes, 6 de abril de 2007

4

La incomprensible senda de la Voluntad.









Juan Germán López tenía más de cuarenta años.
Vivía solo, no tenía familia, ni por lo tanto hijos. Así como tampoco trabajo fijo ni hogar propio. En cuanto a sus amigos, mutuamente se habían ido distanciando hasta arrinconarse en un olvido simultáneo. Vivía en una pensión de alquiler y subsistía de unos exiguos ahorros.
Apartado de la seguridad de un salario fijo y de la rutina, cada nuevo amanecer para él constituía una aventura, pues desconocía lo que la vida le deparaba a la vuelta de cada esquina. Y aún así era feliz.

Antes de eso había sido una persona diferente; un hombre digamos, estándar.

Trabajaba de empleado en una oficina de correos durante once horas diarias, hasta que enfermó. Contrajo un extraño padecimiento que lo indujo a escribir un día sí, otro también, y los demás exactamente lo mismo.

Pero ¿cómo enfermó? No fue complicado. Sucedió al leer una carta que por casualidad se hallaba mal sellada.

Era una mañana ventosa y Juan manejaba la moto. El suave papel transparente se escapó de su sobre, se filtró por un resquicio de la cartera, y cual frágil pluma vapuleada por el viento, salió volando ligero. Juan lo vio de reojo, detuvo la moto, corrió tras el, saltó la verja de un jardín y lo atrapó segundos antes de que se precipitara sobre las cristalinas aguas de una piscina. Y una vez lo tuvo entre sus manos, sin apenas ser consciente, comenzó a leer. Decía así:

“Querido Juan sé que estás muy enfermo.
Amado, también sé que tu familia no me quiere y no permitirá que te vea nunca más...
Pero amor, todo mi amor y cariño permanecen indelebles.
Recuerdo como si fuera hoy mismo lo mucho que nos deseamos, reímos, jugueteamos, abrazamos y lloramos nuestra pura y absoluta felicidad compartida. Todos esos momentos, lo genial que lo pasamos juntos, han quedado grabados con la firmeza inalterable de un cincel sobre una impoluta lámina de mármol. Y no podré olvidarte jamás. Por ello, te seguiré escribiendo siempre. No me importa ya si respondes o no, si vives o mueres, puesto que aunque desfallezcas, para mí seguirás estando eternamente vital y presente, ya que de forma espiritual uno jamás se extingue y su alma siempre continúa ahí para ver, leer y acariciar las cartas que yo te iré - en tu caso- remitiendo.
Amadísimo Juan sólo existe un problema. Es un detalle intrascendente y carente de significación, no te alarmes. Hoy volví a tratar de dibujar un retrato, tu retrato. Lo intenté más de treinta veces y en todas me ocurre lo mismo. Por más afán que pongo no sales tú sino un esquema de trazos desiguales... No acabas de ser tú mi amor…
No te preocupes. Continuaré ensayándolo hasta lograrlo.
Te ama intensamente y para siempre.

Mabel.”


Esa misma tarde, en la oficina, ya no fue el mismo. Su mente, sus pensamientos, sus ideas, su corazón, estaban en otra parte. Todo su ser había partido hacia periplos remotos y desconocidos.
Lo primero que hizo fue comprobar qué había sido del muchacho al cual escribía la mujer, y con consternación supo que hacía más de tres meses había muerto de un cáncer galopante. A continuación pidió la baja y como solía pasar desapercibido, a nadie le sorprendió.

Por la noche al regresar a su hogar, de forma irreflexiva, emprendió dos tareas que jamás había realizado: La primera suplantar una identidad, la segunda, dedicarse a escribir. Tomó varias cuartillas, un bolígrafo y comenzó la ardua tarea. Sin embargo, al redactar, se dio cuenta que era su corazón quien impulsaba y articulaba con precisión sus frases que, cuidadas, pasionales y bien enlazadas, resultaban bellas reflexiones de una persona que se hallaba en pleno éxtasis de amor.
Así lo entendió para cuando terminó de escribir tras más de cuatro horas de esfuerzo.
Cuidadosamente puso su dirección e indicó que, a partir de ese momento, aquel era su nuevo domicilio. Explicó también que todo le iba conforme, y que no había podido escribir hasta la fecha debido a los azarosos trámites del cambio y por vicisitudes, por supuesto, familiares. Pero una vez resuelto todo, y a partir de ese momento, podrían seguir escribiéndose cuanto quisieran sin la menor interrupción.

Desde ese mismo instante un nuevo mundo se abrió a sus ojos y sentidos. Pues dio comienzo un intercambio de cartas maravillosas, colmadas de sentimientos y pasión, y sobre todo, de un amor intenso que comenzó a recibir primero a flor de piel, se introdujo en su interior y se instaló muy profundo, hasta inducirle a estremecerse inmerso en el más absoluto trance de satisfacción jamás percibido con anterioridad.

Por supuesto, no olvidó informarse de los detalles esenciales y presentes en la vida del Juan al que amaba Mabel. Y mientras tanto, poco a poco, mostrándose extremadamente cuidadoso, fue intercalando e insertando fragmentos de su propia existencia.

Pasados más de tres años, pese a su ardua y calibrada estrategia de contención, y por verosímil que fuera la lógica de los relatos que oponía, los desenfrenados deseos de Mabel por volverlo a ver llegaron a ser tan intensos que hubo un momento en que ya no tuvo más remedio que ceder y confesar que estaba repuesto.
Si llegó a tal extremo fue porque, aunque supiera que caminaba hacia el desastre, en parte él mismo deseaba verla, conocerla, y si le fuera posible, aunque sólo se tratara de un instante… rozarla. Le bastaba con eso. Pero entre todos aquellos sentimientos un deseo se abría paso con irresistible tesón, aunque sabía iba a resultar del todo imposible: ¡Deseaba besarla!

Acordaron verse un diecisiete de octubre. El mismo día en que aquel Juan malogrado y ella se habían conocido.

Octubre significaba para Juan, tristeza. Representaba el mes donde las fantasías del verano expulsadas por los recién llegados vendavales del norte, se diluían. Y cuando las cálidas o acaso débiles promesas veraniegas entremezcladas con la amarga laxitud otoñal de los bosques, dominados por un estío en decadencia, comenzaban a declinar lentamente oprimidas por el denso e insoportable efluvio invernizo. Entonces todo el ciclo agonizaba.

Un local junto al mar, allende una playa solitaria. Todo según dispuso ella misma.

Él le refirió, y así tuvo que hacerlo, que debido a su enfermedad le habían operado de cirugía estética radical y tal vez resultara irreconocible. Para su sorpresa ella le respondió que le daba lo mismo cuanto hubiera cambiado de aspecto. Pues según le declaró, a quien se desea con verdadero fervor, resulta fácil reconocerlo entre más de un millón de personas sin dificultad.

Y ahora, había llegado el momento; se hallaba en el lugar.
Era viernes un atardecer, y el local estaba repleto por grupos de jóvenes y parejas que hablaban y se hacían embelecos en torno a una gran estufa metalizada.
Juan se sentía tremendamente nervioso y sobre todo angustiado. No en vano, era consciente. Ella podría estar a su lado y aún así ni siquiera reconocerlo y viceversa.

Una cuartilla acarició su semblante y deslizándose en el aire enfiló hacia la estufa. Antes que se precipitara sobre las brasas Juan la tomó entre sus manos. Era un dibujo, lo observó sin interés y de repente con detenimiento. Era un retrato… ¡Su retrato!

Súbitamente volvió la cabeza y tras él, con las manos depositadas sobre el respaldo del sofá, estaba una hermosa mujer.

Lo supo al instante.

- Sí, yo soy Mabel y tú eres Juan, el del retrato ¿verdad?

Sólo acertó a asentir.

- Supe que mi querido y dulce Juan había fallecido cuando me resultó imposible retratarlo una sola vez…

Él, compungido, balbuceó un dudoso “sí.”

Ella prosiguió.

- Y también descubrí algo más al tratar de rehacerlo una y otra vez. El esbozo que perfilaba era siempre similar y debía representar a alguien. Alguien que sin que yo lo supiera ya estaba ocupando mi mente y mis pensamientos. Y ése eras tú… Aquel ser desconocido que al cabo del tiempo averigüe, trataba de mantener viva mi ilusión y lo conseguía, mediante aquellas preciosas cartas que recibía casi a diario… Tú, mi nuevo Don Juan, mi nuevo amor… ¿Te llamas Juan en realidad?

Él asintió con timidez.

Entonces Mabel, sin dejar de observarlo fijamente con sus bellos ojos turquesa, se acomodó a su lado. Le tomó de las manos y lo hizo. Le besó son suavidad en los labios.
Y Juan Germán López, como un estallido de placer, experimentó una sensación de bienestar que le colmó por entero, y lo supo. Tuvo claro que si ahora era un hombre afortunado, durante el resto de su existencia sería un hombre doblemente dichoso, pero ante todo, inmensamente feliz.


José Fernández del Vallado. Josef. Abril 2007.

domingo, 1 de abril de 2007

3

Beatriz.





Era nuevo en el colegio. Comencé a ir a clase en el autobús veintiuno. Me sentaba solo en un asiento de atrás mientras concebía luchas gloriosas entre mis soldaditos de plástico azul; el yankee y el confederado.

Hasta que un día alguien también nuevo se sentó mansamente a mi lado. Entonces cambié mis soldados por las sonrisas y bromas de Beatriz.

Por las mañanas ella no venía, sus padres la llevaban al colegio. En cambio por las tardes, durante la media hora larga que duraba el trayecto hasta mi casa, yo era feliz.

Beatriz era preciosa. Sus ojos grandes y redondos como gemas relucientes, resaltaban vivarachos y burlones y su sonrisa, mostrando su dentadura blanca y naciente, era un vivo murmullo de agua cristalina.

Jugábamos a lo que ella deseara, y no es que fuera caprichosa e impusiera sus manías. Ocurría que yo me sentía incapaz de decirle que no a lo que fuera.

Comenzábamos inventando juegos de palabras y a menudo acabábamos forcejando. Como yo era más fuerte la apresaba por las manos y entonces podía palpar su cálida y húmeda piel. Y así nos quedábamos, contemplándonos primero con arrebatador frenesí, luego en silencio, y al final retirábamos las manos con síntomas de vergüenza inexplicable.

Pasaron dos años y crecimos. Nos aficionamos al juego de ajedrez. Jugábamos partidas rápidas y ella casi siempre me ganaba. Y yo, pese a no querer demostrarlo, terminaba irritándome. Recuerdo el día en que después de ganarme, sin explicarme el porqué, me besó en la mejilla. Me ruboricé. Pero aún recuerdo con mayor tristeza el día en que por primera vez nuestras vidas, se separaron.

Ocurrió cuando después de atravesar una larga enfermedad repetí curso. Desde aquel día ella se volvió soberbia o no le quedó más remedio que serlo, porque así funcionaba la ley en la escuela.

Luego se hizo de ciencias, estudió veterinaria en la Complutense, en tanto yo daba tumbos por la vida sin saber hacia donde me arrastraba el oscuro y denso fluir de los fulminantes rápidos en que me sentía apresado.

Hubo una fiesta atropellada en una casa cualquiera donde por avatares de la vida la encontré. Decidimos escapar del bullicio y en un local apartado y solitario recordamos los años dorados y acabamos sellando nuestras confesiones mediante unos primeros besos de ensueño.

Después una despedida, promesas de conservar viva la relación y nada más…

Pasado un año el reencuentro “casual” se reprodujo en un bar. Ella aguardaba a ciertas amigas y yo otro tanto de lo mismo.
Un par de cervezas, sonrisas, miradas de complicidad, amor y nada más…

Luego más años y otra fiesta en la que por “casualidad,” el chico que organizaba el evento, siendo amigo de ambos, nos permitió quedarnos en su casa. Nos acostamos e hicimos el amor, y a la mañana siguiente estábamos convencidos; ya nada podría separarnos. Desayunamos, nos besamos y acabamos jurándonos amor eterno.

A continuación una despedida más y… punto.

Pasaron ciertos años y hubo un nuevo reencuentro, ahora en un autobús. Yo escuchaba música en un casete con auriculares. Se los puse. Le encantó. Quedamos en vernos. Me insistió en que la llamara sin falta, se lo debía, me necesitaba dijo, y me dejó su teléfono…

Deseaba verla pero no la llamé. No sé por qué… ¡no la llamé!

Transcurrieron muchos más años. Había quedado con mis amigos, era de noche, diluviaba. Caminaba pensando en que aquel era el peor día para salir. En un momento dado acudí a refugiarme bajo una esquina en una plaza oscura, sin apenas iluminación, y allí estaba ella.

Permanecimos mirándonos unos instantes en silencio, como si no nos conociéramos de nada. Entonces yo, sin siquiera mirarla, la saludé y le hice la pregunta inevitable.

- ¡Que tal Beatriz!

- Oh… Hola…

- Y… Cuéntame. ¿Cómo estás?

Se quedó mirándome en silencio. Sólo estábamos los dos. De pronto me observó con una sonrisa irónica y dijo.

- ¿Beatriz? Ya no estoy… Y prosiguió.

- Me fui mientras aguardaba la llamada que nunca me hiciste…

Y yo pregunté.

- Dónde. ¿A dónde te has ido?

Ella bajó los ojos frunció el entrecejo de forma disgustada y prosiguió.

- Lejos… Ahora estoy lejos.

Alzó la mirada. Sus ojos redondos brillaban de una forma extraña. ¿Lloraba? Añadió.

- Escucha, ya no habrá más encuentros.

Y yo, desquiciado, le pregunté.

- Por qué. ¿Porqué no puede haber más encuentros? ¿Por qué no podemos vivir juntos para siempre?

Ella me miró con ojos suplicantes y me dijo.

- ¿No lo entiendes? Mírate. Ya eres viejo y casi un inútil. Se acabó... Es demasiado tarde. Ya no queda nada entre nosotros.

Gimiendo de dolor, le dije.

- Cómo… ¿Cómo puedes ser tan dura? ¿Cómo puedes hablarme de esa forma? Tú que nunca has sido así.

Y ella contestó.

- En efecto, yo nunca he sido así. Porque yo jamás he sido… nada y nada soy… ¿Acaso me ves? ¿Puedes verme? ¡Mírame con atención!

Y mientras hablaba su silueta fue haciéndose más y más tenue hasta desaparecer diluida en el turbio contraste de la oscuridad…

Solo entonces lo supe con conmoción y padecimiento. ¡Beatriz había escapado! Había huido para siempre de mi vida, de mi mente, y de de mi… locuaz clarividencia… Puesto que tan sólo había existido en mi devastadora imaginación...

José Fernández del Vallado. 1 Abril 2007.




sábado, 31 de marzo de 2007

0

El Voluntario.


Ocurrió después de partir de voluntario en misión militar a aquella tierra desconocida y extranjera. Se llamaba Herminio y se fue muy joven.
Cuando volvió cinco años después ya no era el mismo, parecía tullido y fatigado. Y aunque en físico se hallara presente, lo cierto es que en su interior estaba ausente. Existía un impulso, un instinto u origen desconocido que lo inducía a observar con añoranza o acaso abatimiento, hacia el este. Y así era. Había algo…Ya no era como antes, alegre, extrovertido e incluso, vehemente. Ahora casi no hablaba, demandaba mediante monosílabos, y jamás comentaba nada acerca de su experiencia pasada. Pero si uno escrutaba su semblante sin que él se apercibiera, podía revelar miedo, dudas y acaso… ¿desasosiego?
Nadie, ni sus mejores amigos se explicaban por qué tuvo que ser allí. Por qué despreció la tierra, la gente que lo crió y vio nacer, y huyó a buscar cobijo tras aquel manto de dolor.A veces, durante las fiestas y celebraciones más animadas, cuando la gente se embriagaba y bailoteaba feliz, tomaba un trago de aguardiente. Entonces parecía confortarse y le sobrevenía un arrebato de energía. Sin embargo, no pasaba un rato sin que turbado, se derrumbara y comenzase a llorar. Le preguntaban cuál era el mal que lo apesadumbraba y haciendo aspavientos, apartaba a todos de su lado, y se retiraba al humilde resguardo de ladrillos rojos que él mismo se había construido.
Herminio era herrero. Se formó al volver de esa guerra, o regresó con el oficio ya aprendido.Trabajaba de sol a sol, siempre en soledad, en un fogón oscuro y sofocante. A veces era posible oírlo entonar baladas extrañas en un idioma desconocido, el que hablaban allá, en aquel país ignorado. Algunas tardes acompañaba a los chicos en el parque y jugueteaba con ellos a la pelota. Y cuando libraba, era posible hallarlo mirando hacia el este, en lo alto del “Mirador de la Estaca.”
Transcurridas un par de décadas, una gélida mañana de diciembre, Herminio apareció ebrio en el centro de la plaza. Lo curioso resultó ser que no estaba solo. Iba acompañado. Una chica joven de porte fino, cabellos rubios y sedosos, con la apariencia de una niña, estaba tras él. Lo terrible y extraño de la situación es que ella le apuntaba con su pistola reglamentaria. Lo recuerdo con claridad, era el mismo arma que siempre nos había enseñado con orgullo, ya jamás lo olvidaré. Por aquel entonces era Navidad; una formidable nevada acababa de caer y todo el espacio estaba cubierto por un manto blanco intenso y silencioso.Sin dejar de apuntarlo a la cabeza, en un tono enérgico que resonó claro y seco sobre la insonorizada suavidad algodonosa de la nieve, pronunciando el español con el acento de aquel idioma extraño, la mujer le conminó a que confesara. Tras insistirle un par de veces, acobardado ante el arma, Herminio comenzó a murmurar lo siguiente.
- Ciudadanos… Esta… mujer se llama Mirna… Y es… Dice ser… mi hija…
Se volvió a mirarla suplicante. Pero ella, en tanto aferraba el arma con ambas manos, permanecía inalterable. Le indicó algo más. El negó con la cabeza. Sonó una detonación y la sangre de Herminio salpicó la blancura de la nieve. Lo había herido en un brazo.
Un vecino hizo por salir, pero ella apuntó y realizó un disparó al aire. Tras lo cual, aterrado, el valeroso aventurero perdió los bríos y volvió a recluirse en su hogar.Herminio, balbuceó y siguió.
- Allí… en… Mrska, nos comportamos mal. Violamos… asesinamos… torturamos… Y yo… yo fui de aquellos…
Ella, apuntándolo en la sien, subrayó.
- Vamos… Repite…. ¡Todos puedan saber que monstruo eres tú!
El cuerpo de Herminio se estremecía. Mientras de forma inconsciente, se sujetaba el brazo herido y trataba de aliviarse el dolor. Prosiguió cada vez más alto, como si al hablar una inquina interior naciera y se ampliara in crescendo.
- Sí… Lo hice. ¡Debí haber muerto hace tiempo…! Fui un maldito cobarde… y colaboré…
Ella sonrió entre dientes, y con absoluta frialdad, añadió.
- Sigue… Sigue más ahora…
El dudó. Ella lo empujó por la espalda con el revolver y le escupió con irreverencia.
- Mirna… es… hija de la mujer del alcalde del pueblo de Mrska… El caso es que yo… Yo… me enamoré de aquella mujer… ¡Deseaba a la esposa de…!
Y ella, cada vez con mayor arrebato, dijo.
- ¿Y qué…? A ver ¡qué más…!
- Y lo hice... Ejecuté a su marido y la rapté. Y puesto que jamás logré ganármela… Sino que sólo obtuve su odio y desprecio, durante tres años la mantuve como esclava y la disfruté cuanto quise… Sí… Llegué a ser un cabrón importante… Ejecutaba sin razón a quienes me ponían delante. Yo… me convertí en verdugo ejecutor…
Al tercer año, ella quedó embarazada. Y tuvo a esta bellísima chica...
Ella se rió burlonamente. Él continuó sin afectarse.
- Pero para entonces… todo estaba perdido y yo recelaba de todos… Y por desgracia… Lo sé… ¡Jamás podré aceptar que tú eres mía…!
Una turbia sonrisa resquebrajó el silencio de la plaza del pueblo y aquel ambiente blanco, inmaculado, pareció enrarecerse de forma insoportable. De improviso, una niebla espesa, cerrada, comenzó a envolver el lugar. Y en medio de todo, surgiendo de aquella especie de limbo blanco y ardiente, la desquiciada y horrible risa de Herminio se carcajeaba de la situación. ¿Pero de qué situación? ¿De su desahuciada circunstancia de hombre sin crédito y criminal de guerra? ¿O de la profunda e irreparable brecha de dolor que había creado en la existencia de quien parecía ser hija del mismo… diablo?
Ella lo miró con ojos rojos, dilatados, anegados. ¡Lloraba! Y lo hacía sin emitir un solo gemido. Tal como había aprendido a obrar a través de años de una vida plagada de desvelos, sufrimientos, vejaciones…
Herminio, sumido en una insensata embriaguez, aspiró aire, retorció la cabeza con saña y mientras esbozaba una sonrisa macabra, dijo a voz en grito.
- Por eso tuve que hacerlo.... Maté a tu madre. Por eso… ¡Porque se comportaba como una vulgar ramera sin clase!
Dos detonaciones hendieron el aire como estallidos de ira. Herminio cayó ensangrentado en el centro de la plaza. En cuanto a Mirna, como si fuera una sombra o un alma sin vida, tal como vino, desapareció de la escena para siempre.
Cabe hacerse una pregunta. ¿La chica salió igual al padre… mejor, peor? No, sin duda mejor… Más perfecta si cabe. Ya que no lo mató…
Herminio, tras recibir dos precisos balazos en las piernas, quedó inválido de por vida.
Hoy en día sigue sin hablar. Pero ya es igual, su castigo ha resultado ser peor que la muerte. Se encuentra recluido en un centro donde nadie le dirige una palabra, y su soledad es ya para siempre, absoluta y demencial…


José Fernández del Vallado. Josef. 2007

jueves, 22 de marzo de 2007

7

Tabaco.




Tabaco, humo de pipas, amaneceres frescos y húmedos, vaho de alientos agotados, y aunque parezca imposible, exuberantes de renovada esperanza.

Llantos agudos, eléctricos, de niños quebrados y roncos, a través del transcurso de horas somnolientas y asustadas.

Una senda imparable, polvorienta, corriente de semblantes oscuros, de almas despojadas de aliento pero relucientes de vida. Hedor a existencia constante y tenaz, que no quiere ni desea detenerse en el olvido. Peregrinación por un camino maldito, sin nombre; y donde sin embargo, la debilidad exige la deuda a los organismos peor dispuestos o acaso, indefensos ante el arduo recurso de la vida.

Una parada. Y ante la imposibilidad de hallar un tosco pedazo de alimento que llevarse a la boca, de nuevo, más tabaco. El tabaco ya no se fuma; se mastica, se digiere. Alimenta esa nueva ubicación desconocida del estómago, y alimenta bien…

Asentado en un árbol, un viejo fuma mientras ora plegarias por los hombres de su tribu. No volverá a caminar. Incapaz de continuar sumergido en el intranquilo río de la vida, descansará para siempre. Y, sin embargo, no es en él en quien piensa. No hay el menor vestigio de temor o de duda ante su situación, y lo sabe mejor que nadie. Cumplió su destino en la vida y ante Dios. Y su preocupación ahora se centra en las familias que se sacrifican para salir adelante.

Más allá, en cualquier lugar, está la frontera. Línea imaginaria trazada con regla, cartabón y compás, que divide mundos imaginarios. En uno hay alimentos, vida, esperanzas, alegría…. Y en el otro, sólo quedan ya, campos minados, bombas, cadáveres y… algunas míseras plantaciones de tabaco…



José Fernández del Vallado. 21 Marzo 2007.

miércoles, 21 de marzo de 2007

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martes, 20 de marzo de 2007

2

Besos al Vuelo...



Recogí tus besos al vuelo,

los mimé, los sequé,

y los prendí con pinzas al pairo.



Activé la radio,

y una sintonía cifrada

me reveló

aromas

de hálitos olvidados

en vastos bosques

remotos

de recuerdos implantados.



Conocí sosiegos

de incidencias alegres

bajo jergones ardientes

y espumosos,

como cálidos oleajes.



Busqué el acceso

hacia esa ruta olvidada

anteriormente inventada,

mediante

el grácil compromiso,

de un volátil beso incomprensible.



Extendí los brazos al cielo

y cuando abarqué el firmamento

me pregunté

por el reverso extraviado

de la mente.



No es fácil volver

donde hubo promesas tajantes

que nunca lo fueron.

No es fácil creer

que el amor existió

cuando la fractura

se hizo omnipotente…



Donde se habló

de fundirse,

de crear savia y simiente

de cincelar tallos compuestos...



…………………..



Por ello hoy,

al verte, aunque

deseé atrapar lo inexistente,

ya no pude penetrar

tus ojos de vidrio;

olvidé tus palabras

de lirio;

y al mirarte,

escuché el silencio,

de una voz que voló y se desmenuzó

perdida en el viento.



Lágrimas desbocadas

de pánico apasionado

estallaron

y ardieron al sol

hasta que oscureció.



Para no tener que escucharte,

ni verte, ni desearte,

activé la radio.

Y al perderte de vista

si es que alguna vez llegué a

advertirte,

lo hice.

Recogí tus besos al vuelo,

los mimé, los sequé,

y los prendí con pinzas al pairo.



José Fernández del Vallado. Josef. Marzo 2007.

0

Contrariedad Racional



Etam Khalab no supo cuándo ni cómo sucedió. Pero al abrir los ojos, un polvo espeso y picante le obligó a cerrarlos de nuevo. Y al mismo tiempo, comenzó a sofocarse igual que un pez fuera del agua. Trató de incorporarse, pero aparte que las articulaciones de sus extremidades no le respondieron, algo se lo impedía. Estaba oscuro y resonaban atroces chirridos de la construcción recién desplomada.

No recordaba qué hacía ahí, y tampoco cómo había llegado. De forma inminente dos posibilidades acudieron a su cabeza. La primera, una incursión emboscada de los americanos; la segunda, un fuerte temblor sísmico.
Aguzó el oído y detectó un silencio completo, casi abrumador. Por lo que a continuación descartó la idea del ataque. Ya que de producirse habría habido un rechazo. Y con seguridad, en ese mismo instante, estaría escuchando las bombas y el tableteo de las ametralladoras. Y, sin embargo, nada de eso sucedía. Luego, había sido un terremoto. Un fuerte temblor lo había sorprendido mientras dormía, meditó. Por lo tanto era de noche. ¿Pero qué hora de la noche?

Si era más de medianoche, probablemente, los equipos de salvamento no acudirían hasta el amanecer. Y además ¿quien estaría dispuesto a ayudar a un olvidado poblado kurdo? Se preguntó. Cuando todo el mundo los odiaba y aislaba. Desde luego, sus vecinos turcos no harían gran cosa; en cuanto a sus conciudadanos iraquíes: chiitas y suníes, tampoco. ¿Y los americanos? A aquellos, lo único que les interesaba, era mantener salvaguardados sus recién conquistados pozos. Luego quedaban la Media Luna Roja, la Cruz Roja, y las ONG. Todavía había esperanzas, se dijo más animado. Claro que él habitaba el edificio más grande y alto de la población. Una construcción de cuatro plantas, evocó con espanto. Y más cuando a su mente acudió un nuevo recuerdo. Vivía en la planta baja. Lo cual significaba que ahora estaba enterrado bajo ¡cuatro plantas de escombros! No… tranquilidad. Trató de inspirar aire y su cuerpo entero se estremeció. Sólo entonces fue consciente. Se hallaba anegado en un sudor pegajoso. En cuanto a aquel castañeteo… ¿Qué era? Eran ¿sus mandíbulas al entrechocar entre sí? Entonces ¿qué le estaba ocurriendo? ¿Hacía frío? ¿Calor? ¿Tenía miedo? Sí, con certeza así era; debía hacer un esfuerzo por controlarse. Nada estaba perdido. Los perros hallarían su rastro, solían ser infalibles. Excepto en ciertas ocasiones. Gritaría. Lo oirían y vendrían a por él. De pronto oyó ruidos lejanos. Se escuchaban como una fuente de murmullos inconexos. Desde luego no eran producidos por la edificación. Sí, eran hombres. ¡Fuera había hombres batiendo! Volvería a ver otra vez el sol, las estrellas, la luna y a su… ¿mujer? ¡Dios mío! ¿Y dónde estaba su mujer? En efecto, estaba casado, recordó. Atormentado por un ataque de angustia, gritó. Pero su faringe no profirió sonido alguno. Con dificultad movió una mano, lentamente su extremidad obedeció, se dirigió hacia su garganta y halló un objeto que palpó. Era una forma punzante inserta en su tráquea. Sin apenas considerar el riesgo lo desprendió, y al tantear su textura, supo que se trataba de una aguda lámina de cristal. Entonces pudo sentir el flujo de sangre caliente que manaba a borbotones de la herida. Y, asimismo, pudo apreciar la entidad del objeto pesado que le impedía moverse. Era el cuerpo de ¡Malina, su mujer! recostado sobre el suyo. Y advirtió con horror que ella había dejado de sentir para siempre…

De repente Etam Khalab cesó de tener miedo, dejó de sentirse atormentado, y se sintió formidablemente confortado. Sí, casi caliente y fortalecido bañado en su sangre, que ahora brotaba con profusión. Su mujer estaba allí mismo; con él. No había por qué preocuparse, juntos vivieron y así, muy juntos, morirían. Pasó la mano sobre la nuca de Malina, y a la vez que la acariciaba, realizando un esfuerzo, buscó sus labios y los besó con dulzura...

José Fernández del Vallado. Josef. 17 Marzo 2007

lunes, 12 de marzo de 2007

6

Luces Opacas




Amanecer, luces opacas.
Interruptores que palpitan.
Bocas abiertas, crujientes.

Sonidos sin bullicio y con brillo.
Ladridos de rabia tranquila.
Oscuridad clara, tintineante.

Torres sin filo, de pompa y farol,
cual alfileres irónicos.
Apuntaladas, volumen sobre volumen.
Cuadrículas secas, de geometría ilusoria.
Basuras perennes.

Organismos desechos.
Muñones tersos, hambrientos…
Siglos de suficiencia y sordidez.

Lluvia ácida, marchita, regenerativa.
Brisa gélida y calcinante.
Mensajes de acento accidental ¿se diluyen?
Estrategias de vida donde eternamente hay muerte…
Amanecer, colores opacos.
Puertas vacuas, saturadas.
Torrenciales fragmentos de ausencia.
Elevadores hacia submundos truncados…

Sombras de proyección desfasada.
Aullidos decrépitos, abajo o encima.
Callejones sin desembocadura
e infinitas vueltas de hoja.

Geometrías dispersas.
Espectros meciéndose en angustias saturadas de
amores que apuñalan del revés,
sin cicatrizar.
Calles de alquitrán nauseabundo, excretado.
Y luces, luces opacas…



José Fernández del Vallado. 13 Marzo 2007.

martes, 6 de marzo de 2007

2

Daniela D´orsay, mi Bella Amada Francesa...




Volví a despertar, me asomé al ventanuco y allí estaba otra vez, en medio de la noche, reflejada contra la pálida luz de la luna... Los ojos relucientes, como estelas. Alta, grácil, como una grulla majestuosa. Elevada sobre una duna, con los cabellos ondeando al céfiro; una túnica traslúcida y aquellas manos largas y finas. Daniela D´orsay, mi bella amada francesa...



Durante días abrasadores aguardaba a que Rafat regresara con los auxiliares de la cruz roja para atender mi herida de metralla, las piezas para reparar el blindado, y el abastecimiento de fuel necesario para unirnos al resto del ejército inglés en la línea de Gazala. Odiaba el lugar donde me encontraba. Sólo estaba aquella arena amarilla que se filtraba por doquier, víboras del desierto, escorpiones y aquel sol implacable. De momento disponía de dos cantimploras de agua, algunas latas de raciones en conserva y un aparato de transmisiones semi averiado, con el que no podía conectar pero sí escuchar los partes de guerra; y según discurría la cosa, la maldita contienda estaba perdida. Así que más nos valdría poner pies en polvorosa cuando volviera. Ya que el Mariscal Erwin Rommel avanzaba de forma imparable en un desierto que parecía conocer mejor que cualquiera de los torpes generales anglo americanos.



Al cuarto día comenzó a preocuparme el olor; no el de mi herida, sino el de Carter, mi compañero de viaje. No… No lo eché de menos, me resultaba un ser grotesco y desagradable. Despreciaba sus estúpidos juegos de palabras, sus risotadas insulsas, sus actitudes groseras. Pero sobre todo que se burlara de mí y de mi querida Daniela D´orsay y alegara que me ponía los cuernos. Y, además ¡qué diantre! El cabrito había tenido suerte hasta en la hora de morir. ¿Que mejor que hacerlo alcanzado por una limpia bala en la frente?



Fue al alba de la primera semana, creo. El simún barrió con fuerza el desierto y no se veía a dos palmos de distancia, cuando aquello… Aquella cosa blanda, gelatinosa, rozó mi semblante. Traté de ver qué jodida cosa era… y no vi nada. Me asusté tanto. Sí, lo confieso, no suelo impresionarme fácilmente. Pero en aquel momento me sentí confuso… aterrado. Como pude abrí la escotilla de la tanqueta y deslizándome a rastras salí de su interior. Desde luego, estaba claro, no pensaba quedarme allí dentro ni un instante más.



Sin embargo, una vez fuera fui consciente de algo esencial; había salido pero ya no era capaz de volver. Quiero decir… el dolor de la herida, sin ninguna droga que lo aliviara, resultaba tan insoportable que me impedía desplazarme. So pena de sentir que me dejaba el vientre en el intento. Aparte sentía las piernas dormidas; sin duda algo afectaba a los nervios o a mis órganos sensitivos. Aunque lo peor de todo no era haber salido, al contrario, me alegraba de haberlo hecho y de poder respirar aire puro, sino que en mi huida precipitada hubiese tenido la pobre ocurrencia de tomar solamente una cantimplora…



Me recosté bajo la sombra que me proporcionaba la mastodóntica mole del blindado y desde allí, no cesé de observar la cima de la duna. El lugar sobre el cual, por las noches, solía ver a mi amada… A mi Daniela D´orsay…



Cien mil veces maldije mi pueril arranque patriotero. Me dejé engañar como un imberbe muchachito. Bebiendo pintas de cerveza, aullando hurras a la patria, y a un honor que ni tan siquiera me fue desenmascarado. Aunque luego, más tarde, en el campo de batalla, supe la verdad. ¡Oh sí! Descubrí de qué materia está compuesto el honor y también, donde puede quedar condenado. Cuando toneladas de bombas y metralla desahogan su armonioso concierto en Do Mayor espeluznante sobre ti, y vomitas del terror. Sí, en Mersa Brega inauguré un glorioso historial de dignidad aplastada por dosis de espanto y de horror. Allí perdí a Eric, a Tomy… Paul.

A partir de ese momento dejé de evaluar. ¿Para qué sirve evaluar? Y menos indagar en los rostros de los muchachos recién llegados. Conocía de sobra la carga de miedo y desconcierto que soportaban. De modo que para qué preguntar sus nombres, prefería llamarlos simplemente de “tu.” Comenzó una larga estampida con Rommel siempre detrás, pisándonos los talones. Después vendrían Trípoli, Cirenaica… y todo continuaba igual, con su imperturbable secuencia de derrotas, sangre, cañonazos, hierros, sudor, sangre, horizontes de lágrimas, puestas de sol ardiente, cuerpos despellejados, lamentos…

Conocí a los hombres del desierto; eran silenciosos en un lugar todavía más silencioso. ¿Alguien me puede explicar por qué hay que guardar silencio en el interior del mismo silencio? “Tal vez yo pueda” me contestó el deplorable Carter. A ver, dime. “Pues está claro. Porque el silencio en sí impone su propio y abrumador respeto…” Y sonrió de aquella forma estúpida. Resulta que eso tal vez fue lo único razonable que salió de su boca en su insulsa vida.



Todo consistía en una carrera de repliegue que iba de pozo en pozo; es decir de oasis a oasis. Había muchos tipos de oasis. Los que conformaban un precioso vergel y todos conocían, por lo cual no eran aconsejables, pues sus aguas solían estar pulcramente envenenadas; y los pozos en sí. Un pozo solía hallarse perdido en medio de un erial de rocas y dunas, y era apenas divulgado por dos o tres malditos tuareg; los cuales, o bien estaban de nuestra parte o de la de Rommel. El juego fundamental y maestro consistía en lidiar con los hombres del desierto. Aunque a menudo fueran ellos quienes lidiaran con nosotros, los engreídos hombres de una desbocada civilización en ruinas. Los había que detestaban tanto a los alemanes como a nosotros. Y si cualquiera se perdía, ya podía ponerse a rezar para no encontrarse con una partida de aquellos altivos camelleros. Pues por lo general, si nos apresaban, no solían tratarnos como a dignos caballeros; pues, aparte de robar nuestros enseres, les agradaba despellejarnos y dejarnos morir, como quien dice, a fuego lento.



Durante días tuve la inexplicable sensación de que nuestra tanqueta navegaba. Resulta curioso pero el desierto puede llegar a parecerse a un océano. En al mar navegas sobre las olas y en el desierto lo haces sobre las dunas. ¡Es igual! Había momentos en que el horizonte se reducía a una impresionante escala cromática de dunas danzando sobre dunas. Y si las observabas con detenimiento, te dabas cuenta de ese detalle: Jamás cesaban se moverse; e incluso unas a otras se atacaban con furia tratando de tragarse y lo hacían. Las mayores devoraban a las diminutas. En cambio cuando soplaba el simún… cuando soplaba aquel maldito viento, todo era diferente. Si no nos deteníamos, acabábamos perdiéndonos y volver a reorganizarnos nos llevaba horas o a veces, días. No obstante al zorro alemán nada parecía afectarle. Invariablemente surgía de la nada y moviéndose como pez en el agua nos hostigaba, nos desangraba, nos arrancaba las carnes… nos martilleaba con sus baterías…



Sucedió después de aquel ataque alemán; en medio del simún. Nos dimos cuenta que habíamos perdido contacto con nuestro destacamento. Le pedí instrucciones a Rafat nuestro guía para que nos condujera al pozo de Ben – Asar. Intuía que estábamos cerca, y así parecía ser. A quienes no presentí aquel amanecer fue a los hombres del desierto. Apostados tras las dunas abrieron fuego contra la tanqueta. Carter tuvo suerte, ni se enteró. El primer balazo penetró por el ventanuco y lo fulminó. Por fortuna tuve tiempo de localizarlos y un par de andanadas bien orientadas los alcanzó de lleno… Menos al valeroso chico que cometió la locura de desplazarse hasta el blindado y colocar la mina anti tanque. ¿Fue un acto de valentía o de locura insensata? Lo abatí de dos disparos. Él, en cambió, mientras agonizaba, murmuró un “Al Hamdu Lellah” (gracias a Dios) y sonrió. Me di cuenta al ver en sus ojos el triunfo. De pronto estalló un petardazo y me desmayé.

Cuando desperté Rafat estaba junto a mí; había tenido más suerte. Me había puesto una gasa en el abdomen y me escudriñaba tranquilo, impertérrito, como si nada. Él no temía al desierto. Estaba en su casa, y cerca estaba el pozo. Iría a por lo indispensable, me dijo. Le creí, creía en la palabra de los hombres del desierto… si la concedían a otros hombres del desierto era férrea y sincera pensé entonces. Pero… ¿y a nosotros? Éramos invasores de su desierto. De aquel lugar que creíamos el más seco y estéril del mundo. Y en el que sin embargo ellos podían vivir y desenvolverse con soltura. Porque al contemplarlo, su mirada no se topaba sólo con dunas y arena, sino con una morada repleta de accesos invisibles para nosotros y que funcionaban como claves para acceder a un caudal de alimentos inagotables. Todo se basaba en aprender a observar. El interior de cada duna almacenaba secretos inconcebibles. Y, ahora, nosotros estábamos allí para robárselos debían suponer y con razón. Ni pensarlo. No estaban dispuestos a dejarse engañar como ratas. Por eso, la mayoría admiraron a Rommel. Porque en el fondo él comprendió y descifró en seguida algunas de las claves secretas del desierto... Su desierto…



Permanecí mirando inmóvil, abrí y cerré los ojos varias veces. No… Esta vez no se trataba de un espejismo. Estaba allí… ¡La palmera! La punta de la datilera sobresalía de detrás de una duna. Había vaciado el agua de la cantimplora y estaba sediento. Debía alcanzar el maldito árbol. El pozo, mi única salvación, estaba a menos de cien metros. Pero no podía hacerlo a pleno sol, moriría de sofoco y abrasado de calor. Sediento, con la lengua hinchada como un estropajo, aguardé al atardecer. El sol comenzó a declinar, me sentí más ligero y con fuerzas. Ya no veía la palmera, pero lo sabía, estaba en ese lugar. Tras aquella duna.Comencé a arrastrarme. Sobre los antebrazos progresaba con mayor lentitud de la que imaginé. ¿Me hallaba tan mal? Creo que tardé cinco o seis horas cuando mi cabeza chocó contra algo. Por fin. ¡El tronco de la palmera! El agua estaría debajo. Tan sólo debía excavar. No tenía una pala, pero me dio igual, sólo era fina y suave arena. Comencé a sacar tierra, extraía sin cesar y mientras, pensaba en un baño entero, colmado de agua hasta los bordes.De pronto me detuve y con un espantoso desaliento fui consciente. ¡No existía tal palmera! Solo era una roca. ¡Una peña grande y maciza! Y a sus pies, había abierto un hoyo considerable…



Volví a despertar. Primero miré al hoyo, y en el fondo… ¡había agua! Comencé a reír en un susurro. ¡Lo había logrado! De pronto el silencio de la oscuridad se quebró con el angustioso piafar de un corcel; enmudecí. Y allí estaba otra vez, en medio de la noche, reflejada contra la pálida luz de la luna... Los ojos relucientes, como estelas. Alta, grácil, como una grulla majestuosa. Elevada sobre una duna, con los cabellos ondeando al céfiro; una túnica traslúcida y aquellas manos largas y finas. Daniela D´orsay, mi bella amada francesa...



Está vez el corcel no se limitó a disolverse. Al contrario, comenzó a descender galopando con elegancia y ella envuelta en aquella preciosa prenda traslúcida. Una vez estuvo junto a mí extrajo una mano larga y fina, casi quebradiza, y me la ofreció. Realicé un esfuerzo ímprobo pero no baldío. Empleé minutos, quizá más de un cuarto de hora, y cuando logré alzarme sobre mis piernas, con deleite, tomé aquella mano y la besé. Y al instante descubrí aquel tacto frío, blando y gelatinoso, que se pegó sobre mis labios y los cubrió de larvas blancas blandas y repugnantes. Entonces lo supe. Daniela D´orsay, mi bella amada francesa… ¡había muerto!

Proferí un aullido aterrador. Y la mano, revirtiéndose fuerte como una columna de acero, me rechazó. Comencé a efectuar equilibrios al borde del hoyo mientras evitaba caer. Hasta que durante un instante miré aquel rostro y como si me insertaran alfileres, un rayo doloroso penetró en mis pupilas y las vislumbré, vi las cuencas oscuras de la muerte. Perturbado por el pánico perdí el equilibrio y me precipité a la fosa medio anegada. Con las piernas paralizadas y la cabeza bajo el agua, sediento, no pude hacer otra cosa sino comenzar a tragar agua y más agua… y así perecí. Ahogado y saciado de sed hasta reventar en el desierto más árido del mundo.


Y mientras lo hacía, pensé en bajeles desorientados, océanos irascibles de plata de ley, y en como habría discurrido mi vida junto a mi amada Daniela… Daniela D´orsay, mi bella amada francesa…



José Fernández del Vallado. 1 Marzo 2007.

viernes, 16 de febrero de 2007

0

La Revolución Perdida.





El deteriorado portón de madera de la chiquera rechinó un profundo lamento al ceder. Laura Kozinski surgió en el umbral y profirió un seco y ceñudo saludo. El rostro rojo, resollante, manchado de sangre tras la reciente escaramuza, los ojos grises y brillantes, el pelo negro arrollado en una larga trenza a la espalda, la piel bronceada. Sin dirigirse a nadie en particular pronunció muy seria.

- A los Mandos Revolucionarios... Paso a informar:
El control del “Para” en el llano ha dejado de existir. ¡Acaba de ser erradicado!
Bajas del enemigo: ¡Siete puercos pelánganos!
Bajas personales del destacamento: Tres.
- Lamentando la pérdida del Comandante en funciones Herrera Prado, lamentando la baja del Sargento Juan Pardo Quiñones y de la compañera y brava luchadora Susana Matías.

Seguidamente alzó el oscuro fusil kalashnikov, casi tan grande como ella, y con semblante crispado chilló.

- ¡Que viva la revolución! ¡Muerte a los Capitalistas!

Cinco chiquillos famélicos de apenas trece y catorce años la acompañaron, alzando no sin esfuerzo, otros tantos fusiles mayores que sus ajados cuerpecillos.

- ¡Viva, viva la revolución! ¡Muerte a los cerdos del valle! Aullaron.

Ella, sin despeinarse, añadió.

- Puesto que mi rango es el de Cabo de Primera, y dadas las bajas habidas, soy la siguiente en jerarquía, y desde este mismo momento paso a comandar el destacamento revolucionario Tihualaxa y decreto, que visto el incumplimiento y la traición habida por parte del Gobierno Tirano y Capitalista de nuestra doblegada nación, a la mañana misma que sale, el rehén, es decir el sirviente del capitalismo global que por desgracia impera en el mundo, será ejecutado de tiro en la nuca.

Los otros cinco se cuadraron y subrayaron.

- ¡A la orden de su mando!
Caminado sin hacer ruido se deslizó con soltura hasta la mesa mugrienta que había en el centro de la habitación rebosante de colillas y latas de raciones sin terminar. Tomó una de las botellas de tequila que aún estaban medio llenas y dio un ansioso trago. Efectuó un seco aspaviento con la mano y los chiquillos fueron saliendo uno a uno de la choza. Pero antes que el último saliera, agarrándolo de un brazo lo detuvo.

- ¡Soldado Teragua!

- ¿Si, señorita…?

- ¿Cómo ha dicho?

- Digo… Mis disculpas…. Comandante Kocinski.

- Bien. Disculpado.

- Humm.

- ¿Sí…?

- Le ordeno, Camarada Teragua, traiga a mi presencia de inmediato al rehén. Es mi deber informarle de su suerte.

- ¡A la orden de mi comandante!

En diez minutos un hombre alto, de un metro ochenta y tantos, sucio, delgado hasta los huesos, con barba y la ropa deshilachada de caminar por la selva; moviéndose siempre merced a los empellones que le propinaba el muchacho, surgió inclinándose para no golpearse contra el marco desgastado de la entrada.

- Pase pase... Lo recibió Laura acomodada en un balancín fumándose un puro.

- Sientese aquí, a mi lado.

Él la miró en silencio, con desconfianza. Sin esperar nada grato. Acostumbrado a las chanzas y bofetadas de los maleados críos que lo custodiaban.
Se reclinó sobre el suelo deslizándose de espaldas al muro de la choza. Una cucaracha rojiza y brillante que rondaba la pared de bambú se le subió al hombro y marchó sobre él haciendo oscilar sus apéndices, como si esperara alguna atención de su nuevo cliente. El rehén se la quitó de encima de una sobria sacudida. Laura se limitó a sacarse el puro de la boca y sonreír.

- Bien soldado Teragua, puede seguir con sus deberes. Déjenos solos.

- ¡A la orden de mi comandante!

- Ah y cierre bien la puerta. No vaya a colarse una chají.

- Qué… ¿qué es una chají? Preguntó el rehén por primera vez con curiosidad.

Ella, con el pantalón de miliciana subido hasta el muslo, se observaba una herida supurante en la rodilla. Alzó la vista para escrutarlo con atención y preguntó.

- ¿Cómo? ¿No las ha visto todavía? Son serpientes, unas víboritas verdes y venenosas. Si te pican no la palmas pero estás jodido una semanita.

El rehén tragó saliva, sentía sed pero no dijo nada. Aún no se decidía. Pero de golpe, desbordado por la abrumadora impotencia sufrida, dejó escapar con ímpetu.

- Ya… Y entonces… Qué de aquel chamaquito que murió ayer después de siete días. Qué me dice… ¿eh?

- ¿Pascual…?

Mientras bajaba los ojos sobre la herida ella lo miró de pasada y añadió.

- ¿No se ha fijado aún…? Son niños. ¡No hombres! Los mandan sus padres… Pobres pero orgullosos de enviarlos aquí. Y mueren igual que… ¡lagartijitas peladas al sol!

Levantó la vista un segundo y un destello de desesperación pareció circundar su semblante.

- ¿Quiere que la ayude con eso?

- Cómo…. Usted sabe de…

- No… No soy doctor si se refiere a eso. Pero ejercí de Auxiliar por una temporada.

-Ya… Y… ¿dónde?
-
En una O.N.G. en África.

Ella lo miró en silencio.
- Si me libera las manos a lo mejor...

- A ver. Dése vuelta.

Las manos del rehén estaban enrojecidas por las marcas de las esposas. Laura sacó la llave y se las abrió.
El rehén profirió un estruendoso bufido y comenzó a frotarse las muñecas.

- ¡Vaya! Las tenía tan dormidas como dulces angelitos…

Laura lo miró con desconfianza. Le apuntó con el revolver.

- No se vaya a mover o…

El rehén volvió las palmas de las manos y sonrió con nerviosismo.

- ¡Calma mujer…! No pienso mover un dedo.

- Mejor llámeme… Comandante. Puntualizó molesta.

- Bien… Comandante. ¿Quiere que le ayude?

- Sí… por favor…

El rehén, poco a poco, se incorporó. Su cabeza rozaba el techo de la choza. Se frotó las palmas.

- Vamos a ver, dijo.

Ella le ofreció con temor la rodilla a la vista.

- Oh, oh, está infectada.

- Eso ya lo sé yo.

- Pero… ¡Calma! Las he visto peores. No será preciso cortar, jejeje...

- ¿De qué se ríe?

- ¿Yo? De nada.... Pero sabe. Es la primera vez que en lugar de llorar me río en medio mes.

Ella sonrió y su rostro dejó translucir una belleza secreta, ya casi olvidada. El rehén se detuvo un instante mirándola embobado.
- ¿Qué mira? ¿Acaso tengo pelos en la lengua? ¿Soy tan fea…?

- No… Usted es… ¡bella…!

- ¿Ah sí? No me diga. Y qué me va a pedir ahora ¿Un salvoconducto?

- Exacto… ¿Cómo lo ha sabido?

- Todos lo hacen. Todos se declaran inocentes…

- Ja… ¿De verdad?

- Sí. Y trabajan para los capitalistas. ¿Usted también lo hace?

- ¿El qué? Trabajar para los….

- Capitalistas sí.

- Venga…

- ¡Comandante…!

- Comandante no me salga con esas ahora. Sabe tan bien como yo que su causa está perdida de antemano.

- Lo ve… ¿Lo ve? ¡Usted también apoya al capitalismo!

- No… Yo soy ciudadano del mundo.

- ¿Qué…? ¿Que milongas son esas? ¿Ahora dicen eso por ahí?

- Si, debería usted estar más conectada al mundo comandante.

- Se refiere a todas esas porquerías. A Internet, la televisión y esos trastitos que maneja el capitalismo para tenerlos a todos seducidos como a ovejitas ¿no?

- Bueno yo digo que no son tan malos… Ni tan buenos. Pero ahí están sí. Y los utilizo.

- Pues yo no, ni pienso. Se entera. Yo amo a Fidel y sobre todo al Che.

- ¿Fidel? Si, ha hecho cosas buenas pero también las hace malas. En cuanto al Che era un pobre idealista y lo mataron como a un cerdo, sin conmiseración. ¿Quiere morir usted también así?

- ¡Y por qué no! Él era un luchador. Será un honor para mí morir defendiendo la causa. Además, yo no soy chaquetera como usted.

- Pe…

- Y bocazas. Te crees muy listo Chavón.

- Y lo soy ja… Mire su herida. Ya está limpia y curada.

Laura abrió los ojos como ascuas. Sencillamente no podía dar crédito. Con apenas cuatro cosas el rehén había hecho una obra de arte con su herida.
- Bien. Dése la vuelta y ponga las manos a la espalda.

- Por cierto me llamo…

- Sssshh no hable. No quiero oír su nombre ni en broma. ¿Entendido?

- Pero…

- Vas a ver… Chavón.

- ¿Que es esto? ¡Qué hace! No puede…

Lo empujó hasta el camastro lo arrojó boca arriba y lo desnudo de mitad para abajo. Con apuros Laura se quitó las botas se bajó el pantalón y se despojó del jersey. Entonces se puso sobre él mientras exhalaba, se dejó caer y lo besó con ardor. Primero despacio, saboreando el sabor de su paladar, luego cada vez más rápido hasta que ambos se buscaron con desesperación, como si desearan succionarse. Repitieron la misma operación varias veces con descansos de veinte minutos o más, hasta caer exhaustos...

Al amanecer Laura despertó. El rehén yacía a su lado, estaba despierto y la miraba con ojos atentos, le dijo.

- Sabes… Laura... o como quiera que se llame… Porque todo me da igual… ¡La amo!

Ella se incorporó y caminó en la penumbra. Tropezó con sus botas de miliciana, tropezó con el viejo balancín. Estaba nerviosa y descentrada. ¡Ya no sabía donde había puesto las cosas! Un gemido interno, casi doloroso, empezó a fraguarse desde el interior de sus entrañas hacia un remoto exterior, se sentía sin fuerzas, pero percibió su frío tacto en la oscuridad y lo tomó. Después fue casi corriendo hasta donde estaba el rehén le dio la vuelta bruscamente y le descerrajó el tiro en la nuca.

Se oyó la voz del camarada Teragua inquirir con tranquilidad.

- Comandante… ¿Cumplida sentencia?

- Sí… ¡Así es, soldado! En una hora presénteme el informe, repuso ella.

Y a continuación, con lágrimas brotándole como fuentes sin sentido, sin dejar de contemplar el cuerpo inerte del rehén, balbuceó.

Hasta pronto, hasta muy pronto, Pedro, Luis, Jaime, Rodrigo, Carlos, Paquito, Silvio, Lucas, Jorge… o como quiera que se llamara… mi amor…


José Fernández del Vallado.

sábado, 10 de febrero de 2007

1

Soñador Anhelante.






Me he convertido en un soñador anhelante y alegrarme es la primera ilusión de mi existencia…

No recuerdo con exactitud porqué estaba allí y cuál fue el primer día que me alisté. Pero sí me viene a la memoria perfectamente aquel amanecer, en apariencia cualquiera, pero diferente. Eran las seis de la madrugada, el cielo presentaba un matiz sombrío y los cañones no cesaban de tronar. No llevaba el equipo adecuado, temblaba de frío e iba sin impermeable; y al desembarcar las viejas botas de suela de cáñamo hicieron agua en los charcos llenos de barro. Avanzaba deprisa, agachado, mientras de forma milagrosa, un concluyente silbido de balas y artificio parecían evitar mi escuálido físico. Y yo, con tal de trampear la partida de la vida, me arrastré embozado entre los cañaverales.

Divisé la entrada del búnker a menos de cinco metros y en sus férreas aberturas vi asomar el acerado cañón del fusil ametrallador. Me dije a mi mismo: “Más vale prevenir que curar” y me dispuse a rematar la faena. De improviso tuve una extraña sensación: No sentí miedo ni deseos de reflexionar, tan sólo un impulso especial y desconocido me indujo a aventurarme en el interior de la defensa.

No me oyó entrar. Estaba de espaldas y el único objetivo en el que centraba su atención era observar por la abertura.
No hablé. Se giró con soltura nada más oír el percutor de mi pistola y permaneció mirándome con aquellos ojos diamantinos, plegó el entrecejo en un susurro y me dijo:

- A qué esperas, hazlo ya...

Sencillamente no fui capaz pero ella, el amor que siempre anhelé, lo hizo por mí.


Escapamos de la fortificación, descubrí el lugar donde estaba enterrada su hija Lissete. Los anocheceres me tendía junto a su cuerpo doliente, lo abrazaba con todas mis fuerzas y juntos llorábamos hasta el alba. Los amaneceres, cuando ella se dormía, recogía flores: malvas, lirios, rosas rojas, amapolas, y las depositaba sobre la sepultura de su cariño.
En meses sucesivos me enamoré de su delicada cabellera rubia, de su abierta sonrisa, de su manera de angustiarse en los días de monótona lluvia, de sus manos suaves y fibrosas, de su forma de punzarse los labios cuando algo le contrariaba y sobre todo, del aroma agradable y acentuado que exhalaba al retornar junto a mí y atravesarme sin verme.

Sí, me he convertido en un soñador anhelante y alegrarme al descubrir los fugaces instantes en que ella siente mi presencia, se detiene, fuerza la vista sin éxito y con dolor considera su lamentable error, es la primera ilusión y colma mi existencia como sobrenatural esencia incorpórea…


José Fernández del Vallado. Josef. 2007.


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