• Era un verano tórrido y Adrián, un muchacho rollizo y un poco raro, aunque servicial...

  • Se llamaba Vera. Era morena y esbelta. Sus ojos negros preservaban una timidez joven y ensombrecida...

  • Mi corazón se ha vuelto de hielo, mi espíritu es el de un luchador noqueado.

  • El rumor del viento acompaña, los rayos del sol cortan la espesura...

  • Hacía un día invernal, tan limpio y claro, que los rayos del sol en lugar de proporcionar calidez, cortaban la respiración.

  • Por las noches me arrebujo y mientras mi pulso se acelera y mi corazón palpita...

  • Recorrida la mitad de su vida, Tariq Alhamar seguía transitando en un mundo de incierta...

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lunes, 27 de agosto de 2007

2

Un lugar con vistas al cielo.


Deseas hallar ese lugar con vistas al cielo. Y sabes que no eres más que agua que se estremece y evapora con el tiempo, y que el tiempo no existe, pero lo temes más que a la vida. Y sabes que vives porque la sientes a tu lado tan lejos o dentro de ti. Y sabes que apenas sabrás, pero que viviste para ver lo poco que viste y mereció la pena estar donde estuviste, rozando el cielo, o arrastrándote entre ideas certeras, quizá sin sentido, besando amores prohibidos, amando valles oscuros y brillantes que nacen y mueren como constelaciones en apenas horas o segundos de fugaces compromisos de amor y dolor...

Cuando sólo encuentras vacío y una mente sin sujeciones. Cuando te sientes encadenado y descubres que lo estás, pero a anclajes inexistentes. Y estar cómodo se convierte tan placentero e indolente como contemplar una laguna de aguas estancadas. Cuando al flexionar el cuerpo encuentras un físico desmadejado y enfermo, y rascarse constituye un acto de vandalismo corporal. Cuando la edad atrapa tu tiempo y lo fija con clavos a un muro de ideas erróneas, el silencio acecha una vida estruendosa y te vas persiguiendo a ti mismo. Cuando la vida es un sueño encerrado en una gota de agua, y si alzas los brazos deseando encontrar, no hallas más que un mundo de desdén y arrogancia. Cuando lloras en soledad cansado de hacerlo en público. Cuando asistes al martirio de muchos que son como tú y están al otro lado... ¿de dónde o de qué? Si corres por pasillos oscuros escuchando pasos de muerte a tu espalda. Si tiendes manos sin dedos repletos de cinismo. Si dices que eres igual y no miras porque no aprendiste a hacerlo, y tampoco te interesa. Si ves masas de hombres apilados unos sobre otros. Si la pasión es nexo conductor del amor pero también lo es del odio. Si el amor se transforma en odio y se reconduce en amor y es capaz de llenar cauces enteros de amor. Cuando el amor... Cuando deseas hallar ese lugar con vistas al cielo.

Sabes que no eres más que agua que se estremece y evapora con el tiempo y que el tiempo no existe, pero lo temes más que a la vida. Que estuviste rozando el cielo o arrastrándote entre ideas certeras o quizá sin sentido, cuando el amor se transformó en odio y se recondujo en amor y fue capaz de llenar cauces enteros de amor. Entonces deseaste hallar ese lugar... Tu lugar con vistas al cielo...

José Fernández del Vallado. Josef. 27 Agosto 2007.

domingo, 19 de agosto de 2007

7

MEME 8.

No sé muy bien lo que significa eso de “Meme” y la verdad, apenas me lo planteo. Lo hago porque alguien a quien quiero me ha señalado, lo hago porque, a fin de cuentas, resulta un buen examen introspectivo, y porque me gusta escribir. Y así, mientras, me exploro a mí mismo, de paso analizo el porqué de mi propia existencia. Ahí va ese Meme.

Meme de las 8 cosas.

1.No soporto una pizarra y una tiza o la tiza sobre una pizarra. De verdad, lo paso muy mal con la terrible dentera que me produce el chirrido de la tiza sobre la pizarra. Y sobre todo el tacto seco y desagradable de la tiza. ¿Quizá por eso fui un mal estudiante? Ni idea... Pero esa es mi simple y primera verdad.

2.Mis vicios imperdonables son coca cola e internet. Mis deudas pendientes con la vida: Ascender al volcán Villarrica en Chile, al cual, en su primer intento fracasé; bucear a treinta metros de profundidad en apena, cosa que a mi avanzada edad ¿soy ya viejito? no haré ni loco; ser un gran jugador de baloncesto de dos metros veinte, y como no crecí ni la mitad, tampoco lo seré; y encontrarme con un tigre siberiano en libertad. Sobre esto último, aparte de que desplazarse a Siberia cuesta un dineral, creo que a fecha de hoy, apenas quedan más de veinte tigres de siberia con vida, los cuales tampoco veré (ya los vi) más que encerrados en infectos y deprimentes zoológicos mal aseados.

3.Y esto, es algo que no suelo revelar así como así; ahí va: Tengo un oído “biónico”; es decir, perdí casi la totalidad de la audición de un oído y me puse un aparato. Esto pudo ser debido a las siguientes causas. a) De niño tuve una grave infección en el oído en cuestión. b) A partir de los dieciocho añitos comencé a asistir a toda clase de conciertos. Muchas veces me ponía en primera fila, al lado del panel de bafles; recuerdo que salía con los oídos zumbando. c) Mi afición al buceo, y en concreto a la apnea, me llevó a hacer cientos de inmersiones; en una de ellas realicé una mala compresión de los oídos, y uno de ellos, el susodicho, me comenzó a doler y tuve que ascender a toda prisa.

4.Odio las ciudades y la masificación. Así que asistir a clases en aulas cerradas repletas de alumnos en ocasiones me ha producido claustrofobia. Recuerdo una vez en el curso de la UNED, (Universidad para mayores de 25 años) tuve que dejar una clase de más de setenta alumnos cuando me puse a transpirar, me sudaba la frente el cuello, hasta las palmas de las manos, y me sentía mareado y enfermo. Después me ha sucedido en ocasiones.

5.Cada vez soy más misántropo. Es decir, pierdo menos el tiempo en charlas inútiles con mis congéneres. Y al contrario, me acerco más a los animales, pues he descubierto que se puede entablar una bella relación, e incluso casi hablar con ellos. Como la que tengo con mi perra Carlota; ella es mi más digna acompañante durante el verano monástico que por una vez he instaurado en mi vida, lejos de amigos y cualquier jaleo humano inhumano. Esto no quiere decir que me cierre en banda a los de mi raza, volveré sobre ellos y con ellos. Al fin y al cabo... soy uno más.

6.No sé por qué me caracterizo. Antes decían que yo era una persona simpática, agradable etc... pero... ¿hoy día qué soy? Creo que he aprendido o estoy aprendiendo a convivir conmigo mismo y con mi soledad. Antes no podía aguantarme solo; en cambio ahora valoro mucho estos momentos de relax. Lo que me gusta realmente es encerrarme en mi música y escribir los sueños que mi mente proyecta en papel. Hace un par de años le daba mucha importancia a que me leyeran, en cambio ahora... ¿me he vuelto indiferente? No lo creo. Pero me tomo las cosas con más calma. Sé que lo que tenga que venir vendrá y yo no podré impedirlo, aunque sí podré encauzar un rumbo más o menos variable al compás de mi vida.

7.Si... me gusta el mundo. O lo bonito que aún pervive de él. Me defrauda ver como la filosofía occidental que una vez fue rica en recursos humanos, filosóficos y pensantes, se sume en la decadencia de una máxima que nos está llevando a la destrucción: “Sin DINERO, no somos nadie.”

8.Y por último amo el amor. Aunque debo reconocerlo. ¡Amar de verdad es a veces tan difícil! Pero eso es debido a nuestro propio egoísmo. Hace años me costaba amar mucho, era más superficial. Hoy en día he aprendido a valorar más justamente la vida y el sublime papel e importancia que el amor juega en ella. Sé que debo amar dejarme amar y ser amado; sé que sin amor la vida se convierte en un pozo sin fondo, y sé que sin el amor la vida está condenada a morir. Pero sobre todo sé que la vida no es eterna, en cambio el amor, cuando es fuerte, cuando es duradero y real trasciende a la misma vida en sí... Así creo y me gustaría pensar que en el fondo está compuesta la naturaleza de los seres vivos: de un importante poso de amor...

Bien lo hice. Creí que no podría pero aquí lo tenemos. Mi Meme; el Meme de Josef. Ahora les encomendaré mi tarea a los siguientes amigos blogueros. Espero que con inspiración, pero sobre todo deseo y amor puedan llevar la labor adelante:

http://iolanthe.blogia.com
http://www.sonidosevero.blogspot.com/
http://www.freewebs.com/honeyrocio/
http://www.reforestame.blogspot.com/
http://www.aqui-abajo.blogspot.com/
http://www.rubengarcia-sendero.blogspot.com/
http://www.gotitasdemialma.blogspot.com/
http://lautopicarealidad.blogspot.com/


viernes, 10 de agosto de 2007

2

Color lila.


Las oficinas de la administración estatal de Randinabat son un caos. Un hormiguero interminable. Se accede a ellas por sombríos túneles sin apenas luz hasta desembocar en una inmensa sala circular de techos abovedados, franqueada por ventanales cónicos de vidrios coloreados, dominada por un par de ventiladores gigantes, cuyas apariencias intimidatorias recuerdan a aquellas del molino que embistió un aguerrido Quijote en un lugar de cuyo nombre no llego a acordarme. En el recinto, con la diligencia de un ejército, y vigilados por impresionantes hormigas soldado trajeadas de azul marino, evolucionan cientos de funcionarios de pelo negro y chalecos grises, que sin embargo no parecen llevar a término función alguna en concreto.

Las de mayor rango dan la impresión de ser aquellas funcionarias que atienden acomodadas en sus brillantes sari en amplias mesas de atención al cliente. De las cuales parten larguísimas colas compuestas por la variopinta gama social de un país de extensión generosa y límites insospechados.

Una de ellas, de ojos redondos como nueces, cabellos trenzados, nariz ganchuda, sonrisa de águila y labios de sangre, me atiende sin desplegar un mísero gesto de beldad, dejando en cambio entrever sus poderosas garras armadas de lascivia.

Le explico el robo del que he sido objeto tras aterrizar en el aeropuerto. El cual, trato de aclarar, me pasé denunciando las últimas cuarenta y ocho horas en la comisaría de la calle Hipriatnatbarat. Asimismo le expongo mi estado de turista indocumentado y le pido me extienda un salvoconducto provisional a instancias de mi situación, hasta que sea debidamente resuelta por la delegación de mi país.

Durante el tiempo que transcurre mi exposición -observo- ni siquiera se limita a alzar la mirada y continúa escribiendo. Parece más entretenida en rellenar una especie de formularios que en lo que tengo que decirle. Hace más de cuarenta grados centígrados y mi cabeza y mi piel se encuentran embutidas en una lata de sardinas en aceite; y dada la intensidad y el gusto del aroma, el componente parece exceder bastante su límite de caducidad. Pero para la funcionaria Shiwarta Phesawarita - leo en su tarjeta de identidad adherida a su sari- debidamente inmunizada contra el calor y la peste reinante, mi estado o mi tufo no vienen al caso.

Eleva la mirada, apoya los codos sobre la mesa, entrecierra los ojos y pregunta.

- Y bien... ¿Qué espera que hagamos por usted?

Titubeo confuso, realizo un gesto impreciso con ambas manos en el aire y exclamo airado.- Pues... Lo que tras cuarenta y ocho horas de espera me indicaron en comisaría.

Arquea las cejas. Y por primera vez su rostro reluciente parece verdaderamente interesado.

- Y dígame. ¿Qué fue exactamente lo que le indicaron?
- Que en este lugar me harían un salvoconducto provisional y...
- ¡Imposible!
- ¿Cómo...?

Se detiene un momento. Abre un fichero, saca una hoja, la observa con detenimiento. Alza un dedo en el aire y a la vez que me lo muestra, sentencia.

- ¿Ve este papel?

Lo veo pero no entiendo nada en absoluto.
- Aquí lo dice claramente. No señor. Aquí no extendemos esa clase de salvoconductos.
Un mareo invade mi cuerpo, tengo hambre, sed, ganas de orinar. A las cuales se suma una intensa impresión de ahogo y sofoco. En realidad me falta el aire y la presión me excede. Prosigue.

- Un documento así sólo puede expedirlo la policía.
- La... Oiga. Me está diciendo que después de todo eran ellos quienes deberían y no...
- Exacto. Policía, proclama.
- Pero ellos me aseguraron que ustedes eran... quienes...
- Nosotros nunca. ¡Jamás!
- Un momento. ¿Podría hacerme el favor de ser más clara? ¿Qué quiere decir?
- Quiero decir ¿señor...?
- Morales.
- Sr Morales debe usted volver a las oficinas de comisaría y reclamar el salvoconducto al cual tiene todo el derecho de...

Al otro lado de la sala retumba una detonación. Fragmentos de alicatado y un polvo espeso cubren la sala. A continuación, toses, segundos de silencio y estupor. De repente un segundo estallido pero ahora de alaridos, gritos, gemidos, llantos de miedo y dolor. Hay un corte de luz, seguido de más gritos, aullidos de facto inhumano y gemidos. La sala queda en penumbra. Las colas de gente que aguardan en la zona donde estamos se agolpan sin control mientras empujan y aplastan, tratando de ganar posiciones a los de delante. Se oye el ulular de sirenas de las ambulancias y también de la policía que interviene y sin mediar palabra, comienza a repartir mandobles con sus porras de acero. Me encojo sobre la silla y apurado, casi histérico, pregunto a la funcionaria.

- ¿Qué pasa? ¡Qué ocurre!
La funcionaria Shiwarta Phesawarita saca un espejito de un bolsillo naranja que pende de la espaldera de su silla, hace un aspaviento con las manos en tanto se maquilla las mejillas. Y dice.

- Nada. Una bomba.
- Bomba ¡Una bomba! Clamo aterrado.
- Si, señor Morales. La tercera en seis meses. A los radicales no les agradan las instituciones del Estado.
- Ya... Digo mientras resuello agitado.
De pronto una fila de hombres acosados por la policía irrumpe saltando sobre la mesa de la funcionaria. Tras esquivarlos, con la actitud de un desvalido, me vuelvo hacia ella y aprisionando con desesperación sus manos entre las mías le pido.

- Mire usted señorita Shiwarta, tiene que ayudarme. Verá... Me encuentro en una situación angustiosa y muy difícil...
Permanece mirándome distante, fría, con ojos imperturbables. Y añade.

- Sr Morales... Voy a pasar por alto su actitud porque es usted extranjero. Pero aquí esas confianzas no son de nuestro agrado. En cuanto a lo de difícil - Inquiere sin siquiera mírame - ¿No ve usted los cientos de personas que hay aquí? Si escuchara uno sólo de los problemas de cualquiera de estos hombres comprendería lo que es encontrarse en una situación realmente difícil.

Incrédulo, miro de reojo a la funcionaria. Me incorporo sobre la silla tiro bruscamente de sus manos y le suplico.

- Por favor, lo necesito. ¡Hágame el maldito salvoconducto! Sé que está en su mano. ¿No comprende que es necesario para que pueda salir de... de esta locura de lugar?

La presión es casi insoportable. Como en una diminuta isla estamos rodeados de gente que nos observa con miradas ajenas. Sin embargo, pese a lo extremo del momento, la funcionaria no parece alterarse ni da por concluida su sesión. De repente se oye una nueva detonación de mayor intensidad. Los cimientos tiemblan. Sobre la mesa aterrizan trozos de ladrillo, cal y alicatado. La funcionaria alza la cabeza teñida de blanco hacia el techo y alega.

- ¡Vaya! Parece que hoy van más en serio.

En esos momentos, me convierto en un aterrorizado cúmulo de nervios que sólo desea lograr su objetivo al precio que sea necesario. El griterío de nuevo es ensordecedor. En cuanto a la policía, mediante su labor no hace sino incrementar el pánico y con ello el número de muertos y heridos. Fuera de control, le increpo.

- ¡Ya estoy harto! Exijo me rellene ese salvoconducto por narices. Y alego. ¡Soy ciudadano de la Comunidad Económica Europea!
Me mira. Por primera vez parece satisfecha o quien sabe, quizá feliz. Pero no está feliz.

- Ya y usted por eso mismo se considera un... ¿ciudadano de primera clase? ¿No es cierto? Se lo dijeron y usted se lo creyó como un memo.

Sumido en la algarabía reinante la miro estupefacto. Balbuceo. Trato de cambiar mi imagen. Pero ya es inútil, está hecho.

- No... no...
Como un manantial brota de su garganta, crece y se extiende su risa. Haciendo equilibrios se sube sobre la silla alza ambos brazos en alto y mirando en todas direcciones, grita

- ¡Heyyy! ¿Sabéis una cosa? ¡He encontrado a un ciudadano de primera clase! ¡Lo tengo aquí conmigo! Parece un tipo importante. Sabeis... ¡Tiene mucha prisa!

Y prosigue riéndose. En realidad ríe y ríe sin cesar. De pronto los hombres que están a su lado se contagian y comienzan también a reír. En unos instantes todos, heridos, niños viejos, paralíticos, leprosos, prostitutas... ríen con una felicidad desbordada. La carcajada se extiende por la amplitud del recinto como un eco alegre, feliz y vital...

-Saya-ng-kaa-laam. Dice ella mirándome divertida y risueña.
-¿Cómo dice?
-Naa-lai-ku. Naa-lai-ku. Vuelve a decir.
-Perdone... No entiendo. ¿Podría hablar en mi idioma?
-Vi-diya-kaa-laai. Murmura.

Con el semblante impregnado de una digna serenidad se baja de la silla, se introduce en la masa y desaparece unos instantes. Pienso que tal vez al fin haya entrado en razón y se ha decidido a consultar si debe concederme mi –razonable - petición. Pero no... La descubro de nuevo. Habla con los de seguridad. Me señala. Dos hombretones se acercan a mí me aprisionan por las axilas y me cargan a rastras. Lo último que oigo pronunciar a Shiwarta es un: “Bienvenido a nuestro país, Señor Morales.”

Forcejeo, grito, protesto. Recibo un contundente golpe en la cara que me deja en estado comatoso.

Ahora estoy en la calle; lo veo todo lila. La gente el ambiente y las bellas mujeres visten de lila..., el cielo está igualmente de un bello y sorprendente color lila...
Hay un tráfico intenso, motos ocupadas por tres cuatro y hasta cinco pasajeros, taxis abollados, viejos camiones, autos, vacas atravesadas en medio que todos esquivan, mientras circulan al tiempo que hacen sonar sus claxon junto a la marea lila de gente que inunda la acera y pasa casi sobre mí sin llegar a pisotearme.
Estoy sentado con las piernas cruzadas y la cabeza inclinada, mareado y hambriento. La alzo. En ese instante se detienen ante mí dos hombres sudorosos que portan un pesado espejo rectangular, entonces me veo reflejado por primera vez tal cual soy ¿ahora? ¿Desde cuándo soy así? Mi pelo es larguísimo y se encuentra recogido en un peinado de moño alto; mi rostro es afilado, con ojos pequeños y brillantes; mi caja torácica es un saco de huesos al desnudo teñido por un acartonado bronceado; mis caderas endebles están apenas cubiertas por una fina gasa de tela y mi único brazo, delgado y quebradizo como un palo de billar, con la palma de la mano extendida boca arriba, aguarda el momento preciso.
Uno de ellos termina de saborear un resto de pollo y lo arroja. El hueso se precipita volando; con agilidad fulminante muevo unos centímetros el brazo y aterriza sobre mi mano. De forma inmediata sonrío al hombre y musito una corta oración. Doy gracias a Shiva y comienzo a roer con feliz parsimonia mi ración diaria de amor y humildad en mi mundo color lila, mi pequeño mundo de novecientos millones de almas...


José Fernández del vallado. josef. /09/08/ 2007.


viernes, 3 de agosto de 2007

1

Hasta la Cima.






Comencé por su base
ascendí hasta la cima
descubrí una altiplanicie devastada
por oleajes de frívolas pasiones.

Arañé su carne buscando
la sensualidad
de más vida sobre vida;
y la carne me desterró
a un placer revenido.

La belleza señaló mi materia
como segmento
de un destino imprevisible,
y mi organismo se despeñó en un abismo
húmedo, turgente, sedicioso,
por el que mi sólido ilusorio merodeó
cual marioneta condenada.

Subí hasta la cima y sobre sus senos
repté dispensando besos cual Eros,
lamiendo vientres
de vestales bicéfalas.

Penetré eyaculé y engendré
vidas de cuarenta segundos natos
evanescentes y divinas.

Subí hasta la cima
y en ella me encadené
con mi simiente
incrustada en sus mismas raíces
para no tener nunca más que girar
la vista boca abajo…

José Fernández del Vallado.



domingo, 29 de julio de 2007

1

Promesas de Amor...












Promesas de Amor...
Colinas de fuego
llanos y alientos abrasadores,
cimas tortuosas, senos turgentes
de hojaldre y miel transparente.

Espacios eternos
de amor sinrazón.
Sabias promesas
sobre las que desplazarse
mediante zarpazos
de lealtad ciega y suave.

Giros, quiebros, caídas...
hacia una sima sembrada
en vahídos de mágica dulzura
entrecortada e inaprensible.

Besos, como certeros
disparos al corazón.
Abrazos turbios
diseñados para sobrevivir...

Divisas de vida,
espacios fugaces,
suplicios lentos e indoloros.
Placeres finitos
con término ilícito
limitados de esfuerzo ilimitado.

Caricias insertas en galaxias
de espíritus ajenos.

Ojos, cual soles cegadores
de afecto y devastación.
Puentes tendidos, entrelazados
y sin embargo, confusos.

Tortas y tartas de capitulación;
abrazos, llantos,
desmoronamientos...
Promesas de amor.

Miradas que dictan decretos
sin miramiento
al compás de intervalos
sedientos.
Contornos de figuras torcidas
o tal vez... sublimes.
se estremecen en campos
de fango irrisorio.

Noches de estelas translúcidas
brillan carentes de estrellas
donde nunca existió
el firmamento.

Arroyos con vibración a poema
atruenan en las cortadas
repican estrofas y campanadas.

Amores, dignos o indignos
fugaces o en fuga, de acierto Divino
con cierto talante
incierto montante y apego al sosiego.

Amores, en cuyo fingido reverso
la hermosura hecha ternura
teje sin rienda y sostén
temores que disfrazan
en vanas profecías
promesas de amor...

José Fernández del Vallado. Josef. 26/2007.




domingo, 22 de julio de 2007

2

Sueños, Sirenas y deseos incumplidos...




Desperté al día siguiente, temprano, y al revolverme en el jergón de la cama una fina arena se escurrió entre mis brazos. Abrí los ojos despacio y no alcancé a vislumbrar los fríos límites de mi habitación. En cambio, en su lugar, descubrí un cielo azul enmarcado en una playa tropical. Percibí un suspiro profundo, sentí el aliento en mi nuca y al volverme, plácidamente recostada a mi lado, durmiendo como pudiera hacerlo en su hogar se hallaba una preciosa sirena cuya piel blanca resaltaba entre cabellos cobrizos y brillantes.
Las gafas, el tubo, las botellas de oxígeno y las aletas de caucho, estaban desparramadas a mi alrededor. Y cinco metros más abajo: terrible, gelatinoso, pero inerte; dibujando una mueca risueña con las fauces entreabiertas, lo que quedaba de un pez martillo parecía aplaudir mi insólita suerte con sorna.

Me recliné sobre las rodillas. A sólo unos pasos de distancia la superficie del mar resplandecía de un matiz azul turquesa, y unos cien metros por detrás las olas clamaban en frenética danza mortal con las afiladas rompientes. Un coro de graznidos destemplados penetró en mi sien con incisa claridad. Miré sobre mí; vi los buches escarlata de unas fragatas que con ansiedad acechaban los restos del escualo.
Lo supe de pronto, sin alterarme. Me acababa de despertar, pero en mi caso, dentro del sueño. Por lo cual, a partir de ese momento, poseía una clara ventaja. Ser consciente de que estaba soñando me permitiría hacerlo aún con mayor claridad y en la dirección en que yo deseara.

Deseé sorber el delicioso jugo de un coco, y apenas había acabado de vislumbrar semejante ilusión ya había vaciado el néctar de una pila entera de frutos. Entonces sentí hambre y deseé cocinar una ristra de lomos de emperador. Finalizaba de fraguar tal propósito y ya estaba preparando toneladas de pescado. De pronto sucedió algo; la humareda me irritaba los ojos. Deseé disponer de unos indígenas a mi cargo, y antes de finalizar el pensamiento, una tribu entera preparaba una colosal pitanza de pez vela recién capturado por mí.

Encontrándome incómodo en la playa quise tener mi propio alojamiento: Un apartamento de ciento ochenta metros cuadrados con vistas al mar me pareció lo más adecuado. No había cesado de acometer tal idea, y ya estaba situado en lo alto de un rascacielos, en el piso treinta y cinco, donde con placidez y aquiescencia divisaba la barra blanca de la playa desde mi terraza privada. Quise tener vídeo, televisor, tres autos de lujo, dos secretarias, cuatro sirvientas, mi propio centro financiero... mi ciudad junto al mar... Lo tuve todo ¡Todo! ¿Era realmente feliz? Me pregunté.

Entonces recordé un detalle; justo aquel por el cual había comenzado mi sueño. ¿Dónde estaba la preciosa sirena? Deseé tener mi sirena particular nadando en su piscina de cincuenta por doce. No había cesado de pensar cuando la recibí. Tuve la piscina y esculpida en bronce e instalada en su centro una estatua de la sirena, pero no la auténtica sirena. ¿¡Por qué!? Me pregunté descompuesto y furioso. Y antes de que hubiera resuelto el enigma la voz de mi madre me despertó con la respuesta:

- ¡Vamos Miguel! Duermes tan profundamente que incluso pareces soñar con sirenas. Pero no creo que puedas hacerlo... Según reza una leyenda, allá donde alcanza la civilización, las sirenas se extinguen y se transforman en sencillas figuras de bronce...



José Fernández del Vallado. Josef. Julio 2007.



viernes, 20 de julio de 2007

3

Feliz Día para vos mi amigo. Magda.



Hoy es el Día del Amigo en Argentina, y una gran amiga mía de por esos lares, poeta reconocida, me dejó esto.

Feliz Día para vos mi amigo. Magda

Besitos anticipados.

Cercana o lejana.
al norte, al sur, al este o al oeste,
o aquí, a mi lado.
No importa el lugar físico
la caricia de la amistad
me llega en palabras, en comprensión
en compañía, en solidaridad,
en abrazo compartido
y en sostén cuando se hace difícil
el camino.

A ese cariño verdadero que se elige y no se lega.
Hoy agradezco.

En los vientos huracanados.
En los volcanes desbordados.
En las lágrimas sin consuelo.
En el dolor de la vida.

En las efímeras alegrías.

En la mano que contiene.
En la palabra que calma.
En el oído que escucha.

Yo te encuentro.

Agradezco a mis amigos
La ternura.
La confianza.
La paciencia.
La defensa.
y el sostén.

Agradezco a mis amigos
Que caminen a mi lado por la vida
sin interrogantes y sin dudas.

Agradezco a mis amigos
el estar a mi lado y sobre todo
el permitirme ser su AMIGA..


FELÍZ DÍA DESDE MI CORAZÓN A TU CORAZÓN.
Magda, autora del blog: Fuego en el Viento.

martes, 17 de julio de 2007

3

Mis diez blog favoritos...

Idilio el blog de karol de México.

Sonido Severo el blog de Noelia de Perú

iOlaNthE el blog de Yolanda España.

Fuego en el viento el blog de Magda Argentina.

Pequenos Nadas el blog de Gui Portugal.


Macarena Henriksdatter, el blog de Macarena de chile, en Bergen Noruega.



Letras si Fronteras el blog de un grupo de chilenos que aman las letras con libertad y en libertad.



Nosotros-Somos. Nuestro blog compartido.



Mis cuentos, fotos, Recuerdos... El blog de Vivianne de Chile.




Moderato_ Josef. Hace falta adivinar de quien es jejeje... Saludos!





viernes, 6 de julio de 2007

7

Dos veces fue suficiente…





Dos veces fui a las Canarias y las dos escapaba de algo. La primera a Tenerife, huía de la traca final de mi unión con mi ex mujer; y fue duro sí. Pero más duro y aciago me resulta este segundo desplazamiento a Lanzarote, puesto que es un viaje a mi interior, no huyo de nadie, sino posiblemente de mí mismo.

Siento carne de gallina, tengo frío, y cualquier cosa u objeto bonito se torna monstruoso ante mis ojos abatidos.

Seis de la madrugada, tomo el avión. Los auriculares adosados a mis oídos, siempre la música: Leonard Cohen, Pretenders, Coldplay. Mi interior bulle mientras voy arrancando a trazos mi verdadera realidad, mi personalidad. El aeropuerto resulta gélido. Demasiada gente ojerosa y perdida ¿como yo? ¿Buscan tal vez un lugar en sus vidas?
Máquinas… Despiden latas de coca cola que enfrían estómagos y los gasean. Tras beber un par comienzo a sentirme volátil, perdido…

Todo discurre rápido, de pronto me hallo amordazado a una butaca. No sé porqué me pertenece, o quizá es ya lo único que me queda en este viaje hacia la nada… Dios. Ni siquiera sé qué busco. No sé por qué el billete a Lanzarote ¿por qué Puerto del Carmen...? Tal vez la entrevista o la entrevista es el pretexto…

Azafatas inquietas, recién maquilladas, tratan de esbozar falsas sonrisas de cordialidad. Algunas son hábiles, se dicen profesionales. El gimoteo de un bebé inquieta a una madre, una azafata acude en su ayuda...

Los destellos del alba acuchillan las ventanillas cual girones de piel reventada. El avión acelera con potencia insólita hasta convertirse en bólido alado, en ave metálica que contradice normas de aerodinámica.

Junto a mí se encuentra un chico joven de tez adulta, lleva un portátil y maneja unas tablas que resultan incomprensibles...

Enseguida nos hallamos sobre una alfombra de nubes blancas como algodón. El pájaro cesa de zarandearse a izquierda y derecha y se estabiliza. Entonces todo se serena y podemos estar seguros de que por una vez alcanzamos la falsa promesa de un cielo prematuro…

Aterrizaje excelente, mullido, como sobre goma espuma. Aplausos.

El avión me libera y descubro el falso esscenario al cual voy a parar. Puerto del Carmen es ya una ciudad cosmopolita: alemana, inglesa, china, italiana. ¿Y qué queda de España? Poco… nada. Menos, hallar el calor y la inocencia de un pueblo. Está enviciada, podrida: El sexo y el alcohol son sus nuevos líderes. Hay más antros de placer por metro cuadrado que bares. Pero sobre todo es ya reino del capital.

Luego el hotel, la habitación, lluvia y soledad me reciben a la vez. Entro a formar parte del carrusel de solitarios. A la noche descubro un chiringo junto a la playa, en el que me siento a tomar refrescos sin alcohol mientras reflexiono sobre cosas pasadas. Hoy ya no bebo. Dejé de hacerlo la última vez que desperté y no recordaba qué hice la noche anterior. Puedo asegurarlo. Es la sensación más estremecedora que uno pueda padecer: Perder la relación el tiempo y del lugar...

Al día siguiente, a las doce del medio día, es la entrevista.
Descubro el local donde quizás vaya a trabajar. Es amplio y está junto al mar. Me gusta pero tampoco me ilusiona. Un hombre de mandíbulas fuertes me recibe. Me observa con desgana. Me hace las tres preguntas de siempre: ¿Experiencia, edad, facilidad de movimientos? Al final alega que deberá ponerme a prueba, pero no esa semana, ya está ocupado, sino la siguiente. Por lo tanto debo volver la semana que viene. ¿Volver? Me pregunto desorientado.

Luego alquilo un coche, visito el Parque Nacional de Timanfaya. Y tras recorrer un buen trecho de hermosa luna que se instaló en la tierra, concluyo el viaje. Pues de pronto, como por sistema, halló respuesta a mi incógnita. No es en la luna donde deseo vivir el resto de mis días, donde quiero encontrar la que será mi pareja, donde pienso trabajar. Necesito regresar, volver a poner de nuevo los pies en el suelo y para ello no es preciso huir sino “afrontar” con decisión los retos de la vida.

A partir de ahí vuelvo a ser alguien.

A la mañana siguiente despierto en la ciudad. Comprometido a luchar en una larga batalla que recibe el nombre de existencia.

José Fernández del Vallado. Josef. 2007.

sábado, 23 de junio de 2007

4

Ausencia...



Hacía un atardecer tormentoso, un viento racheado agrietaba los labios en mi semblante petrificando lágrimas de cristal en mis mejillas. Ajeno a la situación, mi organismo parecía gozar discurriendo a tropiezos entre el roquedo de la campiña. Lo había entrevisto… No, lo presentí hace ya tiempo. Supe que jamás podría presenciar las estrellas junto a Layla. Lo comprendí cuando sobrevolé aquel país lejano y agreste, no antes…


viento que acaricias
una suave flor
alojada en mi corazón,
vas sangrando y deshojándome
quitándome los brazos...
vas golpeando el recuerdo,
y la lejanía contra el mar,
rompiendo las olas,
que se agigantan en mi llanto...


Quizá todo se desencadenó cuando ella me envió la carta con la imagen en la cual se abrazaba de forma alegre, casi ingenua, como sólo una madre sabe hacerlo con un hijo, a aquel joven de semblante inmaculado. Sentí vergüenza de mi rácano egoísmo, de mi alma de persona envilecida. Pero ya era tarde, una extraña furia celosa se apoderó de mí y comencé a hostigarla sin sentido. En realidad no había motivo, jamás lo hubo.


temblando voy hacia sus manos,
el miedo me hace su esclavo,
me encadena con furia,
me adormece en un sueño profundo
senda inútil y cruel, de árboles agresivos
mi orgullo va diseminado entre ramas,
rasgando tus pétalos...


Luego, cuando más lo necesitaba no acudí a la cita. La deflagración se produjo, y aún sigo sin explicarme porqué me sentí incapaz de estar en el lugar que me hubiera correspondido…
Fui mezquino, la abandoné cuando mi corazón bullía por ella y de pronto aquel día, de la forma más misteriosa y cruel, pagué mis errores y se desvaneció dejándome solo, vacío, destruido...


me enredo en sus labios
Van derritiéndose mis caminos
Mientras la luna va brillando
Emergiendo entre mis dedos,
La opción de ser libre,
Se ha quebrado en un eclipse
Que hoy nos hace,
Palparnos a ciegas,
Interminables hallazgos
Plenos en penurias,
Hoy el sol no respira en mi,
Exhalan sus rayos en mis poros
Quemándome una vez mas...


Nubes cobrizas se insinuaban etéreas y bosquejaban perfiles grumosos, ante un firmamento en declive, un suave velo de lluvia acarició mi rostro lacrimoso.
Fue un aliento fugaz. ¡Deseé ser ella, volar como ella! Me situé al borde del acantilado, me desnudé, cerré los ojos y extendí ambos brazos. Entonces salté y planeé hasta alcanzar el reverso de la existencia. Nada más verme llegar me hizo hueco a su lado. Al horizonte, divisé una luz eterna, cegadora, ella enfiló en su dirección. La seguí forcejeando, girando, asiéndome a sus frágiles extremidades, desnudándola…
Como un denso torbellino de promisión y bonanza recibimos su luz y nuestras vidas comenzaron a forjarse una vez más…



un túnel eterno,
jugando con la miseria humana
está flameando cerca de mi alma,
entre llamas azules,
desarmado y vagabundo
esta mi cuerpo que cuelga
de una de tus uñas,
vas hilando y destejiendo
mi rasgado destino,
yo solo cierro mis ojos,
mientras guardo la rosa
dentro de mi boca,
se tritura mi lengua
y ahora no podré gritar…


Prosa de Josef, Versos de Ameba. Año 2007. De la página de los cuentos.net.

martes, 19 de junio de 2007

1

Un vivo recuerdo más…


Tras horas de inmovilidad; sentado sobre la silla, delante del papel. Cavilando a impulsos, sin concretarse en nada en especial, vino por sí solo, de la nada, como un obsequio anexo. De esos que acechan con sigilo en el interior de una mente para proyectarse cuando menos se esperan.
Recordó aquel día hace años. La ciudad sucia, tonos grises, marrones y oscuros. Árboles inclusos tras la verja del Parque del Moro, desgranando con el viento palmeadas y cobrizas hojas de plátano. La tarde… El ambiente lóbrego y nublado. Un cuadro de nubes melancólicas y a la vez amenazantes, que intimidaban temporal. El frío afilado, hiriente. La marea metálica, sorda, agravante, en perseverante combustión de gases inflamables; carcasas saturando la rebosada cuesta del Moro.

Estuvieron dando vueltas, indecisos, a punto de tomar un taxi. Finalmente subieron al autobús que los condujo al barrio en las afueras.
Ella, junto a él. Era chocante, sus ojos como brillantes azules no desentonaban bajo su cabellera negra, lacia y recortada, similar a una peluca de una egipcia de la antigüedad. Iban en silencio, sin apenas hablarse, ni rozarse. Su perfume suave, delicado, ni siquiera era intenso, pero sí profundo. Seguro, no era Dior ni Channel. Se conocían desde hacía poco, nada más verse se sonrieron mutuamente. Ninguno supo qué hacer o decir…

La fiesta… ¿Animada? Demasiada gente extraña. ¿De otro mundo? Todos eran jóvenes; juventud grabada en un mapa. Le resultaba dificultoso recordar caras, gestos, conversaciones. En cambio oyó risas fanfarronas, bromas indecisas, ruidos de vajilla… No conocía a nadie y no volvería a verlos; tampoco eso importaba. Estaba ella. Su semblante se revelaba vivo en medio de una fiesta de ánimas. También estuvo el amigo. Quien los presentó. Apenas retenía de qué hablaron. Sólo importaba ella...

Estaba nervioso. Apestaba a colonia. Siempre huele fuerte en lugares así, al principio después… es peor todavía.
La música, antiguas melodías que su percepción volvió a rescatar puras y modernas, como lo fueron.
Y allí estaba la mujer a quien amó. Su amor, si hubo amor… Hablaron. La conversación duró media hora o quizá menos. Pareció más pero fue suficiente, hablaron, sonrieron. Sostuvieron un contacto inolvidable, feliz e irreversible. Y en la terraza, acomodados entre cachivaches inútiles, tiritando de turbación, se besaron una vez. Aquella vez… Después, sus vidas se fueron cegando, separando. La vida y el mundo los separó. Sin embargo no todo acabó, ella está ahí, para siempre, a su lado. Es un vivo recuerdo más…


José Fernández del Vallado. Josef. 2007.

viernes, 15 de junio de 2007

1

DUNA.


Ahí estaba… solo. Siempre lo había estado, sin ser capaz de acostumbrarse a la soledad. No obstante, por vez primera, tuvo la extraña sensación de encontrarse a gusto en su aislamiento. Algo le hizo reírse sin saber bien el porqué. Tal vez se riera de él mismo, de su absurda situación, aunque a lo mejor no era más que satisfacción de saberse allí. Sí – podía ser – se dijo a sí mismo. Y prosiguió sonriendo con mayor complacencia si cabe.

Estaba sentado en la cima de una duna, en el desierto del Sahara, en algún lugar fronterizo entre Marruecos y Argelia. Había vuelto al desierto, a su desierto anhelado, para presenciar fascinado su impresionante vacío, o quizá para evocar en silencio sus ya olvidados días de felicidad. Hacía cuarenta años estuvo allí. No exactamente en el mismo emplazamiento, ya que aquello era prácticamente imposible. A no ser que en su día se hubieran tomado referencias desde un satélite y posteriormente se hubiesen medido parámetros y calculado en qué dirección y cuántos metros se había desplazado la duna durante ese periodo. Probablemente ahora se hallara descansando sobre cualquier otra altitud. Dado que aquello era un mar de dunas y las dunas se desplazan en la tierra al igual que olas en el océano. Eran muchos años, pensó. Serían casi las tres cuartas partes de su vida, pues no albergaba sobrepasar el cercano cenit de los setenta. Se sabía viejo y enfermo, sin apenas fuerzas, y en realidad se estaba muriendo. Era plenamente consciente del hecho.

Pese a mostrar cierto desasosiego, deseaba adivinar cómo iba a ser el momento en que habría de codearse con la muerte. ¿Reaccionaría? ¿Suplicaría por su vida? ¿Advertiría diferencia entre estar vivo o muerto? ¿Lo sabría?
Sin duda lo discerniría, pues ahora podía tener la certeza de estar vivo a través de sus actos: transpiraba, hablaba, sentía… Aunque en ciertos momentos aquello no fuera más que una vaga intuición.

Inmerso en sus pensamientos se preguntó. ¿Qué le había inducido a volver a ese lugar? Él, quien lo había encajado todo en la vida. Viéndose involucrado, en ocasiones, a luchar por conservar su vida; e incluso, comprometido a asesinar a sangre fría. ¿Y qué era la sangre fría? No, nada era cierto. La sangre fría no existía. Sólo era un concepto, un término urdido por el hombre para definir un estado hipotético. Aunque si se diseccionaba a fondo dicho concepto, un sentimiento permanecía insondable, omnipresente, y pese a resultar sencillo de pronunciar era… tan duro de sobrellevar. Lo vio con claridad: ¡Miedo! Aquello sí era tangible. Podía palparlo de muchas maneras y además, de cuántas maneras...
En parte aquello le indujo a realizar cuanto había hecho en la vida y también, a destruir lo que se había interpuesto. A fin de cuentas, en qué residía el juego de la existencia sino en una sucesión de vida y muerte, resolvió.

Volvió a echar de menos las horas perdidas, desperdiciadas en inútiles combates. Y percibió, que aunque él ya no estuviera, de alguna forma seguiría hallándose siempre. Si bien, si le fuese concedido vivir por más tiempo… Aunque tan sólo fuese constituyendo materia orgánica, o más exactamente, pensó con amargura, desecho inorgánico. No volvería a repetir las mismas atrocidades.
Pero era tarde ya para suplicar. Para volverse a mirar atrás. A partir de ese momento no se sentía ligado a nada, ni a nadie. No tenía ataduras ni por lo tanto, responsabilidades. Por el contrario era libre de hacer lo que quisiera. Y por una vez lo hacía. Había vuelto a África, su continente secreto. El último lugar donde a nadie se le ocurriría buscarlo. Y aunque lo hicieran ¿qué importancia podría tener ya?

Pese a todo, nadie le juzgaría. Al menos, no serían personas manchadas de sangre como él quienes lo hicieran. Sería esa tierra, esa arena descarnada y en apariencia despojada de vida, quien irónicamente y por sí sola, se encargara de hacerle contraer su deuda con la vida.

Una leve brisa sahariana comenzó a soplar y alborotó sus cabellos canos. Como suaves telas de araña, cubrieron en parte sus severas y ajadas facciones. Con manos temblorosas realizó un infructuoso amago tratando de retirarlos; se le enredaban y le penetraban en los ojos. Unos ojos gris azulado, que contemplaban dilatados la desoladora belleza del paraje agreste. Le costaba creer que todo siguiera igual después de tanto tiempo. Sobre todo, cuando las cosas cambian con desigual rapidez. Pero en el desierto, reflexionó, el tiempo no importaba y su espacio permanecía inmutable tal y como lo recordara desde siempre. Con las mismas dunas de líneas sinuosas, zigzagueando, describiendo semicírculos, coronando movedizas pirámides. Las mismas dunas de colores tornasolados: naranjas, ocres, amarillas intensas o mortecinas. Sin duda, en tanto la mano del hombre no las violara, seguirían siendo eternamente hermosas.

Tuvo sed y abrió la cantimplora. Apuró el último sorbo de agua en su reseca garganta, pero no aplacó su sed. La garrafa con el agua aguardaba abajo, en el interior del Land Rover. Ahora apenas un punto en el mar de arena. Allí también le esperaba Amhed, resguardado bajo la sombra protectora de una indolente palmera que desafiaba la mortal aridez de la explanada desértica.

Amhed no subiría. Sus órdenes tajantes eran permanecer allí pasara lo que pasara. Y Amhed respetaba las razones del viejo testarudo, su señor desde hacía años. No subiría. Y Dios le guardara de incumplir su mandato.

Transcurrieron horas en las que discernir si el tiempo discurría o no tan sólo estaba marcado por el lento declinar del sol, que acercándose imparable hasta la línea crepuscular, fue sumergiéndose en ella.

Al hombre le zumbaban las sienes y empezó a sentir el dolor de unos labios agrietados. En ese preciso momento recordó la mandarina que le aguardaba en el interior de la mochila; sin poderse contener, la tomó. Pero cuando la tuvo en su mano, comprobó que era en exceso pequeña para aliviar la sed. Inconscientemente la elevó hasta la altura de sus ojos y la comparó con el sol, al que sólo pudo mirar de frente gracias a sus lentes oscuras. Sí, era diminuta al lado del astro; en realidad cualquier cosa resultaba insignificante en presencia de la constelación de ardiente fuego nuclear. Sin embargo, era de un naranja intenso, casi rojo, similar al sol en dicho momento. Exhibía un tono desafiante. Como si retara a la estrella o quizá tan sólo la imitara a aquella hora del atardecer. Con su redondez exagerada, casi perfecta. No la abrió. Sencillamente la depositó sobre la cima de la duna y liberándola, la dejó deslizarse hacia el lado que la curva oscilante de la arena tuvo el capricho de ceder. La mandarina se escurrió pendiente abajo y desapareció absorbida en las tinieblas de la noche.

Cerró los ojos, y experimentó una rara y a la vez reconfortante sensación de bienestar. Y cuando volvió a abrirlos de nuevo, vio al sol fundirse en el horizonte y desaparecer engullido por las fuerzas de la tierra.

La noche sobrepasó al crepúsculo y la luna alcanzó su cenit. El hombre sintió un frío lacerante, que transformó sus exiguas y exprimidas gotas de sudor, en pequeños témpanos a la deriva que vagaban por su abultado cuerpo de viejo.

Más abajo, del infierno, surgieron cientos de hogueras y formaron una cadena de puntos luminosos que titilaban indecisos en la oscuridad, en tanto trataban de proporcionar algo de calor al frío rostro de dudosa candidez de la luna. Entonces se oyó el tambor del Tuareg, acompañado del triste lamento del chacal. Y a lo lejos, procedentes del vasto erial, se sumaron muchos más. Hasta que alertado, el fragor del simún, mediante su aliento, una por una extinguió las incipientes llamas, y solo permanecieron cenizas incandescentes.

Aquello duró parte de la noche, derivó en un incongruente susurro y finalmente cesó.

Al amanecer continuaba en lo alto de la duna. El más absoluto silencio lo envolvía y abrumaba. No había un ápice de brisa, no se oía el canto de pájaro alguno, ni cualquier rumor por leve que fuera delataba la presencia de vida humana o animal. Puesto que en semejante entorno, pocos seres vivos son capaces de sobrevivir. El hombre sólo escuchaba latir su corazón.

Luego vino la aurora. Y cuando el primer rayo del alba comenzó a despuntar bañando las rocas de luces mortecinas, al hallarse sometidas al brusco cambio de temperatura, chirriaron su indigno sufrimiento. Ese rayo también señaló al hombre, y su débil corazón extenuado de angustia, no aguantó más...

José Fernández del Vallado. Abril 2006. Arreglos mayo 2007.

jueves, 14 de junio de 2007

1

Solaz Ebriedad.





La mañana en la que fui declarado culpable y acusado a cuatro años de pena por atropellar a un transeúnte circulando en estado de ebriedad, estaba sentado en uno de los bancos de madera de teka de la audiencia. Tenía los labios oprimidos, la expresión torcida, y mis ojos azules abiertos de par en par, apenas parpadeaban mientras permanecían inmóviles sobre el rostro de la juez. Aunque, hubiera bastado con que uno solo de aquellos distinguidos magistrados se incorporaran y me dedicara unos instantes de atención, para precisar que yo en realidad no escuchaba. Era cierto, ni siquiera estaba presente. Me había ausentado. Para ser exactos lo que se había interrumpido era mi cerebro.



Era curioso, pensé. Podía ver a Cristina como si la tuviera delante de mí.

¿Era hermosa? Más que eso. Veía su semblante de sonrisa desenvuelta resaltar sobre su cérea piel de impetuosa andaluza, su nariz fina y perfilada, su cabello oscuro con tonalidades rojizas, y aquellos ojos almibarados capaces de dosificar por igual odio y pasión; y que ciertas veces, reflejaban un inexplicable destello de temor. Por ello, no era aconsejable adentrarse en sus canales sin correr la posibilidad de perderse en un laberinto de dudosa oscuridad y peligro.



Recordaba el día anterior a que todo sucediera, de eso hacían casi cuatro años, aunque la distancia y el paso del tiempo apenas habían hecho mella en mi ánfora de vidrio, donde todo continuaba conservándose igual de hermoso y sublime. Ese día hicimos nuestro tercer aniversario como pareja. Dejé atrás mi trabajo. Era una firma de contabilidad donde todo funcionaba en base a sumar y restar, y en la que yo tan sólo era un número con un sueldo que fluctuaba al impreciso ritmo de la bolsa.

Iba a recogerla a su casa. En la carretera, como torrentes de agua translúcida, los destellos tibios del sol iluminaban mi semblante transpirado, en el cual se dibujaba una indecible sonrisa de satisfacción. A mi lado, dentro de un paquete verde, unos preciosos jeans, un juego de pulseras de bronce y en mi bolsillo, en una cajita negra aterciopelada, mi sueño: El anillo de compromiso.



Vino a mí apresurada, con su adorable andar patizambo, jadeaba de ansiedad y regocijo. Nos dirigimos al parque, caminamos poco y en seguida nos acomodamos en un banco. Le entregué la bolsa con los regalos. Comenzó a estudiarlos con detenimiento; los jeans le encantaron. No pudo resistirse; carcajeando se ocultó bajo unos aligustres y se cambió. Le quedaban perfectos. Me sabía sus medidas al dedillo. Nos besábamos, pensaba en hacerle entrega del anillo, cuando una nube comenzó a cubrir el sol lentamente y en instantes, la tímida llovizna se transformó en rabiosa tormenta. Cubriéndonos con la bolsa y los viejos pantalones, abrazados, sin cesar de reír, escapamos al coche. Y cuando estuvimos dentro, empapados, permanecimos en silencio. El atardecer se diluía y ella, ella era un sombra dulce de ojos brillantes. ¿Quién era? ¿De dónde venía? Sostuve siempre que se trataba de una diosa naciente que acudió para salvarme cuando estaba perdido en situación de luz roja en la ciudad. Y estaba allí, conmigo. Sus senos oscuros, de pezones rojizos, suaves como aglutinante; sus labios blandos encarnados y carnosos. Sus manos, ágiles almohadilladas de felino; su cabello suave y resistente. “Mírame, rózame, deséame. Unamos vidas y desamparos.”



Perdí la confianza en existir cuando mi mejor amigo murió en un terrible accidente. Ella me enseñó como respirar de nuevo en la putrefacción de la ciénaga. En cambio ahora mi exterior seguía inmóvil, en apariencia establecido, fijado en el banco de la fría sala de audiencias, mientras mi interior se agitaba y casi gemía, en tanto contemplaba evolucionar aquel perfil sugestivo, cuyos rasgos de espectro felino se despojaban de los jeans que le compré para permitir unirme a ella. Sus piernas largas, pulidas, extremas, nuestros agitados vahídos. El auto se convirtió en un generador de calor apasionado donde rompimos a sudar hasta finalizar...



A continuación fuimos al cine. Se proyectaba una película, no recuerdo su título, pero sí a su actor principal: Hugh Grant, el inglés de la eterna sonrisa.

Se abrazó a mí durante la proyección y no cesó de reír los absurdos gags humorísticos.

Luego cenamos en un restaurante del centro. El ambiente estaba cargado y tampoco me decidí a entregarle el anillo. Sobre las dos de la madrugada la acompañé hasta el portal de su casa.

Vivía en un barrio sombrío de Villaverde, la calle era angosta y estaba mal alumbrada. Pero eso ya no duraría mucho más, me dije. Aparqué unos números más abajo, me disponía a entregarle el regalo pero antes me sorprendió con la noticia. Me dijo:

“Mañana me voy.”

Recuerdo que en principio lo tomé a broma y me reí. Incluso le contesté algo así como “Claro. Te irás a vivir a un barrio más chulo.” Pero ella se puso grave y señaló. “No. Me voy a vivir con una prima a Ontario, Canadá.”

Lo confieso, tras escuchar aquella frase, me quedé sin palabras; o quienes giraban en mi mente como peonzas eran precisamente las palabras. No era capaz de explicármelo. De pronto, enfáticamente, se abrazó a mí y me dijo:

“Lo sé. Gracias por regalarme estos tres bonitos años.”

¿Y qué sabría ella sobre lo que yo sentía?, me pregunté.

La miré sin voz. Aunque lo hubiera querido, en aquel momento, mi garganta era incapaz de emitir el más leve murmullo de lamento o de queja. Ella prosiguió.

“Todo se acaba en algún momento. Es mejor así.”

Suspiro y añadió.

“Nuestras vidas deben continuar. Tú por tu camino y yo por el mío...”
Recuerdo que llegué a balbucear un tímido: “Y qué hay de... nosotros.”

Cuando formuló su respuesta, mi corazón reventó mil veces como una vajilla defectuosa, y aún hoy sigue haciéndolo:

“¿Lo nuestro? No tiene sentido.”

Sonrió levemente y agregó.

“En realidad jamás lo tuvo. Sólo era pura diversión.”



Como dicen los franceses, estaba “touche*”. Ella me abrazó – ¿una vez más?– No lo sé. Salió del automóvil, y antes de irse definitivamente se acercó a la ventanilla. Mi mente, nublada, estaba sobrecargada de imágenes yuxtapuestas, como un film calcinado. Imaginé que en ese instante me iba a besar, que rectificaría lo dicho anteriormente con la encantadora sonrisa con la cual me había subyugado desde un primer instante. En cambio, de su boca salió:

“Ah, y no llames, ni me sigas. Sería un error por tu parte. Espero que hayas comprendido la situación.”



Al cabo de un rato comprendí la situación: ¡Estaba roto! Entonces hice lo que jamás hubiera imaginado. Yo, una persona en apariencia flemática, e incluso sosegada... La llamé. Tomé el teléfono con ansiedad, las manos me temblaban de desesperación al marcar, y le conté la verdad. Bueno, por primera vez, le relaté una versión a mi gusto. Le dije que tenía un anillo de brillantes para ella por su cumpleaños, y que, debido a la sorpresa, había olvidado entregárselo. Pero que quería dedicarle ese último detalle. Y en el fondo, lo único que deseaba con desesperación, era poder verla otra vez. Sólo una vez más... ¿La última? No, mi mente se oponía con nerviosismo a que fuese la última.



Es difícil precisar lo que puede pasar por el juicio de un ser despechado; tal vez pierda el rumbo y el dominio de la situación. Sí, a veces no sabemos quién o qué clase de ser se esconde en nuestro interior hasta que abordamos momentos de semejante magnitud. Aunque tampoco haya mucho que hacer. Sucede como un relámpago que nos deslumbra y en el cual no hay cabida para reaccionar; y, sin embargo, hemos de justificar cuales son nuestros verdaderos sentimientos, y rápido. ¿Cual era mi disposición hacia ella? Es fácil de resumir. El más profundo intenso e incognoscible amor, de pronto, se había revertido en su más feroz antónimo: odio...

Me detuve frente a la puerta. No tardó en salir del portal a trotecitos con su adorable andar patizambo. Pensé en insultarla, rebajarla, en largarle las insolencias más graves y duras que guardo en mi memoria. Incluso deduje que se merecía un par de guantazos. Pero cuando la vi desenvolverse con aquel estilo, aquella fisonomía de arquetipo delicado, oí su voz vibrar como el trino de un jilguero, contemplé una vez más su reducida cintura oscilarse como la de un histrión, sus manos deslizarse con la suavidad de un felino sobre la ventanilla del coche, a escasos centímetros de las mías, no fui capaz de hacer nada. Excepto respirar sofocado y tratar de retener el momento para procurar que discurriera con la mayor apatía posible.

Y así es como lo recuerdo: A cámara lenta. Pausada, aunque digamos, de baja definición.

Le robé un beso. Un último beso. Y, de repente, no me resultó un ápice semejante a los demás. A aquellos besos divinos, dignos de seres inmortales. Lo supuse, las cosas habían cambiado. En realidad era como si la inmensidad del universo hubiera dado un vuelco de noventa grados sobre noventa. Entonces lo supe. Al percibir revolverse inquieta su maldita lengua de víbora en mi paladar. Aquel era un beso de codicia. Y descubrí más cosas. Ocurrió como si de pronto, y en breves instantes, me retiraran una venda de los ojos, tapones de los oídos, algodones de las fosas nasales. Y todo el estrépito, mal olor, suciedad, asco, y fealdad grosera y oculta hasta entonces, penetraran de súbito en mi interior. El sueño se convirtió en pesadilla. Le entregué el anillo, pisé a fondo el acelerador, y ya no dejé de hacerlo durante toda la noche; cayendo cada vez más y más bajo. Descendiendo a los avernos de una ciudad que desconocía. Sé que hice de todo, y no creo que haya nada de lo que tenga que enorgullecerme aquella noche; con todo, apenas recuerdo... Hasta que toqué fondo y me arrastré como un reptil mutante.


No supe muy bien cómo ocurrió. La cuestión es que de madrugada, bebido como un tonel, con la maldad ardiendo igual que un tizón en mi interior, estaba allí de nuevo. Aguardaba a que ella saliera. Y naturalmente lo hizo. Comenzó a cruzar la avenida rebosante de equipaje. Entré en escena, y la arrollé.



El resto es chapuza ¿pura casualidad? o se lo debo a ella. Por fortuna los inspectores de la policía no saben ni descubrirán jamás nuestra relación. De tal forma nunca seré acusado de alevosía y premeditación y en cuatro años, o tal vez menos, estaré en la calle. Ella misma se cuidó de ocultarlo. Ni siquiera figuraba mi número en su móvil. ¡Ni una palabra, escrito o mero recuerdo sobre mí entre sus pertenencias! Cristina y su solitaria forma de afrontar la existencia. Alejada de su familia a la cual abandonó en su pueblo de Andalucía y borró de sus recuerdos. Mantuvo siempre que lo nuestro era y debería ser algo, secreto. Lo cual convertía nuestra conexión en distinta y maravillosa, afirmaba. Mientras que yo, como un ingenuo, absorbía sus conceptos y la seguía en todos sus… ¿juegos? Porque ahora lo sé. Su proceder se basaba en travesuras. En vivir a costa del otro. Era un maldito juego en el que, ese mismo amanecer descubrí, ebrio, pero conscientemente perverso, tampoco existían los límites...



José Fernández del Vallado. Josef. 2007.

sábado, 9 de junio de 2007

6

Siempre en el mismo Lugar...




Está siempre en el mismo lugar, inalterable, en “su refugio” de la parada del autobús de la umbría y popular calle Toledo de la que nunca salió. Usa chaquetilla gris de lana recia, zapatillas de fieltro y piel de conejo, un par de polainas de lycra picadas, falda de tejido grueso y una bolsa de plástico conteniendo su vida. A sus espaldas, la puerta azul turquesa del Barclays Bank resalta onerosa; funcionarios trajeados entran, salen, hablan, echan cuentas, y ella prosigue invisible al locuaz proceso de conductas irrevocables que se maneja a su alrededor. Se arrellana ¿quizá a la expectativa de un nuevo y más confortable autobús de existencia? ¿Está exánime en vida? Se me ocurre, que como la vida es un innegable proceso de muerte, ella quizá sólo hace que arrogarse unas horas de empeño…
No habla, dormita y parece aguardar, aunque nunca toma el bus. ¿Acecha? Tampoco dirige la palabra pide perdón reza suplica o se queja, y se fija en el bullicio que gira a su alrededor con el mismo desdén de quien vio desfilar una procesión hace décadas. Poco parece importarle haga frío calor llueva nieve hiele o sople un tifón. Bebe vino rancio, barato, y lo hace con dignidad. Ni siquiera es alcohólica de bulto, no habla sola y si masculla, jamás la verás hacerlo en alto. Al ser preguntada, con amabilidad de salón, responde frases de elegante disuasión. “Está bien. No necesito ayuda. No estoy sola. ¿Si tengo a donde ir? Ya estoy aquí. Este es mi sitio. Mi sitio. Mi sitio… Estoy segura. Sí. No se preocupe. No estoy loca. No. Segura. Segura, por completo.”
En general, la ciudad convive junto a ella, con la misma naturalidad que lo hace con ratas, cucarachas y ladrones; pero ella no tiene que ver. Su cabello cano, su forma de desenvolverse, anuncian dignidad y un pasado, como mínimo, juicioso.

Termino el trabajo de madrugada; es invierno. Vuelvo deprisa, las manos en los bolsillos, el viento desbasta mis labios y silba en mis entrañas, la calle está en silencio y las estrellas titilan de frío. Entonces oigo cantar y la descubro, es ella; mediante un clamor amortiguado, tenue y tierno, exquisito, abrazándose el pecho con sus brazos duros como rizomas, un par de mantas echadas sobre su abultada espalda de vieja, la botella a sus pies, mediada, y la cabeza ladeada, deja escapar notas que hablan sobre un lugar donde una vez hubo amor.
Paso a su lado, por un instante me detengo; pienso en llevármela, la noche es infame, cruel, todos los días pienso en lo mismo y ¿por qué no lo hago? ¿Por qué no sé reaccionar? ¿Soy insensible? Me comporto como la ciudad. ¿Formo parte ya del duro granito y metal de la ciudad? Sí, tal vez…
Está oscuro, algo brilla. Miro al cielo, a las marquesinas de los edificios, parecen retorcerse y agacharse hasta abrazarse entre sí; da la admirable impresión como si desearan resguardar la soledad y el silencio. Hace silencio, excepto la melodía. La miro. Alza la cabeza se vuelve y me contempla, nunca lo hizo antes. Revelo la procedencia del brillo, está en sus ojos. Resplandecen con incisa profundidad en la penumbra, un escalofrío arquea mi cuerpo. Una voz suave, delicada en exceso, me anima con inesperada placidez.
“Vete, regresa a casa. Tu mujer te espera.” Y añade más tensa.
“Lo sé. Sé lo que piensas. Todos lo creen. Pero yo estoy en la mía y No tienes nada que hacer aquí,” advierte. Y sonríe. ¿Sonríe? ¿Está ebria? Cómo sonreír sin tener hogar ni familia ni… ¡nada! Aunque a lo mejor eso es lo que yo establezco…
La miro con miedo, recelo a lo desconocido, lo sobrenatural me aterra, me sobrepasa. Bajo la cabeza, me giro y balbuceo.
“Adiós. Hasta mañana.”
A mis espaldas oigo un bondadoso “hasta siempre.”
Luego, la misma melodía me acompaña durante la noche. Y a la mañana siguiente continúa implantada en mi mente.
Y hoy, tras más de treinta años de aquello, está dentro de mí. Se encuentra siempre en el mismo lugar, “inalterable”, pero a la vez muy tenue tierna y exquisita, abrazada en “su refugio” de la parada del autobús de la umbría y popular calle Toledo de la que nunca tuvo necesidad de salir…


José Fernández del Vallado. Joséf. Junio 2007.

miércoles, 6 de junio de 2007

4

Escarbando en los recuerdos: Primera tarde de amor.






Otro día. Un día más de imperdonables vueltas y quiebros por un Madrid caótico. Hace calor. Me siento un instante para tomar un refresco y descansar. De pronto me doy cuenta con desconcierto. Estoy sentado – como hice aquel día – justo en el Café Central. En una mesa cercana a la salida del metro Bilbao. Entonces, algo pasa. Me revuelvo incómodo, mientras mi mente sin detenerse comienza a caer, a retroceder, se precipita perdida entre las manecillas del tiempo. De súbito, se detiene. Ante mí se abren unas cortinas y penetro en un escenario del pasado.

He quedado con ella, con mi primer amor…

Nos conocimos días antes, bueno, a decir verdad, nos llevábamos estudiando una temporada. Ella, es amiga de Alicia, compañera mía de toda la vida... Aunque “toda la vida” sean sólo diecisiete años, para mí, eso es ya un vasto mundo.

Es curioso, para ser octubre apenas hace frío. Es una tarde anodina. No es brillante ni oscura, calurosa ni fría. Los contornos son de un color gris apagado en la plaza. Para lucirme, me puse mis pantalones marrones, ceñidos con bolsillos a la altura de los muslos. Como es natural, no están de moda; detesto las modas.

Fumo cigarrillos rubios, fortuna, y voy por la segunda cerveza mahou. Ni que decir, me encuentro inseguro, y por ello, nervioso.
Mis ojos, mi mirada, mi tensión, no se apartan un instante de la bocana oscura del metro. Origen de mi angustia y a la vez perentoria ansiedad. En manadas, la gente brota expulsada de su infierno viciado y calorífero.

He quedado con ella, con mi primer amor…

El gentío, es también para mí una masa gris multiforme; sin color apariencia, ni voz. Los sonidos se mezclan confusos, forman un estrépito que crea un fondo similar al falso escenario de un metraje.

Y de repente, allí está. Viste una chaquetilla amarilla, pantalones negros, ajustados. Su cabello rubio, ceñido en una coleta, deslumbra destacando sobre el gris enrevesado e iracundo de la ciudad inmersa en su interminable guerra comercial.

Alzo la mano. Me descubre, ladea la cabeza. Sus labios finos y anaranjados, sin pintar, despliegan una sonrisa que subyuga por completo mis ideas, mi raciocinio, mi carácter. ¿Dónde estoy? Me cuesta encontrarme a mí mismo replegado bajo el paraguas que forma su primer beso cálido, directo, sin rubor; pero más me pasma preguntarme. ¿Dónde estuve esos años? ¿Perdí el tiempo retozando entre cochecitos, baloncesto y demás… mientras mi clarividencia me negaba la existencia de tan sublime paraíso?

En un instante ella está sentada a mi lado y habla sin cesar. Yo, por el contrario, apenas soy capaz de articular escuetos movimientos, siempre afirmativos, con la cabeza. Porque, tras recibir su primer beso, es mi unidad superior, la única extremidad que no tiembla.

Al cabo de indescifrables momentos, dejamos el lugar y avanzamos calle abajo. ¿La tomo de la mano o es ella quien lo hace? Sí, ella está segura. Se conduce en el camino del amor con innato placer y sabiduría. ¿Está acostumbrada? En realidad está a años luz, pero aquella tarde nuestras mentes, nuestras palabras, nuestros actos, por una vez se aproximan. No está mal lo que a veces pueden lograr dos personas dos espíritus, que no tienen nada que ver en la vida. Ella es en todo diferente. Según vamos hablando, lo averiguo. Pero no le doy importancia. Las diferencias no existen en el amor, sino fuera de él, percibo. Y, sin embargo, nuestras vidas se han aproximado por una tarde, por unos meses, y volverán a separarse para siempre, por y para la eternidad. Ahí radica lo maravilloso de la vida. Y ya jamás la olvidaré. Quedan los recuerdos. ¿Para qué sirven? ¿Y qué haríamos sin ellos?

Entramos en un bar. Llevamos caminando toda la tarde; dio igual de qué habláramos. Abajo hay un apartado. Allí nos reencontramos, tratamos de atravesarnos, de desnudarnos mutuamente sin palabras. Olvidamos las preguntas, las dejamos atrás. En el fondo sabemos que no son preguntas lo que uno busca en la vida sino respuestas. El primer beso es sensual y apasionado. Como hacer el amor con la boca. Después nos abrazamos, nos restregamos. ¿Cuánto tiempo estamos así? Me hubiera gustado cronometrarlo. Hoy me pongo científico. En el fondo me da cierta envidia pensar lo que fui y era capaz de hacer a tumba abierta. Ahora soy más introspectivo; pero ¿para qué serlo si existió el amor verdadero?
Sí… ese amor que hoy también está en situación de peligro. Explotado por el marketing de multinacionales y convertido en espectáculo de masas. ¿Cuantos creen ya que exista? ¿Qué sea posible? Aunque parezca mentira han hecho de el otro valor en decadencia, en exterminio. Puesto en el punto de mira de una sociedad ambiciosa y depredadora, enloquecida por un ilusorio valor monetario. Puestos a pensar: ¿Qué dirá la historia de este periodo “oscuro” si acaso se logra superar? Por el momento no hay indicios de que vayamos a hacerlo. Hoy, somos más egoístas que nunca. Sí, tú yo, nosotros: ¡Todos!

Y sin embargo, había quedado con ella, con mi primer amor…

La tomé entre mis brazos y la besé y nos besamos y la acaricié. Ella hizo otro tanto conmigo. Y suspiramos hondo y olvidamos, y olvidamos que allá fuera, en el exterior, lejos o quizá al lado mismo, hacía frío y había gente sin hogar; gente muriendo en guerras; padeciendo suplicios, torturas; gente viviendo esclavizada o derrochando millones y creyéndose dioses; gente asesinando; gente asesinada, ultrajada, violada… Y entre todo ese marasmo de humanidad, estaban esas personas, tal vez las más viles. Pues buscan comerciar con el amor y hacer de el un espectáculo banal y aberrante; con el único objeto de llenar de sucio dinero sus asquerosas cuentas bancarias.

La tomé entre mis brazos, salimos del local, ya era de noche. No hacía frío ni calor, no se oían voces ni ruidos altisonantes. En realidad, podría decirse, todo era “casi perfecto.” Hablábamos con absoluta franqueza y sonreíamos en todo momento sin desprendernos nunca de la mano y sin titubear. Y así era; en aquellos momentos éramos y fuimos, inmensamente felices. Fuimos uno. Y ahora, debo confesar que pocas, muy pocas veces, he sentido una felicidad tan sana y pura sin tener nada más que ofrecer que amor por amor a cambio de mucho más amor…


José Fernández del Vallado. Josef. 2007.


viernes, 1 de junio de 2007

3

Escarbando en los recuerdos: La canica.








Una tarde, removiendo en mi cuarto trastero, descubrí un pequeño cofre de madera; era verde satinado. Mediría unos quince centímetros de largo por diez de ancho. No recordaba de donde salía aquel misterioso objeto hasta que lo abrí.

Dentro hallé cuidadosamente dobladas unas hojas. Contenían las letras de canciones que compuse para un grupo del que formé parte a los diecisiete años, y cartas de amor que escribí sin enviar expresando mis anhelos a la que tal vez fue la primera novia de mi vida. Al proseguir recogiéndolas, de entre ellas, se deslizó una canica de vidrio con vetas de color difuminado. La tomé entre mis manos y la observé con detenimiento. Tenía una muesca en su superficie. De súbito la reconocí. Entonces mi vida dio un vuelco y el pasado retornó a mí en toda su potencia y esplendor.

Hacía una tarde sofocada en angustioso calor; atardecer de verano, supongo. Aunque no recuerdo bien en qué fecha estábamos, escarbando en los recuerdos, veo a mi madre disponiéndose a llevarnos a mi hermano y a mí a la Finca del Pardo, para así tratar de escaparse unos instantes de la ciudad y su agobiante entorno de calor. Tal vez nos bañáramos en una poza del río, y aunque no sepa con certeza si llegué a hacerlo una vez, sospecho que así fue.
Mi hermano: delgado, de brazos largos, tórax comprimido, cuello fino y estrecho, boca pequeña de labios torcidos. Sus ojos, redondos y brillantes como canicas, observaban con curiosa intensidad, y a veces aire de desconcierto, la vida que rondaba nuestro alrededor.

Mi hermano, jamás fue jugador, y sin embargo aquella tarde supo competir…

Mientras se arreglaba, nuestra madre nos mandó bajar y esperarla en el portal del edificio.

Salimos correteando. Benjamín, el portero, no salió a recibirnos. Lo cual nos dio la confianza para desenvolvernos quizá con mayor desahogo. No sé de quién partió la idea. Tal vez de mi mismo. Recuerdo que por aquella época se estilaba jugar a las canicas y también, que fue el primer juego que me enseñó de alguna forma a vislumbrar la crueldad de la vida.
En la escuela nos entreteníamos apostándolas. Y como suele ocurrir, ganaban los mejores. Por ello no era conveniente tomarles afecto. Pero un niño siempre será un mocoso amoroso. Yo me enamoré de mi primera canica blanca irisada. Era un nuevo modelo muy valorado que acababa de salir en el mercado. Tan sólo tenía una de esa clase; y no estaba dispuesto a perderla. Por eso nunca apostaba con ella. Para superar tales aflicciones tenía las otras; las malas e infravaloradas…

La tarde era apacible. Salimos al patio. No recuerdo cruzarme con ninguna persona mayor. El patio era de tierra amarilla, con setos muy bajos demarcándolo. El lugar ideal para jugar, y donde mi hermano y yo iniciamos la partida.

Mi hermano, jamás fue jugador, pero aquella vez supo competir...

Quizá sea una de las pocas veces que me ganó. Tampoco es que yo sea especialmente bueno en algo, pero él solía ser peor. No le interesaba competir, y hacía muy bien. Aunque no aquella tarde. Aquella tarde, una tras otra, me fue arrebatando las canicas la piel y la sangre; hasta que sólo me quedó la magnífica, la inapostable. Y por una vez, quizá por tratarse de mi hermano, arriesgué y la perdí. Entonces como suele y solía ocurrirnos a menudo a los niños – aunque quizá más a los mayores – no supe perder.
Después de entregársela, angustiado, se la reclamé. Y ahí comenzó el cataclismo. Como es natural se negó a devolverla, ya que la había ganado justamente. Yo era astuto, soy astuto… pero quizá mejor bribón. No sé cómo le engañé. Él me cedió algunas más y jugamos otra vez.

Comenzó a competir con ella. No sé si lo hizo para lucirse o porque yo le dije que no había juego si no la exponía. El caso es que aquella esferita que yo consideraba de mi pertenencia y que había permanecido durante más de dos meses sudada en los bolsillos de mis pequeños y desarrapados vaqueros, se paseaba ante mis ojos. Estaba en manos de otro; y aunque fuera mi hermano, lo único que me importaba era recuperarla. Al cabo de un rato la revancha estaba servida: desperdiciada. Sólo vi una solución para recuperar mi tesoro. La respuesta de los políticos sin recursos, de los oportunistas, de aquellos que cuando crecen se creen superiores. El robo. Arrebaté la canica y salí huyendo.
A mis espaldas oí voces confusas: alto, espera detente… Estaba seguro, mi hermano me perseguía, era mayor, más rápido y sobre todo, más fuerte. De no alcanzar el ascensor me atraparía y entonces ya no habría canica y en cambio sí una tunda y días de sollozos…

Entré en el portal. Corría con locura, como un temporal embravecido; la canica aferrada en mi puño derecho, y es que soy zurdo. Pero la atrapé con la derecha y de allí no saldría.

Alcancé la puerta interna del portal, detrás estaba el ascensor. Era un portón de cristal con marco muy estrecho. Con precipitación apoyé la mano para abrir y en lugar de hacerlo en el marco de madera, lo hice sobre el cristal. Cedió y la atravesé. Una lluvia de espejos afilados se abatió sobre mí, al tiempo, proferí un aullido de angustia y terror… Hoy sigo sin saber de dónde salió ni cómo hice para lograr aquella inflexión desquiciada. Aquel grito profundo y salvaje, con tan sólo siete años. Soy y seré incapaz de repetir nada de semejante intensidad y atrocidad en la vida. Sin duda fue un grito de muerte, ya que la muerte me rondó. Lo supe después. En forma de guillotina, un vidrio permaneció balanceándose, a sólo centímetros de mi nuca. Me lo dijo el portero, que impresionado por la fuerza del alarido, subió las escaleras desde su casa y me sorprendió allí; temblando, pálido y confuso. ¿Mi hermano? No sé. Supongo estaría detrás, sin atreverse a mover un pelo de su alma.

Cuando subía con el portero en el ascensor comencé a sangrar. Parecía un grifo sin presa. Dejé el ascensor cubierto de sangre. Me llevaron a la clínica, iba tan atontado y desfallecido, que casi perdí el conocimiento.
Me lavaron y cuando fueron a anestesiarme alguien se fijó en mi puño crispado. Tuvieron que pedirme que lo abriera. Finalmente, con dificultad, extendí la palma. Y allí; limpia, inmaculada, sin una gota de sangre que empañara su brillante superficie, se hallaba mi valiosa canica con vetas de color difuminado.

José Fernández del Vallado. Josef. Mayo 2007.


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