lunes, 26 de noviembre de 2007

20

Porqué estoy en guerra.

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Ayer quise escribir sobre la guerra que nunca he vivido y que nunca... ¿viviré? Una guerra que sin embargo asola a mi mundo y sin quererlo, también hoy a mis entrañas. Porque por mucho que crea o me digan que no estoy en guerra es una burda patraña. Pues sí, lo estoy...

Estoy en guerra contra una iglesia que proclama: “No mentirás”, mientras utiliza el lenguaje del doble rasero, negocia con el rico y dice ayudar al pobre, a quien ni siquiera presta una mísera porción de su cada vez más abultada fortuna, que oculta y atesora con celo en su fortaleza del Vaticano,y que utiliza tan sólo, para engrosar el caudal de altos cargos eclesiásticos.

Estoy en guerra contra los Estados que hablan de paz, de mejoras, de ayudas, de vida y de bienestar... en falso; mientras fabrican y venden armas, crean nuevas guerras, y encima ahora parecen haberse confabulado en dirigir una campaña que deje en mal lugar a las ONG (únicas asociaciones que ayudaban al tercer mundo) y casi lo están consiguiendo.

Estoy en guerra contra “las multinacionales.” Las cuales venden estabilidad económica cuando en lo que se afanan de verdad es en su particular carrera por crecer y lucrarse, en tanto esquilman y desestabilizan los recursos naturales de nuestro planeta y de las naciones en las que depredan.

Estoy en guerra contra la creencia errónea de nuestra sociedad occidental que considera correcto e ideal todo aquello que hace. Cuando no es capaz de admitir de igual a igual, con tolerancia y amplitud de visión, ideologías o culturas tan antiguas o más que la occidental, y que en lugar de compartir, asumir y aprender, erradica.

Estoy en guerra contra los vehículos y máquinas a combustión originados a partir de los hidrocarburos, pues considero que este combustible daña el sistema ecológico, y dado el nivel de tecnología alcanzado, sustituirlo por cualquier energía limpia de forma casi inmediata resultaría sencillo. Si esto no se ha llevado a cabo hasta la fecha, sólo es debido a los intereses de las multinacionales y a las naciones ricas implicadas en ello.

Estoy en guerra contra la industria farmacéutica, quien con fines de lucro y debido al elevado coste que impone a los fármacos, necesarios para salvar a millones de seres humanos, no hace sino reconducir nuestro mundo hacia un espantoso holocausto.

Estoy en contra de nuestra sociedad; pues a la vez que se pavonea de su democracia se maneja de forma dictatorial, y funda su avance en una mentira sostenida e increíble que de hecho hacen creer quienes participan directamente de ella; es decir, aquellos que están en la cúspide social. Tal teoría recibe el nombre de: “Bienestar Social,” y resulta aplicable tan sólo a ellos mismos: magnates y financieros. Mientras que el resto: funcionarios y trabajadores, vivimos sometidos a un régimen clasista y esclavista, amarrados o lo que es lo mismo estafados, mediante el compromiso del capital. Nada más sencillo que involucrarnos en la trampa del “mercantilismo a plazos” para atraparnos de por vida en un quehacer rutinario, interminable y diario, que de resultar vulnerado, de hecho, culmina considerando al sujeto como un delincuente peligroso y un vago.

Estoy en guerra contra la hipocresía de una humanidad que sigue creyéndose superior, cuando todavía no ha demostrado nada en absoluto, sino todo lo contrario. Destruye su entorno, es cruel con sus congéneres animales con quienes trata de desmarcarse y quedar por encima, y consigo mismo, mientras cava su fosa a diario. Los protocolos sobre el clima y demás hasta ahora sólo han resultado acontecer como meras pantomimas para aplacar los ánimos de quienes reclamamos acciones, y poco o nada se ha hecho cuando hace tiempo que el planeta nos advierte mediante claros síntomas, que no soporta ni podrá soportar más nuestro maltrato diario, anual, centenario y milenario.

Por último estoy en guerra contra la misma guerra y contra el egoísmo del hombre, pues mi deseo es vivir en paz. Pero... ya que de las premisas anteriormente citadas no se cumple una sola ¿será posible vivir en paz en la Tierra alguna vez? Sinceramente creo que no. De modo que permanezcan en sus cómodos sillones y aguarden el torbellino fatal de desgracias que, de no invertirse la tendencia, sufriremos en sólo unas décadas.
Por suerte “Yo no veré ese final...” ¿o si? Resulta tan fácil y egoísta expresarse de esa manera -¿verdad?- y sobre todo cuando una gran mayoría lo hacemos así. Pasamos el testigo y declaramos: “Yo no lo veré.” Pero lo cierto, y aunque nos pese, es que ya hemos empezado a vislumbrarlo. Háganse idea. Así pensamos los arrogantes seres humanos: “Yo no lo veré...” Pero ¿quiénes vienen a continuación? ¡Nuestros hijos! ¿Y es esta la herencia que les vamos a dejar...? Un “¿Yo no lo veré?”

Para que esto no sea una falacia apúntate a mi guerra... Desde ahora es ya tú guerra. Empieza la lucha hoy mismo. Si cada uno de nosotros hace otro tanto y piensa de la misma manera tal vez podamos invertir la tendencia... ¡Ahora! – “Tú sí lo verás” –
Erróneo o no, al menos es un planteamiento diferente al... - “Yo no lo veré.”-

Un saludo. Nos vemos en el siguiente capítulo de este Planeta, porque deberíamos lograr que así fuera. ¿Habrá un hasta siempre en lugar de un... jamás?

José Fernández del Vallado. Josef. Noviembre 2007.

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jueves, 22 de noviembre de 2007

22

- La cita. - Relato con dos finales a elegir.

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El aeropuerto rebosaba, había mucha gente. Provenientes de lugares distantes e impensables. Tras más de veinticinco horas de viaje Emilio había llegado, finalmente estaba allí, en los confines del mundo. Esperándola, inquieto y pensativo, sin cesar de dar vueltas en el apeadero donde convinieron. Sujetaba el ramo de rosas rojas que ella misma le había solicitado entre sus manos sudorosas, mientras su corazón palpitaba deseando taladrar su débil caja torácica.

Recordaba el rostro de Ivana en el webcam: Alegre, despierto y siempre feliz. Acarreando su frágil espíritu hacia lugares de infinitos matices y posibilidades. Él era sólo uno entre millones, y sin embargo, ella lo había elegido.

Se sintió absurdo al preguntarse de pronto qué dudas podría tener y a qué su falta de fe después de casi tres años de relación intachable.

Antes era agnóstico, pero gracias a la fuerza interior que ella le fue transfiriendo, comenzó a ser buen y noble creyente. Y, últimamente, algunas respuestas se habían ido materializando y resolviendo con absoluta sencillez en su mente. ¿Si existiera vida más allá? Entonces podría gozar junto a Ivana eternamente. ¿Si existiera un Dios sabio y benevolente? Al infierno los desalmados e injustos del mundo. ¿Si el mundo sólo era el paso previo a un paraíso colmado de bondad, sabiduría y sublime belleza? Adiós a las horribles máscaras de indignidad que devastaban la tierra. Para ellos, los creyentes, sería el Paraíso.

Transcurrió más de una hora, oró plegarias a Dios, pero su móvil continuaba sin sonar, sin enviarle la respuesta que necesitaba. ¿Por qué ni siquiera una señal?

De madrugada, apenas sin vuelos, sin gente, con los guardias de seguridad observándolo con recelo, permanecía en la terminal aferrado al ramo de rosas. Los ojos acuosos, la fe medio descalabrada, los ánimos en franca caducidad.
No tenía nada de ella. Ni dirección, ni teléfono, ni siquiera un posible lugar a donde ir. Tampoco entendía un ápice del idioma de aquel lejano país.

Se le ocurrió de pronto. ¡Había una sala de internet! Con manos temblorosas se conectó y con sorpresa y a la vez desesperación, hizo el descubrimiento. Ivana no estaba en línea, pero no le importó, aguardaría. Resistió firme casi toda la noche.
A la mañana siguiente el ramo de rosas se hallaba marchito sobre la mesa del monitor, donde también reposaba la cabeza de Emilio. Abrió los ojos, un enorme desamparo se apoderó de su alma. ¿Existe una esencia en verdad, un ser que nos acompaña y ayuda en los momentos difíciles? Entonces ¿Cómo era incapaz de sentir la presencia a su lado?
Apenado, pero sabiendo que la respuesta al problema estaba en su mano, se dirigió al mostrador y adquirió un billete de vuelta.

Cuando el avión despegaba sonó el móvil y Emilio escuchó la voz. Y mientras la oía su semblante, hermoso como siempre, se dibujó radiante en su percepción y sonrió con amplitud. Esto fue lo que oyó:


1er Final.

- Amor aquí estoy, en el aeropuerto. Tal como convinimos. ¿Recuerdas? Sólo que ahora contemplo como te vas para siempre.

Y prosiguió.

- Perfecto Emilio, cumpliste. Me has demostrado tu absoluto amor y fidelidad hasta el último instante. Sólo tú podías hacerlo. Me resultaba increíble que un hombre en principio agnóstico, con un trabajo fijo, buena reputación, dinero e intereses, pudiera dejarlo todo y venir a verme al otro lado del mundo. Has dado el primer paso y con ello has puesto la primera piedra, no te desanimes. Estás en el camino de hallarme y me hallarás. Sigo esperándote, sigue buscando, soy toda tuya.

¡Te quiere! Tu amada Ivana…


2º Final.


- Amor aquí estoy, en el aeropuerto. Tal como convinimos. ¿Recuerdas? Hoy es el día. ¿Has llegado ya? ¿Dónde estás? No puedo verte…

Emilio contuvo un sobresalto. ¿Era posible que se hubiera equivocado en un día? Trató de hablar pero ella se adelantó y prosiguió.

- Bien, me alegra que hayas cumplido. Sabes... Me has demostrado tu absoluto amor y fidelidad hasta el último instante. Sólo tú podías hacerlo. Me resultaba increíble que un hombre en principio agnóstico, con trabajo fijo, buena reputación, dinero e intereses, pudiera dejarlo todo y venir a verme al otro lado del mundo. Has dado el primer paso y con ello has puesto la primera piedra, no te desanimes. Estás en el camino de hallarme y lo harás. Sigo esperándote, sigue buscando, estoy aquí en la terminal cerca, muy cerca de ti. Y por fin soy toda tuya…! ¡Te quiero..! En segundos vamos a encontrarnos… Emilio ¿Estás…?

La comunicación se interrumpió. El avión no hacía escalas. Al regresar a su país quiso conectar por internet, pero instantes antes de hacerlo, en el mismo aeropuerto, encontró a una mujer. Estaba perdida y parecía preocupada. La acompañó en su coche hasta el centro de la ciudad y como no tenía lugar donde comer fueron a un restaurante. Después siguieron hablando y pasearon durante el resto de la tarde, cenaron. Y en el transcurso de esas horas intimaron. Esa misma noche la pasó con Leticia.

A la mañana siguiente Emilio entró en un ciber, debía hablar con Ivana, pero tampoco la halló conectada. En el msn encontró el siguiente mensaje:

- Sigo esperándote. ¡Te quiero! Tu amada Ivana…

Pensó en responder, pero de pronto se encontró incapaz de hacerlo. En cambio, de forma inconsciente se dio de baja en el correo y ocultó la existencia de Ivana a Leticia. Mientras, en el fondo calmado, pensaba: Así son y serán siempre los designios del Señor: Inescrutables...


José Fernández del Vallado. 2007.

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sábado, 17 de noviembre de 2007

2

El padre de la bomba atómica.

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J. Robert Oppenheimer camina por las calles de su ciudad en solitario. Es muy pronto, apenas las seis de la madrugada de una mañana invernal en el estado de Nuevo Méjico. Marcha embutido en su pelliza, las manos protegidas en gruesos guantes y el rostro impávido y pensativo, cubierto tras la bufanda. Se siente angustiado, pues ese mismo amanecer de forma inmutable, la horrible pesadilla se ha vuelto a repetir y lo acaba de despertar. Huye de la cama con un profundo malestar y temor a dejarse vencer por el sueño de nuevo y caer en la misma celada de la mente. El sueño está fresco y se reproduce de forma inevitable en su memoria:

“Se encuentra sentado en un trono de oro macizo, encumbrado en lo alto de una gigantesca colina teñida de rojo y... ¡osamentas! Su vestimenta es una túnica blanca con el símbolo nuclear impreso en su zona ventral. Sonríe, se siente orgulloso, lo ha logrado; y es plenamente consciente de su hazaña. Convertirse en el mayor criminal en serie de la historia junto a Hitler. Alza la vista a un cielo fúnebre, color gris plomo, y saluda a la formación de "Enola Gay" que sobrevuelan su tarima, camino de arrojar cien mil “Little boy” sobre otras tantas ciudades de la tierra.”

Entra en un bar, apenas hay gente; en silencio se acomoda a una mesa donde pide una botella de güisqui. A las nueve y pico sale por fin. Las mejillas sonrojadas y una sonrisa de victoria dibujada en su semblante. Por fin, lo ha superado. Entre dientes canturrea una melodía; el himno de la nación victoriosa que salvó al mundo del desastre. Camina rápido, alza los brazos al cielo, eufórico echa a correr y deja escapar un gutural alarido de triunfo que se convierte en otro de dolor y desdicha al tropezar y caer de bruces al suelo.

A la mañana siguiente de nuevo es muy pronto. En una célebre sala de congresos, sobre una tarima y con gafas para encubrir el derrame en el ojo, el físico observa el mar de calvas de las eminencias ante las cuales va a pronunciar su discurso sobre la bomba. De pronto sus ojos se dilatan, no da crédito y siente un pavor ancestral, se marea y aferra con desespero al borde del atril, pues es capaz de verlos, están ahí, han venido a escucharlo. Cientos de cráneos blancos, despellejados, sin ojos en sus cuencas hundidas, lo observan en el silencio más sepulcral.

Demudado, mediante un fino hilo de voz débil y muy temblorosa, Oppenheimer comienza a hablar y para sorpresa de todos expresa su hondo pesar por el fallecimiento de víctimas inocentes cuando las bombas fueron lanzadas y, ante el entusiasmo de los presentes, se opone de forma rotunda a “su bomba” y a la carrera armamentista entre Estados Unidos y la Unión Soviética.

Al día siguiente su actitud provoca la ira de los políticos. Se le despoja de su nivel de seguridad; pierde acceso a los documentos militares secretos y es relegado a un segundo plano. Aún así, continuará dando charlas en las que tratará de redimirse sin éxito. El daño ya está hecho, y las pesadillas jamás lo abandonarán hasta su muerte el 18 de febrero de 1967 del siglo pasado.

Descanse en paz con Dios y el Diablo.

José Fernández del Vallado. Josef. Noviembre 2007.




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sábado, 10 de noviembre de 2007

22

RENACIMIENTO.

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Amalia iba detrás, junto a Juan, se encuentra bien. Por fortuna el accidente no revistió mayor gravedad para ella y después de seis meses de recuperación de las fracturas de tibia y peroné pudo volver a caminar. A juan le costó algo más; iba sentado tras el asiento del copiloto y su rostro golpeó contra el asiento de delante. Se partió la nariz, al tiempo, al echársele encima el asiento, se rompió dos costillas y se fracturó ambas piernas a la altura de las rodillas. Rosa, mi novia, que iba de copiloto, tuvo menos suerte y, debido al fuerte traumatismo cráneo encefálico que sufrió tras el choque frontal, entró en coma y definitivamente quedó en estado vegetativo. En cuanto a mí... de forma inexplicable, y quizá porque no me puse el cinturón, resulté ileso al caer bajo el salpicadero del coche, lo cual me libró por milímetros de que el chasis del vehículo me hiciera pedazos. Los bomberos me extrajeron de debajo del camión donde quedé atrapado durante cerca de tres horas.

Esta madrugada, tal como suelo hacer cuando su familia no está – ellos no permiten que la vea – acudí a visitarla. La mantienen con respiración asistida y la alimentan mediante sonda nasogástrica. Le hablo acerca de la suerte, si así puede llamarse, que tuve al encontrar trabajo en la fábrica, pues en realidad estoy condenado en la trampa de la sociedad y mi salario no dará para cubrir de por vida la sanción que me impuso el tribunal. Sé que cometí una tremenda irresponsabilidad y no tengo perdón. Pero también veo, como cada día, mientras
TRÁFICO elabora recuentos cada vez más abultados de muertos y accidentados, la televisión continúa emitiendo anuncios de nuevas y veloces máquinas de la muerte. Y yo no soy nadie; acaso una mera pieza más en el mortal y cínico mecanismo mercantilista de una industria con una ambición desmedida. En cuanto a Rosa... ella es un alma en pena atrapada por leyes absurdas que la impiden morir con DIGNIDAD (EUTANASIA), porque no tiene uso de palabra ni razón para expresarse.

Pero por fin esta madrugada, tras diez años de sufrimiento, la liberé. En realidad nos liberamos los dos, y no dude en hacerlo. Tras mirar sus ojos inexpresivos los vi suplicarme y llorar atrapados tras la coraza inútil de su cuerpo. No había nadie; estábamos solos. Le retiré la respiración asistida, le saqué la sonda, le quité la vía que la mantenía unida al suero y entonces percibí como su cuerpo se relajaba por completo. Levanté las sábanas que la cubrían e hice lugar a su lado, y pasando un brazo por su nuca me tendí junto a ella. Y por primera vez en años, estuvimos donde tantas veces soñamos. La playa era hermosa, de arena fina, suave y blanca. Los rayos del sol acariciaban nuestros párpados proporcionándoles el calor y la tibieza que no encontraron en años, las aves marinas graznaban, y el rumor de las olas era un constante aliento de vida. Mientras que el cielo, azul intenso, como un fino paño de lino, enmarcaba un horizonte ilimitado... Y en mi boca, el sabor dulce y casi agradable, de la barra de chocolate mezclado con el amargo cianuro de muerte...

José Fernández del Vallado. Josef. Noviembre 2007.



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jueves, 8 de noviembre de 2007

15

EL NACIMIENTO DE LA TIERRA Y SU EVOLUCIÓN.

Deseo que mediante este vídeo vuestros corazones puedan encontrarse, aunque sea unos segundos, un poco más felices y sobre todo, relajados... Saludos a la humanidad superviviente.


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sábado, 3 de noviembre de 2007

14

Dimitri Petroff.

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Dimitri Petroff había llegado; estaba solo en la tienda. Era el primer ser humano sobre la superficie erosionada y roja de Marte. Fuera, un vendaval con vientos helados a doscientos kilómetros hora.

Mientras descendía, pudo ver el estrecho y profundo cañón por el que discurría el caudal. Era cierto, había agua. Es más, a solo veinte kilómetros por debajo, protegida por el micro clima que el cañón propiciaba, el agua discurría sin helarse.
Sonrió para sus adentros: ¡Amierikantsi! Tanto pregonar que iban a ser ellos los primeros, y una vez más, los rusos habían vuelto a dar la campanada.


Contempló la foto y el autógrafo superpuesto. ¡Ahí estaba! Aunque lacio, debido al paso del tiempo, pero sonriente, su ejemplo y estrella el Zar de la natación, Dimitri Popov. Recordó el día en que aquél fuera a visitarlo para prestarle su apoyo a la dacha de Zivonosk. Lo que le sorprendió nada más verlo, no fue su formidable estatura, sino que pese a ella, no resultara torpe sino estilizado, con el físico proporcionado de un delfín. De forma impulsiva agarró la petaca de vodka, la alzó, brindó por él y lo supo. Cuando la tormenta cediese también él iba a ser el primero; y dio un trago más.
De súbito el viento cesó de soplar. ¿Si así finalizaban las tormentas marcianas de qué forma comenzaban? Se preg
untó impresionado.
Con precaución abrió la cremallera y resguardada por el “Volpus Anti Frío,”sacó una mano al exterior, volvió a introducirla y la insertó en el procesador de alteraciones térmicas, el cual informó: Temperatura: – 65ºC. Espirometría: 0kms/h. Humedad relativa del aire: 0,5%. Posibilidad real de supervivencia: 25%.

Se comprimió en el equipo heliogénico y realizó una comprobación de rigor; las membranas funcionaron sin problemas. Salió de la tienda. A sus espaldas, de forma automática, se desmanteló y se plegó en un estuche de quinientos gramos exactos. Lo recogió y lo depositó en el Sznov.
Debido a la profunda erosión, bajo sus pies, el suelo cedía como un denso almohadón de polvo blanquecino de micro cristales, y los bordes del cañón parecían cascadas de pulimentado cristal amarillo.
Se dejó arrastrar por la tracción del equipo, y pese al estatismo del aire, se arrojó al abismo sin miedo. A su paso, como si quisieran tocarse, los extremos del cañón se iban uniendo y sus paredes cada vez más angostas, comenzaban a exudar filamentos de agua en principio amarilla, luego incolora, hasta resultar cristalina. Pensó en la expedición sueca “Larsson” de hacía diez años. Habían sido los primeros en advertir su existencia. Murieron al tratar de aterrizar, nada más comunicar el hallazgo. Aunque nadie los creyó. Los americanos dictaminaron que estaban ebrios debido al oxigeno contaminado que se filtró en los tanques de la nave; y los suecos, tras el esfuerzo baldío, se sumieron en un hermético mutismo.
Podía ser cierto lo que dijeron, reveló después la agencia Tass de exploración. Y ahora, tras diez años de intriga, aparte de resultar más rentable, un hombre solo podía ser más eficaz que cuatro. Sin diferencias, sobre todo, se evitaban controversias que podían generar la tergiversación de los hechos y el fracaso de la expedición. Además, con el desarrollo de la energía solar como principio motriz, la tecnología actual, basaba sus fundamentos en aspectos más desarrollados.

Fascinado, pudo verlo. El caudal discurría de forma ordenada a apenas cien metros bajo sus pies, era un río de aguas azul esmeralda. Sí, así resultaba, un río de proporciones nada desdeñables; como el Tamesis, el Sena o el mismo Yang-Tse, en el corazón de la china profunda. Un caudal que podía parecer inclus
o común, excepto si teníamos en cuenta, que estaba situado en un cañón de veinte kilómetros de depresión por dos mil de longitud, en un planeta tan poco común como Marte.
Por primera vez, intuyó con claridad el alcance de su objetivo. Se trataba de una meta con la que jamás habría soñado Popov. ¡Iba a ser el primer nadador alienígena en Marte! Si es que Marte contaba con vida capaz de sobrevivir a su clima.

Allá voy, se dijo.
Cuarenta, treinta y cinco metros, descendiendo.
¿Estaría fría?
Treinta, veinticinco…
¿O puede que esté en ebullición?
Veinte, quince, diez….

Y qué más da. Llevo puesto el equipo heliogénico.
Cinco, cuatro, tres, dos, uno…¡cero!
Se zambulló .

Volvió a emerger a la superficie. Estaba... en un punto ideal. No parecía fría o caliente, sino templada. Asimismo no resultaba densa ni en exceso fluida y tampoco salada. Y…se podría beber. ¿Podría beberse en realidad? Se preguntó mientras accionaba el convertidor “Tomarem – Nemod2” el cual le indicó su potabilidad instalada en un margen óptimo del 97%, y comenzó a saciar su sed, igual que solía hacer en el río Vologda que atravesaba su pueblo natal.
Nadó de espaldas, braceó unos instantes y terminó en un croll frenético, hasta alcanzar la orilla de una ribera color cárdeno. Salio a trotecitos y se tumbó boca arriba, resollando sobre la arena, hasta cubrirse de granos azulados. Permaneció inmóvil mirando el cielo rojo con ojos entrecerrados y a las estrellas naranjas, y pensó en Anastasia y una vez más en cuales habían sido las razones que lo indujeron a dejarla a cambio de beneficiarse con aquello. Y, ahora, con el convencimiento de haber cumplido sus anhelos, esas razones, ya no le parecieron tan relevantes como a menudo las juzgó.

Un destello fugaz le obligó a volverse de lado. Algo brillaba o había producido un fulgor a su izquierda, al lado de un formidable peñón cercano. Se incorporó, desenfundó el fusil apalachiev y por su vertiente más lisa, empezó a escalar el peñón. No era posible, se repitió asimismo una y otra vez y tuvo razón. No había vida.
Superada la anfractuosidad de la piedra, a sus pies, se topó con la expedición “Larsson” al completo, y supo que no habían muerto al aterrizar, sino horas o tal vez minutos después, y que por tanto, no había sido el primer hombre, ni siquiera el primer nadador sobre Marte. Y por alguna razón desconocida, tal vez la engañosa y bella inocuidad del paisaje, o la tentación de bañarse sin ropa, se habían desprendido de sus equipos de protección térmica, quedando expuestos al efecto de ionización “Linn.” Un rayo que barría la superficie marciana cada cierto tiempo, invisible al ojo y sensibilidad humana, y que por aquel entonces, la ciencia aún desconocía. En apenas una fracción de segundo, c
ualquier cuerpo humano o animal desprotegido, resultaba carbonizado.
Cuatro esqueletos desollados parecían saludarlo sin cesar de batir sus mandíbulas sonrientes. Pero aquello tan sólo era un mero efecto óptico. Todos yacían junto al cilindro espacial. E incluso uno aún sujetaba entre sus manos, el móvil Eriksson T 7000 CK, el mismo que produjo el destello que había visto desde la orilla.
Tras comprender que había dejado de ser el primer humano en hollar la superficie erosionada del planeta, y el primero en nadar en sus aguas, una mezcla extraña de resignación y dolorosa pereza, se adueñó de Petroff. ¿Qué hacer...? Deseaba existir, ¡perdurar! No ser uno más en una lista. La idea le sobrevino por sí sola; sería el primero... en atravesar a nado la corriente que discurría por el cañón... “¿Larsson?,” las aguas del río "¿Petroff?" Sí, para empezar no eran malos nombres.

Se hallaba en la orilla dispuesto a arrojarse, cuando se le ocurrió. El equipo era una carga innecesaria. En breves segundos realizó los cálculos y supo que dispondría de margen suficiente para alcanzar la orilla opuesta, no así para volver. Le pareció suficiente.
Una vez se desprendió del equipo reconoció que para hallarse en un lugar tan aislado hacía un día único; espléndido y relajante, con un micro clima envidiable, y un oxigeno limpio de cualquier impureza.
Ni siquiera dudó. Con tranquilidad se introdujo en el agua, y comenzó a bracear con la elegancia de un delfín solitario…


José Fernández del Vallado. Josef 2005. Arreglos Noviembre 2007.

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