martes, 8 de mayo de 2007

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La Cita.




El aeropuerto rebosaba. Había mucha gente. Provenientes de lugares dispares e impensables. Tras más de veinticinco horas de viaje Emilio había llegado, finalmente estaba allí, en los confines del mundo. Esperándola inquieto, pensativo, sin cesar de dar vueltas en el apeadero donde convinieron. Sujetaba el ramo de rosas rojas que ella misma le había solicitado entre sus manos sudorosas, mientras su corazón palpitaba deseando taladrar su débil caja torácica.

Recordaba el rostro de Ivana en el webcam: Alegre, despierto, feliz. Acarreando siempre su frágil espíritu hacia lugares de infinitos matices y posibilidades.
Él era sólo uno entre millones, y sin embargo, ella lo había elegido.

Se sintió absurdo al preguntarse de pronto qué dudas podría albergar y a qué su falta de fe después de casi tres años de relación intachable.

Antes era agnóstico, pero gracias a la fuerza interior que ella le transfirió, comenzó a ser buen y noble creyente. Y últimamente, algunas respuestas se habían ido materializando y resolviendo con sencillez en su mente. ¿Si existiera vida más allá? Entonces podría gozar junto a Ivana eternamente. ¿Si existiera un Dios sabio y benevolente? Al infierno los desalmados e injustos del mundo. ¿Si la vida en la Tierra sólo era el paso previo a un Paraíso colmado de bondad, sabiduría y belleza? Adiós a las horribles máscaras de indignidad que devastaban el Planeta. Para ellos, los creyentes, sería el Paraíso.

Transcurrió más de una hora, oró plegarias a Dios, pero su móvil continuó sin sonar, sin enviarle la respuesta que ansiaba. ¿Por qué no recibía una señal?

De madrugada, apenas sin vuelos, sin gente, y con los guardias de seguridad observándolo con recelo, permaneció en la terminal. Aferrado al ramo de rosas, los ojos acuosos, la fe medio descalabrada, los ánimos en franca caducidad.
No tenía nada de ella. Ni dirección, ni teléfono, ni tan siquiera un posible lugar a donde dirigirse. Tampoco entendía un ápice del idioma de aquel lejano país.

Se le ocurrió de pronto. ¡Había una sala de internet! Con manos temblorosas se conectó. Y con sorpresa, y a la vez desesperación, descubrió la triste realidad. Ivana no estaba en línea. Pero tampoco le importó, aguardaría. Y así fue. Resistió firme casi toda la noche.
A la mañana siguiente el ramo de rosas se hallaba marchito sobre la mesa del monitor donde también reposaba la cabeza de Emilio. Abrió los ojos, un enorme desamparo se apoderó de su espíritu. Pero ¿Existía una esencia en verdad? Un ser que nos acompaña y ayuda en los momentos difíciles. Entonces ¿Cómo es que no era capaz de percibir la presencia a su lado?
Apenado, pero entendiendo que la respuesta al problema estaba en su mano, se dirigió al mostrador y adquirió un billete de vuelta.

Cuando el avión despegaba sonó el móvil y Emilio escuchó la voz. Y mientras escuchaba, el semblante de ella hermoso como siempre, se dibujó radiante en su percepción y le sonrió con amplitud mientras le decía.

- Amor aquí estoy, en el aeropuerto. Tal como convinimos. ¿Recuerdas? Hoy es el día. ¿Has llegado ya? ¿Dónde estás? No puedo verte…
Emilio contuvo un sobresalto. ¿Era posible que se hubiera equivocado en un día? Trató de hablar pero ella se adelantó y prosiguió.

- Bien, me alegra que hayas cumplido. Sabes... Me has demostrado tu absoluto amor y fidelidad hasta el último instante. Sólo tú podías hacerlo. Me resultaba increíble que un hombre en principio agnóstico, con trabajo fijo, buena reputación, dinero e intereses, pudiera dejarlo todo y venir a verme al otro lado del mundo. Has dado el primer paso y con ello has puesto la primera piedra, no te desanimes. Estás en el camino de hallarme y lo harás. Sigo esperándote, sigue buscando, estoy aquí en la terminal cerca, muy cerca de ti. Y por fin soy tuya ¡toda tuya…! ¡Te quiero..! En segundos vamos a encontrarnos… Emilio ¿Estás…?

La comunicación se interrumpió. El avión no hacía escalas. Al regresar a su país quiso conectar por internet con Ivana, pero instantes antes de hacerlo, en el mismo aeropuerto, encontró a una mujer. Estaba perdida y parecía preocupada. La acompañó en su coche hasta el centro de la ciudad y como no tenía lugar donde comer fueron a un restaurante. Después siguieron hablando y pasearon durante el resto de la tarde, cenaron. Y en el transcurso de esas horas intimaron. Esa misma noche la pasó con Leticia.

A la mañana siguiente Emilio entró en un ciber debía hablar con Ivana, pero tampoco la halló conectada. En el msn encontró el siguiente mensaje:

- Sigo esperándote, soy toda tuya. ¡Te quiero! Tu amada Ivana…

Pensó en responder, pero de pronto se encontró incapaz de hacerlo. En cambio, de forma inconsciente se dio de baja en el correo y ocultó la existencia de Ivana a Leticia. Mientras, en el fondo calmado, pensaba: Así son y serán siempre los designios del Señor: Inescrutables...

José Fernández del Vallado. Abril 2007.




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