domingo, 14 de enero de 2007

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Tras una Bruma Velada.



Mañanas frías de invierno, primaveras brillantes, veranos sofocantes… Cinco años permanecí tras los barrotes de aquel reformatorio. Se trataba de que aprendiéramos a ser mejores hombrecitos.Nos convirtieron en tipos duros, formados en todo, menos en el trato que habríamos de darle a una débil y pura mujer… como la que yo iba a conocer cuando salí de allí.
Me matriculé en la Escuela de Cerámica, el único lugar que cubría el estado, y el único rincón donde pasar desapercibido y sobrevivir lejos de las pandillas del barrio.Recuerdo aquella mañana en la clase de lo alto de la torre. Clase de historia de la cerámica. Segunda clase, estábamos todos sentados y apareciste tú; morena, piel de barniz repujado, cabellos largos, sueltos, ojos grandes y almendrados; con tu impermeable azul oscuro brillante. Una mano aferrada a un paraguas y la derecha en el bolsillo.Te sentaste a mi lado porque era el único lugar que permanecía libre. Y a partir de ahí yo ya no pude hacer otra cosa que degustar tu fragancia a libertad, a promesa a vida, y pensar en ti.
Se sucedieron muchas más clases. Si tú faltabas yo dejaba de escuchar y me convertía en una especie de fósil abstracto. Si tú venías mi corazón se desbocaba, te hacía un guiño, te preparaba una silla a mi lado y tú acudías con una sonrisa que refrescaba y saciaba mi angustia. Tu impermeable radiante y la mano izquierda siempre viva y gesticulante, la derecha en el bolsillo. Y aquella vez en que me quedé esperándote para acompañarte y cruzamos nuestras miradas. Tus ojos insondables cincelados en azabache refulgente impregnaron mi ser con el espejo puro de tu alma. Tu forma de caminar siempre desenvuelta, tu pelo recogido en rodetes perfectos de los que sobresalían pequeños bucles de seda. Pero siempre aquella mano derecha en el bolsillo y yo sin atreverme a preguntar…
Sucedió una mañana a las ocho. Bajaba por el paseo de Rosales, iba raudo hacia la Escuela. Doblé unas escaleras, detrás había un chaflán allí te divisé; forcejeabas con un hombre. Le hacías frente con el paraguas. El hombre estaba de espaldas a mí. Lo agarré por el hombro y traté de hacerlo girar de forma apresurada al tiempo que articulaba.¡¡Oiga usted!! ¡¡Deje a la señorita en paz!!¡¡
La señorita es mi hermana!! Gritó él.El hombre, se volvió de forma brusca me miró y nos reconocimos, en cierto modo con sorpresa. Hubo una pausa de silencio en la que solo se escucharon nuestras respiraciones agitadas. Luego el masculló.¡¡Hijoputa!! Al fin te he pillado. ¡¡Esperaba este momento!!Sacó una navaja. Yo solo tenía ojos para él. Mi mente giraba en tromba. Sabía que era el enemigo más acérrimo de aquel horrible pasado, y lo reconocía, aunque apenas lo alcanzaba a ver oculto tras una bruma velada, pero ya no estaba preparado para defenderme ni para ser luchador callejero. Había dejado de luchar con el físico y ahora lo hacía con la mente..
El hombre no habló más; se abalanzó sobre mí como un animal y me asestó los navajazos. De nada me valió proclamar un ¡basta! Luego, se retiró, le dijo algo a ella que no entendí y salió corriendo. Caí y me dejé arrastrar sobre los escalones y de repente estaba tumbado en el suelo y ella sobre mí. Me acariciaba y besaba y comenzó a llorar. Entonces sucedió algo. Por vez primera pude ver su brazo derecho al completo. Olvidándose de todo lo había sacado de su bolsillo y también me acariciaba con… el muñón donde una vez hubo una mano...
De forma fulminante las cortinas que velaban mi cerebro se corrieron y recordé un atardecer de hace ya años. Había un grupo de críos sucios, abandonados, adictos al pegamento novoprem y al speed; sin más educación que una ley; la validez de la violencia. Rodeaban a una cría de apenas cuatro años. Pretendían darle una lección por ser la hermana menor de su más enconado enemigo.Y yo estaba allí, entre todos ellos. Por aquel entonces el jefecillo de aquel grupo de infelices era a quien todos admiraban por ser el más cruel hijoputa del mundo. Cogí un cuchillo de cocina y mutilé a aquella cría indefensa…
Mi fisonomía no pudo soportar más. Un shock hipovolémico sacudió mi organismo; solo tuve tiempo de decir. Amor amor… ¡¡Perdona…!! Aunque ya no exista el perdón para mí, verdad... Ella sonrió presa del nerviosismo. ¡Era tan hermosa…! Tomé sus manos las puse entre las mías y agonizante, convertido en un pringoso pantano de lágrimas, besé su muñón con todo mi amor…




José Fernández del Vallado. 1 Agosto 2006.

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