viernes, 4 de julio de 2008

16

Una fiesta.

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Aquel monte intrincado de mi infancia, donde aprendí a seguir el rastro de los habitantes a menudo invisibles que lo habitaban, donde comprendí que quietud no es sinónimo de silencio, donde presentí mi primer deleite cuando quedé perdidamente enamorado de su hechizo invisible, y donde olvidé para siempre ciertos sueños de gloria manifiesta e inalcanzable.

La noche de la fiesta, una oscuridad cálida de verano en la que podían distinguirse con facilidad (aparte de sombras presentidas y deseadas) distintos aromas de las plantas y flores del monte que circunvalaba el lugar donde el baile se desarrolló, supe dirimir mis desavenencias con la vida y me abracé a ella de nuevo si cabe con más fuerza.
Sólo hice que sentarme, inhalar y recoger unas boqueadas de pura intensidad, permitiendo que el aire colmara mis pulmones.
Entonces dejé de soñar imágenes borrosas y viví mi delicada realidad; dejé cuentas pendientes a un lado y conté pasteles de trufa; dejé de escribir con un teclado y diseñé sonetos de fácil discernimiento; dejé de manejar carros de fuego en metrópolis desalmadas y reconduje mi alma al puerto indicado; dejé de ser ese tipo extraño y antipático encerrado en mí mismo para volver a ser mi yo más cercano...

La noche de aquella fiesta a base de horas de soledad y de encierro no me apetecía hablar; había perdido el gusto, pero lo necesitaba, deseaba el calor humano a mi lado.
Conocí a Estela sin apellidos, pues para mí no tuvo más que un nombre: Amor.
Nada más sentir su resuello lleno de vida me enamoré de ella.
La acompañé a lo alto de una terraza y cuando estuvimos a solas, bajo las constelaciones, echados en un dosel sin hablar, la besé en los labios y le susurré un ardoroso te quiero. Ella, sin hablar, con una mirada de suplica me inquirió desde cuando, y yo respondí desde siempre, puesto que supe que casi toda la vida había esperado un momento como aquél.
Rodeó mi cuello con sus brazos, suspiró profundo, se abrazó a mí con fuerza y me besó con anhelo e intensidad. Estuvimos jugando con nuestras lenguas durante enérgicos instantes de pasión, luego me dio las gracias, permaneció a mi lado unos instantes se levantó y se marchó...

Permanecí pensativo; pensaba en los demás amores y en sus singularidades ¿dónde estarían?
Que pensarían ellas que fui o pude ser yo en sus vidas ¿quedaría algo de mí?
Pensé en qué clase de fórmula provoca que de repente sientas algo por una mujer a la que jamás has visto en tu vida. Pensé en sus nombres, los de todas; en sus rasgos, en sus sonrisas, en sus formas de arreglarse; en aquellas miradas que habían logrado que mi corazón latiera al doble de revoluciones e intensidad; en aquellas risas que me habían inducido sublimes estallidos de felicidad; en aquellas caricias tiernas y eternas; en aquellos ojos negros, claros o azules, y en sus voces distintas... discretas, agudas o fieras.
De repente descubrí que el mejor amor no es el más anhelado sino el más circunstancial e imprevisible, pues no sólo había conocido sino experimentado un amor intenso y cesado de tenerlo en apenas minutos, pero también aprendí otra cosa. Cuando el amor golpea con dureza en las puertas de tu corazón no es bueno sentirse tan solo.

Bajé las escaleras y me sumé de lleno a la fiesta. Estela sin apellidos, no estaba; no me importó, me sentí feliz por ella y le deseé lo mejor. Luego me sentí feliz yo mismo, y ya no paré de bailar y de reír hasta altas horas de la madrugada.
Cuando salí me sentía libre, había conseguido romper las cadenas que me apresaban y liberarme.

Recuerdo que al entrar en el coche puse la radio; la sonata Claro de Luna de Beethoven siempre mágica, imperial, daba inicio. Fue un magnífico broche para cerrar una fiesta y adentrarme de nuevo en el rigor casi cáustico de la vida diaria.

José Fernández Vallado. Josef. Julio 2008.



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