domingo, 27 de abril de 2008

30

Margot.

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Conocí a Margot por msn. No, en realidad no la conocí, la leí...
Me enamoré de ella desde la primera tecla hasta la última.
Con ella me dormía y despertaba a ella conectado.
Sus primeras fotos transformaron mi crudo invierno interior en jardín de primavera. Sus perspectivas por la web y su belleza desenfocaron mi punto de vista hasta demudarlo por completo.

Conocí un nuevo mundo aislado entre cuatro paredes a miles de kilómetros del mío, y supe que más allá de mis propios sentimientos, había una vida paralela, y supe que de un planeta llamado tierra, apenas conozco su débil superficie exterior.

Conocí a Margot en persona varios años después… No, en realidad no la conocí, nos encontramos. Me enamoré de ella desde el primer bucle de su cabello rizado hasta su esbozo de sonrisa burlona. Con ella dormí y desperté haciendo el amor.

Sus primeros desplantes transformaron mi cálido verano interior en un vasto erial de incomprensión. Sus perspectivas sobre la vida chocaban contra mis razonamientos hasta desorientarlos y deshacerlos por completo.
Me dejó por otro hombre sin una sencilla explicación. Y por lo mismo, sin una mera aclaración, pagó con su vida.

Hoy, entre cuatro paredes, a miles de kilómetros de donde ella yace, conozco un mundo aislado. Y sé que su vida paralela se apagó para siempre; no así mis sentimientos de amor. Y sé que de un planeta llamado tierra, apenas conozco su débil superficie exterior, en cambio mi interior es ya una caldera que abrasará eternamente…

José Fernández del Vallado. Josef. 2008.


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sábado, 19 de abril de 2008

22

El Vaticinio.

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La isla era un segmento de tierra de apenas cincuenta kilómetros de largo por treinta de ancho, donde un verdor de voluptuosa limpieza solventaba con suavidad regios contornos, cuyas siluetas y cortaduras delineaban una superficie de trazos abruptos.

Mo, joven de piel blanca, cabellos negros, radiantes ojos de malaquita con iris alumbrados en pirita y una piel tersa y lustrosa era la imagen plausible y cesionaria de una dinastía de monarcas en declive. Mientras contemplaba con atención como la superficie del mar más allá de los arrecifes adquiría un matiz azul oscuro, para finalmente, en la línea del horizonte, regenerarse en índigo y difuminarse en gamas que iban del delicado jade a la turmalina y esmeralda, tomaba en consideración las palabras que su padre pronunció en la última gran asamblea. Había dicho:
“Llegará el día en que la estirpe de los guanohais cederán su dominio a seres de cabellos de sol llegados del mar en canoas de ébano con alas de plata.”
Y mantenía el convencimiento de que el final de ese tiempo, estaba allí, en su interior.

Recordó la primera vez, cuando las naves de los extraños surgieron de las tinieblas blanquecinas del horizonte. En principio le parecieron sublimes y silenciosas. Pero a continuación distinguió auspicios inquietantes. El ímpetu de los vientos no suspiraba a su paso, tampoco el arroyo declaraba con agrado su deleitable y singular murmullo de paz, ni siquiera la esperanza que trae consigo un fresco y nuevo amanecer irradiaba su fuerza proverbial, sino al contrario. Los tensos y agotados organismos que tripulaban las embarcaciones eran osamentas oscuras que invocaban chillidos radicales, similares a los de esos seres que habitan en las simas de la muerte.

Desembarcaron sin dejar de enarbolar el estigma de su Dios, un ser iracundo, que proclamaba con ostentación su indiscutible poder superior. En cuanto a los demás… ¿dónde quedaban? No había cabida para nadie en su mundo. Mo, joven de piel clara, en cierto modo como la de aquéllos dudó, pero los aceptó porque concluyó que quienes se proclamaban portadores de la fe de un Dios poseedor de la suprema sabiduría con tal certidumbre, debían de estar en el camino equilibrado.
Cuando raptaron a su padre y le conminaron a él y a parte de la población, antes de ser ajusticiados, a postrarse ante aquel Dios de agonía y guerra Mo y seis mil guerreros decidieron ampararse en las montañas y luchar.
Durante años se revolvieron con la furia intratable del huracán y las cumbres fueron suyas. Pero los valles, los remansos de los ríos, las praderas florecientes, las playas de fino y suave grano, y, en definitiva, los mejores espacios, permanecieron en manos de los hombres de cabellos amarillos; y sin esos terrenos una reina guanohai estaba abocada al desastre.

Los seres de cabellos rubios se hallaban tan exaltados con quienes se habían atrevido a desafiarlos que semana tras semana, mes tras mes, los perseguían con todo su ardor, hostigando y poniendo a prueba la habilidad de supervivencia de la hueste de aguerridos guerreros. Se produjo una fulgurante y atroz batalla, y de nuevo vencieron. Al atardecer, cuando el cielo se tiñó de escarlata como la sangre de los cadáveres, transportaron al jefe de cabellos rubios malherido hasta su refugio. En tanto, rencoroso, aquel Dios perverso no cesaba de aullar clamando venganza y destrucción.

Mo, acompañada de su guardia personal y su pequeña cohorte de servidores se presentó y presenció con fascinación la belleza salvaje del hijo del Dios maldito. Delirante lo tomó entre sus manos y lo retiró a sus aposentos donde lo atendió personalmente, hasta recuperarlo.
Mo y el hijo del Dios comenzaron a vigilarse de forma insidiosa e incluso angustiosa; hasta que los amaneceres empezó a vérseles vagar sobre las crestas de los farallones y barrancos que ahora constituían el reino inaccesible de Mo. Se obró el milagro, todos lo supieron, el amor había penetrado en sus corazones. Por lo tanto, según las leyes guanohai, a partir de ese instante sus deseos estarían unidos para siempre, y el pueblo indígena ya no podría continuar su lucha contra una raza que había dejado de ser enemiga.
Un amanecer, suspirando, el jefe de cabellos amarillos tomó con suavidad las manos a Mo y le hizo una firme promesa. No habría represalias aseguró, sino perdón, y la restitución de sus derechos incautados.

Descendieron a la semana siguiente. Y hubo perdón, aunque inmisericorde. La mitad resultó ajusticiada después de besar el santo crucifijo; en cuanto a los restantes fueron esclavizados. En lo que respecta al jefe de cabellos amarillos, cabe resaltar, cumplió su palabra. Murió condenado como “hereje y traidor” en la hoguera.
Mo, joven de piel blanca, cabellos negros, radiantes ojos de malaquita con iris alumbrados en pirita y una piel tersa y lustrosa, imagen plausible y cesionaria de una dinastía de monarcas en declive, derramó unas lágrimas cristalinas y cesó de escudriñar desde las celosías de la torre donde permanecía confinada de por vida, y apremiada por el dolor acuciante de su vientre agrandado tras nueve meses de embarazo, comenzó a estancarse en un viejo cofre de recuerdos hirientes. Pero, pese a las circunstancias, no se limitó a sentirse desgraciada sino al contrario. Ya que mientras alumbraba con ayuda de la partera, pensó. “Es verdad, los seres de cabellos rubios y su Dios han logrado imponerse, pero en el fondo son estúpidos.”
Lo cierto es que en su comunidad en primer lugar se habrían asegurado de ejecutarla para acabar con su descendencia. En cambio, aquel Dios único guerrero y de infinita sabiduría, para su asombro, había decretado que una vez gestada la vida no podría detenerse. Por lo tanto Mo era feliz, pues alumbraría a su sucesor.
Entre sudores, espasmos y gritos de dolor sintió con gratitud y alegría como su hijo Moa entraba en el nuevo mundo. Y recordó el mensaje de su padre:
“Llegará el día en que la estirpe de los guanohais cederán su dominio a seres de cabellos de sol llegados del mar en canoas de ébano con alas de plata.”
Y ante el pasmo de las beatas y la partera por primera vez olvidó la prohibición de pronunciar el idioma del Diablo, y entonando con ademán sonriente palabras suaves como susurros, sus labios dulces se abrieron y evocaron con mimo aquella cadencia desconocida para subrayar:
“Y llegará de nuevo el día en que la estirpe de los guanohais recuperarán su libertad arrebatada, entonces los seres de cabellos de sol llegados del mar en canoas de ébano y alas de plata, se unirán a nosotros, o bien se verán relegados a partir sin volverse a mirar jamás el lugar por el cual se revelaron...”

José Fernández del Vallado. Mayo 2007. Arreglos Abril 2008




22 libros abiertos:

lunes, 14 de abril de 2008

23

Reafirmación.

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ES ESTA UNA HISTORIA DURA, FUERTE. QUIZÁ HAYA QUIEN NO LA SOPORTE; LO COMPRENDERÉ. SIN EMBARGO NO ES REAL SINO FICTICIA, PERO EN NUESTRA SOCIEDAD HERIDA E INMADURA MUY BIEN PUEDE HACERSE REALIDAD...

Me di la vuelta en la cama, abrí los ojos, inquieto. Encendí la luz y comencé a sollozar, tomé el libro de la mesilla de noche y lo abrí; mis ojos enrojecidos se centraron en sus páginas mientras mis sentimientos se enroscaban en torno a mí. Cuando lo cerré me sentí normal e incluso hueco. Me incorporé de la cama me vestí y salí a la calle.

Era muy tarde, serían casi las cinco de la madrugada de un día de fin de semana. Sentía un vacío inmenso desde que Paula se fue.
Comencé a caminar, la luna brillaba intensa y soplaba una brisa triste de agosto. En el parque unos jóvenes reían divertidos su todavía alegre borrachera. La recordé allí, subida al tobogán, la mañana de invierno en que nos escapamos de clase; descendiendo con la bufanda, los guantes, y su sonrisa abierta, como una gran pintura que decoraba un rostro feliz.
Llegué junto al mar y proseguí por la avenida. Podía sentirlo dentro de mí, estaba ahí. En algún lugar de mi interior; pugnaba por salir y expresarse. El malestar del fracaso. Lo intentamos todo para tenerlo. Nuestro hijo. El bebé que ella y yo deseamos... sin éxito.

Inhalé el aroma salobre del mar, el aroma de la derrota. Me senté un momento en uno de los bancos y allí permanecí, escuchando el rumor persistente de los cantos rodados mecidos por las olas. Saqué la petaca de güisqui y tragué con ansiedad, intentando olvidar la mañana en que los doctores dictaminaron mi impotencia. El fluido pastoso recalentó y reconfortó mi garganta.
La Recordé tratando de aplacarme. Pensó que adoptar a una niña africana podría ser la solución, y tampoco eso logró cambiarme. Ya no me importaba, dejé de ser hombre para convertirme en mutilado, en medio hombre. Volví a beber y me sentí mejor, con fuerzas. Continué caminando, desde ahora miraría hacia delante, el pasado estaba perdido... o en ruinas. Pero... ¿Y qué de mi presente?

Al cabo de un rato mi mente estaba vacía, encharcada en alcohol. De acuerdo, no pensaba, así era mucho mejor. Dejé la Avenida Marítima y me interné en los callejones del puerto. De forma mecánica mis piernas me condujeron al lugar. Allí estaba, existía. El cartel con luces de neón y aquel nombre sórdido, adecuado. Dentro manos de chicas ávidas pelearon por mí. Lo hice dos, tres veces, sin dejar de beber. Reafirmé mi condición montándomelas hasta que mi órgano, agotado, cesó de bombear esperma inútil y vacuo.
Salí con los bolsillos vacíos y la dignidad... no importaba. Había dejado de entender qué representaba aquella palabra y comprendía otra mejor: Soledad. Estaba solo. Aunque en realidad medio mundo lo está, me dije. O quizá más de medio mundo, insistí tratando de animarme... sin éxito, por que ya nada era igual. Mientras caminaba por mi senda secreta me reí satisfecho por como había follado. Ya era un hombre. ¿Había encontrado mi hombría? Sí, ahora era eso. Un “rara avis” que recuperaba su sexualidad durante noches de orgía.
Al cabo de un rato deambulaba perdido. Para ser francos, me encontraba bastante borracho. Reconocí la autopista. ¿Cómo había ido a parar a aquel lugar? Se interponía y para volver necesitaba cruzarla. Cómo hacerlo. Traté de atravesar corriendo. Pero los vehículos, sobre todo camiones, circulaban demasiado rápido. Entonces vi el pasadizo, me adentré, y al doblar una esquina me encontré con la escena.

Estaban tendidos en el suelo, o el tipo sobre ella, gemía o ¿sollozaban? Eran novios, aunque... ¿novios haciéndolo en un infecto pasadizo que rebosaba de mierda? El individuo se dio la vuelta y la hoja de la navaja brilló. ¿Violación? No lo pensé más y tampoco dispuse del tiempo para hacerlo. Cuando el hombre quiso levantarse yo ya estaba sobre él y la verdad, me pillaba en mal día. Calzaba botas de montaña. Pisé su cabeza como quien aplasta a una cuca. De forma salvaje, sin compasión y con miedo, mucho miedo. Pero miedo... ¿a qué? No lo sabía, pero lo olía. Estaba allí, instalado, junto a mí. ¿Era miedo a morir? Cuando ni siquiera me importaba. Incluso hasta podría resultar un alivio. Busqué a la chica. No estaba, había desaparecido. En cambio yo no cesaba de babear y de aplastar a aquel... genio que presumía de macho forzando a los débiles...

“¡Toma machote! Mascullé. Ahora ya no eres tú quien jode. Estás jodido. ¿Verdad?”

El hombre suplicó y no tardó en dejar de hacerlo. Me detuve, mi cuerpo temblaba. Llamé a la chica de nuevo. Nadie respondió. Me encontré sin aire, salí rápido al exterior me apoyé sobre una farola y aspiré hondo. Encendí un cigarrillo. Miré a mi alrededor. Arriba estaba el firmamento iluminado por el matiz ocre del alba y abajo el pueblo. En las casas y jardines colindantes las últimas luces nocturnas comenzaban a apagarse mientras su perfil se delimitaba entre la bruma. Fue un pensamiento fugaz. Allí, acogidos bajo los tejados de uralita de los chalé me aguardaba toda esa vida sonriéndome feliz. De repente me sentí nuevo, con una claridad en la mente que jamás tuve con anterioridad. Tiré el cigarrillo y volví sobre mis pasos. Necesitaba hacerlo. Allí estaba el hombre. Cogí la navaja. No me tembló el pulso cuando lo castré. Metí sus órganos en la tela de su bolsillo, me los guardé y me marché sin cesar de reírme entre dientes. Al fin, ¡podía sentirlo...! Era un hombre nuevo. Estaba repuesto. ¡Volvía a ser hombre!

José Fernández del Vallado. 2 Sept. 2007.


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miércoles, 9 de abril de 2008

16

Balada al ritmo de swing.

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Un dos tres… Dejo todo atrás,
nada permanece en mí, no hay vida interior; sigo caminando
adelante, corro, vuelo, soy casi fugaz... Voy rápido, veloz hacia la desembocadura de la vida. El último amor sucede y se desvanece de la noche a la mañana, y no soy yo quien reclama olvidarlo. Es el mismo amor y su urgencia quien declara que en la vida cada vez hay menos – espacio/tiempo – para hacer el amor. Puedo sentirlo. El goteo del tiempo como un suero intravenoso conectado a mí organismo. Acelero, esquivo al hombre rendido; descalabrado yace ante mí con ojos arrancados.

Ella… me quedan sus palabras, suspiros tenues en la noche, y ni un ronquido que delate imperfección. Más nada es perfecto, solo se adecua al precipicio que marca la calle. ¿Hace frío o calor? No, ni tiempo para pensar. Tomo la ducha me rasuro desayuno como ceno me acuesto y me vuelvo a despertar mil veces pero… ¿dónde? Tampoco hay espacio para las interrogantes y sí un latido frenético apresurado por una drogadicción dolorosa de cocaína en alza liberal.
Un dos tres… me proyecto. Mis brazos son garfios que se enganchan a las ranuras de los quicios; camino como un ser letal, abro ascensores y asciendo a rascacielos de alturas desmesuradas sin olor ni personalidad. Asisto a reuniones Yet Set: caviar congelado, salmón de criadero, una copa light y “speed” son sus nuevos eslogan. Es la vida a límite, la vida de aquel quien gusta deleitarse y ensalzarse al ritmo desgarrador que pide la humanidad. El Euro y el yuan pisan fuerte ¿dónde está el dólar? sino es bajo la alfombra de un viejo Saloon del Oeste. Irak danza al ritmo de las armas y en Afganistán se crían las amapolas más bellas y mortíferas que nunca se vieron…
Ella… me quedan sus palabras ¿a qué idioma las traduzco? si nunca hablamos el mismo. Es lo malo de este mundo, anhelas vivir bien y el vecino lo hace por ti, deseas reír y te sientes demasiado imbécil como para hacerlo, para llorar siempre hay tiempo, para entenderse ninguno y para amar… ¿cuándo? Si ya lo hiciste ¿no? O nunca fue así…



16 libros abiertos:

jueves, 3 de abril de 2008

17

Retrocediendo en el tiempo...

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Crei que retrocediendo en el tiempo volveria a encontrar ese calor que echo de menos... me equivoque. Ese calor o amor no existe ni aqui ni alla ni en ningun lugar posible a menos que lo genere yo de mi organismo, ahora, en decadencia constante. Crei que hubo un alma que una vez me comprendio.... me equivoque. Apenas sabe de si y de aquellos que le rodean, luego, como saber de mi? Al menos, busca lo suyo con determinacion, se arrima a quien de verdad le da calor; y eso, ya es algo muy valioso... Yo no aprendi a generar calor... Aunque me hubiera gustado aprender... Hoy ya es tarde.
Hoy estoy frio, asi es como me siento, frio por dentro y abrasado por fuera. ¿Por que crei que el amor me podria salvar y redimir? Me equivoque. Redime solo a quien estima necesario y de verdad lo merece... Puedo verlo dondequiera que voy, mi pasado me persigue, me cerca y acorrala en mi vida de ostraicismo a mas ostraicismo...
Volvere, una vez mas, el alma dolida, los postulados trastocados; otra aventura en la que no cosechare mas que una estima superflua; si la obtengo, y soy capaz de merecerla. Volvere a ser yo y de nuevo yo. Espero tener a alguno de vosotros a mi lado, ya que por ahora, las palabras no me sacian demasiado, pero me basta una fraccion de vuestra voluntad. No necesito estima para seguir adelante un blog en solitario. De nuevo, el bloggero, de nuevo.... blogger.


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