viernes, 19 de diciembre de 2008

5




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viernes, 4 de julio de 2008

16

Una fiesta.

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Aquel monte intrincado de mi infancia, donde aprendí a seguir el rastro de los habitantes a menudo invisibles que lo habitaban, donde comprendí que quietud no es sinónimo de silencio, donde presentí mi primer deleite cuando quedé perdidamente enamorado de su hechizo invisible, y donde olvidé para siempre ciertos sueños de gloria manifiesta e inalcanzable.

La noche de la fiesta, una oscuridad cálida de verano en la que podían distinguirse con facilidad (aparte de sombras presentidas y deseadas) distintos aromas de las plantas y flores del monte que circunvalaba el lugar donde el baile se desarrolló, supe dirimir mis desavenencias con la vida y me abracé a ella de nuevo si cabe con más fuerza.
Sólo hice que sentarme, inhalar y recoger unas boqueadas de pura intensidad, permitiendo que el aire colmara mis pulmones.
Entonces dejé de soñar imágenes borrosas y viví mi delicada realidad; dejé cuentas pendientes a un lado y conté pasteles de trufa; dejé de escribir con un teclado y diseñé sonetos de fácil discernimiento; dejé de manejar carros de fuego en metrópolis desalmadas y reconduje mi alma al puerto indicado; dejé de ser ese tipo extraño y antipático encerrado en mí mismo para volver a ser mi yo más cercano...

La noche de aquella fiesta a base de horas de soledad y de encierro no me apetecía hablar; había perdido el gusto, pero lo necesitaba, deseaba el calor humano a mi lado.
Conocí a Estela sin apellidos, pues para mí no tuvo más que un nombre: Amor.
Nada más sentir su resuello lleno de vida me enamoré de ella.
La acompañé a lo alto de una terraza y cuando estuvimos a solas, bajo las constelaciones, echados en un dosel sin hablar, la besé en los labios y le susurré un ardoroso te quiero. Ella, sin hablar, con una mirada de suplica me inquirió desde cuando, y yo respondí desde siempre, puesto que supe que casi toda la vida había esperado un momento como aquél.
Rodeó mi cuello con sus brazos, suspiró profundo, se abrazó a mí con fuerza y me besó con anhelo e intensidad. Estuvimos jugando con nuestras lenguas durante enérgicos instantes de pasión, luego me dio las gracias, permaneció a mi lado unos instantes se levantó y se marchó...

Permanecí pensativo; pensaba en los demás amores y en sus singularidades ¿dónde estarían?
Que pensarían ellas que fui o pude ser yo en sus vidas ¿quedaría algo de mí?
Pensé en qué clase de fórmula provoca que de repente sientas algo por una mujer a la que jamás has visto en tu vida. Pensé en sus nombres, los de todas; en sus rasgos, en sus sonrisas, en sus formas de arreglarse; en aquellas miradas que habían logrado que mi corazón latiera al doble de revoluciones e intensidad; en aquellas risas que me habían inducido sublimes estallidos de felicidad; en aquellas caricias tiernas y eternas; en aquellos ojos negros, claros o azules, y en sus voces distintas... discretas, agudas o fieras.
De repente descubrí que el mejor amor no es el más anhelado sino el más circunstancial e imprevisible, pues no sólo había conocido sino experimentado un amor intenso y cesado de tenerlo en apenas minutos, pero también aprendí otra cosa. Cuando el amor golpea con dureza en las puertas de tu corazón no es bueno sentirse tan solo.

Bajé las escaleras y me sumé de lleno a la fiesta. Estela sin apellidos, no estaba; no me importó, me sentí feliz por ella y le deseé lo mejor. Luego me sentí feliz yo mismo, y ya no paré de bailar y de reír hasta altas horas de la madrugada.
Cuando salí me sentía libre, había conseguido romper las cadenas que me apresaban y liberarme.

Recuerdo que al entrar en el coche puse la radio; la sonata Claro de Luna de Beethoven siempre mágica, imperial, daba inicio. Fue un magnífico broche para cerrar una fiesta y adentrarme de nuevo en el rigor casi cáustico de la vida diaria.

José Fernández Vallado. Josef. Julio 2008.



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lunes, 30 de junio de 2008

13

¿Campeones?

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Increíble. El fútbol volvió a ganar en mi país España, después de 43 años. ¿Será esto una premonición sobre un futuro mejor, o que la catástrofe está más cercana?
Yo sólo pienso una cosa, es un deporte cualquiera. Claro que viendo como lo idolatra la gente, a estas alturas, el mundo tiene dos dioses: el dinero y el fútbol. ¿Y lo demás? Lo demás es otra historia.
Así que salgan a la calle métanse en su coche y hagan lo que por aquí hacen todos ahora: tocar el claxon con desenfreno y proclamar a voz en grito: ¡Somos campeones!
Pero de qué ¿de la idiotez o del desastre, de la iniquidad o el despilfarro?
Prefiero pensar una cosa y seguiré haciéndolo mientras viva: Me gustan los deportes; y el fútbol no es más que un deporte, hay cosas más importantes.

Un saludo amigos del mundo!


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miércoles, 11 de junio de 2008

32

Lo presiento.

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Tu brillo es lo que presiento cuando las noches son claras aquí…

Tu devuelves la sensibilidad a mis encallecidas percepciones y me haces recordar que aún vivo en un mundo real donde hay elementos bellos, elementos dignos, así como también elementos aborrecibles y odiosos. Un mundo paralelo poblado de factores a tomar muy en cuenta...

Me recuerdas los ojos de la mujer que una vez amé y me amó, me recuerdas que existe vida fuera, me recuerdas que no hay porqué temer a la oscuridad, me recuerdas las tierras rojizas del desierto, me recuerdas el canto de los pájaros, me recuerdas las olas del mar resplandeciendo al atardecer, me recuerdas la perfección de la vida prevaleciendo sobre la muerte, de la ciencia sobre la enfermedad y del amor ¿y qué del amor…?

Me recuerdas dónde perdí mi amor y como de grande llegó a ser ese amor, y como de tibios y apasionados fueron nuestros besos, y como hicimos el amor durante días…

Pero también me recuerdas como fue ese último día, me recuerdas a causa de qué lo perdí, me recuerdas que desobedecí, y sobre todo me recuerdas a un esclavo indigno de amar a alguien como tú…

Y sin embargo… ¡Ven! ¿Por qué no vienes? ¿No deseas venir a por alguien que te ama? Por una vez desciende de tu altar y libérame de mis cadenas…

Estoy condenado a no salir de este oscuro pozo. Preso de las tormentas y del mal y sé que sólo tú puedes hacerlo. Aunque sea por una vez hazlo. ¡OH por Dios Luna! Desmonta de tu pedestal deja al mundo sin luz y rellena mis ojos arrancados por amar a quien estaba prohibido con un haz de luz para decirle a quien quiso robarme el amor, que puedo ver y que veré siempre con toda claridad el camino de la libertad y de la vida…

José Fernández del Vallado. Josef. Dic 2005. Arreglos junio 2008.

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sábado, 7 de junio de 2008

20

Con todo mi amor, de tu amor…

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Hola cariño. Confieso, que no es fácil ni aún para un escritor consagrado como yo expresar desde aquí los sentimientos de belleza, calor, armonía y bienestar, que con solo pensar en ti emanan en mi interior de forma espontánea y del modo más natural que mi corazón puede percibir, fluyen hacia tu ser. Te quiero. Quizá esa expresión resuma en dos cortos vocablos muchas más percepciones de las siquiera imaginables.

Al principio y desde que llegué a la ciudad, tu ciudad, descubrirte no fue solo algo hermoso; implicó mucho más. En mi interior profundamente enterrado bajo un manto de invierno gris e impenetrable, se produjo una inusitada revolución que dio lugar a un resquebrajamiento de las frías y pertinaces capas de hielo que con el tiempo habían ido acumulándose hasta embotar mis sentidos. Comprendí que algo importante me estaba sucediendo, dejé a un lado todas mis asignaciones y comencé a dedicarme a ti. Y cuando por fin las ligaduras cedieron, pude ver los brotes tiernos de una primavera floreciente, e intuí en ti a la persona que eres; mucho más compleja, por supuesto, que una dócil e ingenua mujer bondadosa. Puesto que tu interior oculta de forma celosa y magistral riquezas que solo día a día y gota a gota se van abriendo a la perplejidad de mis ojos de hombre maravillado.

Comencé a citarme contigo a diario, siempre en el mismo lugar, que parece ser destino de tu preferencia; y sólo permaneciendo a tu lado aprendí a descubrir la multiplicidad de tu bello interior y empecé a comprender. Mis ojos se fueron abriendo con una nueva alegría que irradió por completó mi espíritu dañado y pude cerciorarme de como aquel primario: “Te quiero” se estancaba en la nada en tanto yo me iniciaba en un nuevo segmento del proceso, el cual, ante mi creciente asombro y deslumbramiento, se transmutaba en un: "Te amo." Y así fue. Me di cuenta de que el amor es la reacción consecuente que cada célula, partícula, átomo, de mi débil cuerpo de humano experimenta por ti y hacia ti. Así pues cada vez que hablaba contigo desebaba con más fervor tocarte, besarte, amarte, mientras suspiraba por ti, por tenerte a mi lado, y ser capaz de abrazar esas hermosas formas de tu cuerpo y tú… tú, seguías manteniéndote altiva en tu lugar.
Soñaba contigo despierto. ¿Cómo sería palparte? Sentir tu tacto, tu piel, ese cabello broncíneo, esos ojos grandes de mirada serena, esa boca de labios finos bien delimitados y esas manos delicadas con dedos largos y precisos. Pero sobre todo admiré la serenidad que destilaba tu semblante.
Así es cariño. Soñé con el día en que por fin estaríamos juntos contemplando las estrellas y solo entonces y tal vez, las respuestas a tantas preguntas que todavía asaltaban las entrañas y nuestros corazones, obtendrían su respuesta de una forma contundente.
Yo me diría:

“¿Es esta hermosa y correcta mujercita que se recuesta sobre mí y a quien acaricio con ternura, la mujer de mi vida?”

De las estrellas me llegaría una respuesta breve pero clara:

“Sí, lo es. Por descontado.”

Y cuando al tiempo tú te hicieras la misma pregunta obtendrías una respuesta similar.

Sólo entonces, y sin decirnos palabra, hablándonos con la mirada, nos aceptaríamos mediante un beso suave, dulce y concluyente, que sellaría nuestra unión por el resto de nuestras vidas.

Cariño queda una sola pregunta y una sola duda. ¿Por qué no viniste a reunirte conmigo el día en que me arrojé a las aguas para ir junto a ti? A veces me resultas un poco fría. Aunque lo sé. Las aguas del mar de Copenhague están heladas y yo casi perezco de hipotermia. Claro que a día de hoy comienzo a preguntarme: ¿Debo mostrarme agradecido a estos hombres por haberme salvado la vida? o ¿Hasta qué punto desean realmente ayudarme estos señores de las batas blancas? Sabes. Ellos dicen cosas malas. Injurias sobre ti que no me agradan en absoluto. A veces insinúan… que estás muerta y que tan sólo eres ¡una escultura!: ¡La sirenita de bronce de Copenhague! sostienen. Menuda locura, menuda desfachatez ¿verdad mi amor? Ja… Los dos sabemos que tú eres una sirena pero real como la vida misma.
Claro que amor, una última pregunta. No te enfadarás ¿verdad? Dime ¿Por qué nunca contestas a mis cartas? ¿Acaso ya no me amas? ¡Yo en cambio siempre te querré!

¡Mil besos! De tu amor:

Enrique López Mesa.

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viernes, 6 de junio de 2008

9

Treblinka.

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AVISO.
AUNQUE HE PROCURADO SUPRIMIR DETALLES MORBOSOS, ESTE DOCUMENTO REFLEXIÓN PUEDE O PODRÍA RESULTAR ALGO DURO EN SU CONTENIDO. RUEGO ABSTENGANSE DE LEERLO LAS PERSONAS SENSIBLES O FÁCILMENTE ALTERABLES.
GRACIAS.

Hoy, a cierta hora de la mañana, de pronto un nombre se instala en mi cabeza: Treblinka. Abro Google busco y descubro que fue un campo de prisioneros, más adelante averiguo que fue más que eso; se trató de un campo de exterminio. Comienzo a leer un documento que refiere lo que fue aquel lugar. Tras encarar los primeros párrafos me detengo un instante –necesito hacerlo – trato de escribir una sola palabra, no lo consigo; me doy cuenta enseguida, no hay palabras para definir los horrores que van quedando impresos en mi mente; las imágenes desoladoras, crueles, infames. Pienso, trato de pensar en la humanidad, sin ser capaz de imaginar o tan siquiera abarcar la magnitud de las barbaries cometidas por nuestra gran y civilizada humanidad. Al fin y al cabo quienes lo hicieron fueron seres como yo y vosotros mismos…

Quiero aclarar algo; no hago esto como mero panfleto publicitario. No soy judío – y aunque lo fuera – según mis principios, nunca podría estar de acuerdo con el comportamiento y la política actual beligerante del gobierno que representa a un estado, supuestamente, sionista. Sólo leo, me limito a leer algo que fue una realidad espantosa y aplastante. Pienso en aquellos vagones atestados de gente inocente y los veo. Leo mientras los veo:

“Tres trenes llegaron en dos días, cada uno con tres, cuatro, cinco mil personas a bordo, todas de Varsovia... Así que llegaron tres trenes, y desde que la ofensiva contra Stalingrado estaba en su apogeo, los convoyes de judíos eran dejados a un lado de la estación de tren. Lo que es más, los vagones eran franceses, hechos de acero. Así que mientras cinco mil judíos llegaban a Treblinka, tres mil morían en los vagones. Tenían las muñecas cortadas, o simplemente estaban muertos. De los que bajaban del tren, la mitad estaban muertos y la otra mitad locos…”

No entiendo y apenas comprendo… ¿Cómo se puede y se pudo llegar a algo de una magnitud tan espeluznante? Trato de escribir, de racionalizar, pero las imágenes de lo que debió ser aquello me lo impiden… No, no puedo seguir. Escribir sobre esto me asquea y sobrepasa, es superior a mis fuerzas. Aún así sigo leyendo:

“Los apilábamos [en la rampa]. Miles de personas apiladas una encima de la otra en la rampa. Apiladas como madera. Además de esto, otros judíos, aún vivos, esperaban ahí durante dos días: las pequeñas cámaras de gas no podían dar a basto. Funcionaron día y noche durante aquel período.”

Voy a cerrar el documento, pues no hay debate en torno a esta horrible masacre, y comenzaré a vivir otro tiempo. ¿Otro tiempo? De pronto me doy cuenta, no es cerrar el documento y el debate lo que debe de hacerse sino abrirlo ¡abrirlo! para que toda la podredumbre que encierran las arcas de aquella matanza despida sus olores hediondos: “El hedor de los cuerpos en descomposición se podía oler hasta a diez kilómetros de distancia” e invadan hasta sofocar y quien sabe si tal vez alumbrar nuestros decrépitos y desorientados cerebros de una vez por todas. Pues dado el camino que llevamos caeremos, volveremos a hacerlo, nos revolcaremos de nuevo en nuestra propia vergüenza.

Como humanidad hemos batido todos los record posibles de degradación, como humanos hemos resultado ser un fracaso y estamos a punto de culminar nuestro ciclo acogotados por el mayor castigo de la fuerzas de la naturaleza que jamás hayamos experimentado y que nosotros mismos, mediante nuestra torpeza y enaltecimiento (proclamándonos siempre la raza superior), hemos desencadenado. Muchos seguimos siendo egoístas y nos vanagloriamos, no llegaremos a verlo, pero ¿qué hay de nuestros hijos, de nuestra descendencia, de nuestra simiente, de la carne de nuestra carne? Ellos sí sufrirán las penalidades. Prosigo leyendo, no puedo ya dejar de hacerlo…

“Los pasajeros del tren eran salvajemente sacados del convoy, separados por sexo se les ordenaba desnudarse a la llegada a los campos de concentración o de exterminio. En invierno, la temperatura comúnmente caía a menos - 4ºC. Las SS escogían a quienes irían a la enfermería. La técnica consistía en apresurar el proceso completo mientras golpeaban a todos los recién llegados…”

¿Cómo nos hemos entronizado? Qué clase de sitial hemos conquistado y quién… ¿¡quién nos lo ha concedido!? ¿Nos lo regaló nuestro omnipotente Dios occidental el Dios Alá del Islám o el Buda hindú? Nadie. Nadie nos ha adjudicado nunca jamás, nada. De hecho estamos solos en esto y como tal debemos pensar y actuar. En cuanto a todos aquellos que apelan a la responsabilidad mientras viven su doble vida, la doble moralidad, he conocido gente así; quienes por un lado leen la Biblia y por otro maltratan o castigan a los débiles niños en los colegios. Profesores autosuficientes que hacen de la doble moralidad su ley; así vivían los nazis. Por un lado eran terribles asesinos de niños, mujeres, ancianos, familias enteras, y por otro, padres modélicos. Yo me pregunto ¿cómo puede ser que el humano sea tan cínico y a la vez tan estúpidamente engreído, cuando a excepción de la tortuga el caracol y algunos insectos sin comparación, somos los seres más lentos y torpes que existen sobre la tierra? Sigo leyendo:

“En septiembre de 1942 se construyeron nuevas cámaras de gas. Podían liquidar a tres mil personas en dos horas. En 1965, después de un informe del Dr. Helmut Kraunsnick, director del Instituto para la Historia Contemporánea en Múnich, la Corte de Casación en Düsseldorf concluyó que el número de personas asesinadas en Treblinka ascendía al menos a 700.000. En 1969, la misma corte, después de tener nueva evidencia revelada en un informe por el experto Dr. Sheffler, elevó el número a 900.000. De acuerdo con los guardias alemanes y ucranianos que estaban estacionados en Treblinka, se cree que el número de víctimas estuvo entre 1.000.000 y 1.400.000…”

Estamos barajando cifras astronómicas 1.400.000 equivale a liquidar a una ciudad completa y respetable en cuanto al número de individuos… Estamos confirmando que algo desproporcionado, una masacre sin parangón, se cometió de forma premeditada en el día a día. La verdad, me horroriza solo pensar si hubiera tenido que ser uno de esos judíos que se encargaban de recoger a los muertos y limpiar los vagones, sabían que estaban muertos, dado que ellos mismos debían considerarse cadáveres andantes inmersos en una espantosa pesadilla o refriega que no le deseo ni al peor de mis enemigos. Hoy en día, de una forma u otra, casi todos tienen o tenemos enemigos. Pero una cosa es tener enemigos de una manera más o menos civilizada y estúpida, ya que no podemos ser mejores, y otra el asesinato bestial, irracional y discriminado que unos humanos llevaron a cabo contra otros hombres en su día de la forma más vergonzosa y rastrera… posible.

Hoy, aquí, en mi casa, sentado cómodamente mientras escribo, me resulta tan difícil de concebir. Por desgracia siempre he dicho que la realidad supera a la ficción; mis ojos se detienen llorosos en especial sobre un párrafo:

“Los hombres por un lado y las mujeres y los niños por el otro, debían desnudarse. Un camino vallado y camuflado, conocido como el “tubo”, llevaba del área de recepción a la entrada de la cámara de gas, situada en el área de exterminio. Las víctimas eran obligadas a pasar desnudas por este camino y entrar en las cámaras de gas, señalizadas falsamente como duchas. Una vez que las puertas de la cámara estaban selladas, un motor que se encontraba fuera del edificio bombeaba monóxido de carbono al interior, matando a todo el que estuviera dentro."

Cierro el documento. No hay más que añadir. Excepto algo en lo que hemos de seguir incidiendo aunque nos suene a tópico reiterado, pues por desgracia, la matanza étnica ya se ha producido de nuevo en algunas zonas del mundo:

“Por muy
DESAGRADABLE que RESULTE y por mucho que nos AVERGÜENCE, informarse de aquello que COMETIMOS Y SUCEDIÓ, ES FUNDAMENTAL. Para que nunca, JAMÁS, vuelva a ocurrir.”

José Fernández del Vallado. Josef. Junio 2008

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viernes, 30 de mayo de 2008

19

El Miedo de Iván.

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Iván era uno de esos muchachos a quienes tras echarles un vistazo tu instinto te permite presagiar que no vivirán para contarlo. Era un hombre algo más que extraño, era desconcertante e insólito.
Conocí a Iván o mejor dicho me conoció él a mí el día en que se me ocurrió apuntarme a unos cursillos de escalada libre y me quedé atrapado sin poder subir ni bajar en medio del escarpe de un barranco.
Llevaba dos horas estancado en aquel lugar endiablado y ni tan siquiera el profesor del cursillo se atrevía a venir a por mí cuando apareció; llegó hasta mí, me invitó a un cigarrillo, y me contó que su novia le había dejado. Y a continuación me preguntó si le podría ayudar a recuperarla. Naturalmente le dije que a cambio de que me sacara de allí. Él miró hacia el vacío y sin sentirse afectado, me dijo.

- ¿De aquí? ¡Pero si no hay nada!

Y luego con la seriedad más absoluta dibujada en su semblante, me preguntó.

- Dime… ¿Qué viniste a buscar?

Mi respuesta fue una mirada de pánico y desconcierto total.

La cuestión es que Iván era un hombre forjado con el carácter y la estirpe de los héroes. Era el tipo con menos miedo que haya conocido jamás. Practicaba toda clase de deportes de alto riesgo con una naturalidad pasmosa. Mientras te veías a ti mismo y a los demás tensos por el miedo minutos antes de saltar de un avión a tres mil metros de altura, lo descubrías a tu lado leyendo; eso, cuando no te estaba contando cualquier banalidad; como las lechugas podridas que había comprado en el mercado aquella misma mañana.
Iván practicaba escalada libre, saltaba en paracaídas, hacía puenting, rafting, karting, apnea, salto de trampolín olímpico de diez metros, buceo entre escualos y trabajaba en un terrario de víboras venenosas en el cual, al llevar a cabo la selección de empleados, solo se presentó él porque nadie estaba tan loco como para desear acabar revolcándose podrido tras recibir un recuerdo emponzoñado de uno de aquellos exóticos bichos letales.

Sin embargo, a pesar de todo, Iván era un ser humano averigüé en seguida. Y como todos los hombres, se caracterizaba por poseer ese instinto que nos convierte en potencialmente imbéciles y peligrosos: “El miedo.”

Iván solo le tenía miedo a una cosa, pero era un miedo cerval, un miedo que le hacía ser un hombre sin amigos. Bueno, con apenas uno: Me tenía a mí. El día en que descubrí su pavor por primera vez lo encontré vulnerable, desvalido, y sentí dolor y apego por él. Porque su miedo era el peor que pueda sentir un hombre; le tenía miedo al AMOR.
Naturalmente aquella novia que prometí ayudarle a recuperar resultó irrecuperable; él mismo la dejó desahuciada. Hablé con ella y me comentó que estaba loco, pues días antes la había hecho saltar desde un puente borracha. Por otro lado me pareció algo engreída y me sentí confortado de que la cosa no hubiera prosperado. Pero a partir de ahí iba a presenciar un lento suplicio que nunca pensé que un hombre pueda padecer, y lo vi sufrir como nunca.

El caso es que al héroe le encantaban las mujeres y se moría de deseos por tener una novia. Cabe decir que al menos, en apariencia, en principio todo empezaba bien de cara a mitigar sus anhelos. Pues el hecho de ser un hombre intrépido lo condujo a establecer ciertos récord. Unos de caída libre, otros de acrobacias, apnea, etc. Por ello le surgían numerosas admiradoras con ganas de probar el sabor de un hombre valioso y valeroso. Aunque ¿es lo mismo valioso que valeroso? El hecho es que cada semana lo veía salir con aquellas mujeres tras cualquier día de hazañas; eran auténticas preciosidades, que cualquiera querría tener para sí. Pero pasadas unas horas, invariablemente sobre las once de la noche, nunca más tarde, lo contemplaba aparecer en el chalé que ambos compartíamos en la sierra. Y cuando le preguntaba que tal le había ido, casi siempre me contestaba la misma retahíla.

- ¡Bah! A ésa solo le interesaba saber si cuando batí el récord del mundo de caída libre sentí miedo.

- ¿Y tú qué le dijiste?

- Que sí, claro. Todos tenemos miedo, ¿no?

En realidad desvelé que Iván había aprendido a decir esas palabras guiado por la inercia de los demás. Pues se le notaba a la legua su impasibilidad al pronunciarlas. En cambio, cuando abordaba el tema en concreto, sus rasgos cambiaban y exteriorizaban un actitud de él que muy pocos conocían.

- ¿Y la besaste? Dime. ¿Acabarías por besarla no?

Llegado a ese punto crucial su semblante se contraía en una mueca dolorosa y tartamudeando murmuraba.

- No… no…

Y ahí se quedaba, de piedra, encogido sobre el sofá, con la cabeza hundida entre las rodillas. Recluido en el silencio y avasallado por el terror que lo embargaba. En realidad no supe que aquello era miedo hasta la vez en que volví a insistirle sobre el amor. Empleando un tono de burla, se me ocurrió decirle.

- ¡Vamos! ¿No me digas que un hombre como tú ha sido incapaz de amar a una mujer tan preciosa como esa?

Su respuesta fue el silencio. Continuaba en su postura, con la cabeza hundida entre las rodillas. Lo miré con asombro. Entonces repetí casi gritando.

- ¿¡Que no la amaste…!?

Comenzó a balbucear algo con cierto frenesí. Escuché con atención. Como si estuviera deletreando negaba con la cabeza y repetía para sí.

- No, no, no, no y no…

Me acerqué hasta él lo agarré de los brazos y le dije.

- ¡Venga…! No me dirás que un hombretón como tú…

Se revolvió como un muñeco de goma y me soltó un latigazo en la mandíbula.

Décimas antes de recibir tuve el tiempo justo de vislumbrar sus ojos anegados en una expresión que nunca le había visto: Pavor. Y lo supe. Entendí que al hombre de hierro algo grave le ocurría: Conocía el miedo. Dejé de reírme de él y pasé a sentir compasión. Mientras, comencé a intimar con una chica me enamoré de ella y contraje matrimonio, él siguió como siempre. Viviendo en soledad, incomprendido, batiendo récord imposibles y siendo considerado un hombre extravagante, peligroso y envejecido, porque los años no pasan en balde.
Un día, recién cumplidos mis cuarenta y pico lo llamé, quedamos y fui franco con él. Le dije que a su edad – tenía un año más que yo – no podía continuar practicando deportes de alto riesgo. Me contestó con orgullo que seguía siendo el mejor (y era cierto) y que el no había nacido para ser un hombre de ciudad y si renunciara a hacer aquello se moriría de angustia. Se incorporó de la silla y me dejó plantado con el sabor de un mal café.

Se sucedieron los años y se hizo responsable: Profesor de paracaidismo. Yo solía saltar en su escuela de vez en cuando. El día en que ocurrió yo no estaba, pero alguien muy cercano a él me lo contó.
Sucedió una mañana, muy pronto, a primera hora. De hecho no había llegado nadie aún excepto el piloto e Iván. Una mujer extranjera, joven, de unos treinta y pico se presentó en la escuela y preguntó por él. Hablaron. Le dijo que su deseo era saltar desde una altura de diez mil metros. Iván le contestó que en su escuela solo se saltaba desde los tres mil, pero la chica era terca replicó que tenía dinero y al final lo convenció.
Cuando uno hace una propuesta así se supone que ya es un consumado saltador, e Iván así lo interpretó. Aunque, por una vez en su vida, su afinado celo intuitivo, falló.

El hecho es que la mujer saltó. Minutos antes, tanto el piloto como Iván ya estaban recelosos, pues la observaron demasiado nerviosa y lo supieron al verla caer desmadejada. Aquella mujer era una irresponsable y no tenía idea de cómo se debía de saltar.
De inmediato Iván se arrojó tras ella y en escasos segundos se plantó a su lado, la sujetó de las manos y de pronto se sorprendió. La chica estaba ¡riéndose! Pero no lo hacía a causa del nerviosismo ni del miedo calibró, sino de pura y simple felicidad.
En seguida estuvieron ambos mirándose atentamente – todo esto pudo oírlo por la radio el piloto y seguirlo con unos potentes prismáticos desde tierra un técnico – quien nada más llegar fue informado de la eventualidad y salió a realizar el seguimiento.

Pasado el primer minuto de contemplación, en silencio, sus semblantes fueron acercándose y de repente… se besaron. A continuación Iván le indicó a la mujer que tirara de la anilla del paracaídas. La chica lo hizo pero algo falló y no se abrió. Sin perder la tranquilidad volvió a indicarle que utilizara el de seguridad. Esta vez el paracaídas salió pero no llegó a desplegarse. Entonces, aún conociendo las graves consecuencias, Iván tomo una arriesgada decisión. Se abrazó al cuerpo de ella y al tiempo que la besaba, desplegó su paracaídas mientras con voz muy serena, le expresó lo siguiente.

- No temas cariño, estoy junto a ti. Y no hay que tener miedo porque te amo y todo va a salir bien.

Y se perdieron de vista en una zona de bosques y barrancos.

Tras una búsqueda que duró todo un día, al anochecer, sin encontrar indicios de ellos todo el mundo los daba por fallecidos.
Finalmente, muy temprano, a la madrugada del día siguiente un pastor de cabras oyó algo al otro lado de un risco. Se asomó y divisó un espectáculo asombroso. Sobre las ramas de un viejo árbol que milagrosamente crecía sobre la pared del barranco, se hallaba enganchado el paracaídas. Pendiendo sobre el vacío había una mujer y un hombre. No se habían movido durante horas pero aún permanecían abrazados, sin dejar de besarse…


José Fernández del Vallado. 2006. Arreglos 2008.



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domingo, 25 de mayo de 2008

17

El trino del ruiseñor.

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Desde pequeño, Lorenzo habitó en una casa de campo, en un lugar tranquilo al que se accedía por caminos de arcilla, sin vías asfaltadas y sin apenas vehículos.

Cerca había un pueblo pequeño con comercios caseros y gente pausada, acostumbrada a la lentitud de la vida relajada y sin bullicio.
Rodeado por una naturaleza en estado puro gustaba de observar y disfrutar los sonidos y colores del silencio. La pareja de lagartos ocelados estirados como serpentinas de color que acudían a tomar el sol sobre la cantera; cuando penetraba en el hierbazal el aleteo de las perdices y faisanes susurrar en su interior igual que el abanico de las damas en el oratorio durante los días febriles de agosto; las liebres al brincar como artistas sin trapecio; las bandadas de estorninos trazando en el cielo cuadros de arena movediza; el canto del cuco al rebotar entre la brisa revolviendo la chopera. Pero sobre todo, en primavera, despertaba a las cinco de la mañana arrullado por el armónico trino del ruiseñor de su jardín.

Creció y también creció su entorno y la ciudad casi alcanzó su jardín. El hierbazal se convirtió en centro comercial, los caminos de arcilla en pistas de dos vías y dos direcciones, el pequeño pueblo pasó a ser suburbio de bloques grises nuevos de metal y hormigón, en cuanto a él comenzó a desempeñar su trabajo de barman en la ruidosa nueva Avenida de las Españas, donde los decibelios de música, los motores y claxon de los vehículos, y el discurso a grito partido eran nueva sensación. Enseguida hizo amigos con quienes acudió a conciertos de música rock, partidos de fútbol, y a festejos de cientos de comensales, así entró a formar parte de la vida moderna.

Ahora, rodeado por una fauna en estado puro de agresión y frenesí, gustaba de participar y disfrutar de los ruidos y colores de la bronca y el barullo. La pareja de gays que danzaban acicalados como serpentinas de color en el pub “La Cantera;” o cuando penetraba en el local “El Hierbazal” el aleteo de los brazos y la voz de las lesbianas y extranjeras pitar en su interior igual que el acoplamiento de una guitarra eléctrica mal sintonizada; las chicas enloquecidas sin cesar de brincar como fieras sin trapecio; las pandillas de pendejos repartiendo palizas contra gente peor tratada que sacos de arena movediza; o presenciar la película de “Alguien voló sobre el nido del cuco” a las tres de la mañana con el estómago revuelto.


Pero sobre todo, en primavera, despertarse a las cinco de la mañana y escuchar cada vez más lejano el precioso trino del ruiseñor que todavía cantaba en su jardín. Hasta que cierto día, tras acudir al doctor, averiguar que debido a su progresiva pérdida de audición en apenas meses volvería a introducirse en su mundo del silencio, donde descubrió con pavor, dejaría de escuchar un sonido por el cual merecía la pena vivir; el añorado trino del ruiseñor...

José Fernández del Vallado. Josef. 2008.

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jueves, 15 de mayo de 2008

31

¿Mi nombre?

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¿Mi nombre? Apenas importa. ¿Mi trabajo…? Sobre mi empleo diré que llevaba meses colocado de camarero en un restaurante de “Alta Cocina Francesa,” en un lugar de la costa española, donde ponían como requisito para entrar saber algo de francés y de inglés. Pero yo fui listo y atrevido y los engañé. Les dije las cuatro palabras que sabía de cada idioma y picaron. No pagaban mal ni bien, pero ganaba más que en cualquier lugar de tierra adentro, y sin embargo estaba hastiado. Harto de atender con un calor infernal al mismo tipo de clientes, seguido siempre de cerca por Martina la maitre del local. Una catalana que más que maitre era un auténtico sabueso con un olfato del demonio para todo, menos para intuir mi secreto.

Meses de absoluta soledad, acudiendo los días de descanso a banquetes de bodas estrafalarias donde presencié escenas dignas de la película: “El gran Restaurante” de Louis de Funes. Y de vez en cuando, si tenía suerte, alguna chica horriblemente engalanada pero hermosa, aunque con la que en la vida real jamás llegaría a sintonizar, me sacaba a bailar borracha. Los jefes relajados, con el trabajo cumplido, me sonreían y dedicaban una serie de halagos que sabía solo irían a parar a un saco roto; pues no era más que eso: un vulgar “extra,” y un extra en una sociedad capitalista es nada. Sí, ni tan siquiera alcanzaba la calidad de simple “lameculos,” aunque suene así, tan mal.

Mientras, la temporada estival iba calentándose, cada vez había más trabajo. Lo cual equivalía a más regresos al piso agotado y con las manos vacías después de noches saturadas de estridente sonido de vajilla, fogones despidiendo el olor acre de la carne al asarse, o el penetrante sabor de las sardinas a la brasa, y de últimas, sesión de equilibrismo con bandejas y manos pringosas tras servir mil marcas de licores, risas tontas y cansancio. Y el tono de las conversaciones, unas veces sin juicio, otras estúpidas o sólo aburridas, de hombres huecos que derrochaban millones sin sentido. Y siempre aquellos semblantes gruesos, pálidos, oscuros, amarillos, verdosos, rancios, afilados, pérfidos, indolentes, abotargados, ávidos, crueles, inocentes, entre los que destacaba el de alguna cliente, la cliente por excelencia, con la que soñabas durante la hora larga que permanecía en el local para luego verla marchar imponente, deseándola para toda la vida cuando solo había sido o estado un momento en tu imaginación.

Otra vez, otra jornada de vuelta a tu piso. Octavo piso de una avenida junto al mar. La luna ya salió y se marchó. Estás sentado a oscuras, deseas dormir pero sabes que mañana será igual. Los cocineros franceses te han dicho: “En el pueblo de al lado hay fiestas ¿Vamos?” Les dijiste que no, siempre dices que no, no sabes por qué rechazas a la gente.

- Oye.
- ¿Qué?
- Sabes… Debes hacer algo para cambiar. ¡¡Vamos, sal ya!!”

Sales. Tomas el vehículo y llegas hasta el pueblo en cuestión. Aparcas y vas directo al mogollón. Allí está la plaza con el toro “embolado” en el centro. Te detienes junto a las barandas y lo miras estupefacto, el animal está asustado ¡muy asustado! Desde luego… A quién se le ocurre prenderle fuego en las astas y luego dedicarse a divertirse a su costa. ¿Es esto lo divertido? Por un momento deseas que atrape a alguien y lo voltee. Al final te cansas, te da pena mirar a alguien que sufre más que tú en esta vida.

Entras a un bar. Apenas hay nadie, están todos fuera jodiendo al animalito. Pides una cerveza luego otra. Sales abrumado. ¿De modo que esto son las fiestas? Doblas una esquina, oyes una algarabía confusa. Ves un garito del que sale luz, entras. Descubres que hay un concurso de cerveza. Te encaramas a la barra, pides una birra y te pones a observar a los participantes. La cosa no parece difícil; se trata de ver quien bebe en menos tiempo un par de litros de cerveza. Al cabo de un rato nadie consigue pasar una marca establecida. Una chica se acerca a ti sonriente y te ánima a participar, deniegas.

De pronto oyes risas, gente que aplaude. Luego alguien te dice: “¡Vete, sal de aquí campeón. Sabes, ya estas bien puesto. Has ganado jajaja!”

De nuevo las risas. Pero tú no sabes donde estás y lloras. Te encuentras llorando sentado en un portal frente a tu automóvil. Quieres irte, volver a casa. Estás solo. Pero ni tan siquiera eres capaz de atrapar tus llaves porque no sabes donde están.

De pronto alguien habla y te dice.

“Soy policía.” Y sigue “Le hemos retenido las llaves señor.” Y prosigue. “Márchese a su casa. Mañana tendrá su coche en el depósito de automóviles, cuando esté recuperado pasa a recogerlo.”

¿Recuperado? ¿Cómo? Si ya estás recuperado le dices y añades: “Solo deseo irme a casa….”

Nadie contesta. Silencio. ¿Despiertas? Todavía es de noche, pero ya puedes ver. Mas allá está la plaza, sin un alma o ¿sólo sombras borrosas? Son más de las cinco. Comprendes, los festejos debieron terminar hace tiempo. Deseas marcharte pero ¿y las llaves? ¡Claro! La poli. Ellos te las arrebataron. ¿Con qué derecho? Estás furioso. Vas hasta tu auto, compruebas que ni siquiera está cerrada la puerta, abres y tocas el claxon. Una, dos, tres, cuatro veces. El pueblo es pequeño. Al cabo de un rato surge un coche patrulla. Apurado, les comunicas lo que sucede, que deseas irte, y que ellos te retuvieron las llaves. Te dicen con seriedad que así es, pero que no las tienen allí. Entonces les explicas que tu piso está en el pueblo de al lado. Te dicen que puedes pedir un taxi. Les contestas que a esa hora no hay taxis y que si por favor te pueden acercar. Pero no parecen dispuestos. Les repites que estás bien y que desearías las llaves. En ese momento uno de ellos te las muestra y agrega que no te las darán, que no eres de fiar. De repente el otro te sujeta de los brazos y te explica como si fuera un “Mesías” que te van a esposar. Te llevarán a comisaría por resistencia a la autoridad, alegan. Forcejeas, compruebas que contra ambos no tienes nada que hacer y aparentando calma les dices: “De acuerdo. Está bien.” Aflojan. Justo en ese momento aprovechas para escabullirte a la carrera mientras te dan el alto. La cosa está clara para ti. ¡Por una estupidez no piensas ir a la cárcel! Detrás escuchas como si un vidrio se hubiera quebrado, luego la misma estridencia. Te detienes. No sabes por qué. Ahora tan sólo caminas. ¿Te sientes ya tranquilo? El hecho es que te cuesta respirar, te tanteas en el pecho, está mojado; es el asqueroso sudor, claro. Descubres tus manos pringosas, igual que cuando se empapan con el licor del sherry Oloroso, piensas, ríes y te las miras. Están rojas ¿del licor? Pero hueles y hueles a... ¿orina? Tus pantalones también están mojados. ¡Vamos! ¿Ya no controlas ni el esfínter? Entonces la ves; está delante de ti. Es la chica de la noche; la hermosa cliente te espera, ha vuelto junto a ti. Te acercas y la recibes con un hola de pasmo, y sin evitarlo tus brazos se extienden y la abrazas, la besas y la abrazas hasta que ella te dice que estaba en un coche y que esa noche cayeron por un puente y tú la miras sin dar crédito una y otra vez, y le preguntas.

- Y si estás muerta chica ¿por qué vienes a mí?

Y ella te responde:

- Vi como te fijabas en mí esta noche y tú también me gustaste.

- ¿Y..?

- Y pensé que nunca más nos veríamos… En cambio ahora sé que estaremos juntos para siempre…

Y lo supe. Supe que estaba muerto y había nacido de nuevo cuando contemplé a los “señores de la ley” dar la vuelta a mi cuerpo justo detrás de mí… Desde luego la cosa no iba a quedar así. Les iba a caer un buen palo por asesinar a un inocente borracho y encima, desarmado, ja...


José Fernández del Vallado. Josef.

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lunes, 12 de mayo de 2008

29

La consulta.

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Aquella tarde, mientras aguardaba en la sala de espera de mi psiquiatra, las Navidades se acercaban de nuevo imparables y yo me preguntaba: ¿Por qué estaba allí? Qué había sucedido para que una persona en perfecto estado mental tuviera que asistir a un psiquiatra. Eché cuentas y me espanté. Llevaba acudiendo a la consulta diez años. ¡Diez! Una década y para qué, si yo era un hombre normal. De hecho me había forjado una familia, tenía un puesto de trabajo, una mujer adorable, mis mascotas Timi el perro y Candy la gata, y a las cuales Adela, mi hija de cuatro años, adoraba... Tenía todo cuanto un hombre puede desear en la vida.

Helena, la psiquiatra, me hizo pasar. Era un despacho pulcro y cuidado en una zona céntrica y cara de la ciudad. De hecho, cada sesión me costaba un riñón. ¡Uf! Me arruinaba, aquello me quemaba. Debía hacer algo y terminar con esa situación... ¿estresante? No. ¡Vamos! Si yo no estaba estresado. Ni siquiera entendía qué quería decir aquella absurda palabra.

Me invitó a sentarme mientras me ayudaba a despojarme del abrigo, hacía frío en la calle, en cambio allí dentro todo era cálido, tranquilo e incluso relajante. Se sentó donde siempre, frente a mí, en su lugar al otro lado de la mesa de cristal. Ella, siempre correcta, atenta, de hecho perfecta; sabía guardar las distancias. Sí, sabía comportarse y transmitir bienestar mediante esa mirada preciosa y aquel rostro firme y siempre... aburrido. ¿Aburrido? ¿Acaso yo la aburría? ¿Qué pensaría de mí? ¿Sería uno más en su ajustado horario de consultas? Nunca me lo había dicho y en realidad no sabía nada de ella, ni siquiera si estaba casada y tenía un marido insulso listo vago o imbécil. En cuanto a los fines de semana ¿iría de compras a los almacenes como hacía la mayoría de la gente mediocre? En cambio yo le contaba todo. Diez años dibujando con esmero los detalles más procaces bellos e insulsos de mi vida, diez años de sumisión y había olvidado el porqué estaba allí...

Me enfrenté a su mirada, me traspasaba, era capaz de hacerlo sin esfuerzo, estaba seguro. Me conocía mejor que a cualquiera de sus hijos si los tuviera ¿o los tenía? Hice un esfuerzo por mantenerme sereno y le pregunté.
- Helena. Dime. ¿Por qué estoy aquí?
No se inmutó. Moviendo los hombros, tan sólo contestó.
- Tú sabrás...
Permanecí mirándola en silencio, mientras me frotaba las manos. Estaban frías y tensas. Sobre todo tensas. Diez años y la seguía temiendo. ¿Y por qué la temía? ¿Por qué no se lo decía y acababa de una vez? “Helena te temo. Tu mirada me desconcierta y descentra por completo.” ¿Por qué en todo ese tiempo no fuimos capaces de compartir un solo café ni hicimos un esfuerzo para intentar ser amigos? Y por qué después de cada consulta tenía que dejar sobre la mesa esos ciento cincuenta papeles. ¿Por qué el dinero? ¿Por qué? ¡Exigía saberlo!
Claro... No exigí nada. En cambio, le contesté.
- No lo sé bien.
De nuevo sus ojos estaban clavados en mí. Utilizando su fascinante expresión de Madonna me dijo.
- No lo sabes, o no quieres saberlo.
El qué... ¿Qué era aquello que no quería saber? Dónde residía el misterio de mi vida, de mi pasado. Que yo supiera mi actitud como persona, como ser humano, había sido siempre intachable. Al menos mejor que la de cualquier desgraciado de... Mi mano izquierda comenzó a temblar. Con disimulo la oculté bajo mi brazo derecho. Eran ellos, los echaba de menos, los medicamentos. Para colmo no recordaba qué ración había olvidado tomar aquella mañana.
- Cuéntame... ¿Y cómo te va? Me preguntó.
Y qué... Qué contar cuando en mi vida no pasaba nunca de nada. Si era un continuo fluir del trabajo a casa y de casa al trabajo. Pero para esa clase de pregunta si estaba prevenido y llevaba respuestas preparadas. Utilicé una que tal vez sonara bien y conviniera.
- ¡Oh! Ja... Sabes. Ayer le compré un gatito a la Candy.
Permaneció mirándome inquisitiva unos segundos, sus labios esbozaron una sonrisa... ¿burlona? Y mirándome divertida, me inquirió.
- ¿Le has comprado una gatita a tu gata?
Mierda... Sin querer debía de haberme tomado el doble de ración de Orfidal y la memoria me fallaba. Sonreí nervioso y corregí.
- No... En realidad fue a mi hija. Sí, a mi hija...
- ¡Ah! ya. Y dime. ¿A cuál de tus cinco hijas se lo compraste? Me preguntó con renovados ojos de felicidad.
¿Cinco hijas? No tenía sólo... ¿una? Ya no había duda. Algún medicamento me estaba afectando, me inducía efectos contraindicados. Sin duda era culpa mía, por no leer una vez más los detalles de las posologías.
- A Adela... Sí, a Adela. Respondí, mientras hacía un esfuerzo para no gritar del miedo y la ansiedad.
Pero Helena ya se había dado cuenta. Nada pasaba inadvertido a aquellos ojos de ave rapaz ¿o de buitre?
Haciendo una mueca dolorosa, lo dijo. Preguntó exactamente lo que tenía que decir y lo que yo, retorciéndome los dedos, esperaba que dijera.
- ¿Necesitas que te extienda alguna receta?
Resoplé con júbilo encubierto. Al fin se producía lo que deseaba y en realidad lo único por lo cual acudía de nuevo a la consulta. Me apresuré a responder dando los datos que estaban a mi alcance.
- Pues sí doctora, en realidad necesito que me extienda unas cuantas. Verá... Se me terminó casi todo...
- Veamos, dijo ella. Hagamos un repaso a lo que estás tomando para ver si estás debidamente reforzado. Y comenzó.
- Humm... Para estabilizar tu estado ansiolítico tomas dos pastillas de Orfidal Wyeth. Una por la mañana y otra antes de dormir. ¿Correcto?
- Sí...
- Tres grajeas de veinticinco miligramos de Topamax antes de dormir como tratamiento preventivo contra las migrañas asociadas a tu stress. ¿Correcto?
- Sí...
- Dos Frosinor de veinte miligramos después del desayuno y dos más de Deanxit para la astenia y para prevenir la depresión crónica. ¿Correcto?
- Si. Bueno... no exactamente. Tuve que añadir un par más...
- ¿Cómo? ¿Un par más? ¿Te sentías tan... mal?
Sus ojos me exploraron de forma huraña y amenazante, me puse a temblar.
- En realidad yo... No lo sé. Solo sé que tuve que añadirlas...
Pareció relajarse de pronto y me miró con aprobación. Se echó hacia atrás sobre el respaldo de su cómodo sofá y añadió.
- Bueno... No es problema. Si te van bien continúas así. Sigamos.
Para regular los estados anímicos alterados y restablecer la percepción real del mundo que te rodea tomas las ocho capsulas durante la comida de Tropargal que te prescribí. ¿Correcto?
- Si, si...
- Ah, y además te voy a recetar seroxat, un antidepresivo de nueva estructura química, cuatro pastillitas diarias. ¿Podrás? Y para tu memoria que veo te flojea vitamina B1 y B12. Por supuesto no olvides vacunarte de la gripe este año también. No te me vayas a enfermar...
Resultaba curioso pero tampoco recordé haber enfermado de nada grave jamás...

Me pasó las recetas. Las guardé con manos temblorosas. Me ayudó a ponerme el abrigo y me acompañó hasta la puerta. Esbozó una sonrisa en cierto modo prescrita y me extendió una mano distante, que ya no formaba parte de su aséptica e intachable consulta. Era Navidad, aún así ni siquiera permitió que la despidiera dándole un beso.


José Fernández del Vallado. Josef.

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domingo, 4 de mayo de 2008

47

Aircangel Happy Illusion.

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Lo llamaron Air, de aire, Ángel de ángel, y Happy Illusion: Feliz ilusión.

A Aircangel Happy Illusion lo hallaron lloriqueando en las bodegas del mayor avión de línea conocido, el Airbus A 7000. Obviamente, alguna madre embarazada y solitaria lo debió de engendrar durante el transcurso de horas que la aeronave empleaba en dar la vuelta al mundo sin repostar. Y, aunque buscaron y dieron con su posible madre entre los más de siete mil pasajeros que componían el vuelo, cuando la hallaron días después, su cuerpo ya era una especie de pasta en emulsión que flotaba en las veredas del Támesis.

Aircangel Happy Ilusion fue adoptado con cariño e ilusión por la tripulación del Airbus. Creció a caballo entre múltiples aeropuertos, tales como: Barajas, Jhon fitzgerald Kennedy, Gatwik, Orly, Santiago de Chile, Xinhua, Ezeiza Ministro Pistarini, Ciudad de México, Jorge Chávez etc…
Confinado siempre en la división de carga del avión, tenía una pequeña sección que habitaba y muy pronto encontró su lugar en la nave.

Todo comenzó una tarde mañana o anochecer a la vez; puesto que el avión se desplazaba a una velocidad tal que cubría en apenas veinticuatro horas tres vueltas completas a la tierra, en tanto realizaba escalas puntuales de apenas quince minutos de demora en cada aeropuerto. Ya que todo se realizaba con una precisión y velocidad asombrosa, digna de dichos tiempos futuribles.

Aquel día la estrella era “Luciano Tabanetti,” un violinista italiano. Se hallaba en el interior del avión, en el gran salón de conciertos decorado con revestimientos de raso en rojo y una hermosa araña central de la cual pendían dos millones de lágrimas que relucían con el brillo y transparencia de cristalinos fragmentos de hielo. Alzado en una tarima, en el centro del escenario, en tanto su público consumía una opípara cena, deleitó al personal sin apenas descanso durante las horas que duró la velada, y cuando se dispuso a finalizar, observó a un chico menudo de pelo oscuro, ojos negros y profundos, brazos delgados y planos como fetuchinis, sentado en una silla junto a una columna, que sin quitarle el ojo de encima lo observaba con cara de fascinación.
Resuelto a amenizar la velada de forma original y decidido a hacer la gracia de momento, haciéndose el generoso, invitó al chico a que tomara el violín y tratara de sacar una nota.

Quienes presenciaron aquella noche dicen, que en el momento en que Aircangel Happy Ilusion entró en contacto con el violín experimentó una sacudida similar a un espasmo o calambre, que suscitó que la gente riera a carcajadas y que a su vez Luciano Tabanetti se sonrojara de complacencia con su feliz ocurrencia. Pero a continuación, y anticipándose a que el maestro se diera el gusto de impartir una clase sobre el manejo del violín, el muchacho ya lo había situado con precisión entre el hombro y la barbilla; y mucho antes de que asimismo le enseñara a situar el arco sobre las cuerdas, ya arrancaba unas primeras notas que mantuvieron en silencio abrumador el inmenso salón.

Las notas que Aircangel Happy Ilusion obtuvo del violín de Luciano Tabanetti eran, aparte de desconocidas, de un preciosismo y delicadeza tan increíbles, que a Luciano Tabanetti se le escapó de la boca el cigarrillo que se acababa de encender. Aquella melodía parecía fluir por sí sola y llenaba los espacios de una belleza y armonía jamás experimentadas con anterioridad. Aircangel prosiguió en su estado de gracia durante casi un cuarto de hora, y cuando terminó, el aplauso fue tan apabullante que Luciano Tabanetti supo de antemano que, debido a su ingenua estupidez, acababa de perder el empleo.

Viajar en el Airbus A 7000 en el que Aircangel Happy Ilusion interpretaba se convirtió en un acontecimiento vedado sólo a personalidades, millonarios, y empresarios de toda índole. Quienes, después de escuchar su música salían no solo cautivados, sino curiosamente transformados en mejores personas.

La música de Aircangel llegó a hacerse tan célebre que las multinacionales discográficas se peleaban por obtener los derechos de autor y obtener su música grabada en CD. La sorpresa: Aircangel no parecía demostrar el menor interés en grabar ni en ganar dinero, ya que como él mismo aseguró a sus paternos de la compañía, con estar allí y tocar ya era sumamente feliz. De modo que fueron ellos, la gente de la compañía, quienes finalizaron por convencerlo de que registrar su música podría ser beneficioso, no sólo para él sino para toda la humanidad.
Aircangel accedió con una condición. No saldría a grabar a tierra, la grabación habría de realizarse en directo y en el interior de la nave.

Y así fue. No obstante, cuando se hubo completado, los técnicos de sonido comprobaron con asombro que sus instrumentos de grabación no habían obtenido un solo registro. Desconcertados, al día siguiente decidieron repetir la función; finalizó con idénticos resultados.
Tras meses de estudio expertos en registros y mediciones de todo el mundo alcanzaron una conclusión. La música de Aircangel ciertamente existía, pero trascendía como si tuviera lugar en un plano diferente perceptible sólo para el sofisticado oído humano, y no así para los instrumentos de grabación que pese a sus múltiples avances, todavía estaban un paso por detrás de la naturaleza.

La vida de Aircangel continuó relajada, puesto que a una gran mayoría de personalidades no les sentaba bien aquello de que les variase su temperamento – aunque fuera para bien – y sobresaltados, lo iban dejando un poco de lado.
Aircangel contrajo matrimonio con Monica una bella mejicana que se topó en su camino a los vestuarios y lo encandiló con su mirada dulce y serena. El enlace tuvo lugar, como no, en el avión. De aquél salieron al mundo Air Fast Gonzalez y Bell Fast Gonzalez niño y niña respectivamente.

Cierto día comunicaron a Aircangel una noticia que lo entristeció. El Airbus A 7000 era ya un avión antiguo e iba a realizar sus últimas tres vueltas a la tierra.
Se encerró en su cabina y se negó a salir de ella en todo el viaje.
Entonces sucedió lo impensable. Durante el trayecto de su penúltima vuelta a la tierra el Airbus A 7000 sufrió una avería eléctrica irreparable en su único y enorme motor, y por primera vez en más de cincuenta años, el que fuera considerado como el avión más seguro del mundo, quedó fuera de control, planeando a una altura de veinte mil metros y en descenso hacia un accidente irreversible.

De los siete mil hombres que componían el pasaje sólo había paracaídas disponibles para trescientos. Todo parecía perdido cuando, surgiendo entre una multitud que descompuesta por el pánico corría hacia ninguna parte, portando el violín en sus manos, allí mismo, en el centro del salón y corazón de la nave, se situó Aircangel Happy Ilusion y comenzó a interpretar una dulce y a la vez exotérica melodía. Y tanto niños como mujeres y hombres, fascinados, se fueron sosegando, olvidaron su pavor y se acurrucaron a sus pies. En breves instantes el salón entero estuvo colmado por siete mil almas que escuchaban en silencio, con ojos encandilados, el violín de Aircangel; mientras, la melodía alcanzaba en madurez e intensidad, las notas mecidas y acariciadas por aquellas manos mágicas fluían y flotaban, se extendían por sí solas y se iban condensando en un hermoso in crescendo que envolvió a la multitud hasta conformar un solo magnífico que adquirió la intensidad de un grandioso huracán de cálido viento y provocó que muchos lloraran de regocijo y alzaran sus ojos al altísimo techo del aparato. A continuación, el sonido emitido fue un tañido musical moderado, muy moderado y moderato cantabile… precioso, sin igual, dulce y arrullador...
Pasajeros y tripulación, incluido su comandante, cayeron en un sueño envolvente y profundo y para cuando despertaron, el avión reposaba cómodamente en medio de una preciosa playa en un espléndido atardecer trópical.

Los primeros en salir parpadeando los ojos al crepúsculo de un astro escarlata que dominaba el horizonte, fueron el comandante y la tripulación. Perplejos descubrieron en la distancia una sombrilla y bajo ella perfilarse un físico ligero. Era Aircangel Happy ilusion, quien por primera vez en su vida había sido capaz de salir del avión y nada más hacerlo, parecía haber hallado un lugar en perfecta sintonía con su música, donde establecer su alma junto a la de su mujer y sus hijos para el resto de sus días. Y así sucedió.



José Fernández del Vallado. Josef. Noviembre 2007. Arreglos mayo 2008.

47 libros abiertos:

domingo, 27 de abril de 2008

30

Margot.

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Conocí a Margot por msn. No, en realidad no la conocí, la leí...
Me enamoré de ella desde la primera tecla hasta la última.
Con ella me dormía y despertaba a ella conectado.
Sus primeras fotos transformaron mi crudo invierno interior en jardín de primavera. Sus perspectivas por la web y su belleza desenfocaron mi punto de vista hasta demudarlo por completo.

Conocí un nuevo mundo aislado entre cuatro paredes a miles de kilómetros del mío, y supe que más allá de mis propios sentimientos, había una vida paralela, y supe que de un planeta llamado tierra, apenas conozco su débil superficie exterior.

Conocí a Margot en persona varios años después… No, en realidad no la conocí, nos encontramos. Me enamoré de ella desde el primer bucle de su cabello rizado hasta su esbozo de sonrisa burlona. Con ella dormí y desperté haciendo el amor.

Sus primeros desplantes transformaron mi cálido verano interior en un vasto erial de incomprensión. Sus perspectivas sobre la vida chocaban contra mis razonamientos hasta desorientarlos y deshacerlos por completo.
Me dejó por otro hombre sin una sencilla explicación. Y por lo mismo, sin una mera aclaración, pagó con su vida.

Hoy, entre cuatro paredes, a miles de kilómetros de donde ella yace, conozco un mundo aislado. Y sé que su vida paralela se apagó para siempre; no así mis sentimientos de amor. Y sé que de un planeta llamado tierra, apenas conozco su débil superficie exterior, en cambio mi interior es ya una caldera que abrasará eternamente…

José Fernández del Vallado. Josef. 2008.


30 libros abiertos:

sábado, 19 de abril de 2008

22

El Vaticinio.

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La isla era un segmento de tierra de apenas cincuenta kilómetros de largo por treinta de ancho, donde un verdor de voluptuosa limpieza solventaba con suavidad regios contornos, cuyas siluetas y cortaduras delineaban una superficie de trazos abruptos.

Mo, joven de piel blanca, cabellos negros, radiantes ojos de malaquita con iris alumbrados en pirita y una piel tersa y lustrosa era la imagen plausible y cesionaria de una dinastía de monarcas en declive. Mientras contemplaba con atención como la superficie del mar más allá de los arrecifes adquiría un matiz azul oscuro, para finalmente, en la línea del horizonte, regenerarse en índigo y difuminarse en gamas que iban del delicado jade a la turmalina y esmeralda, tomaba en consideración las palabras que su padre pronunció en la última gran asamblea. Había dicho:
“Llegará el día en que la estirpe de los guanohais cederán su dominio a seres de cabellos de sol llegados del mar en canoas de ébano con alas de plata.”
Y mantenía el convencimiento de que el final de ese tiempo, estaba allí, en su interior.

Recordó la primera vez, cuando las naves de los extraños surgieron de las tinieblas blanquecinas del horizonte. En principio le parecieron sublimes y silenciosas. Pero a continuación distinguió auspicios inquietantes. El ímpetu de los vientos no suspiraba a su paso, tampoco el arroyo declaraba con agrado su deleitable y singular murmullo de paz, ni siquiera la esperanza que trae consigo un fresco y nuevo amanecer irradiaba su fuerza proverbial, sino al contrario. Los tensos y agotados organismos que tripulaban las embarcaciones eran osamentas oscuras que invocaban chillidos radicales, similares a los de esos seres que habitan en las simas de la muerte.

Desembarcaron sin dejar de enarbolar el estigma de su Dios, un ser iracundo, que proclamaba con ostentación su indiscutible poder superior. En cuanto a los demás… ¿dónde quedaban? No había cabida para nadie en su mundo. Mo, joven de piel clara, en cierto modo como la de aquéllos dudó, pero los aceptó porque concluyó que quienes se proclamaban portadores de la fe de un Dios poseedor de la suprema sabiduría con tal certidumbre, debían de estar en el camino equilibrado.
Cuando raptaron a su padre y le conminaron a él y a parte de la población, antes de ser ajusticiados, a postrarse ante aquel Dios de agonía y guerra Mo y seis mil guerreros decidieron ampararse en las montañas y luchar.
Durante años se revolvieron con la furia intratable del huracán y las cumbres fueron suyas. Pero los valles, los remansos de los ríos, las praderas florecientes, las playas de fino y suave grano, y, en definitiva, los mejores espacios, permanecieron en manos de los hombres de cabellos amarillos; y sin esos terrenos una reina guanohai estaba abocada al desastre.

Los seres de cabellos rubios se hallaban tan exaltados con quienes se habían atrevido a desafiarlos que semana tras semana, mes tras mes, los perseguían con todo su ardor, hostigando y poniendo a prueba la habilidad de supervivencia de la hueste de aguerridos guerreros. Se produjo una fulgurante y atroz batalla, y de nuevo vencieron. Al atardecer, cuando el cielo se tiñó de escarlata como la sangre de los cadáveres, transportaron al jefe de cabellos rubios malherido hasta su refugio. En tanto, rencoroso, aquel Dios perverso no cesaba de aullar clamando venganza y destrucción.

Mo, acompañada de su guardia personal y su pequeña cohorte de servidores se presentó y presenció con fascinación la belleza salvaje del hijo del Dios maldito. Delirante lo tomó entre sus manos y lo retiró a sus aposentos donde lo atendió personalmente, hasta recuperarlo.
Mo y el hijo del Dios comenzaron a vigilarse de forma insidiosa e incluso angustiosa; hasta que los amaneceres empezó a vérseles vagar sobre las crestas de los farallones y barrancos que ahora constituían el reino inaccesible de Mo. Se obró el milagro, todos lo supieron, el amor había penetrado en sus corazones. Por lo tanto, según las leyes guanohai, a partir de ese instante sus deseos estarían unidos para siempre, y el pueblo indígena ya no podría continuar su lucha contra una raza que había dejado de ser enemiga.
Un amanecer, suspirando, el jefe de cabellos amarillos tomó con suavidad las manos a Mo y le hizo una firme promesa. No habría represalias aseguró, sino perdón, y la restitución de sus derechos incautados.

Descendieron a la semana siguiente. Y hubo perdón, aunque inmisericorde. La mitad resultó ajusticiada después de besar el santo crucifijo; en cuanto a los restantes fueron esclavizados. En lo que respecta al jefe de cabellos amarillos, cabe resaltar, cumplió su palabra. Murió condenado como “hereje y traidor” en la hoguera.
Mo, joven de piel blanca, cabellos negros, radiantes ojos de malaquita con iris alumbrados en pirita y una piel tersa y lustrosa, imagen plausible y cesionaria de una dinastía de monarcas en declive, derramó unas lágrimas cristalinas y cesó de escudriñar desde las celosías de la torre donde permanecía confinada de por vida, y apremiada por el dolor acuciante de su vientre agrandado tras nueve meses de embarazo, comenzó a estancarse en un viejo cofre de recuerdos hirientes. Pero, pese a las circunstancias, no se limitó a sentirse desgraciada sino al contrario. Ya que mientras alumbraba con ayuda de la partera, pensó. “Es verdad, los seres de cabellos rubios y su Dios han logrado imponerse, pero en el fondo son estúpidos.”
Lo cierto es que en su comunidad en primer lugar se habrían asegurado de ejecutarla para acabar con su descendencia. En cambio, aquel Dios único guerrero y de infinita sabiduría, para su asombro, había decretado que una vez gestada la vida no podría detenerse. Por lo tanto Mo era feliz, pues alumbraría a su sucesor.
Entre sudores, espasmos y gritos de dolor sintió con gratitud y alegría como su hijo Moa entraba en el nuevo mundo. Y recordó el mensaje de su padre:
“Llegará el día en que la estirpe de los guanohais cederán su dominio a seres de cabellos de sol llegados del mar en canoas de ébano con alas de plata.”
Y ante el pasmo de las beatas y la partera por primera vez olvidó la prohibición de pronunciar el idioma del Diablo, y entonando con ademán sonriente palabras suaves como susurros, sus labios dulces se abrieron y evocaron con mimo aquella cadencia desconocida para subrayar:
“Y llegará de nuevo el día en que la estirpe de los guanohais recuperarán su libertad arrebatada, entonces los seres de cabellos de sol llegados del mar en canoas de ébano y alas de plata, se unirán a nosotros, o bien se verán relegados a partir sin volverse a mirar jamás el lugar por el cual se revelaron...”

José Fernández del Vallado. Mayo 2007. Arreglos Abril 2008




22 libros abiertos:

lunes, 14 de abril de 2008

23

Reafirmación.

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ES ESTA UNA HISTORIA DURA, FUERTE. QUIZÁ HAYA QUIEN NO LA SOPORTE; LO COMPRENDERÉ. SIN EMBARGO NO ES REAL SINO FICTICIA, PERO EN NUESTRA SOCIEDAD HERIDA E INMADURA MUY BIEN PUEDE HACERSE REALIDAD...

Me di la vuelta en la cama, abrí los ojos, inquieto. Encendí la luz y comencé a sollozar, tomé el libro de la mesilla de noche y lo abrí; mis ojos enrojecidos se centraron en sus páginas mientras mis sentimientos se enroscaban en torno a mí. Cuando lo cerré me sentí normal e incluso hueco. Me incorporé de la cama me vestí y salí a la calle.

Era muy tarde, serían casi las cinco de la madrugada de un día de fin de semana. Sentía un vacío inmenso desde que Paula se fue.
Comencé a caminar, la luna brillaba intensa y soplaba una brisa triste de agosto. En el parque unos jóvenes reían divertidos su todavía alegre borrachera. La recordé allí, subida al tobogán, la mañana de invierno en que nos escapamos de clase; descendiendo con la bufanda, los guantes, y su sonrisa abierta, como una gran pintura que decoraba un rostro feliz.
Llegué junto al mar y proseguí por la avenida. Podía sentirlo dentro de mí, estaba ahí. En algún lugar de mi interior; pugnaba por salir y expresarse. El malestar del fracaso. Lo intentamos todo para tenerlo. Nuestro hijo. El bebé que ella y yo deseamos... sin éxito.

Inhalé el aroma salobre del mar, el aroma de la derrota. Me senté un momento en uno de los bancos y allí permanecí, escuchando el rumor persistente de los cantos rodados mecidos por las olas. Saqué la petaca de güisqui y tragué con ansiedad, intentando olvidar la mañana en que los doctores dictaminaron mi impotencia. El fluido pastoso recalentó y reconfortó mi garganta.
La Recordé tratando de aplacarme. Pensó que adoptar a una niña africana podría ser la solución, y tampoco eso logró cambiarme. Ya no me importaba, dejé de ser hombre para convertirme en mutilado, en medio hombre. Volví a beber y me sentí mejor, con fuerzas. Continué caminando, desde ahora miraría hacia delante, el pasado estaba perdido... o en ruinas. Pero... ¿Y qué de mi presente?

Al cabo de un rato mi mente estaba vacía, encharcada en alcohol. De acuerdo, no pensaba, así era mucho mejor. Dejé la Avenida Marítima y me interné en los callejones del puerto. De forma mecánica mis piernas me condujeron al lugar. Allí estaba, existía. El cartel con luces de neón y aquel nombre sórdido, adecuado. Dentro manos de chicas ávidas pelearon por mí. Lo hice dos, tres veces, sin dejar de beber. Reafirmé mi condición montándomelas hasta que mi órgano, agotado, cesó de bombear esperma inútil y vacuo.
Salí con los bolsillos vacíos y la dignidad... no importaba. Había dejado de entender qué representaba aquella palabra y comprendía otra mejor: Soledad. Estaba solo. Aunque en realidad medio mundo lo está, me dije. O quizá más de medio mundo, insistí tratando de animarme... sin éxito, por que ya nada era igual. Mientras caminaba por mi senda secreta me reí satisfecho por como había follado. Ya era un hombre. ¿Había encontrado mi hombría? Sí, ahora era eso. Un “rara avis” que recuperaba su sexualidad durante noches de orgía.
Al cabo de un rato deambulaba perdido. Para ser francos, me encontraba bastante borracho. Reconocí la autopista. ¿Cómo había ido a parar a aquel lugar? Se interponía y para volver necesitaba cruzarla. Cómo hacerlo. Traté de atravesar corriendo. Pero los vehículos, sobre todo camiones, circulaban demasiado rápido. Entonces vi el pasadizo, me adentré, y al doblar una esquina me encontré con la escena.

Estaban tendidos en el suelo, o el tipo sobre ella, gemía o ¿sollozaban? Eran novios, aunque... ¿novios haciéndolo en un infecto pasadizo que rebosaba de mierda? El individuo se dio la vuelta y la hoja de la navaja brilló. ¿Violación? No lo pensé más y tampoco dispuse del tiempo para hacerlo. Cuando el hombre quiso levantarse yo ya estaba sobre él y la verdad, me pillaba en mal día. Calzaba botas de montaña. Pisé su cabeza como quien aplasta a una cuca. De forma salvaje, sin compasión y con miedo, mucho miedo. Pero miedo... ¿a qué? No lo sabía, pero lo olía. Estaba allí, instalado, junto a mí. ¿Era miedo a morir? Cuando ni siquiera me importaba. Incluso hasta podría resultar un alivio. Busqué a la chica. No estaba, había desaparecido. En cambio yo no cesaba de babear y de aplastar a aquel... genio que presumía de macho forzando a los débiles...

“¡Toma machote! Mascullé. Ahora ya no eres tú quien jode. Estás jodido. ¿Verdad?”

El hombre suplicó y no tardó en dejar de hacerlo. Me detuve, mi cuerpo temblaba. Llamé a la chica de nuevo. Nadie respondió. Me encontré sin aire, salí rápido al exterior me apoyé sobre una farola y aspiré hondo. Encendí un cigarrillo. Miré a mi alrededor. Arriba estaba el firmamento iluminado por el matiz ocre del alba y abajo el pueblo. En las casas y jardines colindantes las últimas luces nocturnas comenzaban a apagarse mientras su perfil se delimitaba entre la bruma. Fue un pensamiento fugaz. Allí, acogidos bajo los tejados de uralita de los chalé me aguardaba toda esa vida sonriéndome feliz. De repente me sentí nuevo, con una claridad en la mente que jamás tuve con anterioridad. Tiré el cigarrillo y volví sobre mis pasos. Necesitaba hacerlo. Allí estaba el hombre. Cogí la navaja. No me tembló el pulso cuando lo castré. Metí sus órganos en la tela de su bolsillo, me los guardé y me marché sin cesar de reírme entre dientes. Al fin, ¡podía sentirlo...! Era un hombre nuevo. Estaba repuesto. ¡Volvía a ser hombre!

José Fernández del Vallado. 2 Sept. 2007.


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miércoles, 9 de abril de 2008

16

Balada al ritmo de swing.

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Un dos tres… Dejo todo atrás,
nada permanece en mí, no hay vida interior; sigo caminando
adelante, corro, vuelo, soy casi fugaz... Voy rápido, veloz hacia la desembocadura de la vida. El último amor sucede y se desvanece de la noche a la mañana, y no soy yo quien reclama olvidarlo. Es el mismo amor y su urgencia quien declara que en la vida cada vez hay menos – espacio/tiempo – para hacer el amor. Puedo sentirlo. El goteo del tiempo como un suero intravenoso conectado a mí organismo. Acelero, esquivo al hombre rendido; descalabrado yace ante mí con ojos arrancados.

Ella… me quedan sus palabras, suspiros tenues en la noche, y ni un ronquido que delate imperfección. Más nada es perfecto, solo se adecua al precipicio que marca la calle. ¿Hace frío o calor? No, ni tiempo para pensar. Tomo la ducha me rasuro desayuno como ceno me acuesto y me vuelvo a despertar mil veces pero… ¿dónde? Tampoco hay espacio para las interrogantes y sí un latido frenético apresurado por una drogadicción dolorosa de cocaína en alza liberal.
Un dos tres… me proyecto. Mis brazos son garfios que se enganchan a las ranuras de los quicios; camino como un ser letal, abro ascensores y asciendo a rascacielos de alturas desmesuradas sin olor ni personalidad. Asisto a reuniones Yet Set: caviar congelado, salmón de criadero, una copa light y “speed” son sus nuevos eslogan. Es la vida a límite, la vida de aquel quien gusta deleitarse y ensalzarse al ritmo desgarrador que pide la humanidad. El Euro y el yuan pisan fuerte ¿dónde está el dólar? sino es bajo la alfombra de un viejo Saloon del Oeste. Irak danza al ritmo de las armas y en Afganistán se crían las amapolas más bellas y mortíferas que nunca se vieron…
Ella… me quedan sus palabras ¿a qué idioma las traduzco? si nunca hablamos el mismo. Es lo malo de este mundo, anhelas vivir bien y el vecino lo hace por ti, deseas reír y te sientes demasiado imbécil como para hacerlo, para llorar siempre hay tiempo, para entenderse ninguno y para amar… ¿cuándo? Si ya lo hiciste ¿no? O nunca fue así…



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jueves, 3 de abril de 2008

17

Retrocediendo en el tiempo...

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Crei que retrocediendo en el tiempo volveria a encontrar ese calor que echo de menos... me equivoque. Ese calor o amor no existe ni aqui ni alla ni en ningun lugar posible a menos que lo genere yo de mi organismo, ahora, en decadencia constante. Crei que hubo un alma que una vez me comprendio.... me equivoque. Apenas sabe de si y de aquellos que le rodean, luego, como saber de mi? Al menos, busca lo suyo con determinacion, se arrima a quien de verdad le da calor; y eso, ya es algo muy valioso... Yo no aprendi a generar calor... Aunque me hubiera gustado aprender... Hoy ya es tarde.
Hoy estoy frio, asi es como me siento, frio por dentro y abrasado por fuera. ¿Por que crei que el amor me podria salvar y redimir? Me equivoque. Redime solo a quien estima necesario y de verdad lo merece... Puedo verlo dondequiera que voy, mi pasado me persigue, me cerca y acorrala en mi vida de ostraicismo a mas ostraicismo...
Volvere, una vez mas, el alma dolida, los postulados trastocados; otra aventura en la que no cosechare mas que una estima superflua; si la obtengo, y soy capaz de merecerla. Volvere a ser yo y de nuevo yo. Espero tener a alguno de vosotros a mi lado, ya que por ahora, las palabras no me sacian demasiado, pero me basta una fraccion de vuestra voluntad. No necesito estima para seguir adelante un blog en solitario. De nuevo, el bloggero, de nuevo.... blogger.


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jueves, 27 de marzo de 2008

15

Libertad...

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I
Nos pusimos en marcha temprano. Tras meses sin vernos pasamos una noche inquieta y apenas cesamos de fornicar en la tienda ubicada sobre la pared. Pero ahora era preciso continuar…

Liang Xu era bella y salvaje. No podría permanecer mucho tiempo junto a ella sin fornicar o pelearme. Entre nosotros no existían límites. Quizá por eso el sistema nos buscaba sin tregua. Habíamos desafiado a lo establecido en un mundo que proclamaba: “Elige libremente lo que quieras.” Yo elegí luchar y ¿por eso ya no era libre? Algo sonaba a chamusquina. Algo no funcionaba. Todos se creían libres y estaban sujetos y vigilados. Nadie era libre. Todo estaba cercado y lleno de ojos.

Liang era adorable y salvaje. Los mejores instrumentos contra el sistema eran mi cizalla y ella. Nadie como ella.
Día tras día atravesábamos fronteras, cortábamos cercos y penetrábamos en mundos libres y prohibidos. Eso era el capitalismo. Un mundo libre y prohibido. Una paradoja.

Había millones de habitantes libres que, sujetos al sistema, proclamaban que el socialismo había sido fatal porque no permitía más que aspirar a tener una bicicleta. Ahora, en cambio, podías aspirar a tener cuantas quisieras, ya que como se rompían cada año, debías comprarte una nueva. No sabía diferenciar qué era mejor, si aspirar a la eterna bicicleta o a cien mil motocicletas de papel.
Nosotros no éramos políticos. Apenas sabíamos lo que eso quería decir; lo habíamos olvidado. Nosotros éramos “rompe cercos.”

Me fijé en la complexión de Liang Xu. Durante la escalada libre ella iba siempre delante. En las paredes no había cercos; por eso escalábamos, porque allí éramos libres y únicos. A la mayoría de la gente no le gustaba sentirse única. Preferían pertenecer a la masa. Actuar como la masa, y hablar como la masa.
Nosotros no hablábamos; actuábamos. Liang estiró sus brazos de chicle y se prendió de lo inaprensible. Necesitaba verlo para poder repetirlo. Yo era muy bueno escalando y ella, genial. Ahí radicaba la diferencia abismal. Quisieron atraparnos en el sistema; su sistema. Nosotros no hablábamos. Ni concedíamos entrevistas a programas imbéciles. Descubrieron que filmarnos les salía barato y lo hacían cuando les interesaba.
Los helicópteros nos molestaban, por eso huíamos siempre. Durante días o meses nos perdíamos el uno del otro.
Aquella había sido la última vez, pero nos habíamos reencontrado.
Liang realizó un giro de noventa grados sobre un saliente a más de trescientos metros del suelo. Había llovido y el mármol estaba resbaladizo; me costaba seguirla. Ella era una arácnida; la reina de las arañas.

II
Antes de vernos me atraparon. Las manos de la masa me sobaron por primera vez en años. Sentí repugnancia, miedo y lloré y vomité. No quería decírselo. No debía enterarse de que acudí a aquel programa y hablé… sobre ella. Les conté que ella no era como los demás. Era pura. Un genio dedicado a su vida en las paredes. Nadie podía follarla excepto yo, porque jamás lo consentiría (eso último, no lo dije).
Me ofrecieron dinero por atraparla. Oro. Nunca había visto el oro. Era amarillo y brillaba más que mil soles. ¡Me prometieron que si la atrapaba construirían un muro de oro donde podría vivir en libertad! Que no estaba bien ir de rascacielos en rascacielos, que comprendiera el significado de la palabra, prohibido.

III
¿Cómo hacerla bajar? Jamás la había visto en el suelo. Sólo yo bajaba. Y ella… se alimentaba de huevos de los nidos que encontraba y de insectos, aunque de vez en cuando aceptaba alguna manzana. ¿Cómo explicar que existía un muro de oro sólo para nosotros? No lo entendería, lo material para ella nunca había existido; ni siquiera tenía sentido. En cambio yo… lo descubrí cuando el niño me regaló la moneda y me explicó que con ella podría comprar. Desde entonces entraba en los supermercados con sigilo, nadie se fijaba. Descubrí el pan, la leche en tetra brik, la mermelada. Se lo llevé todo, y ella nunca quiso nada, lo dejaba caer con desprecio, excepto algunas manzanas y huevos.

Descubrí a la mujer pálida y con cabellos rojos en un callejón. Me insinuó que por treinta monedas... No supe qué decir. Estuve meses haciéndolo y me enamoré. Por vez primera perdí a Liang quien continuó merodeando en las cimas de los edificios más altos y fríos. Allá abajo, con Dress, me sabía arropado, hasta que se marchó y me dejó. Entonces me atraparon.

Ahora, hoy, me cuesta seguirla. Sé que estoy enfermo. Como sé que la he matado, a ella, a mi amor. Igual que Dress hizo conmigo. Y la quiero muchísimo. Ella es mi único amor. Siempre lo fue. Lo sé. Como sé que no existen los sueños con muros de oro. También ahora lo sé. Vivo en un mundo libre en el que está prohibido ser libre y donde la libertad está llena de cercos. Sólo aquí arriba somos libres. Sólo aquí, en el cielo, y cuando echemos a volar…

José Fernández del Vallado. Josef. 25 marzo 2008.

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domingo, 23 de marzo de 2008

17

Santiago III. Antes de este episodio más abajo en el blog están los dos anteriores: I y II este es, de momento, el final.

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Aterricé en Chile vacío de sentimientos, de impresiones, de emociones…
Por lo menos así me percibí tras soportar un periodo de abstinencia sexual y encierro tan frío como si me ocultara de mí mismo en el interior de una caverna. La pregunta consiste en saber: ¿Por qué lo hice? He buscado esa solución, pero no encuentro más respuesta que una: Amor.

Amé tanto, que hubo días en los que la pasión llegó a proyectarse como alimento cotidiano y mágico de mi existencia. Como cuando desde Valparaíso viajamos a reconocer la casa de Isla Negra. No claudicamos y antes, a resguardo de una covacha, entre afilados peñascos, olas del mar rompiendo a nuestras espaldas, y los cochayuyos envolviendo nuestros cuerpos, consumamos el amor. Posteriormente, visitamos la fabulosa “mansión” de Neruda, dejándonos arrastrar por la exaltación de un placer todavía integrado a nuestros sentidos. En la sala de los mascarones de proa imaginé al gran hombre, acomodado entre reliquias y satisfecho con lo que logró cimentar en su fructífera vida. Sí… Aquellos fueron momentos brillantes; solazados por el ímpetu estuvimos a punto de zambullirnos y dejarnos arrastrar por unas olas que no tenían nada de afectuoso. A continuación, consentí complacido en que un caricaturista me hiciera un retrato que conservo ya para siempre.
El ocaso nos sorprendió entrelazados en el bus de vuelta a Santiago.

Y caminatas en busca de la paz de sus cerros, transitar en un metro impecable, siempre ceñidos; su cabeza reposando sobre mi hombro, mi mentón en sus cabellos rizados. Mis ojos detenidos en su mirada clara y profunda; charlas distendidas, atisbos de reconocimiento mutuo, roces, insinuaciones, risas y besos a la vuelta de las esquinas, rodeados de gentío, en soledad, en la oscuridad; besos de energía ilimitada…
Apenas soy capaz de describir con precisión lo que vino a continuación. Sé que no resultó ser más de una semana; quizá tres días a lo sumo, pero también sé que a mí me cundió como si fueran ¡cinco, doce meses!
Las noches que pasamos bajo las constelaciones; los instantes reservados al silencio durante los cuales yo observé fascinado como sus cabellos rizados y suaves se mecían al viento; los amaneceres duros y silenciosos, escuchando la lluvia de claxon y motores en combustión – la vida de Santiago – tras otra noche de ensueño amoroso increíble y difícil de imaginar. Su hombro torneado, su piel suave, sus labios siempre a mi lado. Nuestras cortas y lejanas (en la mente) aunque siempre cercanas en la geografía, excursiones a lugares de ensueño; los contornos de carne joven y dura de su cuerpo al arquearse sobre el mío; los excelentes desayunos que levantaban a un muerto después de una noche encendida; la ternura de sus besos con sabor a sal, con sabor a dulce, con sabor a bombón de crocante, con sabor a realidad, con sabor a irrealidad, con sabor a promesa, con sabor a placer…

La cuestión es que con el ritmo en que los días progresaban hacia la invariable cita final, se aceleró mi pasión. Así fue. ¿Me enamoré yo, hombre difícil, o tal vez más enamoradizo de lo que supongo? No lo creí en principio. Pero, cuando estaba de vuelta en el avión, con consternación cercana a la locura, descubrí que así era. La quería. Y a día de hoy sigo igual; enganchado al tren del amor. Por fortuna entre ella y yo nunca hubo ni habrá últimos días, pues, cosa rara, no vislumbré el final hasta que estuve embarcado en un despegue certero. Aunque sí… por medio hubo un domingo quizá, melancólico.

En resumen este es el final de una historia sin final, porque no ha terminado; así como la vida no se termina, pues tiene siempre su continuidad en quienes piensan y actúan como nosotros, o en mi caso, como yo. Lo sé... Tal vez no exista nadie parecido a mí en ningún rincón del planeta; quizá sea único. Pero, pese a mí misoginia, no lo creo así. Hay algunos que incluso me señalan como al doble del deplorable o magnífico actor “Jhon Travolta.” ¿Su doble…? Jaja... Otros, piensan y seguirán pensando siempre, que soy un excéntrico, vago e inútil, que no escogió el camino debido; aquella senda que sigue una gran mayoría, porque así lo enseñan y deciden desde que uno es niño. En todo caso elegí o me concedieron por imposición un itinerario que no es patrimonio de nadie: Vivir. Y estoy aquí con vosotros para escribir y ser un poco mejor cada día. Al fin y al cabo, un sabio y excelente solista en una canción memorable, dice algo así:

“Para hacer más efectiva la búsqueda del corazón, aviva esa pasión dormida, revívela, y encontrarás sentido a esta vida…”

Un saludo. Hasta pronto...


José Fernández del Vallado. Josef. 14 marzo 2008.

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