domingo, 11 de enero de 2009

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Verano Austral.

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Despacio, poco a poco, fue cayendo el sol sobre las calles; seguí avanzando sin explicarme el porqué, con el presentimiento implícito de que si no me movía mi corazón se detendría en cualquier momento sin avisar. Había llegado a aquella ciudad enclavada en el sur profundo del sur esa misma mañana ¿buscándolo? Lo hice de forma inconsciente y deliberada, como actuamos a veces, aguardando encontrar un motivo o respuesta a nuestros porqués.

Un vendaval congelado me golpeaba sin clemencia, me refugiaba en mí mismo, cada vez más irritado, pensando en las bellezas que había soñado hallar allí. ¿Por qué a veces nos empeñamos en hallar belleza en lugares inhóspitos, donde solo hay ignorancia y crueldad? ¿Había algo más? Buscaba, era pleno mes de febrero – verano Austral – y apenas hacía cinco míseros grados centígrados. ¿Había hombres capaces de sobrevivir a aquella climatología? Hombres hay para todo, y para emplearse en las peores tareas o aferrarse como lapas a la desolación más y mejores que para cultivar el bien...

Deambulé hasta el fondeadero, contemplar el puerto y dejar volar mi melancolía degustando el aroma salobre del mar era cuanto anhelaba. Un militar uniformado me cerró el paso y me pidió la documentación. La realidad cayó a plomo sobre mí. La de un mundo militarizado que, progresivamente, y de forma estúpida o “humana” se arrastra a su juicio final. Aquella ciudad estaba tomada. Pero mi sueño continuaba vivo. Mi sueño... Ni siquiera vislumbraba cuál. Lo busqué caminando en solitario por calles despojadas de corazón, matizadas con témpanos de hielo que se incrustaban de lleno en mi alma. En un bar moderno y vacío me refugié y tomando un café de dos horas, observé tras los ventanales mi locura reflejada. ¿De qué me servía encontrar más soledad a catorce mil kilómetros de mi vida? y ¿qué era y es mi vida? Mi vida era esa, la de viajar y buscar sin saber qué. Estuve buscando varias horas por la ciudad hasta que al final doblé una esquina y frente a mí se presentó aquel portal. Sin hablar ni pensar, hacía horas que había dejado de hacer ambas cosas, saqué la cámara y tomé la única fotografía que hice aquel día. ¿Había encontrado algo? ¿No me fijé o sí me fijé? No lo recuerdo. Claro, que, sin premeditarlo, algo me hizo caminar en dirección a la estación de autobuses, donde saqué un billete para el norte y escapé. ¿Para siempre?


(Se recomienda fijarse detenidamente en la fotografía de la parte superior del post.)


José Fernández del Vallado. Josef. Enero 2009.



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