• Era un verano tórrido y Adrián, un muchacho rollizo y un poco raro, aunque servicial...

  • Se llamaba Vera. Era morena y esbelta. Sus ojos negros preservaban una timidez joven y ensombrecida...

  • Mi corazón se ha vuelto de hielo, mi espíritu es el de un luchador noqueado.

  • El rumor del viento acompaña, los rayos del sol cortan la espesura...

  • Hacía un día invernal, tan limpio y claro, que los rayos del sol en lugar de proporcionar calidez, cortaban la respiración.

  • Por las noches me arrebujo y mientras mi pulso se acelera y mi corazón palpita...

  • Recorrida la mitad de su vida, Tariq Alhamar seguía transitando en un mundo de incierta...

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domingo, 29 de julio de 2007

1

Promesas de Amor...












Promesas de Amor...
Colinas de fuego
llanos y alientos abrasadores,
cimas tortuosas, senos turgentes
de hojaldre y miel transparente.

Espacios eternos
de amor sinrazón.
Sabias promesas
sobre las que desplazarse
mediante zarpazos
de lealtad ciega y suave.

Giros, quiebros, caídas...
hacia una sima sembrada
en vahídos de mágica dulzura
entrecortada e inaprensible.

Besos, como certeros
disparos al corazón.
Abrazos turbios
diseñados para sobrevivir...

Divisas de vida,
espacios fugaces,
suplicios lentos e indoloros.
Placeres finitos
con término ilícito
limitados de esfuerzo ilimitado.

Caricias insertas en galaxias
de espíritus ajenos.

Ojos, cual soles cegadores
de afecto y devastación.
Puentes tendidos, entrelazados
y sin embargo, confusos.

Tortas y tartas de capitulación;
abrazos, llantos,
desmoronamientos...
Promesas de amor.

Miradas que dictan decretos
sin miramiento
al compás de intervalos
sedientos.
Contornos de figuras torcidas
o tal vez... sublimes.
se estremecen en campos
de fango irrisorio.

Noches de estelas translúcidas
brillan carentes de estrellas
donde nunca existió
el firmamento.

Arroyos con vibración a poema
atruenan en las cortadas
repican estrofas y campanadas.

Amores, dignos o indignos
fugaces o en fuga, de acierto Divino
con cierto talante
incierto montante y apego al sosiego.

Amores, en cuyo fingido reverso
la hermosura hecha ternura
teje sin rienda y sostén
temores que disfrazan
en vanas profecías
promesas de amor...

José Fernández del Vallado. Josef. 26/2007.




domingo, 22 de julio de 2007

2

Sueños, Sirenas y deseos incumplidos...




Desperté al día siguiente, temprano, y al revolverme en el jergón de la cama una fina arena se escurrió entre mis brazos. Abrí los ojos despacio y no alcancé a vislumbrar los fríos límites de mi habitación. En cambio, en su lugar, descubrí un cielo azul enmarcado en una playa tropical. Percibí un suspiro profundo, sentí el aliento en mi nuca y al volverme, plácidamente recostada a mi lado, durmiendo como pudiera hacerlo en su hogar se hallaba una preciosa sirena cuya piel blanca resaltaba entre cabellos cobrizos y brillantes.
Las gafas, el tubo, las botellas de oxígeno y las aletas de caucho, estaban desparramadas a mi alrededor. Y cinco metros más abajo: terrible, gelatinoso, pero inerte; dibujando una mueca risueña con las fauces entreabiertas, lo que quedaba de un pez martillo parecía aplaudir mi insólita suerte con sorna.

Me recliné sobre las rodillas. A sólo unos pasos de distancia la superficie del mar resplandecía de un matiz azul turquesa, y unos cien metros por detrás las olas clamaban en frenética danza mortal con las afiladas rompientes. Un coro de graznidos destemplados penetró en mi sien con incisa claridad. Miré sobre mí; vi los buches escarlata de unas fragatas que con ansiedad acechaban los restos del escualo.
Lo supe de pronto, sin alterarme. Me acababa de despertar, pero en mi caso, dentro del sueño. Por lo cual, a partir de ese momento, poseía una clara ventaja. Ser consciente de que estaba soñando me permitiría hacerlo aún con mayor claridad y en la dirección en que yo deseara.

Deseé sorber el delicioso jugo de un coco, y apenas había acabado de vislumbrar semejante ilusión ya había vaciado el néctar de una pila entera de frutos. Entonces sentí hambre y deseé cocinar una ristra de lomos de emperador. Finalizaba de fraguar tal propósito y ya estaba preparando toneladas de pescado. De pronto sucedió algo; la humareda me irritaba los ojos. Deseé disponer de unos indígenas a mi cargo, y antes de finalizar el pensamiento, una tribu entera preparaba una colosal pitanza de pez vela recién capturado por mí.

Encontrándome incómodo en la playa quise tener mi propio alojamiento: Un apartamento de ciento ochenta metros cuadrados con vistas al mar me pareció lo más adecuado. No había cesado de acometer tal idea, y ya estaba situado en lo alto de un rascacielos, en el piso treinta y cinco, donde con placidez y aquiescencia divisaba la barra blanca de la playa desde mi terraza privada. Quise tener vídeo, televisor, tres autos de lujo, dos secretarias, cuatro sirvientas, mi propio centro financiero... mi ciudad junto al mar... Lo tuve todo ¡Todo! ¿Era realmente feliz? Me pregunté.

Entonces recordé un detalle; justo aquel por el cual había comenzado mi sueño. ¿Dónde estaba la preciosa sirena? Deseé tener mi sirena particular nadando en su piscina de cincuenta por doce. No había cesado de pensar cuando la recibí. Tuve la piscina y esculpida en bronce e instalada en su centro una estatua de la sirena, pero no la auténtica sirena. ¿¡Por qué!? Me pregunté descompuesto y furioso. Y antes de que hubiera resuelto el enigma la voz de mi madre me despertó con la respuesta:

- ¡Vamos Miguel! Duermes tan profundamente que incluso pareces soñar con sirenas. Pero no creo que puedas hacerlo... Según reza una leyenda, allá donde alcanza la civilización, las sirenas se extinguen y se transforman en sencillas figuras de bronce...



José Fernández del Vallado. Josef. Julio 2007.



viernes, 20 de julio de 2007

3

Feliz Día para vos mi amigo. Magda.



Hoy es el Día del Amigo en Argentina, y una gran amiga mía de por esos lares, poeta reconocida, me dejó esto.

Feliz Día para vos mi amigo. Magda

Besitos anticipados.

Cercana o lejana.
al norte, al sur, al este o al oeste,
o aquí, a mi lado.
No importa el lugar físico
la caricia de la amistad
me llega en palabras, en comprensión
en compañía, en solidaridad,
en abrazo compartido
y en sostén cuando se hace difícil
el camino.

A ese cariño verdadero que se elige y no se lega.
Hoy agradezco.

En los vientos huracanados.
En los volcanes desbordados.
En las lágrimas sin consuelo.
En el dolor de la vida.

En las efímeras alegrías.

En la mano que contiene.
En la palabra que calma.
En el oído que escucha.

Yo te encuentro.

Agradezco a mis amigos
La ternura.
La confianza.
La paciencia.
La defensa.
y el sostén.

Agradezco a mis amigos
Que caminen a mi lado por la vida
sin interrogantes y sin dudas.

Agradezco a mis amigos
el estar a mi lado y sobre todo
el permitirme ser su AMIGA..


FELÍZ DÍA DESDE MI CORAZÓN A TU CORAZÓN.
Magda, autora del blog: Fuego en el Viento.

martes, 17 de julio de 2007

3

Mis diez blog favoritos...

Idilio el blog de karol de México.

Sonido Severo el blog de Noelia de Perú

iOlaNthE el blog de Yolanda España.

Fuego en el viento el blog de Magda Argentina.

Pequenos Nadas el blog de Gui Portugal.


Macarena Henriksdatter, el blog de Macarena de chile, en Bergen Noruega.



Letras si Fronteras el blog de un grupo de chilenos que aman las letras con libertad y en libertad.



Nosotros-Somos. Nuestro blog compartido.



Mis cuentos, fotos, Recuerdos... El blog de Vivianne de Chile.




Moderato_ Josef. Hace falta adivinar de quien es jejeje... Saludos!





viernes, 6 de julio de 2007

7

Dos veces fue suficiente…





Dos veces fui a las Canarias y las dos escapaba de algo. La primera a Tenerife, huía de la traca final de mi unión con mi ex mujer; y fue duro sí. Pero más duro y aciago me resulta este segundo desplazamiento a Lanzarote, puesto que es un viaje a mi interior, no huyo de nadie, sino posiblemente de mí mismo.

Siento carne de gallina, tengo frío, y cualquier cosa u objeto bonito se torna monstruoso ante mis ojos abatidos.

Seis de la madrugada, tomo el avión. Los auriculares adosados a mis oídos, siempre la música: Leonard Cohen, Pretenders, Coldplay. Mi interior bulle mientras voy arrancando a trazos mi verdadera realidad, mi personalidad. El aeropuerto resulta gélido. Demasiada gente ojerosa y perdida ¿como yo? ¿Buscan tal vez un lugar en sus vidas?
Máquinas… Despiden latas de coca cola que enfrían estómagos y los gasean. Tras beber un par comienzo a sentirme volátil, perdido…

Todo discurre rápido, de pronto me hallo amordazado a una butaca. No sé porqué me pertenece, o quizá es ya lo único que me queda en este viaje hacia la nada… Dios. Ni siquiera sé qué busco. No sé por qué el billete a Lanzarote ¿por qué Puerto del Carmen...? Tal vez la entrevista o la entrevista es el pretexto…

Azafatas inquietas, recién maquilladas, tratan de esbozar falsas sonrisas de cordialidad. Algunas son hábiles, se dicen profesionales. El gimoteo de un bebé inquieta a una madre, una azafata acude en su ayuda...

Los destellos del alba acuchillan las ventanillas cual girones de piel reventada. El avión acelera con potencia insólita hasta convertirse en bólido alado, en ave metálica que contradice normas de aerodinámica.

Junto a mí se encuentra un chico joven de tez adulta, lleva un portátil y maneja unas tablas que resultan incomprensibles...

Enseguida nos hallamos sobre una alfombra de nubes blancas como algodón. El pájaro cesa de zarandearse a izquierda y derecha y se estabiliza. Entonces todo se serena y podemos estar seguros de que por una vez alcanzamos la falsa promesa de un cielo prematuro…

Aterrizaje excelente, mullido, como sobre goma espuma. Aplausos.

El avión me libera y descubro el falso esscenario al cual voy a parar. Puerto del Carmen es ya una ciudad cosmopolita: alemana, inglesa, china, italiana. ¿Y qué queda de España? Poco… nada. Menos, hallar el calor y la inocencia de un pueblo. Está enviciada, podrida: El sexo y el alcohol son sus nuevos líderes. Hay más antros de placer por metro cuadrado que bares. Pero sobre todo es ya reino del capital.

Luego el hotel, la habitación, lluvia y soledad me reciben a la vez. Entro a formar parte del carrusel de solitarios. A la noche descubro un chiringo junto a la playa, en el que me siento a tomar refrescos sin alcohol mientras reflexiono sobre cosas pasadas. Hoy ya no bebo. Dejé de hacerlo la última vez que desperté y no recordaba qué hice la noche anterior. Puedo asegurarlo. Es la sensación más estremecedora que uno pueda padecer: Perder la relación el tiempo y del lugar...

Al día siguiente, a las doce del medio día, es la entrevista.
Descubro el local donde quizás vaya a trabajar. Es amplio y está junto al mar. Me gusta pero tampoco me ilusiona. Un hombre de mandíbulas fuertes me recibe. Me observa con desgana. Me hace las tres preguntas de siempre: ¿Experiencia, edad, facilidad de movimientos? Al final alega que deberá ponerme a prueba, pero no esa semana, ya está ocupado, sino la siguiente. Por lo tanto debo volver la semana que viene. ¿Volver? Me pregunto desorientado.

Luego alquilo un coche, visito el Parque Nacional de Timanfaya. Y tras recorrer un buen trecho de hermosa luna que se instaló en la tierra, concluyo el viaje. Pues de pronto, como por sistema, halló respuesta a mi incógnita. No es en la luna donde deseo vivir el resto de mis días, donde quiero encontrar la que será mi pareja, donde pienso trabajar. Necesito regresar, volver a poner de nuevo los pies en el suelo y para ello no es preciso huir sino “afrontar” con decisión los retos de la vida.

A partir de ahí vuelvo a ser alguien.

A la mañana siguiente despierto en la ciudad. Comprometido a luchar en una larga batalla que recibe el nombre de existencia.

José Fernández del Vallado. Josef. 2007.

sábado, 23 de junio de 2007

4

Ausencia...



Hacía un atardecer tormentoso, un viento racheado agrietaba los labios en mi semblante petrificando lágrimas de cristal en mis mejillas. Ajeno a la situación, mi organismo parecía gozar discurriendo a tropiezos entre el roquedo de la campiña. Lo había entrevisto… No, lo presentí hace ya tiempo. Supe que jamás podría presenciar las estrellas junto a Layla. Lo comprendí cuando sobrevolé aquel país lejano y agreste, no antes…


viento que acaricias
una suave flor
alojada en mi corazón,
vas sangrando y deshojándome
quitándome los brazos...
vas golpeando el recuerdo,
y la lejanía contra el mar,
rompiendo las olas,
que se agigantan en mi llanto...


Quizá todo se desencadenó cuando ella me envió la carta con la imagen en la cual se abrazaba de forma alegre, casi ingenua, como sólo una madre sabe hacerlo con un hijo, a aquel joven de semblante inmaculado. Sentí vergüenza de mi rácano egoísmo, de mi alma de persona envilecida. Pero ya era tarde, una extraña furia celosa se apoderó de mí y comencé a hostigarla sin sentido. En realidad no había motivo, jamás lo hubo.


temblando voy hacia sus manos,
el miedo me hace su esclavo,
me encadena con furia,
me adormece en un sueño profundo
senda inútil y cruel, de árboles agresivos
mi orgullo va diseminado entre ramas,
rasgando tus pétalos...


Luego, cuando más lo necesitaba no acudí a la cita. La deflagración se produjo, y aún sigo sin explicarme porqué me sentí incapaz de estar en el lugar que me hubiera correspondido…
Fui mezquino, la abandoné cuando mi corazón bullía por ella y de pronto aquel día, de la forma más misteriosa y cruel, pagué mis errores y se desvaneció dejándome solo, vacío, destruido...


me enredo en sus labios
Van derritiéndose mis caminos
Mientras la luna va brillando
Emergiendo entre mis dedos,
La opción de ser libre,
Se ha quebrado en un eclipse
Que hoy nos hace,
Palparnos a ciegas,
Interminables hallazgos
Plenos en penurias,
Hoy el sol no respira en mi,
Exhalan sus rayos en mis poros
Quemándome una vez mas...


Nubes cobrizas se insinuaban etéreas y bosquejaban perfiles grumosos, ante un firmamento en declive, un suave velo de lluvia acarició mi rostro lacrimoso.
Fue un aliento fugaz. ¡Deseé ser ella, volar como ella! Me situé al borde del acantilado, me desnudé, cerré los ojos y extendí ambos brazos. Entonces salté y planeé hasta alcanzar el reverso de la existencia. Nada más verme llegar me hizo hueco a su lado. Al horizonte, divisé una luz eterna, cegadora, ella enfiló en su dirección. La seguí forcejeando, girando, asiéndome a sus frágiles extremidades, desnudándola…
Como un denso torbellino de promisión y bonanza recibimos su luz y nuestras vidas comenzaron a forjarse una vez más…



un túnel eterno,
jugando con la miseria humana
está flameando cerca de mi alma,
entre llamas azules,
desarmado y vagabundo
esta mi cuerpo que cuelga
de una de tus uñas,
vas hilando y destejiendo
mi rasgado destino,
yo solo cierro mis ojos,
mientras guardo la rosa
dentro de mi boca,
se tritura mi lengua
y ahora no podré gritar…


Prosa de Josef, Versos de Ameba. Año 2007. De la página de los cuentos.net.

martes, 19 de junio de 2007

1

Un vivo recuerdo más…


Tras horas de inmovilidad; sentado sobre la silla, delante del papel. Cavilando a impulsos, sin concretarse en nada en especial, vino por sí solo, de la nada, como un obsequio anexo. De esos que acechan con sigilo en el interior de una mente para proyectarse cuando menos se esperan.
Recordó aquel día hace años. La ciudad sucia, tonos grises, marrones y oscuros. Árboles inclusos tras la verja del Parque del Moro, desgranando con el viento palmeadas y cobrizas hojas de plátano. La tarde… El ambiente lóbrego y nublado. Un cuadro de nubes melancólicas y a la vez amenazantes, que intimidaban temporal. El frío afilado, hiriente. La marea metálica, sorda, agravante, en perseverante combustión de gases inflamables; carcasas saturando la rebosada cuesta del Moro.

Estuvieron dando vueltas, indecisos, a punto de tomar un taxi. Finalmente subieron al autobús que los condujo al barrio en las afueras.
Ella, junto a él. Era chocante, sus ojos como brillantes azules no desentonaban bajo su cabellera negra, lacia y recortada, similar a una peluca de una egipcia de la antigüedad. Iban en silencio, sin apenas hablarse, ni rozarse. Su perfume suave, delicado, ni siquiera era intenso, pero sí profundo. Seguro, no era Dior ni Channel. Se conocían desde hacía poco, nada más verse se sonrieron mutuamente. Ninguno supo qué hacer o decir…

La fiesta… ¿Animada? Demasiada gente extraña. ¿De otro mundo? Todos eran jóvenes; juventud grabada en un mapa. Le resultaba dificultoso recordar caras, gestos, conversaciones. En cambio oyó risas fanfarronas, bromas indecisas, ruidos de vajilla… No conocía a nadie y no volvería a verlos; tampoco eso importaba. Estaba ella. Su semblante se revelaba vivo en medio de una fiesta de ánimas. También estuvo el amigo. Quien los presentó. Apenas retenía de qué hablaron. Sólo importaba ella...

Estaba nervioso. Apestaba a colonia. Siempre huele fuerte en lugares así, al principio después… es peor todavía.
La música, antiguas melodías que su percepción volvió a rescatar puras y modernas, como lo fueron.
Y allí estaba la mujer a quien amó. Su amor, si hubo amor… Hablaron. La conversación duró media hora o quizá menos. Pareció más pero fue suficiente, hablaron, sonrieron. Sostuvieron un contacto inolvidable, feliz e irreversible. Y en la terraza, acomodados entre cachivaches inútiles, tiritando de turbación, se besaron una vez. Aquella vez… Después, sus vidas se fueron cegando, separando. La vida y el mundo los separó. Sin embargo no todo acabó, ella está ahí, para siempre, a su lado. Es un vivo recuerdo más…


José Fernández del Vallado. Josef. 2007.

viernes, 15 de junio de 2007

1

DUNA.


Ahí estaba… solo. Siempre lo había estado, sin ser capaz de acostumbrarse a la soledad. No obstante, por vez primera, tuvo la extraña sensación de encontrarse a gusto en su aislamiento. Algo le hizo reírse sin saber bien el porqué. Tal vez se riera de él mismo, de su absurda situación, aunque a lo mejor no era más que satisfacción de saberse allí. Sí – podía ser – se dijo a sí mismo. Y prosiguió sonriendo con mayor complacencia si cabe.

Estaba sentado en la cima de una duna, en el desierto del Sahara, en algún lugar fronterizo entre Marruecos y Argelia. Había vuelto al desierto, a su desierto anhelado, para presenciar fascinado su impresionante vacío, o quizá para evocar en silencio sus ya olvidados días de felicidad. Hacía cuarenta años estuvo allí. No exactamente en el mismo emplazamiento, ya que aquello era prácticamente imposible. A no ser que en su día se hubieran tomado referencias desde un satélite y posteriormente se hubiesen medido parámetros y calculado en qué dirección y cuántos metros se había desplazado la duna durante ese periodo. Probablemente ahora se hallara descansando sobre cualquier otra altitud. Dado que aquello era un mar de dunas y las dunas se desplazan en la tierra al igual que olas en el océano. Eran muchos años, pensó. Serían casi las tres cuartas partes de su vida, pues no albergaba sobrepasar el cercano cenit de los setenta. Se sabía viejo y enfermo, sin apenas fuerzas, y en realidad se estaba muriendo. Era plenamente consciente del hecho.

Pese a mostrar cierto desasosiego, deseaba adivinar cómo iba a ser el momento en que habría de codearse con la muerte. ¿Reaccionaría? ¿Suplicaría por su vida? ¿Advertiría diferencia entre estar vivo o muerto? ¿Lo sabría?
Sin duda lo discerniría, pues ahora podía tener la certeza de estar vivo a través de sus actos: transpiraba, hablaba, sentía… Aunque en ciertos momentos aquello no fuera más que una vaga intuición.

Inmerso en sus pensamientos se preguntó. ¿Qué le había inducido a volver a ese lugar? Él, quien lo había encajado todo en la vida. Viéndose involucrado, en ocasiones, a luchar por conservar su vida; e incluso, comprometido a asesinar a sangre fría. ¿Y qué era la sangre fría? No, nada era cierto. La sangre fría no existía. Sólo era un concepto, un término urdido por el hombre para definir un estado hipotético. Aunque si se diseccionaba a fondo dicho concepto, un sentimiento permanecía insondable, omnipresente, y pese a resultar sencillo de pronunciar era… tan duro de sobrellevar. Lo vio con claridad: ¡Miedo! Aquello sí era tangible. Podía palparlo de muchas maneras y además, de cuántas maneras...
En parte aquello le indujo a realizar cuanto había hecho en la vida y también, a destruir lo que se había interpuesto. A fin de cuentas, en qué residía el juego de la existencia sino en una sucesión de vida y muerte, resolvió.

Volvió a echar de menos las horas perdidas, desperdiciadas en inútiles combates. Y percibió, que aunque él ya no estuviera, de alguna forma seguiría hallándose siempre. Si bien, si le fuese concedido vivir por más tiempo… Aunque tan sólo fuese constituyendo materia orgánica, o más exactamente, pensó con amargura, desecho inorgánico. No volvería a repetir las mismas atrocidades.
Pero era tarde ya para suplicar. Para volverse a mirar atrás. A partir de ese momento no se sentía ligado a nada, ni a nadie. No tenía ataduras ni por lo tanto, responsabilidades. Por el contrario era libre de hacer lo que quisiera. Y por una vez lo hacía. Había vuelto a África, su continente secreto. El último lugar donde a nadie se le ocurriría buscarlo. Y aunque lo hicieran ¿qué importancia podría tener ya?

Pese a todo, nadie le juzgaría. Al menos, no serían personas manchadas de sangre como él quienes lo hicieran. Sería esa tierra, esa arena descarnada y en apariencia despojada de vida, quien irónicamente y por sí sola, se encargara de hacerle contraer su deuda con la vida.

Una leve brisa sahariana comenzó a soplar y alborotó sus cabellos canos. Como suaves telas de araña, cubrieron en parte sus severas y ajadas facciones. Con manos temblorosas realizó un infructuoso amago tratando de retirarlos; se le enredaban y le penetraban en los ojos. Unos ojos gris azulado, que contemplaban dilatados la desoladora belleza del paraje agreste. Le costaba creer que todo siguiera igual después de tanto tiempo. Sobre todo, cuando las cosas cambian con desigual rapidez. Pero en el desierto, reflexionó, el tiempo no importaba y su espacio permanecía inmutable tal y como lo recordara desde siempre. Con las mismas dunas de líneas sinuosas, zigzagueando, describiendo semicírculos, coronando movedizas pirámides. Las mismas dunas de colores tornasolados: naranjas, ocres, amarillas intensas o mortecinas. Sin duda, en tanto la mano del hombre no las violara, seguirían siendo eternamente hermosas.

Tuvo sed y abrió la cantimplora. Apuró el último sorbo de agua en su reseca garganta, pero no aplacó su sed. La garrafa con el agua aguardaba abajo, en el interior del Land Rover. Ahora apenas un punto en el mar de arena. Allí también le esperaba Amhed, resguardado bajo la sombra protectora de una indolente palmera que desafiaba la mortal aridez de la explanada desértica.

Amhed no subiría. Sus órdenes tajantes eran permanecer allí pasara lo que pasara. Y Amhed respetaba las razones del viejo testarudo, su señor desde hacía años. No subiría. Y Dios le guardara de incumplir su mandato.

Transcurrieron horas en las que discernir si el tiempo discurría o no tan sólo estaba marcado por el lento declinar del sol, que acercándose imparable hasta la línea crepuscular, fue sumergiéndose en ella.

Al hombre le zumbaban las sienes y empezó a sentir el dolor de unos labios agrietados. En ese preciso momento recordó la mandarina que le aguardaba en el interior de la mochila; sin poderse contener, la tomó. Pero cuando la tuvo en su mano, comprobó que era en exceso pequeña para aliviar la sed. Inconscientemente la elevó hasta la altura de sus ojos y la comparó con el sol, al que sólo pudo mirar de frente gracias a sus lentes oscuras. Sí, era diminuta al lado del astro; en realidad cualquier cosa resultaba insignificante en presencia de la constelación de ardiente fuego nuclear. Sin embargo, era de un naranja intenso, casi rojo, similar al sol en dicho momento. Exhibía un tono desafiante. Como si retara a la estrella o quizá tan sólo la imitara a aquella hora del atardecer. Con su redondez exagerada, casi perfecta. No la abrió. Sencillamente la depositó sobre la cima de la duna y liberándola, la dejó deslizarse hacia el lado que la curva oscilante de la arena tuvo el capricho de ceder. La mandarina se escurrió pendiente abajo y desapareció absorbida en las tinieblas de la noche.

Cerró los ojos, y experimentó una rara y a la vez reconfortante sensación de bienestar. Y cuando volvió a abrirlos de nuevo, vio al sol fundirse en el horizonte y desaparecer engullido por las fuerzas de la tierra.

La noche sobrepasó al crepúsculo y la luna alcanzó su cenit. El hombre sintió un frío lacerante, que transformó sus exiguas y exprimidas gotas de sudor, en pequeños témpanos a la deriva que vagaban por su abultado cuerpo de viejo.

Más abajo, del infierno, surgieron cientos de hogueras y formaron una cadena de puntos luminosos que titilaban indecisos en la oscuridad, en tanto trataban de proporcionar algo de calor al frío rostro de dudosa candidez de la luna. Entonces se oyó el tambor del Tuareg, acompañado del triste lamento del chacal. Y a lo lejos, procedentes del vasto erial, se sumaron muchos más. Hasta que alertado, el fragor del simún, mediante su aliento, una por una extinguió las incipientes llamas, y solo permanecieron cenizas incandescentes.

Aquello duró parte de la noche, derivó en un incongruente susurro y finalmente cesó.

Al amanecer continuaba en lo alto de la duna. El más absoluto silencio lo envolvía y abrumaba. No había un ápice de brisa, no se oía el canto de pájaro alguno, ni cualquier rumor por leve que fuera delataba la presencia de vida humana o animal. Puesto que en semejante entorno, pocos seres vivos son capaces de sobrevivir. El hombre sólo escuchaba latir su corazón.

Luego vino la aurora. Y cuando el primer rayo del alba comenzó a despuntar bañando las rocas de luces mortecinas, al hallarse sometidas al brusco cambio de temperatura, chirriaron su indigno sufrimiento. Ese rayo también señaló al hombre, y su débil corazón extenuado de angustia, no aguantó más...

José Fernández del Vallado. Abril 2006. Arreglos mayo 2007.

jueves, 14 de junio de 2007

1

Solaz Ebriedad.





La mañana en la que fui declarado culpable y acusado a cuatro años de pena por atropellar a un transeúnte circulando en estado de ebriedad, estaba sentado en uno de los bancos de madera de teka de la audiencia. Tenía los labios oprimidos, la expresión torcida, y mis ojos azules abiertos de par en par, apenas parpadeaban mientras permanecían inmóviles sobre el rostro de la juez. Aunque, hubiera bastado con que uno solo de aquellos distinguidos magistrados se incorporaran y me dedicara unos instantes de atención, para precisar que yo en realidad no escuchaba. Era cierto, ni siquiera estaba presente. Me había ausentado. Para ser exactos lo que se había interrumpido era mi cerebro.



Era curioso, pensé. Podía ver a Cristina como si la tuviera delante de mí.

¿Era hermosa? Más que eso. Veía su semblante de sonrisa desenvuelta resaltar sobre su cérea piel de impetuosa andaluza, su nariz fina y perfilada, su cabello oscuro con tonalidades rojizas, y aquellos ojos almibarados capaces de dosificar por igual odio y pasión; y que ciertas veces, reflejaban un inexplicable destello de temor. Por ello, no era aconsejable adentrarse en sus canales sin correr la posibilidad de perderse en un laberinto de dudosa oscuridad y peligro.



Recordaba el día anterior a que todo sucediera, de eso hacían casi cuatro años, aunque la distancia y el paso del tiempo apenas habían hecho mella en mi ánfora de vidrio, donde todo continuaba conservándose igual de hermoso y sublime. Ese día hicimos nuestro tercer aniversario como pareja. Dejé atrás mi trabajo. Era una firma de contabilidad donde todo funcionaba en base a sumar y restar, y en la que yo tan sólo era un número con un sueldo que fluctuaba al impreciso ritmo de la bolsa.

Iba a recogerla a su casa. En la carretera, como torrentes de agua translúcida, los destellos tibios del sol iluminaban mi semblante transpirado, en el cual se dibujaba una indecible sonrisa de satisfacción. A mi lado, dentro de un paquete verde, unos preciosos jeans, un juego de pulseras de bronce y en mi bolsillo, en una cajita negra aterciopelada, mi sueño: El anillo de compromiso.



Vino a mí apresurada, con su adorable andar patizambo, jadeaba de ansiedad y regocijo. Nos dirigimos al parque, caminamos poco y en seguida nos acomodamos en un banco. Le entregué la bolsa con los regalos. Comenzó a estudiarlos con detenimiento; los jeans le encantaron. No pudo resistirse; carcajeando se ocultó bajo unos aligustres y se cambió. Le quedaban perfectos. Me sabía sus medidas al dedillo. Nos besábamos, pensaba en hacerle entrega del anillo, cuando una nube comenzó a cubrir el sol lentamente y en instantes, la tímida llovizna se transformó en rabiosa tormenta. Cubriéndonos con la bolsa y los viejos pantalones, abrazados, sin cesar de reír, escapamos al coche. Y cuando estuvimos dentro, empapados, permanecimos en silencio. El atardecer se diluía y ella, ella era un sombra dulce de ojos brillantes. ¿Quién era? ¿De dónde venía? Sostuve siempre que se trataba de una diosa naciente que acudió para salvarme cuando estaba perdido en situación de luz roja en la ciudad. Y estaba allí, conmigo. Sus senos oscuros, de pezones rojizos, suaves como aglutinante; sus labios blandos encarnados y carnosos. Sus manos, ágiles almohadilladas de felino; su cabello suave y resistente. “Mírame, rózame, deséame. Unamos vidas y desamparos.”



Perdí la confianza en existir cuando mi mejor amigo murió en un terrible accidente. Ella me enseñó como respirar de nuevo en la putrefacción de la ciénaga. En cambio ahora mi exterior seguía inmóvil, en apariencia establecido, fijado en el banco de la fría sala de audiencias, mientras mi interior se agitaba y casi gemía, en tanto contemplaba evolucionar aquel perfil sugestivo, cuyos rasgos de espectro felino se despojaban de los jeans que le compré para permitir unirme a ella. Sus piernas largas, pulidas, extremas, nuestros agitados vahídos. El auto se convirtió en un generador de calor apasionado donde rompimos a sudar hasta finalizar...



A continuación fuimos al cine. Se proyectaba una película, no recuerdo su título, pero sí a su actor principal: Hugh Grant, el inglés de la eterna sonrisa.

Se abrazó a mí durante la proyección y no cesó de reír los absurdos gags humorísticos.

Luego cenamos en un restaurante del centro. El ambiente estaba cargado y tampoco me decidí a entregarle el anillo. Sobre las dos de la madrugada la acompañé hasta el portal de su casa.

Vivía en un barrio sombrío de Villaverde, la calle era angosta y estaba mal alumbrada. Pero eso ya no duraría mucho más, me dije. Aparqué unos números más abajo, me disponía a entregarle el regalo pero antes me sorprendió con la noticia. Me dijo:

“Mañana me voy.”

Recuerdo que en principio lo tomé a broma y me reí. Incluso le contesté algo así como “Claro. Te irás a vivir a un barrio más chulo.” Pero ella se puso grave y señaló. “No. Me voy a vivir con una prima a Ontario, Canadá.”

Lo confieso, tras escuchar aquella frase, me quedé sin palabras; o quienes giraban en mi mente como peonzas eran precisamente las palabras. No era capaz de explicármelo. De pronto, enfáticamente, se abrazó a mí y me dijo:

“Lo sé. Gracias por regalarme estos tres bonitos años.”

¿Y qué sabría ella sobre lo que yo sentía?, me pregunté.

La miré sin voz. Aunque lo hubiera querido, en aquel momento, mi garganta era incapaz de emitir el más leve murmullo de lamento o de queja. Ella prosiguió.

“Todo se acaba en algún momento. Es mejor así.”

Suspiro y añadió.

“Nuestras vidas deben continuar. Tú por tu camino y yo por el mío...”
Recuerdo que llegué a balbucear un tímido: “Y qué hay de... nosotros.”

Cuando formuló su respuesta, mi corazón reventó mil veces como una vajilla defectuosa, y aún hoy sigue haciéndolo:

“¿Lo nuestro? No tiene sentido.”

Sonrió levemente y agregó.

“En realidad jamás lo tuvo. Sólo era pura diversión.”



Como dicen los franceses, estaba “touche*”. Ella me abrazó – ¿una vez más?– No lo sé. Salió del automóvil, y antes de irse definitivamente se acercó a la ventanilla. Mi mente, nublada, estaba sobrecargada de imágenes yuxtapuestas, como un film calcinado. Imaginé que en ese instante me iba a besar, que rectificaría lo dicho anteriormente con la encantadora sonrisa con la cual me había subyugado desde un primer instante. En cambio, de su boca salió:

“Ah, y no llames, ni me sigas. Sería un error por tu parte. Espero que hayas comprendido la situación.”



Al cabo de un rato comprendí la situación: ¡Estaba roto! Entonces hice lo que jamás hubiera imaginado. Yo, una persona en apariencia flemática, e incluso sosegada... La llamé. Tomé el teléfono con ansiedad, las manos me temblaban de desesperación al marcar, y le conté la verdad. Bueno, por primera vez, le relaté una versión a mi gusto. Le dije que tenía un anillo de brillantes para ella por su cumpleaños, y que, debido a la sorpresa, había olvidado entregárselo. Pero que quería dedicarle ese último detalle. Y en el fondo, lo único que deseaba con desesperación, era poder verla otra vez. Sólo una vez más... ¿La última? No, mi mente se oponía con nerviosismo a que fuese la última.



Es difícil precisar lo que puede pasar por el juicio de un ser despechado; tal vez pierda el rumbo y el dominio de la situación. Sí, a veces no sabemos quién o qué clase de ser se esconde en nuestro interior hasta que abordamos momentos de semejante magnitud. Aunque tampoco haya mucho que hacer. Sucede como un relámpago que nos deslumbra y en el cual no hay cabida para reaccionar; y, sin embargo, hemos de justificar cuales son nuestros verdaderos sentimientos, y rápido. ¿Cual era mi disposición hacia ella? Es fácil de resumir. El más profundo intenso e incognoscible amor, de pronto, se había revertido en su más feroz antónimo: odio...

Me detuve frente a la puerta. No tardó en salir del portal a trotecitos con su adorable andar patizambo. Pensé en insultarla, rebajarla, en largarle las insolencias más graves y duras que guardo en mi memoria. Incluso deduje que se merecía un par de guantazos. Pero cuando la vi desenvolverse con aquel estilo, aquella fisonomía de arquetipo delicado, oí su voz vibrar como el trino de un jilguero, contemplé una vez más su reducida cintura oscilarse como la de un histrión, sus manos deslizarse con la suavidad de un felino sobre la ventanilla del coche, a escasos centímetros de las mías, no fui capaz de hacer nada. Excepto respirar sofocado y tratar de retener el momento para procurar que discurriera con la mayor apatía posible.

Y así es como lo recuerdo: A cámara lenta. Pausada, aunque digamos, de baja definición.

Le robé un beso. Un último beso. Y, de repente, no me resultó un ápice semejante a los demás. A aquellos besos divinos, dignos de seres inmortales. Lo supuse, las cosas habían cambiado. En realidad era como si la inmensidad del universo hubiera dado un vuelco de noventa grados sobre noventa. Entonces lo supe. Al percibir revolverse inquieta su maldita lengua de víbora en mi paladar. Aquel era un beso de codicia. Y descubrí más cosas. Ocurrió como si de pronto, y en breves instantes, me retiraran una venda de los ojos, tapones de los oídos, algodones de las fosas nasales. Y todo el estrépito, mal olor, suciedad, asco, y fealdad grosera y oculta hasta entonces, penetraran de súbito en mi interior. El sueño se convirtió en pesadilla. Le entregué el anillo, pisé a fondo el acelerador, y ya no dejé de hacerlo durante toda la noche; cayendo cada vez más y más bajo. Descendiendo a los avernos de una ciudad que desconocía. Sé que hice de todo, y no creo que haya nada de lo que tenga que enorgullecerme aquella noche; con todo, apenas recuerdo... Hasta que toqué fondo y me arrastré como un reptil mutante.


No supe muy bien cómo ocurrió. La cuestión es que de madrugada, bebido como un tonel, con la maldad ardiendo igual que un tizón en mi interior, estaba allí de nuevo. Aguardaba a que ella saliera. Y naturalmente lo hizo. Comenzó a cruzar la avenida rebosante de equipaje. Entré en escena, y la arrollé.



El resto es chapuza ¿pura casualidad? o se lo debo a ella. Por fortuna los inspectores de la policía no saben ni descubrirán jamás nuestra relación. De tal forma nunca seré acusado de alevosía y premeditación y en cuatro años, o tal vez menos, estaré en la calle. Ella misma se cuidó de ocultarlo. Ni siquiera figuraba mi número en su móvil. ¡Ni una palabra, escrito o mero recuerdo sobre mí entre sus pertenencias! Cristina y su solitaria forma de afrontar la existencia. Alejada de su familia a la cual abandonó en su pueblo de Andalucía y borró de sus recuerdos. Mantuvo siempre que lo nuestro era y debería ser algo, secreto. Lo cual convertía nuestra conexión en distinta y maravillosa, afirmaba. Mientras que yo, como un ingenuo, absorbía sus conceptos y la seguía en todos sus… ¿juegos? Porque ahora lo sé. Su proceder se basaba en travesuras. En vivir a costa del otro. Era un maldito juego en el que, ese mismo amanecer descubrí, ebrio, pero conscientemente perverso, tampoco existían los límites...



José Fernández del Vallado. Josef. 2007.

sábado, 9 de junio de 2007

6

Siempre en el mismo Lugar...




Está siempre en el mismo lugar, inalterable, en “su refugio” de la parada del autobús de la umbría y popular calle Toledo de la que nunca salió. Usa chaquetilla gris de lana recia, zapatillas de fieltro y piel de conejo, un par de polainas de lycra picadas, falda de tejido grueso y una bolsa de plástico conteniendo su vida. A sus espaldas, la puerta azul turquesa del Barclays Bank resalta onerosa; funcionarios trajeados entran, salen, hablan, echan cuentas, y ella prosigue invisible al locuaz proceso de conductas irrevocables que se maneja a su alrededor. Se arrellana ¿quizá a la expectativa de un nuevo y más confortable autobús de existencia? ¿Está exánime en vida? Se me ocurre, que como la vida es un innegable proceso de muerte, ella quizá sólo hace que arrogarse unas horas de empeño…
No habla, dormita y parece aguardar, aunque nunca toma el bus. ¿Acecha? Tampoco dirige la palabra pide perdón reza suplica o se queja, y se fija en el bullicio que gira a su alrededor con el mismo desdén de quien vio desfilar una procesión hace décadas. Poco parece importarle haga frío calor llueva nieve hiele o sople un tifón. Bebe vino rancio, barato, y lo hace con dignidad. Ni siquiera es alcohólica de bulto, no habla sola y si masculla, jamás la verás hacerlo en alto. Al ser preguntada, con amabilidad de salón, responde frases de elegante disuasión. “Está bien. No necesito ayuda. No estoy sola. ¿Si tengo a donde ir? Ya estoy aquí. Este es mi sitio. Mi sitio. Mi sitio… Estoy segura. Sí. No se preocupe. No estoy loca. No. Segura. Segura, por completo.”
En general, la ciudad convive junto a ella, con la misma naturalidad que lo hace con ratas, cucarachas y ladrones; pero ella no tiene que ver. Su cabello cano, su forma de desenvolverse, anuncian dignidad y un pasado, como mínimo, juicioso.

Termino el trabajo de madrugada; es invierno. Vuelvo deprisa, las manos en los bolsillos, el viento desbasta mis labios y silba en mis entrañas, la calle está en silencio y las estrellas titilan de frío. Entonces oigo cantar y la descubro, es ella; mediante un clamor amortiguado, tenue y tierno, exquisito, abrazándose el pecho con sus brazos duros como rizomas, un par de mantas echadas sobre su abultada espalda de vieja, la botella a sus pies, mediada, y la cabeza ladeada, deja escapar notas que hablan sobre un lugar donde una vez hubo amor.
Paso a su lado, por un instante me detengo; pienso en llevármela, la noche es infame, cruel, todos los días pienso en lo mismo y ¿por qué no lo hago? ¿Por qué no sé reaccionar? ¿Soy insensible? Me comporto como la ciudad. ¿Formo parte ya del duro granito y metal de la ciudad? Sí, tal vez…
Está oscuro, algo brilla. Miro al cielo, a las marquesinas de los edificios, parecen retorcerse y agacharse hasta abrazarse entre sí; da la admirable impresión como si desearan resguardar la soledad y el silencio. Hace silencio, excepto la melodía. La miro. Alza la cabeza se vuelve y me contempla, nunca lo hizo antes. Revelo la procedencia del brillo, está en sus ojos. Resplandecen con incisa profundidad en la penumbra, un escalofrío arquea mi cuerpo. Una voz suave, delicada en exceso, me anima con inesperada placidez.
“Vete, regresa a casa. Tu mujer te espera.” Y añade más tensa.
“Lo sé. Sé lo que piensas. Todos lo creen. Pero yo estoy en la mía y No tienes nada que hacer aquí,” advierte. Y sonríe. ¿Sonríe? ¿Está ebria? Cómo sonreír sin tener hogar ni familia ni… ¡nada! Aunque a lo mejor eso es lo que yo establezco…
La miro con miedo, recelo a lo desconocido, lo sobrenatural me aterra, me sobrepasa. Bajo la cabeza, me giro y balbuceo.
“Adiós. Hasta mañana.”
A mis espaldas oigo un bondadoso “hasta siempre.”
Luego, la misma melodía me acompaña durante la noche. Y a la mañana siguiente continúa implantada en mi mente.
Y hoy, tras más de treinta años de aquello, está dentro de mí. Se encuentra siempre en el mismo lugar, “inalterable”, pero a la vez muy tenue tierna y exquisita, abrazada en “su refugio” de la parada del autobús de la umbría y popular calle Toledo de la que nunca tuvo necesidad de salir…


José Fernández del Vallado. Joséf. Junio 2007.

miércoles, 6 de junio de 2007

4

Escarbando en los recuerdos: Primera tarde de amor.






Otro día. Un día más de imperdonables vueltas y quiebros por un Madrid caótico. Hace calor. Me siento un instante para tomar un refresco y descansar. De pronto me doy cuenta con desconcierto. Estoy sentado – como hice aquel día – justo en el Café Central. En una mesa cercana a la salida del metro Bilbao. Entonces, algo pasa. Me revuelvo incómodo, mientras mi mente sin detenerse comienza a caer, a retroceder, se precipita perdida entre las manecillas del tiempo. De súbito, se detiene. Ante mí se abren unas cortinas y penetro en un escenario del pasado.

He quedado con ella, con mi primer amor…

Nos conocimos días antes, bueno, a decir verdad, nos llevábamos estudiando una temporada. Ella, es amiga de Alicia, compañera mía de toda la vida... Aunque “toda la vida” sean sólo diecisiete años, para mí, eso es ya un vasto mundo.

Es curioso, para ser octubre apenas hace frío. Es una tarde anodina. No es brillante ni oscura, calurosa ni fría. Los contornos son de un color gris apagado en la plaza. Para lucirme, me puse mis pantalones marrones, ceñidos con bolsillos a la altura de los muslos. Como es natural, no están de moda; detesto las modas.

Fumo cigarrillos rubios, fortuna, y voy por la segunda cerveza mahou. Ni que decir, me encuentro inseguro, y por ello, nervioso.
Mis ojos, mi mirada, mi tensión, no se apartan un instante de la bocana oscura del metro. Origen de mi angustia y a la vez perentoria ansiedad. En manadas, la gente brota expulsada de su infierno viciado y calorífero.

He quedado con ella, con mi primer amor…

El gentío, es también para mí una masa gris multiforme; sin color apariencia, ni voz. Los sonidos se mezclan confusos, forman un estrépito que crea un fondo similar al falso escenario de un metraje.

Y de repente, allí está. Viste una chaquetilla amarilla, pantalones negros, ajustados. Su cabello rubio, ceñido en una coleta, deslumbra destacando sobre el gris enrevesado e iracundo de la ciudad inmersa en su interminable guerra comercial.

Alzo la mano. Me descubre, ladea la cabeza. Sus labios finos y anaranjados, sin pintar, despliegan una sonrisa que subyuga por completo mis ideas, mi raciocinio, mi carácter. ¿Dónde estoy? Me cuesta encontrarme a mí mismo replegado bajo el paraguas que forma su primer beso cálido, directo, sin rubor; pero más me pasma preguntarme. ¿Dónde estuve esos años? ¿Perdí el tiempo retozando entre cochecitos, baloncesto y demás… mientras mi clarividencia me negaba la existencia de tan sublime paraíso?

En un instante ella está sentada a mi lado y habla sin cesar. Yo, por el contrario, apenas soy capaz de articular escuetos movimientos, siempre afirmativos, con la cabeza. Porque, tras recibir su primer beso, es mi unidad superior, la única extremidad que no tiembla.

Al cabo de indescifrables momentos, dejamos el lugar y avanzamos calle abajo. ¿La tomo de la mano o es ella quien lo hace? Sí, ella está segura. Se conduce en el camino del amor con innato placer y sabiduría. ¿Está acostumbrada? En realidad está a años luz, pero aquella tarde nuestras mentes, nuestras palabras, nuestros actos, por una vez se aproximan. No está mal lo que a veces pueden lograr dos personas dos espíritus, que no tienen nada que ver en la vida. Ella es en todo diferente. Según vamos hablando, lo averiguo. Pero no le doy importancia. Las diferencias no existen en el amor, sino fuera de él, percibo. Y, sin embargo, nuestras vidas se han aproximado por una tarde, por unos meses, y volverán a separarse para siempre, por y para la eternidad. Ahí radica lo maravilloso de la vida. Y ya jamás la olvidaré. Quedan los recuerdos. ¿Para qué sirven? ¿Y qué haríamos sin ellos?

Entramos en un bar. Llevamos caminando toda la tarde; dio igual de qué habláramos. Abajo hay un apartado. Allí nos reencontramos, tratamos de atravesarnos, de desnudarnos mutuamente sin palabras. Olvidamos las preguntas, las dejamos atrás. En el fondo sabemos que no son preguntas lo que uno busca en la vida sino respuestas. El primer beso es sensual y apasionado. Como hacer el amor con la boca. Después nos abrazamos, nos restregamos. ¿Cuánto tiempo estamos así? Me hubiera gustado cronometrarlo. Hoy me pongo científico. En el fondo me da cierta envidia pensar lo que fui y era capaz de hacer a tumba abierta. Ahora soy más introspectivo; pero ¿para qué serlo si existió el amor verdadero?
Sí… ese amor que hoy también está en situación de peligro. Explotado por el marketing de multinacionales y convertido en espectáculo de masas. ¿Cuantos creen ya que exista? ¿Qué sea posible? Aunque parezca mentira han hecho de el otro valor en decadencia, en exterminio. Puesto en el punto de mira de una sociedad ambiciosa y depredadora, enloquecida por un ilusorio valor monetario. Puestos a pensar: ¿Qué dirá la historia de este periodo “oscuro” si acaso se logra superar? Por el momento no hay indicios de que vayamos a hacerlo. Hoy, somos más egoístas que nunca. Sí, tú yo, nosotros: ¡Todos!

Y sin embargo, había quedado con ella, con mi primer amor…

La tomé entre mis brazos y la besé y nos besamos y la acaricié. Ella hizo otro tanto conmigo. Y suspiramos hondo y olvidamos, y olvidamos que allá fuera, en el exterior, lejos o quizá al lado mismo, hacía frío y había gente sin hogar; gente muriendo en guerras; padeciendo suplicios, torturas; gente viviendo esclavizada o derrochando millones y creyéndose dioses; gente asesinando; gente asesinada, ultrajada, violada… Y entre todo ese marasmo de humanidad, estaban esas personas, tal vez las más viles. Pues buscan comerciar con el amor y hacer de el un espectáculo banal y aberrante; con el único objeto de llenar de sucio dinero sus asquerosas cuentas bancarias.

La tomé entre mis brazos, salimos del local, ya era de noche. No hacía frío ni calor, no se oían voces ni ruidos altisonantes. En realidad, podría decirse, todo era “casi perfecto.” Hablábamos con absoluta franqueza y sonreíamos en todo momento sin desprendernos nunca de la mano y sin titubear. Y así era; en aquellos momentos éramos y fuimos, inmensamente felices. Fuimos uno. Y ahora, debo confesar que pocas, muy pocas veces, he sentido una felicidad tan sana y pura sin tener nada más que ofrecer que amor por amor a cambio de mucho más amor…


José Fernández del Vallado. Josef. 2007.


viernes, 1 de junio de 2007

3

Escarbando en los recuerdos: La canica.








Una tarde, removiendo en mi cuarto trastero, descubrí un pequeño cofre de madera; era verde satinado. Mediría unos quince centímetros de largo por diez de ancho. No recordaba de donde salía aquel misterioso objeto hasta que lo abrí.

Dentro hallé cuidadosamente dobladas unas hojas. Contenían las letras de canciones que compuse para un grupo del que formé parte a los diecisiete años, y cartas de amor que escribí sin enviar expresando mis anhelos a la que tal vez fue la primera novia de mi vida. Al proseguir recogiéndolas, de entre ellas, se deslizó una canica de vidrio con vetas de color difuminado. La tomé entre mis manos y la observé con detenimiento. Tenía una muesca en su superficie. De súbito la reconocí. Entonces mi vida dio un vuelco y el pasado retornó a mí en toda su potencia y esplendor.

Hacía una tarde sofocada en angustioso calor; atardecer de verano, supongo. Aunque no recuerdo bien en qué fecha estábamos, escarbando en los recuerdos, veo a mi madre disponiéndose a llevarnos a mi hermano y a mí a la Finca del Pardo, para así tratar de escaparse unos instantes de la ciudad y su agobiante entorno de calor. Tal vez nos bañáramos en una poza del río, y aunque no sepa con certeza si llegué a hacerlo una vez, sospecho que así fue.
Mi hermano: delgado, de brazos largos, tórax comprimido, cuello fino y estrecho, boca pequeña de labios torcidos. Sus ojos, redondos y brillantes como canicas, observaban con curiosa intensidad, y a veces aire de desconcierto, la vida que rondaba nuestro alrededor.

Mi hermano, jamás fue jugador, y sin embargo aquella tarde supo competir…

Mientras se arreglaba, nuestra madre nos mandó bajar y esperarla en el portal del edificio.

Salimos correteando. Benjamín, el portero, no salió a recibirnos. Lo cual nos dio la confianza para desenvolvernos quizá con mayor desahogo. No sé de quién partió la idea. Tal vez de mi mismo. Recuerdo que por aquella época se estilaba jugar a las canicas y también, que fue el primer juego que me enseñó de alguna forma a vislumbrar la crueldad de la vida.
En la escuela nos entreteníamos apostándolas. Y como suele ocurrir, ganaban los mejores. Por ello no era conveniente tomarles afecto. Pero un niño siempre será un mocoso amoroso. Yo me enamoré de mi primera canica blanca irisada. Era un nuevo modelo muy valorado que acababa de salir en el mercado. Tan sólo tenía una de esa clase; y no estaba dispuesto a perderla. Por eso nunca apostaba con ella. Para superar tales aflicciones tenía las otras; las malas e infravaloradas…

La tarde era apacible. Salimos al patio. No recuerdo cruzarme con ninguna persona mayor. El patio era de tierra amarilla, con setos muy bajos demarcándolo. El lugar ideal para jugar, y donde mi hermano y yo iniciamos la partida.

Mi hermano, jamás fue jugador, pero aquella vez supo competir...

Quizá sea una de las pocas veces que me ganó. Tampoco es que yo sea especialmente bueno en algo, pero él solía ser peor. No le interesaba competir, y hacía muy bien. Aunque no aquella tarde. Aquella tarde, una tras otra, me fue arrebatando las canicas la piel y la sangre; hasta que sólo me quedó la magnífica, la inapostable. Y por una vez, quizá por tratarse de mi hermano, arriesgué y la perdí. Entonces como suele y solía ocurrirnos a menudo a los niños – aunque quizá más a los mayores – no supe perder.
Después de entregársela, angustiado, se la reclamé. Y ahí comenzó el cataclismo. Como es natural se negó a devolverla, ya que la había ganado justamente. Yo era astuto, soy astuto… pero quizá mejor bribón. No sé cómo le engañé. Él me cedió algunas más y jugamos otra vez.

Comenzó a competir con ella. No sé si lo hizo para lucirse o porque yo le dije que no había juego si no la exponía. El caso es que aquella esferita que yo consideraba de mi pertenencia y que había permanecido durante más de dos meses sudada en los bolsillos de mis pequeños y desarrapados vaqueros, se paseaba ante mis ojos. Estaba en manos de otro; y aunque fuera mi hermano, lo único que me importaba era recuperarla. Al cabo de un rato la revancha estaba servida: desperdiciada. Sólo vi una solución para recuperar mi tesoro. La respuesta de los políticos sin recursos, de los oportunistas, de aquellos que cuando crecen se creen superiores. El robo. Arrebaté la canica y salí huyendo.
A mis espaldas oí voces confusas: alto, espera detente… Estaba seguro, mi hermano me perseguía, era mayor, más rápido y sobre todo, más fuerte. De no alcanzar el ascensor me atraparía y entonces ya no habría canica y en cambio sí una tunda y días de sollozos…

Entré en el portal. Corría con locura, como un temporal embravecido; la canica aferrada en mi puño derecho, y es que soy zurdo. Pero la atrapé con la derecha y de allí no saldría.

Alcancé la puerta interna del portal, detrás estaba el ascensor. Era un portón de cristal con marco muy estrecho. Con precipitación apoyé la mano para abrir y en lugar de hacerlo en el marco de madera, lo hice sobre el cristal. Cedió y la atravesé. Una lluvia de espejos afilados se abatió sobre mí, al tiempo, proferí un aullido de angustia y terror… Hoy sigo sin saber de dónde salió ni cómo hice para lograr aquella inflexión desquiciada. Aquel grito profundo y salvaje, con tan sólo siete años. Soy y seré incapaz de repetir nada de semejante intensidad y atrocidad en la vida. Sin duda fue un grito de muerte, ya que la muerte me rondó. Lo supe después. En forma de guillotina, un vidrio permaneció balanceándose, a sólo centímetros de mi nuca. Me lo dijo el portero, que impresionado por la fuerza del alarido, subió las escaleras desde su casa y me sorprendió allí; temblando, pálido y confuso. ¿Mi hermano? No sé. Supongo estaría detrás, sin atreverse a mover un pelo de su alma.

Cuando subía con el portero en el ascensor comencé a sangrar. Parecía un grifo sin presa. Dejé el ascensor cubierto de sangre. Me llevaron a la clínica, iba tan atontado y desfallecido, que casi perdí el conocimiento.
Me lavaron y cuando fueron a anestesiarme alguien se fijó en mi puño crispado. Tuvieron que pedirme que lo abriera. Finalmente, con dificultad, extendí la palma. Y allí; limpia, inmaculada, sin una gota de sangre que empañara su brillante superficie, se hallaba mi valiosa canica con vetas de color difuminado.

José Fernández del Vallado. Josef. Mayo 2007.


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Polar breeze-Alice moon

videoarte


sábado, 26 de mayo de 2007

6

Amor con Puntos Suspensivos...






Sales del trabajo tarde, muy tarde. Son las tres de la madrugada cuando llegas a aquel pub lejano esperando encontrar los amigos y la descubres sólo a ella. Está sentada, cabizbaja, algo debió de pasar. Alza la cabeza. Te ve. Corre hacia ti y te abraza con la ilusión de una niña emocionada…

Tú no preguntas, no esperas respuestas, la respetas. Ella tampoco habla. Se abraza a tu cuello, sus ojos de cristal te miran felices y quizá, borrachos de amor.
Pides una copa. Ella te toma de la mano, te saca a la pista, danza a tu alrededor mientras ríe de una felicidad contagiosa.

“Sabes… es la primera vez que estamos a solas.” Te espeta al oído.

Tú te maravillas. Y al cabo de la segunda copa arrojas todos tus miedos y preocupaciones por la ventana y te mueves; giras abrazado a ella, sin cesar de mirarla. Ríes, gesticulas y parloteas con embriaguez.

Subes las largas y angostas escaleras que dan acceso a la salida persiguiéndola. Te sientes joven y audaz. De sopetón, un aliento cálido con sabor a dulce de turrón y una oscuridad azul como la de una fantasía irrumpe en tus pulmones y en tu ser. Os detenéis en un banco de piedra al otro lado de la calle y contempláis el silencio. Las estrellas resplandecen con el áurea de un óleo de Van Gogh; el pueblo está impregnado de un sopor a verano y a flor damadenoche. Un mutismo relajante empapa tus sentidos y te llena de sobria placidez. Percibes su brazo al pasar por tu cintura y una voz murmura de nuevo en tu oído.

“¿Estás perdido verdad? No sabes lo que quieres…”

Te vuelves a mirarla. Vislumbras su bello y moreno perfil de cíngara. Y sí, sabes lo que quieres. Pero también lo que ya no podrás obtener.

De pronto ella te besa en la boca. Te sorprendes, dudas un instante, y le devuelves el beso. Os separáis, volvéis a juntaros y a abrazaros, sonreís inquietos. A continuación, mediante un leve titubeo, ella dice.

“Puedes… llevarme a su casa.”

La amas. La deseas. Pero no puedes hacer nada. Es la novia de tu mejor amigo...


José Fernández del Vallado. Josef.




martes, 22 de mayo de 2007

1

Vivir su Libertad.






- Dedicado a las magníficas mujeres del mundo. -



Lo hizo por negarse a consentir una vida llena de imposiciones y castigos, y porque, pese a ser todavía joven, no recordaba de su infancia y su corto pasado más que un suplicio de trabajo y malos tratos.

Lo hizo porque cuando divisó una brecha de esperanza y se introdujo en ella con apenas quince años. Esa brecha quedó grabada en su carne con sangre para siempre como un vergonzoso recordatorio de su despreciable condición.

Buscó aquel amor del que tan bien y tan encendidamente le hablaban los poemas de Rabindranath Tagore, pero sólo encontró un eterno y solitario barranco sin fondo en el que se perdían, vanas, las promesas.

Encerrada en su prisión de barrotes de oro sufrió latigazos de crueldad, doblegada por su marido, quien no conocía más límites que los de la insidia y el odio. Él se mofó de ella, y como si fuera una ramera, llevó a su hogar a otras mujeres con quienes hizo el amor en la estancia de al lado; para que fuera testigo de sus jadeos de placer.

Lo hizo porque las ratas no son dignas de vivir en el mismo plano que seres humanos sensibles, y es menester limpiar la escoria. Pero sobre todo lo hizo y se alegró, por proteger a sus retoños de la mano cruel del hombre vehemente.

Lo hizo amparada en la oscuridad de la noche, donde el reflejo de la luna en la afilada hoja de la daga representó un destello de fe y renovada esperanza. Cubrió sus manos con sangre, dio muerte y castró al macho endemoniado, para que jamás hallara descendencia.

Al huir sus pies rozaban el suelo del mundo y lo eternizaron.
Alcanzó un cruce de caminos; ante ella se extendían amplias y rectas veredas. Acudieron a ella las fascinaciones de los caminos aún inexplorados y las ganas de vivir la libertad.

Iría tras el viento, seguiría a las estrellas, allí hasta donde el alba empieza a brillar. Acompañaría a los peregrinos enamorados en tanto se prometen canciones y odas de amor.

Pero allá, ya no tan lejos, ladridos de perros y un reguero de antorchas estaban a punto de quebrar su justa libertad. ¿Qué sería de sus hijos cuando se viesen solos en un mundo injusto? Pensó. Imploró a Shiva al Yantra y a todos los Dioses conocidos, y reuniendo valor, se embarcó en una patera.

Crujidos desconcertantes, gemidos de almas heridas… Una balsa se meció a la deriva envuelta en el secreto y mortal misterio del mar.
Al amanecer todos suplicaban. Sabían que iban a morir y por eso se asían los unos a los otros en un abrazo que presentían desesperado.

De repente, de madrugada, como si alguien hubiera extendido millones de ropajes para lavar, surgió una playa de arenas blancas y limpias, en la cual desembarcó y se tumbaron. Entonces ella lo supo y lo sintió, o mejor, dejó de sentirlo. El yugo de la tiranía y el miedo había desaparecido. Había llegado. ¡Estaba en un nuevo mundo..!




José Fernández. Josef. Marzo. 2006.

martes, 15 de mayo de 2007

2

Nadaria.








Recorrí mi presente
y en segundos accesorios
se transfiguró
en pasado sin recuerdos.
Y qué de la añoranza
cuando la memoria
es olvido.

Me esforcé en presentirlo
atravesando apogeos
de consecuencias
ilusorias.
Busqué su aroma
en aquella estancia extraviada,
tras el fragor
de una tramontana.

Y su perfil sin fisuras
su desliz puro y llano
su carisma profundo,
largo, miriápodo, versátil,
galanteó en mis secuelas de alivio.
Y lo entendí.

Donde hubo amor núbil
jamás podrá excluirse
consumación de substancia.

Volví la vista allí;
al más allá de un allá
colindante y ponderado.
Abrí la boca, aplaudí;
gemí, grité, aullé, ladré…

Hacía calma en Nadaria.
Frío, recuerdos errantes.
“Sus ojos…”
Brisa cálida, sutil, aleatoria.
“Sus palabras…”
Muerte imperfecta, vencida.
“Sus actos…”
Calor, hogar de acogida
“Su estirpe…”
sin dudar envolvería
“Su valentía…”
cualquier olvido en su génesis,
“Su vida…”
con su amor, mi amor
y el de ambos…




José Fernández del Vallado. Josef. 15 de Mayo.


A mi hermano. Vive donde yo sé…












1

Convulsión.








Podía sentirlo. Me fallaban las energías. Caminaba a escondidas en un paisaje tallado por estructuras amorfas, metálicas. Entonces recordé.

Sucedió hace décadas. De repente una mañana de primavera el ambiente se colonizó con cientos de mariposas. Las hallaba de los tonos más vistosos e incluso voluptuosos: leonadas, naranjas, blancas, esmeraldas, marrones, rosáceas, etc. Nadie supo ni pudo explicarse de dónde habían surgido. Revolotearon embelleciendo el paisaje durante un solo día, y a continuación, sucumbieron. Aquel día acompañé a Marta a una exposición sobre el cambio climático. El despliegue de matices nos pilló por sorpresa y nos ayudó a enamorarnos más el uno del otro, de nosotros mismos, de la vida y su misteriosa naturaleza.

Lo del cambio climático por aquel entonces era ya una enfermedad desatada e imparable, y la manifestación de las mariposas, resultó ser uno más entre los acontecimientos que se reprodujeron en un Planeta moribundo.
La humanidad tuvo la culpa. Cerró los ojos mientras consideraba con arrogancia y dejadez que al final todo se solucionaría. Como es natural, semejante grado de desidia desembocó en cataclismo.

Yo no fui mucho mejor. Me limité a recluirme en mi hogar. Mi casa era un espacio de naturaleza que sobrevivía milagrosamente inmerso entre una vorágine de hierros y civilización como un islote olvidado. Aunque cada vez más disminuido dentro de su propio ecosistema.
Marta me visitaba y me informaba de los desastres. Ya que fuera sólo ocurrían desastres, no podía ser de otra forma.
No recuerdo el día en que comencé a hacer el recuento. ¿Qué recuento? OH, es sencillo. El de la naturaleza que poblaba mi islote.
Constaté tres parejas de conejos, una de liebres, siete ardillas, veinticuatro palomas torcaces, tres pájaros carpinteros, una vieja abubilla, dos tortugas comunes, trece verderones, siete verdecillos, dos jilgueros y la joya de mi jardín: un ruiseñor.
El ruiseñor, un macho adulto, trinaba las madrugadas de cada primavera con la confianza… Sí, el hecho que de forma obsesiva y tenaz alumbrara la esperanza de encontrar pareja… máxime cuando Marta dejó de aparecer por casa…
Sospeché que debía hallarse enferma a partir de la primera semana. Entonces, una mañana, de forma repentina dejé de sentir a mi exótica fauna, y en su lugar una sombra alargada se proyectó sobre mi hogar ocultándolo a los rayos del sol.

Me asomé por la ventana y ahí estaba. Un esqueleto monumental, cuyas estructuras metálicas y afiladas sobresalían componiendo ángulos de difícil simetría. El metal todavía resplandecía. Pero pronto, en cuanto su fugaz utilidad llegara a su término, sería una masa herrumbrosa y mortecina como las demás.

Lo vi posarse sobre el marco de la ventana. Trinó dos veces y cayó exhausto ante mí. Mi perra ladró con asombro y pavor. Su instinto la indujo a presentir que aquella mañana no era igual.
Tomé al ave con delicadeza entre mis manos, la arropé y deposité en una caja con agujeros; hice la maleta y sin pensarlo dos veces me puse en camino.

Mientras esquivaba desalentado las horrorosas formas metálicas, recordé dónde estaba la casa de Marta. Era un barrio nauseabundo, enfrascado entre avenidas cubiertas de hollín.
La encontré abandonada en la cama, sudaba. Le hice tomarse un antibiótico, la recogí y le pregunté por su vehículo.

Subimos a los enfermos, yo y la perra. Conduje durante días sin detenerme. Atravesé fronteras corruptas. Cuando no era lluvia ácida y constante la que teñía de amarillo el parabrisas del vehículo, un sol mortal abrasaba mis brazos y hería las pestañas de mis ojos.

Un anochecer nos detuvimos para descansar y a las cinco de la madrugada todo volvió a ser diferente; el ruiseñor resucitó en su trinar. Creí que estaba en el interior de la caja pero descubrí que, repuesto, había logrado escapar y cantaba desde la rama de un árbol sobre nosotros.
Cuando el primer rayo del alba despuntó en el horizonte, una hembra de ruiseñor se posó junto a nuestro amigo y ambos partieron.

De pronto sentí a Marta junto a mí. Me volví a mirarla y la encontré sonriéndome con dulzura; ella también se había restablecido. Miré a mi alrededor, todo era verde y floreciente y estábamos solos. Sin duda habíamos dado con un paraíso pensé; éramos como Adán y Eva. De súbito me surgió la pregunta.
Como Adán y Eva pero ¿en qué clase de paraíso? En el de la Creación o en el del Apocalipsis…

Besé a Marta. Y a partir de ese momento dejé de hacerme preguntas sin sentido.



José Fernández del Vallado. Josef. 14 Mayo. 2007.


miércoles, 9 de mayo de 2007

2

Capitán Kazuo Nakamura.






El capitán Kazuo Nakamura aparte de no comprender el inglés no entendía el significado de aquel desenfreno. Estaba sentado tras un cristal blindado en la sala del juzgado, saturada de gente, y se sentía aparte de cansado, hastiado de escuchar declamar en el eléctrico inglés que pronunciaban, a un oficial tras otro. A Kazuo Nakamura todo aquello le parecía un embuste y se impresionaba del grado de rimbombancia al que habían sido capaces de llegar los occidentales, y en concreto los americanos, tras salir victoriosos de la contienda. Por otra parte, era plenamente consciente de que había cometido cinco asesinatos, pero confiaba en el convenio de Ginebra y estaba seguro de que al ser considerado prisionero de guerra, sería estimado inocente y devuelto al Japón.

El capitán Kazuo tenía cuarenta y cinco años y llevaba veinte sin pisar su país. Habitando en estado de beligerancia en una diminuta y boscosa isla perdida en el confín del Pacífico. Aguardando noticias de sus mandos y del desarrollo de la contienda. Sus diez compañeros de comando, por una u otra razón: malaria, disentería, triquinosis de los cerdos salvajes que cebaban para alimentarse, enervantes disputas, fallecieron. Luego, un día de 1945 el transmisor cesó de funcionar. Y eso fue todo. A partir de ahí dio lugar una larga y monótona soledad que se extendió por un periodo de veinte años.

Kazuo Nakamura consideraba que no había hecho nada por lo que tuviera que ser hallado culpable. Tampoco era un hombre especialmente violento. Era alto y delgado, en realidad más alto que la talla normal del japonés medio. Su tez era blanca como la harina, sus mejillas dos escollos sobresalientes y en sus ojos negros y complacientes, podía leerse con facilidad el Atlas puro de la vida.

Era verdad. Los cinco americanos a los que decapitó no iban armados con fusiles sino con machetes, un par de pistolas convencionales, y un cartucho de señales; el traductor también le explicó que no eran militares sino guardacostas de la división de narcóticos, procedentes de una embarcación que escudriñaba a la búsqueda de contrabandistas de estupefacientes. ¿Y qué? Qué sabía él o qué tenía que ver con aquellos malditos estupefacientes que jamás había visto, aparte del opio que probó una sola vez en compañía de colegas de estudios durante un viaje a la ciudad de Kyoto. Naturalmente, y por si acaso, decidió omitir el asunto de Kyoto. Pero había explicado hasta la extenuación lo que ocurrió.

Aquellos hombres lo apresaron al atardecer, cuando dormitaba tranquilamente su siesta diaria. Sin más preámbulos lo vapulearon y amarraron a una de las viejas sillas de bambú, y comenzaron a interrogarlo mientras lo abofeteaban. Uno de ellos, asiático como él, sabía algo de japonés. Por eso llevaba la voz cantante en el asunto. Nada más verse atrapado, Kazuo Nakamura supuso que se trataba de un comando enemigo. El asiático, un indonesio o malayo de rasgos aviesos, no cesó de preguntarle por sus compañeros. Y cada vez que manifestaba que habían muerto, con una correa de cuero oscuro y desgastado, lo golpeaba en el rostro. Llegó un momento en que el dolor se hizo tan insoportable, que a Kazuo no le quedó más remedio que mentir y alegar que sus compañeros habían salido de caza y volverían al día siguiente.

Al enterarse de la noticia de su confesión los demás americanos carcajearon entre sí como macacos exaltados, chocaron las palmas de las manos de una forma muy extraña, y se dispusieron a pasar la noche allí mismo.Kazuo supuso que lo vigilarían, pero se equivocó y asombró al comprobar sus arrogantes extremos de confianza. Parecían persuadidos de tenerlo tan impresionado que daban por sentado que no cometería la más leve tentativa de escapar. Arrinconándolo a un lado, se olvidaron de él y situando a un solo hombre en el exterior para que montara guardia, desparramándose por la choza, se durmieron como críos insensatos.

Kazuo Nakamura explicó a sus interlocutores en la sala de interrogatorios durante cuarenta y ocho horas, sin que se le permitiera dar una sola cabezada, los detalles. Los hombres que lo escuchaban le parecieron en principio educados. Iban vestidos con elegantes trajes de franela e incluso de raso; de sus cuellos pendían coloridas corbatas de tonalidades joviales, en sus manos anillos de oro y pedrería, y algunos, incluso lucían pendientes.Y aquellos trajes… como los que hubiera deseado tener si no le hubiese tocado vivir una vida de perpetua guerra acechante...

Tras media noche de esforzados manejos, de madrugada, Kazuo consiguió liberarse de las ataduras. Se deslizó con destreza y silencio. El silencio en el cual había aprendido a manejarse y convivir en la selva durante años de supervivencia, enredado en aquel enmarañado laberinto. El kunyomi (katana) permanecía en su lugar; lo tomó. Lo demás resultó fácil. Dormían tan profundamente relajados. Le pareció muy extraño. Pero lo hizo. Uno a uno los fue decapitando. Según su particular forma de apreciar la situación, se trataba de su vida o la de ellos. Estaba enzarzado en su guerra, y en la guerra no suele haber segundas oportunidades. Sólo cometió un error grave. No comenzar por el hombre de fuera.

Cuando salió al exterior casi se dio de bruces con él. Tenía el machete entre sus manos, el cuerpo flexionado y aguardaba en tensión; sin cesar de acecharlo con ojos dilatados por el espanto. En principio se enfrentó a él. Antes de iniciar el combate, Kazuo se inclinó con objeto de ejecutar la reverencia según el Bushido (código de guerra japonés). Pero cuando alzó la cabeza el hombre había salido disparado y huía como una rata de cloaca. Corrió tras él pero estaba muy cansado y no logró alcanzarlo.
Llegó a presenciar como la embarcación arrancaba y desaparecía en el horizonte.

Dos días más tarde la isla se pobló de americanos vestidos de azul oscuro que lo rodearon y apresaron.

El jurado pronunciaría pronto la sentencia. El proceso se acercaba a su final. Podía intuirlo. No habría más preguntas, ni conversaciones banales y aburridas. Mientras aguardaba recordó el tiempo pasado, anterior a la guerra. Cuando conoció a Haneki Saki y tuvo la posibilidad de contraer matrimonio. Entonces sí fue un hombre afortunado. Un viejo pariente lo reclamó desde su pueblo Kanazawa para que fuera a Nagoya, donde el hombre, sin descendencia, tenía un tinte y teñía telas para la alta sociedad. Trabajó muy duro; tanto, que sin dudarlo al fallecer el familiar, habría heredado de aquél el local y hubiera podido casarse. Su vida habría sido muy diferente… La de un hombre rico con esposa e hijos. Y no habría tenido que ir nunca a la guerra. Pues al convertirse en financiero, su labor en pro de la patria quedaba justificaba y satisfecha mediante el cometido de la empresa.

Haneki Saki no acudió a despedirlo al puerto de Nagoya. Recordaba su desplome del día anterior, cuando se lo dijo. Mintió y le contó que iría cerca, a una misión en las islas Kuriles. ¿Cómo explicar que ni siquiera sabía a donde lo destinaban…?

No... No había quien entendiera a los occidentales. De una u otra forma saldrían ganando, pensó. Observaba sus rostros impasibles, la teatralidad de sus caras calcadas como gotas de agua... putrefacta. No había visto demasiados blancos en su vida, pero después de pasar unos días junto a ellos, estaba convencido de que muy pocos eran realmente sinceros.

Permaneció sentado como una estatua de mármol, con el rostro hierático, mientras el juez leyó el veredicto. De igual forma recibió la noticia. El intérprete le explicó y aclaró que dado que la guerra había finalizado hace veinte años, acababa de ser sentenciado a muerte por ser considerado homicida, no sólo reincidente, sino “en serie.”

De golpe salió de su mutismo, inclinó la cabeza y solicitó hablar. El juez le cedió la palabra. Se inclinó nuevamente un par de veces, y dijo.

- Dado que he sido declarado culpable, exijo se atienda mi petición de morir según el código Bushido.

El juez mirando de forma inquisitiva al traductor quiso saber los detalles. Cuando el intérprete le explicó que el reo deseaba morir mediante la ceremonia del Hara kiri, mostrando un característico rictus de superioridad occidental, dejó claro que no procedería a tolerar dicho género de salvajismo. Y declaró que el reo sería ejecutado en la silla eléctrica, un método por lo demás – señaló – mucho más avanzado, eficiente, indoloro y etcétera, etcétera…

Kazuo Nakamura fue ejecutado una semana después. Murió en silencio, no quiso hacer declaraciones. La electricidad corrió por su cuerpo durante algo más de un minuto. Se convulsionó contra las correas y su rostro se volvió encarnado. Un olor acre, a carne quemada, envolvió la sala en la cual se encontraba. Un imbécil que estaba presente, dijo exaltado:

“¡Hoy vivimos en una civilización mucho mejor!”





José Fernández del Vallado. Josef. Mayo 2007.

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