domingo, 22 de julio de 2007

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Sueños, Sirenas y deseos incumplidos...




Desperté al día siguiente, temprano, y al revolverme en el jergón de la cama una fina arena se escurrió entre mis brazos. Abrí los ojos despacio y no alcancé a vislumbrar los fríos límites de mi habitación. En cambio, en su lugar, descubrí un cielo azul enmarcado en una playa tropical. Percibí un suspiro profundo, sentí el aliento en mi nuca y al volverme, plácidamente recostada a mi lado, durmiendo como pudiera hacerlo en su hogar se hallaba una preciosa sirena cuya piel blanca resaltaba entre cabellos cobrizos y brillantes.
Las gafas, el tubo, las botellas de oxígeno y las aletas de caucho, estaban desparramadas a mi alrededor. Y cinco metros más abajo: terrible, gelatinoso, pero inerte; dibujando una mueca risueña con las fauces entreabiertas, lo que quedaba de un pez martillo parecía aplaudir mi insólita suerte con sorna.

Me recliné sobre las rodillas. A sólo unos pasos de distancia la superficie del mar resplandecía de un matiz azul turquesa, y unos cien metros por detrás las olas clamaban en frenética danza mortal con las afiladas rompientes. Un coro de graznidos destemplados penetró en mi sien con incisa claridad. Miré sobre mí; vi los buches escarlata de unas fragatas que con ansiedad acechaban los restos del escualo.
Lo supe de pronto, sin alterarme. Me acababa de despertar, pero en mi caso, dentro del sueño. Por lo cual, a partir de ese momento, poseía una clara ventaja. Ser consciente de que estaba soñando me permitiría hacerlo aún con mayor claridad y en la dirección en que yo deseara.

Deseé sorber el delicioso jugo de un coco, y apenas había acabado de vislumbrar semejante ilusión ya había vaciado el néctar de una pila entera de frutos. Entonces sentí hambre y deseé cocinar una ristra de lomos de emperador. Finalizaba de fraguar tal propósito y ya estaba preparando toneladas de pescado. De pronto sucedió algo; la humareda me irritaba los ojos. Deseé disponer de unos indígenas a mi cargo, y antes de finalizar el pensamiento, una tribu entera preparaba una colosal pitanza de pez vela recién capturado por mí.

Encontrándome incómodo en la playa quise tener mi propio alojamiento: Un apartamento de ciento ochenta metros cuadrados con vistas al mar me pareció lo más adecuado. No había cesado de acometer tal idea, y ya estaba situado en lo alto de un rascacielos, en el piso treinta y cinco, donde con placidez y aquiescencia divisaba la barra blanca de la playa desde mi terraza privada. Quise tener vídeo, televisor, tres autos de lujo, dos secretarias, cuatro sirvientas, mi propio centro financiero... mi ciudad junto al mar... Lo tuve todo ¡Todo! ¿Era realmente feliz? Me pregunté.

Entonces recordé un detalle; justo aquel por el cual había comenzado mi sueño. ¿Dónde estaba la preciosa sirena? Deseé tener mi sirena particular nadando en su piscina de cincuenta por doce. No había cesado de pensar cuando la recibí. Tuve la piscina y esculpida en bronce e instalada en su centro una estatua de la sirena, pero no la auténtica sirena. ¿¡Por qué!? Me pregunté descompuesto y furioso. Y antes de que hubiera resuelto el enigma la voz de mi madre me despertó con la respuesta:

- ¡Vamos Miguel! Duermes tan profundamente que incluso pareces soñar con sirenas. Pero no creo que puedas hacerlo... Según reza una leyenda, allá donde alcanza la civilización, las sirenas se extinguen y se transforman en sencillas figuras de bronce...



José Fernández del Vallado. Josef. Julio 2007.



2 libros abiertos:

Isoba dijo...

Era un día gris y lluvioso. Ella se acercó al borde del abismo atraída por una imperiosa llamada.
Se quedó quieta, mirando hacia la lejanía, mecida por el sonido del mar.
Había escuchado la llamada... la antigua llamada.

-Supongo que algún día acabaré esta historia-

Un saludo.

Vivianne dijo...

Tanto desea los hombres que a veces custa màs soñar que sòlo vivir y gozar lo que està al alcance de los dedos o simplemente una mirada... besos sirenenses!!!!

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