viernes, 1 de junio de 2007

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Escarbando en los recuerdos: La canica.








Una tarde, removiendo en mi cuarto trastero, descubrí un pequeño cofre de madera; era verde satinado. Mediría unos quince centímetros de largo por diez de ancho. No recordaba de donde salía aquel misterioso objeto hasta que lo abrí.

Dentro hallé cuidadosamente dobladas unas hojas. Contenían las letras de canciones que compuse para un grupo del que formé parte a los diecisiete años, y cartas de amor que escribí sin enviar expresando mis anhelos a la que tal vez fue la primera novia de mi vida. Al proseguir recogiéndolas, de entre ellas, se deslizó una canica de vidrio con vetas de color difuminado. La tomé entre mis manos y la observé con detenimiento. Tenía una muesca en su superficie. De súbito la reconocí. Entonces mi vida dio un vuelco y el pasado retornó a mí en toda su potencia y esplendor.

Hacía una tarde sofocada en angustioso calor; atardecer de verano, supongo. Aunque no recuerdo bien en qué fecha estábamos, escarbando en los recuerdos, veo a mi madre disponiéndose a llevarnos a mi hermano y a mí a la Finca del Pardo, para así tratar de escaparse unos instantes de la ciudad y su agobiante entorno de calor. Tal vez nos bañáramos en una poza del río, y aunque no sepa con certeza si llegué a hacerlo una vez, sospecho que así fue.
Mi hermano: delgado, de brazos largos, tórax comprimido, cuello fino y estrecho, boca pequeña de labios torcidos. Sus ojos, redondos y brillantes como canicas, observaban con curiosa intensidad, y a veces aire de desconcierto, la vida que rondaba nuestro alrededor.

Mi hermano, jamás fue jugador, y sin embargo aquella tarde supo competir…

Mientras se arreglaba, nuestra madre nos mandó bajar y esperarla en el portal del edificio.

Salimos correteando. Benjamín, el portero, no salió a recibirnos. Lo cual nos dio la confianza para desenvolvernos quizá con mayor desahogo. No sé de quién partió la idea. Tal vez de mi mismo. Recuerdo que por aquella época se estilaba jugar a las canicas y también, que fue el primer juego que me enseñó de alguna forma a vislumbrar la crueldad de la vida.
En la escuela nos entreteníamos apostándolas. Y como suele ocurrir, ganaban los mejores. Por ello no era conveniente tomarles afecto. Pero un niño siempre será un mocoso amoroso. Yo me enamoré de mi primera canica blanca irisada. Era un nuevo modelo muy valorado que acababa de salir en el mercado. Tan sólo tenía una de esa clase; y no estaba dispuesto a perderla. Por eso nunca apostaba con ella. Para superar tales aflicciones tenía las otras; las malas e infravaloradas…

La tarde era apacible. Salimos al patio. No recuerdo cruzarme con ninguna persona mayor. El patio era de tierra amarilla, con setos muy bajos demarcándolo. El lugar ideal para jugar, y donde mi hermano y yo iniciamos la partida.

Mi hermano, jamás fue jugador, pero aquella vez supo competir...

Quizá sea una de las pocas veces que me ganó. Tampoco es que yo sea especialmente bueno en algo, pero él solía ser peor. No le interesaba competir, y hacía muy bien. Aunque no aquella tarde. Aquella tarde, una tras otra, me fue arrebatando las canicas la piel y la sangre; hasta que sólo me quedó la magnífica, la inapostable. Y por una vez, quizá por tratarse de mi hermano, arriesgué y la perdí. Entonces como suele y solía ocurrirnos a menudo a los niños – aunque quizá más a los mayores – no supe perder.
Después de entregársela, angustiado, se la reclamé. Y ahí comenzó el cataclismo. Como es natural se negó a devolverla, ya que la había ganado justamente. Yo era astuto, soy astuto… pero quizá mejor bribón. No sé cómo le engañé. Él me cedió algunas más y jugamos otra vez.

Comenzó a competir con ella. No sé si lo hizo para lucirse o porque yo le dije que no había juego si no la exponía. El caso es que aquella esferita que yo consideraba de mi pertenencia y que había permanecido durante más de dos meses sudada en los bolsillos de mis pequeños y desarrapados vaqueros, se paseaba ante mis ojos. Estaba en manos de otro; y aunque fuera mi hermano, lo único que me importaba era recuperarla. Al cabo de un rato la revancha estaba servida: desperdiciada. Sólo vi una solución para recuperar mi tesoro. La respuesta de los políticos sin recursos, de los oportunistas, de aquellos que cuando crecen se creen superiores. El robo. Arrebaté la canica y salí huyendo.
A mis espaldas oí voces confusas: alto, espera detente… Estaba seguro, mi hermano me perseguía, era mayor, más rápido y sobre todo, más fuerte. De no alcanzar el ascensor me atraparía y entonces ya no habría canica y en cambio sí una tunda y días de sollozos…

Entré en el portal. Corría con locura, como un temporal embravecido; la canica aferrada en mi puño derecho, y es que soy zurdo. Pero la atrapé con la derecha y de allí no saldría.

Alcancé la puerta interna del portal, detrás estaba el ascensor. Era un portón de cristal con marco muy estrecho. Con precipitación apoyé la mano para abrir y en lugar de hacerlo en el marco de madera, lo hice sobre el cristal. Cedió y la atravesé. Una lluvia de espejos afilados se abatió sobre mí, al tiempo, proferí un aullido de angustia y terror… Hoy sigo sin saber de dónde salió ni cómo hice para lograr aquella inflexión desquiciada. Aquel grito profundo y salvaje, con tan sólo siete años. Soy y seré incapaz de repetir nada de semejante intensidad y atrocidad en la vida. Sin duda fue un grito de muerte, ya que la muerte me rondó. Lo supe después. En forma de guillotina, un vidrio permaneció balanceándose, a sólo centímetros de mi nuca. Me lo dijo el portero, que impresionado por la fuerza del alarido, subió las escaleras desde su casa y me sorprendió allí; temblando, pálido y confuso. ¿Mi hermano? No sé. Supongo estaría detrás, sin atreverse a mover un pelo de su alma.

Cuando subía con el portero en el ascensor comencé a sangrar. Parecía un grifo sin presa. Dejé el ascensor cubierto de sangre. Me llevaron a la clínica, iba tan atontado y desfallecido, que casi perdí el conocimiento.
Me lavaron y cuando fueron a anestesiarme alguien se fijó en mi puño crispado. Tuvieron que pedirme que lo abriera. Finalmente, con dificultad, extendí la palma. Y allí; limpia, inmaculada, sin una gota de sangre que empañara su brillante superficie, se hallaba mi valiosa canica con vetas de color difuminado.

José Fernández del Vallado. Josef. Mayo 2007.


3 libros abiertos:

Lety dijo...

Que buen texto, pero que bueno Josef, me ha encantado tu narrativa.

Vine aquí para agradecer tu visita y me iré, después de seguir leyéndote, encantada.

Una canica blanca, similar a la que describes y creo que de la misma época, fue para mí tan importante como para dedicarle un texto, no te cuento aquí la historia, porque no es el lugar ni tengo tu calidad para hacerlo.

Pero si te tiendo la mano amiga desde Oaxaca México, agradezco tus palabras en la que ya es tu casa, y espero sinceramente ser amigos

Gracias lety por tus palabras de ánimo. Me agrada que lo que escribo tehaya gustado, es un recuerdo muy entrañable. Aunque fuera un suceso malo. Pero todos aprendemos de lo malo, al fin y al cabo. Saludos!

Gi dijo...

Abriste o cofre das memórias. Algumas estão guardadas bem fundo porque nos resguardam das dores do passado, por isso as esquecemos, por isso lhes chamo teias invisíveis. Aquelas que agora afastaste.

Gosto das tuas narrativas. Estive alguns dias ausente, tenho que vir cá para te ler.

Um beijo

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