sábado, 16 de diciembre de 2006

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LOS GRANDES ESPACIOS DE NEW YORK




Los espacios son muy grandes, todo ocupa más espacio, incluso el frío parece distinto, es mucho más enérgico y cortante. Y esos espacios sin rellenar, lugares que en mi tierra siempre están ocupados; ya sea por un perro, un viejo, la llanta desinflada de un neumático o un pedazo de plástico sucio...
Perros grandes, portales grandes, grandes rascacielos, cochazos y calles extensas, de cuatro carriles, frías y abombadas.
¡Estoy en Harlem! De aquí parten sonrientes algunos de esos chicos excéntricos que van a Irak sin saber porqué lo hacen. Excepto porque de tan grande como es su país el mundo parece quedárseles pequeño. De aquí parten los paquetes de dinero destinado a cubrir guerras inútiles y a curar heridos, que lo fueron, con sus propias armas. Y aquí, sobre una ciudad como ésta, reflejó Orwell en su profético libro “1984” lo que iba a pasar y ahora ya sucede:
El Gran Hermano se hace llamar “George Bush”, y necesita mantenerse en guerra permanente e inexorable, mediante cualquier pretexto o mentira, y estamos a las puertas del año 2007.
En Brooklyn también hace calor. Hace el calor de la mentira. De la gran mentira americana. EEUU dejó de ser la panacea para los necesitados a fines de los años setenta. Hoy día deja morir a los pobres de Nueva Orleáns y al mundo entero...
Cuando camino cerca de Wall Street continúo sintiendo el peso de aquellos dólares ilusionantes sobre mi nuca. Pero ya no son lo que fueron: Dólares salvadores, prometedores, fascinadores… sino dólares corruptos.

Se habla el inglés pero a la vuelta está el chino, se paga en dólares pero el dólar ya no manda y compite con el Euro con el Yen y pronto lo hará con el Yuan.

Me embarco en el Ferry que me conduce a la magnífica Estatua de la Libertad y la encuentro agobiada, más chica o encogida de lo normal y con la antorcha apagada. ¿Hay restricciones de energía? ¿Es esta la protagonista de alegres llegadas a la tierra prometida?

Salgo a cenar por la noche. El Empire State reluce iluminado como un viejo mastodonte que se resiste a caer, pero ya nadie le secunda…
No veo pandillas de jóvenes, ni grupos de gente, ni el menor movimiento en la calle. La ciudad parece muerta y todo el mundo – o las viejas glorias de antaño – circulan en limusinas de vidrios ahumados.
A la mañana siguiente regreso al viejo aeropuerto John Fitzgerald Kennedy. Aunque de majestuoso ya sólo le quede el nombre.
Embarco. Y pese a que lo intento desde arriba tampoco consigo ver dónde estuvieron las Torres Gemelas...


José Fernández del Vallado.

1 libros abiertos:

vivianne dijo...

Sabes relatar y enlazar en su justa medida, dices la verdad querido amigo, aunque no conseguiste ver las Torres gemelas, pues ya sòlo queda la tristeza y el dolor de cientos de familias que perdieron a sus seres queridos, la muerte no le sienta bien a nadie ni siquiera a nuestros enemigos.

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