martes, 5 de diciembre de 2006

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La maldición de Chaital Puirica.



Es un amanecer incongruente, antagonista, en el lago Chaital Puirica donde Pablo, el pescador de misterios, sentado sobre el hoyuelo de una roca acecha caña en mano la llegada del pez que nunca se pudo pescar.
Hay mil amaneceres distintos pero sólo uno le basta para reconocer su providencia.Salpicando la extensión aún ocre del lago, de vez en cuando, exotéricas burbujas rezuman en superficie y le indican la llegada del pez, quien describe círculos concisos y concéntricos en torno a su cebo asentado en el fondo.
El pescador lleva más de ocho meses fraguando que la dificultad de un momento impreciso se torne favorable; y tan sólo le queda un mes. Debe hacerlo antes que su primer hijo varón nazca; mientras, siente como desde algún rincón inescrutable de la tierra las puertas del vacío se le abren y llenan de sentido. De pronto la nostalgia de lo inalcanzable lo abruma, como aquella vez en que su padre le encomendó bajar con la red a por el pez y lo vio. El animal lo miró con su perfil milenario y de sus ojos brotaron lágrimas de esfuerzo. Deseaba vivir después de vivir casi una eternidad porque existir es una droga que atrapa. Así lo sintió Pablo al ver ondularse el volumen de un animal que por primera vez conocía lo que es estar desprotegido y respirar el oxígeno contagiado y sucio del aire. Estuvieron cerca. El pez inmenso y antediluviano si quisiera podría haberse tragado a Pablo como la ballena hizo con Jonás; no lo hizo. Escapó y desapareció como si nunca hubiera existido.
Pablo se arropa y permanece pensativo. Hace generaciones que el pez es una herencia maldita de la familia Pedrosa Huasca; y nadie más sabe de su entidad. Incluso después de posteridades sin verlo dudan de su misma existencia. Mientras se recrea en sus manos ásperas asidas a la caña le envuelve la nostalgia y piensa en Iorana, su primera novia de labios suaves de pulpa y mirada de cielo, con la que compartió bolsas de pistachos y dulces besos impregnados de ternura y timidez. Y el día que fueron al lago en verano y ella quiso bañarse. Pablo sintió desasosiego y se lo dijo. Le habló del monstruo que habita esas aguas y su maldición, en tanto ella lo escuchaba con aparente seriedad; y claro lo tomó por una broma no le creyó y se bañó.Dos meses más tarde Iorana comenzó a desvariar, luego a sentirse mal y quedó ciega.
Una mañana, para desvanecer el maleficio Pablo la acompañó hasta el lago y volvió a bañarla. A los dos días Iorana falleció.
Su mente va aún más lejos; cuando era un chico de diez años y toda su familia, incluido su abuelo Andrés Pedrosa López y su abuela Chital Huasca, transportados en camillas, viajaron al lugar para rezar a Dios y a los dioses por la suerte de una familia maldita.Abre los ojos y la oscuridad abisal de las aguas le devuelve a la realidad del momento. Ahora tiene cuarenta y pico años y ya no es un crío, conoce el amor y sabe lo que es amar a Lílian su mujer. Recuerda cuando la desnudó para amarla y juró acabar con el monstruo. Mientras el irradiar aromático de ella colmaba sus sentidos y Pablo abrazaba su precioso cuerpo con una caricia placentera juraba; mientras primero con suavidad luego con urgencia y al final con ardiente brusquedad la penetraba juraba; y en tanto el frenesí de ardor finalizó y ambos reposaron explorándose con ojos de satisfacción, ¡juró!
De detrás de las montañas nace un sol alborotado y llameante que, como un eterno suplicio comienza a proyectar su aureola de calor sobre la superficie del lago. Pero algo bulle en el fondo. El pez, que sin demostrar el menor indicio de necesidad estuvo observando el cebo más de una hora sin tocarlo, de pronto, sacudido por una urgencia de siglos lo toma y parte hacia lo más profundo del lago.
La caña de bambú salta y se tensa formando una U, al tiempo que Pablo sale de su trance y agitado comienza a soltar sedal. Cuando ha cedido cien metros de pronto tensa y recibe el primer tirón inesperado por lo brutal. Cae de la roca y se mete hasta la cintura en las aguas del lago, mientras de forma angustiada suelta de nuevo sedal a su vital oponente. Poco a poco logra retroceder hasta alcanzar el borde del lago y desde allí plantea un nuevo contraataque.Tensa de nuevo y resiste a duras penas el empaque del segundo tirón. La maniobra se repite tres cuatro diez, veinte, treinta, cuarenta veces…
El atardecer cae sobre el lago cuando a cincuenta metros una forma gigantesca emerge por primera vez coleteando cansada. Transcurren dos horas más y Pablo tiene a sus pies a un pez de cerca de seis metros que lo mira con… ¿dulzura? ¿comprensión? ¿Mendiga acaso piedad? ¡Imposible maldición! Agarra el arpón y de un desenvuelto y brusco movimiento se lo clava.Y todo ha acabado…
De pronto se gira. No sabe donde está. Pero se siente nuevo, ágil, poderoso y sobre todo, libre. Una oscuridad, un aire envolvente y fresco lo va atrapando hasta hacerlo suyo, y Pablo desciende y sigue descendiendo, se desliza entre aguas muy frías pero acogedoras para instalarse en su nuevo hogar: las profundidades del lago...
José Fernández. Agosto. 2006. josef.


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