lunes, 8 de junio de 2009

31

La Batalla Definitiva.

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Ese amanecer dejamos atrás la tierra; habíamos fracasado. En los rastrojos de un mundo reseco y maltratado quedaban desmenuzados para siempre sentimientos de derrota: Romances, pasiones, promesas, anhelos, amores sin rumbo...
La ambición el egoísmo y el odio ganaron la partida, fueron siempre un paso por delante. Dejábamos atrás el planeta que nos acogió y vio nacer durante milenios, y pese a superar adversidades y vencer a enconados enemigos, habíamos sido incapaces de preservarlo. Partíamos rechazados por una naturaleza que nos expulsaba como lo que éramos: Parásitos, virus, bacterias devastadoras. Con los corazones deshechos dejábamos el lugar que una vez fue un paraíso, donde amamos, odiamos, sentimos y en definitiva, donde aprendimos a ser quienes éramos.

Me aferré a la escotilla, desde la que podía ver el jardín de mi infancia, mi cuerpo temblaba enfebrecido. ¿Qué jardín podría sobrevivir a un lugar donde las plantas habían sucumbido a los rayos gamma y el sol abrasaba? ¿Qué ser vivo podría continuar subsistiendo en un planeta colapsado por novecientos mil billones de seres? En cambio, los círculos de aluminio que conformaban el túnel por el cual discurrí, estaban donde siempre y allí permanecerían.

Por fortuna me quedaba ella. Desde hacía un buen rato se había instalado junto a mí y allí seguía, en silencio, compartiendo mi profunda amargura. Superamos siempre los trances más difíciles y en cambio ahora ¿por qué la voluntad de una raza de espíritu indomable se veía de pronto doblegada? ¿Por qué deshojar tanta belleza tras tenerla al alcance y haberla disfrutado? Lo sabía. No había más alimentos. Y donde no hay alimentos, con tal de echar un bocado, los espíritus desarrollan formas malignas e irracionales. El desorden y el canibalismo se habían extendido y ahora no quedaba nada. ¡Nada qué hacer ni por lo cual luchar! Todo estaba perdido. ¿Todo? ¡No! Iríamos a Marte. Allí había hombres que nos esperaban. No tenía miedo, estaba tan seguro de mí mismo como de nuestra estirpe.

Giré sobre mí y nuestras miradas se encontraron. Allí estaba Lisa. Sus ojos negros como el azabache brillaron con intensidad al mirarme, y su pelo rubio pareció lustrarse sobre su preciosa nuca. Su embarazo estaba ya en avanzado estado de gestación. No lo dudaba, pensé con renovada esperanza, iba a ser un orgulloso padre de una prole de diez ratas, o tal vez más...
Pronto estaríamos listos. Volveríamos a luchar y a vencer en la batalla definitiva...


José Fernández del vallado. 2 Septiembre. 2007. Arreglos abril 2009.

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