jueves, 27 de diciembre de 2007

28

Estela vestida de azul...

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Llego a clase por las mañanas y ya está en su sitio: Estela vestida de azul...

Distingo su silueta, le sonrío, aunque ella nunca se fija en mí y ni siquiera me observa. Me siento justo tras ella, aspiro su fragante perfume mientras adivino su perfil fino y ajustado dentro de su prenda.
A veces alargo una mano y con disimulo rozo su espalda durante breves instantes, ella no se da cuenta, y mi materia se estremece del placer.

La profesora nos invita a leer ciertas veces en alto párrafos de Cervantes y otras de García Lorca. Interpretados por la tenue, inaccesible voz de Estela, los versos del poeta asesinado apenas suenan audibles, pero no son sólo hermosos, sino intensos, y exhalan esencias a libertad y a promesa.

A Estela se le cae un objeto del pupitre: un lápiz, el bolígrafo, el sacapuntas; yo acudo a recogérselo y se lo deposito de nuevo en su lugar. Suelo hacerlo antes de que ella se aperciba, pues no merezco que me dé las gracias ya que para mí tenerla ahí, tan cerca de mi existencia, ya es un enorme regalo.

Vuelvo los atardeceres y ya está en su sitio: Estela vestida de azul…

Admiro su difusa figura y sonrío. De improviso abandona su aspecto de sombra absorbida en la opacidad, parece advertirme, y sonríe también. Es en ese momento cuando en mi percepción sus contornos cobran vida; sus ojos se tornan de diáfano cristal azulado; sus labios palpitan como anémonas carnosas y sonrosadas; sus mejillas se impregnan de escarlata, sus manos pálidas, suaves, recorridas por arterias azulinas que discurren cual frágiles ríos sinuosos, se alargan en un intento de tocarme y entonces la veo como siempre la sueño: "Estela vestida de azul." Y nos falta un tris para encontrarnos. Sé que la amo y ella también a mí. La imagino tan bella… Todo en ella me impresiona. La deseo, quiero besarla, sé que no hay nada en el mundo igual a un beso suyo. ¡Y ella está delante de mí!:
Estela vestida de azul…

La profesora deposita el libro sobre la mesa sin hacer ruido; porque en mi vida no existe el sonido y el mundo puede ser un lugar muy silencioso. Pero hoy mi corazón está alegre y canta muy alto, lástima que ni ella ni nadie puedan oírlo.

Nosotros lo palpamos, lo abrimos, colocamos los dedos sobre las páginas en relieve de Braille y comenzamos a descubrir los fascinantes conceptos de Neruda. Mientras, ante mí, no ceso de entrever admirado el radiante halo que exhala el contorno de Estela vestida de azul…


Dedicado a los invidentes y sordomudos de este mundo. Quienes pese a sus carencias y precisamente, debido a ellas, alcanzan límites de sensibilidad que nosotros nunca podremos inventar o tan siquiera imaginar...

José Fernández del Vallado.Josef.2007.

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viernes, 21 de diciembre de 2007

37

Sergio.

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Sergio era un chico menudo, el más bajito de la clase tal vez. Sus brazos frágiles como palillos de dientes y su tez blanquecina, contrastaban con su cabellera negra y brillante, como la de un can de pura raza. De andares humildes, pasaba desapercibido para cualquier ser normal. Pues caminaba siempre con la cabeza inclinada y los ojos… aquellos ojos negros y vivaces de ave rapaz, anclados al suelo.
Conocí a Sergio – aunque realmente dudo llegara a conocerlo nunca – cuando solo tenía catorce años. Las raras veces que se soltaba a hablar, con una convicción alarmante que a mí me intranquilizaba porque no entendía ni estaba preparado para semejante audacia, él confesaba lo qué iba a ser de mayor.

“Seré abogado de penales.”

Manifestaba, con una seguridad tan apabullante, que yo jamás me atreví a poner en duda.

Aquel verano fue cálido en la meseta septentrional de Castilla. Mis padres decidieron alquilar un chalé en un pueblo solitario y aburrido. Al menos en lo que a mí concernía, siendo un chico joven y con inquietudes. Sin embargo, para ellos escapar de la ciudad, supongo, debió ser una delicia.
Me agobiaba. Los días se sucedían calcados unos a otros, de tal forma creí morir de aburrimiento.
Hasta que un día recibí la sorpresa. Me avisó mi madre. Era una llamada de un tal Sergio, me dijo. No pude dar crédito cuando oí su voz al otro lado del cable. Y más cuando me aseguró estar cerca, muy cerca; a apenas quince kilómetros, en un pueblo donde casualmente también veraneaba su familia.
Entonces me enteré de lo del empleo de su padre. Era algo importante en la “RENFE” y para venir a visitarme, apenas le costaba el billete del tren de cercanías.
De tal forma las expectativas de aquel verano aburrido dieron un giro de noventa grados.

Sergio venía a verme a diario, y por unas breves, aunque aleccionadoras y entretenidas semanas, llegamos a convertirnos en uña y carne. Él no varió un ápice su forma de ser, en cambio yo aprendí a disfrutar con sus largos silencios mientras, por ejemplo, observábamos evolucionar a una mantis y nos instruíamos en sus terribles métodos de caza. Durante los días de letargo y más inclemente bochorno del verano, nos rociábamos con el agua helada de la manguera del jardín entre risas y exclamaciones; exploramos la vieja casona abandonada y ocultos en su frondoso jardín nuestra imaginación dio forma a bellas damas, fantasmas y extraterrestres.
Dirimimos por Natalia, la chica guapa del pueblo, quien a veces fue nuestra compañera y nos instruyó cómo había que besar.
Ciertos días en que él se quedó a dormir en casa, acurrucados ante una puesta de sol, entre toses y arcadas sin desenfreno, me enseñó a tragar el humo de mis primeros cigarrillos, y más tarde, en la oscuridad silenciosa de la noche, inició a mis sentidos a embelesarse con la brillante y dulce sonata de los grillos. Y ya, en la habitación instantes antes de acostarnos, a bajo volumen, pinchaba en el tocadiscos lo que el consideraba su joya: el Tubular Bells de Mike Olfield. Escuchando y soñando su música nos dormimos tantas veces...

Y así fue como, sin ser consciente, llegué a quererlo admirarlo y protegerlo como al hermano que no tuve; porque, pese a ser débil como una pluma, resultaba tan valioso o más que un tesoro.

Recuerdo la primera mañana que lo esperé en la estación y no apareció. Al volver a casa lloraba de rabia. Me encerré en mi habitación sin querer hablar con mis padres.
Al día siguiente tampoco llamó. Me dio igual, acudí a la estación por si se trataba de una de sus bromas excéntricas.
Lo estuve aguardando toda una semana. Iba por las mañanas y esperaba un par de horas sentado en un banco viendo pasar trenes.
El primer lunes, transcurrida la primera semana, me llamaron. Por fin, estaba seguro ¡sólo podía ser él!
Escuché una voz tan parecida… aunque no era la suya. Dijo ser su hermano mayor. Entonces me contó lo del accidente del tren y colgó.

Volví a encerrarme en mi habitación y ya no salí de allí hasta casi el final del verano. Cuando lo hice ya era el penúltimo día de estancia en el pueblo. Sin que mis padres tuvieran conocimiento, lo primero que hice, fue regresar a la estación a esperar. Aguardé durante horas sentado hasta que me quedé en duermevela. Entonces vi llegar un tren. Se detuvo pero no salió nadie. Volvió a arrancar y de pronto, en una de sus ventanillas, lo vi. ¡Allí estaba Sergio asomado! Entre sus frágiles manos tenía un pañuelo blanco y sonreía al agitarlo, se despedía y decía:

“¡Recuerda bien esto y que no se te olvide! Cuando sea mayor seré abogado de penales. Nos veremos, pronto, muy pronto….”

Abrí los ojos, y por primera vez en muchos días me sentí tranquilo y relajado. Salí del hangar de la estación y me sorprendió un día soleado, en el cual antes ni siquiera había reparado. Y, además, ya eran más de las dos de la tarde. Volví corriendo a comer a mi casa...


¡FELIZ NAVIDAD A TODOS LOS QUE VISITÁIS ESTE BLOG!


José Fernández del Vallado. 2007

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jueves, 20 de diciembre de 2007

8

Reflexiones sin refracción.

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Los rincones de la casa son dobleces de intrincada simetría. Busco localizar amaneceres en los que reflejar la doble helicoidal de una filosofía desahuciada a través de una eternidad en declive no cueste excesivo trabajo.
Reflexiono - ¿qué soy?- Cuando no merecí existir más que quien aún no existió y nunca existirá...
Pero estoy. Cuando apenas discerní por completo su significado, ya que ni siquiera se qué representan las terminologías axiomáticas: “Estar y aquí.”

Me miró sin ver mi realidad cada mañana. El espejo desgastó mi imagen y la transformó en fortuita a base de refractarla. Recorro espacios inventados en un hogar que creía conocer y me resulta desconocido cada, hora, minuto y segundo...
Me basta girar el juicio una fracción decimal negativa y cambia el panorama. ¿Para qué necesito ir más lejos? Cuando puedo estar cerca o a décadas de distancia con apenas mover un dedo la mente.

Trato de sorprender por su reverso al amor. ¿Cómo es el amor si lo sorprendes por el envés? ¿Puedes atrapar al amor y hacerlo tu prisionero? Apresar una circunstancia. ¿Es el amor circunstancia designio o fatalidad? ¿Hay amor en mi hogar en mí o en la vida, o todo es una farsa para sobrevivir al paso de un tiempo inexistente? “Sabemos” que hay “tiempo” porque decidimos medirlo o porque lo sentimos. Pero... ¿es posible sentir? O es una ocurrencia que se nos escurre... ¿Existen los sentimientos? O tan sólo es una palabra. Siento miedo porque me enseñaron a copiar qué es el miedo, siento alegría porque la copié... ¿o estaba ya dentro de mí?
Afuera está la calle, yo estoy dentro. Sin embargo no necesito estar dentro para descubrir si vivo fuera o dentro de la vida. ¿Estoy dentro de la vida o fuera? ¿Dónde están los límites? ¿Estuve vivo antes de vivir...?
Mañana entrará un nuevo día. ¿Y por qué hoy no es ya el mañana? ¿Acaso no podemos estar dentro de o fuera de cuando lo deseemos...?

¡Hasta pronto!

José Fernández del Vallado. Josef. 2007

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lunes, 17 de diciembre de 2007

13

Búsqueda.

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Trato de conciliar mis buenos sentimientos con los malos.
Todos los días desayuno en un centro comercial pequeñito y apartado de una población llamada “Pozuelo,” en un bar que llevan unos filipinos, y veo como trabajan sin dar otro descanso a su mente u otro alimento mejor y de más categoría, que la pobre y banal ración de especular sobre cuántos cafés servirán, o cuántas hamburguesas prepararán, o a cuánto ascenderá la caja.
En otros tiempos dirigí un restaurante y sé que piensan de esa forma, porque yo discurría de manera similar: Cuántas reservas tendría, comidas daría y caja haría…

Hoy día ese tipo de reflexión ya no colma mi existencia ni me resulta suficiente, pues ni tan siquiera alivia en un ápice mis sentimientos inquietos y preocupados por saber más de... ¿todo?

Me doy cuenta de que he alcanzado una edad que podríamos calificar de seria (no se rían o háganlo, da igual) ya que nunca pensé que al hallarme en los cuarenta y tantos años, mi mente iba a embarcarse en una búsqueda que le diera, si no más sentido, sí más consistencia a mi vida. Lo confieso. Dejé un trabajo que todo el mundo aseguraba era genial. Pero yo me revolvía con desespero miraba una y otra vez arriba, abajo, para los lados, y solo veía paredes vacías, cabezas socavadas, y escuchaba conversaciones muertas sobre unas máquinas que no me importan un bledo, para al final recibir una mísera paga que en comparación con las ocho horas de extenuación sin sentido que soportaba, no colmaban mi tiempo.

Yo, al contrario que unos cuantos de vosotros, quienes sabéis casi enseguida – al tercer día de nacer – algo como por ejemplo, que vais a casaros y a tener chupetones, todavía no sé qué es lo que busco en este mundo.

Hace poco creí que tal vez una familia me situaría dentro del estatus social y sería reconocido como un tipo ¿normal? o quizá ¿vulgar? Hoy vuelvo a dudar; a caminar sobre la cuerda floja, dicen, quienes creen conocerme. Y tal vez tengan razón. Pero si lo hago es porque siento que eso es lo que deseo en la vida: luchar por la continuidad de mi existencia, mientras me debato allá arriba. No. Vivir para el trabajo se acabó para siempre. Por eso habito al mínimo de exigencias, y en realidad necesito muy poco para conformarme.

Ahora, con el dinero que he ahorrado, he decidido salir de mi tierra y viajar. Al fin y al cabo, lo reconozco, puedo hacer algo que muchos no pueden o no podéis permitiros; disfrutar de mi entera libertad.

En dos meses o menos saldré a la vida y formaré parte de ella. Me mezclaré con toda clase de gente, me arriesgaré disputar los peligros de la vida del errante, y veré como es este jodido mundo fuera de las pantallas de la televisión. Al fin y al cabo, no quiero irme sin antes haberme dado un garbeo por ahí… Pero eso sí, no desde la posición del turista. Ésos no ven ni conocen nada de un pueblo, sino mezclándome con la gente, y siendo uno más. Al fin y al cabo, así es como he viajado siempre. Así recorrí el norte de África y conocí a los enemigos – menuda ironía – de los occidentales. Viajé por Francia, Portugal e Italia…
Aprenderé de la vida cuanto ella quiera darme y tal vez en alguno de esos rincones perdidos de la tierra, encuentre el lugar idóneo donde recostarme a tomar el sol para siempre.

Un saludo. ¡Felices Fiestas!


José Fernández del Vallado. Josef. 2007

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jueves, 13 de diciembre de 2007

14

Corazonada.

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Había coches en los semáforos y la calle estaba saturada de sombreros grises que sonreían. Podía sentir la sensación mientras me abría paso entre la multitud, la Navidad había llegado y aún así faltaba algo ¿pero qué? Llegué a mi casa, fui al ordenador y con el programa Search de Google abrí una ventana sin encontrarlo. Salí, me senté en el sofá y sin pensar encendí el televisor sin programación y me quedé contemplándolo. Los puntitos no paraban de agitarse como si tuvieran vida. Surgían desaparecían, se perseguían. No me hizo falta seguir, lo supe. Estaba nevando...

José Fernández del Vallado. josef. 2007.

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domingo, 9 de diciembre de 2007

26

Volvíamos de África.

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Volvíamos de África tras recorrer tortuosos paisajes en Marruecos y Mauritania.
Desafiando peligros inadvertidos recorrimos el perfil de las montañas del Atlas, donde antaño habitaron leones de espesas melenas oscuras, los más hermosos y fieros del mundo, hoy, dicen ya, extintos.

Y visitar suntuosos palacios deslumbrados de promesas y de hechizos, pertenecientes a dinastías tan antiguas o más que las europeas; y compartir te de menta junto a hombres de aspecto reflexivo, mientras nos dejábamos seducir con sus imaginativas promesas inexistentes; y disfrutar del relax de los baños turcos; y adentrarnos en fiestas de libro de las mil y una noches, sintiéndonos vigilados por ojos ocultos tras delicados velos de raso; y continuar día a día un camino no apto para seres humanos, sudar blasfemias, en tanto tratábamos de reparar cualquiera de las múltiples averías del auto; descubrir las mortales cobras o encontrarnos inmersos en una plaga de langostas en el grandioso desierto del Sahára, lugar con lunas de hielo y días brillantes de sofoco agotador.
Pero sobre todo aprendimos a reconocer la nobleza del alma del pueblo bereber, cuando fuimos invitados a sus hogares y en sus poblados todavía sin luz eléctrica.

Volvíamos con los deberes aprendidos, o así lo creímos al menos. Tan sólo nos restaba afrontar las rebeldes aguas del estrecho. Pero hasta aquella noche en realidad nunca las vimos hervir.
Al embarcar en el Ferry que nos llevaría de vuelta a España nuestro deseo se sintetizaba en beber una cerveza bien fría, algo que no habíamos hecho en un mes.
Entramos en el bar. Unos japoneses se disponían a cenar. Soplaba un enérgico vendaval, el mar estaba convulso y sospeché lo que les iba a ocurrir.
El barco zarpó y nada más dejar atrás los diques protectores de puerto, aquello comenzó a parecerse a una noria sin freno. Nuestras cervezas danzaban de un extremo a otro de la mesa, y olas violentas comenzaron a barrer la cubierta. Los confiados japoneses ofreciendo un espectáculo patético, comenzaron a vomitar y al final desaparecieron dejando la mesa en estado de abandono.
Mientras tanto, acostumbrados a aquellos duros vaivenes, un par de marinos echaban una partida de naipes.
Mis amigos se encontraron mal y aligeraron. Finalmente, de madrugada, el Ferry atracó en puerto español. Conduje yo. Cruzamos la aduana sin problemas.

Aún lo recuerdo como si fuera hoy. La noche era oscura y sin luna. Una fina lluvia que brotaba de la oscuridad barría la calzada mientras que el vendaval no cesaba de airear con ímpetu. En a carretera ni un automóvil, ni una luz, ni un ser vivo, excepto nosotros.
Sucedió al entrar a una curva a derechas no demasiado pronunciada pero sí muy amplia, el coche comenzó a deslizarse y pude percibir como flotábamos; e igual que si navegáramos sobre un colchón de agua, comenzamos a girar sobre la calzada. Viramos una, dos, tres, cuatro veces en redondo durante casi cinco segundos, y de forma automática, volvimos a detenernos.
Durante un rato imperó un silencio sepulcral en el interior, en el cual tratamos de reencontrarnos en la penumbra, y preguntarnos unos a otros qué había sucedido. Entonces y solo entonces nos asomamos a las ventanillas y con espanto lo vimos. Habíamos realizado aquellas terribles piruetas al borde mismo de un acantilado que caía a pico sobre el mar y sobre el cual nos habíamos detenido…
Por fortuna no había tráfico, y de haberlo habido sólo Dios sabe qué habría sucedido.
A continuación arranqué y conduje hasta que unos kilómetros más adelante tuve que hacer una parada en un área de descanso, pues de pronto comencé a sentirme mal. Ellos tampoco estaban bien, pero yo me sentía responsable. Ahora sé lo que tenía: ¡Era pánico! Me atacó de una forma tan fuerte que después ya no pude recuperarme y conducir en toda la noche. Tuvieron que hacerlo mis compañeros y amigos.

Hoy sigo aquí y puedo contarlo. Así es la vida. Una lotería en la que igual te sale: “Sigue viviendo” o la eterna papeleta: “Muerte irreversible…”


José Fernández del Vallado. Josef. 2007.

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lunes, 3 de diciembre de 2007

23

El perfíl de nuestra generación.

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Me da miedo el perfil de nuestra generación inventada a base de pilas de litio, coca cola soda y whisky cutty shark con limón. Me dan miedo los amaneceres turbulentos en los que ves discurrir nubarrones grises más rápido que los propios pensamientos. Me da miedo mirarme en el espejo de la vida y no descubrir mi identidad. Vivo con miedo a vivir porque el miedo se introdujo en el porqué de mi vida cuando por simple descuido lo dejé infiltrarse en mí interior. Duermo estirado como un palo de yeso que suda, camino acurrucado como una tortuga en su caparazón, no me gusta el granizo cuando golpea en la uralita del tejado y menos los rayos del sol que causan costras en mi piel. Soy de cartón piedra y me desintegro con el sonido que produce la vida a cientos de decibelios.

Solía ir a ver a Rudy al chalé en donde la tenían. Estaba siempre en el mismo lugar; los ojos abiertos, la mirada diáfana, cristalina, con la expresión impertérrita desde el día en que el accidente la hizo enmudecer.

Me sentaba a su lado y si había suerte y el firmamento se invertía en constelación contábamos las estrellas anaranjadas sobre su oscuridad palpitante. Decían que su corazón había muerto volviéndose frío como el acero y no era cierto, pues una vez al año, el día de los Santos Inocentes, recordaba la broma que Felipe le jugó en la noria al bajarse de ella en marcha y dejarla arriba llorando y lloraba, pero de felicidad.

Felipe se marchó a la guerra. La que perdió la humanidad contra los hombres. Allí murió para siempre el ser más grandioso y pesado del mundo, con sus ciento treinta y cinco kilos de masa y metro noventa de estatura. Ardió como un coloso en llamas entre pilas de archivos, cuando las bombas sentimentales le resquebrajaron el alma.

Dicen que desde entonces Rudy es incapaz de amar, de hablar de caminar... ni tan siquiera de percibir los colores y menos, claro está, los olores. Y allí permanece, sobre su silla de ruedas de tracción mecánica, en la terraza donde la tienen, siempre en el mismo lugar desde el día del accidente.






Lo sabemos; la vida nos lo arrancó todo; promesas, deseos, anhelos, ilusiones y sobre todo cariño, pero acabamos de descubrir que, aunque en pequeñas dosis y frágil, tenemos algo precioso; es todo lo que nos queda, nadie podrá arrebatárnoslo. Aparece de pronto nos habla y une y aunque sepamos que la vida nos desnudó y laceró para siempre nadie lo logrará.
Me siento a su lado y si ninguno estamos demasiado dopados, cuando sabemos que nadie podrá vernos, nos miramos a los ojos en la penumbra y esbozamos una sonrisa; al menos ella lo hace mientras una de sus manos raquíticas, casi atrofiadas por la parálisis, recorre mi semblante y se posa en mi regazo. Entonces tenemos una certeza que ni siquiera las paredes vacías y grises del psiquiátrico, la mirada gélida de los celadores que nos manejan como a maniquís desmembrados, o la vasta crudeza de los despertares fríos en resquebrajada soledad matinal, serán capaces de encubrir. Quien nos visita no ha muerto y aunque no recordemos su nombre, lo sabemos, quien nos visita no ha muerto, y alivia nuestras vidas en dosis suficientes como para hacernos vislumbrar que no moriremos sin haber hecho algo grande en la vida...

José Fernández del Vallado. Josef. Diciembre 2007.

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