jueves, 27 de diciembre de 2007

28

Estela vestida de azul...

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Llego a clase por las mañanas y ya está en su sitio: Estela vestida de azul...

Distingo su silueta, le sonrío, aunque ella nunca se fija en mí y ni siquiera me observa. Me siento justo tras ella, aspiro su fragante perfume mientras adivino su perfil fino y ajustado dentro de su prenda.
A veces alargo una mano y con disimulo rozo su espalda durante breves instantes, ella no se da cuenta, y mi materia se estremece del placer.

La profesora nos invita a leer ciertas veces en alto párrafos de Cervantes y otras de García Lorca. Interpretados por la tenue, inaccesible voz de Estela, los versos del poeta asesinado apenas suenan audibles, pero no son sólo hermosos, sino intensos, y exhalan esencias a libertad y a promesa.

A Estela se le cae un objeto del pupitre: un lápiz, el bolígrafo, el sacapuntas; yo acudo a recogérselo y se lo deposito de nuevo en su lugar. Suelo hacerlo antes de que ella se aperciba, pues no merezco que me dé las gracias ya que para mí tenerla ahí, tan cerca de mi existencia, ya es un enorme regalo.

Vuelvo los atardeceres y ya está en su sitio: Estela vestida de azul…

Admiro su difusa figura y sonrío. De improviso abandona su aspecto de sombra absorbida en la opacidad, parece advertirme, y sonríe también. Es en ese momento cuando en mi percepción sus contornos cobran vida; sus ojos se tornan de diáfano cristal azulado; sus labios palpitan como anémonas carnosas y sonrosadas; sus mejillas se impregnan de escarlata, sus manos pálidas, suaves, recorridas por arterias azulinas que discurren cual frágiles ríos sinuosos, se alargan en un intento de tocarme y entonces la veo como siempre la sueño: "Estela vestida de azul." Y nos falta un tris para encontrarnos. Sé que la amo y ella también a mí. La imagino tan bella… Todo en ella me impresiona. La deseo, quiero besarla, sé que no hay nada en el mundo igual a un beso suyo. ¡Y ella está delante de mí!:
Estela vestida de azul…

La profesora deposita el libro sobre la mesa sin hacer ruido; porque en mi vida no existe el sonido y el mundo puede ser un lugar muy silencioso. Pero hoy mi corazón está alegre y canta muy alto, lástima que ni ella ni nadie puedan oírlo.

Nosotros lo palpamos, lo abrimos, colocamos los dedos sobre las páginas en relieve de Braille y comenzamos a descubrir los fascinantes conceptos de Neruda. Mientras, ante mí, no ceso de entrever admirado el radiante halo que exhala el contorno de Estela vestida de azul…


Dedicado a los invidentes y sordomudos de este mundo. Quienes pese a sus carencias y precisamente, debido a ellas, alcanzan límites de sensibilidad que nosotros nunca podremos inventar o tan siquiera imaginar...

José Fernández del Vallado.Josef.2007.

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viernes, 21 de diciembre de 2007

37

Sergio.

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Sergio era un chico menudo, el más bajito de la clase tal vez. Sus brazos frágiles como palillos de dientes y su tez blanquecina, contrastaban con su cabellera negra y brillante, como la de un can de pura raza. De andares humildes, pasaba desapercibido para cualquier ser normal. Pues caminaba siempre con la cabeza inclinada y los ojos… aquellos ojos negros y vivaces de ave rapaz, anclados al suelo.
Conocí a Sergio – aunque realmente dudo llegara a conocerlo nunca – cuando solo tenía catorce años. Las raras veces que se soltaba a hablar, con una convicción alarmante que a mí me intranquilizaba porque no entendía ni estaba preparado para semejante audacia, él confesaba lo qué iba a ser de mayor.

“Seré abogado de penales.”

Manifestaba, con una seguridad tan apabullante, que yo jamás me atreví a poner en duda.

Aquel verano fue cálido en la meseta septentrional de Castilla. Mis padres decidieron alquilar un chalé en un pueblo solitario y aburrido. Al menos en lo que a mí concernía, siendo un chico joven y con inquietudes. Sin embargo, para ellos escapar de la ciudad, supongo, debió ser una delicia.
Me agobiaba. Los días se sucedían calcados unos a otros, de tal forma creí morir de aburrimiento.
Hasta que un día recibí la sorpresa. Me avisó mi madre. Era una llamada de un tal Sergio, me dijo. No pude dar crédito cuando oí su voz al otro lado del cable. Y más cuando me aseguró estar cerca, muy cerca; a apenas quince kilómetros, en un pueblo donde casualmente también veraneaba su familia.
Entonces me enteré de lo del empleo de su padre. Era algo importante en la “RENFE” y para venir a visitarme, apenas le costaba el billete del tren de cercanías.
De tal forma las expectativas de aquel verano aburrido dieron un giro de noventa grados.

Sergio venía a verme a diario, y por unas breves, aunque aleccionadoras y entretenidas semanas, llegamos a convertirnos en uña y carne. Él no varió un ápice su forma de ser, en cambio yo aprendí a disfrutar con sus largos silencios mientras, por ejemplo, observábamos evolucionar a una mantis y nos instruíamos en sus terribles métodos de caza. Durante los días de letargo y más inclemente bochorno del verano, nos rociábamos con el agua helada de la manguera del jardín entre risas y exclamaciones; exploramos la vieja casona abandonada y ocultos en su frondoso jardín nuestra imaginación dio forma a bellas damas, fantasmas y extraterrestres.
Dirimimos por Natalia, la chica guapa del pueblo, quien a veces fue nuestra compañera y nos instruyó cómo había que besar.
Ciertos días en que él se quedó a dormir en casa, acurrucados ante una puesta de sol, entre toses y arcadas sin desenfreno, me enseñó a tragar el humo de mis primeros cigarrillos, y más tarde, en la oscuridad silenciosa de la noche, inició a mis sentidos a embelesarse con la brillante y dulce sonata de los grillos. Y ya, en la habitación instantes antes de acostarnos, a bajo volumen, pinchaba en el tocadiscos lo que el consideraba su joya: el Tubular Bells de Mike Olfield. Escuchando y soñando su música nos dormimos tantas veces...

Y así fue como, sin ser consciente, llegué a quererlo admirarlo y protegerlo como al hermano que no tuve; porque, pese a ser débil como una pluma, resultaba tan valioso o más que un tesoro.

Recuerdo la primera mañana que lo esperé en la estación y no apareció. Al volver a casa lloraba de rabia. Me encerré en mi habitación sin querer hablar con mis padres.
Al día siguiente tampoco llamó. Me dio igual, acudí a la estación por si se trataba de una de sus bromas excéntricas.
Lo estuve aguardando toda una semana. Iba por las mañanas y esperaba un par de horas sentado en un banco viendo pasar trenes.
El primer lunes, transcurrida la primera semana, me llamaron. Por fin, estaba seguro ¡sólo podía ser él!
Escuché una voz tan parecida… aunque no era la suya. Dijo ser su hermano mayor. Entonces me contó lo del accidente del tren y colgó.

Volví a encerrarme en mi habitación y ya no salí de allí hasta casi el final del verano. Cuando lo hice ya era el penúltimo día de estancia en el pueblo. Sin que mis padres tuvieran conocimiento, lo primero que hice, fue regresar a la estación a esperar. Aguardé durante horas sentado hasta que me quedé en duermevela. Entonces vi llegar un tren. Se detuvo pero no salió nadie. Volvió a arrancar y de pronto, en una de sus ventanillas, lo vi. ¡Allí estaba Sergio asomado! Entre sus frágiles manos tenía un pañuelo blanco y sonreía al agitarlo, se despedía y decía:

“¡Recuerda bien esto y que no se te olvide! Cuando sea mayor seré abogado de penales. Nos veremos, pronto, muy pronto….”

Abrí los ojos, y por primera vez en muchos días me sentí tranquilo y relajado. Salí del hangar de la estación y me sorprendió un día soleado, en el cual antes ni siquiera había reparado. Y, además, ya eran más de las dos de la tarde. Volví corriendo a comer a mi casa...


¡FELIZ NAVIDAD A TODOS LOS QUE VISITÁIS ESTE BLOG!


José Fernández del Vallado. 2007

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jueves, 20 de diciembre de 2007

8

Reflexiones sin refracción.

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Los rincones de la casa son dobleces de intrincada simetría. Busco localizar amaneceres en los que reflejar la doble helicoidal de una filosofía desahuciada a través de una eternidad en declive no cueste excesivo trabajo.
Reflexiono - ¿qué soy?- Cuando no merecí existir más que quien aún no existió y nunca existirá...
Pero estoy. Cuando apenas discerní por completo su significado, ya que ni siquiera se qué representan las terminologías axiomáticas: “Estar y aquí.”

Me miró sin ver mi realidad cada mañana. El espejo desgastó mi imagen y la transformó en fortuita a base de refractarla. Recorro espacios inventados en un hogar que creía conocer y me resulta desconocido cada, hora, minuto y segundo...
Me basta girar el juicio una fracción decimal negativa y cambia el panorama. ¿Para qué necesito ir más lejos? Cuando puedo estar cerca o a décadas de distancia con apenas mover un dedo la mente.

Trato de sorprender por su reverso al amor. ¿Cómo es el amor si lo sorprendes por el envés? ¿Puedes atrapar al amor y hacerlo tu prisionero? Apresar una circunstancia. ¿Es el amor circunstancia designio o fatalidad? ¿Hay amor en mi hogar en mí o en la vida, o todo es una farsa para sobrevivir al paso de un tiempo inexistente? “Sabemos” que hay “tiempo” porque decidimos medirlo o porque lo sentimos. Pero... ¿es posible sentir? O es una ocurrencia que se nos escurre... ¿Existen los sentimientos? O tan sólo es una palabra. Siento miedo porque me enseñaron a copiar qué es el miedo, siento alegría porque la copié... ¿o estaba ya dentro de mí?
Afuera está la calle, yo estoy dentro. Sin embargo no necesito estar dentro para descubrir si vivo fuera o dentro de la vida. ¿Estoy dentro de la vida o fuera? ¿Dónde están los límites? ¿Estuve vivo antes de vivir...?
Mañana entrará un nuevo día. ¿Y por qué hoy no es ya el mañana? ¿Acaso no podemos estar dentro de o fuera de cuando lo deseemos...?

¡Hasta pronto!

José Fernández del Vallado. Josef. 2007

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lunes, 17 de diciembre de 2007

13

Búsqueda.

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Trato de conciliar mis buenos sentimientos con los malos.
Todos los días desayuno en un centro comercial pequeñito y apartado de una población llamada “Pozuelo,” en un bar que llevan unos filipinos, y veo como trabajan sin dar otro descanso a su mente u otro alimento mejor y de más categoría, que la pobre y banal ración de especular sobre cuántos cafés servirán, o cuántas hamburguesas prepararán, o a cuánto ascenderá la caja.
En otros tiempos dirigí un restaurante y sé que piensan de esa forma, porque yo discurría de manera similar: Cuántas reservas tendría, comidas daría y caja haría…

Hoy día ese tipo de reflexión ya no colma mi existencia ni me resulta suficiente, pues ni tan siquiera alivia en un ápice mis sentimientos inquietos y preocupados por saber más de... ¿todo?

Me doy cuenta de que he alcanzado una edad que podríamos calificar de seria (no se rían o háganlo, da igual) ya que nunca pensé que al hallarme en los cuarenta y tantos años, mi mente iba a embarcarse en una búsqueda que le diera, si no más sentido, sí más consistencia a mi vida. Lo confieso. Dejé un trabajo que todo el mundo aseguraba era genial. Pero yo me revolvía con desespero miraba una y otra vez arriba, abajo, para los lados, y solo veía paredes vacías, cabezas socavadas, y escuchaba conversaciones muertas sobre unas máquinas que no me importan un bledo, para al final recibir una mísera paga que en comparación con las ocho horas de extenuación sin sentido que soportaba, no colmaban mi tiempo.

Yo, al contrario que unos cuantos de vosotros, quienes sabéis casi enseguida – al tercer día de nacer – algo como por ejemplo, que vais a casaros y a tener chupetones, todavía no sé qué es lo que busco en este mundo.

Hace poco creí que tal vez una familia me situaría dentro del estatus social y sería reconocido como un tipo ¿normal? o quizá ¿vulgar? Hoy vuelvo a dudar; a caminar sobre la cuerda floja, dicen, quienes creen conocerme. Y tal vez tengan razón. Pero si lo hago es porque siento que eso es lo que deseo en la vida: luchar por la continuidad de mi existencia, mientras me debato allá arriba. No. Vivir para el trabajo se acabó para siempre. Por eso habito al mínimo de exigencias, y en realidad necesito muy poco para conformarme.

Ahora, con el dinero que he ahorrado, he decidido salir de mi tierra y viajar. Al fin y al cabo, lo reconozco, puedo hacer algo que muchos no pueden o no podéis permitiros; disfrutar de mi entera libertad.

En dos meses o menos saldré a la vida y formaré parte de ella. Me mezclaré con toda clase de gente, me arriesgaré disputar los peligros de la vida del errante, y veré como es este jodido mundo fuera de las pantallas de la televisión. Al fin y al cabo, no quiero irme sin antes haberme dado un garbeo por ahí… Pero eso sí, no desde la posición del turista. Ésos no ven ni conocen nada de un pueblo, sino mezclándome con la gente, y siendo uno más. Al fin y al cabo, así es como he viajado siempre. Así recorrí el norte de África y conocí a los enemigos – menuda ironía – de los occidentales. Viajé por Francia, Portugal e Italia…
Aprenderé de la vida cuanto ella quiera darme y tal vez en alguno de esos rincones perdidos de la tierra, encuentre el lugar idóneo donde recostarme a tomar el sol para siempre.

Un saludo. ¡Felices Fiestas!


José Fernández del Vallado. Josef. 2007

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jueves, 13 de diciembre de 2007

14

Corazonada.

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Había coches en los semáforos y la calle estaba saturada de sombreros grises que sonreían. Podía sentir la sensación mientras me abría paso entre la multitud, la Navidad había llegado y aún así faltaba algo ¿pero qué? Llegué a mi casa, fui al ordenador y con el programa Search de Google abrí una ventana sin encontrarlo. Salí, me senté en el sofá y sin pensar encendí el televisor sin programación y me quedé contemplándolo. Los puntitos no paraban de agitarse como si tuvieran vida. Surgían desaparecían, se perseguían. No me hizo falta seguir, lo supe. Estaba nevando...

José Fernández del Vallado. josef. 2007.

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domingo, 9 de diciembre de 2007

26

Volvíamos de África.

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Volvíamos de África tras recorrer tortuosos paisajes en Marruecos y Mauritania.
Desafiando peligros inadvertidos recorrimos el perfil de las montañas del Atlas, donde antaño habitaron leones de espesas melenas oscuras, los más hermosos y fieros del mundo, hoy, dicen ya, extintos.

Y visitar suntuosos palacios deslumbrados de promesas y de hechizos, pertenecientes a dinastías tan antiguas o más que las europeas; y compartir te de menta junto a hombres de aspecto reflexivo, mientras nos dejábamos seducir con sus imaginativas promesas inexistentes; y disfrutar del relax de los baños turcos; y adentrarnos en fiestas de libro de las mil y una noches, sintiéndonos vigilados por ojos ocultos tras delicados velos de raso; y continuar día a día un camino no apto para seres humanos, sudar blasfemias, en tanto tratábamos de reparar cualquiera de las múltiples averías del auto; descubrir las mortales cobras o encontrarnos inmersos en una plaga de langostas en el grandioso desierto del Sahára, lugar con lunas de hielo y días brillantes de sofoco agotador.
Pero sobre todo aprendimos a reconocer la nobleza del alma del pueblo bereber, cuando fuimos invitados a sus hogares y en sus poblados todavía sin luz eléctrica.

Volvíamos con los deberes aprendidos, o así lo creímos al menos. Tan sólo nos restaba afrontar las rebeldes aguas del estrecho. Pero hasta aquella noche en realidad nunca las vimos hervir.
Al embarcar en el Ferry que nos llevaría de vuelta a España nuestro deseo se sintetizaba en beber una cerveza bien fría, algo que no habíamos hecho en un mes.
Entramos en el bar. Unos japoneses se disponían a cenar. Soplaba un enérgico vendaval, el mar estaba convulso y sospeché lo que les iba a ocurrir.
El barco zarpó y nada más dejar atrás los diques protectores de puerto, aquello comenzó a parecerse a una noria sin freno. Nuestras cervezas danzaban de un extremo a otro de la mesa, y olas violentas comenzaron a barrer la cubierta. Los confiados japoneses ofreciendo un espectáculo patético, comenzaron a vomitar y al final desaparecieron dejando la mesa en estado de abandono.
Mientras tanto, acostumbrados a aquellos duros vaivenes, un par de marinos echaban una partida de naipes.
Mis amigos se encontraron mal y aligeraron. Finalmente, de madrugada, el Ferry atracó en puerto español. Conduje yo. Cruzamos la aduana sin problemas.

Aún lo recuerdo como si fuera hoy. La noche era oscura y sin luna. Una fina lluvia que brotaba de la oscuridad barría la calzada mientras que el vendaval no cesaba de airear con ímpetu. En a carretera ni un automóvil, ni una luz, ni un ser vivo, excepto nosotros.
Sucedió al entrar a una curva a derechas no demasiado pronunciada pero sí muy amplia, el coche comenzó a deslizarse y pude percibir como flotábamos; e igual que si navegáramos sobre un colchón de agua, comenzamos a girar sobre la calzada. Viramos una, dos, tres, cuatro veces en redondo durante casi cinco segundos, y de forma automática, volvimos a detenernos.
Durante un rato imperó un silencio sepulcral en el interior, en el cual tratamos de reencontrarnos en la penumbra, y preguntarnos unos a otros qué había sucedido. Entonces y solo entonces nos asomamos a las ventanillas y con espanto lo vimos. Habíamos realizado aquellas terribles piruetas al borde mismo de un acantilado que caía a pico sobre el mar y sobre el cual nos habíamos detenido…
Por fortuna no había tráfico, y de haberlo habido sólo Dios sabe qué habría sucedido.
A continuación arranqué y conduje hasta que unos kilómetros más adelante tuve que hacer una parada en un área de descanso, pues de pronto comencé a sentirme mal. Ellos tampoco estaban bien, pero yo me sentía responsable. Ahora sé lo que tenía: ¡Era pánico! Me atacó de una forma tan fuerte que después ya no pude recuperarme y conducir en toda la noche. Tuvieron que hacerlo mis compañeros y amigos.

Hoy sigo aquí y puedo contarlo. Así es la vida. Una lotería en la que igual te sale: “Sigue viviendo” o la eterna papeleta: “Muerte irreversible…”


José Fernández del Vallado. Josef. 2007.

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lunes, 3 de diciembre de 2007

23

El perfíl de nuestra generación.

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Me da miedo el perfil de nuestra generación inventada a base de pilas de litio, coca cola soda y whisky cutty shark con limón. Me dan miedo los amaneceres turbulentos en los que ves discurrir nubarrones grises más rápido que los propios pensamientos. Me da miedo mirarme en el espejo de la vida y no descubrir mi identidad. Vivo con miedo a vivir porque el miedo se introdujo en el porqué de mi vida cuando por simple descuido lo dejé infiltrarse en mí interior. Duermo estirado como un palo de yeso que suda, camino acurrucado como una tortuga en su caparazón, no me gusta el granizo cuando golpea en la uralita del tejado y menos los rayos del sol que causan costras en mi piel. Soy de cartón piedra y me desintegro con el sonido que produce la vida a cientos de decibelios.

Solía ir a ver a Rudy al chalé en donde la tenían. Estaba siempre en el mismo lugar; los ojos abiertos, la mirada diáfana, cristalina, con la expresión impertérrita desde el día en que el accidente la hizo enmudecer.

Me sentaba a su lado y si había suerte y el firmamento se invertía en constelación contábamos las estrellas anaranjadas sobre su oscuridad palpitante. Decían que su corazón había muerto volviéndose frío como el acero y no era cierto, pues una vez al año, el día de los Santos Inocentes, recordaba la broma que Felipe le jugó en la noria al bajarse de ella en marcha y dejarla arriba llorando y lloraba, pero de felicidad.

Felipe se marchó a la guerra. La que perdió la humanidad contra los hombres. Allí murió para siempre el ser más grandioso y pesado del mundo, con sus ciento treinta y cinco kilos de masa y metro noventa de estatura. Ardió como un coloso en llamas entre pilas de archivos, cuando las bombas sentimentales le resquebrajaron el alma.

Dicen que desde entonces Rudy es incapaz de amar, de hablar de caminar... ni tan siquiera de percibir los colores y menos, claro está, los olores. Y allí permanece, sobre su silla de ruedas de tracción mecánica, en la terraza donde la tienen, siempre en el mismo lugar desde el día del accidente.






Lo sabemos; la vida nos lo arrancó todo; promesas, deseos, anhelos, ilusiones y sobre todo cariño, pero acabamos de descubrir que, aunque en pequeñas dosis y frágil, tenemos algo precioso; es todo lo que nos queda, nadie podrá arrebatárnoslo. Aparece de pronto nos habla y une y aunque sepamos que la vida nos desnudó y laceró para siempre nadie lo logrará.
Me siento a su lado y si ninguno estamos demasiado dopados, cuando sabemos que nadie podrá vernos, nos miramos a los ojos en la penumbra y esbozamos una sonrisa; al menos ella lo hace mientras una de sus manos raquíticas, casi atrofiadas por la parálisis, recorre mi semblante y se posa en mi regazo. Entonces tenemos una certeza que ni siquiera las paredes vacías y grises del psiquiátrico, la mirada gélida de los celadores que nos manejan como a maniquís desmembrados, o la vasta crudeza de los despertares fríos en resquebrajada soledad matinal, serán capaces de encubrir. Quien nos visita no ha muerto y aunque no recordemos su nombre, lo sabemos, quien nos visita no ha muerto, y alivia nuestras vidas en dosis suficientes como para hacernos vislumbrar que no moriremos sin haber hecho algo grande en la vida...

José Fernández del Vallado. Josef. Diciembre 2007.

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lunes, 26 de noviembre de 2007

20

Porqué estoy en guerra.

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Ayer quise escribir sobre la guerra que nunca he vivido y que nunca... ¿viviré? Una guerra que sin embargo asola a mi mundo y sin quererlo, también hoy a mis entrañas. Porque por mucho que crea o me digan que no estoy en guerra es una burda patraña. Pues sí, lo estoy...

Estoy en guerra contra una iglesia que proclama: “No mentirás”, mientras utiliza el lenguaje del doble rasero, negocia con el rico y dice ayudar al pobre, a quien ni siquiera presta una mísera porción de su cada vez más abultada fortuna, que oculta y atesora con celo en su fortaleza del Vaticano,y que utiliza tan sólo, para engrosar el caudal de altos cargos eclesiásticos.

Estoy en guerra contra los Estados que hablan de paz, de mejoras, de ayudas, de vida y de bienestar... en falso; mientras fabrican y venden armas, crean nuevas guerras, y encima ahora parecen haberse confabulado en dirigir una campaña que deje en mal lugar a las ONG (únicas asociaciones que ayudaban al tercer mundo) y casi lo están consiguiendo.

Estoy en guerra contra “las multinacionales.” Las cuales venden estabilidad económica cuando en lo que se afanan de verdad es en su particular carrera por crecer y lucrarse, en tanto esquilman y desestabilizan los recursos naturales de nuestro planeta y de las naciones en las que depredan.

Estoy en guerra contra la creencia errónea de nuestra sociedad occidental que considera correcto e ideal todo aquello que hace. Cuando no es capaz de admitir de igual a igual, con tolerancia y amplitud de visión, ideologías o culturas tan antiguas o más que la occidental, y que en lugar de compartir, asumir y aprender, erradica.

Estoy en guerra contra los vehículos y máquinas a combustión originados a partir de los hidrocarburos, pues considero que este combustible daña el sistema ecológico, y dado el nivel de tecnología alcanzado, sustituirlo por cualquier energía limpia de forma casi inmediata resultaría sencillo. Si esto no se ha llevado a cabo hasta la fecha, sólo es debido a los intereses de las multinacionales y a las naciones ricas implicadas en ello.

Estoy en guerra contra la industria farmacéutica, quien con fines de lucro y debido al elevado coste que impone a los fármacos, necesarios para salvar a millones de seres humanos, no hace sino reconducir nuestro mundo hacia un espantoso holocausto.

Estoy en contra de nuestra sociedad; pues a la vez que se pavonea de su democracia se maneja de forma dictatorial, y funda su avance en una mentira sostenida e increíble que de hecho hacen creer quienes participan directamente de ella; es decir, aquellos que están en la cúspide social. Tal teoría recibe el nombre de: “Bienestar Social,” y resulta aplicable tan sólo a ellos mismos: magnates y financieros. Mientras que el resto: funcionarios y trabajadores, vivimos sometidos a un régimen clasista y esclavista, amarrados o lo que es lo mismo estafados, mediante el compromiso del capital. Nada más sencillo que involucrarnos en la trampa del “mercantilismo a plazos” para atraparnos de por vida en un quehacer rutinario, interminable y diario, que de resultar vulnerado, de hecho, culmina considerando al sujeto como un delincuente peligroso y un vago.

Estoy en guerra contra la hipocresía de una humanidad que sigue creyéndose superior, cuando todavía no ha demostrado nada en absoluto, sino todo lo contrario. Destruye su entorno, es cruel con sus congéneres animales con quienes trata de desmarcarse y quedar por encima, y consigo mismo, mientras cava su fosa a diario. Los protocolos sobre el clima y demás hasta ahora sólo han resultado acontecer como meras pantomimas para aplacar los ánimos de quienes reclamamos acciones, y poco o nada se ha hecho cuando hace tiempo que el planeta nos advierte mediante claros síntomas, que no soporta ni podrá soportar más nuestro maltrato diario, anual, centenario y milenario.

Por último estoy en guerra contra la misma guerra y contra el egoísmo del hombre, pues mi deseo es vivir en paz. Pero... ya que de las premisas anteriormente citadas no se cumple una sola ¿será posible vivir en paz en la Tierra alguna vez? Sinceramente creo que no. De modo que permanezcan en sus cómodos sillones y aguarden el torbellino fatal de desgracias que, de no invertirse la tendencia, sufriremos en sólo unas décadas.
Por suerte “Yo no veré ese final...” ¿o si? Resulta tan fácil y egoísta expresarse de esa manera -¿verdad?- y sobre todo cuando una gran mayoría lo hacemos así. Pasamos el testigo y declaramos: “Yo no lo veré.” Pero lo cierto, y aunque nos pese, es que ya hemos empezado a vislumbrarlo. Háganse idea. Así pensamos los arrogantes seres humanos: “Yo no lo veré...” Pero ¿quiénes vienen a continuación? ¡Nuestros hijos! ¿Y es esta la herencia que les vamos a dejar...? Un “¿Yo no lo veré?”

Para que esto no sea una falacia apúntate a mi guerra... Desde ahora es ya tú guerra. Empieza la lucha hoy mismo. Si cada uno de nosotros hace otro tanto y piensa de la misma manera tal vez podamos invertir la tendencia... ¡Ahora! – “Tú sí lo verás” –
Erróneo o no, al menos es un planteamiento diferente al... - “Yo no lo veré.”-

Un saludo. Nos vemos en el siguiente capítulo de este Planeta, porque deberíamos lograr que así fuera. ¿Habrá un hasta siempre en lugar de un... jamás?

José Fernández del Vallado. Josef. Noviembre 2007.

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jueves, 22 de noviembre de 2007

22

- La cita. - Relato con dos finales a elegir.

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El aeropuerto rebosaba, había mucha gente. Provenientes de lugares distantes e impensables. Tras más de veinticinco horas de viaje Emilio había llegado, finalmente estaba allí, en los confines del mundo. Esperándola, inquieto y pensativo, sin cesar de dar vueltas en el apeadero donde convinieron. Sujetaba el ramo de rosas rojas que ella misma le había solicitado entre sus manos sudorosas, mientras su corazón palpitaba deseando taladrar su débil caja torácica.

Recordaba el rostro de Ivana en el webcam: Alegre, despierto y siempre feliz. Acarreando su frágil espíritu hacia lugares de infinitos matices y posibilidades. Él era sólo uno entre millones, y sin embargo, ella lo había elegido.

Se sintió absurdo al preguntarse de pronto qué dudas podría tener y a qué su falta de fe después de casi tres años de relación intachable.

Antes era agnóstico, pero gracias a la fuerza interior que ella le fue transfiriendo, comenzó a ser buen y noble creyente. Y, últimamente, algunas respuestas se habían ido materializando y resolviendo con absoluta sencillez en su mente. ¿Si existiera vida más allá? Entonces podría gozar junto a Ivana eternamente. ¿Si existiera un Dios sabio y benevolente? Al infierno los desalmados e injustos del mundo. ¿Si el mundo sólo era el paso previo a un paraíso colmado de bondad, sabiduría y sublime belleza? Adiós a las horribles máscaras de indignidad que devastaban la tierra. Para ellos, los creyentes, sería el Paraíso.

Transcurrió más de una hora, oró plegarias a Dios, pero su móvil continuaba sin sonar, sin enviarle la respuesta que necesitaba. ¿Por qué ni siquiera una señal?

De madrugada, apenas sin vuelos, sin gente, con los guardias de seguridad observándolo con recelo, permanecía en la terminal aferrado al ramo de rosas. Los ojos acuosos, la fe medio descalabrada, los ánimos en franca caducidad.
No tenía nada de ella. Ni dirección, ni teléfono, ni siquiera un posible lugar a donde ir. Tampoco entendía un ápice del idioma de aquel lejano país.

Se le ocurrió de pronto. ¡Había una sala de internet! Con manos temblorosas se conectó y con sorpresa y a la vez desesperación, hizo el descubrimiento. Ivana no estaba en línea, pero no le importó, aguardaría. Resistió firme casi toda la noche.
A la mañana siguiente el ramo de rosas se hallaba marchito sobre la mesa del monitor, donde también reposaba la cabeza de Emilio. Abrió los ojos, un enorme desamparo se apoderó de su alma. ¿Existe una esencia en verdad, un ser que nos acompaña y ayuda en los momentos difíciles? Entonces ¿Cómo era incapaz de sentir la presencia a su lado?
Apenado, pero sabiendo que la respuesta al problema estaba en su mano, se dirigió al mostrador y adquirió un billete de vuelta.

Cuando el avión despegaba sonó el móvil y Emilio escuchó la voz. Y mientras la oía su semblante, hermoso como siempre, se dibujó radiante en su percepción y sonrió con amplitud. Esto fue lo que oyó:


1er Final.

- Amor aquí estoy, en el aeropuerto. Tal como convinimos. ¿Recuerdas? Sólo que ahora contemplo como te vas para siempre.

Y prosiguió.

- Perfecto Emilio, cumpliste. Me has demostrado tu absoluto amor y fidelidad hasta el último instante. Sólo tú podías hacerlo. Me resultaba increíble que un hombre en principio agnóstico, con un trabajo fijo, buena reputación, dinero e intereses, pudiera dejarlo todo y venir a verme al otro lado del mundo. Has dado el primer paso y con ello has puesto la primera piedra, no te desanimes. Estás en el camino de hallarme y me hallarás. Sigo esperándote, sigue buscando, soy toda tuya.

¡Te quiere! Tu amada Ivana…


2º Final.


- Amor aquí estoy, en el aeropuerto. Tal como convinimos. ¿Recuerdas? Hoy es el día. ¿Has llegado ya? ¿Dónde estás? No puedo verte…

Emilio contuvo un sobresalto. ¿Era posible que se hubiera equivocado en un día? Trató de hablar pero ella se adelantó y prosiguió.

- Bien, me alegra que hayas cumplido. Sabes... Me has demostrado tu absoluto amor y fidelidad hasta el último instante. Sólo tú podías hacerlo. Me resultaba increíble que un hombre en principio agnóstico, con trabajo fijo, buena reputación, dinero e intereses, pudiera dejarlo todo y venir a verme al otro lado del mundo. Has dado el primer paso y con ello has puesto la primera piedra, no te desanimes. Estás en el camino de hallarme y lo harás. Sigo esperándote, sigue buscando, estoy aquí en la terminal cerca, muy cerca de ti. Y por fin soy toda tuya…! ¡Te quiero..! En segundos vamos a encontrarnos… Emilio ¿Estás…?

La comunicación se interrumpió. El avión no hacía escalas. Al regresar a su país quiso conectar por internet, pero instantes antes de hacerlo, en el mismo aeropuerto, encontró a una mujer. Estaba perdida y parecía preocupada. La acompañó en su coche hasta el centro de la ciudad y como no tenía lugar donde comer fueron a un restaurante. Después siguieron hablando y pasearon durante el resto de la tarde, cenaron. Y en el transcurso de esas horas intimaron. Esa misma noche la pasó con Leticia.

A la mañana siguiente Emilio entró en un ciber, debía hablar con Ivana, pero tampoco la halló conectada. En el msn encontró el siguiente mensaje:

- Sigo esperándote. ¡Te quiero! Tu amada Ivana…

Pensó en responder, pero de pronto se encontró incapaz de hacerlo. En cambio, de forma inconsciente se dio de baja en el correo y ocultó la existencia de Ivana a Leticia. Mientras, en el fondo calmado, pensaba: Así son y serán siempre los designios del Señor: Inescrutables...


José Fernández del Vallado. 2007.

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sábado, 17 de noviembre de 2007

2

El padre de la bomba atómica.

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J. Robert Oppenheimer camina por las calles de su ciudad en solitario. Es muy pronto, apenas las seis de la madrugada de una mañana invernal en el estado de Nuevo Méjico. Marcha embutido en su pelliza, las manos protegidas en gruesos guantes y el rostro impávido y pensativo, cubierto tras la bufanda. Se siente angustiado, pues ese mismo amanecer de forma inmutable, la horrible pesadilla se ha vuelto a repetir y lo acaba de despertar. Huye de la cama con un profundo malestar y temor a dejarse vencer por el sueño de nuevo y caer en la misma celada de la mente. El sueño está fresco y se reproduce de forma inevitable en su memoria:

“Se encuentra sentado en un trono de oro macizo, encumbrado en lo alto de una gigantesca colina teñida de rojo y... ¡osamentas! Su vestimenta es una túnica blanca con el símbolo nuclear impreso en su zona ventral. Sonríe, se siente orgulloso, lo ha logrado; y es plenamente consciente de su hazaña. Convertirse en el mayor criminal en serie de la historia junto a Hitler. Alza la vista a un cielo fúnebre, color gris plomo, y saluda a la formación de "Enola Gay" que sobrevuelan su tarima, camino de arrojar cien mil “Little boy” sobre otras tantas ciudades de la tierra.”

Entra en un bar, apenas hay gente; en silencio se acomoda a una mesa donde pide una botella de güisqui. A las nueve y pico sale por fin. Las mejillas sonrojadas y una sonrisa de victoria dibujada en su semblante. Por fin, lo ha superado. Entre dientes canturrea una melodía; el himno de la nación victoriosa que salvó al mundo del desastre. Camina rápido, alza los brazos al cielo, eufórico echa a correr y deja escapar un gutural alarido de triunfo que se convierte en otro de dolor y desdicha al tropezar y caer de bruces al suelo.

A la mañana siguiente de nuevo es muy pronto. En una célebre sala de congresos, sobre una tarima y con gafas para encubrir el derrame en el ojo, el físico observa el mar de calvas de las eminencias ante las cuales va a pronunciar su discurso sobre la bomba. De pronto sus ojos se dilatan, no da crédito y siente un pavor ancestral, se marea y aferra con desespero al borde del atril, pues es capaz de verlos, están ahí, han venido a escucharlo. Cientos de cráneos blancos, despellejados, sin ojos en sus cuencas hundidas, lo observan en el silencio más sepulcral.

Demudado, mediante un fino hilo de voz débil y muy temblorosa, Oppenheimer comienza a hablar y para sorpresa de todos expresa su hondo pesar por el fallecimiento de víctimas inocentes cuando las bombas fueron lanzadas y, ante el entusiasmo de los presentes, se opone de forma rotunda a “su bomba” y a la carrera armamentista entre Estados Unidos y la Unión Soviética.

Al día siguiente su actitud provoca la ira de los políticos. Se le despoja de su nivel de seguridad; pierde acceso a los documentos militares secretos y es relegado a un segundo plano. Aún así, continuará dando charlas en las que tratará de redimirse sin éxito. El daño ya está hecho, y las pesadillas jamás lo abandonarán hasta su muerte el 18 de febrero de 1967 del siglo pasado.

Descanse en paz con Dios y el Diablo.

José Fernández del Vallado. Josef. Noviembre 2007.




2 libros abiertos:

sábado, 10 de noviembre de 2007

22

RENACIMIENTO.

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Amalia iba detrás, junto a Juan, se encuentra bien. Por fortuna el accidente no revistió mayor gravedad para ella y después de seis meses de recuperación de las fracturas de tibia y peroné pudo volver a caminar. A juan le costó algo más; iba sentado tras el asiento del copiloto y su rostro golpeó contra el asiento de delante. Se partió la nariz, al tiempo, al echársele encima el asiento, se rompió dos costillas y se fracturó ambas piernas a la altura de las rodillas. Rosa, mi novia, que iba de copiloto, tuvo menos suerte y, debido al fuerte traumatismo cráneo encefálico que sufrió tras el choque frontal, entró en coma y definitivamente quedó en estado vegetativo. En cuanto a mí... de forma inexplicable, y quizá porque no me puse el cinturón, resulté ileso al caer bajo el salpicadero del coche, lo cual me libró por milímetros de que el chasis del vehículo me hiciera pedazos. Los bomberos me extrajeron de debajo del camión donde quedé atrapado durante cerca de tres horas.

Esta madrugada, tal como suelo hacer cuando su familia no está – ellos no permiten que la vea – acudí a visitarla. La mantienen con respiración asistida y la alimentan mediante sonda nasogástrica. Le hablo acerca de la suerte, si así puede llamarse, que tuve al encontrar trabajo en la fábrica, pues en realidad estoy condenado en la trampa de la sociedad y mi salario no dará para cubrir de por vida la sanción que me impuso el tribunal. Sé que cometí una tremenda irresponsabilidad y no tengo perdón. Pero también veo, como cada día, mientras
TRÁFICO elabora recuentos cada vez más abultados de muertos y accidentados, la televisión continúa emitiendo anuncios de nuevas y veloces máquinas de la muerte. Y yo no soy nadie; acaso una mera pieza más en el mortal y cínico mecanismo mercantilista de una industria con una ambición desmedida. En cuanto a Rosa... ella es un alma en pena atrapada por leyes absurdas que la impiden morir con DIGNIDAD (EUTANASIA), porque no tiene uso de palabra ni razón para expresarse.

Pero por fin esta madrugada, tras diez años de sufrimiento, la liberé. En realidad nos liberamos los dos, y no dude en hacerlo. Tras mirar sus ojos inexpresivos los vi suplicarme y llorar atrapados tras la coraza inútil de su cuerpo. No había nadie; estábamos solos. Le retiré la respiración asistida, le saqué la sonda, le quité la vía que la mantenía unida al suero y entonces percibí como su cuerpo se relajaba por completo. Levanté las sábanas que la cubrían e hice lugar a su lado, y pasando un brazo por su nuca me tendí junto a ella. Y por primera vez en años, estuvimos donde tantas veces soñamos. La playa era hermosa, de arena fina, suave y blanca. Los rayos del sol acariciaban nuestros párpados proporcionándoles el calor y la tibieza que no encontraron en años, las aves marinas graznaban, y el rumor de las olas era un constante aliento de vida. Mientras que el cielo, azul intenso, como un fino paño de lino, enmarcaba un horizonte ilimitado... Y en mi boca, el sabor dulce y casi agradable, de la barra de chocolate mezclado con el amargo cianuro de muerte...

José Fernández del Vallado. Josef. Noviembre 2007.



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jueves, 8 de noviembre de 2007

15

EL NACIMIENTO DE LA TIERRA Y SU EVOLUCIÓN.

Deseo que mediante este vídeo vuestros corazones puedan encontrarse, aunque sea unos segundos, un poco más felices y sobre todo, relajados... Saludos a la humanidad superviviente.


15 libros abiertos:

sábado, 3 de noviembre de 2007

14

Dimitri Petroff.

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Dimitri Petroff había llegado; estaba solo en la tienda. Era el primer ser humano sobre la superficie erosionada y roja de Marte. Fuera, un vendaval con vientos helados a doscientos kilómetros hora.

Mientras descendía, pudo ver el estrecho y profundo cañón por el que discurría el caudal. Era cierto, había agua. Es más, a solo veinte kilómetros por debajo, protegida por el micro clima que el cañón propiciaba, el agua discurría sin helarse.
Sonrió para sus adentros: ¡Amierikantsi! Tanto pregonar que iban a ser ellos los primeros, y una vez más, los rusos habían vuelto a dar la campanada.


Contempló la foto y el autógrafo superpuesto. ¡Ahí estaba! Aunque lacio, debido al paso del tiempo, pero sonriente, su ejemplo y estrella el Zar de la natación, Dimitri Popov. Recordó el día en que aquél fuera a visitarlo para prestarle su apoyo a la dacha de Zivonosk. Lo que le sorprendió nada más verlo, no fue su formidable estatura, sino que pese a ella, no resultara torpe sino estilizado, con el físico proporcionado de un delfín. De forma impulsiva agarró la petaca de vodka, la alzó, brindó por él y lo supo. Cuando la tormenta cediese también él iba a ser el primero; y dio un trago más.
De súbito el viento cesó de soplar. ¿Si así finalizaban las tormentas marcianas de qué forma comenzaban? Se preg
untó impresionado.
Con precaución abrió la cremallera y resguardada por el “Volpus Anti Frío,”sacó una mano al exterior, volvió a introducirla y la insertó en el procesador de alteraciones térmicas, el cual informó: Temperatura: – 65ºC. Espirometría: 0kms/h. Humedad relativa del aire: 0,5%. Posibilidad real de supervivencia: 25%.

Se comprimió en el equipo heliogénico y realizó una comprobación de rigor; las membranas funcionaron sin problemas. Salió de la tienda. A sus espaldas, de forma automática, se desmanteló y se plegó en un estuche de quinientos gramos exactos. Lo recogió y lo depositó en el Sznov.
Debido a la profunda erosión, bajo sus pies, el suelo cedía como un denso almohadón de polvo blanquecino de micro cristales, y los bordes del cañón parecían cascadas de pulimentado cristal amarillo.
Se dejó arrastrar por la tracción del equipo, y pese al estatismo del aire, se arrojó al abismo sin miedo. A su paso, como si quisieran tocarse, los extremos del cañón se iban uniendo y sus paredes cada vez más angostas, comenzaban a exudar filamentos de agua en principio amarilla, luego incolora, hasta resultar cristalina. Pensó en la expedición sueca “Larsson” de hacía diez años. Habían sido los primeros en advertir su existencia. Murieron al tratar de aterrizar, nada más comunicar el hallazgo. Aunque nadie los creyó. Los americanos dictaminaron que estaban ebrios debido al oxigeno contaminado que se filtró en los tanques de la nave; y los suecos, tras el esfuerzo baldío, se sumieron en un hermético mutismo.
Podía ser cierto lo que dijeron, reveló después la agencia Tass de exploración. Y ahora, tras diez años de intriga, aparte de resultar más rentable, un hombre solo podía ser más eficaz que cuatro. Sin diferencias, sobre todo, se evitaban controversias que podían generar la tergiversación de los hechos y el fracaso de la expedición. Además, con el desarrollo de la energía solar como principio motriz, la tecnología actual, basaba sus fundamentos en aspectos más desarrollados.

Fascinado, pudo verlo. El caudal discurría de forma ordenada a apenas cien metros bajo sus pies, era un río de aguas azul esmeralda. Sí, así resultaba, un río de proporciones nada desdeñables; como el Tamesis, el Sena o el mismo Yang-Tse, en el corazón de la china profunda. Un caudal que podía parecer inclus
o común, excepto si teníamos en cuenta, que estaba situado en un cañón de veinte kilómetros de depresión por dos mil de longitud, en un planeta tan poco común como Marte.
Por primera vez, intuyó con claridad el alcance de su objetivo. Se trataba de una meta con la que jamás habría soñado Popov. ¡Iba a ser el primer nadador alienígena en Marte! Si es que Marte contaba con vida capaz de sobrevivir a su clima.

Allá voy, se dijo.
Cuarenta, treinta y cinco metros, descendiendo.
¿Estaría fría?
Treinta, veinticinco…
¿O puede que esté en ebullición?
Veinte, quince, diez….

Y qué más da. Llevo puesto el equipo heliogénico.
Cinco, cuatro, tres, dos, uno…¡cero!
Se zambulló .

Volvió a emerger a la superficie. Estaba... en un punto ideal. No parecía fría o caliente, sino templada. Asimismo no resultaba densa ni en exceso fluida y tampoco salada. Y…se podría beber. ¿Podría beberse en realidad? Se preguntó mientras accionaba el convertidor “Tomarem – Nemod2” el cual le indicó su potabilidad instalada en un margen óptimo del 97%, y comenzó a saciar su sed, igual que solía hacer en el río Vologda que atravesaba su pueblo natal.
Nadó de espaldas, braceó unos instantes y terminó en un croll frenético, hasta alcanzar la orilla de una ribera color cárdeno. Salio a trotecitos y se tumbó boca arriba, resollando sobre la arena, hasta cubrirse de granos azulados. Permaneció inmóvil mirando el cielo rojo con ojos entrecerrados y a las estrellas naranjas, y pensó en Anastasia y una vez más en cuales habían sido las razones que lo indujeron a dejarla a cambio de beneficiarse con aquello. Y, ahora, con el convencimiento de haber cumplido sus anhelos, esas razones, ya no le parecieron tan relevantes como a menudo las juzgó.

Un destello fugaz le obligó a volverse de lado. Algo brillaba o había producido un fulgor a su izquierda, al lado de un formidable peñón cercano. Se incorporó, desenfundó el fusil apalachiev y por su vertiente más lisa, empezó a escalar el peñón. No era posible, se repitió asimismo una y otra vez y tuvo razón. No había vida.
Superada la anfractuosidad de la piedra, a sus pies, se topó con la expedición “Larsson” al completo, y supo que no habían muerto al aterrizar, sino horas o tal vez minutos después, y que por tanto, no había sido el primer hombre, ni siquiera el primer nadador sobre Marte. Y por alguna razón desconocida, tal vez la engañosa y bella inocuidad del paisaje, o la tentación de bañarse sin ropa, se habían desprendido de sus equipos de protección térmica, quedando expuestos al efecto de ionización “Linn.” Un rayo que barría la superficie marciana cada cierto tiempo, invisible al ojo y sensibilidad humana, y que por aquel entonces, la ciencia aún desconocía. En apenas una fracción de segundo, c
ualquier cuerpo humano o animal desprotegido, resultaba carbonizado.
Cuatro esqueletos desollados parecían saludarlo sin cesar de batir sus mandíbulas sonrientes. Pero aquello tan sólo era un mero efecto óptico. Todos yacían junto al cilindro espacial. E incluso uno aún sujetaba entre sus manos, el móvil Eriksson T 7000 CK, el mismo que produjo el destello que había visto desde la orilla.
Tras comprender que había dejado de ser el primer humano en hollar la superficie erosionada del planeta, y el primero en nadar en sus aguas, una mezcla extraña de resignación y dolorosa pereza, se adueñó de Petroff. ¿Qué hacer...? Deseaba existir, ¡perdurar! No ser uno más en una lista. La idea le sobrevino por sí sola; sería el primero... en atravesar a nado la corriente que discurría por el cañón... “¿Larsson?,” las aguas del río "¿Petroff?" Sí, para empezar no eran malos nombres.

Se hallaba en la orilla dispuesto a arrojarse, cuando se le ocurrió. El equipo era una carga innecesaria. En breves segundos realizó los cálculos y supo que dispondría de margen suficiente para alcanzar la orilla opuesta, no así para volver. Le pareció suficiente.
Una vez se desprendió del equipo reconoció que para hallarse en un lugar tan aislado hacía un día único; espléndido y relajante, con un micro clima envidiable, y un oxigeno limpio de cualquier impureza.
Ni siquiera dudó. Con tranquilidad se introdujo en el agua, y comenzó a bracear con la elegancia de un delfín solitario…


José Fernández del Vallado. Josef 2005. Arreglos Noviembre 2007.

14 libros abiertos:

miércoles, 31 de octubre de 2007

21

Movimientos orquestados de figuras escorzos y sensualidad.

video

video sensual de creación personal inspirado en la belleza femenina. Hallarán su complemento ideal en vivianne.



21 libros abiertos:

martes, 30 de octubre de 2007

7

VIVIANNE: Mi ya más que amiga y muy querida sureña tiene un blog sensacional en el que nos cuenta vivencias y anécdotas, duras o graciosas, siempre al ritmo de la música, me hace entrega de un premio muy especial que recojo con alegría y entusiasmo, es por el contenido de los blogs, y porque son un aporte en el medio bloggero. A continuación nombraré los 7 blogs que considero deben recibir también dicho premio.

SILVIA: Del País Vasco. Es ya mi amiga dentro del intrincado mundo de la técnica bloggera; pues siempre que tengo un problema me saca las castañas del fuego. Tiene cinco preciosos blogs pero cuando pinchéis el enlace solo iréis a "Canciones para compartir", un blog excelente y divertido.

EL BLOG DE FRANCISCO DE BORJA: Director de la Editorial digital – elpaisliterario – la cual me ha ayudado y me sigue ayudando muchísimo, en mi camino por el difícil sendero de la escritura. Allí concedieron un premio a uno de mis textos, que resultó ganador en el concurso de relatos Hiperbreves Radiofónicos, EL PODER DE LA PALABRA.

EVAN Y CARLOS: Ella es argentina y él ecuatoriano. Gracias a ellos, la bondad de sus palabras, su experiencia y a sus infinitos contactos, yo me vi favorecido para avanzar, pues no lo niego, me tomé la libertad de contactar con algunos de los blogs que ellos ya conocen y cuando les propuse enlazarlos, ellos aceptaron, no sólo encantados, sino con unas maneras cordiales educadas y muy agradables. Entre ambos, aparte de otros blogs, dirigen uno que conviene visitar, pues es toda una escuela sobre cómo debe manejarse el arte bloggero para que sin resultar complicado, uno esté siempre al día y ofrezca unos post excelentes, divertidos, y en ocasiones hasta de denuncia de ciertas fechorias de la web.

MORE BAKER: De signo LIBRA como yo, venezolana. Nos conocimos discutiendo, porque ella dice las cosas con toda sinceridad, y al final nos hemos hecho buenos amigos y compañeros de web. Tiene varios blog excelentes; a mi me gusta: "Al filo de la poesía"; porque en el fondo ella es una artista y poeta consumada.

FREYJA: Chilena santiaguina. Dice así: “Tengo un sueño... escribir algún día un libro, ahora ensayo con la vida lo que ella me da...” Dado que su sueño es el mismo que el mío, creo que compartimos, por lo menos, una importante afinidad en la vida. Escribe poesía muy bien, y ya ganó un premio de literatura. Sin duda va por muy buen camino.

VIVIANNE Y JOSEF: Nosotros Somos es un blog de dos vagos constructivos y sencillos. A mí me gustan las siestas y a ella salir de farra, pero no nos importa cambiar los papeles. Si lo visitáis veréis que aquí se publica de todo; y tenemos un apartado excelente dedicado a la literatura iberoamericana, en particular.

Esto es todo, un saludo a los que no han sido premiados, muchos también lo merecen. Pero sólo podían ser 7 en esta ocasión.

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viernes, 26 de octubre de 2007

17

Necesito conectarme al cable…



¡Hey! ¿Dónde está el cable? ¿Lo habéis visto? Necesito conectarme al cable para escuchar mi música. Venga chicos, ¡dadme ya el cable! ¿No decís nada? Mirad lo que os digo. En mi casa tengo dos perros: uno negro y uno blanco. El blanco se llama Jim y el negro John. El blanco es más fiero que el negro y el negro más glotón. En casa hace siempre calor; yo vivo en Florida sabéis. Vaya… otra vez ese ruido. ¡Oh, Dios! No deseo oírlo, me enloquece. ¡Uf…! ¿Hoy no estáis lo que se dice la mar de habladores, verdad? Mirad… me explicaré. Si necesito un cable es para poder oír la deliciosa música, me pongo los audios me olvido de todo y tan a gusto. Además ¿sabéis qué? en casa ya lo habría hecho. Allí no tengo problemas con la música. No, ningún problema. Para empezar tengo dos… ¡dos! equipos de estéreo, sí. Y también dos coches dos lavabos dos neveras dos televisores y dos… Sí, también dos pipas, aunque no de fumar sino dos pistolones como los de Billy el Niño. ¿Estamos? No me falta nada ¿verdad? A que me envidiáis. En mi hogar soy el rey y cuando quiero me bebo los güiskis que quiero ¿No…?

Alto… Un momento… Y mi cortesía ¿dónde está? Me presentaré. Me llamo Frank, Frank Mc Graw y soy publicista. Aunque eso ya os lo dije antes, verdad. ¿O no? Bien. Oídme todos… Deseo aclararos que vivo en Florida y soy un buen tipo. ¡Esperad! ¡Eh tú el del bigote date la vuelta y mira! Sí… eso es, mira bien. Así. Creo… creo que debe de haber un cable por ahí. ¿Os estaréis preguntando que para qué necesito un cable con tanta insistencia? Pues porque quiero conectarme a los bafles para escuchar aquella vieja canción. Sí,¡
el Wish You Were Here!¿Estamos…?
Y… Jim, qué hacer respecto a él. El hecho es que de pronto quien me suena es ese tal, Jim… Oh, ahora lo veo ¡no! ¡No puede ser el nombre de un maldito perro, no encaja...! En realidad presiento que no tengo perros. ¿Y alguna vez dije que los tuviera? Je, je... Si es así perdonadme. Oh claro ya recuerdo, Jim… Jim y el negro John eran mis amigos de Florida. Soy de allí, lo dije antes. ¿O no lo dije…? Salíamos juntos a los catorce o quince. Sí, eso es. Los sábados nos dábamos un garbeo por aquel centro comercial tan horrible. El West & End se llamaba, si se terciaba ligábamos y fumábamos un poco de crak, naturalmente a escondidas. Pero no hacíamos daño a nadie éramos… eso, buenos chicos. Sí, buenos americanos...

¿Y Suzanne? Qué me decís de mi Suzanne. ¿Está buena no? ¿Qué no la vistéis en el aeropuerto cuando salimos? ¡¡Que no…!! ¿Decís que no? Vaaamos no mintáis. Os morís de celos porque destacaba, sí. Estaba más bien que las otras. ¡Hey, aguardad! Por alguna parte debo llevar una foto... La conocí, la conocí allí... Es decir en el West. Desde el principio me gustó. Veréis es… una mujer como debe... Fina y tan educada. Jamás te suelta una palabra fuera de tono ni contradice. ¡No, nunca! Y me quiere con devoción. Está a mi lado. Lo sé, lo sé… ¡¡Lo juro!! Sí, estoy seguro de eso. Y encima guapa y todo. ¿Querréis ver su foto, no? Vale… Pues después os la enseño…
Luego… aquella mañana pasó... Cathy escuchaba música cuando… – Vaya, sí, sabed que Cathy es mi hija de trece años – el cable del bafle saltó. Sí, ¡saltó! De hecho hubo un cortocircuito y nos quedamos a oscuras. Y entonces Cathy, que suele ser muy nerviosa se enfadó o se puso de… ¡qué se yo! Y empezó a gritarle a Suzanne y Suzanne por una vez – increíble sí – se salió de sus casillas y también le gritó a Cathy mientras Jim y John… ¡ladraban! ¿Menudo barullo no? – No... Jim y John son mis amigos – ¡Uf! Menudo lío... y menudo escándalo se armó. Era como… ¡como ese ruido de fanfarria que no cesa! Todos gritando, y yo necesitaba arreglarlo… Conectar el cable a oscuras y así poder concentrarme y escuchar la canción de la paz... eterna...
¡Oh, Suzanne, Suzanne! Ahora lo sé... Sé que también aquella mañana lloraste. Tú nunca me lo dijiste pero pude sentirlo. Tu rostro estaba húmedo cuando salí para alistarme. Antes nunca lo hacías, eras más dura. Pero cuando te dije lo de la guerra y… y que mis aptitudes eran válidas y mi disposición... fue distinto. El caso es que primero pareciste encajarlo tan bien y luego de pronto… tan mal. Sí, ahora pienso que esa probabilidad te alteró. Después ya no volviste a ser la misma, no hablabas. Y así todo un mes, el último mes antes de irme tampoco lo hicimos una sola vez. Oh, cielos, cielito Perdóna. ¡¡Perdóname lo del paro…!! El paro y los impuestos atenazaban y había que hacerlo, salir adelante, y conectarse… Conectarse al tren de la vida entendéis, esa era la respuesta y la mejor opción para afrontar la vergüenza de no hacer nada por tu país. Pero esto otro... Enfrentarme al ruido de las bombas.... Nadie... absolutamente nadie me dijo que hubiera que hacerlo y ahora. ¡Cielos…! ¡Cómo duelen los tímpanos, revientan! Y la cabeza y este ruido infernal que n
unca cesa. ¡Las cabronas están aquí! Así que es eso… ¡Bombas! De modo que estoy metido en la scabechina. ¿¡Es ésta ya la mierda de guerra, chicos!? ¡Decid, hablarme, contestar…! No, no puede ser... Si no iba a haber guerra aseguraron. Sólo era dar un paso y volver. ¿No íbamos de ejército pacífico o pacificador? Y ahora resulta que nada es cierto. ¡Oh Jim y John por lo que más queráis… contestad! ¡Dónde os habéis metido! ¡Decirme que esto no es real! Que estoy viviendo un mal sueño. ¡Quiero saber el porqué! Por qué me convencisteis para seguir adelante si no estáis a mi lado cuando más lo necesito. Por qué me convencisteis con frases tan resonantes si luego resulta que no pensabais venir. Y ahora... necesito tanto conectarme al cable de la vida. No vaya a ser que por un descuido la palme y… mira por… donde. ¡Aquí hay un cable! ¿Y este cable tan fino? ¿Servirá? No, qué va a servir si es… Es... ¿transparente? ¡Hey! Puede saberse qué mierdas hace un cable casi transparente aquí, chicos… ¿Chicos...? Veréis… Esto… Esto no es lo que necesito… No… ¡Oh Dios nadie me entiende! Vaya… No, no es razonable…
Increíble. ¡No – puede – ser! El jodido cable está… ¡Está insertado a mi brazo!


José Fernández del Vallado. Josef. 2007.


17 libros abiertos:

lunes, 22 de octubre de 2007

20

Misión de Cambiar el Mundo- Shalahim

Espero que visualizar este vídeo nos sirva para replantearnos como está la situación en más del 70% por ciento del mundo y tratar de hacer algo más de lo que hemos hecho hasta el momento; empezando por exigir a nuestros gobiernos que dejen de vender armas...

A continuación escribí un relato -lo hice días antes de ver este vídeo- que tiene bastante que ver. Espero que os guste. Un saludo amigos bloggeros!!


Carta de Zoa a quien quiera...

Me llamo Zoa, tengo quince años una vieja compu y una gran amiga que vive en un país pobre. Sí, de esos que cada día proliferan más, porque los poderosos del mundo antes que ayudar a los débiles prefieren hacerse cada día más ricos y soberbios. Deben pensar que con ofrecer promesas de felicidad y fortuna a la gente pobre del mundo a la cual anuncian por la tele, “su tele”- medio que en lugar de ayudar lleva cada día más a la bobería e incultura de nuestro mundo – basta para tenernos satisfechos con la generosidad del sistema –“su sistema”– que continúan llamando “democracia,” aunque yo por más y más vueltas que le dé ¡y se las doy! sólo puedo llamar “absurdocracia.”
Esto, por supuesto, no lo vi en televisión. Me lo dijo un profe muy listo que se las ingenia para enterarse de los trapos sucios del mundo y nos enseña que esos ricos, en tanto le ofrecen migajas de pan a los pobres, sentados en limusinas que mueve el petróleo -“su petróleo”-construyen fábricas de vehículos y encubiertas otras tantas de armamento, y cínicamente proclaman que habrá una “paz duradera” en tanto se forran a vender armas a los pobres del mundo para que se maten entre sí.
Paso mucho de los ricos, de quien no me olvido es de mis queridas amigas. El caso es que a Dala que tiene una amiga gordita y simpática que se llama Zoa, - sí, como yo – hace unas semanas le ocurrió algo.
Dala estudia mucho, quiere ser profe de atletismo, es buena deportista (y no es que el deporte esté en un momento boyante, pues los atletas en lugar de competir dignamente andan todos “dopaos.”) y para poder pagarse los estudios da clases de -¿se dice motricidad?- a discapacitados menores de edad en un destartalado centro de su ciudad del fin del mundo.
La cuestión comenzó cuando su amiga Zoa, creyendo que el secreto del amor reside en adelgazar unos kilitos, y que ante los ojos burlones de los chavales del barrio se pondría más guapetona, decidió gastar los ahorros que gana en el puesto de verduras del mercadillo; lugar donde trabaja sin sueldo fijo ni contrato; y se apuntó a unas clases de flamenco – ese baile español tan folcklórico, resultón y también agotador – y a las primeras de cambio se quedó sin zapatillas y dinero. Entonces Dala tuvo que prestarle las únicas que tiene, quedándose a su vez con unas sandalias gastadas.
Aunque ése no fue el problema. Lo verdaderamente malo empezó cuando en el vestuario... bueno, más bien “animalario” donde Zoa iba al flamenco, se contagió unos hongos en los pies. Y como las “zapas” las usaba también Dala, pues ambas se lo pegaron. Y ahí empezó lo feo.
Como ya dije su país es pobre y las cosas no funcionan bien sino al contrario. De tal forma la “Seguridad Social” que debería abarcar a toda la población se ha convertido en “Inseguridad Social” y sólo “cubre” lo cual es un decir –como no – a los que tienen dinero para pagar; o sea, a los ricos. Por lo que ambas para pagarse los gastos de las caras medicinas para la cura tuvieron que echar mano, en el caso de Zoa, del resto de sus ahorros, con lo cual dijo adiós al flamenco. Mientras que Dala gastó tal cantidad de su ínfimo salario que no le alcanzó para matricularse en atletismo y perdió el año.
Y así quedaron las dos, curadas de espanto o de milagro, pero con una “depre” de aúpa. Puesto que de golpe perdieron sus sueños.

No se rindieron; y decidieron infundirse ánimos. Para hacerlo un atardecer quedaron en el centro, que es la zona más rica y segura de la peligrosa ciudad donde sobreviven, y en realidad la única transitable. Caminaban cabizbajas cuando algo las hizo detenerse. Se trataba del escaparate de una preciosa tienda. Mientras lo miraban permanecieron clavadas en el lugar, fascinadas. Allí había de todo, bueno casi todo cuanto una persona puede desear y más... ¿Se le ocurrió primero a Zoa o a Dala? Ni siquiera lo recuerdan. Pero para acabar de una vez con sus penas tuvieron una idea un tanto radical; decidieron desvalijarla. La cuestión es que como ninguna era ducha en el tema tuvieron que recurrir a la pandilla de Lucas Morais do Valdés. Un ladronzuelo habituado a serlo por aprietos, pero la necesidad le indujo al deseo y el mismo al provecho y la ambición. En sus tiempos de mozuelo había sido novio de Dala y tras sopesar la propuesta le gustó y se decidió por ayudar. Aunque tampoco le importara atribuirse como propia la responsabilidad de la fechoría.
Y a la noche siguiente, con ayuda de un camión y su panda de vagos no les resultó complicado dejar limpio el bazar.
Al día siguiente Zoa y Dala salieron a pasear vestidas como... payasas. Sí, por muy elegantes y emperifolladas que se hubieran puesto así es como en realidad se sentían.
Tomaban un refresco en un lujoso local del centro, como es natural a escondidas, pues no querían que nadie del barrio las identificara disfrazadas de damitas y les hiciera preguntas indiscretas, cuando al lado de ellas se sentaron una mujer y un hombre. La mujer, sonándose con un pañuelito de seda, no paraba de lloriquear de forma desconsolada. Entre espasmos le contó al hombre su desgracia:
Habían robado su tienda y sin su negocio ya no dispondría de dinero para saldar la deuda del alquiler, con lo cual daba por perdido el local y no tendría más remedio que cerrar.

Al salir, impresionadas, ambas coincidieron. Aunque llorona, la dueña les había parecido una mujer buena y honrada. Caminaban pensativas, pues algo las inquietaba. Un par de manzanas más adelante de súbito se volvieron y llegaron a la increíble conclusión. Lo que les había gustado no era el hecho de poseer los artículos de la tienda, sino contemplarlos allí expuestos. Sí, lo que les había maravillado había sido la belleza del bazar, y en cambio ahora lo habían destrozado para siempre. Y al hacerlo, no habían hecho sino contribuir a desarrollar el odio y la pobreza de una sociedad cuya existencia estaba en equilibrio y malherida, a la vez que acababan con uno de los pocos rincones hermosos de su humilde y pobre ciudad.
Esa misma noche, sin mencionárselo a Lucas Morais do Valdés, quien en cierto modo era “bueno” pero se había ido transformando en un hombre posesivo y sobre todo, acostumbrado a acumular como un ratoncillo más bien de ciudad que de campo los artículos de sus robos, con fines de reinserción, cometieron el despropósito. Robaron las llaves del almacén y de la camioneta donde de momento ocultaban los objetos obtenidos tras el asalto, y de madrugada volvieron a poner casi todo el material – excepto lo que no pudieron cargar, claro está – en la tienda.

Días después Dala me llamó por teléfono. Fue sólo una corta llamada de apenas cinco minutos (lo cual ya es bastante). Me dijo que para poder matricularse el año que viene necesita ahorrar, por lo que ha tenido que vender su “compu”, y ya no podrá conectarse conmigo. Apenas le dieron cuatro perras por el cacharro pero... algo es algo no.
Ya que soy de un país – no mucho, pero un poquito más rico – me rogó si por favor la podría ayudar en lo que fuera posible; y en eso estoy.
Y puesto que los ricos prefieren tener sus millones a buen recaudo y cuentan y recuentan sus ganancias mientras los demás nos morimos de hambre y de enfermedades que no nos es posible curar por falta de dinero, yo salí a la calle, me situé junto a un semáforo con cinco mandarinas y comencé a hacer malabarismos. Algo que aprendí - ¿servirá para algo ir a la cárcel?- la vez que estuve un par de meses encerrada, cuando me detuvieron por robar en un Super... Así, poquito a poco, y si antes no se me hielan las manos con este maldito frío invernal, tal vez consiga reunir un dinerillo y enviárselo a mis amigas. Lo necesitarán de verdad. ¿Querríais echarme un cable? ¿Sí? Pues de momento me basta con que hagáis una cosa: Os pongáis a pensar en cómo salir del atolladero en que estamos todos metidos... ¿De acuerdo? Hasta la “proxi.”Un besote.

José Fernández del Vallado. Josef. 19 Octubre. 2007.


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lunes, 15 de octubre de 2007

28

Sensaciones al borde del tiempo...




Desde un principio tuve la sensación, quien conducía no era yo. Había vehículos cuyos haces de luz se concentraban y formaban extravagantes simulacros de rutas sin orientación ni sentido.
Era un atardecer... ¿diferente? Una luz ocre y opal envolvía el firmamento hasta apresarlo y dotarlo de un matiz que lograba desatar nostalgias fáciles, de origen netamente desconocido y diferente a otras... veces. ¿Otras veces? No, esta vez nada era semejante. Todo resultaba indiscutible y anodino, de una tristeza absurda y sentimental, como un amor imponderable en su recta final.

Quien manejaba era yo o quizás no lo hiciera. Aunque en el fondo me daba igual, pues sabía que mi vida no estaba ligada a mis manos, nunca lo estuvo.
La ruta se adentró en un pasaje enclaustrado entre árboles ralos y enfermos; ascendió colinas yermas, recorrió explanadas sin término como desiertos calcinados de temperaturas mortíferas e intratables, hasta alcanzar la estructura de poliuretano sintético en la cual se introdujo.

En su interior vehículos tripulados por un solo piloto, por lo general trajeado y cuando no exhibiendo un gabán blanco mate, se arremolinaban y giraban sin aparente sentido. Los haces de luz encendidos enfocados o desenfocados, el gemido áspero y deshilvanado de motores extenuados en procesión solemne, distante y angustiosa; que se prolongó por espacio de días, semanas e incluso años...

Agobiado por una fatal sensación de pérdida olvido y sinrazón, alcancé el núcleo central y me di cuenta. Tanto mi vehículo como yo íbamos a ser absorbidos por la espiral que lo devoraba todo con desmesura y frenesí. Entonces lo hice; metí segunda pisé a fondo el pedal del freno y me detuve. ¡Logré detenerme! Los demás hicieron lo mismo. Y aquella nave enorme, de miles de kilómetros cuadrados, por primera vez en decenios se sumió en el más sepulcral silencio. No así los faros de los autos que seguían encendidos; y tras sus lunas, rostros crispados de tripulantes sin siquiera atreverse a mover se escrutaban con pavor.
Temblando me decidí. Abrí la portezuela me encaramé al capó del auto y afronté el deforme mar de carrocerías. El grito surgió de mi interior, roto, descomunal... desgarrado. Con un extraño matiz de estupor y de rabia generada durante progenies habituadas a funcionar con la precisión de relojes; generaciones sometidas al oscuro rencor del trabajo sin conocer un porqué; al lema del produce y obtendrás. Viviendo bajo terminologías necias y ansiosas tales como: Tala, esquilma, extrae, obtén, aprovecha, promueve, remueve, detenta, toma, quédate, posee, será tuyo, puede ser tuyo, no te detengas, sigue, corre, despierta, la vida puede ser tuya, la vida... ¿Qué vida?

Por eso expulsé y vomité:

¡Hasta aquí hemos llegado..!

Y el imparable avance de la humanidad se detuvo; el planeta conocido como Tierra se detuvo; el Sistema Solar se detuvo; el Universo se detuvo. Y ya nada tuvo sentido excepto la inexistencia misma de una profunda e inabarcable nada...

José Fernández del Vallado. Josef. 15 octubre 2007.


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martes, 9 de octubre de 2007

23

José María


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lunes, 8 de octubre de 2007

14

El crimen del señor Tiziano.




No hay el menor asomo de fantasía o desvarío en lo que voy a contar, es un hecho real. Tomaba una ronda de ron junto a la hermosa Katia y Tim, su novio, en el chiringo del mono. Acababan de volver de un extraño viaje por antiguos rincones de Europa. Me lo contaron tal como a ellos se lo narró el viejo europeo que los invitó a pernoctar.

Sucedió en un país mediterráneo, durante un verano que no fue tal. Una noche en la que no hacía frío o calor, brisa ni viento, se oía la estridencia de los grillos, no circulaban coches, y menos había festejos nocturnos. Por no escucharse, ni el alarido de un mísero perro, pues los vecinos de enfrente, que por entonces tenían a su disposición todos los canes del barrio, estaban en el cortijo del sur, y se habían trasladado con su arsenal de perrería incluido.

Ahora imaginen una urbanización de treinta y cinco mil metros cuadrados en completo silencio y oscuridad, pues tampoco había luna y hacía una espléndida luna nueva. Y vislumbren – si son capaces de hacerlo– al hombre caminando en bañador en la oscuridad de su jardín a media noche, solo y aburrido, con el deseo de cumplir el vago propósito que había rondado su mente durante las horas del día sin éxito: realizar una cloración. Operación que consiste en verter sobre la superficie del agua (generalmente una piscina o una depuradora de aguas residuales) una cantidad específica de cloro granulado o en polvo, con el fin de mantenerla libre de cualquier impureza. Algo que en principio debía resultar sencillo. Sumido en el letargo de un verano de tedio y silencio el señor Tiziano, quien no tenía que ver con el ilustre pintor, olvidó ponerse los guantes. Tampoco esa parece ser la razón primordial de lo que sucedió a continuación, pues por lo general no solía ponérselos.

Nuestro hombre era una persona metódica y tenía contabilizados mentalmente cada uno de los arcos de piedra que conformaban el muro de la mansión en donde habitaba; así como los ciento veintidós escalones que había de ascensión desde el cuarto de la depuradora, donde recogió el bote de cinco kilos de cloro con sus manos sin guantes, hasta la piscina. Hasta ahí, todo, normal.

Indudablemente conocer el número de escalones dada la oscuridad suponía una clara ventaja. Otra cuestión está en adivinar el porqué no utilizó la linterna. Según recordaron Katia y Tim, pensó que en la oscuridad de la noche se adapta fácilmente la visión y para vislumbrar el perfil de las formas en la distancia, caminar sin linterna, podría resultar ventajoso. (Hecho probado y cierto). Lo que no pasó en ese momento por su cabeza, fue que con luna nueva y el cielo encapotado – como parecía hallarse – por mucho que uno se esfuerce no podrá ver una sombra a más de dos palmos de distancia.

Con precaución y casi haciendo equilibrios, el señor Tiziano comenzó a subir mientras contaba los ciento veintidós escalones que en suave pendiente lo encaminaban a su piscina. Y como hasta a un hombre inductivo y racional como él la mente puede jugarle extrañas pasadas, así sucedió.
Tras finalizar la ascensión esa vez no contó ciento veintidós, su mente se detuvo en... cuatro mil. Sudaba. ¿Sudaba? ¡Y cómo no hacerlo! Si calculó que habría estado ascendiendo durante cerca de tres cuartos de hora. Se detuvo mientras trataba de adivinar lo que tenía delante: Total oscuridad y algo quizá diferente. El olor. De todas formas, mientras subía, habían caído unas gotas, y como es sabido la lluvia impregna de aromas nuevos – y preciosos – la atmósfera, y en ocasiones incluso crea ambientes... ¿desconocidos?
El señor Tiziano no era la clase de hombre que se formule demasiadas preguntas, en cambio era capaz de encontrar explicaciones para todo aquello que no se ajustara plenamente a su razón. Y en ese momento las halló. Acababa de cumplir setenta y cinco años y por las mañanas sus huesos chirriaban cual oxidadas vigas de hierro que le costaba engrasar. Todo fue obvio en su mente otra vez. Había sido el cansancio, el tedio y su irreconciliable y mal llevada vejez. Estaba claro, de forma mecánica su cerebro había prescindido de la primera cifra: el uno, para a continuación sumar ambos doses, crear un cuatro y añadir tres ceros que no eran sino sutiles metáforas insertas en su rostro como gotas de sudor y agotamiento.
Cesó de resollar. Presentía el camino ante él. Estaba ahí, en alguna parte. Prosiguió. Y aunque no le pareció el mismo trazado que estaba acostumbrado a recorrer, se hizo una pregunta que lo liberó de las dudas y tensiones: “¿En la oscuridad qué es igual a qué?”A trancas y barrancas atravesó un arco oscuro, y de pronto se encontró en un recinto a cuyo alrededor altas cúpulas con terminaciones acabadas en finas agujas, señalaban a la noche.
Se detuvo, y se rascó la cabeza con inquietud. ¿Por qué de repente tardaba tanto en asimilar lo que su empobrecida vista de anciano creía ver? ¿Y por qué creía estar donde no estaba cuando en realidad estaba allí, en su piscina? La vio. Allí, en el centro. Quizá pudiera parecer – y así fue – más grande de lo habitual, pero sin duda era la piscina.

Depositó el bote en el suelo y procedió a abrirlo con cuidado. Aún así el polvo del cloro se introdujo en su garganta y le causó un escozor irritante. Para evitar las arcadas se giró. Sin mirar, aunque de todas formas no viera, tomó el vaso con medidas que había en su interior y sólo tras llenarlo un total de diez veces logró finalizar una vuelta completa a la piscina. Sí, todo estaba claro. Con la vejez las distancias en lugar de menguar se alargaban, lo mismo que el tiempo. En cuanto a la oscuridad, se convertía en solemne y preciosa, en tanto los aromas resultaban subyugantes y sinceros. Concluyó que había sido una gran experiencia realizar el proceso en plena oscuridad.
Cerró el bote y descendió. Esta vez tardó algo más de quince minutos, pero ya no se alteró, pues llegó a la edificante conclusión de que se acostumbraba rápido a su estado de vejez. Dejó el bote en el cuarto de la depuradora, cruzó el jardín, entró en la casa y agotado, se acostó.

A la mañana siguiente tras desperezarse fue a echar un vistazo a la piscina y se encontró la sorpresa. Estaba sucia, y apenas olía a cloro. Era como si la cloración no hubiese surtido el menor efecto. Aunque no se alarmó, pues imaginó que la lluvia habría afectado al PH. Vería que hacer algo más tarde.
Desayunó y salió hacia el pueblo. Compró el periódico y una vez alcanzó la plaza central, se acomodó en el bar de los filipinos, pidió un café con leche, y procedió a ojearlo. Y allí, en primera página, encontró la noticia que lo desconcertó por completo.

Los créditos del artículo decían:

“Salvaje atentado en templo jainista en la colina de Shetrunjaya. Estado de Jugarat, India.”

Y proseguía.

“El mayor pecado para la religión jainista consiste en causar daño a cualquier ser vivo. Los jainistas practican la no violencia. Su religión presenta una perspectiva igualitaria de las almas de humanos, animales y organismos microscópicos. Respetan a los insectos y muchos ascetas llevan incluso mascarillas para evitar tragárselos accidentalmente.

Arovechando la noche de luna nueva el eco-terrorista penetró en completa oscuridad en el estanque sagrado del templo de Adinath. Según los investigadores realizó una minuciosa cloración que acabó con la vida de las más de seis mil carpas, renacuajos, e insectos acuáticos que lo poblaban.

Una espectacular ceremonia por la masacre que tendrá una duración de una semana sume en el dolor a los ascetas de los más de mil doscientos templos que se encuentran diseminados por la cima de la colina.”


A la noche siguiente, con la esperanza de escuchar otra historia por lo menos tan buena, regresé a tomar un trago al chiringo del mono. Llevaba dos horas sentado y mientras esperaba sin éxito a que Katia y tim se presentaran, bebía. En una mesa a mi lado tres hermosas damitas no cesaban de reír. No cabía duda, lo estaban pasando muy bien. De pronto alterada una de ellas se incorporó gritando.
-¡Oh! ¡Una araña! ¡Una araña! Se me ha subido una araña...
Y con nerviosismo se hurgaba en sus largos cabellos.
No lo pensé. Me levanté dispuesto a ayudar. Y además, la chica era preciosa. De repente la vi y le advertí.
- ¡No te muevas! Está sobre tu hombro.
Volvió la cabeza y soltó la mano con intención de aplastarla. La intercepté en segundos en el aire, mientras con la otra recogía al bichito y lo depositaba con cuidado en la pared. Desapareció a toda prisa, moviendo sus ocho patitas como sutiles palillos maleables. Me volví hacia ella y sonriendo le dije.
- ¿Ves? No se puede dañar a los bichitos. Viven con nosotros y son nuestros amigos.... Y permanecí sonriéndola con cara de gandul idiotizado y los brazos en jarras.
Ella se alisó los cabellos y recompuso su desmadejada figura. Sólo entonces me habló.
- ¿Ah sí? Pues mira... Tienes razón. Claro. No eres un bicho precisamente. ¡Sino la cosa más paranoica que se ha cruzado nunca en mi camino!
Y me abofeteó un par de veces en la cara. Mujeres... Pierden los nervios y...

Dos años de relación y nos casamos. Para celebrar nuestro encuentro en nuestro viaje de novios decidimos visitar la célebre colina de Shetrunjaya, en el Estado de Jugarat, India.
Fue todo un éxito. Jamás la toqué, ni discutimos, ni me hizo falta hablarle fuera de tono, la quería y nos llevábamos de maravilla. Aunque debo reconocerlo a ella aquello le encantó... demasiado. Tanto que se separó allí mismo de mí y se convirtió al jainismo. Y nunca, nunca jamás que yo sepa, ha vuelto a intentar matar a una sola araña y menos pisar a una hormiguita...

En cuanto a mí, pues aquí estoy de nuevo, en el chiringo del mono. Espero a Katia y a Tim, regresan de uno de sus viajes. Mientras degusto una copa de ron me da por preguntarme si esta vez volverán... ambos, uno sólo, o ya jamás volveré a ver la inocencia de sus bellos rostros sonrientes...

José Fernández del Vallado. Josef. Octubre. 2007.

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