viernes, 2 de octubre de 2009

33

Barbarismo exonerado.

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Tras más de dos días al acecho atrapé a mi vecino Mario Abasolo por sorpresa. Lo tenía ante mí encadenado. Pensar en lo delicioso que sabría cuando me lo comiera conseguía que la boca se me hiciera agua.
Estaba dispuesto a trincharlo cuando me hizo la propuesta. Si lo soltaba me conduciría hasta su mujer y sus hijas. Me detuve un instante; no era mala idea. Me daría un festín y de paso tendría reservas y calorías de sobra para pasar el invierno cebándome sin dejar de follar.
A pesar de todo tenía hambre y dudas. Le corté un dedo me lo comí y le dije que por cada vez que me tratara de engañar lo mismo haría con el resto. Asintió aterrorizado y acepté. Aquello pareció aparte de dolerle, disgustarlo, aunque no tuvo más remedio que acceder y someterse.

Hacía una tarde fresca y rojiza de otoño o de cualquier estación. Daba igual, los ciclos estacionales eran ya mera anécdota. Los tocones de los árboles y los matorrales muertos arañaban la piel al atravesar los jardines deshabitados. Su casa se hallaba cuarenta manzanas en sentido oeste. Reconozco que escalar cúmulos de escoria de más de trescientos metros de altura sintiendo la brisa ardiente del sol, no era una labor agradable, pero cuando divisamos el hogar todo cambió.

Llegamos de noche. Abrimos la puerta, todas dormían. Le hice entrar ante mí. Cuando estuvimos dentro, aguijoneándolas con la lanza, grité:

— ¡Todo el mundo de pie!

La red cayó sobre mí y tras ella, un grupo de salvajes rabiosos.
Cuando volví en si permanecía desnudo, boca arriba, los pies y las manos atadas a una barra de acero.

Comenzaron bebiendo y riendo, conversaban en sueco, tal vez en húngaro o vasco. Descubrí con sorpresa que la familia de los Abasolo se había unido a la de los Engstrom y aquellos a su vez a la de los Németh. Me vino a la cabeza de pronto. Y no cesé de preguntarme como no presté atención a lo que había leído en antiguas enciclopedias que encontré en el sumidero:

“El ser humano es un individuo sobre todo sociable. El mayor éxito que le ha permitido prosperar y alcanzar notoriedad entre las demás especies de seres, radica en su capacidad para unirse y formar comunidades.”

El plan para capturarme vivo, a mí, el ser solitario e insociable, había resultado perfecto.
Festejaban el éxito de su unión y desde luego tenían derecho a ser felices, cuando la base principal del festín iba a ser yo.
Espécimen: Solitario. Actitud: Irascible. Relación personal con el resto de supervivientes: Nula. Estatura: Metro noventa y dos. Peso: Ciento treinta kilos. En resumen: ¡Todo un manjar!
No me hizo ilusión morir carbonizado como un cerdo salvaje, pero eso era en lo que, a fin de cuentas, me había convertido.

José Fernández del Vallado. Josef. Octubre 1. 2009.


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