sábado, 26 de mayo de 2007

6

Amor con Puntos Suspensivos...






Sales del trabajo tarde, muy tarde. Son las tres de la madrugada cuando llegas a aquel pub lejano esperando encontrar los amigos y la descubres sólo a ella. Está sentada, cabizbaja, algo debió de pasar. Alza la cabeza. Te ve. Corre hacia ti y te abraza con la ilusión de una niña emocionada…

Tú no preguntas, no esperas respuestas, la respetas. Ella tampoco habla. Se abraza a tu cuello, sus ojos de cristal te miran felices y quizá, borrachos de amor.
Pides una copa. Ella te toma de la mano, te saca a la pista, danza a tu alrededor mientras ríe de una felicidad contagiosa.

“Sabes… es la primera vez que estamos a solas.” Te espeta al oído.

Tú te maravillas. Y al cabo de la segunda copa arrojas todos tus miedos y preocupaciones por la ventana y te mueves; giras abrazado a ella, sin cesar de mirarla. Ríes, gesticulas y parloteas con embriaguez.

Subes las largas y angostas escaleras que dan acceso a la salida persiguiéndola. Te sientes joven y audaz. De sopetón, un aliento cálido con sabor a dulce de turrón y una oscuridad azul como la de una fantasía irrumpe en tus pulmones y en tu ser. Os detenéis en un banco de piedra al otro lado de la calle y contempláis el silencio. Las estrellas resplandecen con el áurea de un óleo de Van Gogh; el pueblo está impregnado de un sopor a verano y a flor damadenoche. Un mutismo relajante empapa tus sentidos y te llena de sobria placidez. Percibes su brazo al pasar por tu cintura y una voz murmura de nuevo en tu oído.

“¿Estás perdido verdad? No sabes lo que quieres…”

Te vuelves a mirarla. Vislumbras su bello y moreno perfil de cíngara. Y sí, sabes lo que quieres. Pero también lo que ya no podrás obtener.

De pronto ella te besa en la boca. Te sorprendes, dudas un instante, y le devuelves el beso. Os separáis, volvéis a juntaros y a abrazaros, sonreís inquietos. A continuación, mediante un leve titubeo, ella dice.

“Puedes… llevarme a su casa.”

La amas. La deseas. Pero no puedes hacer nada. Es la novia de tu mejor amigo...


José Fernández del Vallado. Josef.




6 libros abiertos:

martes, 22 de mayo de 2007

1

Vivir su Libertad.






- Dedicado a las magníficas mujeres del mundo. -



Lo hizo por negarse a consentir una vida llena de imposiciones y castigos, y porque, pese a ser todavía joven, no recordaba de su infancia y su corto pasado más que un suplicio de trabajo y malos tratos.

Lo hizo porque cuando divisó una brecha de esperanza y se introdujo en ella con apenas quince años. Esa brecha quedó grabada en su carne con sangre para siempre como un vergonzoso recordatorio de su despreciable condición.

Buscó aquel amor del que tan bien y tan encendidamente le hablaban los poemas de Rabindranath Tagore, pero sólo encontró un eterno y solitario barranco sin fondo en el que se perdían, vanas, las promesas.

Encerrada en su prisión de barrotes de oro sufrió latigazos de crueldad, doblegada por su marido, quien no conocía más límites que los de la insidia y el odio. Él se mofó de ella, y como si fuera una ramera, llevó a su hogar a otras mujeres con quienes hizo el amor en la estancia de al lado; para que fuera testigo de sus jadeos de placer.

Lo hizo porque las ratas no son dignas de vivir en el mismo plano que seres humanos sensibles, y es menester limpiar la escoria. Pero sobre todo lo hizo y se alegró, por proteger a sus retoños de la mano cruel del hombre vehemente.

Lo hizo amparada en la oscuridad de la noche, donde el reflejo de la luna en la afilada hoja de la daga representó un destello de fe y renovada esperanza. Cubrió sus manos con sangre, dio muerte y castró al macho endemoniado, para que jamás hallara descendencia.

Al huir sus pies rozaban el suelo del mundo y lo eternizaron.
Alcanzó un cruce de caminos; ante ella se extendían amplias y rectas veredas. Acudieron a ella las fascinaciones de los caminos aún inexplorados y las ganas de vivir la libertad.

Iría tras el viento, seguiría a las estrellas, allí hasta donde el alba empieza a brillar. Acompañaría a los peregrinos enamorados en tanto se prometen canciones y odas de amor.

Pero allá, ya no tan lejos, ladridos de perros y un reguero de antorchas estaban a punto de quebrar su justa libertad. ¿Qué sería de sus hijos cuando se viesen solos en un mundo injusto? Pensó. Imploró a Shiva al Yantra y a todos los Dioses conocidos, y reuniendo valor, se embarcó en una patera.

Crujidos desconcertantes, gemidos de almas heridas… Una balsa se meció a la deriva envuelta en el secreto y mortal misterio del mar.
Al amanecer todos suplicaban. Sabían que iban a morir y por eso se asían los unos a los otros en un abrazo que presentían desesperado.

De repente, de madrugada, como si alguien hubiera extendido millones de ropajes para lavar, surgió una playa de arenas blancas y limpias, en la cual desembarcó y se tumbaron. Entonces ella lo supo y lo sintió, o mejor, dejó de sentirlo. El yugo de la tiranía y el miedo había desaparecido. Había llegado. ¡Estaba en un nuevo mundo..!




José Fernández. Josef. Marzo. 2006.

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martes, 15 de mayo de 2007

2

Nadaria.








Recorrí mi presente
y en segundos accesorios
se transfiguró
en pasado sin recuerdos.
Y qué de la añoranza
cuando la memoria
es olvido.

Me esforcé en presentirlo
atravesando apogeos
de consecuencias
ilusorias.
Busqué su aroma
en aquella estancia extraviada,
tras el fragor
de una tramontana.

Y su perfil sin fisuras
su desliz puro y llano
su carisma profundo,
largo, miriápodo, versátil,
galanteó en mis secuelas de alivio.
Y lo entendí.

Donde hubo amor núbil
jamás podrá excluirse
consumación de substancia.

Volví la vista allí;
al más allá de un allá
colindante y ponderado.
Abrí la boca, aplaudí;
gemí, grité, aullé, ladré…

Hacía calma en Nadaria.
Frío, recuerdos errantes.
“Sus ojos…”
Brisa cálida, sutil, aleatoria.
“Sus palabras…”
Muerte imperfecta, vencida.
“Sus actos…”
Calor, hogar de acogida
“Su estirpe…”
sin dudar envolvería
“Su valentía…”
cualquier olvido en su génesis,
“Su vida…”
con su amor, mi amor
y el de ambos…




José Fernández del Vallado. Josef. 15 de Mayo.


A mi hermano. Vive donde yo sé…












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1

Convulsión.








Podía sentirlo. Me fallaban las energías. Caminaba a escondidas en un paisaje tallado por estructuras amorfas, metálicas. Entonces recordé.

Sucedió hace décadas. De repente una mañana de primavera el ambiente se colonizó con cientos de mariposas. Las hallaba de los tonos más vistosos e incluso voluptuosos: leonadas, naranjas, blancas, esmeraldas, marrones, rosáceas, etc. Nadie supo ni pudo explicarse de dónde habían surgido. Revolotearon embelleciendo el paisaje durante un solo día, y a continuación, sucumbieron. Aquel día acompañé a Marta a una exposición sobre el cambio climático. El despliegue de matices nos pilló por sorpresa y nos ayudó a enamorarnos más el uno del otro, de nosotros mismos, de la vida y su misteriosa naturaleza.

Lo del cambio climático por aquel entonces era ya una enfermedad desatada e imparable, y la manifestación de las mariposas, resultó ser uno más entre los acontecimientos que se reprodujeron en un Planeta moribundo.
La humanidad tuvo la culpa. Cerró los ojos mientras consideraba con arrogancia y dejadez que al final todo se solucionaría. Como es natural, semejante grado de desidia desembocó en cataclismo.

Yo no fui mucho mejor. Me limité a recluirme en mi hogar. Mi casa era un espacio de naturaleza que sobrevivía milagrosamente inmerso entre una vorágine de hierros y civilización como un islote olvidado. Aunque cada vez más disminuido dentro de su propio ecosistema.
Marta me visitaba y me informaba de los desastres. Ya que fuera sólo ocurrían desastres, no podía ser de otra forma.
No recuerdo el día en que comencé a hacer el recuento. ¿Qué recuento? OH, es sencillo. El de la naturaleza que poblaba mi islote.
Constaté tres parejas de conejos, una de liebres, siete ardillas, veinticuatro palomas torcaces, tres pájaros carpinteros, una vieja abubilla, dos tortugas comunes, trece verderones, siete verdecillos, dos jilgueros y la joya de mi jardín: un ruiseñor.
El ruiseñor, un macho adulto, trinaba las madrugadas de cada primavera con la confianza… Sí, el hecho que de forma obsesiva y tenaz alumbrara la esperanza de encontrar pareja… máxime cuando Marta dejó de aparecer por casa…
Sospeché que debía hallarse enferma a partir de la primera semana. Entonces, una mañana, de forma repentina dejé de sentir a mi exótica fauna, y en su lugar una sombra alargada se proyectó sobre mi hogar ocultándolo a los rayos del sol.

Me asomé por la ventana y ahí estaba. Un esqueleto monumental, cuyas estructuras metálicas y afiladas sobresalían componiendo ángulos de difícil simetría. El metal todavía resplandecía. Pero pronto, en cuanto su fugaz utilidad llegara a su término, sería una masa herrumbrosa y mortecina como las demás.

Lo vi posarse sobre el marco de la ventana. Trinó dos veces y cayó exhausto ante mí. Mi perra ladró con asombro y pavor. Su instinto la indujo a presentir que aquella mañana no era igual.
Tomé al ave con delicadeza entre mis manos, la arropé y deposité en una caja con agujeros; hice la maleta y sin pensarlo dos veces me puse en camino.

Mientras esquivaba desalentado las horrorosas formas metálicas, recordé dónde estaba la casa de Marta. Era un barrio nauseabundo, enfrascado entre avenidas cubiertas de hollín.
La encontré abandonada en la cama, sudaba. Le hice tomarse un antibiótico, la recogí y le pregunté por su vehículo.

Subimos a los enfermos, yo y la perra. Conduje durante días sin detenerme. Atravesé fronteras corruptas. Cuando no era lluvia ácida y constante la que teñía de amarillo el parabrisas del vehículo, un sol mortal abrasaba mis brazos y hería las pestañas de mis ojos.

Un anochecer nos detuvimos para descansar y a las cinco de la madrugada todo volvió a ser diferente; el ruiseñor resucitó en su trinar. Creí que estaba en el interior de la caja pero descubrí que, repuesto, había logrado escapar y cantaba desde la rama de un árbol sobre nosotros.
Cuando el primer rayo del alba despuntó en el horizonte, una hembra de ruiseñor se posó junto a nuestro amigo y ambos partieron.

De pronto sentí a Marta junto a mí. Me volví a mirarla y la encontré sonriéndome con dulzura; ella también se había restablecido. Miré a mi alrededor, todo era verde y floreciente y estábamos solos. Sin duda habíamos dado con un paraíso pensé; éramos como Adán y Eva. De súbito me surgió la pregunta.
Como Adán y Eva pero ¿en qué clase de paraíso? En el de la Creación o en el del Apocalipsis…

Besé a Marta. Y a partir de ese momento dejé de hacerme preguntas sin sentido.



José Fernández del Vallado. Josef. 14 Mayo. 2007.


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miércoles, 9 de mayo de 2007

2

Capitán Kazuo Nakamura.






El capitán Kazuo Nakamura aparte de no comprender el inglés no entendía el significado de aquel desenfreno. Estaba sentado tras un cristal blindado en la sala del juzgado, saturada de gente, y se sentía aparte de cansado, hastiado de escuchar declamar en el eléctrico inglés que pronunciaban, a un oficial tras otro. A Kazuo Nakamura todo aquello le parecía un embuste y se impresionaba del grado de rimbombancia al que habían sido capaces de llegar los occidentales, y en concreto los americanos, tras salir victoriosos de la contienda. Por otra parte, era plenamente consciente de que había cometido cinco asesinatos, pero confiaba en el convenio de Ginebra y estaba seguro de que al ser considerado prisionero de guerra, sería estimado inocente y devuelto al Japón.

El capitán Kazuo tenía cuarenta y cinco años y llevaba veinte sin pisar su país. Habitando en estado de beligerancia en una diminuta y boscosa isla perdida en el confín del Pacífico. Aguardando noticias de sus mandos y del desarrollo de la contienda. Sus diez compañeros de comando, por una u otra razón: malaria, disentería, triquinosis de los cerdos salvajes que cebaban para alimentarse, enervantes disputas, fallecieron. Luego, un día de 1945 el transmisor cesó de funcionar. Y eso fue todo. A partir de ahí dio lugar una larga y monótona soledad que se extendió por un periodo de veinte años.

Kazuo Nakamura consideraba que no había hecho nada por lo que tuviera que ser hallado culpable. Tampoco era un hombre especialmente violento. Era alto y delgado, en realidad más alto que la talla normal del japonés medio. Su tez era blanca como la harina, sus mejillas dos escollos sobresalientes y en sus ojos negros y complacientes, podía leerse con facilidad el Atlas puro de la vida.

Era verdad. Los cinco americanos a los que decapitó no iban armados con fusiles sino con machetes, un par de pistolas convencionales, y un cartucho de señales; el traductor también le explicó que no eran militares sino guardacostas de la división de narcóticos, procedentes de una embarcación que escudriñaba a la búsqueda de contrabandistas de estupefacientes. ¿Y qué? Qué sabía él o qué tenía que ver con aquellos malditos estupefacientes que jamás había visto, aparte del opio que probó una sola vez en compañía de colegas de estudios durante un viaje a la ciudad de Kyoto. Naturalmente, y por si acaso, decidió omitir el asunto de Kyoto. Pero había explicado hasta la extenuación lo que ocurrió.

Aquellos hombres lo apresaron al atardecer, cuando dormitaba tranquilamente su siesta diaria. Sin más preámbulos lo vapulearon y amarraron a una de las viejas sillas de bambú, y comenzaron a interrogarlo mientras lo abofeteaban. Uno de ellos, asiático como él, sabía algo de japonés. Por eso llevaba la voz cantante en el asunto. Nada más verse atrapado, Kazuo Nakamura supuso que se trataba de un comando enemigo. El asiático, un indonesio o malayo de rasgos aviesos, no cesó de preguntarle por sus compañeros. Y cada vez que manifestaba que habían muerto, con una correa de cuero oscuro y desgastado, lo golpeaba en el rostro. Llegó un momento en que el dolor se hizo tan insoportable, que a Kazuo no le quedó más remedio que mentir y alegar que sus compañeros habían salido de caza y volverían al día siguiente.

Al enterarse de la noticia de su confesión los demás americanos carcajearon entre sí como macacos exaltados, chocaron las palmas de las manos de una forma muy extraña, y se dispusieron a pasar la noche allí mismo.Kazuo supuso que lo vigilarían, pero se equivocó y asombró al comprobar sus arrogantes extremos de confianza. Parecían persuadidos de tenerlo tan impresionado que daban por sentado que no cometería la más leve tentativa de escapar. Arrinconándolo a un lado, se olvidaron de él y situando a un solo hombre en el exterior para que montara guardia, desparramándose por la choza, se durmieron como críos insensatos.

Kazuo Nakamura explicó a sus interlocutores en la sala de interrogatorios durante cuarenta y ocho horas, sin que se le permitiera dar una sola cabezada, los detalles. Los hombres que lo escuchaban le parecieron en principio educados. Iban vestidos con elegantes trajes de franela e incluso de raso; de sus cuellos pendían coloridas corbatas de tonalidades joviales, en sus manos anillos de oro y pedrería, y algunos, incluso lucían pendientes.Y aquellos trajes… como los que hubiera deseado tener si no le hubiese tocado vivir una vida de perpetua guerra acechante...

Tras media noche de esforzados manejos, de madrugada, Kazuo consiguió liberarse de las ataduras. Se deslizó con destreza y silencio. El silencio en el cual había aprendido a manejarse y convivir en la selva durante años de supervivencia, enredado en aquel enmarañado laberinto. El kunyomi (katana) permanecía en su lugar; lo tomó. Lo demás resultó fácil. Dormían tan profundamente relajados. Le pareció muy extraño. Pero lo hizo. Uno a uno los fue decapitando. Según su particular forma de apreciar la situación, se trataba de su vida o la de ellos. Estaba enzarzado en su guerra, y en la guerra no suele haber segundas oportunidades. Sólo cometió un error grave. No comenzar por el hombre de fuera.

Cuando salió al exterior casi se dio de bruces con él. Tenía el machete entre sus manos, el cuerpo flexionado y aguardaba en tensión; sin cesar de acecharlo con ojos dilatados por el espanto. En principio se enfrentó a él. Antes de iniciar el combate, Kazuo se inclinó con objeto de ejecutar la reverencia según el Bushido (código de guerra japonés). Pero cuando alzó la cabeza el hombre había salido disparado y huía como una rata de cloaca. Corrió tras él pero estaba muy cansado y no logró alcanzarlo.
Llegó a presenciar como la embarcación arrancaba y desaparecía en el horizonte.

Dos días más tarde la isla se pobló de americanos vestidos de azul oscuro que lo rodearon y apresaron.

El jurado pronunciaría pronto la sentencia. El proceso se acercaba a su final. Podía intuirlo. No habría más preguntas, ni conversaciones banales y aburridas. Mientras aguardaba recordó el tiempo pasado, anterior a la guerra. Cuando conoció a Haneki Saki y tuvo la posibilidad de contraer matrimonio. Entonces sí fue un hombre afortunado. Un viejo pariente lo reclamó desde su pueblo Kanazawa para que fuera a Nagoya, donde el hombre, sin descendencia, tenía un tinte y teñía telas para la alta sociedad. Trabajó muy duro; tanto, que sin dudarlo al fallecer el familiar, habría heredado de aquél el local y hubiera podido casarse. Su vida habría sido muy diferente… La de un hombre rico con esposa e hijos. Y no habría tenido que ir nunca a la guerra. Pues al convertirse en financiero, su labor en pro de la patria quedaba justificaba y satisfecha mediante el cometido de la empresa.

Haneki Saki no acudió a despedirlo al puerto de Nagoya. Recordaba su desplome del día anterior, cuando se lo dijo. Mintió y le contó que iría cerca, a una misión en las islas Kuriles. ¿Cómo explicar que ni siquiera sabía a donde lo destinaban…?

No... No había quien entendiera a los occidentales. De una u otra forma saldrían ganando, pensó. Observaba sus rostros impasibles, la teatralidad de sus caras calcadas como gotas de agua... putrefacta. No había visto demasiados blancos en su vida, pero después de pasar unos días junto a ellos, estaba convencido de que muy pocos eran realmente sinceros.

Permaneció sentado como una estatua de mármol, con el rostro hierático, mientras el juez leyó el veredicto. De igual forma recibió la noticia. El intérprete le explicó y aclaró que dado que la guerra había finalizado hace veinte años, acababa de ser sentenciado a muerte por ser considerado homicida, no sólo reincidente, sino “en serie.”

De golpe salió de su mutismo, inclinó la cabeza y solicitó hablar. El juez le cedió la palabra. Se inclinó nuevamente un par de veces, y dijo.

- Dado que he sido declarado culpable, exijo se atienda mi petición de morir según el código Bushido.

El juez mirando de forma inquisitiva al traductor quiso saber los detalles. Cuando el intérprete le explicó que el reo deseaba morir mediante la ceremonia del Hara kiri, mostrando un característico rictus de superioridad occidental, dejó claro que no procedería a tolerar dicho género de salvajismo. Y declaró que el reo sería ejecutado en la silla eléctrica, un método por lo demás – señaló – mucho más avanzado, eficiente, indoloro y etcétera, etcétera…

Kazuo Nakamura fue ejecutado una semana después. Murió en silencio, no quiso hacer declaraciones. La electricidad corrió por su cuerpo durante algo más de un minuto. Se convulsionó contra las correas y su rostro se volvió encarnado. Un olor acre, a carne quemada, envolvió la sala en la cual se encontraba. Un imbécil que estaba presente, dijo exaltado:

“¡Hoy vivimos en una civilización mucho mejor!”





José Fernández del Vallado. Josef. Mayo 2007.

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martes, 8 de mayo de 2007

0

La Cita.




El aeropuerto rebosaba. Había mucha gente. Provenientes de lugares dispares e impensables. Tras más de veinticinco horas de viaje Emilio había llegado, finalmente estaba allí, en los confines del mundo. Esperándola inquieto, pensativo, sin cesar de dar vueltas en el apeadero donde convinieron. Sujetaba el ramo de rosas rojas que ella misma le había solicitado entre sus manos sudorosas, mientras su corazón palpitaba deseando taladrar su débil caja torácica.

Recordaba el rostro de Ivana en el webcam: Alegre, despierto, feliz. Acarreando siempre su frágil espíritu hacia lugares de infinitos matices y posibilidades.
Él era sólo uno entre millones, y sin embargo, ella lo había elegido.

Se sintió absurdo al preguntarse de pronto qué dudas podría albergar y a qué su falta de fe después de casi tres años de relación intachable.

Antes era agnóstico, pero gracias a la fuerza interior que ella le transfirió, comenzó a ser buen y noble creyente. Y últimamente, algunas respuestas se habían ido materializando y resolviendo con sencillez en su mente. ¿Si existiera vida más allá? Entonces podría gozar junto a Ivana eternamente. ¿Si existiera un Dios sabio y benevolente? Al infierno los desalmados e injustos del mundo. ¿Si la vida en la Tierra sólo era el paso previo a un Paraíso colmado de bondad, sabiduría y belleza? Adiós a las horribles máscaras de indignidad que devastaban el Planeta. Para ellos, los creyentes, sería el Paraíso.

Transcurrió más de una hora, oró plegarias a Dios, pero su móvil continuó sin sonar, sin enviarle la respuesta que ansiaba. ¿Por qué no recibía una señal?

De madrugada, apenas sin vuelos, sin gente, y con los guardias de seguridad observándolo con recelo, permaneció en la terminal. Aferrado al ramo de rosas, los ojos acuosos, la fe medio descalabrada, los ánimos en franca caducidad.
No tenía nada de ella. Ni dirección, ni teléfono, ni tan siquiera un posible lugar a donde dirigirse. Tampoco entendía un ápice del idioma de aquel lejano país.

Se le ocurrió de pronto. ¡Había una sala de internet! Con manos temblorosas se conectó. Y con sorpresa, y a la vez desesperación, descubrió la triste realidad. Ivana no estaba en línea. Pero tampoco le importó, aguardaría. Y así fue. Resistió firme casi toda la noche.
A la mañana siguiente el ramo de rosas se hallaba marchito sobre la mesa del monitor donde también reposaba la cabeza de Emilio. Abrió los ojos, un enorme desamparo se apoderó de su espíritu. Pero ¿Existía una esencia en verdad? Un ser que nos acompaña y ayuda en los momentos difíciles. Entonces ¿Cómo es que no era capaz de percibir la presencia a su lado?
Apenado, pero entendiendo que la respuesta al problema estaba en su mano, se dirigió al mostrador y adquirió un billete de vuelta.

Cuando el avión despegaba sonó el móvil y Emilio escuchó la voz. Y mientras escuchaba, el semblante de ella hermoso como siempre, se dibujó radiante en su percepción y le sonrió con amplitud mientras le decía.

- Amor aquí estoy, en el aeropuerto. Tal como convinimos. ¿Recuerdas? Hoy es el día. ¿Has llegado ya? ¿Dónde estás? No puedo verte…
Emilio contuvo un sobresalto. ¿Era posible que se hubiera equivocado en un día? Trató de hablar pero ella se adelantó y prosiguió.

- Bien, me alegra que hayas cumplido. Sabes... Me has demostrado tu absoluto amor y fidelidad hasta el último instante. Sólo tú podías hacerlo. Me resultaba increíble que un hombre en principio agnóstico, con trabajo fijo, buena reputación, dinero e intereses, pudiera dejarlo todo y venir a verme al otro lado del mundo. Has dado el primer paso y con ello has puesto la primera piedra, no te desanimes. Estás en el camino de hallarme y lo harás. Sigo esperándote, sigue buscando, estoy aquí en la terminal cerca, muy cerca de ti. Y por fin soy tuya ¡toda tuya…! ¡Te quiero..! En segundos vamos a encontrarnos… Emilio ¿Estás…?

La comunicación se interrumpió. El avión no hacía escalas. Al regresar a su país quiso conectar por internet con Ivana, pero instantes antes de hacerlo, en el mismo aeropuerto, encontró a una mujer. Estaba perdida y parecía preocupada. La acompañó en su coche hasta el centro de la ciudad y como no tenía lugar donde comer fueron a un restaurante. Después siguieron hablando y pasearon durante el resto de la tarde, cenaron. Y en el transcurso de esas horas intimaron. Esa misma noche la pasó con Leticia.

A la mañana siguiente Emilio entró en un ciber debía hablar con Ivana, pero tampoco la halló conectada. En el msn encontró el siguiente mensaje:

- Sigo esperándote, soy toda tuya. ¡Te quiero! Tu amada Ivana…

Pensó en responder, pero de pronto se encontró incapaz de hacerlo. En cambio, de forma inconsciente se dio de baja en el correo y ocultó la existencia de Ivana a Leticia. Mientras, en el fondo calmado, pensaba: Así son y serán siempre los designios del Señor: Inescrutables...

José Fernández del Vallado. Abril 2007.




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