sábado, 17 de noviembre de 2007

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El padre de la bomba atómica.

Posted in J. Robert Oppenheimer camina por las calles de su ciudad en solitario. Es muy pronto, apenas las seis de la madrugada de una mañana invernal en el estado de Nuevo Méjico. Marcha embutido en su pelliza, las manos protegidas en gruesos guantes y el rostro impávido y pensativo, cubierto tras la bufanda. Se siente angustiado, pues ese mismo amanecer de forma inmutable, la horrible pesadilla se ha vuelto a repetir y lo acaba de despertar. Huye de la cama con un profundo malestar y temor a dejarse vencer por el sueño de nuevo y caer en la misma celada de la mente. El sueño está fresco y se reproduce de forma inevitable en su memoria:

“Se encuentra sentado en un trono de oro macizo, encumbrado en lo alto de una gigantesca colina teñida de rojo y... ¡osamentas! Su vestimenta es una túnica blanca con el símbolo nuclear impreso en su zona ventral. Sonríe, se siente orgulloso, lo ha logrado; y es plenamente consciente de su hazaña. Convertirse en el mayor criminal en serie de la historia junto a Hitler. Alza la vista a un cielo fúnebre, color gris plomo, y saluda a la formación de "Enola Gay" que sobrevuelan su tarima, camino de arrojar cien mil “Little boy” sobre otras tantas ciudades de la tierra.”

Entra en un bar, apenas hay gente; en silencio se acomoda a una mesa donde pide una botella de güisqui. A las nueve y pico sale por fin. Las mejillas sonrojadas y una sonrisa de victoria dibujada en su semblante. Por fin, lo ha superado. Entre dientes canturrea una melodía; el himno de la nación victoriosa que salvó al mundo del desastre. Camina rápido, alza los brazos al cielo, eufórico echa a correr y deja escapar un gutural alarido de triunfo que se convierte en otro de dolor y desdicha al tropezar y caer de bruces al suelo.

A la mañana siguiente de nuevo es muy pronto. En una célebre sala de congresos, sobre una tarima y con gafas para encubrir el derrame en el ojo, el físico observa el mar de calvas de las eminencias ante las cuales va a pronunciar su discurso sobre la bomba. De pronto sus ojos se dilatan, no da crédito y siente un pavor ancestral, se marea y aferra con desespero al borde del atril, pues es capaz de verlos, están ahí, han venido a escucharlo. Cientos de cráneos blancos, despellejados, sin ojos en sus cuencas hundidas, lo observan en el silencio más sepulcral.

Demudado, mediante un fino hilo de voz débil y muy temblorosa, Oppenheimer comienza a hablar y para sorpresa de todos expresa su hondo pesar por el fallecimiento de víctimas inocentes cuando las bombas fueron lanzadas y, ante el entusiasmo de los presentes, se opone de forma rotunda a “su bomba” y a la carrera armamentista entre Estados Unidos y la Unión Soviética.

Al día siguiente su actitud provoca la ira de los políticos. Se le despoja de su nivel de seguridad; pierde acceso a los documentos militares secretos y es relegado a un segundo plano. Aún así, continuará dando charlas en las que tratará de redimirse sin éxito. El daño ya está hecho, y las pesadillas jamás lo abandonarán hasta su muerte el 18 de febrero de 1967 del siglo pasado.

Descanse en paz con Dios y el Diablo.

José Fernández del Vallado. Josef. Noviembre 2007.




2 libros abiertos:

Evan dijo...

Escalofriante... creo que algo de conciencia tuvo al final de todo...

José, que tengas un lindo finde, un beso!

Vivianne dijo...

Arrepentidos y entrarán al reino del señor!!!!!
Este brillante físico,lider y maestros de otros científicos creo ciertamente que no podía dormir ni de día ni de noche, pesadillas de matanza y catástrofes y como no si fue colaborador de la segunda guerra mundial,saboreó la victoria pero su paladar quedó impregnado de muerte y veneno, descansará en paz...no lo creo...
Brillante texto y crítica mi querido Josecito!!!!

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