domingo, 21 de enero de 2007

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Hacia el fin del mundo.


Conduje toda la noche sin detenerme. ¿Un objetivo? Alcanzar el fin del mundo si era preciso, ya casi lo olía, lo entreveía. Cielo caprichoso. A veces parecía encapotado, otras libre y con claros que me permitían contemplar las constelaciones brillantes cual basiliscos relucientes en movimiento. Brisa fresca de noche, ronroneo constante con sabor a diesel, olores irreconocibles invadiéndome de forma inalterable; caminos nunca vistos, oscuridad ciega, permanente.

Atrás… la dejé a ella. Cerré la última ventanilla sin permitirla introducir su cabeza delgada, frágil, angulosa… Se quedó allí arrastrándose, gritando a la noche: ¡No te vayas! ¡No huyas! ¡Español! ¡Te quiero! Aunque ella lo sabía. Debía haberlo presentido. Yo no era carne de su tierra y ni siquiera nací en su religión…

Hay un puerto de montaña en el camino. No aparece en los mapas… ¿O sí? Me vuelvo, busco a Lathia con desespero, pero ella ya no está a mi lado.
Me dijo: “Elige entre una vida aquí en Marruecos junto a mí o huye ahora...”


- ¡Sus ojos verdes! -


Asciendo a lo alto del puerto, arriba me deslumbra una claridad reveladora, es la luna, me mira con amargura. No, aquí no hay almas benditas. Me detengo un momento a orinar. Antes – ¿hubo otros tiempos? – Sí, en que por estas montañas señoreaban leones…


- Su cabello…negro azabache. Espeso como el de aquellas míticas fieras del Atlas, aunque quizá mil veces más delicado… -


¿Les llevaré suficiente ventaja…?
Se trata de los seis hermanos de Lathia, no creo que esto les haya encantado. Vendrán pisándome los talones; conocen bien el terreno. Están en su casa, en su hogar. En cambio yo… Claro, que por el puerto… Por el puerto a nadie en su sano juicio se le ocurre meterse en pleno mes de febrero.


- Amor dime ¿que buscas en mí?
- Solo eso…nada más… Amor -


Voy en dirección correcta ¿verdad Lathia? Sí, sí... Ella me lo dijo.
¡Vaya! ¿Y qué rechina ahora bajo el Land Rover? Me asomo por la ventanilla y las descubro. Son planchas. Mortales planchas de hielo que acechan en cada curva de descenso del puerto. Lo sé. Sé lo que debo hacer. No frenar bruscamente o perderé el control…


- Su piel… oscura, suave, tersa. No debiste perder el dominio. Ja… Demasiada idiotez… ¡Demasiada vida tentándome! Sus senos… sabían… dulces. -


Cuidado, esa curva es cerrada. ¡Uf! Estuvo cerca.

Llego abajo. Ahora me basta con tirar a todo tren hacia el norte, alcanzar la general el Ferry y a España. ¡Menuda aventura!

Transcurridas un par de horas supe algo. La cosa no iba bien. Continué en marcha toda la noche sin detenerme, hasta que lo entendí. Iba en la dirección equivocada. Pero en fin, se lo debía a Lathia. Era lo que yo había querido hacer siempre, así se lo expliqué mientras la amaba. Ella supo entenderme. Y ahora, al fin iba a encontrarme de forma definitiva con el fin del mundo. Dios así lo había querido.


- Y Lathia… ¿me comprendió realmente? -


Los pueblos, había pueblos… Poco a poco dejaron de ser construcciones a base de ladrillos y comenzaron a ser curiosas edificaciones de adobe ubicadas entre palmeras. Empezó a amanecer. La floresta se desvaneció absorbida por las sombras y pasó a transformarse en roquedos que con las primeras luces del alba originaban tonalidades que iban del ocre al marrón. Luego, esos mismos roquedales fueron escaseando, disminuyeron de tamaño y en su lugar una arena fina invadió lentamente la carretera asfaltada hasta hacerla desaparecer en algunos tramos cubriendo todos los espacios.

La carretera ascendió una colina descendió y cuando llegó hasta su base se internó en una enorme explanada donde progresivamente fue desdibujándose hasta desparecer por completo.

Tenía los ojos poblados de arterias enrojecidas. Conducía como una máquina. Ese amanecer tuve el extraño convencimiento de que había dejado de pensar para siempre. Hasta que aquello tuvo que suceder...


- Ah, sus carnes vigorizadas… ¡Maravillosas! -


Pisé a fondo el pedal del freno. Debía ir a más de setenta. El coche chirrió efectuó varios derrapajes y por fin se detuvo atrapado en la arena.


– Brazos enlazados a mi cuerpo, suspiros profundos, fragancias de un nuevo amanecer. –



Salí en silencio y de repente comprendí. No iría más lejos. Estaba a las puertas del fin del mundo. Me subí al capó del auto y fascinado contemplé el desierto mayor que jamás haya visto. Había dunas, dunas infinitas como olas en el mar. Dunas de colores tornasolados… blancos, amarillos grises…


- Solo faltaba Lathia. ¿Dónde quedaban ya sus besos con sabor a dátiles a miel a promesas ocultas? -


Permanecí así hasta las doce del medio día. Entonces oí chirriar las ruedas de varios coches a mis espaldas. No me volví. Supe que eran ellos. Estaban detrás de mí.

Lentamente me incorporé y sin volverme grité.
- ¡Decirle esto a Lathia! ¡Decirle que Juan sin Fronteras encontró el fin del mundo! ¡Y decirle que nunca la dejé! ¡Que la espero allí!

Y ofreciéndoles las espaldas comencé a caminar hacia las entrañas del desierto. Hacia el fin del mundo…



- ¡Te amo Lathia, siempre te amaré…!-



José Fernández del Vallado. Abril 2006.

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