viernes, 30 de mayo de 2008

19

El Miedo de Iván.

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Iván era uno de esos muchachos a quienes tras echarles un vistazo tu instinto te permite presagiar que no vivirán para contarlo. Era un hombre algo más que extraño, era desconcertante e insólito.
Conocí a Iván o mejor dicho me conoció él a mí el día en que se me ocurrió apuntarme a unos cursillos de escalada libre y me quedé atrapado sin poder subir ni bajar en medio del escarpe de un barranco.
Llevaba dos horas estancado en aquel lugar endiablado y ni tan siquiera el profesor del cursillo se atrevía a venir a por mí cuando apareció; llegó hasta mí, me invitó a un cigarrillo, y me contó que su novia le había dejado. Y a continuación me preguntó si le podría ayudar a recuperarla. Naturalmente le dije que a cambio de que me sacara de allí. Él miró hacia el vacío y sin sentirse afectado, me dijo.

- ¿De aquí? ¡Pero si no hay nada!

Y luego con la seriedad más absoluta dibujada en su semblante, me preguntó.

- Dime… ¿Qué viniste a buscar?

Mi respuesta fue una mirada de pánico y desconcierto total.

La cuestión es que Iván era un hombre forjado con el carácter y la estirpe de los héroes. Era el tipo con menos miedo que haya conocido jamás. Practicaba toda clase de deportes de alto riesgo con una naturalidad pasmosa. Mientras te veías a ti mismo y a los demás tensos por el miedo minutos antes de saltar de un avión a tres mil metros de altura, lo descubrías a tu lado leyendo; eso, cuando no te estaba contando cualquier banalidad; como las lechugas podridas que había comprado en el mercado aquella misma mañana.
Iván practicaba escalada libre, saltaba en paracaídas, hacía puenting, rafting, karting, apnea, salto de trampolín olímpico de diez metros, buceo entre escualos y trabajaba en un terrario de víboras venenosas en el cual, al llevar a cabo la selección de empleados, solo se presentó él porque nadie estaba tan loco como para desear acabar revolcándose podrido tras recibir un recuerdo emponzoñado de uno de aquellos exóticos bichos letales.

Sin embargo, a pesar de todo, Iván era un ser humano averigüé en seguida. Y como todos los hombres, se caracterizaba por poseer ese instinto que nos convierte en potencialmente imbéciles y peligrosos: “El miedo.”

Iván solo le tenía miedo a una cosa, pero era un miedo cerval, un miedo que le hacía ser un hombre sin amigos. Bueno, con apenas uno: Me tenía a mí. El día en que descubrí su pavor por primera vez lo encontré vulnerable, desvalido, y sentí dolor y apego por él. Porque su miedo era el peor que pueda sentir un hombre; le tenía miedo al AMOR.
Naturalmente aquella novia que prometí ayudarle a recuperar resultó irrecuperable; él mismo la dejó desahuciada. Hablé con ella y me comentó que estaba loco, pues días antes la había hecho saltar desde un puente borracha. Por otro lado me pareció algo engreída y me sentí confortado de que la cosa no hubiera prosperado. Pero a partir de ahí iba a presenciar un lento suplicio que nunca pensé que un hombre pueda padecer, y lo vi sufrir como nunca.

El caso es que al héroe le encantaban las mujeres y se moría de deseos por tener una novia. Cabe decir que al menos, en apariencia, en principio todo empezaba bien de cara a mitigar sus anhelos. Pues el hecho de ser un hombre intrépido lo condujo a establecer ciertos récord. Unos de caída libre, otros de acrobacias, apnea, etc. Por ello le surgían numerosas admiradoras con ganas de probar el sabor de un hombre valioso y valeroso. Aunque ¿es lo mismo valioso que valeroso? El hecho es que cada semana lo veía salir con aquellas mujeres tras cualquier día de hazañas; eran auténticas preciosidades, que cualquiera querría tener para sí. Pero pasadas unas horas, invariablemente sobre las once de la noche, nunca más tarde, lo contemplaba aparecer en el chalé que ambos compartíamos en la sierra. Y cuando le preguntaba que tal le había ido, casi siempre me contestaba la misma retahíla.

- ¡Bah! A ésa solo le interesaba saber si cuando batí el récord del mundo de caída libre sentí miedo.

- ¿Y tú qué le dijiste?

- Que sí, claro. Todos tenemos miedo, ¿no?

En realidad desvelé que Iván había aprendido a decir esas palabras guiado por la inercia de los demás. Pues se le notaba a la legua su impasibilidad al pronunciarlas. En cambio, cuando abordaba el tema en concreto, sus rasgos cambiaban y exteriorizaban un actitud de él que muy pocos conocían.

- ¿Y la besaste? Dime. ¿Acabarías por besarla no?

Llegado a ese punto crucial su semblante se contraía en una mueca dolorosa y tartamudeando murmuraba.

- No… no…

Y ahí se quedaba, de piedra, encogido sobre el sofá, con la cabeza hundida entre las rodillas. Recluido en el silencio y avasallado por el terror que lo embargaba. En realidad no supe que aquello era miedo hasta la vez en que volví a insistirle sobre el amor. Empleando un tono de burla, se me ocurrió decirle.

- ¡Vamos! ¿No me digas que un hombre como tú ha sido incapaz de amar a una mujer tan preciosa como esa?

Su respuesta fue el silencio. Continuaba en su postura, con la cabeza hundida entre las rodillas. Lo miré con asombro. Entonces repetí casi gritando.

- ¿¡Que no la amaste…!?

Comenzó a balbucear algo con cierto frenesí. Escuché con atención. Como si estuviera deletreando negaba con la cabeza y repetía para sí.

- No, no, no, no y no…

Me acerqué hasta él lo agarré de los brazos y le dije.

- ¡Venga…! No me dirás que un hombretón como tú…

Se revolvió como un muñeco de goma y me soltó un latigazo en la mandíbula.

Décimas antes de recibir tuve el tiempo justo de vislumbrar sus ojos anegados en una expresión que nunca le había visto: Pavor. Y lo supe. Entendí que al hombre de hierro algo grave le ocurría: Conocía el miedo. Dejé de reírme de él y pasé a sentir compasión. Mientras, comencé a intimar con una chica me enamoré de ella y contraje matrimonio, él siguió como siempre. Viviendo en soledad, incomprendido, batiendo récord imposibles y siendo considerado un hombre extravagante, peligroso y envejecido, porque los años no pasan en balde.
Un día, recién cumplidos mis cuarenta y pico lo llamé, quedamos y fui franco con él. Le dije que a su edad – tenía un año más que yo – no podía continuar practicando deportes de alto riesgo. Me contestó con orgullo que seguía siendo el mejor (y era cierto) y que el no había nacido para ser un hombre de ciudad y si renunciara a hacer aquello se moriría de angustia. Se incorporó de la silla y me dejó plantado con el sabor de un mal café.

Se sucedieron los años y se hizo responsable: Profesor de paracaidismo. Yo solía saltar en su escuela de vez en cuando. El día en que ocurrió yo no estaba, pero alguien muy cercano a él me lo contó.
Sucedió una mañana, muy pronto, a primera hora. De hecho no había llegado nadie aún excepto el piloto e Iván. Una mujer extranjera, joven, de unos treinta y pico se presentó en la escuela y preguntó por él. Hablaron. Le dijo que su deseo era saltar desde una altura de diez mil metros. Iván le contestó que en su escuela solo se saltaba desde los tres mil, pero la chica era terca replicó que tenía dinero y al final lo convenció.
Cuando uno hace una propuesta así se supone que ya es un consumado saltador, e Iván así lo interpretó. Aunque, por una vez en su vida, su afinado celo intuitivo, falló.

El hecho es que la mujer saltó. Minutos antes, tanto el piloto como Iván ya estaban recelosos, pues la observaron demasiado nerviosa y lo supieron al verla caer desmadejada. Aquella mujer era una irresponsable y no tenía idea de cómo se debía de saltar.
De inmediato Iván se arrojó tras ella y en escasos segundos se plantó a su lado, la sujetó de las manos y de pronto se sorprendió. La chica estaba ¡riéndose! Pero no lo hacía a causa del nerviosismo ni del miedo calibró, sino de pura y simple felicidad.
En seguida estuvieron ambos mirándose atentamente – todo esto pudo oírlo por la radio el piloto y seguirlo con unos potentes prismáticos desde tierra un técnico – quien nada más llegar fue informado de la eventualidad y salió a realizar el seguimiento.

Pasado el primer minuto de contemplación, en silencio, sus semblantes fueron acercándose y de repente… se besaron. A continuación Iván le indicó a la mujer que tirara de la anilla del paracaídas. La chica lo hizo pero algo falló y no se abrió. Sin perder la tranquilidad volvió a indicarle que utilizara el de seguridad. Esta vez el paracaídas salió pero no llegó a desplegarse. Entonces, aún conociendo las graves consecuencias, Iván tomo una arriesgada decisión. Se abrazó al cuerpo de ella y al tiempo que la besaba, desplegó su paracaídas mientras con voz muy serena, le expresó lo siguiente.

- No temas cariño, estoy junto a ti. Y no hay que tener miedo porque te amo y todo va a salir bien.

Y se perdieron de vista en una zona de bosques y barrancos.

Tras una búsqueda que duró todo un día, al anochecer, sin encontrar indicios de ellos todo el mundo los daba por fallecidos.
Finalmente, muy temprano, a la madrugada del día siguiente un pastor de cabras oyó algo al otro lado de un risco. Se asomó y divisó un espectáculo asombroso. Sobre las ramas de un viejo árbol que milagrosamente crecía sobre la pared del barranco, se hallaba enganchado el paracaídas. Pendiendo sobre el vacío había una mujer y un hombre. No se habían movido durante horas pero aún permanecían abrazados, sin dejar de besarse…


José Fernández del Vallado. 2006. Arreglos 2008.



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domingo, 25 de mayo de 2008

17

El trino del ruiseñor.

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Desde pequeño, Lorenzo habitó en una casa de campo, en un lugar tranquilo al que se accedía por caminos de arcilla, sin vías asfaltadas y sin apenas vehículos.

Cerca había un pueblo pequeño con comercios caseros y gente pausada, acostumbrada a la lentitud de la vida relajada y sin bullicio.
Rodeado por una naturaleza en estado puro gustaba de observar y disfrutar los sonidos y colores del silencio. La pareja de lagartos ocelados estirados como serpentinas de color que acudían a tomar el sol sobre la cantera; cuando penetraba en el hierbazal el aleteo de las perdices y faisanes susurrar en su interior igual que el abanico de las damas en el oratorio durante los días febriles de agosto; las liebres al brincar como artistas sin trapecio; las bandadas de estorninos trazando en el cielo cuadros de arena movediza; el canto del cuco al rebotar entre la brisa revolviendo la chopera. Pero sobre todo, en primavera, despertaba a las cinco de la mañana arrullado por el armónico trino del ruiseñor de su jardín.

Creció y también creció su entorno y la ciudad casi alcanzó su jardín. El hierbazal se convirtió en centro comercial, los caminos de arcilla en pistas de dos vías y dos direcciones, el pequeño pueblo pasó a ser suburbio de bloques grises nuevos de metal y hormigón, en cuanto a él comenzó a desempeñar su trabajo de barman en la ruidosa nueva Avenida de las Españas, donde los decibelios de música, los motores y claxon de los vehículos, y el discurso a grito partido eran nueva sensación. Enseguida hizo amigos con quienes acudió a conciertos de música rock, partidos de fútbol, y a festejos de cientos de comensales, así entró a formar parte de la vida moderna.

Ahora, rodeado por una fauna en estado puro de agresión y frenesí, gustaba de participar y disfrutar de los ruidos y colores de la bronca y el barullo. La pareja de gays que danzaban acicalados como serpentinas de color en el pub “La Cantera;” o cuando penetraba en el local “El Hierbazal” el aleteo de los brazos y la voz de las lesbianas y extranjeras pitar en su interior igual que el acoplamiento de una guitarra eléctrica mal sintonizada; las chicas enloquecidas sin cesar de brincar como fieras sin trapecio; las pandillas de pendejos repartiendo palizas contra gente peor tratada que sacos de arena movediza; o presenciar la película de “Alguien voló sobre el nido del cuco” a las tres de la mañana con el estómago revuelto.


Pero sobre todo, en primavera, despertarse a las cinco de la mañana y escuchar cada vez más lejano el precioso trino del ruiseñor que todavía cantaba en su jardín. Hasta que cierto día, tras acudir al doctor, averiguar que debido a su progresiva pérdida de audición en apenas meses volvería a introducirse en su mundo del silencio, donde descubrió con pavor, dejaría de escuchar un sonido por el cual merecía la pena vivir; el añorado trino del ruiseñor...

José Fernández del Vallado. Josef. 2008.

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jueves, 15 de mayo de 2008

31

¿Mi nombre?

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¿Mi nombre? Apenas importa. ¿Mi trabajo…? Sobre mi empleo diré que llevaba meses colocado de camarero en un restaurante de “Alta Cocina Francesa,” en un lugar de la costa española, donde ponían como requisito para entrar saber algo de francés y de inglés. Pero yo fui listo y atrevido y los engañé. Les dije las cuatro palabras que sabía de cada idioma y picaron. No pagaban mal ni bien, pero ganaba más que en cualquier lugar de tierra adentro, y sin embargo estaba hastiado. Harto de atender con un calor infernal al mismo tipo de clientes, seguido siempre de cerca por Martina la maitre del local. Una catalana que más que maitre era un auténtico sabueso con un olfato del demonio para todo, menos para intuir mi secreto.

Meses de absoluta soledad, acudiendo los días de descanso a banquetes de bodas estrafalarias donde presencié escenas dignas de la película: “El gran Restaurante” de Louis de Funes. Y de vez en cuando, si tenía suerte, alguna chica horriblemente engalanada pero hermosa, aunque con la que en la vida real jamás llegaría a sintonizar, me sacaba a bailar borracha. Los jefes relajados, con el trabajo cumplido, me sonreían y dedicaban una serie de halagos que sabía solo irían a parar a un saco roto; pues no era más que eso: un vulgar “extra,” y un extra en una sociedad capitalista es nada. Sí, ni tan siquiera alcanzaba la calidad de simple “lameculos,” aunque suene así, tan mal.

Mientras, la temporada estival iba calentándose, cada vez había más trabajo. Lo cual equivalía a más regresos al piso agotado y con las manos vacías después de noches saturadas de estridente sonido de vajilla, fogones despidiendo el olor acre de la carne al asarse, o el penetrante sabor de las sardinas a la brasa, y de últimas, sesión de equilibrismo con bandejas y manos pringosas tras servir mil marcas de licores, risas tontas y cansancio. Y el tono de las conversaciones, unas veces sin juicio, otras estúpidas o sólo aburridas, de hombres huecos que derrochaban millones sin sentido. Y siempre aquellos semblantes gruesos, pálidos, oscuros, amarillos, verdosos, rancios, afilados, pérfidos, indolentes, abotargados, ávidos, crueles, inocentes, entre los que destacaba el de alguna cliente, la cliente por excelencia, con la que soñabas durante la hora larga que permanecía en el local para luego verla marchar imponente, deseándola para toda la vida cuando solo había sido o estado un momento en tu imaginación.

Otra vez, otra jornada de vuelta a tu piso. Octavo piso de una avenida junto al mar. La luna ya salió y se marchó. Estás sentado a oscuras, deseas dormir pero sabes que mañana será igual. Los cocineros franceses te han dicho: “En el pueblo de al lado hay fiestas ¿Vamos?” Les dijiste que no, siempre dices que no, no sabes por qué rechazas a la gente.

- Oye.
- ¿Qué?
- Sabes… Debes hacer algo para cambiar. ¡¡Vamos, sal ya!!”

Sales. Tomas el vehículo y llegas hasta el pueblo en cuestión. Aparcas y vas directo al mogollón. Allí está la plaza con el toro “embolado” en el centro. Te detienes junto a las barandas y lo miras estupefacto, el animal está asustado ¡muy asustado! Desde luego… A quién se le ocurre prenderle fuego en las astas y luego dedicarse a divertirse a su costa. ¿Es esto lo divertido? Por un momento deseas que atrape a alguien y lo voltee. Al final te cansas, te da pena mirar a alguien que sufre más que tú en esta vida.

Entras a un bar. Apenas hay nadie, están todos fuera jodiendo al animalito. Pides una cerveza luego otra. Sales abrumado. ¿De modo que esto son las fiestas? Doblas una esquina, oyes una algarabía confusa. Ves un garito del que sale luz, entras. Descubres que hay un concurso de cerveza. Te encaramas a la barra, pides una birra y te pones a observar a los participantes. La cosa no parece difícil; se trata de ver quien bebe en menos tiempo un par de litros de cerveza. Al cabo de un rato nadie consigue pasar una marca establecida. Una chica se acerca a ti sonriente y te ánima a participar, deniegas.

De pronto oyes risas, gente que aplaude. Luego alguien te dice: “¡Vete, sal de aquí campeón. Sabes, ya estas bien puesto. Has ganado jajaja!”

De nuevo las risas. Pero tú no sabes donde estás y lloras. Te encuentras llorando sentado en un portal frente a tu automóvil. Quieres irte, volver a casa. Estás solo. Pero ni tan siquiera eres capaz de atrapar tus llaves porque no sabes donde están.

De pronto alguien habla y te dice.

“Soy policía.” Y sigue “Le hemos retenido las llaves señor.” Y prosigue. “Márchese a su casa. Mañana tendrá su coche en el depósito de automóviles, cuando esté recuperado pasa a recogerlo.”

¿Recuperado? ¿Cómo? Si ya estás recuperado le dices y añades: “Solo deseo irme a casa….”

Nadie contesta. Silencio. ¿Despiertas? Todavía es de noche, pero ya puedes ver. Mas allá está la plaza, sin un alma o ¿sólo sombras borrosas? Son más de las cinco. Comprendes, los festejos debieron terminar hace tiempo. Deseas marcharte pero ¿y las llaves? ¡Claro! La poli. Ellos te las arrebataron. ¿Con qué derecho? Estás furioso. Vas hasta tu auto, compruebas que ni siquiera está cerrada la puerta, abres y tocas el claxon. Una, dos, tres, cuatro veces. El pueblo es pequeño. Al cabo de un rato surge un coche patrulla. Apurado, les comunicas lo que sucede, que deseas irte, y que ellos te retuvieron las llaves. Te dicen con seriedad que así es, pero que no las tienen allí. Entonces les explicas que tu piso está en el pueblo de al lado. Te dicen que puedes pedir un taxi. Les contestas que a esa hora no hay taxis y que si por favor te pueden acercar. Pero no parecen dispuestos. Les repites que estás bien y que desearías las llaves. En ese momento uno de ellos te las muestra y agrega que no te las darán, que no eres de fiar. De repente el otro te sujeta de los brazos y te explica como si fuera un “Mesías” que te van a esposar. Te llevarán a comisaría por resistencia a la autoridad, alegan. Forcejeas, compruebas que contra ambos no tienes nada que hacer y aparentando calma les dices: “De acuerdo. Está bien.” Aflojan. Justo en ese momento aprovechas para escabullirte a la carrera mientras te dan el alto. La cosa está clara para ti. ¡Por una estupidez no piensas ir a la cárcel! Detrás escuchas como si un vidrio se hubiera quebrado, luego la misma estridencia. Te detienes. No sabes por qué. Ahora tan sólo caminas. ¿Te sientes ya tranquilo? El hecho es que te cuesta respirar, te tanteas en el pecho, está mojado; es el asqueroso sudor, claro. Descubres tus manos pringosas, igual que cuando se empapan con el licor del sherry Oloroso, piensas, ríes y te las miras. Están rojas ¿del licor? Pero hueles y hueles a... ¿orina? Tus pantalones también están mojados. ¡Vamos! ¿Ya no controlas ni el esfínter? Entonces la ves; está delante de ti. Es la chica de la noche; la hermosa cliente te espera, ha vuelto junto a ti. Te acercas y la recibes con un hola de pasmo, y sin evitarlo tus brazos se extienden y la abrazas, la besas y la abrazas hasta que ella te dice que estaba en un coche y que esa noche cayeron por un puente y tú la miras sin dar crédito una y otra vez, y le preguntas.

- Y si estás muerta chica ¿por qué vienes a mí?

Y ella te responde:

- Vi como te fijabas en mí esta noche y tú también me gustaste.

- ¿Y..?

- Y pensé que nunca más nos veríamos… En cambio ahora sé que estaremos juntos para siempre…

Y lo supe. Supe que estaba muerto y había nacido de nuevo cuando contemplé a los “señores de la ley” dar la vuelta a mi cuerpo justo detrás de mí… Desde luego la cosa no iba a quedar así. Les iba a caer un buen palo por asesinar a un inocente borracho y encima, desarmado, ja...


José Fernández del Vallado. Josef.

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lunes, 12 de mayo de 2008

29

La consulta.

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Aquella tarde, mientras aguardaba en la sala de espera de mi psiquiatra, las Navidades se acercaban de nuevo imparables y yo me preguntaba: ¿Por qué estaba allí? Qué había sucedido para que una persona en perfecto estado mental tuviera que asistir a un psiquiatra. Eché cuentas y me espanté. Llevaba acudiendo a la consulta diez años. ¡Diez! Una década y para qué, si yo era un hombre normal. De hecho me había forjado una familia, tenía un puesto de trabajo, una mujer adorable, mis mascotas Timi el perro y Candy la gata, y a las cuales Adela, mi hija de cuatro años, adoraba... Tenía todo cuanto un hombre puede desear en la vida.

Helena, la psiquiatra, me hizo pasar. Era un despacho pulcro y cuidado en una zona céntrica y cara de la ciudad. De hecho, cada sesión me costaba un riñón. ¡Uf! Me arruinaba, aquello me quemaba. Debía hacer algo y terminar con esa situación... ¿estresante? No. ¡Vamos! Si yo no estaba estresado. Ni siquiera entendía qué quería decir aquella absurda palabra.

Me invitó a sentarme mientras me ayudaba a despojarme del abrigo, hacía frío en la calle, en cambio allí dentro todo era cálido, tranquilo e incluso relajante. Se sentó donde siempre, frente a mí, en su lugar al otro lado de la mesa de cristal. Ella, siempre correcta, atenta, de hecho perfecta; sabía guardar las distancias. Sí, sabía comportarse y transmitir bienestar mediante esa mirada preciosa y aquel rostro firme y siempre... aburrido. ¿Aburrido? ¿Acaso yo la aburría? ¿Qué pensaría de mí? ¿Sería uno más en su ajustado horario de consultas? Nunca me lo había dicho y en realidad no sabía nada de ella, ni siquiera si estaba casada y tenía un marido insulso listo vago o imbécil. En cuanto a los fines de semana ¿iría de compras a los almacenes como hacía la mayoría de la gente mediocre? En cambio yo le contaba todo. Diez años dibujando con esmero los detalles más procaces bellos e insulsos de mi vida, diez años de sumisión y había olvidado el porqué estaba allí...

Me enfrenté a su mirada, me traspasaba, era capaz de hacerlo sin esfuerzo, estaba seguro. Me conocía mejor que a cualquiera de sus hijos si los tuviera ¿o los tenía? Hice un esfuerzo por mantenerme sereno y le pregunté.
- Helena. Dime. ¿Por qué estoy aquí?
No se inmutó. Moviendo los hombros, tan sólo contestó.
- Tú sabrás...
Permanecí mirándola en silencio, mientras me frotaba las manos. Estaban frías y tensas. Sobre todo tensas. Diez años y la seguía temiendo. ¿Y por qué la temía? ¿Por qué no se lo decía y acababa de una vez? “Helena te temo. Tu mirada me desconcierta y descentra por completo.” ¿Por qué en todo ese tiempo no fuimos capaces de compartir un solo café ni hicimos un esfuerzo para intentar ser amigos? Y por qué después de cada consulta tenía que dejar sobre la mesa esos ciento cincuenta papeles. ¿Por qué el dinero? ¿Por qué? ¡Exigía saberlo!
Claro... No exigí nada. En cambio, le contesté.
- No lo sé bien.
De nuevo sus ojos estaban clavados en mí. Utilizando su fascinante expresión de Madonna me dijo.
- No lo sabes, o no quieres saberlo.
El qué... ¿Qué era aquello que no quería saber? Dónde residía el misterio de mi vida, de mi pasado. Que yo supiera mi actitud como persona, como ser humano, había sido siempre intachable. Al menos mejor que la de cualquier desgraciado de... Mi mano izquierda comenzó a temblar. Con disimulo la oculté bajo mi brazo derecho. Eran ellos, los echaba de menos, los medicamentos. Para colmo no recordaba qué ración había olvidado tomar aquella mañana.
- Cuéntame... ¿Y cómo te va? Me preguntó.
Y qué... Qué contar cuando en mi vida no pasaba nunca de nada. Si era un continuo fluir del trabajo a casa y de casa al trabajo. Pero para esa clase de pregunta si estaba prevenido y llevaba respuestas preparadas. Utilicé una que tal vez sonara bien y conviniera.
- ¡Oh! Ja... Sabes. Ayer le compré un gatito a la Candy.
Permaneció mirándome inquisitiva unos segundos, sus labios esbozaron una sonrisa... ¿burlona? Y mirándome divertida, me inquirió.
- ¿Le has comprado una gatita a tu gata?
Mierda... Sin querer debía de haberme tomado el doble de ración de Orfidal y la memoria me fallaba. Sonreí nervioso y corregí.
- No... En realidad fue a mi hija. Sí, a mi hija...
- ¡Ah! ya. Y dime. ¿A cuál de tus cinco hijas se lo compraste? Me preguntó con renovados ojos de felicidad.
¿Cinco hijas? No tenía sólo... ¿una? Ya no había duda. Algún medicamento me estaba afectando, me inducía efectos contraindicados. Sin duda era culpa mía, por no leer una vez más los detalles de las posologías.
- A Adela... Sí, a Adela. Respondí, mientras hacía un esfuerzo para no gritar del miedo y la ansiedad.
Pero Helena ya se había dado cuenta. Nada pasaba inadvertido a aquellos ojos de ave rapaz ¿o de buitre?
Haciendo una mueca dolorosa, lo dijo. Preguntó exactamente lo que tenía que decir y lo que yo, retorciéndome los dedos, esperaba que dijera.
- ¿Necesitas que te extienda alguna receta?
Resoplé con júbilo encubierto. Al fin se producía lo que deseaba y en realidad lo único por lo cual acudía de nuevo a la consulta. Me apresuré a responder dando los datos que estaban a mi alcance.
- Pues sí doctora, en realidad necesito que me extienda unas cuantas. Verá... Se me terminó casi todo...
- Veamos, dijo ella. Hagamos un repaso a lo que estás tomando para ver si estás debidamente reforzado. Y comenzó.
- Humm... Para estabilizar tu estado ansiolítico tomas dos pastillas de Orfidal Wyeth. Una por la mañana y otra antes de dormir. ¿Correcto?
- Sí...
- Tres grajeas de veinticinco miligramos de Topamax antes de dormir como tratamiento preventivo contra las migrañas asociadas a tu stress. ¿Correcto?
- Sí...
- Dos Frosinor de veinte miligramos después del desayuno y dos más de Deanxit para la astenia y para prevenir la depresión crónica. ¿Correcto?
- Si. Bueno... no exactamente. Tuve que añadir un par más...
- ¿Cómo? ¿Un par más? ¿Te sentías tan... mal?
Sus ojos me exploraron de forma huraña y amenazante, me puse a temblar.
- En realidad yo... No lo sé. Solo sé que tuve que añadirlas...
Pareció relajarse de pronto y me miró con aprobación. Se echó hacia atrás sobre el respaldo de su cómodo sofá y añadió.
- Bueno... No es problema. Si te van bien continúas así. Sigamos.
Para regular los estados anímicos alterados y restablecer la percepción real del mundo que te rodea tomas las ocho capsulas durante la comida de Tropargal que te prescribí. ¿Correcto?
- Si, si...
- Ah, y además te voy a recetar seroxat, un antidepresivo de nueva estructura química, cuatro pastillitas diarias. ¿Podrás? Y para tu memoria que veo te flojea vitamina B1 y B12. Por supuesto no olvides vacunarte de la gripe este año también. No te me vayas a enfermar...
Resultaba curioso pero tampoco recordé haber enfermado de nada grave jamás...

Me pasó las recetas. Las guardé con manos temblorosas. Me ayudó a ponerme el abrigo y me acompañó hasta la puerta. Esbozó una sonrisa en cierto modo prescrita y me extendió una mano distante, que ya no formaba parte de su aséptica e intachable consulta. Era Navidad, aún así ni siquiera permitió que la despidiera dándole un beso.


José Fernández del Vallado. Josef.

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domingo, 4 de mayo de 2008

47

Aircangel Happy Illusion.

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Lo llamaron Air, de aire, Ángel de ángel, y Happy Illusion: Feliz ilusión.

A Aircangel Happy Illusion lo hallaron lloriqueando en las bodegas del mayor avión de línea conocido, el Airbus A 7000. Obviamente, alguna madre embarazada y solitaria lo debió de engendrar durante el transcurso de horas que la aeronave empleaba en dar la vuelta al mundo sin repostar. Y, aunque buscaron y dieron con su posible madre entre los más de siete mil pasajeros que componían el vuelo, cuando la hallaron días después, su cuerpo ya era una especie de pasta en emulsión que flotaba en las veredas del Támesis.

Aircangel Happy Ilusion fue adoptado con cariño e ilusión por la tripulación del Airbus. Creció a caballo entre múltiples aeropuertos, tales como: Barajas, Jhon fitzgerald Kennedy, Gatwik, Orly, Santiago de Chile, Xinhua, Ezeiza Ministro Pistarini, Ciudad de México, Jorge Chávez etc…
Confinado siempre en la división de carga del avión, tenía una pequeña sección que habitaba y muy pronto encontró su lugar en la nave.

Todo comenzó una tarde mañana o anochecer a la vez; puesto que el avión se desplazaba a una velocidad tal que cubría en apenas veinticuatro horas tres vueltas completas a la tierra, en tanto realizaba escalas puntuales de apenas quince minutos de demora en cada aeropuerto. Ya que todo se realizaba con una precisión y velocidad asombrosa, digna de dichos tiempos futuribles.

Aquel día la estrella era “Luciano Tabanetti,” un violinista italiano. Se hallaba en el interior del avión, en el gran salón de conciertos decorado con revestimientos de raso en rojo y una hermosa araña central de la cual pendían dos millones de lágrimas que relucían con el brillo y transparencia de cristalinos fragmentos de hielo. Alzado en una tarima, en el centro del escenario, en tanto su público consumía una opípara cena, deleitó al personal sin apenas descanso durante las horas que duró la velada, y cuando se dispuso a finalizar, observó a un chico menudo de pelo oscuro, ojos negros y profundos, brazos delgados y planos como fetuchinis, sentado en una silla junto a una columna, que sin quitarle el ojo de encima lo observaba con cara de fascinación.
Resuelto a amenizar la velada de forma original y decidido a hacer la gracia de momento, haciéndose el generoso, invitó al chico a que tomara el violín y tratara de sacar una nota.

Quienes presenciaron aquella noche dicen, que en el momento en que Aircangel Happy Ilusion entró en contacto con el violín experimentó una sacudida similar a un espasmo o calambre, que suscitó que la gente riera a carcajadas y que a su vez Luciano Tabanetti se sonrojara de complacencia con su feliz ocurrencia. Pero a continuación, y anticipándose a que el maestro se diera el gusto de impartir una clase sobre el manejo del violín, el muchacho ya lo había situado con precisión entre el hombro y la barbilla; y mucho antes de que asimismo le enseñara a situar el arco sobre las cuerdas, ya arrancaba unas primeras notas que mantuvieron en silencio abrumador el inmenso salón.

Las notas que Aircangel Happy Ilusion obtuvo del violín de Luciano Tabanetti eran, aparte de desconocidas, de un preciosismo y delicadeza tan increíbles, que a Luciano Tabanetti se le escapó de la boca el cigarrillo que se acababa de encender. Aquella melodía parecía fluir por sí sola y llenaba los espacios de una belleza y armonía jamás experimentadas con anterioridad. Aircangel prosiguió en su estado de gracia durante casi un cuarto de hora, y cuando terminó, el aplauso fue tan apabullante que Luciano Tabanetti supo de antemano que, debido a su ingenua estupidez, acababa de perder el empleo.

Viajar en el Airbus A 7000 en el que Aircangel Happy Ilusion interpretaba se convirtió en un acontecimiento vedado sólo a personalidades, millonarios, y empresarios de toda índole. Quienes, después de escuchar su música salían no solo cautivados, sino curiosamente transformados en mejores personas.

La música de Aircangel llegó a hacerse tan célebre que las multinacionales discográficas se peleaban por obtener los derechos de autor y obtener su música grabada en CD. La sorpresa: Aircangel no parecía demostrar el menor interés en grabar ni en ganar dinero, ya que como él mismo aseguró a sus paternos de la compañía, con estar allí y tocar ya era sumamente feliz. De modo que fueron ellos, la gente de la compañía, quienes finalizaron por convencerlo de que registrar su música podría ser beneficioso, no sólo para él sino para toda la humanidad.
Aircangel accedió con una condición. No saldría a grabar a tierra, la grabación habría de realizarse en directo y en el interior de la nave.

Y así fue. No obstante, cuando se hubo completado, los técnicos de sonido comprobaron con asombro que sus instrumentos de grabación no habían obtenido un solo registro. Desconcertados, al día siguiente decidieron repetir la función; finalizó con idénticos resultados.
Tras meses de estudio expertos en registros y mediciones de todo el mundo alcanzaron una conclusión. La música de Aircangel ciertamente existía, pero trascendía como si tuviera lugar en un plano diferente perceptible sólo para el sofisticado oído humano, y no así para los instrumentos de grabación que pese a sus múltiples avances, todavía estaban un paso por detrás de la naturaleza.

La vida de Aircangel continuó relajada, puesto que a una gran mayoría de personalidades no les sentaba bien aquello de que les variase su temperamento – aunque fuera para bien – y sobresaltados, lo iban dejando un poco de lado.
Aircangel contrajo matrimonio con Monica una bella mejicana que se topó en su camino a los vestuarios y lo encandiló con su mirada dulce y serena. El enlace tuvo lugar, como no, en el avión. De aquél salieron al mundo Air Fast Gonzalez y Bell Fast Gonzalez niño y niña respectivamente.

Cierto día comunicaron a Aircangel una noticia que lo entristeció. El Airbus A 7000 era ya un avión antiguo e iba a realizar sus últimas tres vueltas a la tierra.
Se encerró en su cabina y se negó a salir de ella en todo el viaje.
Entonces sucedió lo impensable. Durante el trayecto de su penúltima vuelta a la tierra el Airbus A 7000 sufrió una avería eléctrica irreparable en su único y enorme motor, y por primera vez en más de cincuenta años, el que fuera considerado como el avión más seguro del mundo, quedó fuera de control, planeando a una altura de veinte mil metros y en descenso hacia un accidente irreversible.

De los siete mil hombres que componían el pasaje sólo había paracaídas disponibles para trescientos. Todo parecía perdido cuando, surgiendo entre una multitud que descompuesta por el pánico corría hacia ninguna parte, portando el violín en sus manos, allí mismo, en el centro del salón y corazón de la nave, se situó Aircangel Happy Ilusion y comenzó a interpretar una dulce y a la vez exotérica melodía. Y tanto niños como mujeres y hombres, fascinados, se fueron sosegando, olvidaron su pavor y se acurrucaron a sus pies. En breves instantes el salón entero estuvo colmado por siete mil almas que escuchaban en silencio, con ojos encandilados, el violín de Aircangel; mientras, la melodía alcanzaba en madurez e intensidad, las notas mecidas y acariciadas por aquellas manos mágicas fluían y flotaban, se extendían por sí solas y se iban condensando en un hermoso in crescendo que envolvió a la multitud hasta conformar un solo magnífico que adquirió la intensidad de un grandioso huracán de cálido viento y provocó que muchos lloraran de regocijo y alzaran sus ojos al altísimo techo del aparato. A continuación, el sonido emitido fue un tañido musical moderado, muy moderado y moderato cantabile… precioso, sin igual, dulce y arrullador...
Pasajeros y tripulación, incluido su comandante, cayeron en un sueño envolvente y profundo y para cuando despertaron, el avión reposaba cómodamente en medio de una preciosa playa en un espléndido atardecer trópical.

Los primeros en salir parpadeando los ojos al crepúsculo de un astro escarlata que dominaba el horizonte, fueron el comandante y la tripulación. Perplejos descubrieron en la distancia una sombrilla y bajo ella perfilarse un físico ligero. Era Aircangel Happy ilusion, quien por primera vez en su vida había sido capaz de salir del avión y nada más hacerlo, parecía haber hallado un lugar en perfecta sintonía con su música, donde establecer su alma junto a la de su mujer y sus hijos para el resto de sus días. Y así sucedió.



José Fernández del Vallado. Josef. Noviembre 2007. Arreglos mayo 2008.

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