jueves, 27 de marzo de 2008

15

Libertad...

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I
Nos pusimos en marcha temprano. Tras meses sin vernos pasamos una noche inquieta y apenas cesamos de fornicar en la tienda ubicada sobre la pared. Pero ahora era preciso continuar…

Liang Xu era bella y salvaje. No podría permanecer mucho tiempo junto a ella sin fornicar o pelearme. Entre nosotros no existían límites. Quizá por eso el sistema nos buscaba sin tregua. Habíamos desafiado a lo establecido en un mundo que proclamaba: “Elige libremente lo que quieras.” Yo elegí luchar y ¿por eso ya no era libre? Algo sonaba a chamusquina. Algo no funcionaba. Todos se creían libres y estaban sujetos y vigilados. Nadie era libre. Todo estaba cercado y lleno de ojos.

Liang era adorable y salvaje. Los mejores instrumentos contra el sistema eran mi cizalla y ella. Nadie como ella.
Día tras día atravesábamos fronteras, cortábamos cercos y penetrábamos en mundos libres y prohibidos. Eso era el capitalismo. Un mundo libre y prohibido. Una paradoja.

Había millones de habitantes libres que, sujetos al sistema, proclamaban que el socialismo había sido fatal porque no permitía más que aspirar a tener una bicicleta. Ahora, en cambio, podías aspirar a tener cuantas quisieras, ya que como se rompían cada año, debías comprarte una nueva. No sabía diferenciar qué era mejor, si aspirar a la eterna bicicleta o a cien mil motocicletas de papel.
Nosotros no éramos políticos. Apenas sabíamos lo que eso quería decir; lo habíamos olvidado. Nosotros éramos “rompe cercos.”

Me fijé en la complexión de Liang Xu. Durante la escalada libre ella iba siempre delante. En las paredes no había cercos; por eso escalábamos, porque allí éramos libres y únicos. A la mayoría de la gente no le gustaba sentirse única. Preferían pertenecer a la masa. Actuar como la masa, y hablar como la masa.
Nosotros no hablábamos; actuábamos. Liang estiró sus brazos de chicle y se prendió de lo inaprensible. Necesitaba verlo para poder repetirlo. Yo era muy bueno escalando y ella, genial. Ahí radicaba la diferencia abismal. Quisieron atraparnos en el sistema; su sistema. Nosotros no hablábamos. Ni concedíamos entrevistas a programas imbéciles. Descubrieron que filmarnos les salía barato y lo hacían cuando les interesaba.
Los helicópteros nos molestaban, por eso huíamos siempre. Durante días o meses nos perdíamos el uno del otro.
Aquella había sido la última vez, pero nos habíamos reencontrado.
Liang realizó un giro de noventa grados sobre un saliente a más de trescientos metros del suelo. Había llovido y el mármol estaba resbaladizo; me costaba seguirla. Ella era una arácnida; la reina de las arañas.

II
Antes de vernos me atraparon. Las manos de la masa me sobaron por primera vez en años. Sentí repugnancia, miedo y lloré y vomité. No quería decírselo. No debía enterarse de que acudí a aquel programa y hablé… sobre ella. Les conté que ella no era como los demás. Era pura. Un genio dedicado a su vida en las paredes. Nadie podía follarla excepto yo, porque jamás lo consentiría (eso último, no lo dije).
Me ofrecieron dinero por atraparla. Oro. Nunca había visto el oro. Era amarillo y brillaba más que mil soles. ¡Me prometieron que si la atrapaba construirían un muro de oro donde podría vivir en libertad! Que no estaba bien ir de rascacielos en rascacielos, que comprendiera el significado de la palabra, prohibido.

III
¿Cómo hacerla bajar? Jamás la había visto en el suelo. Sólo yo bajaba. Y ella… se alimentaba de huevos de los nidos que encontraba y de insectos, aunque de vez en cuando aceptaba alguna manzana. ¿Cómo explicar que existía un muro de oro sólo para nosotros? No lo entendería, lo material para ella nunca había existido; ni siquiera tenía sentido. En cambio yo… lo descubrí cuando el niño me regaló la moneda y me explicó que con ella podría comprar. Desde entonces entraba en los supermercados con sigilo, nadie se fijaba. Descubrí el pan, la leche en tetra brik, la mermelada. Se lo llevé todo, y ella nunca quiso nada, lo dejaba caer con desprecio, excepto algunas manzanas y huevos.

Descubrí a la mujer pálida y con cabellos rojos en un callejón. Me insinuó que por treinta monedas... No supe qué decir. Estuve meses haciéndolo y me enamoré. Por vez primera perdí a Liang quien continuó merodeando en las cimas de los edificios más altos y fríos. Allá abajo, con Dress, me sabía arropado, hasta que se marchó y me dejó. Entonces me atraparon.

Ahora, hoy, me cuesta seguirla. Sé que estoy enfermo. Como sé que la he matado, a ella, a mi amor. Igual que Dress hizo conmigo. Y la quiero muchísimo. Ella es mi único amor. Siempre lo fue. Lo sé. Como sé que no existen los sueños con muros de oro. También ahora lo sé. Vivo en un mundo libre en el que está prohibido ser libre y donde la libertad está llena de cercos. Sólo aquí arriba somos libres. Sólo aquí, en el cielo, y cuando echemos a volar…

José Fernández del Vallado. Josef. 25 marzo 2008.

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domingo, 23 de marzo de 2008

17

Santiago III. Antes de este episodio más abajo en el blog están los dos anteriores: I y II este es, de momento, el final.

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Aterricé en Chile vacío de sentimientos, de impresiones, de emociones…
Por lo menos así me percibí tras soportar un periodo de abstinencia sexual y encierro tan frío como si me ocultara de mí mismo en el interior de una caverna. La pregunta consiste en saber: ¿Por qué lo hice? He buscado esa solución, pero no encuentro más respuesta que una: Amor.

Amé tanto, que hubo días en los que la pasión llegó a proyectarse como alimento cotidiano y mágico de mi existencia. Como cuando desde Valparaíso viajamos a reconocer la casa de Isla Negra. No claudicamos y antes, a resguardo de una covacha, entre afilados peñascos, olas del mar rompiendo a nuestras espaldas, y los cochayuyos envolviendo nuestros cuerpos, consumamos el amor. Posteriormente, visitamos la fabulosa “mansión” de Neruda, dejándonos arrastrar por la exaltación de un placer todavía integrado a nuestros sentidos. En la sala de los mascarones de proa imaginé al gran hombre, acomodado entre reliquias y satisfecho con lo que logró cimentar en su fructífera vida. Sí… Aquellos fueron momentos brillantes; solazados por el ímpetu estuvimos a punto de zambullirnos y dejarnos arrastrar por unas olas que no tenían nada de afectuoso. A continuación, consentí complacido en que un caricaturista me hiciera un retrato que conservo ya para siempre.
El ocaso nos sorprendió entrelazados en el bus de vuelta a Santiago.

Y caminatas en busca de la paz de sus cerros, transitar en un metro impecable, siempre ceñidos; su cabeza reposando sobre mi hombro, mi mentón en sus cabellos rizados. Mis ojos detenidos en su mirada clara y profunda; charlas distendidas, atisbos de reconocimiento mutuo, roces, insinuaciones, risas y besos a la vuelta de las esquinas, rodeados de gentío, en soledad, en la oscuridad; besos de energía ilimitada…
Apenas soy capaz de describir con precisión lo que vino a continuación. Sé que no resultó ser más de una semana; quizá tres días a lo sumo, pero también sé que a mí me cundió como si fueran ¡cinco, doce meses!
Las noches que pasamos bajo las constelaciones; los instantes reservados al silencio durante los cuales yo observé fascinado como sus cabellos rizados y suaves se mecían al viento; los amaneceres duros y silenciosos, escuchando la lluvia de claxon y motores en combustión – la vida de Santiago – tras otra noche de ensueño amoroso increíble y difícil de imaginar. Su hombro torneado, su piel suave, sus labios siempre a mi lado. Nuestras cortas y lejanas (en la mente) aunque siempre cercanas en la geografía, excursiones a lugares de ensueño; los contornos de carne joven y dura de su cuerpo al arquearse sobre el mío; los excelentes desayunos que levantaban a un muerto después de una noche encendida; la ternura de sus besos con sabor a sal, con sabor a dulce, con sabor a bombón de crocante, con sabor a realidad, con sabor a irrealidad, con sabor a promesa, con sabor a placer…

La cuestión es que con el ritmo en que los días progresaban hacia la invariable cita final, se aceleró mi pasión. Así fue. ¿Me enamoré yo, hombre difícil, o tal vez más enamoradizo de lo que supongo? No lo creí en principio. Pero, cuando estaba de vuelta en el avión, con consternación cercana a la locura, descubrí que así era. La quería. Y a día de hoy sigo igual; enganchado al tren del amor. Por fortuna entre ella y yo nunca hubo ni habrá últimos días, pues, cosa rara, no vislumbré el final hasta que estuve embarcado en un despegue certero. Aunque sí… por medio hubo un domingo quizá, melancólico.

En resumen este es el final de una historia sin final, porque no ha terminado; así como la vida no se termina, pues tiene siempre su continuidad en quienes piensan y actúan como nosotros, o en mi caso, como yo. Lo sé... Tal vez no exista nadie parecido a mí en ningún rincón del planeta; quizá sea único. Pero, pese a mí misoginia, no lo creo así. Hay algunos que incluso me señalan como al doble del deplorable o magnífico actor “Jhon Travolta.” ¿Su doble…? Jaja... Otros, piensan y seguirán pensando siempre, que soy un excéntrico, vago e inútil, que no escogió el camino debido; aquella senda que sigue una gran mayoría, porque así lo enseñan y deciden desde que uno es niño. En todo caso elegí o me concedieron por imposición un itinerario que no es patrimonio de nadie: Vivir. Y estoy aquí con vosotros para escribir y ser un poco mejor cada día. Al fin y al cabo, un sabio y excelente solista en una canción memorable, dice algo así:

“Para hacer más efectiva la búsqueda del corazón, aviva esa pasión dormida, revívela, y encontrarás sentido a esta vida…”

Un saludo. Hasta pronto...


José Fernández del Vallado. Josef. 14 marzo 2008.

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miércoles, 19 de marzo de 2008

25

Santiago II.

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Ocurre en todas las grandes poblaciones. Desde el instante en que uno pasa a formar parte de Santiago advierte ese cambio de ritmo del sosiego del campo al trasiego acelerado y descompuesto que tiraniza la ciudad. Autos y más autos; toneladas de aleación de chatarra fluyen por sofocantes trazados de metal fundido que reciben el nombre de avenidas, calles, paseos…

Dejo de ser conductor y consigo el carné de peatón. En Santiago fui un peatón generoso; sin el inexcusable ritmo de las horas sobre mis espaldas, porque no trabajaba, sin cansancio, porque descansaba lo necesario, y sobre todo sin esa soledad opresiva y agónica que muchas veces nos escolta. Estuve bien acompañado, pues ella estuvo a mi lado, siempre a centímetros. En Santiago fui un peatón también muy afortunado – en realidad éramos dos en uno – pues por una vez tuve la oportunidad de ver una ciudad, no de refilón, sino con ojos bien abiertos.
Recorrí el Paseo de Ahumada fijándome en los detalles y pintorescos géneros de humanos que nos cercaban; deteniéndonos a degustar un helado o un café, caminando sin cesar. Porque ella es gran caminante de ciudad y también del terruño.
El cerro de Santa Lucía y el de San Miguel a nuestros pies, aunque en el último, fueron casi nuestros pies quienes se dejaron derretir por el calurosísimo sendero de bajada.
Cuesta arriba, cuesta abajo, esquivando perros que dormitaban en esquinas o el mismo centro del pavimento, divisando catedrales en sus plazas y plazas que sientan cátedra; siguiendo la divina Providencia o alumbrando la Alameda. El Mapocho nos enseñó sus dientes podridos de líquido envenenado. Conquistamos la ciudad día tras día un poco más; para al atardecer regresar al punto de partida y dejarnos caer el uno sobre el otro en el hotel. Acariciándonos, mansamente al principio, buscándonos luego, besándonos despacio, con deleite, sin prisa, con el tiempo dominado y en el bolsillo… Alguna mano se escapa y de nuevo el delirio de un placer cotidiano.

Amanecer soleado y fresco, oportuno para salir. ¡Vamos! De caza a los Sacramentinos. Una iglesia que bien pudo ser catedral Bizantina, pero de cemento. Y por Dios, he visto construcciones alucinantes, pero lo que allí llevó a cabo la iglesia, menudo derroche de imaginación, talento… y dinero. Deslumbrado, tomo un libro entero de fotografías…
Otra vez, la noche es nuestra, y en realidad nunca fue tan nuestra. No soñamos, vivimos al día, amamos al día, pertenecemos al sueño eterno, un sueño que está en nuestras manos y va en pos de nosotros mismos.
Esa noche nos amamos, si cabe, más y mejor todavía. Y a la mañana siguiente escapamos a Valpo. Somos libres; nadie nos detiene. La semana nos pertenece y es casi una vida entera. Muy pocas veces se viven siete días con la intensidad de doscientos.
Valpo nos recibe con diez grados menos de calor y diez más de fiebre alocada. Maravilla de ciudad. ¿Por qué decirlo? Si ella misma lo sabe. Escalar sus cerros y visitar la espléndida Sebastiana, hogar de ese gourmet de la vida que fue Pablo Neruda, compruebo, tras la visita en Santiago a su excelsa Chascona. Y amarla un poco más, cada día un lazo más sin que ella se de cuenta; yo tampoco lo hago, sólo, lo intuyo…
Almorzar en un cuchitril, al lado del chulo extranjero y su prostituta de lujo, resulta incluso divertido, pero no conviene pasar allí toda una vida. Se hace tarde y es necesario atender la visita concertada a Viña, para encontrarnos con una bloguera cariñosa y meritoria. Nos citamos en un Mall gigantesco – cosas de viña y sus cantidades industriales de niños y niñas guapitos. – La visita es entrañable, ella genial y sus padres maravillosos.
El retorno apresurado por el anochecer. La búsqueda de un lugar donde descansar se convierte en una lucha contra un frescor paralizante que no conocía desde que llegué al verano santiaguino. Ella tiembla, yo disimulo muy mal.
Calle Pedro Montt: “Hostal Valparaíso.” Entramos, escalamos unas escaleras y sin ser conscientes acometemos el laberinto del Minotauro. Jamás vi maraña de pasillos que suben, bajan, se bifurcan, tan excelentemente entramados. ¿Vive allí una gran araña de rincón? La señora que nos atiende, lo parece, no lo es. Nos acompaña a la habitación. Cuando llegamos, ya estamos perdidos. No importa. Nuestro objetivo: despertar temprano a la mañana siguiente para tomar el desayuno que acompaña la estancia, porque ni siquiera hemos cenado.
Una vez en el camastro, extiendo un brazo sobre sus cabellos, rodeo su nuca con delicadeza y huelo su aroma a mujer. Ella se acurruca junto a mí y me acaricia. Que conste: Estamos muy cansados, agotados. Pero la hora del amor llama, y cuando lo hace, nada es capaz de interponerse…

(Continuará.)

José Fernández del Vallado. Josef. 11 marzo 2008.

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viernes, 14 de marzo de 2008

33

Placer con el jazz….

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Una mano delante, la otra detrás; calor asfixiante. Las faldas alzadas, sus ojos brillantes. Aroma a color, miradas de sorna, murmullos de amor. Carolina del sur. Un trueno en la estancia.

Revueltos sobre la estera; lluvia en los canalones. Pechos húmedos en mi rostro, sonrisas oscuras, gemidos de bebé, ladridos de perro. Suspiros profundos, manos que buscan sin encontrar y encontrándose; corazones a mil revoluciones, besos temblorosos, saturados de saliva y lascivia. El sexo mojado, dedos que se impregnan; sabor a pantano. Dolor al empezar, placer con el jazz…


José Fernández del Vallado. Josef . 14 marzo 2008


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martes, 11 de marzo de 2008

16

Santiago.

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Cohabité conectado a ella de forma permanente durante más de año y medio. Despertándome con ella (al otro lado del monitor) acostándome con ella (al otro lado del monitor), viviendo mutuas tragedias, disfrutando nuestros espacios de soledad compartida; felicitándonos, enviándonos besos que atravesaban fronteras del tiempo y distancias enormes. Conociendo detalles de las habitaciones desde las que nos conectamos; de la suya, esa puerta gris que da acceso al resto de un piso para mi desconocido y misterioso, y el armario que queda a su izquierda. Exponiendo también cómo nos vestimos, lo que comemos, y hablando de las personas que nos rodean y nos importan...

Y ahora, casi no lo creo. ¡El avión aterriza! Han tenido que transcurrir años y aquí estoy, en Chile. Todo me resulta en cierto modo cálido y conocido; los pacos, los trabajadores, el sencillo pero práctico diseño del aeropuerto. Escapado de mí invierno, es otra vez verano, pero… hay algo diferente.

¿Ella? Está en algún lugar esperándome, muy cerca. Jamás estuvimos tan próximos pues siempre nos hallamos separados por miles de kilómetros, y ahora, de pronto, soy consciente. Tal vez sólo nos separe una última y delgada franja internacional.
Recojo mi mochila, recuerdo sus palabras de forma mecánica:
“Sales por el lado derecho; no lo olvides. Allí estaré yo.”
Ella… la mujer que ni siquiera sé cómo es y de la que creo saberlo… ¡todo! Percibo la sensación del momento. Es como echar una moneda al aire y contemplarla caer hasta que se detiene de canto. Estoy en ese impás. La cargo en un carrito, camino dominado por nervios que creía tener sometidos.
Salgo al exterior, aguardan cientos de personas, todos me miran. Durante unos instantes me reconozco en la piel de una estrella de cine o del rock. Abandono la pasarela de metal, me mezclo con el público. Mi cabeza gira perturbada en ambas direcciones. ¿Dónde está? Una voz pronuncia un nombre. ¿Mi nombre? Me giro y me encuentro frente a una mujer menuda, muy bella, de cabellos castaños y rizados, que me recibe con una sonrisa de ángel y una expresión recordada. Despierto de mi sueño o caigo en el; la reconozco. ¡Es ella! ¿Ella entre mis brazos? La recibo, me dispongo a apresarla y ya se ha liberado. Maldigo mis reflejos. Todo ha sido perversamente rápido. Pero así es como suceden las maravillas de la vida; mediante detalles maliciosos y veloces. Progresamos rápido hasta el vehículo, una camioneta. Olvido su color, su marca ¡no sé nada! Pero es que estoy junto a ella. En el camino hacia Santiago cruzamos palabras intrascendentes.

La camioneta nos deja ante el hotel. Ella desciende a mi lado. ¿A mi lado por primera vez en más de año y medio? Se me hace raro tenerla ahí, cuando todavía no me he liberado de su aura cibernética y continúa siendo casi una imagen.
En recepción palabras de formalidad. Firmo el libro de registros. Me dan la llave de una habitación interna. Ella pregunta por otra con ventanas a la avenida. Asiento afirmativamente, deseo verla. Nos la enseñan; no es la que queremos. Perdón, la que deseo.
Entramos en mi habitación. Cierro la puerta, giro el cerrojo y me vuelvo. Se ha sentado sobre la cama. Abro una bolsa y le muestro unos regalos, sus regalos; es decir, los que le entrego y ella recibe, aunque presiento que me falta algo por entregar. Me levanto inquieto, sin atreverme a enfrentar sus ojos, y empiezo a deshacer la maleta. Me detengo. Sigue ahí sentada, no se ha movido de lugar. Un impulso desconocido hace que mis piernas me proyecten a su lado, le susurro.
- Sabes, tengo algo que decirte…
Nos miramos. Ella contesta.
- ¿El qué…?
Mi garganta es un tenso nudo corredizo del cual las palabras no alcanzan a salir. Como una sombra mi volumen se desliza hacia ella y tomándola del rostro, mediante mis manos, sin cesar de palpar, le expreso aquello que quiero decir sin palabras. Nuestras lenguas se cruzan, abrazan, y reconocen entre sí en un beso cuyo ímpetu es a la vez delicado y fervoroso. Sólo entonces me doy cuenta, cuanto tiempo esperé y soñé este momento. Nos besamos sin desligarnos durante cinco, diez, quince minutos. Finalmente, cuando lo hacemos, me siento delirar. Mi cabeza está al fin deshogada y a la vez es un cúmulo de sensaciones. Alguien dice.

- Vamos, debemos salir…

Soy feliz. Sí, puedo afirmar sin miedo a equivocarme: Lo soy por completo…

(continuará)

José Fernández del Vallado. Josef. Marzo 2008.


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jueves, 6 de marzo de 2008

18

En la Patagonia, sucede...

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En Puerto Montt tomo un avión, me conducirá unos tres mil kilómetros al sur, a la Patagonia chilena. ¿Encontraré allí esa libertad idílica e ilimitada que en el fondo busca mi alma. Esos parajes desérticos, bellos, deshabitados; alejados de toda civilización y su imposición monetaria?

Consigo una plaza junto a la ventanilla. El viaje en avión es casi un placer para la vista. Primero descubro asombrado el campo de hielo norte, pero mi asombro no tiene límites al ver a mis pies la capa de hielo del enorme campo sur. Del cual parten glaciares tan excelsos como el Grey, el Perito moreno, etc.

Deseo estar ahí, y estaré cerca. Pero – lo desvelo ya – no llegaré a cumplir mis sueños al completo. ¿Una razón? Puerto Natales es indudablemente una población conmovedora, pero claro, estoy en época de verano y el turismo… el inapelable turismo, lo invade todo. Con lo cual Puerto Natales resulta una ciudad enclavada en un paraje precioso, pero de lo más caro de Chile. ¿Otra razón? Ella no está. ¿Suficiente? No, demasiado.

En los próximos días veré montañas alucinantes por las que tendré que pagar; glaciares increíbles que desaparecerán y hoy echarles un vistazo cuesta casi como pagar cinco mil helados de limón; ríos de belleza casi selvática, impagable, por los cuales pagué por recorrer sus riberas… ¡Nada que hacer! Chile está como mi pobre España; conquistado por el materialismo acalorado, que mutila todo de raíz de forma salvaje. Los anglosajones, dueños del mundo, poseen dinero a raudales; por ser atendidos pagan cantidades que luego también nos hacen pagar a nosotros, otra clase de turismo que sufrimos las consecuencias de convivir con los florecientes. Debido a este problema, el chileno medio y no digamos el pobre, no puede ni podrán ver más que fotografías del sur de su país. ¿Y la humildad de la población natalina o natal, dónde queda, cuando todos sus habitantes se pelean como buitres por cazar al turista para enriquecerse? Sí, me alegro por ellos y por su fortuna. Pero de seguir así es… ¿ilimitada? Lo dudo.
Esto es lo que vi; tal vez hubiera más. Y lo había. Terrenos extensos, sin casas, sin hogares, bellos, preciosos, de una belleza desoladora; una vez habitados por indígenas hoy exterminados. Los terrenos a los que llegaron los españoles. ¿La culpa de esto la tuvieron nuestros/mis, antepasados? No lo sé, solo recordaré lo siguiente, tomen nota:

Durante los actos de conmemoración del V Centenario del Descubrimiento de América, se cuestionó y se condenó a España, ¡con razón! por su violenta conquista y posterior dominación que destruyó culturas, imponiendo un nuevo orden y una nueva religión a sangre y fuego.
Pero, curiosamente, tampoco se condenaron las matanzas y el exterminio o explotación de pueblos indígenas enteros, a partir de la Independencia de las nuevas Repúblicas Iberoamericanas. Quienes, con variantes de grados, continuaron las peores costumbres del régimen español, a pesar del ropaje republicano y democrático de los nuevos estados.
Así pues alacalufes, yaganes, kawéskar, onas o selkam, fueron exterminados. Y donde antes reinaban – sus territorios patagónicos y fueguinos – hoy sólo quedan… ovejas, ñandúes, zorrillas, y algún zorro intrépido.

Me gustaron mucho Las Torres del Paine; majestuosas, imponentes, ya conquistadas. Me agradó que se hagan esfuerzos por mantener todo eso, pero tal como ocurre en la España mediterránea, por más empuje que se le de, al final la fiebre monetaria, acabará barriéndolo todo.
De hecho, ya van a por ello, pues unos cientos de kilómetros al norte, en la región de Aysen, para empapelar la crisis energética, nuestra gran hidroeléctrica Endesa, pretende represar y ahogar para siempre extensos y preciosos valles, tal como sucedió aquí con el dictador Francisco Franco durante las décadas de los años cuarenta y cincuenta.

Espero que en los próximos años la situación que yo he visto crecer, varíe. ¿Cómo se hará? Está en manos de los políticos. Quienes por cierto, hasta ahora (en todo el mundo) sólo han demostrado su torpeza, escaso tacto y percepción, para amasar otra cosa que no sean fortunas. En manos de ellos estará “moldear” el futuro de la Patagonia chilena. Sigue siendo una tierra muy hermosa. Todavía hay tiempo, pero se acaba. A mí se me acabó el viaje y volví recordando las torres del Paine cuando todavía eran de los ancestros indígenas; recordando el temor con el cual contemplarían y “adorarían” glaciares tan vastos como el Perito Moreno o el Grey…; recordando sus fiordos y todas esas bellezas que nuestro mundo materialista está destruyendo. ¿Merece la pena ya ver unas cataratas del Iguazú pobladas de gente? Para mí resulta casi como viajar a los polos sin hielo. Pero no… Yo sólo deseo que esos lugares que pertenecen ya al patrimonio mundial sean libres y estén financiados, por poner un ejemplo, por el FMI (Fondo Monetario Internacional). ¿Tal vez así en lugar de ser sobre explotados serían atendidos de verdad? La idea, por supuesto, es una utopía, ya que el FMI no financia nada que no sean explotaciones, misiones a la luna, y sólo Dios sabe a dónde carajo va a parar esa inmensa cantidad de dinero. Al fin y al cabo, no es más que metal de la tierra y papel de los árboles… ¿no? Lo cual también está amenazado.

Volveré al sur. A esa parte que me falta; porque hay más lugares me consta, y sé que quizá todavía… Tal vez… Un saludo.

José Fernández del Vallado. Marzo 2008.




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domingo, 2 de marzo de 2008

19

Puerto Montt

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Conocí tan bien Chiloé…. Cuando lo dejé fue como si hubiera estado una eternidad en un lugar concebido a medida. Las ensenadas y recovecos que conformaban las islas eran una extraña mezcolanza de tierra ajena y sabida. Sin duda pude alcanzar el sentimiento de pasión que mis antepasados experimentaron cuando llegaron a su litoral. Recorrer medio mundo y encontrar un lugar tan semejante a aquel del cual procedían resultaba tan increíble. La Galicia del sur la llamaron con asombro y maravilla. Los poderes ocultos y la hechicería, contenidos en aquellos parajes de España desde hace milenios, viajaron con ellos y en ellos, y una vez allí se fusionaron con otros no menos añejos, los del ritual indígena, unidos constituyeron una pócima de un simbolismo vigoroso y atrayente en ocasiones, pero quizá letal en otras. Lo supe en seguida. Allí encontraron bastante más que una nueva Galicia, pues pese a que en apariencia todo era igual, en realidad no dejaba de ser más que un sueño de coincidencias quiméricas. Estaban en una tierra diferente, impregnada de magia y de poder, y cuando se dieron cuenta de ello, el mismo lugar los mantuvo apresados en la belleza de su simiente...
Dejé con tristeza aquella tierra de la que mis antecesores de la izquierda moderada tuvieron que echar a mis antecesores de la derecha inmovilista a tiros, pues los últimos fueron incapaces de declararse chilenos sin antes desprenderse de su deslumbrante poder de atracción demoniaca e imperialista.

El ferry hendió las cortantes aguas del estrecho. Acomodado en la baranda contemplé discretamente el paisaje azul marino. Llevaba dos noches sin dormir y no lo ignoraba, iba a encontrarme con ella. Permanecía atento en cubierta; el perfil de verdor fascinante de Chiloé me impedía articular un solo gesto. Como para saludar nuestro paso, unos lobos marinos asomaron sus hocicos en superficie. Nunca había visto focas en mar abierto y me impresionó reparar en aquellos bañistas tan similares a nosotros, pero con semejantes extremos de gracilidad.

El autobús salió a la calzada y aceleró con ligereza por un terreno diferente; me di cuenta, la tierra de por allí era negruzca, estábamos en dominios volcánicos.
La terminal de Puerto Montt es un mundo multicolor de movimiento que funciona acorde al de los grandiosos buses transterritoriales que salen hacia el norte, el sur, y viajan a la vecina Argentina.
Como una pulga gigante escupida de su interior me aventuré solo en una ciudad en pendiente donde todo aparece nuevo, brillante y admirable, e incluso el frío, pues una brisa del norte te hiela las mejillas cuando te atreves a desafiarla caminando frente a su poder de seducción de claro origen antártico.
Nada que hacer. El taxi más barato no bajaba de las tres lukas. Una voz cercana murmuró a mis oídos. “¡Bah, el hostal está cerca, muy cerca!” Y fui yo quien se dejó engatusar y por lo tanto, a caminar.
Caminar resulta fácil si se tienen buenas piernas, pero si se carece del entrenamiento adecuado, se porta una mochila de casi treinta kilos a las espaldas, y encima vas cuesta arriba, ya es otro cantar.
Resuellos y unas escaleras de mil escalones. ¡Válgame Dios! ¿Tantos? Arriba una vista divina, siempre que a uno no se le adhiera un mochuelo a su espalda. Me interno en una calle, pregunto por el hostal. Nada. ¿Nadie sabe…? Pues no. En Puerto Montt la población sobrevive impertérrita a las designaciones de las calles; ¿las desconocen? Esa impresión me dio. ¿Y cómo harán para llegar a sus hogares? Al instante lo entiendo; existen dos opciones, dos sentidos posibles; arriba y abajo. A los de arriba les basta remontarse por encima del cielo y a los de abajo dejarse caer en su mullida pendiente hasta llegar junto al mar. Más allá, vigilante y majestuosa, aguardando el día del juicio final, sobresale la cima del volcán Osorno quien ya te cuenta entre sus posibles víctimas y… ¡Basta! ¿Acaso deliras? Algo parecido representas cuando alcanzas el hostal en lo alto de la loma.
Entras sudoroso y te inmovilizas clavado ante una vista alucinante. No puede ser… ¿Ascendiste a los cielos perpetuos? Un ventanal inmenso cede paso a una visión espectacular que, acostumbrados a verla, nadie contempla excepto tú, y con ojos desorbitados. De pronto tienes a un par de monos a tus pies que te observan con seriedad. Te preguntan. ¿Tú… vienes aquí? Pregunta lógica si se tiene en cuenta mi aspecto de criminal planetario. Asiento. Los chicos se retiran y me recibe una mujer menudita que de forma cariñosa me invita a firmar en el libro de inscripciones. Pido un refresco, cualquier cosa vale, necesito líquido. Me ofrece un zumo de naranja. Lo consumo de un trago. A continuación le explico que estuve a punto de reventar en la ascensión. Se ríe; más por seguir el rollo que por admiración. Seguro. Estará acostumbrada a subir y a bajar todos los días. Le ruego me muestre la habitación, pues mi deseo no es otro que el de tomar una ducha y tumbarme a descansar.
Ascendemos unas escaleras que parecen salientes en un barranco de cabras. Abre una puerta estrecha, tan angosta que apenas puedo introducirme con la mochila y ¡oh! La habitación entera es una cama; es decir la cama ocupa la habitación. En cuanto a la ducha, no es más que una mezquina miseria reservada a cucarachas hambrientas. Me da una llave de los cuentos de Andersen y se retira. Permanezco petrificado sobre la cama. Mi frente es un torrente de agua, mis pensamientos cascadas inmortales, mi vida, un sueño eterno. No, no puedo quedarme en ese estado. Qué hacer… ¿Llamo a los bomberos y que me saquen de allí con tenazas? Al fin me desprendo de la mochila y me doy cuenta de que puedo caminar. ¡Internet! Necesito internet soy un internetiano; debo encontrar un lugar adecuado. Mi móvil resulta inútil para hablar, de modo que escribo un mensaje y le pido que llame. Lo hace al instante. Le explico las inconveniencias. Me dice que no dispone de saldo como para hablar más tiempo y que lo resuelva como sea. ¿Como sea? Corta, y me quedo colgado de un hilo quebrado con la mente en blanco.

Deposito la mochila en un rincón, bajo los escalones de alta montaña con precaución, y me veo inquiriendo con desesperación por un ciber a la dueña. Una mujer peligrosa (si le desvelo mis propósitos). Me cede un ordenador en una habitación y al encenderlo me doy cuenta de que se trata de un Pc quinceañero; tal vez de su hijo adolescente, el escritorio es todo un escaparate de monstruos propios de la guerra de las galaxias. Accedo a Google, pregunto por hostales en Puerto Montt, se plasman una docena, pero ¿cómo reservar en tan sólo unas horas? Imposible, necesito desplazarme al centro, y cuanto antes mejor.
Salgo de la habitación, doy las gracias, y exhibiendo una sonrisa de pocker traidor, matizo que voy a dar un paseo.
Desciendo, la calle parece la ramificación de un glaciar en picado, accedo a una arteria principal. Allí comienzo a bracear a todo móvil que se pone a mi alcance. Finalmente un taxi se detiene; de momento estoy a salvo, o eso creo; pues el taxista que me recoge se maneja como un desalmado de fórmula irreflexiva. Lo miro con espanto y la idea brota espontánea.
- Oiga verá… Encontré un hostal por internet. Está ahí, en lo alto de la loma. En aquel barrio. Lo ve...
Se asoma a la ventanilla de forma imprudente, asiente y declara
- ¿Allá? Es un lugar peligroso por la noche.
Me estremezco.
- Ya… Pues verá… En realidad tiene una panorámica de la ciudad excelente. (no quiero resultar grosero en exceso). Prosigo.
- Pero la verdad, la habitación es un desastre y a mi mujer no le va a gustar. La conozco de sobra y…
Me mira.
- ¿Y dónde está?
- Quién…
- Su mujer.
- ¡Ah! Jaaaja. Se reunirá conmigo esta tarde. Viene de lejos.
- Ya…
- La cuestión es… Ya que usted se maneja todos los días por esta bella ciudad. No podría… ayudarme y recomendarme un… hotel u hostal.
- ¿Hotel?
- No… En realidad nos bastaría con un lugar medio.
- ¿Medio? Medio qué…
- Pues sí, quiero decir… Ni demasiado caro ni muy barato. Pero sobre todo que quede por el centro. Mi mujer me ha dicho que en el centro.
Maneja concentrado. No contesta de inmediato. De repente sonríe. Se detiene en un semáforo, se vuelve y comienza.
- Mire… usted (weon debe pensar). Ahora estamos cerca del centro y aquí apenas dos cuadras más adelante hay una calle en la que hay dos albergues. Quizá sean de su gusto.
- Ok, déjeme entonces aquí.
Al cabo de media hora estoy por fin acomodado en uno de ellos. ¿Adivinan como se llama? TORREMOLINOS: El nombre de la ciudad más horrenda y turística de mi mediterráneo español. ¡Nunca imaginé…! No… En la vida imaginar tampoco es suficiente…
Ella llega unas horas más tarde. La recojo. Anochece y el cielo de Puerto Montt muestra un espléndido arrebol. Hace un frío helador y ella está más bella que de costumbre. Aunque no viene sola, la vida está plagada de sorpresas. La acompaña Martita, su pequeña de seis años…


José Fernández del vallado. josef. febrero 2008.

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sábado, 1 de marzo de 2008

3

En Chiloé: Ancud...

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Este texto no refleja ni mucho menos todo lo que sentí al explorar en casi su totalidad la isla de Chiloé. No pretende atacar Ancud, una ciudad hermosa pero triste (a mi manera de juzgar) y con un halo de historia y de misterio imborrable...
Quien sepa leer entre líneas captará lo que trato de hacer ver o sentir al lector; puesto que de sentimientos se trata, y de ningún modo son malos, sino quizás varias cosas a la vez...

Estaba en Ancud y alli estuve. Y pude olerlos, sentirlos, e incluso los percibí caminar por sus calles… sucias, saladas, con aroma al puerto podrido de muerte que una vez fue; cuando la guerra y los cañonazos del fuerte de San Antonio y más allá, el de San Miguel, retumbaron escupiendo viejos hierros cargados de dolor y sufrimiento…
Dicen, es un hecho consumado, que allí se gestó la derrota de los últimos españoles; de mis antepasados…

Vagué por sus calles impregnado de insólita tristeza desconocida. Caminaba alumbrado por una especie de halo místico, sin ser capaz de tomar fotos de una ciudad ¿inexistente? De hecho tengo muy pocas, apenas dos o tres tomas y todas ellas realizadas desde el mismo ángulo. Algo me impidió… ¿Su gente? ¿Me avergonzó contemplarlos? No; fue distinto. Al volver las esquinas descubría, me topaba con sobresalto, con personajes extraños; todos ellos portaban un retazo de antigüedad casi mítico. Eran individuos alcoholizados por una derrota o la euforia de una victoria que no trajo consigo riqueza alguna a una población que permanecía todavía… ¿a la espera?
Así fue. Encontré una localidad paralizada trescientos años antes, que no formaba parte del Chile moderno y actualizado. Una ciudad ¿poblada por seres ultraterrenos?
Luego, la tercera noche, hubo un apagón generalizado. Estaba en un ciber y no me di cuenta de golpe porque mi ordenador no se apagó de inmediato, tardó algo más de lo debido. ¿Estaba solo o demasiado abandonado…?
Ella no quiso venir. ¿Acompañarme a Chiloé? No, no podía. Exactamente no recuerdo que me diera un porqué. En cambio afirmó conocerlo bien y parecía como si deseara, si, ¡deseaba! que yo lo descubriera por mí mismo. Daba la impresión de que admitía sin recelos el hecho de que yo estuviera lejos… ¿O cerca? Porque estuve pisando el suelo que hoyaron sus antepasados, nuestros antepasados… quienes no lo olvidemos, privaron a los indígenas mediante un mestizaje brutal, cercenando ritos e imponiendo los ¿debidos o indebidos…?
No se lo dije, ¿por qué decírselo? Ancud me impresionó. ¿Me dio miedo o me superó? Desde luego aquella noche, la del apagón, cuando volví caminando entre ánimas, me achiqué. Al avanzar en la oscuridad el terror impregnó mis sentidos y movimientos, pues consiguió ocupar mi silencio con un murmullo bronco, casi demencial. ¿Y los pobladores de Ancud? Por más que me esforzaba en encontrar su calor, al pasar junto a ellos, no lograba sentirlos ni escucharlos… ¿Gemían? Toda la ciudad era y fue un lamento profundo y quejumbroso del que yo no podía ni pude liberarme...
Descendí el callejón hasta mi hostal dando traspiés, intuyendo sombras que levantaban un halo de frialdad al pasar a mi lado. ¿Me reprochaban que yo, un español estuviera allí? Regodeándome de mi recién adquirido estatus de turista en aquellas calles aún infestadas de ratas, aroma a pescado violaciones y derrota, sin hacer nada por ellos...
La historia más brillante del olvidó de una ciudad victoriosa está impresa en Ancud. A la mañana siguiente todo era igual. El mismo y radiante sol me acompañó los cinco o seis días que allí permanecí, la misma sensación de desasosiego, pero a la vez también de euforia, magia oculta, belleza, y quizá de la peligrosa fascinación que casi me atrapó.

Adelanté mi regreso - ¿temí quedarme allí para siempre, o me agradó demasiado la idea? - un par de días. En realidad quien me llamó fue ella. Además, una invasión de pulgas me devoraba y apenas podía dormir.
Me citó en Puerto Montt. ¿Curioso verdad? ¡Justo al otro lado del canal! A salvo de la isla. Y Puerto Montt, ¿qué fue Puerto Montt? Fue otra historia muy distinta de la que, más tarde, cuando recupere el aliento, hablaré…

José Fernández del Vallado. Josef. 27 febrero 2008



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