• Era un verano tórrido y Adrián, un muchacho rollizo y un poco raro, aunque servicial...

  • Se llamaba Vera. Era morena y esbelta. Sus ojos negros preservaban una timidez joven y ensombrecida...

  • Mi corazón se ha vuelto de hielo, mi espíritu es el de un luchador noqueado.

  • El rumor del viento acompaña, los rayos del sol cortan la espesura...

  • Hacía un día invernal, tan limpio y claro, que los rayos del sol en lugar de proporcionar calidez, cortaban la respiración.

  • Por las noches me arrebujo y mientras mi pulso se acelera y mi corazón palpita...

  • Recorrida la mitad de su vida, Tariq Alhamar seguía transitando en un mundo de incierta...

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sábado, 26 de mayo de 2007

6

Amor con Puntos Suspensivos...






Sales del trabajo tarde, muy tarde. Son las tres de la madrugada cuando llegas a aquel pub lejano esperando encontrar los amigos y la descubres sólo a ella. Está sentada, cabizbaja, algo debió de pasar. Alza la cabeza. Te ve. Corre hacia ti y te abraza con la ilusión de una niña emocionada…

Tú no preguntas, no esperas respuestas, la respetas. Ella tampoco habla. Se abraza a tu cuello, sus ojos de cristal te miran felices y quizá, borrachos de amor.
Pides una copa. Ella te toma de la mano, te saca a la pista, danza a tu alrededor mientras ríe de una felicidad contagiosa.

“Sabes… es la primera vez que estamos a solas.” Te espeta al oído.

Tú te maravillas. Y al cabo de la segunda copa arrojas todos tus miedos y preocupaciones por la ventana y te mueves; giras abrazado a ella, sin cesar de mirarla. Ríes, gesticulas y parloteas con embriaguez.

Subes las largas y angostas escaleras que dan acceso a la salida persiguiéndola. Te sientes joven y audaz. De sopetón, un aliento cálido con sabor a dulce de turrón y una oscuridad azul como la de una fantasía irrumpe en tus pulmones y en tu ser. Os detenéis en un banco de piedra al otro lado de la calle y contempláis el silencio. Las estrellas resplandecen con el áurea de un óleo de Van Gogh; el pueblo está impregnado de un sopor a verano y a flor damadenoche. Un mutismo relajante empapa tus sentidos y te llena de sobria placidez. Percibes su brazo al pasar por tu cintura y una voz murmura de nuevo en tu oído.

“¿Estás perdido verdad? No sabes lo que quieres…”

Te vuelves a mirarla. Vislumbras su bello y moreno perfil de cíngara. Y sí, sabes lo que quieres. Pero también lo que ya no podrás obtener.

De pronto ella te besa en la boca. Te sorprendes, dudas un instante, y le devuelves el beso. Os separáis, volvéis a juntaros y a abrazaros, sonreís inquietos. A continuación, mediante un leve titubeo, ella dice.

“Puedes… llevarme a su casa.”

La amas. La deseas. Pero no puedes hacer nada. Es la novia de tu mejor amigo...


José Fernández del Vallado. Josef.




martes, 22 de mayo de 2007

1

Vivir su Libertad.






- Dedicado a las magníficas mujeres del mundo. -



Lo hizo por negarse a consentir una vida llena de imposiciones y castigos, y porque, pese a ser todavía joven, no recordaba de su infancia y su corto pasado más que un suplicio de trabajo y malos tratos.

Lo hizo porque cuando divisó una brecha de esperanza y se introdujo en ella con apenas quince años. Esa brecha quedó grabada en su carne con sangre para siempre como un vergonzoso recordatorio de su despreciable condición.

Buscó aquel amor del que tan bien y tan encendidamente le hablaban los poemas de Rabindranath Tagore, pero sólo encontró un eterno y solitario barranco sin fondo en el que se perdían, vanas, las promesas.

Encerrada en su prisión de barrotes de oro sufrió latigazos de crueldad, doblegada por su marido, quien no conocía más límites que los de la insidia y el odio. Él se mofó de ella, y como si fuera una ramera, llevó a su hogar a otras mujeres con quienes hizo el amor en la estancia de al lado; para que fuera testigo de sus jadeos de placer.

Lo hizo porque las ratas no son dignas de vivir en el mismo plano que seres humanos sensibles, y es menester limpiar la escoria. Pero sobre todo lo hizo y se alegró, por proteger a sus retoños de la mano cruel del hombre vehemente.

Lo hizo amparada en la oscuridad de la noche, donde el reflejo de la luna en la afilada hoja de la daga representó un destello de fe y renovada esperanza. Cubrió sus manos con sangre, dio muerte y castró al macho endemoniado, para que jamás hallara descendencia.

Al huir sus pies rozaban el suelo del mundo y lo eternizaron.
Alcanzó un cruce de caminos; ante ella se extendían amplias y rectas veredas. Acudieron a ella las fascinaciones de los caminos aún inexplorados y las ganas de vivir la libertad.

Iría tras el viento, seguiría a las estrellas, allí hasta donde el alba empieza a brillar. Acompañaría a los peregrinos enamorados en tanto se prometen canciones y odas de amor.

Pero allá, ya no tan lejos, ladridos de perros y un reguero de antorchas estaban a punto de quebrar su justa libertad. ¿Qué sería de sus hijos cuando se viesen solos en un mundo injusto? Pensó. Imploró a Shiva al Yantra y a todos los Dioses conocidos, y reuniendo valor, se embarcó en una patera.

Crujidos desconcertantes, gemidos de almas heridas… Una balsa se meció a la deriva envuelta en el secreto y mortal misterio del mar.
Al amanecer todos suplicaban. Sabían que iban a morir y por eso se asían los unos a los otros en un abrazo que presentían desesperado.

De repente, de madrugada, como si alguien hubiera extendido millones de ropajes para lavar, surgió una playa de arenas blancas y limpias, en la cual desembarcó y se tumbaron. Entonces ella lo supo y lo sintió, o mejor, dejó de sentirlo. El yugo de la tiranía y el miedo había desaparecido. Había llegado. ¡Estaba en un nuevo mundo..!




José Fernández. Josef. Marzo. 2006.

martes, 15 de mayo de 2007

2

Nadaria.








Recorrí mi presente
y en segundos accesorios
se transfiguró
en pasado sin recuerdos.
Y qué de la añoranza
cuando la memoria
es olvido.

Me esforcé en presentirlo
atravesando apogeos
de consecuencias
ilusorias.
Busqué su aroma
en aquella estancia extraviada,
tras el fragor
de una tramontana.

Y su perfil sin fisuras
su desliz puro y llano
su carisma profundo,
largo, miriápodo, versátil,
galanteó en mis secuelas de alivio.
Y lo entendí.

Donde hubo amor núbil
jamás podrá excluirse
consumación de substancia.

Volví la vista allí;
al más allá de un allá
colindante y ponderado.
Abrí la boca, aplaudí;
gemí, grité, aullé, ladré…

Hacía calma en Nadaria.
Frío, recuerdos errantes.
“Sus ojos…”
Brisa cálida, sutil, aleatoria.
“Sus palabras…”
Muerte imperfecta, vencida.
“Sus actos…”
Calor, hogar de acogida
“Su estirpe…”
sin dudar envolvería
“Su valentía…”
cualquier olvido en su génesis,
“Su vida…”
con su amor, mi amor
y el de ambos…




José Fernández del Vallado. Josef. 15 de Mayo.


A mi hermano. Vive donde yo sé…












1

Convulsión.








Podía sentirlo. Me fallaban las energías. Caminaba a escondidas en un paisaje tallado por estructuras amorfas, metálicas. Entonces recordé.

Sucedió hace décadas. De repente una mañana de primavera el ambiente se colonizó con cientos de mariposas. Las hallaba de los tonos más vistosos e incluso voluptuosos: leonadas, naranjas, blancas, esmeraldas, marrones, rosáceas, etc. Nadie supo ni pudo explicarse de dónde habían surgido. Revolotearon embelleciendo el paisaje durante un solo día, y a continuación, sucumbieron. Aquel día acompañé a Marta a una exposición sobre el cambio climático. El despliegue de matices nos pilló por sorpresa y nos ayudó a enamorarnos más el uno del otro, de nosotros mismos, de la vida y su misteriosa naturaleza.

Lo del cambio climático por aquel entonces era ya una enfermedad desatada e imparable, y la manifestación de las mariposas, resultó ser uno más entre los acontecimientos que se reprodujeron en un Planeta moribundo.
La humanidad tuvo la culpa. Cerró los ojos mientras consideraba con arrogancia y dejadez que al final todo se solucionaría. Como es natural, semejante grado de desidia desembocó en cataclismo.

Yo no fui mucho mejor. Me limité a recluirme en mi hogar. Mi casa era un espacio de naturaleza que sobrevivía milagrosamente inmerso entre una vorágine de hierros y civilización como un islote olvidado. Aunque cada vez más disminuido dentro de su propio ecosistema.
Marta me visitaba y me informaba de los desastres. Ya que fuera sólo ocurrían desastres, no podía ser de otra forma.
No recuerdo el día en que comencé a hacer el recuento. ¿Qué recuento? OH, es sencillo. El de la naturaleza que poblaba mi islote.
Constaté tres parejas de conejos, una de liebres, siete ardillas, veinticuatro palomas torcaces, tres pájaros carpinteros, una vieja abubilla, dos tortugas comunes, trece verderones, siete verdecillos, dos jilgueros y la joya de mi jardín: un ruiseñor.
El ruiseñor, un macho adulto, trinaba las madrugadas de cada primavera con la confianza… Sí, el hecho que de forma obsesiva y tenaz alumbrara la esperanza de encontrar pareja… máxime cuando Marta dejó de aparecer por casa…
Sospeché que debía hallarse enferma a partir de la primera semana. Entonces, una mañana, de forma repentina dejé de sentir a mi exótica fauna, y en su lugar una sombra alargada se proyectó sobre mi hogar ocultándolo a los rayos del sol.

Me asomé por la ventana y ahí estaba. Un esqueleto monumental, cuyas estructuras metálicas y afiladas sobresalían componiendo ángulos de difícil simetría. El metal todavía resplandecía. Pero pronto, en cuanto su fugaz utilidad llegara a su término, sería una masa herrumbrosa y mortecina como las demás.

Lo vi posarse sobre el marco de la ventana. Trinó dos veces y cayó exhausto ante mí. Mi perra ladró con asombro y pavor. Su instinto la indujo a presentir que aquella mañana no era igual.
Tomé al ave con delicadeza entre mis manos, la arropé y deposité en una caja con agujeros; hice la maleta y sin pensarlo dos veces me puse en camino.

Mientras esquivaba desalentado las horrorosas formas metálicas, recordé dónde estaba la casa de Marta. Era un barrio nauseabundo, enfrascado entre avenidas cubiertas de hollín.
La encontré abandonada en la cama, sudaba. Le hice tomarse un antibiótico, la recogí y le pregunté por su vehículo.

Subimos a los enfermos, yo y la perra. Conduje durante días sin detenerme. Atravesé fronteras corruptas. Cuando no era lluvia ácida y constante la que teñía de amarillo el parabrisas del vehículo, un sol mortal abrasaba mis brazos y hería las pestañas de mis ojos.

Un anochecer nos detuvimos para descansar y a las cinco de la madrugada todo volvió a ser diferente; el ruiseñor resucitó en su trinar. Creí que estaba en el interior de la caja pero descubrí que, repuesto, había logrado escapar y cantaba desde la rama de un árbol sobre nosotros.
Cuando el primer rayo del alba despuntó en el horizonte, una hembra de ruiseñor se posó junto a nuestro amigo y ambos partieron.

De pronto sentí a Marta junto a mí. Me volví a mirarla y la encontré sonriéndome con dulzura; ella también se había restablecido. Miré a mi alrededor, todo era verde y floreciente y estábamos solos. Sin duda habíamos dado con un paraíso pensé; éramos como Adán y Eva. De súbito me surgió la pregunta.
Como Adán y Eva pero ¿en qué clase de paraíso? En el de la Creación o en el del Apocalipsis…

Besé a Marta. Y a partir de ese momento dejé de hacerme preguntas sin sentido.



José Fernández del Vallado. Josef. 14 Mayo. 2007.


miércoles, 9 de mayo de 2007

2

Capitán Kazuo Nakamura.






El capitán Kazuo Nakamura aparte de no comprender el inglés no entendía el significado de aquel desenfreno. Estaba sentado tras un cristal blindado en la sala del juzgado, saturada de gente, y se sentía aparte de cansado, hastiado de escuchar declamar en el eléctrico inglés que pronunciaban, a un oficial tras otro. A Kazuo Nakamura todo aquello le parecía un embuste y se impresionaba del grado de rimbombancia al que habían sido capaces de llegar los occidentales, y en concreto los americanos, tras salir victoriosos de la contienda. Por otra parte, era plenamente consciente de que había cometido cinco asesinatos, pero confiaba en el convenio de Ginebra y estaba seguro de que al ser considerado prisionero de guerra, sería estimado inocente y devuelto al Japón.

El capitán Kazuo tenía cuarenta y cinco años y llevaba veinte sin pisar su país. Habitando en estado de beligerancia en una diminuta y boscosa isla perdida en el confín del Pacífico. Aguardando noticias de sus mandos y del desarrollo de la contienda. Sus diez compañeros de comando, por una u otra razón: malaria, disentería, triquinosis de los cerdos salvajes que cebaban para alimentarse, enervantes disputas, fallecieron. Luego, un día de 1945 el transmisor cesó de funcionar. Y eso fue todo. A partir de ahí dio lugar una larga y monótona soledad que se extendió por un periodo de veinte años.

Kazuo Nakamura consideraba que no había hecho nada por lo que tuviera que ser hallado culpable. Tampoco era un hombre especialmente violento. Era alto y delgado, en realidad más alto que la talla normal del japonés medio. Su tez era blanca como la harina, sus mejillas dos escollos sobresalientes y en sus ojos negros y complacientes, podía leerse con facilidad el Atlas puro de la vida.

Era verdad. Los cinco americanos a los que decapitó no iban armados con fusiles sino con machetes, un par de pistolas convencionales, y un cartucho de señales; el traductor también le explicó que no eran militares sino guardacostas de la división de narcóticos, procedentes de una embarcación que escudriñaba a la búsqueda de contrabandistas de estupefacientes. ¿Y qué? Qué sabía él o qué tenía que ver con aquellos malditos estupefacientes que jamás había visto, aparte del opio que probó una sola vez en compañía de colegas de estudios durante un viaje a la ciudad de Kyoto. Naturalmente, y por si acaso, decidió omitir el asunto de Kyoto. Pero había explicado hasta la extenuación lo que ocurrió.

Aquellos hombres lo apresaron al atardecer, cuando dormitaba tranquilamente su siesta diaria. Sin más preámbulos lo vapulearon y amarraron a una de las viejas sillas de bambú, y comenzaron a interrogarlo mientras lo abofeteaban. Uno de ellos, asiático como él, sabía algo de japonés. Por eso llevaba la voz cantante en el asunto. Nada más verse atrapado, Kazuo Nakamura supuso que se trataba de un comando enemigo. El asiático, un indonesio o malayo de rasgos aviesos, no cesó de preguntarle por sus compañeros. Y cada vez que manifestaba que habían muerto, con una correa de cuero oscuro y desgastado, lo golpeaba en el rostro. Llegó un momento en que el dolor se hizo tan insoportable, que a Kazuo no le quedó más remedio que mentir y alegar que sus compañeros habían salido de caza y volverían al día siguiente.

Al enterarse de la noticia de su confesión los demás americanos carcajearon entre sí como macacos exaltados, chocaron las palmas de las manos de una forma muy extraña, y se dispusieron a pasar la noche allí mismo.Kazuo supuso que lo vigilarían, pero se equivocó y asombró al comprobar sus arrogantes extremos de confianza. Parecían persuadidos de tenerlo tan impresionado que daban por sentado que no cometería la más leve tentativa de escapar. Arrinconándolo a un lado, se olvidaron de él y situando a un solo hombre en el exterior para que montara guardia, desparramándose por la choza, se durmieron como críos insensatos.

Kazuo Nakamura explicó a sus interlocutores en la sala de interrogatorios durante cuarenta y ocho horas, sin que se le permitiera dar una sola cabezada, los detalles. Los hombres que lo escuchaban le parecieron en principio educados. Iban vestidos con elegantes trajes de franela e incluso de raso; de sus cuellos pendían coloridas corbatas de tonalidades joviales, en sus manos anillos de oro y pedrería, y algunos, incluso lucían pendientes.Y aquellos trajes… como los que hubiera deseado tener si no le hubiese tocado vivir una vida de perpetua guerra acechante...

Tras media noche de esforzados manejos, de madrugada, Kazuo consiguió liberarse de las ataduras. Se deslizó con destreza y silencio. El silencio en el cual había aprendido a manejarse y convivir en la selva durante años de supervivencia, enredado en aquel enmarañado laberinto. El kunyomi (katana) permanecía en su lugar; lo tomó. Lo demás resultó fácil. Dormían tan profundamente relajados. Le pareció muy extraño. Pero lo hizo. Uno a uno los fue decapitando. Según su particular forma de apreciar la situación, se trataba de su vida o la de ellos. Estaba enzarzado en su guerra, y en la guerra no suele haber segundas oportunidades. Sólo cometió un error grave. No comenzar por el hombre de fuera.

Cuando salió al exterior casi se dio de bruces con él. Tenía el machete entre sus manos, el cuerpo flexionado y aguardaba en tensión; sin cesar de acecharlo con ojos dilatados por el espanto. En principio se enfrentó a él. Antes de iniciar el combate, Kazuo se inclinó con objeto de ejecutar la reverencia según el Bushido (código de guerra japonés). Pero cuando alzó la cabeza el hombre había salido disparado y huía como una rata de cloaca. Corrió tras él pero estaba muy cansado y no logró alcanzarlo.
Llegó a presenciar como la embarcación arrancaba y desaparecía en el horizonte.

Dos días más tarde la isla se pobló de americanos vestidos de azul oscuro que lo rodearon y apresaron.

El jurado pronunciaría pronto la sentencia. El proceso se acercaba a su final. Podía intuirlo. No habría más preguntas, ni conversaciones banales y aburridas. Mientras aguardaba recordó el tiempo pasado, anterior a la guerra. Cuando conoció a Haneki Saki y tuvo la posibilidad de contraer matrimonio. Entonces sí fue un hombre afortunado. Un viejo pariente lo reclamó desde su pueblo Kanazawa para que fuera a Nagoya, donde el hombre, sin descendencia, tenía un tinte y teñía telas para la alta sociedad. Trabajó muy duro; tanto, que sin dudarlo al fallecer el familiar, habría heredado de aquél el local y hubiera podido casarse. Su vida habría sido muy diferente… La de un hombre rico con esposa e hijos. Y no habría tenido que ir nunca a la guerra. Pues al convertirse en financiero, su labor en pro de la patria quedaba justificaba y satisfecha mediante el cometido de la empresa.

Haneki Saki no acudió a despedirlo al puerto de Nagoya. Recordaba su desplome del día anterior, cuando se lo dijo. Mintió y le contó que iría cerca, a una misión en las islas Kuriles. ¿Cómo explicar que ni siquiera sabía a donde lo destinaban…?

No... No había quien entendiera a los occidentales. De una u otra forma saldrían ganando, pensó. Observaba sus rostros impasibles, la teatralidad de sus caras calcadas como gotas de agua... putrefacta. No había visto demasiados blancos en su vida, pero después de pasar unos días junto a ellos, estaba convencido de que muy pocos eran realmente sinceros.

Permaneció sentado como una estatua de mármol, con el rostro hierático, mientras el juez leyó el veredicto. De igual forma recibió la noticia. El intérprete le explicó y aclaró que dado que la guerra había finalizado hace veinte años, acababa de ser sentenciado a muerte por ser considerado homicida, no sólo reincidente, sino “en serie.”

De golpe salió de su mutismo, inclinó la cabeza y solicitó hablar. El juez le cedió la palabra. Se inclinó nuevamente un par de veces, y dijo.

- Dado que he sido declarado culpable, exijo se atienda mi petición de morir según el código Bushido.

El juez mirando de forma inquisitiva al traductor quiso saber los detalles. Cuando el intérprete le explicó que el reo deseaba morir mediante la ceremonia del Hara kiri, mostrando un característico rictus de superioridad occidental, dejó claro que no procedería a tolerar dicho género de salvajismo. Y declaró que el reo sería ejecutado en la silla eléctrica, un método por lo demás – señaló – mucho más avanzado, eficiente, indoloro y etcétera, etcétera…

Kazuo Nakamura fue ejecutado una semana después. Murió en silencio, no quiso hacer declaraciones. La electricidad corrió por su cuerpo durante algo más de un minuto. Se convulsionó contra las correas y su rostro se volvió encarnado. Un olor acre, a carne quemada, envolvió la sala en la cual se encontraba. Un imbécil que estaba presente, dijo exaltado:

“¡Hoy vivimos en una civilización mucho mejor!”





José Fernández del Vallado. Josef. Mayo 2007.

martes, 8 de mayo de 2007

0

La Cita.




El aeropuerto rebosaba. Había mucha gente. Provenientes de lugares dispares e impensables. Tras más de veinticinco horas de viaje Emilio había llegado, finalmente estaba allí, en los confines del mundo. Esperándola inquieto, pensativo, sin cesar de dar vueltas en el apeadero donde convinieron. Sujetaba el ramo de rosas rojas que ella misma le había solicitado entre sus manos sudorosas, mientras su corazón palpitaba deseando taladrar su débil caja torácica.

Recordaba el rostro de Ivana en el webcam: Alegre, despierto, feliz. Acarreando siempre su frágil espíritu hacia lugares de infinitos matices y posibilidades.
Él era sólo uno entre millones, y sin embargo, ella lo había elegido.

Se sintió absurdo al preguntarse de pronto qué dudas podría albergar y a qué su falta de fe después de casi tres años de relación intachable.

Antes era agnóstico, pero gracias a la fuerza interior que ella le transfirió, comenzó a ser buen y noble creyente. Y últimamente, algunas respuestas se habían ido materializando y resolviendo con sencillez en su mente. ¿Si existiera vida más allá? Entonces podría gozar junto a Ivana eternamente. ¿Si existiera un Dios sabio y benevolente? Al infierno los desalmados e injustos del mundo. ¿Si la vida en la Tierra sólo era el paso previo a un Paraíso colmado de bondad, sabiduría y belleza? Adiós a las horribles máscaras de indignidad que devastaban el Planeta. Para ellos, los creyentes, sería el Paraíso.

Transcurrió más de una hora, oró plegarias a Dios, pero su móvil continuó sin sonar, sin enviarle la respuesta que ansiaba. ¿Por qué no recibía una señal?

De madrugada, apenas sin vuelos, sin gente, y con los guardias de seguridad observándolo con recelo, permaneció en la terminal. Aferrado al ramo de rosas, los ojos acuosos, la fe medio descalabrada, los ánimos en franca caducidad.
No tenía nada de ella. Ni dirección, ni teléfono, ni tan siquiera un posible lugar a donde dirigirse. Tampoco entendía un ápice del idioma de aquel lejano país.

Se le ocurrió de pronto. ¡Había una sala de internet! Con manos temblorosas se conectó. Y con sorpresa, y a la vez desesperación, descubrió la triste realidad. Ivana no estaba en línea. Pero tampoco le importó, aguardaría. Y así fue. Resistió firme casi toda la noche.
A la mañana siguiente el ramo de rosas se hallaba marchito sobre la mesa del monitor donde también reposaba la cabeza de Emilio. Abrió los ojos, un enorme desamparo se apoderó de su espíritu. Pero ¿Existía una esencia en verdad? Un ser que nos acompaña y ayuda en los momentos difíciles. Entonces ¿Cómo es que no era capaz de percibir la presencia a su lado?
Apenado, pero entendiendo que la respuesta al problema estaba en su mano, se dirigió al mostrador y adquirió un billete de vuelta.

Cuando el avión despegaba sonó el móvil y Emilio escuchó la voz. Y mientras escuchaba, el semblante de ella hermoso como siempre, se dibujó radiante en su percepción y le sonrió con amplitud mientras le decía.

- Amor aquí estoy, en el aeropuerto. Tal como convinimos. ¿Recuerdas? Hoy es el día. ¿Has llegado ya? ¿Dónde estás? No puedo verte…
Emilio contuvo un sobresalto. ¿Era posible que se hubiera equivocado en un día? Trató de hablar pero ella se adelantó y prosiguió.

- Bien, me alegra que hayas cumplido. Sabes... Me has demostrado tu absoluto amor y fidelidad hasta el último instante. Sólo tú podías hacerlo. Me resultaba increíble que un hombre en principio agnóstico, con trabajo fijo, buena reputación, dinero e intereses, pudiera dejarlo todo y venir a verme al otro lado del mundo. Has dado el primer paso y con ello has puesto la primera piedra, no te desanimes. Estás en el camino de hallarme y lo harás. Sigo esperándote, sigue buscando, estoy aquí en la terminal cerca, muy cerca de ti. Y por fin soy tuya ¡toda tuya…! ¡Te quiero..! En segundos vamos a encontrarnos… Emilio ¿Estás…?

La comunicación se interrumpió. El avión no hacía escalas. Al regresar a su país quiso conectar por internet con Ivana, pero instantes antes de hacerlo, en el mismo aeropuerto, encontró a una mujer. Estaba perdida y parecía preocupada. La acompañó en su coche hasta el centro de la ciudad y como no tenía lugar donde comer fueron a un restaurante. Después siguieron hablando y pasearon durante el resto de la tarde, cenaron. Y en el transcurso de esas horas intimaron. Esa misma noche la pasó con Leticia.

A la mañana siguiente Emilio entró en un ciber debía hablar con Ivana, pero tampoco la halló conectada. En el msn encontró el siguiente mensaje:

- Sigo esperándote, soy toda tuya. ¡Te quiero! Tu amada Ivana…

Pensó en responder, pero de pronto se encontró incapaz de hacerlo. En cambio, de forma inconsciente se dio de baja en el correo y ocultó la existencia de Ivana a Leticia. Mientras, en el fondo calmado, pensaba: Así son y serán siempre los designios del Señor: Inescrutables...

José Fernández del Vallado. Abril 2007.




viernes, 27 de abril de 2007

2

De La Locura...





Estaba perdido. Envuelto en el laberinto que formaban las cepas de un árbol que como lenguas de serpiente me atrapaban. Había salido a buscarla, y desde el principio todo se había vuelto en mi contra. No lo ignoraba, era ella. Ella quien lanzaba dardos ponzoñosos para herirme y detenerme. Ella quien dejaba estelas de alquitrán a su paso en las aceras y esquelas fúnebres invitándome a desaparecer absorbido por mil tifones salvajes. Ella quien rechazaba mis pobres debilidades humanas; las mismas que me habían llevado a sucumbir ante la belleza de su hermosa figura de mármol, y a enamorarme. Las mismas que me habían llevado a auto flagelarme tratando de penetrarla. De invadir sus sentimientos hasta colonizarlos. Y revolcarnos junto a la estatua del jardín botánico aquella hermosa mañana de mayo. Aquella sublime figura me hizo temblar de emoción, partirme en infinitos sentimientos contradictorios. ¡Dios! como la amé.

Y ahora estaba solo otra vez. Perdido en medio de una oscura confluencia de mil veredas diferentes. A punto de saltar al abismo de lo irracional y sin embargo me daba cuenta que aún me retenía el laberinto que formaba en torno a mí. Quería volver a hablar con ella pero ya hasta las palabras me salían absurdas por la boca. Y los besos se escurrían en mi lengua antes de alcanzar la suya. No, ya casi no quedaba lenguaje en mí, ni entre nosotros. Ella ¿estaba hecha de una materia diferente? Y sin embargo ¿antes no éramos iguales? ¿No fuimos uno solo? ¿No se fundieron nuestras arterias lo mismo que metal licuado? ¿No hubo sonrisas en el aire? ¿Y qué de las promesas? ¿Y qué de los besos sellados con fuego? ¿Y qué de nuestra religión compartida en secreto? ¿Tuvimos esa religión? ¿Tuvimos esa fe? ¿Tuvimos esa paz? ¿Tuvimos ese gozo? ¿Tuvimos esas alas? ¿Tuvimos esa fuerza? ¿Tuvimos ese mundo propio…?

Quiero llorar y no me sale una lágrima de amor. Quiero reír mi estupidez congénita que es la de todo el ser humano enamorado y tampoco lo consigo. Estoy enredado; enredado en un mar de raíces. Sujetan mis miembros para que no pueda cometer más estupideces de las que ya una vez cometí. ¿El amor es estúpido y loco a veces? No… Si… Si es así desearía volverme loco para siempre con tal de verla una vez más…






José Fernández. Josef.2004.

jueves, 26 de abril de 2007

2

Pink Floyd - Wish You Were Here

En mayo harán catorce años que una persona muy querida dejó este lugar donde hoy nos toca estar, seguir, avanzar... Esta era su canción del alma. Espero que dondequiera que esté si, acaso está, siga escuchándola. Saludos amigos!


1

silence is easy

Bien. Hace tiempo subí un texto que titulé: "Silencio. Final del trayecto." Hoy encuentro una canción de Starsailors un grupito americano desquiciado que nos habla de que el silencio es sencillo... Juzguenlo ustedes mismos!


martes, 24 de abril de 2007

4

Cúspide.




Abrió los ojos y lo supo. Sus sueños se habían hecho realidad, estaba en la cúspide; había ganado, era ¡el mejor…!

Tras una puerta blindada una turba compuesta por millón y medio de seres frenéticos poseídos por un fervor histérico y sin límites, se arremolinaban deseando ver aparecer el perfil del mejor de todos los tiempos. Aunque ¿el mejor en qué especialidad? Francamente en ninguna y en todas a la vez: Era, simplemente, el mejor.

A partir de que el suceso diera lugar ya jamás habría nadie equiparable, puesto que absolutamente todos eran inferiores y su estrella sobresalía con insólito esplendor. Había sido un golpe de mano inconcebible para una civilización en decadencia, en la cual él, el mejor, se había hecho con el monopolio indispensable de la perfección.

No desayunó, puesto que no existe desayuno capaz de saciar perfección con exacta perfección. No orinó, puesto que evacuar o excretar resultan prácticas anacrónicas y a años luz de cualquier perfección. No se duchó afeitó ni arregló, pues un cuerpo perfecto genera células en su organismo por sí mismas, y la purificación de por sí se convierte en innata.

Tampoco le hizo falta volverse de espaldas a la entrada para diferenciar con suma nitidez entre millones, la voz de su manager – desde ese preciso instante ya – su ex – manager. Le invitaba a que saliera al balcón y expresara un comunicado de aliento y paz a la humanidad.

El hombre que incluso hasta un día antes se había llamado Carlos Lázaro Proud, renunció a su propio nombre. Pues ¿podría acaso encarnarse bajo nombre alguno la suma perfección? Miró a donde debería estar el balcón y supo que nunca había existido tal emplazamiento, puesto que la excelencia no necesita de sustentos materiales a los que encaramarse. A continuación extendió ambos brazos, pero de su boca no surgió palabra alguna, pues la perfección tampoco precisa expresarse para comprender y dar a comprender cuales son los designios de la humanidad, y lo que la misma requiere o no.

Se volvió levitando y lágrimas cristalinas de simetría inigualable, de una pureza libre de cualquier germen de duda, se deslizaron sobre un semblante inmaculado. Y entendió lo que ya entendía.

Lentamente, o tal vez en micro milésimas de segundo, puesto que la excelencia se halla por encima del tiempo, acomodó su voluntad superior sobre la mullida almohada del dormitorio de la impoluta sala donde se hallaba. Entonces las paredes imperfectas se difuminaron, los ángulos se transformaron en rectas infinitas, lo material se hizo inmaterial, sus párpados se cerraron pero su línea visual capaz de atravesarlos, no tuvo que efectuar un solo y vago movimiento más en una vida donde moverse resulta una imperfecta pérdida de tiempo, y donde el tiempo, una y otra vez, se oculta del mismo tiempo.

En segundos, o tal vez sucedieron milenios, su mente alcanzó un sueño profundo y sublime; tan elevado en su excelencia y perfección que ya no le fue necesario despertar durante una eternidad...

Mientras, si acaso hubo un mientras, la humanidad se extinguió. O quizá estuvo sin hallarse nunca del todo presente…



José Fernández del Vallado. Josef. Abril 2007.

2

Daniel Powter - Bad Day

Con esta canción me desperté hoy. Me dije, ¿quién es? Ya lo sé. Un tío que sabe cantar.


viernes, 20 de abril de 2007

5

K219 Adagio...





La noche y el día se invierten, se transmutan… La oscuridad usurpa la luz como un leve manto de franela.


Una nave planetaria se desplaza a una velocidad de 108.000 kms hora mientras gira sobre su eje cual peonza una vez cada 23 horas, 56 minutos y 4,1 segundos, y logra que nos olvidemos de que estamos embarcados en un largo viaje de 4.600 millones de años, de los que apenas presenciamos, si la suerte nos toca: sesenta, ochenta años, y tal vez ni siquiera…


La insoportable levedad del ser de Milan Kundera es nuestra insoportable levedad de ser en la vida.


Otro día… ¿ha sido otra noche? Me incorporo con ojos angustiados, salgo a la calle, al trabajo aunque… ¿Acaso hay un lugar en mi vida o esto es sólo una farsa? A veces descubro miradas que son solo desnudas preguntas ingenuas; otras aparentan ser mapas en los que hay trazadas hermosas y complicadas constelaciones de una longevidad sutil e irreversible.


Camino bordeando precipicios en los que, de cuando en cuando, mis piernas resbalan y desaparezco perdido. Entonces unas manos firmes me rescatan y devuelven al paisaje de la vida.


Soy solo eso... Un ente entre tantos que desfilamos por la existencia tratando de parecernos a jubilosas y radiantes hormigas.


Hago planes. Me paso días, años, urdiendo planes para salir del agujero negro en que está apresado mi grasiento y macerado cerebro.


De vez en cuando, una estrella viene a visitarme e ilumina mi vida; me brinda sus colores e ilusiones, después el firmamento estalla y todo vuelve a oscurecerse.


Es marzo, abril, mayo. Llueve. Sobre las desgastadas tejas de cerámica de mi casa oigo el incansable gemir de una riada de sonrisas deprimidas que terminan por explotar como cascadas. ¡Están ahí! Violines en mi interior. Me proponen que salga, renazca y parta hacia una mentira mil veces maravillosa...


He abierto la puerta de mi mundo. Fuera hay otra puerta y más gente: ¿otro mundo como el mío?




Anoche soñé que venía. Era el Adagio, ¡El adagio K219 Adagio…!






José Fernández del Vallado. Josef.

miércoles, 18 de abril de 2007

5

Porque Ya No Te Percibo...




Extremidades dúctiles
Ojos de ámbar
Piel, ceniza calcinada
Cabello forjado en láminas de pirita.



Porque ya no te percibo
Rosa negra del desierto
Estoy desterrado al olvido más terrible.



Lo sé, escrito estaba
en la leyenda.
Blanco de vida, negro de muerte.



Sangre azul subsahariana.
Inmortal y limitada
en sentimientos humanos.



Navegaste a mi lado,
veinte mil albas inciertas;
simple error de tu existencia.



Y porque ya no te percibo
me arrastro y soy esclavo
de duelos y privaciones



amores sin amor
suspiros que levitan
atmósferas agotadas
bajeles sin rumbo fijo
estrellas desconocidas
océanos infernales.



Sangre azul subsahariana.
Quiero vivir en tus pensamientos
y así dejar de padecer
por mi mismo y para siempre
tu incompatible amor…


José Fernández del Vallado. 2006.

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jueves, 12 de abril de 2007

2

El renacer de Alweka


Barriada vieja, calles angostas, puertas menguantes, sin quicio y astilladas. Casas de barro desmenuzado y ladrillo se abren a descampados oscuros como grietas de un infierno disoluto.



Y en medio, cual naves sin rumbo, farolas...
Cuando no se hallan quebradas sus haces iluminan epidermis amarillentas, bajo las cuales, se esconden residuos de seres humanos de apariencia mortecina o excitable.



En el ángulo que forma el muro de dos casas derruidas, una hoguera. Cajas de madera inservible sacian lascivas lenguas disfrazadas de matices, cuyo delirio ilusorio, presta calor pasajero a unas adolescentes tendidas en el suelo. Cubren sus cuerpos con una gruesa manta de tejido; descansan del par de días que llevan en vela sin cesar de fornicar.



De pie, otra chica más joven, cubre mediante una chaquetilla desgastada su volumen resuelto y delgado. Su cabello trenzado cae por su espalda y casi roza la abultada curvatura de unas nalgas apretadas, ceñidas por una minifalda elástica, de talla ínfima, como su insolente atrevimiento trece añero. Estira sus manos largas, con dedos como remembranzas de raíces quebradizas; tratan de robar un soplo de aliento al calor.
Una cartera beige pende de su hombro, calzado de tacón de quince centímetros, medias oscuras y a cuadros, cadenas de oro, crucifijos al cuello, anillos en los dedos y aretes en las orejas…



Es Alweka casi mujer pero niña, de senos generosos, pezones dilatados, piernas pulidas, cadera quebrada, cutis ataviado cual arlequín policromo de lujo y una mirada de ébano.



Una noche cualquiera, un día cualquiera, de un mes invernal de su primer año en un país que se dice civilizado.Aguarda a un cliente. No conoce otro trabajo, sus dientes de leche castañetean como los de una calavera sonriente ante cada coche que se detiene, y canturrea la misma melodía:

– “Alweka guapa. Buena haciendo amor. ¿Pasar rato feliz?”



Desfile de conciencias ahogadas en alcohol, despojadas de toda vergüenza. Carcajeantes, ordenan se aproxime y muestre su perfil. Ella obedece. Le soban el cuerpo. Algún que otro viejo amargado se detiene, la recoge y Alweka soporta con descomunal estoicismo, unas ávidas manos transpiradas sobre su piel e inútiles forcejeos de un babeante borracho por gozar lo que nunca logrará...


Alweka no sabe qué es el cariño, en realidad nunca lo supo, jamás tuvo tal oportunidad. No diferencia entre un mimo y un guantazo, nadie se lo enseñó. No conoce lo que es un beso bien entregado, porque las mayores le aseguran que sólo podrá besar al hombre que la ame, si alguna vez se diera el caso. Por lo cual tampoco sabe, y jamás supo, qué es el amor verdadero…


De su pasado conserva tres ajadas fotos. Supone que son de sus padres, alguien se lo dijo alguna vez. Es todo cuanto tiene. Con insólita devoción las contempla a todas horas.


Nadie la enseñó a soñar y sin embargo ninguno se explica como es que un día aprendió a anhelar su tierra. Aunque tampoco supiera cómo hacer para volver a un lugar del que tan sólo evoca una designación que a ella misma le resulta extraña. Pero por una vez en su vida, decidió improvisar. ¿Estaba haciéndose mayor?


Una noche cualquiera, de un día cualquiera, de un mes invernal, dicen que hizo auto stop.


Transcurrieron varios meses y un día cualquiera, de un mes en pleno verano y a pleno sol, la encontraron en la garganta de “Despeñaperros.”


La hallaron en cuclillas, abrazada a sus rodillas, en posición fetal. Tenía los ojos cerrados, la boca apretada, los labios cortados y el cuerpo cubierto de sangre, sudor y moratones. Estaba allí, petrificada, mientras aguardaba su suerte sin emitir un solo lamento de lástima.


La llevaron a comisaría y la interrogaron con traductor. No tenía papeles dinero ni pasaporte. No abrió la boca más que para pedir agua y comida. Dos meses estuvo en la misma situación hasta que averiguaron su procedencia. Entonces hicieron lo que deseaban: La embarcaron en un avión de carga y la enviaron de vuelta a su país.

Al recibir la noticia sus amigas no se entristecieron, sino al contrario. Se reunieron y alborozadas – lloraban de la alegría – comenzaron a entonar una bella melodía en la cual proclamaban que su alma había vuelto a renacer pues tuvo la suerte de ser de nuevo niña.

Despojada, eso sí, de las riquezas materialistas del mundo supuestamente civilizado, pero inmensamente dichosa en felicidad, hoy Alweka retoza en libertad su sencillez por los verdes paisajes de su patria…

José Fernández del Vallado. Josef. 11 Abril 2007.

viernes, 6 de abril de 2007

4

La incomprensible senda de la Voluntad.









Juan Germán López tenía más de cuarenta años.
Vivía solo, no tenía familia, ni por lo tanto hijos. Así como tampoco trabajo fijo ni hogar propio. En cuanto a sus amigos, mutuamente se habían ido distanciando hasta arrinconarse en un olvido simultáneo. Vivía en una pensión de alquiler y subsistía de unos exiguos ahorros.
Apartado de la seguridad de un salario fijo y de la rutina, cada nuevo amanecer para él constituía una aventura, pues desconocía lo que la vida le deparaba a la vuelta de cada esquina. Y aún así era feliz.

Antes de eso había sido una persona diferente; un hombre digamos, estándar.

Trabajaba de empleado en una oficina de correos durante once horas diarias, hasta que enfermó. Contrajo un extraño padecimiento que lo indujo a escribir un día sí, otro también, y los demás exactamente lo mismo.

Pero ¿cómo enfermó? No fue complicado. Sucedió al leer una carta que por casualidad se hallaba mal sellada.

Era una mañana ventosa y Juan manejaba la moto. El suave papel transparente se escapó de su sobre, se filtró por un resquicio de la cartera, y cual frágil pluma vapuleada por el viento, salió volando ligero. Juan lo vio de reojo, detuvo la moto, corrió tras el, saltó la verja de un jardín y lo atrapó segundos antes de que se precipitara sobre las cristalinas aguas de una piscina. Y una vez lo tuvo entre sus manos, sin apenas ser consciente, comenzó a leer. Decía así:

“Querido Juan sé que estás muy enfermo.
Amado, también sé que tu familia no me quiere y no permitirá que te vea nunca más...
Pero amor, todo mi amor y cariño permanecen indelebles.
Recuerdo como si fuera hoy mismo lo mucho que nos deseamos, reímos, jugueteamos, abrazamos y lloramos nuestra pura y absoluta felicidad compartida. Todos esos momentos, lo genial que lo pasamos juntos, han quedado grabados con la firmeza inalterable de un cincel sobre una impoluta lámina de mármol. Y no podré olvidarte jamás. Por ello, te seguiré escribiendo siempre. No me importa ya si respondes o no, si vives o mueres, puesto que aunque desfallezcas, para mí seguirás estando eternamente vital y presente, ya que de forma espiritual uno jamás se extingue y su alma siempre continúa ahí para ver, leer y acariciar las cartas que yo te iré - en tu caso- remitiendo.
Amadísimo Juan sólo existe un problema. Es un detalle intrascendente y carente de significación, no te alarmes. Hoy volví a tratar de dibujar un retrato, tu retrato. Lo intenté más de treinta veces y en todas me ocurre lo mismo. Por más afán que pongo no sales tú sino un esquema de trazos desiguales... No acabas de ser tú mi amor…
No te preocupes. Continuaré ensayándolo hasta lograrlo.
Te ama intensamente y para siempre.

Mabel.”


Esa misma tarde, en la oficina, ya no fue el mismo. Su mente, sus pensamientos, sus ideas, su corazón, estaban en otra parte. Todo su ser había partido hacia periplos remotos y desconocidos.
Lo primero que hizo fue comprobar qué había sido del muchacho al cual escribía la mujer, y con consternación supo que hacía más de tres meses había muerto de un cáncer galopante. A continuación pidió la baja y como solía pasar desapercibido, a nadie le sorprendió.

Por la noche al regresar a su hogar, de forma irreflexiva, emprendió dos tareas que jamás había realizado: La primera suplantar una identidad, la segunda, dedicarse a escribir. Tomó varias cuartillas, un bolígrafo y comenzó la ardua tarea. Sin embargo, al redactar, se dio cuenta que era su corazón quien impulsaba y articulaba con precisión sus frases que, cuidadas, pasionales y bien enlazadas, resultaban bellas reflexiones de una persona que se hallaba en pleno éxtasis de amor.
Así lo entendió para cuando terminó de escribir tras más de cuatro horas de esfuerzo.
Cuidadosamente puso su dirección e indicó que, a partir de ese momento, aquel era su nuevo domicilio. Explicó también que todo le iba conforme, y que no había podido escribir hasta la fecha debido a los azarosos trámites del cambio y por vicisitudes, por supuesto, familiares. Pero una vez resuelto todo, y a partir de ese momento, podrían seguir escribiéndose cuanto quisieran sin la menor interrupción.

Desde ese mismo instante un nuevo mundo se abrió a sus ojos y sentidos. Pues dio comienzo un intercambio de cartas maravillosas, colmadas de sentimientos y pasión, y sobre todo, de un amor intenso que comenzó a recibir primero a flor de piel, se introdujo en su interior y se instaló muy profundo, hasta inducirle a estremecerse inmerso en el más absoluto trance de satisfacción jamás percibido con anterioridad.

Por supuesto, no olvidó informarse de los detalles esenciales y presentes en la vida del Juan al que amaba Mabel. Y mientras tanto, poco a poco, mostrándose extremadamente cuidadoso, fue intercalando e insertando fragmentos de su propia existencia.

Pasados más de tres años, pese a su ardua y calibrada estrategia de contención, y por verosímil que fuera la lógica de los relatos que oponía, los desenfrenados deseos de Mabel por volverlo a ver llegaron a ser tan intensos que hubo un momento en que ya no tuvo más remedio que ceder y confesar que estaba repuesto.
Si llegó a tal extremo fue porque, aunque supiera que caminaba hacia el desastre, en parte él mismo deseaba verla, conocerla, y si le fuera posible, aunque sólo se tratara de un instante… rozarla. Le bastaba con eso. Pero entre todos aquellos sentimientos un deseo se abría paso con irresistible tesón, aunque sabía iba a resultar del todo imposible: ¡Deseaba besarla!

Acordaron verse un diecisiete de octubre. El mismo día en que aquel Juan malogrado y ella se habían conocido.

Octubre significaba para Juan, tristeza. Representaba el mes donde las fantasías del verano expulsadas por los recién llegados vendavales del norte, se diluían. Y cuando las cálidas o acaso débiles promesas veraniegas entremezcladas con la amarga laxitud otoñal de los bosques, dominados por un estío en decadencia, comenzaban a declinar lentamente oprimidas por el denso e insoportable efluvio invernizo. Entonces todo el ciclo agonizaba.

Un local junto al mar, allende una playa solitaria. Todo según dispuso ella misma.

Él le refirió, y así tuvo que hacerlo, que debido a su enfermedad le habían operado de cirugía estética radical y tal vez resultara irreconocible. Para su sorpresa ella le respondió que le daba lo mismo cuanto hubiera cambiado de aspecto. Pues según le declaró, a quien se desea con verdadero fervor, resulta fácil reconocerlo entre más de un millón de personas sin dificultad.

Y ahora, había llegado el momento; se hallaba en el lugar.
Era viernes un atardecer, y el local estaba repleto por grupos de jóvenes y parejas que hablaban y se hacían embelecos en torno a una gran estufa metalizada.
Juan se sentía tremendamente nervioso y sobre todo angustiado. No en vano, era consciente. Ella podría estar a su lado y aún así ni siquiera reconocerlo y viceversa.

Una cuartilla acarició su semblante y deslizándose en el aire enfiló hacia la estufa. Antes que se precipitara sobre las brasas Juan la tomó entre sus manos. Era un dibujo, lo observó sin interés y de repente con detenimiento. Era un retrato… ¡Su retrato!

Súbitamente volvió la cabeza y tras él, con las manos depositadas sobre el respaldo del sofá, estaba una hermosa mujer.

Lo supo al instante.

- Sí, yo soy Mabel y tú eres Juan, el del retrato ¿verdad?

Sólo acertó a asentir.

- Supe que mi querido y dulce Juan había fallecido cuando me resultó imposible retratarlo una sola vez…

Él, compungido, balbuceó un dudoso “sí.”

Ella prosiguió.

- Y también descubrí algo más al tratar de rehacerlo una y otra vez. El esbozo que perfilaba era siempre similar y debía representar a alguien. Alguien que sin que yo lo supiera ya estaba ocupando mi mente y mis pensamientos. Y ése eras tú… Aquel ser desconocido que al cabo del tiempo averigüe, trataba de mantener viva mi ilusión y lo conseguía, mediante aquellas preciosas cartas que recibía casi a diario… Tú, mi nuevo Don Juan, mi nuevo amor… ¿Te llamas Juan en realidad?

Él asintió con timidez.

Entonces Mabel, sin dejar de observarlo fijamente con sus bellos ojos turquesa, se acomodó a su lado. Le tomó de las manos y lo hizo. Le besó son suavidad en los labios.
Y Juan Germán López, como un estallido de placer, experimentó una sensación de bienestar que le colmó por entero, y lo supo. Tuvo claro que si ahora era un hombre afortunado, durante el resto de su existencia sería un hombre doblemente dichoso, pero ante todo, inmensamente feliz.


José Fernández del Vallado. Josef. Abril 2007.

domingo, 1 de abril de 2007

3

Beatriz.





Era nuevo en el colegio. Comencé a ir a clase en el autobús veintiuno. Me sentaba solo en un asiento de atrás mientras concebía luchas gloriosas entre mis soldaditos de plástico azul; el yankee y el confederado.

Hasta que un día alguien también nuevo se sentó mansamente a mi lado. Entonces cambié mis soldados por las sonrisas y bromas de Beatriz.

Por las mañanas ella no venía, sus padres la llevaban al colegio. En cambio por las tardes, durante la media hora larga que duraba el trayecto hasta mi casa, yo era feliz.

Beatriz era preciosa. Sus ojos grandes y redondos como gemas relucientes, resaltaban vivarachos y burlones y su sonrisa, mostrando su dentadura blanca y naciente, era un vivo murmullo de agua cristalina.

Jugábamos a lo que ella deseara, y no es que fuera caprichosa e impusiera sus manías. Ocurría que yo me sentía incapaz de decirle que no a lo que fuera.

Comenzábamos inventando juegos de palabras y a menudo acabábamos forcejando. Como yo era más fuerte la apresaba por las manos y entonces podía palpar su cálida y húmeda piel. Y así nos quedábamos, contemplándonos primero con arrebatador frenesí, luego en silencio, y al final retirábamos las manos con síntomas de vergüenza inexplicable.

Pasaron dos años y crecimos. Nos aficionamos al juego de ajedrez. Jugábamos partidas rápidas y ella casi siempre me ganaba. Y yo, pese a no querer demostrarlo, terminaba irritándome. Recuerdo el día en que después de ganarme, sin explicarme el porqué, me besó en la mejilla. Me ruboricé. Pero aún recuerdo con mayor tristeza el día en que por primera vez nuestras vidas, se separaron.

Ocurrió cuando después de atravesar una larga enfermedad repetí curso. Desde aquel día ella se volvió soberbia o no le quedó más remedio que serlo, porque así funcionaba la ley en la escuela.

Luego se hizo de ciencias, estudió veterinaria en la Complutense, en tanto yo daba tumbos por la vida sin saber hacia donde me arrastraba el oscuro y denso fluir de los fulminantes rápidos en que me sentía apresado.

Hubo una fiesta atropellada en una casa cualquiera donde por avatares de la vida la encontré. Decidimos escapar del bullicio y en un local apartado y solitario recordamos los años dorados y acabamos sellando nuestras confesiones mediante unos primeros besos de ensueño.

Después una despedida, promesas de conservar viva la relación y nada más…

Pasado un año el reencuentro “casual” se reprodujo en un bar. Ella aguardaba a ciertas amigas y yo otro tanto de lo mismo.
Un par de cervezas, sonrisas, miradas de complicidad, amor y nada más…

Luego más años y otra fiesta en la que por “casualidad,” el chico que organizaba el evento, siendo amigo de ambos, nos permitió quedarnos en su casa. Nos acostamos e hicimos el amor, y a la mañana siguiente estábamos convencidos; ya nada podría separarnos. Desayunamos, nos besamos y acabamos jurándonos amor eterno.

A continuación una despedida más y… punto.

Pasaron ciertos años y hubo un nuevo reencuentro, ahora en un autobús. Yo escuchaba música en un casete con auriculares. Se los puse. Le encantó. Quedamos en vernos. Me insistió en que la llamara sin falta, se lo debía, me necesitaba dijo, y me dejó su teléfono…

Deseaba verla pero no la llamé. No sé por qué… ¡no la llamé!

Transcurrieron muchos más años. Había quedado con mis amigos, era de noche, diluviaba. Caminaba pensando en que aquel era el peor día para salir. En un momento dado acudí a refugiarme bajo una esquina en una plaza oscura, sin apenas iluminación, y allí estaba ella.

Permanecimos mirándonos unos instantes en silencio, como si no nos conociéramos de nada. Entonces yo, sin siquiera mirarla, la saludé y le hice la pregunta inevitable.

- ¡Que tal Beatriz!

- Oh… Hola…

- Y… Cuéntame. ¿Cómo estás?

Se quedó mirándome en silencio. Sólo estábamos los dos. De pronto me observó con una sonrisa irónica y dijo.

- ¿Beatriz? Ya no estoy… Y prosiguió.

- Me fui mientras aguardaba la llamada que nunca me hiciste…

Y yo pregunté.

- Dónde. ¿A dónde te has ido?

Ella bajó los ojos frunció el entrecejo de forma disgustada y prosiguió.

- Lejos… Ahora estoy lejos.

Alzó la mirada. Sus ojos redondos brillaban de una forma extraña. ¿Lloraba? Añadió.

- Escucha, ya no habrá más encuentros.

Y yo, desquiciado, le pregunté.

- Por qué. ¿Porqué no puede haber más encuentros? ¿Por qué no podemos vivir juntos para siempre?

Ella me miró con ojos suplicantes y me dijo.

- ¿No lo entiendes? Mírate. Ya eres viejo y casi un inútil. Se acabó... Es demasiado tarde. Ya no queda nada entre nosotros.

Gimiendo de dolor, le dije.

- Cómo… ¿Cómo puedes ser tan dura? ¿Cómo puedes hablarme de esa forma? Tú que nunca has sido así.

Y ella contestó.

- En efecto, yo nunca he sido así. Porque yo jamás he sido… nada y nada soy… ¿Acaso me ves? ¿Puedes verme? ¡Mírame con atención!

Y mientras hablaba su silueta fue haciéndose más y más tenue hasta desaparecer diluida en el turbio contraste de la oscuridad…

Solo entonces lo supe con conmoción y padecimiento. ¡Beatriz había escapado! Había huido para siempre de mi vida, de mi mente, y de de mi… locuaz clarividencia… Puesto que tan sólo había existido en mi devastadora imaginación...

José Fernández del Vallado. 1 Abril 2007.




sábado, 31 de marzo de 2007

0

El Voluntario.


Ocurrió después de partir de voluntario en misión militar a aquella tierra desconocida y extranjera. Se llamaba Herminio y se fue muy joven.
Cuando volvió cinco años después ya no era el mismo, parecía tullido y fatigado. Y aunque en físico se hallara presente, lo cierto es que en su interior estaba ausente. Existía un impulso, un instinto u origen desconocido que lo inducía a observar con añoranza o acaso abatimiento, hacia el este. Y así era. Había algo…Ya no era como antes, alegre, extrovertido e incluso, vehemente. Ahora casi no hablaba, demandaba mediante monosílabos, y jamás comentaba nada acerca de su experiencia pasada. Pero si uno escrutaba su semblante sin que él se apercibiera, podía revelar miedo, dudas y acaso… ¿desasosiego?
Nadie, ni sus mejores amigos se explicaban por qué tuvo que ser allí. Por qué despreció la tierra, la gente que lo crió y vio nacer, y huyó a buscar cobijo tras aquel manto de dolor.A veces, durante las fiestas y celebraciones más animadas, cuando la gente se embriagaba y bailoteaba feliz, tomaba un trago de aguardiente. Entonces parecía confortarse y le sobrevenía un arrebato de energía. Sin embargo, no pasaba un rato sin que turbado, se derrumbara y comenzase a llorar. Le preguntaban cuál era el mal que lo apesadumbraba y haciendo aspavientos, apartaba a todos de su lado, y se retiraba al humilde resguardo de ladrillos rojos que él mismo se había construido.
Herminio era herrero. Se formó al volver de esa guerra, o regresó con el oficio ya aprendido.Trabajaba de sol a sol, siempre en soledad, en un fogón oscuro y sofocante. A veces era posible oírlo entonar baladas extrañas en un idioma desconocido, el que hablaban allá, en aquel país ignorado. Algunas tardes acompañaba a los chicos en el parque y jugueteaba con ellos a la pelota. Y cuando libraba, era posible hallarlo mirando hacia el este, en lo alto del “Mirador de la Estaca.”
Transcurridas un par de décadas, una gélida mañana de diciembre, Herminio apareció ebrio en el centro de la plaza. Lo curioso resultó ser que no estaba solo. Iba acompañado. Una chica joven de porte fino, cabellos rubios y sedosos, con la apariencia de una niña, estaba tras él. Lo terrible y extraño de la situación es que ella le apuntaba con su pistola reglamentaria. Lo recuerdo con claridad, era el mismo arma que siempre nos había enseñado con orgullo, ya jamás lo olvidaré. Por aquel entonces era Navidad; una formidable nevada acababa de caer y todo el espacio estaba cubierto por un manto blanco intenso y silencioso.Sin dejar de apuntarlo a la cabeza, en un tono enérgico que resonó claro y seco sobre la insonorizada suavidad algodonosa de la nieve, pronunciando el español con el acento de aquel idioma extraño, la mujer le conminó a que confesara. Tras insistirle un par de veces, acobardado ante el arma, Herminio comenzó a murmurar lo siguiente.
- Ciudadanos… Esta… mujer se llama Mirna… Y es… Dice ser… mi hija…
Se volvió a mirarla suplicante. Pero ella, en tanto aferraba el arma con ambas manos, permanecía inalterable. Le indicó algo más. El negó con la cabeza. Sonó una detonación y la sangre de Herminio salpicó la blancura de la nieve. Lo había herido en un brazo.
Un vecino hizo por salir, pero ella apuntó y realizó un disparó al aire. Tras lo cual, aterrado, el valeroso aventurero perdió los bríos y volvió a recluirse en su hogar.Herminio, balbuceó y siguió.
- Allí… en… Mrska, nos comportamos mal. Violamos… asesinamos… torturamos… Y yo… yo fui de aquellos…
Ella, apuntándolo en la sien, subrayó.
- Vamos… Repite…. ¡Todos puedan saber que monstruo eres tú!
El cuerpo de Herminio se estremecía. Mientras de forma inconsciente, se sujetaba el brazo herido y trataba de aliviarse el dolor. Prosiguió cada vez más alto, como si al hablar una inquina interior naciera y se ampliara in crescendo.
- Sí… Lo hice. ¡Debí haber muerto hace tiempo…! Fui un maldito cobarde… y colaboré…
Ella sonrió entre dientes, y con absoluta frialdad, añadió.
- Sigue… Sigue más ahora…
El dudó. Ella lo empujó por la espalda con el revolver y le escupió con irreverencia.
- Mirna… es… hija de la mujer del alcalde del pueblo de Mrska… El caso es que yo… Yo… me enamoré de aquella mujer… ¡Deseaba a la esposa de…!
Y ella, cada vez con mayor arrebato, dijo.
- ¿Y qué…? A ver ¡qué más…!
- Y lo hice... Ejecuté a su marido y la rapté. Y puesto que jamás logré ganármela… Sino que sólo obtuve su odio y desprecio, durante tres años la mantuve como esclava y la disfruté cuanto quise… Sí… Llegué a ser un cabrón importante… Ejecutaba sin razón a quienes me ponían delante. Yo… me convertí en verdugo ejecutor…
Al tercer año, ella quedó embarazada. Y tuvo a esta bellísima chica...
Ella se rió burlonamente. Él continuó sin afectarse.
- Pero para entonces… todo estaba perdido y yo recelaba de todos… Y por desgracia… Lo sé… ¡Jamás podré aceptar que tú eres mía…!
Una turbia sonrisa resquebrajó el silencio de la plaza del pueblo y aquel ambiente blanco, inmaculado, pareció enrarecerse de forma insoportable. De improviso, una niebla espesa, cerrada, comenzó a envolver el lugar. Y en medio de todo, surgiendo de aquella especie de limbo blanco y ardiente, la desquiciada y horrible risa de Herminio se carcajeaba de la situación. ¿Pero de qué situación? ¿De su desahuciada circunstancia de hombre sin crédito y criminal de guerra? ¿O de la profunda e irreparable brecha de dolor que había creado en la existencia de quien parecía ser hija del mismo… diablo?
Ella lo miró con ojos rojos, dilatados, anegados. ¡Lloraba! Y lo hacía sin emitir un solo gemido. Tal como había aprendido a obrar a través de años de una vida plagada de desvelos, sufrimientos, vejaciones…
Herminio, sumido en una insensata embriaguez, aspiró aire, retorció la cabeza con saña y mientras esbozaba una sonrisa macabra, dijo a voz en grito.
- Por eso tuve que hacerlo.... Maté a tu madre. Por eso… ¡Porque se comportaba como una vulgar ramera sin clase!
Dos detonaciones hendieron el aire como estallidos de ira. Herminio cayó ensangrentado en el centro de la plaza. En cuanto a Mirna, como si fuera una sombra o un alma sin vida, tal como vino, desapareció de la escena para siempre.
Cabe hacerse una pregunta. ¿La chica salió igual al padre… mejor, peor? No, sin duda mejor… Más perfecta si cabe. Ya que no lo mató…
Herminio, tras recibir dos precisos balazos en las piernas, quedó inválido de por vida.
Hoy en día sigue sin hablar. Pero ya es igual, su castigo ha resultado ser peor que la muerte. Se encuentra recluido en un centro donde nadie le dirige una palabra, y su soledad es ya para siempre, absoluta y demencial…


José Fernández del Vallado. Josef. 2007

jueves, 22 de marzo de 2007

7

Tabaco.




Tabaco, humo de pipas, amaneceres frescos y húmedos, vaho de alientos agotados, y aunque parezca imposible, exuberantes de renovada esperanza.

Llantos agudos, eléctricos, de niños quebrados y roncos, a través del transcurso de horas somnolientas y asustadas.

Una senda imparable, polvorienta, corriente de semblantes oscuros, de almas despojadas de aliento pero relucientes de vida. Hedor a existencia constante y tenaz, que no quiere ni desea detenerse en el olvido. Peregrinación por un camino maldito, sin nombre; y donde sin embargo, la debilidad exige la deuda a los organismos peor dispuestos o acaso, indefensos ante el arduo recurso de la vida.

Una parada. Y ante la imposibilidad de hallar un tosco pedazo de alimento que llevarse a la boca, de nuevo, más tabaco. El tabaco ya no se fuma; se mastica, se digiere. Alimenta esa nueva ubicación desconocida del estómago, y alimenta bien…

Asentado en un árbol, un viejo fuma mientras ora plegarias por los hombres de su tribu. No volverá a caminar. Incapaz de continuar sumergido en el intranquilo río de la vida, descansará para siempre. Y, sin embargo, no es en él en quien piensa. No hay el menor vestigio de temor o de duda ante su situación, y lo sabe mejor que nadie. Cumplió su destino en la vida y ante Dios. Y su preocupación ahora se centra en las familias que se sacrifican para salir adelante.

Más allá, en cualquier lugar, está la frontera. Línea imaginaria trazada con regla, cartabón y compás, que divide mundos imaginarios. En uno hay alimentos, vida, esperanzas, alegría…. Y en el otro, sólo quedan ya, campos minados, bombas, cadáveres y… algunas míseras plantaciones de tabaco…



José Fernández del Vallado. 21 Marzo 2007.

miércoles, 21 de marzo de 2007

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