martes, 20 de marzo de 2007

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Contrariedad Racional



Etam Khalab no supo cuándo ni cómo sucedió. Pero al abrir los ojos, un polvo espeso y picante le obligó a cerrarlos de nuevo. Y al mismo tiempo, comenzó a sofocarse igual que un pez fuera del agua. Trató de incorporarse, pero aparte que las articulaciones de sus extremidades no le respondieron, algo se lo impedía. Estaba oscuro y resonaban atroces chirridos de la construcción recién desplomada.

No recordaba qué hacía ahí, y tampoco cómo había llegado. De forma inminente dos posibilidades acudieron a su cabeza. La primera, una incursión emboscada de los americanos; la segunda, un fuerte temblor sísmico.
Aguzó el oído y detectó un silencio completo, casi abrumador. Por lo que a continuación descartó la idea del ataque. Ya que de producirse habría habido un rechazo. Y con seguridad, en ese mismo instante, estaría escuchando las bombas y el tableteo de las ametralladoras. Y, sin embargo, nada de eso sucedía. Luego, había sido un terremoto. Un fuerte temblor lo había sorprendido mientras dormía, meditó. Por lo tanto era de noche. ¿Pero qué hora de la noche?

Si era más de medianoche, probablemente, los equipos de salvamento no acudirían hasta el amanecer. Y además ¿quien estaría dispuesto a ayudar a un olvidado poblado kurdo? Se preguntó. Cuando todo el mundo los odiaba y aislaba. Desde luego, sus vecinos turcos no harían gran cosa; en cuanto a sus conciudadanos iraquíes: chiitas y suníes, tampoco. ¿Y los americanos? A aquellos, lo único que les interesaba, era mantener salvaguardados sus recién conquistados pozos. Luego quedaban la Media Luna Roja, la Cruz Roja, y las ONG. Todavía había esperanzas, se dijo más animado. Claro que él habitaba el edificio más grande y alto de la población. Una construcción de cuatro plantas, evocó con espanto. Y más cuando a su mente acudió un nuevo recuerdo. Vivía en la planta baja. Lo cual significaba que ahora estaba enterrado bajo ¡cuatro plantas de escombros! No… tranquilidad. Trató de inspirar aire y su cuerpo entero se estremeció. Sólo entonces fue consciente. Se hallaba anegado en un sudor pegajoso. En cuanto a aquel castañeteo… ¿Qué era? Eran ¿sus mandíbulas al entrechocar entre sí? Entonces ¿qué le estaba ocurriendo? ¿Hacía frío? ¿Calor? ¿Tenía miedo? Sí, con certeza así era; debía hacer un esfuerzo por controlarse. Nada estaba perdido. Los perros hallarían su rastro, solían ser infalibles. Excepto en ciertas ocasiones. Gritaría. Lo oirían y vendrían a por él. De pronto oyó ruidos lejanos. Se escuchaban como una fuente de murmullos inconexos. Desde luego no eran producidos por la edificación. Sí, eran hombres. ¡Fuera había hombres batiendo! Volvería a ver otra vez el sol, las estrellas, la luna y a su… ¿mujer? ¡Dios mío! ¿Y dónde estaba su mujer? En efecto, estaba casado, recordó. Atormentado por un ataque de angustia, gritó. Pero su faringe no profirió sonido alguno. Con dificultad movió una mano, lentamente su extremidad obedeció, se dirigió hacia su garganta y halló un objeto que palpó. Era una forma punzante inserta en su tráquea. Sin apenas considerar el riesgo lo desprendió, y al tantear su textura, supo que se trataba de una aguda lámina de cristal. Entonces pudo sentir el flujo de sangre caliente que manaba a borbotones de la herida. Y, asimismo, pudo apreciar la entidad del objeto pesado que le impedía moverse. Era el cuerpo de ¡Malina, su mujer! recostado sobre el suyo. Y advirtió con horror que ella había dejado de sentir para siempre…

De repente Etam Khalab cesó de tener miedo, dejó de sentirse atormentado, y se sintió formidablemente confortado. Sí, casi caliente y fortalecido bañado en su sangre, que ahora brotaba con profusión. Su mujer estaba allí mismo; con él. No había por qué preocuparse, juntos vivieron y así, muy juntos, morirían. Pasó la mano sobre la nuca de Malina, y a la vez que la acariciaba, realizando un esfuerzo, buscó sus labios y los besó con dulzura...

José Fernández del Vallado. Josef. 17 Marzo 2007

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